Altar poético: un recuerdo íntimo
La Biblioteca Iberoamericana Octavio Paz homenajea al poeta Ángel Ortuño
Ángel Ortuño en su altar. Foto: Miguel Asa

If you squeeze my lizardI’ll put my snake on youI’m a romantic adventureAnd I’m a reptile too
Motörhead

Era el recuerdo, la memoria, la capacidad mental. Era un disco duro corrosivo de más de 10 Tb. Y así, a un año de su partida, el poeta Ángel Ortuño nos reunió de nueva cuenta en una de sus efigies más poderosas. Ayer, entre la complejidad de la ciudad, nos reunimos gracias al llamado del equipo de la Biblioteca Iberoamericana “Octavio Paz” que dirige la maestra Carmen Villoro, en tono de una tarde sencilla, modesta y con un pequeño frío de noviembre que dio paso a las anécdotas, a las palabras, a las lágrimas, a la alegría, a la estima y a la sonrisa dócil del extrañamiento del amigo, del padre, del poeta.

Flor Barboza y su elegía. Foto: Miguel Asa

Con su retrato a color, en el que se percibía con una sonrisa prominente dentro de una chamarra negra como algunos lo conocimos, acompañado por uno de sus versos: “Heme aquí, ofrendando la vida en defensa de las cosas como son”, puntualizó su presencia en ese altar que con mucha nostalgia nos trajo al amigo de las letras, al genuino lector, y sobre todo, al potente humano de humor sencillo y ácido. Carmen nos dio la bienvenida. La dinámica fue sencilla: bajo el nombramiento del asistente, compartir un poema, alguna anécdota, unas palabras.

Miguel Reinoso. Foto: Miguel Asa

Así, personajes de la literatura, compañeros de trabajo y familiares cercanos, dieron paso a sus letras y a sus memorias. El inicio estuvo acompañado por una elegía de quien fue su esposa en vida, Flor Barboza. Le siguieron las voces de Miguel Reinoso, Anja Aguilera, Silvia Quezada, Ruth Monroy, Françoise Roy, Rosalba Espinosa, Tony Guerra, Marco Antonio Gabriel, Alexandro Castro, Manuel Jpg, Vladimir Orozco, Gabriela Botti, Alonso Solís, entre otras. Y de manera sensible y contundente, Ximena Ortuño, su hija, cerró la velada. Cada una de las palabras de todas las personas que pasaron al estrado fueron irremediablemente sensibles y con un corazón extenso al hombre que nos convocó en su memoria.  

Las calaveras. Foto: Miguel Asa

Por su parte, de manera puntual, solicité amablemente a Carlos Vicente Castro que compartiera su perspectiva sobre este suceso y esto fue lo que comentó: “Las facetas de Ángel Ortuño fueron múltiples. Una de ellas, como bibliotecario. Es así que su homenaje en este espacio donde trabajó por más de quince años, donde organizó eventos y nos aconsejó a tantos en nuestras lecturas, un espacio del que es en gran parte responsable de su acervo vanguardista y contemporáneo, alojó un homenaje entrañable por cuanto las personas que compartieron sus vivencias y leyeron sus poemas nos acercaron a quien fue y continúa siendo en sus poemas y en el recuerdo. Este homenaje organizado por la Biblioteca Iberoamericana forma parte ya de otros que en distintos momentos y por diversos grupos de personas se han sumado a conmemorar a un amigo, a un poeta como pocos que logró voltear aquello que muchos comprendíamos como poesía al acentuar una de sus cualidades más divertidas: la mecánica del juego. Ángel se divirtió mucho, mucho nos divertimos con él quienes lo tratamos. Un homenaje al fin es solo el pretexto, el punto de unión para celebrarlo. Por cierto que en estas fechas uno de sus entretenimientos siempre fue componer calaveritas. Vodka, Motörhead, ofrendas en un altar concebido por Paco de la Peña… creo que lo disfrutó bastante”.

Alexandro Castro. Foto: Miguel Asa

Así, en el recinto en el que muchas charlas sucedieron, disfrutamos de las diversas anécdotas que ocurrieron en el café, en tiempos de la facultad, en momentos de la biblioteca, en ratos de la vagancia. Así el poema que le escribió a la niña que venía en camino, así la solución de dudas para la traducción de algunos de sus textos, así la juerga en el cubículo de trabajo, así la compañía en los trucos literarios, así los comentarios, las andanzas y las correcciones. Los versitos (como le llamaba él) como una catapulta para compartirnos algo de creatividad y siempre, de un tono cándido, se presentaron en la ironía como bandera entre la sonrisa de conspiración de nuestro personaje.

Vladimir Orozco. Foto: Miguel Asa

Se escucharon versos de distintos libros, voces que dimos paso a la rebeldía intelectual de Ángel Ortuño y nos sentimos en una especie de silencio dentro de una pieza de metal pesado. Y ello, fue el eco imponente de la propia Biblioteca que permitió el ejercicio de integrarnos para compartir lo que en alrededor de casi dos horas nos trajeron al autor de Las bodas químicas, Boa, 1331, Gas lacrimógeno y otras cosas que no son poemas, por mencionar algunos.

El público. Foto: Miguel Asa

Así, con una caricia entre risas, fue la reunión que nos permitió ejercer nuestra energía hacia el poeta que dejó un armamento literario en modulación. Ángel seguro pasó a distraerse un rato y buscó la manera de estar con nosotros. Gracias a todas las personas que acudieron y que brindaron con chocolate caliente y pan de muerto la existencia de nuestros momentos con aquel hombre generoso que nos dejó las palabras y su sencillez como estandarte. Habrá metal toda la vida, poesía química por igual, pero nunca más una etapa suficiente como la que vivimos con Ángel Ortuño. Suspiramos el recuerdo y vamos al encuentro, suena Motörhead y seguimos en la ruta, como otro byte más.