Melaque-Vallarta: la costa jalisciense en bicicleta
Una ruta mexicana para aquellos amantes de las playas
Tenacatita al fondo. Foto: Miguel Asa

El frío escarba
El miedo sube
El árbol se seca
El hombre se agrieta
Los postigos golpean
El miedo sube
Ninguna palabra es bastante tierna
Para traer de nuevo al hijo de los caminos
Que se pierde en la cabeza
De un hombre al borde de la estación
Tristan Tzara

Tiago se reirá al saber que estas letras se escribieron en compañía de la canción Eu Inezito de Tatá Aeroplano, pero es necesario compartir el sabor de las cosas y de los momentos. Entre palabras en portugués, melodías de música axé y algunos tantos brasileños, durante nueve días conocimos y reconocimos sitios con gran aspecto en las costas de mi estado, Jalisco. Muchos creen que la carretera 200 no entrega sorpresas y vaya que el fin de diciembre y el inicio de enero fueron una sustancia potente para la imaginación.

Sí, viajamos durante nueve días llenos de pedaleo y mucho color. Viajé con mi amigo Tiago Testa, un chico brasileño que radica en Guadalajara desde hace dos años, y que por igual, tiene el sueño que muchos hemos vivido, viajar en bicicleta, y México, le permitió eso. Yo fui muy feliz por presentarle un pedacito de mis caminos recorridos, lo demás es historia.

La Manzanilla y su amor. Foto. Tiago Testa

No planeamos demasiado. Dejamos que la rodada de pedal y playa fuera exquisita según sus bondades. Así creamos un plan, cinco meses atrás; llegada la fecha, todo se modificó según prioridades. Fue momento de cuidarnos y de cuidar nuestro contexto. No portamos mucho equipaje: herramientas, algo de ropa y suministros varios que adquirimos en distintos locales: tiendas, fruterías y expendios.

Entre incertidumbre, cansancio y fechas encajonadas, salimos el sábado 26 de diciembre con destino a las costas de Jalisco. Primero realizamos un breve recorrido en nuestras bicicletas desde el Centro de Guadalajara a la Central de Autobuses (sí, la bicicleta puede subirse como equipaje siempre). Nuestro primer destino fue Melaque. Ahí decidimos que la ruta fuese como se establecieran las condiciones. Cabe mencionar que este recorrido fue el primer viaje de mi compañero. De ahí la felicidad y la impaciencia por ver toda la costa. 

Las playas de Tenacatita. Foto: Tiago Testa

A Melaque llegamos por la tarde. Se trata de un pueblo pesquero que es parte de lo que se denomina como la Costa Alegre de Jalisco. Ahí me han tocado jornadas muy sabrosas de reuniones, comidas colectivas, días de celebración y hasta el pulgar en alto para regresar a Guadalajara. En Melaque decidimos iniciar la ruta hacia el norte. Nuestro primer reto fue la subida montañosa previa a La Manzanilla. Con una distancia de 17 kilómetros entre un punto y otro, rodamos entre los 250 m sobre el nivel del mar, no cansado ni exhaustivo, sino divertida, tan sólo en una hora y media. Aquella noche nos quedamos ahí. 

La Manzanilla es una comunidad pequeña con mucho que otorgar. Podrás encontrar lo necesario para pasarla bien, restaurantes, tiendas, hoteles, habitaciones y casas en renta, y sobre todo, muy buena onda entre sus locales. Una playa apta para toda la familia y su esparcimiento físico si buscas algo tranquilo para descansar. En esa playa disfrutamos nuestro primer ocaso de la ruta. Alistamos el campamento a unos cuantos metros del pueblo, por el camino que lleva a Boca de Iguanas, y el frío se hizo presente.

Pedalear por Tenacatita. Foto: Tiago Testa

A la mañana siguiente y no muy temprano (hacia algo de frío) nos dispusimos ir hacia una delicia en esa ruta, y que muchos de ustedes lo consideran por igual, Tenacatita. Para llegar ahí, nos lanzamos sobre la 200 con toda la disponibilidad de existir rico en nuestras bicicletas. No es por demás que el clima nos benefició ya que nuestro hermano sol nos permitió disfrutar de una ruta sabrosa. 

Al llegar al crucero, puerta de Tenacatita, nos preparamos para disfrutar. Algunos suministros, unos rehidratantes y demás, cumplimos con los 23 km desde La Manzanilla por la 200. Es importante destacar que algunos breves fragmentos de la carretera estaban en renovación, por lo que tuvimos que adaptarnos al polvo originado por el tráfico automovilístico, pero todo marchó en orden. 

Playa Careyitos desde lancha. Foto: Miguel Asa

Tenacatita es un símbolo para muchas personas. Así es para mí, pues la considero uno de mis sitios preferidos para pasar la vida en contemplación. Ahí las caminatas, las comidas y el nado se vuelven una divina ocasión de encuentro con la Tierra. Tiago quedó perplejo al estar en esa delicia natural. Por mi parte, le dí frescura al recuerdo y al pedaleo. Decidimos pasar dos días ahí, antes de partir a una serie de constante ejercicio sin descanso entre días. Nadamos, recorrimos un poco de brecha en bicicleta y jugamos fútbol americano, entre las olas, con un coco que andaba por ahí (sí, pueden decir que hay locura, pero la naturaleza aporta su parte también). El coco volaba de lo lindo por los cielos playeros.

Punta Pérula, estero y playa. Foto: Tiago Testa

La música fue el silencio. Nunca tuvimos un horario ni un plan determinante. Por principio nuestro plan fue disfrutar, llevar lento el sistema de diversión y acoplarnos conforme el tiempo sucedía. Salir de Tenacatita fue una gozadera lenta el día martes. Hablamos de sus espacios y subimos por más carretera a lo largo de 62 km hasta Punta Pérula. 

Sin embargo, antes que todo, al medio día invité a Tiago a conocer playa Careyitos, un sitio en una pequeña bahía que brinda un misterioso fenómeno natural: una playa encerrada entre dos puntas de tierra con cercanía a una pequeña laguna. Ahí conocimos a un viajero de la Ciudad de México que había recorrido desde nuestra capital hacia la península de Yucatán y de regreso, y que a su vez, pretendía finalizar en Mazatlán. Compartimos un poco el nado y un breve aperitivo. Entre olas pequeñas, una naranja, el debido trago de agua y pocas aspiraciones a cambiar el plan, seguimos por nuestra ruta. 

Ríos en camino a Tomatlán. Foto: Tiago Testa

Llegamos temprano a Punta Pérula, a media tarde, aún había sol. Tendimos las casas no muy lejos de otras familias y compartimos lo posible. Tuvimos tiempo para disfrutar de ello y hasta una cascarita futbolera con algunos visitantes más tuvimos, a pata salada y con arenita. Después de eso nadamos de lo lindo, y no mentiré que el clima se puso sabroso, pues un frente frío desde el norte nos dio de qué hablar. En Punta Perula disfrutamos de una breve caminata por el centro del pueblo e hicimos la noche. Un par de diálogos sobre el pedaleo y las siguientes etapas. Las temperaturas de los días siguientes bajaron y las noches se volvieron la reunión de suspiros y más. Dormir en las casas fue un reto y vaya que lo disfrutamos. Decidimos ir hacia el norte y cambiar el plan inicial. Llegaríamos hasta Vallarta.

Tiago en Casa Lanni, Cruz de Loreto. Foto: Miguel Asa

Así, por la mañana del miércoles nos desconectamos de Pérula y dirigimos las bicicletas hacia Tomatlán. Para mí recordar toda esa ruta fue sorprendente. Volvieron las imágenes que en algún momento gesté cuando viaje en solitario. Los días de pedaleo constantes fueron divertidos e hicimos una parada previa a la desviación a Tomatlán. El huarache nos indicó que debíamos pasar y lograr todo lo posible por seguir en costa. 

Dejamos de lado y pasamos por diversas entradas a varias playas. Sin embargo, al estar por el ingreso norte a Tomatlán desde la 200, una señora paró en su camioneta y nos abordó. Nos comentó que esperaba a un par de ciclistas y pensó que éramos nosotros. Aún así, nos hizo el ofrecimiento de hospedaje en su hotel que se encontraba a unos kilómetros de ahí, en la Cruz de Loreto, Casa Lanni.

Una tarántula nos abordó en el camino. Foto: Miguel Asa

Decidimos romper con nuestra propuesta de subir hasta El Tuito y preferimos ganar un poco más de costa, pues después de la Cruz de Loreto vendría una terraceria hermosísima hacia Mayto, ruta que preferimos para subir sin tráfico hacia El Tuito para finalizar el sábado por la tarde en Vallarta.

En ese momento, a media tarde, las nubes comenzaron a hacerse presentes por nuestro camino. Aquel día soleado con frescura se convirtió en una tarde gris con colores saturados bajo la humedad que contemplamos. Existieron breves ráfagas de viento en contra y algunas pequeñas gotas después de pedalear más de media hora hacia el destino. Pensamos que la lluvia caería sobre nosotros, sin embargo, el clima fue justo. Llegamos al poblado y llamamos a Casa Lanni, en donde nos atendieron con cortesía y nos ofrecieron una habitación cómoda por un precio muy accesible, y lo más bello, con especial descuento para cicloviajeros. Así fue después de 70 km después de Pérula, con cambios en las temperaturas, algunas subidas y bajadas con columpios medios.

En las costas de Cabo Corrientes. Foto: Miguel Asa

Esa tarde correspondí a Tiago y a su afición por el fútbol brasileño, pues jugó su equipo favorito,  Palmeiras, contra el América Mineiro, otro equipo de por allá, en un juego importante en aquellos momentos. Vimos el partido en el móvil, y a medias, debido a la poca conexión que había, sin embargo, tuvimos oportunidad de descansar, de tomar una ducha rica y estar en nuestras respectivas camas. Al anochecer fuimos a cenar con un frío espectacular, así lo digo, pues las temperaturas de ese momentos no se habían presentado en años por las costas jaliscienses. Ahí conocimos un poco de trabajo de campo al charlar con unos jóvenes locales, y quienes a su vez, nos dieron recomendaciones sobre la brecha a Mayto.

La bicicletas en terracería. Foto: Tiago Testa
Playa, viento y soledad. Foto: Tiago Testa

Al día siguiente, disfrutamos de un buen desayuno en un puesto de ahí, eso después de obtener suministros para el resto del día. El pedaleo del viernes comenzó con lo espectacular: la fatiga de pensar en terracería. Salimos sobre empedrado al poco tiempo y de ahí, la tierra se hizo presente. Metros adelante nos metimos a una postal enorme: una brecha pequeña hacia un destino playero sin arena. Ahí disfrutamos la vista y de un breve aperitivo, una naranja y una manzana con tragos de agua. Regresamos a la terracería y todo el tiempo tuvimos túneles verdes. Al poco tiempo notamos playas largas con un mar inmenso, los vientos del norte descendían sobre las olas con una voluntad fenomenal. Esa terracería toca a varias playas así y la presencia humana es muy poca, salvo los que pasan por ahí de ranchería en ranchería más algunos locales que tienen ese camino como diario. 

Contemplamos diversas aves, un silencio enorme y llenamos de tierra el cuerpo. Conocimos diferentes paisajes, nos detuvimos en un pequeño rancho y contemplamos más extensiones de mar. Nos dimos la libertad de estar en aquel camino con más de 40 km. Llegamos a Mayto para contemplar el ocaso, y pese a todo, nos dimos cuenta que el manejo de una bicicleta dependerá de las texturas que uno tenga en el camino. 

 

Pedalear entre tierra y mar. Foto: Miguel Asa

Aquella noche fue la última de 2020. Dispusimos a platicar después del campamento y sobre todo, a compartir los detalles de lo que había sido nuestra ruta hasta el momento. Esa noche, en mero fin e inicio de año, la temperatura bajó a tal grado que tuvimos que dormir con toda la vestimenta que portabamos, misma que no era mucha. Pese a todo, el amanecer fue delicioso, un desayuno en un local del pueblo y la revisión de bicicletas para salir hacia el tramo más pesado de la semana como culminación de nuestra ruta.

Hacia Mayto con paisajes únicos. Foto: Miguel Asa

Así fue que despegamos rumbo a El Tuito. A pesar de que amaneció fresco, el sol nos cobijó durante el día en breves momentos. Subir hacia la sierra fue un éxito rotundo, aquello fue en un desplazamiento de 40 km desde 0 a 700 m a sobre el nivel del mar. No cabe duda que tuvimos una prueba que nos abrió el apetito, nos dió la fortaleza para compartir el tiempo en subida y apreciar los diversos cambios de flora y fauna a nuestro alrededor. Llegamos a media tarde al poblado amarillo. El Tuito es la cabecera municipal de Cabo Corrientes y es puerta y paso hacia diversos puntos de la costa de Jalisco. La serranía nos entregó frío de día y la continuación de nuestra ruta estaba en duda, sin embargo, pese al cansancio y al agotamiento que ya teníamos de días, decidimos pedalear hasta el malecón de Vallarta. 

Playa Mayto y un espejo natural. Foto: Tiago Testa
La última noche de 2020 en Mayto. Foto: Tiago Testa

Esa decisión fue muy divertida, ya que así como ascendimos, descendimos con una velocidad impresionante y bajo todo cuidado posible del uno con el otro. Llegamos a Vallarta en una hora y con el corazón lleno. Esa noche disfrutamos de unos breves momentos en el malecón y abandonamos el sitio para pasar la noche con uno de mis amigos de la región, Juan Fernández, uno de los más persistentes activistas ciclistas de la ciudad.

El Tuito, cabecera municipal de Cabo Corrientes. Foto: Miguel Asa

Al siguiente día lo pasamos en la playa del Holy. Fue la única vez que estuvimos en descanso extendido bajo el sol. Ahí, en el puerto jalisciense, una rica cena en la comunidad fue el detonante de que estamos aliados. En Zuzzhi nos compartieron de su labor como empresa local y contribuyeron a nuestro cierre con una cena fenomenal. En El Pitillal, hay alguien que reparte alimentos en bicicleta, y de igual manera, el corazón. De ahí nos despedimos para preparar maletas. La jornada de pedaleo cerró en la Central Camionera de Vallarta para despegar con rumbo a Guadalajara a la media noche.

Playa del Holy con bicicletas. Foto: Miguel Asa

La jornada había terminado. La ruta nos demostró quiénes somos y hacia dónde vamos. La persistencia de la bicicleta es una tenacidad que promueve la amistad y el compañerismo. Llegamos al amanecer para descansar durante domingo y reiniciar las actividades de trabajo y demás. Iniciar año con pedaleo para compartir la dicha de estar vivos. Gracias a quienes estuvieron presentes en este recorrido, fue una experiencia increíble. Viajar en bicicleta con el fin de cambiar paradigmas.

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