Fabiola Lizette: el verso que viene en el bordado
Una joven poeta juega con hilos mientras escribe
Fabiola Lizette. Foto: Miguel Asa
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Dejad que yo también haga algunas cosas:
Yo quiero hacer un ruido con los pies
Y quiero que mi alma encuentre su cuerpo.
Nicanor Parra

Durante el silencio que el mundo vivió en 2020, hicimos de la palabra un encuentro de unidad. Fabiola Lizette, estudiante de Letras hispánicas por la Universidad de Guadalajara, se hizo acreedora de nuestro primer Premio de poesía joven VersoramaGDL, con su poema “Astillas”, mismo que fue seleccionado por los poetas locales, Rossana Camarena y Luis Armenta Malpica, quienes fungieron como jurado.

De entre una convocatoria de más de 50 textos poéticos de jóvenes de distintos sitios del Área Metropolitana de Guadalajara, la obra de Fabiola fue la acreedora a nuestro premio, mismo que correspondió al apoyo de BKT Bici Pública, Kamilos 333, Mantis Editores, Cecilia Fernández y otros aliados más, quienes aportaron desde sus entidades distintos estímulos a nuestra creativa ganadora, que más allá de que fueran locales, buscamos la unidad para colaborar y fortalecer a la joven comunidad creativa de la ciudad.

Perfil con cadenas. Foto: Miguel Asa

En este caso, sobre la obra ganadora Rossana Camarena señaló, “Fabiola Lizette, escribe. El tronco al que se afianza se le vuelve astillas y dibuja con ellas clavadas en los dedos dolor y certezas. Zigzaguea entre pólvora y reflejos, es humo que no se eleva, sangra entre fragmentos a ojos cerrados para tratar disolverse entre sus propias imágenes y desaparecer”. Por su parte, Luis Armenta compartió, “Cuando la palabra es astilla de buena madera, siempre duele, arde o se deja sentir entre las manos del lector. A la sombra de esta autora, la mirada que escudriña en el espejo del poema no puede más que mostrarse así: presente, ganadora.”

Así pues, el entramado que aconteció nos permitió descubrir un nuevo talento de la poesía en la ciudad. Y es que Fabiola, serena recorre la paciencia que muestra en sus bordados, ha comenzado a insistir más en sus letras para compartirnos un pedacito de lo que se construye entre los hilos de colores y la fragancia de los vientos. Es notable el nivel de magia que uno descubre cuando este tipo de sucesos están presentes con mucha honestidad y fortaleza. Con esto, las letras de Fabiola vienen a trasladarnos hacia nuestros adentros para entregar todas las sensaciones al universo. Se puede descubrir cómo los pronombres surgen de las manos, de las creaciones, de lo que es y de lo que se transforma. Así es abrazar la paz y nuestra misma historia.

El tiempo es verso. Foto: Miguel Asa

El recorrido del hilo se configura en una sensación de alivio. Y es que el color de cada uno construye diferentes auroras y ocasos y nos desmiente el espejismo que cada uno porta entre verso y verso. Fabiola nos marca cómo es la sensibilidad de buscarnos dentro del círculo para encontrarnos fuera de él. Así se pauta una imaginación de nuestras luchas y procuramos sostenernos en las cantidades de poesía, aquellas necesarias, para contener el puño hacia alguna dirección.

Desde sus palabras se compone una reflexión en cada verso y muestra los sentimientos y los pensamientos que corresponden a los contextos de manera transparente, líquida, en ocasiones en llamas y en otras sin viento alguno, y es que Fabiola, seriamente, vive la letra y nos configura la manecillas del reloj para ir lento, sin ningún tipo de perspicacia sobrehumana que nos desmienta la realidad en la que nos convertimos, de la soledad en la distancia y del destello en el brillo.

Cuando compañia. Foto: Miguel Asa

Aquí me encuentro con ella, sitiado en un momento del tiempo en que sus letras nos llegaron, por lo que sigo con la creencia de que la poesía nos es un ritual sin precedente, sin destino, sin tiempo y sin control, florece al ritmo del agua que cae dentro del hilo que borda los poemas de Fabiola, y se avanza, se aprecia y se ama. El desbordamiento de los sentimientos se contiene en las dimensiones de cada letra, tiene que ser volcán para perecer llaga. Aquí astillas que hilan, colorean y se expanden a las siguientes juventudes.

Somos árbol. Foto: Miguel Asa

¿Cuáles son los dinosaurios que te gustan?
Se dice que las partículas que alguna vez conformaron a los dinosaurios siguen vivas y están incluso en el agua. Me gusta pensar en esa clase de vida infinita, fragmentada y omnipresente que logra esquivar la temible inmortalidad. Es una bella manera de ver lo cíclico de la existencia.

¿Cómo se explica una taza de café en la playa?
En la ironía del intento de contener lo que está por desbordar en otro cuerpo. Me divierte pensar en la contraposición de una taza como algo fabricado para evitar que algo se derrame, con la intención de amoldar a su forma algo volátil como el agua, la misma que conforma la inmensidad y fuerza recatada del mar. La playa y la taza son antónimos.

Bordar con equilibrio. Foto: Miguel Asa

¿Qué hay en la aguja y en silencio?
La oportunidad de crear. Ambos elementos representan un espacio que puede resultar intimidante o turbio, pero que en realidad es necesario para ceder paso a algo dulce e indispensable como lo es la creación, a pesar del caos que puede encarnar. Ambos remiendan, ambos marcan un camino, implican e invocan la fuerza creadora de quien los atraviesa.

¿Hasta qué punto se ajusta un verso?
Depende de la infinitud que se pueda contener. Siempre habrá corsets más ajustables que otros para vestir los versos, pero se necesita dejar espacio para respirar.

¿En qué melodía te encuentras?
La música es parte fundamental de mi vida, mi memoria siempre está a su merced. Me costaría muchísimo determinar sólo una melodía que aluda a mi interior, pero In un’altra vita de Ludovico Einaudi sin duda está en la lista. También pienso en la voz de Ella Fitzgerald, la performance en Fémina y el beat de Mac Miller.

Caseta de poemas. Foto: Miguel Asa

¿En qué papalote llegaste a la poesía?
Llego siempre en el papalote de la incomodidad. La poesía se me presentó a manera de protesta, me preguntaba por qué había que leer siempre a los mismos autores, y esa inconformidad se tradujo en la curiosidad que me llevó a buscar más. Paralelamente, el lenguaje en mis relatos comenzó a parecerme demasiado explícito e incompleto a la vez, entonces intenté con la poesía. En ella encontré un lugar más certero con el cual abrazar mi mundo interno. Un papalote insatisfecho me trajo hasta aquí. 

¿Hasta dónde quieres llegar con tus alas?
Quiero llegar al misterio. Me parece que el camino de la poesía apunta hacia un sitio impronunciable, y yo me quiero dejar llevar hasta ahí. 

Andar la ciudad. Foto: Miguel Asa

¿Cómo son los pasos de la gaviota?
Camina con certeza: en cuanto ella decida extender sus alas, podrá partir el vuelo. Camina porque sabe que volar es su primera opción, su paisaje predilecto, su escape natural. No sé si existan pasos más seguros que los de una criatura que puede evitar tocar el suelo.

¿A qué le llamas bicicleta y poema?
A lo que me mueve hacia otro. Lo que marca una dirección, una manera de andar y desplazarme. Aventurarme en sus caminos ha resignificado mis pasos.

¿Cómo es que construyes tu mundo?
Con retazos de lo que me rodea. Constantemente rescato fragmentos del mundo que quizá podrían tomar la forma necesaria para lograr deletrear el mío. Reúno flores, papeles, frases, canciones y por supuesto, poemas para la construcción. Aún me abruma sentir que no consigo abarcarlo todo, pero prefiero dejar que los cimientos de la obra me cubran a mí.

Astillas

Si lo que ves es mi sombra,
sopla la vela antes de que me cumpla.
Corta la mecha,
desde niña me dio miedo encender los cerillos.

Si es verdad,
y lo que llevo en el rostro es un espejo,
no te sorprendas si un día me encuentras hecha añicos.

Recuerda que siendo vidrio,
el reflejo también corta.

Atrévete a verme
cada vez que intente convencerme
de que el presente no es el pasado,
aunque sepa que se esfuma en cuanto toca.
No voy a pedirte que te vendes los ojos
pero de mucho ayudaría que los cerraras cuando me sientas,
porque si es verdad
y lo que ves no soy yo,
entonces estas heridas
no son mías.

Inédito

Encierro

Tu abrazo es una habitación de tres paredes,
una ventana
y una salida de emergencia.

Y es que aunque el amor sea pórtico,
candado
y llave;
he estado de cara a la puerta
y he olvidado
cómo usar el cerrojo.

Metropoli, el suelo de una voz (Alcorce ediciones, 2019)

Migas

Siempre tuve miedo a perderme. 
Me aterra la idea de no saber dónde estoy,
de tener que ir a buscar un nuevo hogar
por no saber encontrar el mío.

De niña aprendí a dejar pedacitos de mí
en el trayecto de cada viaje,
-como carnada-
para poder reconocer el camino de vuelta a casa
en caso de tener que volver sola.

A veces olvido que hubo trozos que nunca pude recoger
por haber tomado otra ruta.
De tanto que he migrado,
mi recuerdo queda como una huella a la mitad,
siempre diferente en cada lugar.

Por un tiempo las personas tuvieron nombres de calles,
memorizar sus rostros era reconocer sus banquetas y baches.
Las luces rojas me hacían titubear:
el camino a casa no puede tener solamente un nombre correcto.
Todos los lugares dejaron de ser mi hogar
en el momento en que di el primer paso dentro.

Saber por dónde voy es aprender a volver:
ir hacia adelante
es volver a mí.

Por eso
reconozco más fácilmente el camino a casa que mi casa misma:
no puedo perderme.
Quienes dicen que pueden tienen suerte.
Debe ser más sencillo no encontrarse en el espejo
que no poder escapar de él.

Un latente hallazgo: Antologia de poesía mexicana (Valparaíso ediciones, 2021)

El lugar que es nuestro

1
Observo el tropiezo del segundero en el reloj.
Me observo en ese ciclo que siempre avanza
pero sólo para volver al mismo punto
y dar una vuelta más.
Cada tanto se vuelve uno en otro cuerpo
pero nunca ocupa el mismo lugar.

2
En ese espacio,
            entre las dos manecillas que se encuentran entre sí,
            únicamente por voluntad del tiempo
te recuerdo
            y sólo entonces
abrazo el tropiezo.

Inédito

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