Ricardo Yañez: de música y poesía

Ricardo Yáñez. Foto: Naomi Greene
Ricardo Yañez: de música y poesía
La vagancia de la palabra entonada y explosiva

Yo la encontré por mi destino,
de pie a mitad de la pradera,
gobernadora del que pase,
del que le hable y que la vea.
Gabriela Mistral

La poesía tiene nombre. Se hace un espacio en la médula del horizonte y añora cuantas veces quiere. Se sabe México en cada partitura. Llueve, canta, se acongoja y existe. Así es el poeta tapatío que le ha escrito a la tierra, al campo, a la música y al amor, sólo por mencionar algunos preceptos. Hay un acierto para la vagancia y así lo ha hecho Ricardo Yáñez. Originario de la Guadalajara, Jalisco, y con una gama bonita de colores en una plasticidad de letras, el de la barba blanca, es un elemento que derrama su importancia literaria en pequeños capítulos de la cotidianidad.

El tiempo. Foto: Naomi Greene

Digamos, un posible árbol que baila con el viento mientras, iracundo, observa pasear a las galaxias. De ahí que su palabra sea un rasguño de melancolía y un trazo perdido entre la alpargata y el siguiente nivel de fotosíntesis. Leer a Ricardo, observar, merendar con su obra, apaciguar el tiempo y el canto, es una experiencia que marcamos en el infinito y nos creemos pétalos y bytes en ese instante. Quizás una pérgola es un espacio en el que podríamos creer que su creatividad ha sido sacrificio de la poesía, sin embargo, el capitán de nuestras mañanas (así le digo en mis adentros por una loca temporada en que lo leí abarrotado de chilaquiles y café), le entra a la música como a los corazones que le rodean.

Cielo modelo. Foto: Naomi Greene

Contemplar a Ricardo es jugar en el lodo como cuando éramos niños. Es militar como flor entre los nopales, ese suceso tierno en el que el color se disfraza de saturación y engaña a nuestros ojos. Descifrar a Ricardo es un arquetipo de lo que se puede lograr cuando se abren las alas dentro de la textura del desierto. Uno flota, se reclama una lágrima y baila. No recuerdo precisamente cuando fue que lo leí y sucedió con esmero.

El trazo. Foto: Naomi Greene

Alguna vez, la Prieta, mi madre, me indicó “más vale poco que sea verdad y no mucho que sea mentira”, y así me cuadré con las palabras del poeta tapatío. Me enamoré de las señales que se palpa en su estructura musical; en sus existencias de sol y luna; en la alcoba que resuena en el perfume de las sirenas y me quedo en silencio. Quisiera mantener la palabra bajo el infinito de los cielos y resguardar cada idea que surge de las mentes de la comunidad poeta. Mujeres y hombres hacemos de una posibilidad una reunión de nubes, en las que perfilamos nuestras andanza. Así el calor y la lluvia, el paso y el pedaleo, la mañana y la noche, todo, es parte de la obras que Ricardo nos entrega en su existencia.

La colectividad. Foto: Naomi Greene

Qué afortunados hemos sido, tanto Naomi Greene como yo, al tener una mañana de goce con nuestro Ricardo. Ahí aprendimos de la historia de los papalotes. Descubrimos la mirada de los halcones. Fabricamos nuestro propio testimonio y dimos balance a nuestra visión. El juego y el canto no hicieron falta; la solidez de un poeta como lo es Ricardo, nos hizo temblar, respetuosamente, porque guardamos una particularidad de nosotros. No sabemos qué tanto hayamos crecido en las jaurías de las libélulas pero sí manifestamos una sorpresa en cada uno de nosotros. 

Despertar. Foto: Naomi Greene

Ricardo, desde su canto y su emoción, nos recuerda que la tierra sigue y que hay un horizonte repleto de sabores, todo es un confín de dulces y amargos momentos, es la determinación de todos los ejer humanos. Quisiera haberme perdido en uno de sus versos para florecer en el paladar de las sierras, ser árbol y después, entregar el fruto con todo el glamour del desprendimiento y de la escasa gana de querer controlarlo todo. 

El poema. Foto: Naomi Greene

Disfrutar del trabajo poético de Ricardo, desfragmentar la máquina de creación que es, no debe representar la calumnia del ego ni de las pretensiones, hay una palabra y una imagen una boca y una mano, todo es parte de una balanza en su propio equilibrio. Para alcanzar algunas de sus reflexiones es preciso detallar su norma campirana y gozadora, pues Ricardo así es, un huarache en vuelo que alcanza la nostalgia y el estupor de su comunidad. 

Bajo la pluma. Foto: Naomi Greene

Es verano, hay lluvia, Ricardo Yáñez estuvo con nosotros aquella mañana risueña en el Café Madoka y lo contemplamos a solas, en su postura humana, poeta y músico. No hizo falta la guitarra, pero el canto surgió como un estallido de pájaros. Hay poesía y mucha, una rebelión de la simpleza de las cosas, en la que juega la cajita del verso, es lo que la vida nos ha permitido con el autor de Desandar, pieza editorial del Fondo de Cultura Económica que incluye la mayoría de su obra poética, publicada en 2014. 

Existir. Foto: Naomi Greene

Jugó con nuestro ejercicio poético e hizo de nuestras preguntas silencio, por sí solas, en conjunto, las declaró un poema. Su silencio fue una experiencia gigantesca, magia en textos que no surgieron, y que, a pesar de todo, gozar, engolosinar y disfrutar los pequeños y breves momentos de la existencia, es el armazón que la poética de Ricardo Yáñez hace en la trama de las líneas.

“Te digo lo que pensé desde el principio pero adrede dejé pasar el tiempo para ver si cambiaba de opinión. Tus preguntas son poéticas de por sí, quizá un poema en sí mismo, y no considero contar con la suficiente creatividad como para, en las respuestas, igualar su espíritu. Déjame de cualquier manera pensarlas un poco más, pero la verdad, más que liricas son exigentes en la demanda, que no creo cubrir con suficientemente solvencia, Miguel”, señaló nuestro poeta amigo, y en ello, nos brindó como primera entrada, que el silencio y la no respuesta, son también, las más grandes de las adquisiciones que uno puede tener, y por ello, dejo esta perspectiva con sus palabras para todo nuestro público.

Sonreir a la luz. Foto: Naomi Greene

Aquí la evidencia y artefacto de nubes que posibilitan el fervor de la palabra: sencillez. Ricardo nos aguarda juguetón, risueño y amoroso: la resortera de la poesía es. Hay que contemplar nuestro espectro y migrar hacia desconocidos momentos, y aunque repletos de hojas, siempre hay un color que emerge desde la montaña. Hoy por hoy, nuestro poeta, es un argolla fundamental para el contexto de la literatura de Guadalajara sin ir más allá. Es preciso tener la mente serena, el corazón repleto y el cosmos inundado, pues la palabra, de las pocas cosas, nos lleva a otras sensaciones, a únicas posibilidades y una memoria completa de diversidad y observación. Hay un juego que es la vida y nosotros somos sus jugadores. Ricardo Yáñez no está en la banca, pues baila a diario en el juego. Que la canción siempre brote desde la secuencia de la poesía.

Escaleras poéticas. Foto: Naomi Greene

Ricardo Yáñez, poeta y cantor, con formación en Letras por la Universidad de Guadalajara y la Universidad Nacional Autónoma de México. Colaborador de una vasta diversidad de publicaciones regionales y nacionales. Ha sido profesor, tallerista, columnista, investigador, todo eso además de ser un gran argüendero de la poesía mexicana. Ha obtenido distintos premios literarios y una diversidad de reconocimientos en su trayectoria. Autor de obras de poesía como Deja de ser (Ediciones Era, 1994), Prosaísmos (UAM, 1995), Ni lo que digo (FCE, 1998), Vado (Ediciones Era, 2004), Armadillo (Magenta, 2021), entre muchos más. Sin embargo, también le ha entrado a la música, y algunos de sus poemas han sido acompañados por varios músicos, entre los que destaca su colaboración con Zindu Cano y Kevín García, quienes conforman Ampersan, mismos que dieron voz al poema “Lo que la vida se lleva”, publicado en el álbum 6 Conejo, con arreglos de Juan Pablo Villa, y que, entre todos, recrearon una pieza desde el sonido cardenche hasta las atmósferas novísimas de la tecnología. Ricardo Yáñez es toda una estructura creativa y de los pocos tapatíos que ha incursionado en diversos papeles de la cultura, de ahí el trabajo que ha realizado en el periodismo, la difusión y la divulgación, y todo ello, más allá de lo que siempre ha sido su eterno amor, su constante formación de noveles poetas.

Ni lo que digo
El amor es esa estrella filosa
y el desamor quién sabe qué carajos
pero yo no soy yo
ni este aire mi aire
Es un tambor el miedo
y la paz un tejido frecuentado
pero en mi corazón hay un cangrejo
y alguien está torciendo mi pescuezo
¿Qué es el atole blanco?
¿Qué los cigarrillos faros?
Pero a quién le interesan esas cosas
cuando uno se muere de sí mismo.

¿Qué son los huevos fritos, por ejemplo?
¿Qué son los buenos días?
Los vecinos arrían la bandera
de la felicidad, pero quién se los festeja?
quién se los critica?
Sólo los que se aman los comprenden.

Se está tirando el bóiler. Hay que apagarle.
Se encordó este reloj. Hay que arreglarlo.
Hizo frío por la noche.
No lo olvides.

A veces es una araña la palabra amar
una araña en las vigas de la casa
y uno es la mosca la tonta mosca
A veces el amor es una aspirina
vieja olvidada en el botiquín
y uno no el dolor de cabeza sino el aburrimiento
A veces el amor es una botella de tequila
escondida en el fondo del ropero
y uno la mano oscura y el trago rápido.

Si me emborracho pienso en ti.
Si me viene el amor a las palabras, a los ojos, al llanto
a los cigarrro alas, al tequila sauza,
¿en quién voy a pensar?
Hay un Ricardo Yáñez que me pega, que todo el día me pega,
y hay un Ricardo Yáñez que te ama. Ese es el bueno.

¿Un soneto?, no mames, cruel Ricardo.
Bardo tradicional saliste, Yáñez.
¿De verdad crees poesía lo que tañes
ya en lenguaje sutil o ya en lunfardo?

Si he de serte bien franco yo no ardo
en deseos de al lomo echarme el fardo
y menos cuando sé que, no te engañes,
de noche todo gato es gato pardo.

Yo conozco bien quién soy, y tú ¿quién eres?
Bardo Thodol te finges en talleres
que sabe Dios cómo has imaginado

nomás por eludir otros deberes.
Quizás alguna calle has alumbrado
y a ver cuándo tu casa, atolondrado. 

Vado (Ediciones Era, 2004)

Tres flores
FLOR I
Es posible respirar a dios en esta flor.

Toda la historia se concentra en ella,
es su medio, su fin y su principio.

Por esta flor es que el mar remueve eternamente las arenas
y que la gente reza, come, ama, defeca y muere.

FLOR II
He cortado esta flor.
Esta flor ¿vive más aquí que en su vida?
Esta flor es poco fría y amarilla (muy):
como el sol-vuelto-luna-vuelto-flor.
Esta flor ocupa un lugar en dios.
Dios se cuartearía,
se descuartizaría feamente
si nosotros pudiéramos deshojar este flor.

FLOR III
Hay flores que ordenan el universo.

Sólo los ríos
se bañana siempre
en el mismo río.

*
Un buen silencio
no solicita
desciframiento

*

Ah qué la vida
cohete, ilusión de luces
que se disipa.

Vado (Ediciones Era, 2004)

Poesía: instrumento del aliento

La poesía anda en bicicleta. Foto: Miguel Asa
Poesía: instrumento del aliento
El género literario que se siente en todas las geografías

Huye del sublime externo, si no quieres morir aplastado por el viento.
Vicente Huidobro

 

“Procura volver”, me dijo con ánimo alentador. Yo tenía el espíritu dispuesto en el huracán. Pedalee debajo de él. Le nombraron Patricia, yo le llamé Poesía. No tuve incertidumbre al mirar lo que pasaba ahí. Imagine, “así debe ser cada poema”: una potencia única que permite dimensionar la vida a cada paso. Y volé un par de veces debajo de su viento y su agua. Era octubre. Yo estuve sobre mi bicicleta y me contuve a dejar la vida. Y aquí mis letras, yo y la poesía.  

Qué podría decir de aquel momento. No sé, algo similar pasa ahora. “Hay que inundar el mundo de poesía”, sentenció en algún momento de vida Ayari Lüders, pues conmueve y nos crea. Ese artefacto que cabe en la mente humana y no más, ha dado de qué hablar en los últimos años y ha sido por resistir, permanecer, existir. La poesía hoy es un punto de contención que se diversifica de muchas formas, improbables y mágicas. Pensé alguna vez que Ululayu existía, y desde hace tiempo, vivo en mi propio poema. 

Y es que la poesía permite a la humanidad descalzarse de sí misma. Nos entrega la vida y la muerte, el dolor y la consecuencia, la incertidumbre, la soledad, el epitafio y el amor. Nos comparte desde su poder todas las posibilidades para entregarse, darse, vivirse. La poesía nos llama veneno y viento por igual. Nos acostumbra a descender desde el espasmo hasta el rocío. Vaya, “la poesía es el espejo de nuestros ancestros, el aliento de nuestro presente y la semilla de nuestro futuro”, manifiesta Giselle Lucía, desde una isla que vibra el ser, la letra, la palabra, la resistencia. 

Desde la voz de mujeres y hombres, nos existimos, unos desde muy temprana edad, otros desde el inicio de la muerte. Así nos vamos con el poema. Celebrarla, claro, desde nuestras luchas, desde nuestras injusticias, desde el dolor y el miedo, desde la amistad y la fortaleza de sabernos, desde nuestras geografías. Y nos perfilamos como entidades únicas bajo cada verso. Nos entregamos en los placeres del día a día. Hacemos poesía porque “es la sangre que me explora el cuerpo y el hilo rojo con el que me comunico con los demás”, comparte Luis Armenta Malpica, con mezcal al lado. Y así vamos con la sangre entre estos bultos que hemos llamado cuerpos para cargar, a su vez, nuestras poéticas.

El poema no se cierra nunca mientras haya humanidad. Así la poesía se dice viento, artefacto, error y velocidad. Así la palabra se incrusta entre nuestros soliloquios a cada rato. “La poesía es el último refugio que le queda al humano, no hay que escribirla. La otra, es mayor siempre, es una necesidad, y como toda energía verdadera, puede lastimar de la peor manera”, con un brazo amorfo, Jorge García Prieto escribe desde el Caribe. 

Y de qué manera el viento mueve a las olas, dirige al polvo, extiende al fuego; de qué manera sostiene a los huracanes; en qué momento construye poemas desde la erosión. Así me pregunto a cada rato y sólo existo. Así me voy de cabeza y me pierdo en el cerebro. Abordo mi bicicleta y pedaleo desde el ser, desde la vida y doy gracias. En la poesía se encuentra todo, la ausencia y la presencia, la comodidad y la insatisfacción. En la poesía se encuentran las veredas de las raíces que somos. La poesía es “semilla de agua, cuenca de origen donde creció el fresno que bifurcó a los senderos”, así la concibe Melissa del Mar desde una ciudad del norte americano. 

Porque en la poesía se encuentra el error, la imprecisión de sabernos humanos y la exactitud del trayecto. Es tiempo de pedalear para entregar al horizonte nuestras primaveras. Son horas para hacer actos de cambio y de descubrir el futuro como un verso no escrito. Siempre seremos parte del error y del fuego, así de la poesía y del viento, una composición sin paredes. “La poesía es un instrumento para crear acordes con las palabras”, comparte Aurora González desde la noche de primavera.

Celebrar la poesía como último aliento, pues ni toda la vida para todos los versos. Algo así nos habla el tiempo, en el día a día, desde cada escondite que la poesía encuentra. No es posible terminar la sensación de encuentro si apenas se ha dicho una palabra. “Cuando digo poesía, digo todos los nombres” escribe Alberto Paz desde la frontera mexicana. Y es tan extenso el número de posibilidades que no somos capaces de percibir todas las figuras y con ello se desarticula el pensamiento, nos toma tiempo establecer una letra detrás de todo el viento, así el poema a la distancia, la existencia en el momento. 

Poesía es compartir entre los hilos de la vida. Dar un poco de sí y ejecutar el alivio de uno en el otro y este en otro y así sucesivamente por toda la cadena. Poesía es “la vibración que se estrella en los sentidos, la marea que acrecienta lo inefable…” comparte Rossana Camarena desde el vórtice del viento. Poesía es el cansancio del camino pues la comodidad pervierte la sed del espíritu. Que se asuma la primavera con todos los colores que nos entrega el sol para mirar hacia un reflejo enorme de la constancia del río. Así andar, así despertar, persistir, ser aroma y vacío a la vez. 

Un poema nos ha escrito la silueta. Hagamos de las posibilidades poéticas la diferencia de vivir lejos de la calumnia y de la pretensión. Que el poema nos declare error para ejecutar la poesía desde nuestros ojos. Hoy estamos vivos para leerla, saborearla, pero sobre todo, sentirla. Y volví después del huracán, comprobé la fuerza del viento y me sentí nada. Su nombre es aquí y ahora. Pedalear como sinónimo de meditación: la poesía.

Ayari Lüders: la poesía de la naturaleza

Nuestra poeta en Chapultepec. Foto: Iván Vergara
Ayari Lüders: la poesía de la naturaleza
Un homenaje a las flores que crecen en la banqueta

Inundemos el mundo de poesía.
Ayari Lüders

“Ayari, encendió la poesía en los niños de comunidades, nos inspiró a seguir defendiendo la literatura. Hoy su nombre y su esencia está en nuestros corazones. La biblioteca comunitaria Ayari Lüders es un sueño que verá a muchos niños y jóvenes realizarse como estudiantes, creadores y poetas…”, escribe Tanya Landeros, desde Tulum, Quintana Roo, con la mano llena de su ejercicio en la Fundación Letras Itinerantes, proyecto en el que alguna vez, también, las manos de la poeta mexicana fueron verso.

Así fue Ayari Lüders, a quien tuve el gusto de conocer brevemente en el sur de México, allá, en Tapachula, Chiapas, entre ríos, selva, mar y una compañía formidable de poetas en diciembre de 2018. Su personalidad desenfadada y de constante pensamiento me permitieron estrechar la amistad pues charlamos durante horas en esos días. Una de las cosas especiales que mencionó fue que la poesía debe ser un elemento vital para las juventudes y un ente de cambio ante la sinergia de su propio impacto, algo así como mediadora de nuestra era, de este mundo que tanto le dolía injustamente.

Ayari fue una poeta comprometida con diversas causas y muestra de ello es parte de su libro Mujer de Tierra que escribió en sus andanzas por Sevilla, España, cuando estudió el máster en Escritura creativa. Fue la mano de su amigo, Iván Vergaraquien editó la pieza que hoy podemos conocer de ella. Ambos colaboraron en Ultramarina Editorial y en el proyecto intergaláctico Plataforma PLACA.

La poesía de Ayari es un encuentro con nuestra militancia entre la incertidumbre, el plan que no es plan, aquello que no vemos, lo mágico que es la propia Tierra y las sonrisas libres de los niños. Ella, poeta, fotógrafa, actriz y más profesiones que desempeñó, también fue una activista potente, esto la llevó a explorar perspectivas profundas en las que se resguarda su palabra, “una poesía que resuena fuerte y desde un marco contextual que delinea un pensamiento comprometido con el ser humano, la naturaleza y crítico con el avasallamiento de la cultura como una raíz problemática que hay que revertir”, así lo señala Cynthia Pech en La Otra Revista sobre Mujer de Tierra.

Ayari Lüders. Foto: Iván Vergara

La propia Ayari indica, en una entrevista que recuperó Juan Moro en La Jornada Aguascalientes, que “el libro parte de la idea del ser humano como natural, del hombre que es parte, que forma parte de la naturaleza, de una naturaleza que está viva y en constante cambio, y en ese sentido, también está presente la esperanza de que no sólo importa la vida de los seres humanos, que es un poco el problema que tenemos actualmente, pensamos que podemos hacer uso del agua, pero que no importa que los animales se queden sin ella, y por eso está el poema de ‘Credo de tierra’, que es una alusión a esas pequeñas muestras de vida que hace en las ciudades, las flores del pavimento, por ejemplo, esa vida que nace en donde nadie cree que vaya a crecer, y que, sin embargo, sobrevive y crece, y eso en realidad es vida”. 

Por todo ello celebramos su vida en nuestro Versorama durante este mes que la vio nacer mediante nuestras redes sociales. Nos unimos entre nuestras motivaciones, la oportunidad de encuentro y otras tantas cosas; es lo que tejimos a manera de homenaje, nosotros los que nos quedamos aquí, a vivir la poesía, a sentirla, a tejerla, siempre, para inundar el mundo con ella. 

Serie Versorama en homenaje a Ayari Lüders.

“Por eso celebramos su 32 aniversario en medio de playas, poemas, amigos y demás silencios. Este año ha sido con el fin de leerla, de recordarla, de hacerla presente en nuestro medio. Por el compromiso, la pasión y la convicción de Ayari, de que el mundo puede ser algo mucho mejor. Con su poesía le recordamos, con ella nos impulsamos y refrendamos la vocación de conectar regiones y artes; su obra, aún por descubrir en su inmensidad, nos descubre un mundo donde el compromiso social va por delante. Su enorme poesía está ahí latiendo a ser descubierta masivamente por su propuesta: comprometida, tangible, expandida. Su vida y obra es un legado que el mundo debe conocer. Te extrañamos Ayari, así sucede en México y en Europa”, escribe Iván desde un rincón de Madrid, España. 

Ayari nació en la Ciudad de México, en octubre de 1988. Hizo de todo, imagino, corrió, comió, viajó y se sorprendió por el mundo durante 30 años. Se convirtió en Tierra en enero de 2019 en las mismas coordenadas para volar en barquitos de papel. Un mes antes hicimos una Matriolax colectiva al lado de nuestra amiga poeta Mónica Licea y muchos niños en Tapachula. La última vez que la contemplé hablamos harto, de los tacos, del frío y de la poesía; de las flores esas que surgen en las orillas de las banquetas. En su memoria generé una serie de murales que nombre Verso sin frontera, a partir de las letras que me entregó de su propia mano dentro de su poemario artesanal, “Verso sin frontera// circular fuente// de raíz humana”. En ellos he pintado sus versos con mis paisajes abstractos en El Rosario, Sinaloa; en La Habana, Cuba; en Guadalajara, Jalisco; en Chihuahua, Chihuahua; y en su Ciudad de México. No sé cuándo dejaré de hacerlo, pero a ella le gustaban mis líneas.

De todo ello me quedan Tanya, Iván, Laura, Dierk, Solange, Dariela, Uriel, Edmundo, y no sé cuántas personas más que la conocieron, y todos juntos, hoy la extrañamos. Gracias a la Plataforma PLACA y a la Fundación Letras Itinerantes por unirse a este gesto de ofrenda para la difusión y vigencia de su poesía.

“Hoy no quiero explicarme nada, sólo quiero sentir. Ya extraño el tiempo que no es este sino hace rato, cuando todavía podía abrazarte”, gracias amiga, gracias Ayari. En tu memoria. 

Mujer de Tierra. Foto: Iván Vergara

A veces…

A veces simplemente
se atraviesa la vida como un rayo
que deslumbra y ensordece
hasta confundir todo sentido.
A veces es un espejo que azota
hasta romperse en mil astillas.
A veces hay que ver al cielo
y retarlo mientras nos llueve.
A veces hay que inventar que somos fuertes
y creerlo sobre todas las cosas.
A veces hay que recordar
que toda decisión tomada
es el sumario de una vida
de errores y aciertos,
de certezas y temores.
A veces hay que saberse cansada
y respirar mirando el horizonte improvisado.
A veces simplemente
hay que seguir
porque no hay otra forma
pero esas veces, también,
hay que mirarse lo de adentro
y confiar en que estamos
en buenas manos.

Extender el fuego

Tocar la llama de esta tierra
con el frío descalzo
de los pies sembrados.
Es fría la llama,
sus años azules estallan lejanos

         rayo que vibra
         en el espacio helado

Es combustible la vida invisible,
el secreto mundo,
la inmensidad atómica.
Es combustión serena, silenciosa.
La muerte es silencio que nace,

         eclosión callada

vida que subyace
como luz que navega
en el vacío lleno de tiempo.

Es fuego la vida convexa:
puente luminiscente

         gira, gime
         da vida.

¡Danos vida, flama dorada!
Hasta ser vistos por tu llama somos.
Somos luz viajera,
luna solitaria que rima en las olas
con el cielo inmortal del que pendemos

         nos ciega

y nos suspende
en la obscuridad de la pupila:
abismo universal que nos contempla.
Es reflejo la estrella
que explota, expira
exhala y extiende 

el fuego

Polvo

Canta el ave
allá donde la ciudad calla
y el tlacuache sube
a la montaña azul de horizonte.
La hoja que brota
respira la tarde
que va obscureciendo
de sol pero no de luz.
Canta el gorrión
en plena calle
sus plumas cemento le pesan
y el perro se resguarda
de la lluvia ácida del cielo
bajo el puente de hierro,
la casa de escombros.
La planta despierta
cuando el sol le llama
y llora hojas descoloridas
sobre la calle.
Barre una mujer
la calle marchita
y el gato temeroso se oculta
de la ciudad ennegrecida de gases.
El árbol sacude sus ramas
y de smog las libera.
De polvo construimos ciudades
y de polvo los pulmones
enterramos.

Escribir por si acaso

Escribir por si acaso,
por si una noche, esta,
la vida me huye en sangre.
Por si el aliento se acaba
en un grito mortal
y por si una noche, esta,
vuelvo a casa en noticia,
en periódico alarmista,
en lista de desaparecidos.
Por si me callan los ecos
de una bala mordaza
que me quede la poesía
sobre todos los muros
que las palabras sean grieta.
Escribir por si acaso.
Por si una noche, esta.