Rodrigo Robles: bailaor de dos mares
El rincón de la música en el corazón centinela de los pies
En muro. Foto: Ernesto Ávalos

Es el saber popular,
que encierra todo el saber:
que es saber sufrir, amar,
morirse y aborrecer.
Manuel Machado

Las flores le cubrieron de baile. Ninguna nube le dijo de su destino. Al aire comienza. Nadie le señaló que sus pies serían el tartamudeo del cante. Y así, llegó de México a España y de vuelta. Rodrigo Robles como se hace llamar, es un suculento espectáculo cuando se posa en los escenarios y hace del flamenco un contoneo abrupto lleno de magia. El cantaor surge desde la guitarra. Sí, me gusta decir la palabra magia cuando lo veo bailar, porque el momento se vuelve en esencia de rubíes, de terciopelos y de dolor. Sí, porque el dolor nos mueve. Nos contiene y por eso baila. Se hace el disparejo, dice. Pero la nebulosa que lo construye es todo una joya que persigue el amor con las manos dentro de la amistad de sus piernas.

Rodrigo es una experiencia en vida. Hace más de diez años le hice unas fotografías que me han volcado. Hice de su cuerpo una escultura de aquella música y los relámpagos aún no llegaban. Qué nos podría decir el pasado de nuestro presente. Si tuviera la clave, la música no habría tenido variaciones. Y así va, entre el pasito y la percusión desde el talón. Golpe, giliana, el jaleo muta. Se tejió en Guadalajara, Jalisco, desde la siembra de las galaxias.

Con Karla Guzmán. Foto: Miguel Asa

Así, a Ro, como le decimos los amigos, la punzada no se le ha detenido porque es un tipo de pocas nueces. Esto parece un cante festero. Se mueve, gira, pisa, la madera, la mano, el guiño, la guitarra, otra vuelta, hacia abajo, la expresión, alegría, que el giro esté a media vuelta y va de regreso. Así pasa el tiempo, los amores, los viajes, las distancias. Quería que este texto bailara con él un día y ya lo está haciendo. La densidad del baile existe en las noches. Cuando en las tardes procura el receso. Porque en la mañana el café le ha dado vida. Pasa a cante hondo. 

Así, entre el pulque y las noches de noctámbulos le conocí. Una melisma y sigue. Un espejismo que no sé si volveré a ver, fuimos hermosos en aquella época, ahora también lo somos pero con más lluvia y versos. Así como en cada uno de sus movimientos como si escribiera en el aire, ligado eterno, como si cada movimiento de su cuerpo fueran las letras que construye su pensamiento ha sido apreciarlo. Y se abastece del sentir, de la vibración de la guitarra y de los ecos de las serpientes, porque antes que flamenco, mexicano. La seguiriya se inspira y nos recorre. 

Azul. Foto: Urko

Le cobija la música a diario. El rasgueo se apresura. Y el flamenco le ha descubierto una sensibilidad tónica que muestra mediante su cuerpo. La tonalidad se mueve, el zapateado incandescente sobresale. Él, que hace doce años comenzó una carrera creativa más allá de su formación profesional en relaciones internacionales, le ha dado por compartir escenarios con distintos artistas tales como Nirl Cano, Alba López, Karen Lugo, Karla Guzmán, por mencionar, y con Laia Costa y Joan Torres, con quienes fundó la Compañía Zaranda Flamenco, en Menorca, España.  

Su asertivo corazón y su intransigencia por innovar lo han llevado a generar proyectos mestizos, en los que el flamenco ha contado con la exploración del artista, eso, por la simple idea de refrescar el encanto del tablao. Con más de diez años en los escenarios y con distintas participaciones por aquí y por allá, el flamenco lo lleva tatuado en el espíritu. Escobillado a luz roja. Ro es más que un cante. Se entromete un silencio. Se trata de un bailaor que se ha cobijado de dos mares, una posibilidad entre México y España que nos invita a disfrutar de esta pasión por el flamenco. 

Movimientos. Foto: Miguel Asa

Rodrigo tiene un temple fuerte en el escenario, se construye, se vive, se mueve, así, es el horizonte que le acompaña desde la punta de los pies. Un tembleque amanece. Se considera una especie de ser compartido. No hay momento en que una ranchera o un son no le reanimen la vida. Así un taquito de frijoles, de esos galácticos que desayunamos en algunas ocasiones, como unos chilaquiles mágicos, o un ceviche a la deriva del corazón. Los redobles son huracanes. Los espejos le abrazan en cada paso que entrega.  

Recuerdo un pulque y pareciera que el tiempo del baile no se detiene. Suenan los acordes y los golpes a la madera. El tacón remata y remata. Se mide el tiempo. El avance. El cajón. Otro giro. La mano. Las manos. El vestido. El pantalón. Otro giro. A la par. La guitarra aumenta. El aplauso. A palo seco. Otra vuelta. Movimiento de izquierda a derecha. El rasgueo persigue. El cante se desmorona. Y ahí, el bailador hace de los dos mares un remolino. Que surja el zapateado hasta los 6/8 para desviarnos de la vida. 

Extensión. Foto: Ernesto Ávalos

¿Qué te llevó a bailar?
Nunca lo pensé mucho, es una cosa que simplemente sabía que quería hacer y siempre hice. Cuando decidí empezar mi formación fue en un momento en que dentro de mi experiencia de vida tocaba decidir. La profesionalización es un camino en el que nunca he creído del todo, por lo menos no para mí; sin embargo he aceptado tomar senderos académicos y profesionales, de buena gana  además, por condición de sistema; pero en realidad creo que bailar ha sido un camino para conocerme y una guía para no perderme entre las posibilidades de la vida. 

¿Cómo son las plantas en tu mundo?
Hace algunos años estuve viviendo en una comunidad okupa en Sintra, Portugal, allí practicábamos la permacultura, y una amiga de aquella época me explicaba que para ella las plantas ornamentales no tenían sentido; eso me hizo reflexionar sobre lo que ví en casa de pequeño, en donde  las plantas eran parte de hacer el espacio bello y armonioso. Eso me hizo incorporar la dimensión simbiótica de de mi relación con ellas. Sigo creyendo, como en casa viví, que su belleza es una de sus funciones principales, pero también son medicina para el cuerpo y para el alma, y son alimento nos dan sabor, nos hacen alucinar, y calman la mente al cuidarlas. 

Alas. Foto: Miguel Asa

¿Qué te llevó a bailar?
Nunca lo pensé mucho, es una cosa que simplemente sabía que quería hacer y siempre hice. Cuando decidí empezar mi formación fue en un momento en que dentro de mi experiencia de vida me tocaba decidir. La profesionalización es un camino en el que nunca he creído del todo, por lo menos no para mí; sin embargo he aceptado tomar senderos académicos y profesionales, de buena gana  además, por condición de sistema; pero en realidad creo que bailar ha sido un camino para conocerme y una guía para no perderme entre las posibilidades de la vida. 

¿Cómo son las plantas en tu mundo?
Hace algunos años estuve viviendo en una comunidad okupa en Sintra, Portugal, allí practicamos la permacultura, y una amiga de aquella época me explicaba que para ella las plantas ornamentales no tenían sentido; eso me hizo reflexionar sobre lo que ví en casa de pequeño, en donde  las plantas eran parte de hacer el espacio bello y armonioso. Eso me hizo incorporar la dimensión simbiótica de mi relación con ellas. Sigo creyendo, como en casa viví, que su belleza es una de sus funciones principales, pero también son medicina para el cuerpo y para el alma, y son alimento nos dan sabor, nos hacen alucinar, y calman la mente al cuidarlas. 

Barranca de eco. Foto: Miguel Asa

¿Qué color eres para sentir el baile?
Pues no lo he pensado de esa manera nunca. Lo que sí, es que los colores son parte de la inspiración tanto para la composición como para la improvisación, son elementos fundamentales.

¿Cómo se construye un tablao sobre las nubes?
Con los pies en el Aire es el nombre de un espectáculo que producimos y creamos un ser maravilloso, Candela Olarte y tu servidor, entre 2013 y 2014. Su creación fue entre Menorca y Madrid. Esto viene a colación porque tu pregunta me recordó a la construcción de aquel espectáculo donde quisimos rebatir la frase de “con los pies en la tierra”; para darle el valor a la parte sutil, volátil y ligera de la creatividad; a la ensoñación como un valor y elemento fundamental para transformar realidades que nos hacen mirar posibilidades limitadas de nuestra forma de existir. Sin embargo el taconeo se hizo, desde un pedestal, de madera de 1,5 mt de alto, con el suelo inestable, fue arriesgado pero valiente. El tablao siempre es riesgo, y a pesar de verse seguro y sobre el suelo, las nubes melódicas, rítmicas, de partituras de movimiento, y de comunicación de las personas que estén haciéndolo posible, son las flores que lo hacen bello y emocionante. 

Volar. Foto: Miguel Asa

¿Qué color eres para sentir el baile?
Pues no lo he pensado de esa manera nunca. Lo que sí, es que los colores son parte de la inspiración tanto para la composición como para la improvisación, son elementos fundamentales.

¿Cómo se construye un tablao sobre las nubes?
Con los pies en el Aire es el nombre de un espectáculo que producimos y creamos un ser maravilloso, Candela Olarte y tu servidor, entre 2013 y 2014. Su creación fue entre Menorca y Madrid. Esto viene a colación porque tu pregunta me recordó a la construcción de aquel espectáculo donde quisimos rebatir la frase de “con los pies en la tierra”; para darle el valor a la parte sutil, volátil y ligera de la creatividad; a la ensoñación como un valor y elemento fundamental para transformar realidades que nos hacen mirar posibilidades limitadas de nuestra forma de existir. Sin embargo el taconeo se hizo, desde un pedestal, de madera de 1,5 mt de alto, con el suelo inestable, fue arriesgado pero valiente. El tablao siempre es riesgo, y a pesar de verse seguro y sobre el suelo, las nubes melódicas, rítmicas, de partituras de movimiento, y de comunicación de las personas que estén haciéndolo posible, son las flores que lo hacen bello y emocionante. 

Rojo. Foto: Miguel Asa

¿Cómo ha sido el silencio con el viento?
El momento sutil entre un estado de sueño y de estar despierto; es en ese momento donde todo se ve claro y acepto con paz las decisiones que estoy tomando.

¿Chocolate, caricia o telescopio?
Sin azúcar, cacao mejor a chocolate; la caricia siempre y los astros son un gran mapa para saber de dónde venimos y a dónde queremos ir, además de que son más que magníficos.

Un amanecer, ¿cómo?
Después de una fiesta con personas entrañables, donde las risas, el amor y la lucidez de la embriaguez enseñan verdades trascendentes para los que compartimos ese momento. El amanecer le da sentido y riega con los primeros rayos del sol a nuestros cuerpos; llenándolos de energía y ganas de vivir.  

Puente. Foto: Miguel Asa

¿Viajar, suculencia y sabrosura?
Pues los viajes siempre, allí cabe todo. Siempre estamos viajando, aunque no nos movamos de sitio, y el hedonismo no se excluye de la experiencia del viaje; eso sí, el viaje es mucho más que eso. Dentro del viaje todo.

¿La bicicleta cómo baila?
Al ritmo que baila su conductor, uno de los placeres más grandes que hay, ir arriba de una bici; siempre y cuando no haya cuestas pronunciadas. 

¿Qué libros te han llamado?
Pues ahora mismo estoy con dos títulos, bastante filosóficos, uno El Bailaor de Soledades de Didi-Huberman, y el otro muy político de Suely Rolnik, Esferas de la insurrección, Apuntes para descolonizar el inconsciente. Siempre preferiré los relatos orales.

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