Luis Armenta Malpica: un tesoro perverso lleno de ironía
El poeta que en su privacidad es una elocuencia divertida
Luis Armenta Malpica y Alejandro Silva. Foto Miguel Asa
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Todos saben que vivo,
que soy malo; y no saben
del diciembre de ese enero.
César Vallejo

No se puede despertar por la mañana simplemente, preparar el café, hacer algo de ejercicio y vibrar la sensualidad desde nuestra cotidianidad. Quién sabe cómo se peina aquel hombre, o cómo se perfuma aquel otro, o cómo es posible lucir bello como el que viene por la banqueta de enfrente, o cómo escribir un poema mientras se pierde en el sueño. Y así pasa con Luis Armenta Malpica mientras me manda una selección predilecta de stickers en el mensajero, un fetichismo contemporáneo que nos hace reír y diversifica los discursos, y no sólo eso, los poemas. 

Así se anda Luis, entre la palabra, el objeto nuevo de la diversión y la plenaria de cambios sociales. Hay en su trabajo una particularidad en especial: hay un canto entre la desolación, el sentimiento y la perversión (algo también tiene) y se divierte. Va iracundo, entre pasos de montaña y lágrimas de niño. Así pasa con Luis, poeta, editor, traductor y a quien conocí en mi travesía con versos por Guadalajara, Jalisco, entre la magia de los amigos y uno que otro canto perdido. Luis es secreto, Luis es un tequila y una cerveza, Luis es colores, Luis se viste y se desviste tan sencillo en las páginas. Así baila y decora las palabras desde su baile.

Luis nació en el extinto Distrito Federal, pero hoy es más jalisquillo que nada. Le hace al loco, me dice, y sigue en la exploración literaria, juega. Se es niño y viejo a la vez. Juega con una pelota pero responde con el acento del ajedrez. Así pasa en algunas mañanas de charlar. Entre otras sombras, nos distanciamos y nos perdemos. Así el calcetín, la jaula o la dinámica de ser. En su obra manifiesta un pasito por allá y otro por acá. Sus versos los aglomera con Selena y un poco de mezcal. Qué decir de atender a la alineación del cuerpo. Sabe. Sabemos que estamos en cambio. 

La mirada desde la poesía. Foto: Miguel Asa

Que la poesía gira y es una tómbola, que está en constante evolución y diversificación, que los campos están en otras exploraciones, que ya no es la misma inquietud, que ha cambiado el clima, que ya es de noche, que ya escribe, que ya pasa por acá, que abre el libro, que saca la foto y denuncia al poema. Restríngelo. Una mordida, el poema. Ya va. Está en las manos. Y todo, pareciera que una flor nace desde el sexo de un hombre y surgen los cantos de las mantis, animal que le erotiza, le estimula y gesta. Nada y muere todo el tiempo. Su trabajo, va como canto en el espejismo de esta vida. Sabe modular el equilibrio. Es un sueño, elefante y desgracia. Se congela por la frescura del temblor y va así, despacito entre los alacranes y los bisontes. Sabe volar a solas, dice que el perfume es un terremoto lleno de selva. Le apetece el sabor y vuela. 

Es un caballo negro. Solidario y sin temor a las perspectivas y jugamos: “Si lo sabe el poema, que lo sepa el mundillo literario”, “Un verso y un reverso, como la vida.”, “Pase por su verso: no muerde. “Poeta sin marca ni versito que le ladre”, “Se renta todo o en estrofas.”, “Dos versos más y me enamoro.”, “El poema te desviste por sí mismo.”. Y nos ponemos a jugar con la palabra y la no censura ante la comunidad. Y más allá: “Eres mi versito favorito.” “¿Y si nos bersamos?” “Te mando un bersito tronado” “Dame un berso húmedo.” “Estoy a un berso de quererte? “Berso, luego existo” y más tantos que andan por ahí entre los móviles de las personas. Y la poesía llega de otras maneras y sonríen. Ahí, en esa colectividad, estamos abrazados todos. Y nos divertimos.

Nadie ha dicho que ha sido feliz de manera breve, porque las felicidades se encuentran a cada rato. Así en el pasillo de la feria aquella o el sentimiento de las palabras en las personas. Y Juan Gabriel canta otro pedacito más. Hay que reírse. Hay que coquetearle a la vida para divertirse. Disfrutar el eco y el abismo. Así la fruta como la caminata. No sé qué horas son. Un poema, un libro, los colores. De ahí, estructuras cándidas, en las que los osos y las nubes se vuelven encuentro y se pintan alas. Y ahí va Luis, desde la colonia Atlas, en Guadalajara, al mundo y se fabrica un éxodo para destilarlo en poesía.

Que la comunidad, que la poesía es posible, que somos evolución poética a cada rato, que ya es tarde, que la barra ahora no atiende, que la palabra, que el viaje, que las contemplaciones, que los stickers, que si un libro de hombres, que los tequilas, que ya no escriben, que si la videollamada, que el verso soldó, que si la luna descalza, que si la entrevista y que sí las preguntas y que pues aquí están.

La creación es un juego. Foto: José Ángel Leyva

¿Qué sientes cuándo ves un calcetín tirado en la calle?
Ojalá me topara con algún objeto así, abandonado de su par, introspectivo, para que me hiciera detener el tráfago de la vida cotidiana, pero no he tenido esa suerte. Camino poco por la calle. En casa hay mucho orden, así que es poco probable que me tropiece con algún calcetín fuera de sitio. No sé si el que se saldría de sus casilla soy yo o, más relajado, me lo pondría en la mano y lo utilizaría como títere.

¿De qué manera es tu forma de percibir la luna?
Me gusta cuando la luna se pone regrandota como una pelotota y alumbra el callejón, porque recuerdo a mi padre. Se dice que la luna es un símbolo femenino y sabemos que influye en los ciclos de las mareas y la fertilidad. En mi caso, como si fuera alemán, la luna es masculina. O por lo menos ambigua, flexible, no heteronormada. Es un gran ojo en el cual me observo y todo parece real. Y digo real porque mi vista es defectuosa, con esas nubes leves que aparecen en la luna llena. Sin sus consecuencias, creo. Aunque también es cierto que la violencia resalta más en mí en las noches de luna

Paciencia en cada palabra (y delirio). Foto: Miguel Asa

¿Qué piensas cuando comes bombones?
Hace mucho que no los como, pero el recuerdo (más que un pensamiento) me remite a mis años de boy scout y las noches de campamento. Mis primeras salidas sin mis padres, los cánticos frente a la fogata, los equipos de excursión y la destreza (o no) para hacer nudos. En el presente sería un pensamiento más bien sensual o sexual: la forma, el color, la dulzura, podrían remitirme a la delicadeza de un pezón o una mejilla. Si lo pienso, es así. El peso lo gana la añoranza. Y ya se me antojaron los bombones.

¿Alguna vez has intentado volar?
No lo he intentado: he volado. Practique buceo varios años y la sensación del vuelo es formidable en el agua. Una acción de planear, con los brazos extendidos, el cuerpo en posición horizontal, dejándote llevar por las ondas. Eso es volar también.

Libros y palabras en dos tiempos. Foto: José Ángel Leyva

¿Cómo ha sido la bicicleta para ti?
Es otra referencia a mi infancia y adolescencia. Mi padre era ciclista semiprofesional, así que tuvimos bicicleta desde pequeños. Y jugábamos a tomar y dejar pasaje en la calle de nuestra colonia, con unos “diablos” o una canastilla para el pasajero. O nos íbamos en grupo a lo alto de un cerrito y nos deslizábamos por una vereda o por el asfalto que luego fue la avenida de acceso de un nuevo fraccionamiento. Todavía me gusta ver a la gente montar en bicicleta. El traje de ciclista es, junto al de quienes practican buceo y hacen lucha grecorromana, de las vestimentas de deporte más atractivas que existen.

¿De qué manera transformas a tu comunidad?
Me gustaban más las preguntas anteriores. Para una respuesta seria primero tendríamos que seleccionar qué entendemos por comunidad: la familia, el grupo de amigos, de vecinos, el medio literario, la diversidad lgbt, etc. Creo que respeto a cada grupo e intento integrarme con mis mejores recursos y limando mis limitaciones y asperezas. No sé si la transformación es inmediata o tan visible, pero sí puedo asegurar que es paulatina.

Sonreír al poema es vivir. Foto: Miguel Asa

¿Qué son los stickers para ti?
Una manera de jugar. Y me refiero a la creación de stickers con Miguel Asa, a la distribución de los mismos con mis mejores amigos, a la curiosidad y celebración de lo que más nos gusta por medio de caricaturas o representaciones, animadas o quietas, a la creación de una simbología muy efectiva para comunicarnos, incluso en las cuestiones afectivas (junto con los emoticonos). Un lenguaje que exploro y disfruto como si fuera otra vía para acercarme al arte y a la gente.

¿Cuál es tu momento preferido con la naturaleza?
A solas o con alguien muy especial, desnudos (en lo posible) recostados en las rocas y mirando un mar embravecido. Esa sensación de fragilidad y deseo de penetrar el agua, de sumergirme y encontrar un azul más profundo que lo que tengo afuera, es tan atrayente para mí que tenía que vencer dicha fascinación en el buceo. Mi pareja de buceo siempre me lo recordaba: no te dejes ganar por el abismo, porque me atrae, me atrae.

Son las palabras un espejismo. Foto: José Ángel Leyva

¿Por qué escribir poesía?
Tal vez porque es la mejor (o una de las mejores) manera que conozco de conocerme y de estar con los otros. Tengo muchos deseos que no podría exponer de otra forma que en versos o poemas. Y muchas inquietudes que la poesía responde con otras resonancias. Es un aire que se vuelve vital y permite que vuele. Es el agua que no sacia mi sed, pero me ahonda.

¿Qué es lo que más disfrutas de tu vida?
Soy un hombre muy afortunado y por eso me caigo bien. Una buena charla, una comida, beber con los seres queridos, leer, escuchar música, cantar, bailar, hacer un poco de ejercicio, viajar y muchas otras cosas tienen el mismo goce, ya sea que lo haga a diario, con mi pareja, mis amigos o familia. Disfruto muchísimo mi vida, de verdad, lo que se me presente.

Anexo M:II

Su cuerpo es este barco que descargo
de finales felices.
 

No hay que incendiar las naves o confesar algún amor
ocurrido en bodegas y toneles.
Escondíamos la carne y nos seguían las moscas.
Paradas en el sueño nos miraron roer de cada palo
de las otras banderas
la miel que nos untaban los años yuxtapuestos
con el hambre en la voz
y el hombre más picante tras la lengua trabada
(del acoso al acuse hay un acaso).

Cada ola mantiene su propia libertad.
Acaba por hundirnos el conjunto.

A fósforo quemado llegó la despedida: usted arrió
su nombre como un pliegue del cielo.

Yo dejé el matamoscas en un baño
con cien nombres grabados y ningún corazón
ninguna flecha en los tantos teléfonos.

El amor sólo existe en las manos que no pueden marcar (aunque lo estiren)
otro nombre que el suyo.

Fragmento de “Elementos circunstanciales”, Envés del agua (Cultura Jalisco, 2012)

5

Todo empezó una noche del primero de julio, en el año noventa de la tierra:
la muerte bajó al agua (incomprendida)
cuando el hombre en el agua de sí se bautizaba.

Te imaginó y se dijo: hágase ya la luz
para mirarte.
Y se hicieron los lunes y los sábados
en que habías de volver de tu oficina, cubierto de cenizas
de los otros
del tiempo
que transcurre de tu boca a su boca.

Para empezar a andar en los segundos
en su reloj de arena formaron los minutos, las horas, los días, años y siglos
donde vieron llover y se mojaron, uno en brazos del otro
cada cual en recuerdo de su muerte.

Consagraron un día para el amor: y lo llamaron miércoles
si era miércoles, y viernes si era viernes.

El resto del recuerdo nada más lo han vivido.

Fragmento de “Stabat Mater”, Envés del agua (Cultura Jalisco, 2012)

Migajas para una despedida

La poesía empieza
cuando ya has olvidado qué es lo que te asustaba
pero aún tienes miedo.
Benjamín Prado

No se ha muerto mi padre
pero casi.

             Es la palabra quieta
de este poema. Es el hijo
incompleto que me calla.
             Sombra del trigo. Estepa
sin pisadas. El invierno se siente
a cada impulso: un aire
dolorado de espigas
familiares y lobos en las sienes.

No duele, pero
casi sentimos esa gota
de asombro: demora los relojes en las caras
igual que las abuelas hicieron
con el péndulo (detenido cuando alguien nos dejaba
más solos en el mundo).

Esta su muerte empieza desde hace varios
libros y alguna rasgadura.
             Me dicen que al igual que la luz
se encuentra próxima.

(Los que no pueden ver
expresan sombras.)
Yo lo niego: la tristeza es impropia
de los hombres. Yo
lo niego.

La lentitud de lo que no hemos dicho
se nos siembra en los ojos.

             Y pienso en este frío en el que hundo las manos
con los aullidos párpados.
              Encuentro una palabra que aterida me llama. En la escritura
del corazón hay un empeño
por encontrar la tinta que en el pecho se amase.

Nos rendimos al viaje de polvo
revestidos: mi padre y sus costumbres
tan dulces y dañinas; yo
y la ceguera por todo
lo que una huella quiebre.

             Desde la oscuridad escapan las palomas. Dejan mis manos
libres para asir el silencio que llegue
con la lluvia. Agua que nos responda
porqué se deja atrás lo que incendiamos
para que hubiera luz.

Un corazón de padre se agita
en este poema. Esta sola tristeza
haciendo círculos.

             Por el llanto del pez conocemos los mares y esa suerte
de suponer que todo se renueva si horneamos otro pan contra las olas.

Él entra en la penumbra
guiado por las migajas que he dejado al azar
siguiéndolo en la muerte.

             Porque no sé si cavo (o quepo) en lo que soy de él
nuestro miedo es la vela.

En Des(as)cendencia (Écrits des Forges y Mantis Editores, 1999)

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