Ricardo Yáñez: de música y poesía
La vagancia de la palabra entonada y explosiva
Ricardo Yáñez. Foto: Naomi Greene

Yo la encontré por mi destino,
de pie a mitad de la pradera,
gobernadora del que pase,
del que le hable y que la vea.
Gabriela Mistral

La poesía tiene nombre. Se hace un espacio en la médula del horizonte y añora cuantas veces quiere. Se sabe México en cada partitura. Llueve, canta, se acongoja y existe. Así es el poeta tapatío que le ha escrito a la tierra, al campo, a la música y al amor, sólo por mencionar algunos preceptos. Hay un acierto para la vagancia y así lo ha hecho Ricardo Yáñez. Originario de la Guadalajara, Jalisco, y con una gama bonita de colores en una plasticidad de letras, el de la barba blanca, es un elemento que derrama su importancia literaria en pequeños capítulos de la cotidianidad.

El tiempo. Foto: Naomi Greene

Digamos, un posible árbol que baila con el viento mientras, iracundo, observa pasear a las galaxias. De ahí que su palabra sea un rasguño de melancolía y un trazo perdido entre la alpargata y el siguiente nivel de fotosíntesis. Leer a Ricardo, observar, merendar con su obra, apaciguar el tiempo y el canto, es una experiencia que marcamos en el infinito y nos creemos pétalos y bytes en ese instante. Quizás una pérgola es un espacio en el que podríamos creer que su creatividad ha sido sacrificio de la poesía, sin embargo, el capitán de nuestras mañanas (así le digo en mis adentros por una loca temporada en que lo leí abarrotado de chilaquiles y café), le entra a la música como a los corazones que le rodean.

Cielo modelo. Foto: Naomi Greene

Contemplar a Ricardo es jugar en el lodo como cuando éramos niños. Es militar como flor entre los nopales, ese suceso tierno en el que el color se disfraza de saturación y engaña a nuestros ojos. Descifrar a Ricardo es un arquetipo de lo que se puede lograr cuando se abren las alas dentro de la textura del desierto. Uno flota, se reclama una lágrima y baila. No recuerdo precisamente cuando fue que lo leí y sucedió con esmero.

El trazo. Foto: Naomi Greene

Alguna vez, la Prieta, mi madre, me indicó “más vale poco que sea verdad y no mucho que sea mentira”, y así me cuadré con las palabras del poeta tapatío. Me enamoré de las señales que se palpa en su estructura musical; en sus existencias de sol y luna; en la alcoba que resuena en el perfume de las sirenas y me quedo en silencio. Quisiera mantener la palabra bajo el infinito de los cielos y resguardar cada idea que surge de las mentes de la comunidad poeta. Mujeres y hombres hacemos de una posibilidad una reunión de nubes, en las que perfilamos nuestras andanza. Así el calor y la lluvia, el paso y el pedaleo, la mañana y la noche, todo, es parte de la obras que Ricardo nos entrega en su existencia.

La colectividad. Foto: Naomi Greene

Qué afortunados hemos sido, tanto Naomi Green como yo, al tener una mañana de goce con nuestro Ricardo. Ahí aprendimos de la historia de los papalotes. Descubrimos la mirada de los halcones. Fabricamos nuestro propio testimonio y dimos balance a nuestra visión. El juego y el canto no hicieron falta; la solidez de un poeta como lo es Ricardo, nos hizo temblar, respetuosamente, porque guardamos una particularidad de nosotros. No sabemos qué tanto hayamos crecido en las jaurías de las libélulas pero sí manifestamos una sorpresa en cada uno de nosotros. 

Despertar. Foto: Naomi Greene

Ricardo, desde su canto y su emoción, nos recuerda que la tierra sigue y que hay un horizonte repleto de sabores, todo es un confín de dulces y amargos momentos, es la determinación de todos los ejer humanos. Quisiera haberme perdido en uno de sus versos para florecer en el paladar de las sierras, ser árbol y después, entregar el fruto con todo el glamour del desprendimiento y de la escasa gana de querer controlarlo todo. 

El poema. Foto: Naomi Greene

Disfrutar del trabajo poético de Ricardo, desfragmentar la máquina de creación que es, no debe representar la calumnia del ego ni de las pretensiones, hay una palabra y una imagen una boca y una mano, todo es parte de una balanza en su propio equilibrio. Para alcanzar algunas de sus reflexiones es preciso detallar su norma campirana y gozadora, pues Ricardo así es, un huarache en vuelo que alcanza la nostalgia y el estupor de su comunidad. 

Bajo la pluma. Foto: Naomi Greene

Es verano, hay lluvia, Ricardo Yáñez estuvo con nosotros aquella mañana risueña en el Café Madoka y lo contemplamos a solas, en su postura humana, poeta y músico. No hizo falta la guitarra, pero el canto surgió como un estallido de pájaros. Hay poesía y mucha, una rebelión de la simpleza de las cosas, en la que juega la cajita del verso, es lo que la vida nos ha permitido con el autor de Desandar, pieza editorial del Fondo de Cultura Económica que incluye la mayoría de su obra poética, publicada en 2014. 

Existir. Foto: Naomi Greene

Jugó con nuestro ejercicio poético e hizo de nuestras preguntas silencio, por sí solas, en conjunto, las declaró un poema. Su silencio fue una experiencia gigantesca, magia en textos que no surgieron, y que, a pesar de todo, gozar, engolosinar y disfrutar los pequeños y breves momentos de la existencia, es el armazón que la poética de Ricardo Yáñez hace en la trama de las líneas.

“Te digo lo que pensé desde el principio pero adrede dejé pasar el tiempo para ver si cambiaba de opinión. Tus preguntas son poéticas de por sí, quizá un poema en sí mismo, y no considero contar con la suficiente creatividad como para, en las respuestas, igualar su espíritu. Déjame de cualquier manera pensarlas un poco más, pero la verdad, más que liricas son exigentes en la demanda, que no creo cubrir con suficientemente solvencia, Miguel”, señaló nuestro poeta amigo, y en ello, nos brindó como primera entrada, que el silencio y la no respuesta, son también, las más grandes de las adquisiciones que uno puede tener, y por ello, dejo esta perspectiva con sus palabras para todo nuestro público.

Sonreir a la luz. Foto: Miguel Asa

Aquí la evidencia y artefacto de nubes que posibilitan el fervor de la palabra: sencillez. Ricardo nos aguarda juguetón, risueño y amoroso: la resortera de la poesía es. Hay que contemplar nuestro espectro y migrar hacia desconocidos momentos, y aunque repletos de hojas, siempre hay un color que emerge desde la montaña. Hoy por hoy, nuestro poeta, es un argolla fundamental para el contexto de la literatura de Guadalajara sin ir más allá. Es preciso tener la mente serena, el corazón repleto y el cosmos inundado, pues la palabra, de las pocas cosas, nos lleva a otras sensaciones, a únicas posibilidades y una memoria completa de diversidad y observación. Hay un juego que es la vida y nosotros somos sus jugadores. Ricardo Yáñez no está en la banca, pues baila a diario en el juego. Que la canción siempre brote desde la secuencia de la poesía.

Escaleras poéticas. Foto: Miguel Asa

Ricardo Yáñez, poeta y cantor, con formación en Letras por la Universidad de Guadalajara y la Universidad Nacional Autónoma de México. Colaborador de una vasta diversidad de publicaciones regionales y nacionales. Ha sido profesor, tallerista, columnista, investigador, todo eso además de ser un gran argüendero de la poesía mexicana. Ha obtenido distintos premios literarios y una diversidad de reconocimientos en su trayectoria. Autor de obras de poesía como Deja de ser (Ediciones Era, 1994), Prosaísmos (UAM, 1995), Ni lo que digo (FCE, 1998), Vado (Ediciones Era, 2004), Armadillo (Magenta, 2021), entre muchos más. Sin embargo, también le ha entrado a la música, y algunos de sus poemas han sido acompañados por varios músicos, entre los que destaca su última colaboración con Zindu Cano y Kevín García, quienes conforman Ampersan, mismos que dieron voz al poema “Lo que la vida se lleva”, publicado en el álbum 6 Conejo, con arreglos de Juan Pablo Villa, y que, entre todos, recrearon una pieza desde el sonido cardenche hasta las atmósferas novísimas de la tecnología. Ricardo Yáñez es toda una estructura creativa y de los pocos tapatíos que ha incursionado en diversos papeles de la cultura, de ahí el trabajo que ha realizado en el periodismo, la difusión y la divulgación, y todo ello, más allá de lo que siempre ha sido su eterno amor, su constante formación de noveles poetas.

Ni lo que digo
El amor es esa estrella filosa
y el desamor quién sabe qué carajos
pero yo no soy yo
ni este aire mi aire
Es un tambor el miedo
y la paz un tejido frecuentado
pero en mi corazón hay un cangrejo
y alguien está torciendo mi pescuezo
¿Qué es el atole blanco?
¿Qué los cigarrillos faros?
Pero a quién le interesan esas cosas
cuando uno se muere de sí mismo.

¿Qué son los huevos fritos, por ejemplo?
¿Qué son los buenos días?
Los vecinos arrían la bandera
de la felicidad, pero quién se los festeja?
quién se los critica?
Sólo los que se aman los comprenden.

Se está tirando el bóiler. Hay que apagarle.
Se encordó este reloj. Hay que arreglarlo.
Hizo frío por la noche.
No lo olvides.

A veces es una araña la palabra amar
una araña en las vigas de la casa
y uno es la mosca la tonta mosca
A veces el amor es una aspirina
vieja olvidada en el botiquín
y uno no el dolor de cabeza sino el aburrimiento
A veces el amor es una botella de tequila
escondida en el fondo del ropero
y uno la mano oscura y el trago rápido.

Si me emborracho pienso en ti.
Si me viene el amor a las palabras, a los ojos, al llanto
a los cigarrro alas, al tequila sauza,
¿en quién voy a pensar?
Hay un Ricardo Yáñez que me pega, que todo el día me pega,
y hay un Ricardo Yáñez que te ama. Ese es el bueno.

¿Un soneto?, no mames, cruel Ricardo.
Bardo tradicional saliste, Yáñez.
¿De verdad crees poesía lo que tañes
ya en lenguaje sutil o ya en lunfardo?

Si he de serte bien franco yo no ardo
en deseos de al lomo echarme el fardo
y menos cuando sé que, no te engañes,
de noche todo gato es gato pardo.

Yo conozco bien quién soy, y tú ¿quién eres?
Bardo Thodol te finges en talleres
que sabe Dios cómo has imaginado

nomás por eludir otros deberes.
Quizás alguna calle has alumbrado
y a ver cuándo tu casa, atolondrado. 

Vado (Ediciones Era, 2004)

Tres flores
FLOR I
Es posible respirar a dios en esta flor.

Toda la historia se concentra en ella,
es su medio, su fin y su principio.

Por esta flor es que el mar remueve eternamente las arenas
y que la gente reza, come, ama, defeca y muere.

FLOR II
He cortado esta flor.
Esta flor ¿vive más aquí que en su vida?
Esta flor es poco fría y amarilla (muy):
como el sol-vuelto-luna-vuelto-flor.
Esta flor ocupa un lugar en dios.
Dios se cuartearía,
se descuartizaría feamente
si nosotros pudiéramos deshojar este flor.

FLOR III
Hay flores que ordenan el universo.

Sólo los ríos
se bañana siempre
en el mismo río.

*
Un buen silencio
no solicita
desciframiento

*

Ah qué la vida
cohete, ilusión de luces
que se disipa.

Vado (Ediciones Era, 2004)