

Desde temprana edad comprendí los duelos al perder una parte de mi vista, pues mi ojo izquierdo se modificó a los siete años. Con ello surgió la valorización de mi contemplación y de los espectros que me han acompañado en muchos momentos. La fotografía, desde mucho tiempo atrás, brindó a mi perspectiva una alianza con la memoria. Desde entonces, en aquellos años de infancia, me divertía con una Kodak Compañera de 126 mm y con muchos cubos que funcionaban como flash. Después manejaría algunas de 110 mm y de 135 mm; aquello fue toda una aventura entre los espectros que anunciaban mi nueva diversión. La fotografía terminó por completar aquello que mi mirada ya no podía alcanzar. Se convirtió en una forma de reconciliarme con la contemplación y con la memoria. Sin embargo, eso no fue impedimento para dejar huella en las instancias escolares de la infancia y de la adolescencia. Más tarde llegó el equipamiento de una cámara análoga. Alcancé, años después, la complicidad de la película y de los lentes profesionales. Ahí encontré la soberanía visual. Allá, la introspección de la observación. Y después, la computadora, el software y lxs fotógrafxs en el mostrador.
Desde ahí comencé con la ampliación de la perspectiva. Qué belleza era generar imágenes desde el riesgo y no saber cuáles serían las sorpresas que aparecerían entonces. Se fundió mi capital de juventud en rollos y en procesos de revelado. Así, poco a poco, las quincenas de aquellos trabajos que tuve a temprana edad fueron las aliadas de una búsqueda en la imagen, en la reflexión de la luz, en la inercia de las sombras y en los paraísos que se conformaron desde las similitudes de los espejos. Desde ahí coroné la razón y la emergencia de componer una sinfonía con mi mirada a medias: el ojo biónico y el ojo estratega. Un arma de dos filos, una colmena llena de sorpresa y de ausencia por igual. Aprendí a observar desde una limitación con el fin de aprehender otras perspectivas. Así conocí la fotografía documental, la de naturaleza, la urbana, la de arquitectura, el retrato, el paisaje, la artística, la de espectáculos, la gastronómica y otras tantas experimentaciones más. Cada una me enseñó una manera distinta de contemplar el mundo y de comprender que toda imagen es, antes que un registro, una forma de pensamiento.
La fotografía fue el encuentro de la contemplación, la memoria y el olvido. Me convertí en fotógrafo documentalista al resguardar las aventuras de la infancia y de la adolescencia. Por ese motivo conservo una caja con fotografías de todas aquellas etapas; hoy forman parte del estruendo de mi archivo. La fotografía llegó acompañada de la bicicleta, siempre lo diré; con ella llegaron los paisajes, los retratos, los estudios, las cámaras, la contemplación y el tiempo. La fotografía ha sido un esfuerzo irreverente desde las posibilidades que me he generado: arriesgar la mirada, concebir la nitidez, comprender el equilibrio, alentar el paso de la luz, comprender la sombra y amar los altos contrastes. Desde ahí conocí los estilos y los conceptos de muchas personas que se dedican a registrar el papel de la ventana del conocimiento. De esa manera me he involucrado con el fin de concebir la razón y el proceso de nuestra muestra fotográfica.
Así fue mi proceso: comprendí las posibilidades desde una empresa que me brindó la oportunidad de conocer a fondo el mundo de la escritura con luz. Ahí conocí el destello de las lámparas sobre la piel, las perspectivas de los paisajes, las composiciones de la sala, el brillo de los objetos, las sensaciones de los alimentos, el encuadre de los productos, la rapidez del deporte, la inmediatez del concierto, entre muchas otras posibilidades. Descubrí la tienda y el universo de las posibilidades con el fin de comprender los presupuestos y la definición de la contienda. La fotografía es la primera mentira de la realidad y, al mismo tiempo, la desobediencia del olvido: el avance de nuestras filosofías contemporáneas y los escrutinios para enfocar las sociedades. Al final, en eso se ha convertido el sistema de la imagen: en la información que resguarda, repele y modifica el constante juego de la ironía.
Descubrir los estilos, observar las técnicas y analizar las composiciones fueron parte de la aventura que arrojó el disfrute, el debate y la charla con personas que me enseñaron desde sus labores. Así, un día la boda; otro, la modelo; en ocasiones, el producto; más allá, el paisaje; más allá, el viaje; otras más, el archivo; otras, la bibliotecología. Desde una cámara vieja de 120 mm, en sus diferentes formatos, 6 × 6 o 6 × 9, hasta las placas de cristal que hoy existen sólo como objetos de la historia, fue lo que tuve entre mis manos. Así, por igual aprendí sobre restauración, equilibrio, calibración, técnicas y enmiendas; de la fotografía foránea y de la urbana. Desde ahí surge este mapa de luz que es Resoluxión, el entramado situacional de distintas visiones y percepciones de Jalisco bajo diferentes rumbos y distintas secuencias. He escrito libros para construir una narrativa sobre la vida y la entrega; antes de perder la batería, dejar un archivo visual.
Conocí el bulbo como el favor de la palabra, los milímetros para cerrar el caos y el gran angular para sostener un momento de la vida de manera amplia. Jugué con las cámaras, desarmé ilusiones y me distribuí por ahí, en medio de trenes de 135 mm, de digitalizaciones y de cada uno de los pixeles que me conmovieron para no romper los papeles. Desaparecí archivos, me inmuté ante la vulnerabilidad de la existencia y alcancé a comprender la impertinencia de la mirada: su mirada, las miradas, nuestras miradas. Resoluxión es una muestra del recorrido que he frecuentado desde una posición secreta que se ha vuelto pública y que, con paciencia y un poco de fortaleza, he reconstruido pese a una visión deforme desde mi cuerpo. Aquí mi augurio con la firmeza de mi nitidez y la paciencia del obturador; en esta ocasión, todas las fotografías van a color y con mucho ímpetu.
Resoluxión es la huella de personas que me compartieron sus miradas, sus segmentos de historia, actualidad y posteridad con el fin de construir una materia de elementos, una secuela de muchas secuelas, la historia de las historias. Comprendí que la imagen, más allá de un segmento, de un tragaluz o de un flash, es el tempo de la perspectiva, la arquitectura de nuestro paso, la adherencia de la tecnología y la filosofía de lo iracundo. En este archivo fotográfico y textual existe el trabajo de quienes, de alguna manera, han sido parte del registro fotográfico de Jalisco, desde su estética comercial hasta su labor documental. Que la mirada no se olvide de devolverme los colores. La bicicleta portó cámaras en sus recorridos para evidenciar la fortaleza de la naturaleza. Fotografiar para preservar nuestra identidad de volcanes.