Puerto Vallarta: vuelo de un zanate
La ciudad costera de Jalisco desde los ojos de un ave
La bahía de Puerto Vallarta. Foto: Abish Meza

tú que me mira borrarte del espejo,
sumergido en el agua nuclear de esta palabras.
Luis Armenta Malpica

La grácil pata derecha del zanate deja su huella sobre la arena. Después la izquierda. Después la derecha. Traza una estela de triángulos diminutos que se van desvaneciendo en la humedad del mar. El susurro del agua le previene de una ola. Siente la sal en las patas. El aire matinal acaricia su plumaje mientras busca el desayuno en la mansedad de Las Gemelas.

Roca de río. Foto: Carlos Sánchez

Un par de toallas extendidas sobre la arena, una hielera, una sombrilla multicolor y una pequeña bocina gris que resuena con la música de la música de Luis Miguel conforman el panorama ribereño. A escasos metros de distancia se encuentra una familia de cinco integrantes (una pareja adulta, sus dos hijos y la madre de ella) disfrutando del acogedor calor veraniego y la frescura del agua salada; son las únicas personas a la vista, por lo que el zanate, en un andar furtivo que no interrumpe el juego de pelota de los pequeños, ni la charla de los adultos, se aproxima para tomar con el pico las migajas de pan que la familia dejó durante el almuerzo.

Mural de George Mosiika. Foto: Sheccid Meza

Los pies del padre de familia se cubren por una capa uniforme de arena al salir del mar. Indiferente, va por una lata de cerveza cuando encuentra al pajarillo intentando hurtar más pan de la hielera. Con el ceño fruncido y movimientos bruscos le ahuyenta de repente. Las alas del zanate, frenéticas, emprenden el vuelo. Viajan por arriba de la jungla en dirección a la isla Cuale, y apenas cinco minutos más tarde aterriza en una de las grandes rocas del río. Decide tomar un baño a la sombra de los enormes árboles cuyas ramas, repletas de garrobos, se conectan de un lado a otro del riachuelo. Escucha atento el murmullo del agua deslizándose hasta la mar, así como el parloteo de turistas que deleitan sus pupilas con las curiosidades del Mercado municipal.

Bosque de las piedras. Foto: Sheccid Meza

Una vez sus alas completamente secas, alza el vuelo hasta el Cerro de la Cruz para tomar una siesta en punto de las once. Indiferentes a la presencia del zanate que reposa en la rama de un árbol, varias personas dan hasta su último aliento para llegar al mirador. El esfuerzo vale la pena. Allí, fotografían la vista panorámica de la región; desde la llena de vida Boca de Tomate hasta el sencillo encanto de Nuevo Nayarit. Un subir y bajar de diminutas figuras de exploradores se lleva a cabo en las próximas horas hasta que el sol es demasiado intenso como para que humano alguno desee atormentarse a sí mismo al subir por la pendiente con la nuca bajo el sol. Cuando el zanate despierta y se encuentra en soledad, parte un vuelo hacia la Marina impulsado por el hambre.

 

Huella del zanate. Foto: Sheccid Meza

Desde las alturas se observa el amplio mar con sus manchas de azules claros y oscuros, y con sus blancas olas azotando contra las piedras de la bahía. Hileras de botes se tambalean ancladas al muelle, mientras uno que otro pescador regresa con su hielera repleta de pescados. Más allá, una larga cadena de restaurantes festeja la gastronomía regional e internacional. Poco a poco el zanate desciende, siguiendo sus agudos instintos. La basura repleta de restos de comida pasa desapercibida al observar las brillantes escamas de los pececitos que se aglomeran cerca de la superficie del mar. Sin dudarlo, se zambulle para rápidamente salir con un pez aleteándole en el pico. Se lo traga y repite la acción hasta que su estómago está satisfecho. Piensa en tomar una siesta en la roca de siempre, pero la ágil mordida de un cocodrilo lo asusta. Graznando, vuela a toda velocidad fuera del muelle, justo cuando un majestuoso crucero se estaciona en las aguas del puerto.

Anclados. Fotos: Sheccid Meza

Llama la atención del zanate el bullicio de un barco pirata que inicia su recorrido diario, y, mientras admira las bugambilias al ras del piso y los tabachines que pintan a Vallarta con los colores del atardecer, sigue su estela hasta el centro de la ciudad. Allí, el despreocupado actuar de los turistas contrasta con el veloz vuelo del ave; una diversidad de personas baila al compás del son cubano en La Bodeguita del Medio mientras otras tantas esperan su turno para llevarse una fotografía en las enormes letras de ‘‘Puerto Vallarta’’ y su emblemático caballito de mar; al compás de la flauta y el tambor, los voladores de Papantla surcan el cielo en un baile ancestral, tobillos anudados a una soga de la cual penden sus vidas durante trece vueltas. 

Parroquia. Foto: Sheccid Meza

Contagiado repentinamente por aquel festivo panorama, el zanate recorre la bronceada exhibición de esculturas que se extiende por todo el malecón hasta la Plaza de Armas. Bajo la humedad de la bahía, parejas por arriba de los años cincuenta se divierten al ritmo del danzón, interrumpidos tan sólo por las campanadas de la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, que, con su fascinante arquitectura neoclásica, anuncian las ocho de la noche.

Bienvenida. Foto: Sheccid Meza

El ave retorna el vuelo por el río Cuale, siguiendo la ruta de la diversidad. Los colores del arcoíris inundan el Parque de los Azulejos y toda la zona Romántica, haciéndose notar aún más en CC Slaughter y Paco’s Ranch. Personas de todo género, orientación sexual y procedencia se dan la mano y cantan a todo pulmón Born This Way de Lady Gaga. Cansado pero satisfecho del viaje tan estimulante, desde el muelle de Los Muertos sigue el rumbo hacia playa Las Gemelas.

Escultura de Alejandro Colunga. Foto: Sheccid Meza

Pasó el tiempo y nos invadió la pandemia. No estoy segura cuándo exactamente cambió mi entusiasmo por la bulla subterránea. Pero de un momento a otro dejé de ver el tren como una ventana al mundo exterior y se convirtió en una vista hacia el interior. Me volví presa de mi mente, ensimismada gracias al aplastante desasosiego urbano. Los viajes tornaron abrumadores, quizá también para otros ya saciados de la constante invasión audiovisual. Basta con ver el cansancio de los viajeros evidente en sus ojos distantes, para saber que no soy la única que siente el agobio.

La Mexicaneidad. Foto: Jacqueline Loweree

La grácil pata derecha del zanate deja su huella sobre la arena. Después la izquierda. Después la derecha. Traza una estela de triángulos diminutos que se van desvaneciendo en la humedad del mar. El susurro del agua le previene de una ola. Siente la sal en las patas.