Frydha Victoria: el juego de la poesía
Se sonríe verso sin remedio para existir en la pista de baile
Frydha Victoria. Foto: Miguel Asa
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Desborda la ternura de su tacto
en verde prisionero,
y al fin revienta en flor
como el esclavo que de noche sueña
en una luz que rompa
los orígenes de su sueño.
Alí Chumacero

Aquella noche fue huracán. Era juventud. Todo el éxtasis de la noche se volvió una memoria. Acabamos con el arte de la galería aquella. Nos vimos, dialogamos y la poesía se conformo con hacernos amigos entrañables. Los cantos de la bicicleta la recuerdan a cada rato como una de las poetas jóvenes que me abrieron paso por aquella carretera hacia el norte de México. Su nombre es Frydha Victoria, y cuando hablo con ella la memoria colapsa en la breve tormenta de nuestras páginas. Orgullosamente de Tepic, Nayarit, es una poeta y periodista que se enamoró de las letras como la raíz de la tierra, de la que la palabra se ha entregado a los horizontes de la nostalgia, de las lágrimas, de las ausencias y del baile. Ella escribe versos cada que baila. No lo sabe, pero muchos la observamos en la pista, y nuestras lágrimas perpetúan el silencio de nuestras locuras.

Observar versos. Foto: Miguel Asa

Hay que rayar la ciudad con pasos de música grupera, escribirle amor a las tormentas y pasar en silencio por las calles para después dejar escapar el grito de los libros. Frydha camina con calma y juega en el columpio del poema. Se balancea en tiempos distintos. Se llama con mucho amor. Se entrega y nos comparte en cada línea de sus piezas magia de la infancia, de la jauría que fuimos alguna vez todos, la inocencia de la palabra en las calles que nos saben a niebla y color rosa. Aquí va y también allá, siempre, con una paleta de caramelo que le pinta los labios. Disfruta, baila, se acongoja y despierta como la reina de la pista poética. Así, extravagante y sincera, tiene flechas para los corazones rotos, nos revuelca desde su inocente mirada hacia los amores de la secundaria.

Leer los fantasmas. Foto: Miguel Asa

No sé cómo explicar el detalle que tiene la voz de Frydha. Intento extrañar a Pancho Pantera, pero la luna no me deja. Y 1994 nos revuelca las lágrimas de nuestras pieles, sí, porque también el cuero llora. Y así baila, entre las plumas de un quetzal disfrazado de galaxia, y Frydha ama, despacio, cada paso que entrega entre sonrisa y sonrisa, entre poema y poema y se enamora otra vez de la poesía y se olvida y se enamora y se olvida y se enamora y se es baile y canta, su falsete, su eco, sus versos, un descubrimiento de la soledad entregada entre estrellas y zanahorias.

Baile urbano. Foto: Miguel Asa

La he visto sonreír, moderar el silencio, hacer el estruendo, y también, rociar lágrimas al viento para bañar mariposas. Su espíritu es sutil, con alcance de piedra y caricia de ala. Frydha escribe suspiros en las carreteras. Hace amigos como teje los cielos. Persiste en amarnos suculentamente entre la playa y el mar. Nos vacía la tristeza y se acurruca con nosotros para dar paso a llenarnos con calma, gota tras gota, como si se tratase de una suerte de nuestros corazones, algo así como acantilados repletos de almíbar.

Horizonte de la poeta. Foto: Miguel Asa

Si algo le he aprendido a la poeta nayarita, es su humildad, en la que se cobija entre la justa razón de ser palabra, verso, poema y temblor. La voracidad de sus obras contienen una irremediable sustancia que se compone de elementos que no podremos tocar nunca, quién sabe que le brilla en el corazón cuando escribe, pero siempre, es una esperanza leerla, es un delfín entre el mar de los sueños. Me arranca el paso, descubro otras lunas, la libertad de ser desde lo que se pertenece. Abre sus brazos como montañas mexicanas. Tiene un brío que se convierte en cada verso y que en ocasiones me pregunto hasta dónde llegaran. No he conocido poesía actual más sencilla y sincera que la de Frydha.

Pasillos. Foto: Miguel Asa

En Nayarit hay una flor que respira huracanes, exhala con latido de volcán y nos entraña los tejidos con fuerza de mar. Su trabajo es constante, hierve y sigue. Frydha es autora de Ánforas de Oporto (2013), Traslúcidos (UAN, 2015) y Todos los fantasmas de esta casa (Crisálida, 2021). Ejerce el periodismo en su ciudad natal, aplica la cercanía a las amistades profundas y comparte desde los pasitos coquetos del baile. Es tiempo de ser piedra para acariciar terciopelos con suma justicia y perseverancia. El recuerdo de volvernos lluvia será en pasteles de colores, y a veces, en el amor por la quebradita. Habrá poesía mientras haya baile.

Compartir el silencio. Foto: Miguel Asa

¿Cómo se almacenan los poemas en las flores?
Me gusta pensar en todo lo que sucede alrededor de nosotros cuando no nos damos cuenta. Mientras escribimos un mensaje, o un poema, o mientras regamos las plantas de nuestra casa, las plantas de otros lugares permanecen quietas y expectantes para ver lo que sucede. Ceremoniosamente, las flores van guardando entre sus hojas y pétalos, el grito de las personas que pasan a un lado de ellas. Guardan el agua del rocío y guardan los secretos que cuentan los niños que todavía no saben hablar.

Ellas no escriben poemas, porque no utilizan nuestro lenguaje, pero sí hablan en el idioma de la poesía, y son conscientes del entorno y también se mueven con nosotros. Algunas abren sus pétalos cuando sale el sol y otras, que son más caprichosas, esperan una vez al año para dar señales de vida. El movimiento es su lenguaje y eso también sus poemas.

¿Si fueras animal, tierra, viento o agua?
Me gusta pensar en las aves que navegan en el aire, esa materia que nadie puede ver pero sí se siente cuando inflamos un globo o cuando volvemos a la superficie después de nadar largo tiempo bajo el agua. El ave es la metáfora perfecta del crecimiento, la madurez y la muerte. Cuando son pequeños, los pájaros son lanzados al vacío hasta que aprenden a mover sus alas en el mismo lenguaje del viento, y a partir de ahí exploran el mundo.
Ellas se mueven en parvadas, dibujan figuras geométricas para comunicarse, y duermen lentamente en las ventanas de las casas, observando a los niños detrás de una ventana, o a una persona que duerme también en soledad. No necesitan permiso para entrar a ningún lado, y nadie les ordena sobre su cuerpo. Cuando es hora de morir, se van hacia un nido alejado y simplemente dejan de existir, no lloran porque son pájaros.

Reflejo de piedra. Foto: Miguel Asa

¿En dónde comienza la simetría de la palabra?
El lenguaje y la comunicación son un eje fundamental en el entendimiento de la humanidad, las palabras construyen, destruyen y también modifican. La palabra, citando a Dumbledore, son la fuente más inagotable de magia.
En ese sentido dibujo a la palabra y al lenguaje como una materia viva e invisible que se transforma. Específicamente, la palabra como herramienta de comunicación es descifrada a través de un interlocutor, y a partir de ahí se completa el significado y el mensaje. La simetría de la palabra comienza en la punta de la lengua que la esboza, y concluye en la arista de la mente de quien la descifra.

¿Cuál es el proceso de composición de un poema sobre la lluvia?
Hay que ver el agua y encontrarnos en ella. Hay que ver su paso por las calles o el desagüe del patio. Hay que ver cómo juegan los niños y los perros con los grandes ríos que bajan por las calles de la ciudad. Hay que evocar el recuerdo de nuestra primera experiencia del agua y hay que interpretar esa experiencia. Finalmente, rompes la hoja.

Lectura en puerta. Foto: Miguel Asa

¿A qué velocidad existes dentro de las letras?
Soy una persona de silencios prolongados. Prefiero observar los sucesos que transcurren y, cuando termino de contemplar lo que acontece, me siento a escribir, pueden durar meses, años, días, pero siempre es el tiempo necesario para comenzar a hacerlo.

No me interesa tener cierto periodo de vigencia, no escribo para los reflectores sino para poder interpretar lo que pasa alrededor y obtener una respuesta. Cuando se tiene éxito esa contemplación se vuelve un manuscrito que evoluciona a libro, pero cuando hay mayor éxito, lo escrito permanece guardado en un cajón.

¿Qué es lo que conmueve a la sustancia azul de tu poesía?
Me gusta pensar en el paso del tiempo y a partir de ahí observar los cambios. El tiempo me parece como ese velo invisible que nadie aprecia hasta que sale una cana o los niños pequeños aprenden a hablar y juegan. Ese sentido de evolución, de células que se reproducen y forman un ser autómata. Ese sentido de principio y fin que culmina en muerte, me conmueve un montón.
Sobre todas estas cosas va situándose mi escritura.

Sobre atravesar distintos parajes urbanos por donde antes caminaron nuestras madres y nuestras abuelas. Sobre ver nuestros propios rostros en el rostro de ellas, y sobre ver el futuro o adivinar el timbre de nuestra voz a décadas de distancia.

La poesía y la contemplación del tiempo son una suerte de adivinar el futuro.

Por otro lado también está el cuerpo y todo lo que lo conforma. El cuerpo como un ser autómata que, pese a nuestras propias voluntades, evoluciona y avanza a su propia manera, forma células que pueden dañarnos o repararnos, hacen huesos donde antes no los había, y sobre todo, se acaba.

Sonreir a la luz. Foto: Miguel Asa

¿Cómo explota una nube dentro de tu corazón?
No me gusta pensar en explosiones, ni en nubes, pero si esto sucediera, definitivamente sería en fragmentos acristalados que perforarían el cuerpo hasta llegar a tocar el piso con pedazos microscópicos de mi piel en ella.

¿Hasta dónde llega el ritmo de aquella canción?

Hasta el sillón donde se encuentra otro interlocutor, escuchando la misma canción en el mismo minuto que nosotros.

¿Cómo se poetiza una bicicleta?
La bicicleta es un artefacto con el que podemos volar. Pocas veces me he sentido más libre que cuando voy a dos ruedas y observo los atardeceres de Tepic. La bicicleta es plenitud, es fuerza y es movimiento, ese movimiento que sale de nosotros y con un pedal ya nos llevó metros adelante, sin dar un paso.

¿Cómo es la distancia existente entre tu respiración y la escucha del mundo?
El otro día escuché a alguien decir que tenemos en nosotros los átomos que viajaron por todo el universo, o que incluso vivieron en los dinosaurios. La idea anterior me sorprendió muchísimo y me puse a pensar en todo lo que respiramos diariamente, es el polvo de nuestros muertos y es el mismo polvo que alguien en otro país aspirará también para convertirlo en dióxido de carbono e iniciar este proceso infinito de renovación.

Mi respiración es corta y quedita, no creo que exista distancia. Mi respiración rebota en las paredes de mi casa y conforma un diálogo con ella.

Escaleras poéticas. Foto: Miguel Asa

Pancho Pantera fue un mejor tipo durante 1993
Yo te recuerdo

jeans azules        playera roja
al fondo del bote de aluminio sonreías
fuimos todos
indestructibles víctimas de tu cuerpo fornido

Eras el polvo
la línea blanca de nuestra infancia
mucho lloramos por tener el néctar de tus venas
sobre nuestros vasos de leche
Pancho
si tú me hubieras dicho
que después de veinte años
la vida nos iba a patear a todos
que en vez de líneas de chocolate
nos íbamos a meter mota y hongos y otras drogas
todo hubiera sido distinto
no estaríamos tumbados boca arriba viendo brillar el mundo
Pero juro que a ti te gusta nuestra decadencia
y piensas que ya vendrán más niños embravecidos por tu dulce
y los verás crecer como a nosotros
y en veinte años –quizá menos-
llegarán a reclamarte
porque tú eras mejor tipo antes del 94.

Inédito

IV
¿Cómo nombramos esto?
¿Cómo decir yo era una hija
carne hecha de tu carne?
¿Cómo decir tú eras un padre
manso animal de cuerpo tibio
de amor constante de palabras?
Tu nombre es ahora
un nudo dibujado en mi lengua
este músculo sin voluntad
que no te anuncia.

Todos los fantasmas de esta casa (Crisálida, 2021

¿Qué es un pájaro que no vuela? Dijiste

¿Qué sucede
cuando las lecciones aeronáuticas no funcionan?
He pensado, muchas veces,
en flotar sobre mi órbita.

Analizo la posibilidad, muchas veces,
de renunciar al espesor de la noche
a la asfixia que me oprime la garganta, y
no hay reclamo.

Otra vez quise saltar,
pero tú viajaste por una sonda que te salía del cuello,
águila que perforó el infinito, el sonido,
el ritmo de las cosas que se suceden a sí mismas.
No hay reclamo.

Sigo con la terquedad de las plumas incautas,
me funciona el pecho lo suficiente
para seguir al aire y morderlo.

Inédito

Yo
que perdí la batalla contra la voluntad
el vacío de sentirme otra
que me amortajé el cuerpo hasta retroceder
e ignora la inclemencia
el estertor sobre mi clavícula izquierda

Yo
que rebasé la catástrofe
y atestigüe el sonido            la fuerza
nuestro reflejo en el agua incitándome a comenzar

Yo
que desgarré mi garganta
que el humo me envolvió en un mareo
en la mala suerte del extravío

Yo
que no supe después
a quien reclamar el infortunio

Todos los fantasmas de esta casa (Crisálida, 2021)

Yo

Vengo, y te digo
que una tragedia siempre es punto de conversación,
que no sonrías
no temas
no finjas
no busques la mano en la mano
la piel que absorbe la piel
no concentres el tiempo en un devenir de atentados,
aquí nadie es más culpable
aquí, en este lugar donde tus plantas pisan
no habrá una respuesta.

Inédito

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