

Ha llegado el momento de cerrar el telón, a mi manera, en mi soledad y en el aprendizaje de todo lo que fue este aparato enorme que hoy siento que ya es libre. Ahora veo y comprendo que hay despedidas que no llegan cuando algo termina, sino cuando identificamos que ya no se puede seguir siendo quienes fuimos. Desde hace meses, incluso, antes de iniciar el año, ya me había despedido de todo este proceso; sabía que ya no era yo, sabía que ya éramos más.
Durante 18 años sostuve un proyecto desde la voluntad de una sola persona. Lo sostuve entre la distancia y la soledad de una bicicleta, y hasta en los eventos más concurridos y con mucha compañía. Lo hice con muchos aciertos y también, por qué no decirlo, con bastantes errores; todo entre intuiciones y aprendizajes, entre pérdidas y hallazgos. Fue bastante el tiempo en que creí que ese proceso era el de construir, algunas veces con improvisación, otras con todos los planes a detalle. Un día fui el ejército de un solo hombre, como alguna vez alguien dijo por ahí.
Hoy me despido de lo que fuimos y valoro que hay otra forma de permanecer. Este texto no es para manifestar un final, ni tampoco para menospreciar el recorrido que se ha alcanzado. Escribo porque la evolución exige comenzar de nueva cuenta: “Nada está perdido si se tiene por fin el valor de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo”, manifiesta Julio Cortázar, como alguna vez una persona entrañable me lo compartió al dialogar de Rayuela. En sí, una re-evolución.
Re-evolucionar no es destruir todo lo que se ha construido. Consiste en reconocer que una estructura debe transformarse sin que la memoria se pierda. Que una forma que se imaginó ya no es posible y que es necesario emigrar a otras nuevas. Que una voz individual puede convertirse, con el tiempo, en una colectividad de voluntades, hacia el crecimiento de los pensamientos y no hacia el arrinconamiento de la soledad.
Es necesario aceptar que el volumen ya no es el mismo desde que comencé con una calcomanía en la calle hasta ahora, que ya existe todo un cuerpo de investigaciones, productos y vinculaciones. Implica aceptar algo que nunca antes había experimentado: dejar de ser la única persona que organiza, decide y sostiene cada paso de un proyecto independiente.
Confieso que esa posibilidad me conmovió durante meses. No reconozco si las lágrimas que me acompañaron pertenecieron a la alegría, a la nostalgia o al vértigo de intentarlo o dejarlo todo. Generé, descubrí, aporté, colaboré, contribuí, apoyé, invertí, gestioné, produje, creé sin fin de nada y con voluntad de todo. Confié; mejor dicho, confié sin absoluta certeza, pero lo hice. Motivé. Aperturé. Y, sobre todo, durante muchos días y noches, entregué. Fui para todos y todas, me dejé a un lado y lo logré.
En esa historia logramos proyectos pequeños y otros de grandes dimensiones, consolidamos programas urbanos e innovamos en movimientos transdisciplinarios. En ocasiones de manera dócil; en pocas más, con detrimento. Sin embargo, todo fue persistencia y constancia. Algunas veces me equivoqué y en otras acerté. Nadie me inculcó el trabajo de una empresa, o la sensación de una marca en crecimiento, o la fertilidad del pensamiento en evolución; uno se tuvo que emancipar a la diáspora del colectivo y tolerar, a regañadientes, la miseria y la grandeza de las críticas.
Hubo carreteras en el desierto y, también, de muchas formas, huracanes en la voluntad. Así aprendí y, por igual, me expandí. La historia de Ululayu no desaparece; se torna colectiva, ahora más que nunca, porque mis manos y mis pies ya no son para tanto ni para todo. Hoy existe una nueva razón para continuar. Si durante 18 años fue una extensión de mi voluntad, deseo, con toda la claridad que he logrado alcanzar, que sea, a partir de ahora, una plataforma donde más personas encuentren un espacio para investigar, crear, documentar y compartir.
Sé firmemente que alcanzamos las letras de varias maneras, tocamos el arte de muchas más y hasta nos movimos en bicicleta con ellas en diversas geografías. Hoy, después de experiencias gratas y no gratas, asumo mi responsabilidad de lo que se logró y de lo que no. Así, aquellas gestiones que quedaron truncas y, con más emoción, aquellas que superaron expectativas. El pasado ya se fue, el presente queda y el futuro aún no lo veo, pero lo considero.
Lograr sostener un proyecto cultural por casi dos décadas, en las que todo tipo de gestión y producción se generó desde la independencia personal, para mí no es un logro; fue todo un sueño, una galaxia enorme con infinidad de asteroides, satélites y planetas, todo enmarcado en el sinfín de contemplaciones.
Aprendí a aperturar y a compartir proyectos con personas en las que observé talento, compromiso y entrega, si no conmigo, con ellas mismas. Y así, en los últimos años, con elegancia y peso, a separar rotundamente a quienes desearon ser parte con interés y mezquindad; en ocasiones por pura fe, en otras por desconocimiento y, a su vez, por exceso de confianza, personas que no conocía y que ingenuamente creí auténticas. Puedo aceptar que me equivoqué muchísimo; sin embargo, nada perdura desde los errores. De igual manera, reconozco que acerté con mucho esfuerzo y aprendizajes.
Hoy cierro una etapa de pensamientos, sentimientos y emociones; una amalgama de subidas y bajadas que realicé en soledad y que sostuve entre caídas y levantamientos. Cierro con la realidad de saberme entre una multitud de existencias, entre logros, éxitos y acompañamientos colectivos y, por igual, desazones, confrontaciones y pérdidas individuales. No se llega al destino sin que las llantas hayan tenido pinchaduras, y tampoco sin que uno mismo las haya reparado. No renuncio a mi lugar dentro del proyecto. Renuncio a la necesidad de ocupar todos los lugares.
Ululayu se extiende hacia una agencia que desembocará en la órbita de opiniones con base colateral, entre experiencias diversas, contextos más potentes y certezas más sólidas. Esta decisión fue necesaria debido a toda la labor que ya implica el desarrollo de su cuerpo de producción. Ya es tiempo de soltar para compartir y discernir en la propia voluntad del ser, en compañía de más personas. Pedalear en grupo siempre tendrá mayor ovación. Hoy este proyecto, que se ha construido desde mi inversión personal, comienza un traslado de estructura y dinámicas, mismas que, a prueba y error, he aprendido.
Comienzo a caminar de otra manera. Seguiré en la escritura, en la investigación, en el pedaleo, en la cocina, en la fotografía, siempre con la creencia en la palabra como primer instrumento para transformar aquello que habitamos. Ahora, la diferencia es que ya no lo haré únicamente desde la voluntad de una sola persona, sino desde la convicción de que las mejores ideas encuentran su verdadero sentido cuando son capaces de compartirse.
El porvenir de Ululayu está más lejos de mí, pero más cerca del destino. Deseo que quienes lleguen a este proyecto encuentren un espacio en el que la creatividad sea propiamente memoria, compartición y reconciliación; donde la investigación sea charla con la comunidad y donde la cultura siga como refrendo de una forma para encontrarnos.
Hoy no concluye una historia. Se cierra un tipo de producción. Mañana serán la ampliación de la perspectiva, la gestión generosa y la voluntad libre las que harán de una producción colectiva la re-evolución de estos 18 años que sirvieron para demostrar que un sueño se puede sostener con el esfuerzo de una sola persona. Así, deseo que todo lo que está por venir sea con años de crecimiento en los que se encuentren otras manos, otras miradas y otros espíritus dispuestos a pedalear las brechas y los caminos. Porque toda re-evolución exige cambiar para permanecer. Y permanecer, cuando se hace en compañía, siempre será la forma más hermosa de continuar. Ayer pedaleé solo. En los próximos meses, lo haremos en compañía. Aquí vamos.
Gracias a todas las calcomanías que volaron por todo el mundo. Gracias a las personas que contribuyeron de muchas maneras y que siguen hasta hoy. Gracias a las personas que toleraron mi estruendo y mi incapacidad de reflexión, y que se despidieron. Gracias a las personas que existieron a mi lado y que hoy son una estela en el firmamento. Gracias a los alimentos, a los traileros y a las cachimbas. Gracias a las rancherías, a los pueblos y a las ciudades. Gracias a la pluma, a la brocha y a las pinzas. Gracias a la paciencia, a la incertidumbre y al desvarío. Gracias, profundamente, al riesgo y al atrevimiento. Gracias a las letras, a las artes y, siempre, a mi bicicleta.