Pachanga eterna
El cuestionamiento para permanecer en las dimensiones posibles
Abuelos. Ilustración: Miguel Asa

Texto ganador de DulceNada, nuestro primer Concurso de cuento breve para jóvenes
Categoría Nacional / Octubre 2022

Que ironías tiene la muerte pues, hasta que llegué a la tierra de los muertos pude creer en lo que me decían mis abuelos en vida. Siempre renegué, y la verdad no creía en las tradiciones, los tiraba de locos. Algunas veces participé por darle gusto a mi abuela, pero honestamente no lo hacía con la misma emoción que los demás, poner la ofrenda o ir a misa. Pero al llegar aquí entendí que ella tenía tanta razón: era real todo.

Hice mi entrada y sí, tal cual lo describió, así es aquí. Quedé como tarugo al final. Aquí estaba, en el gran jardín lleno de velas y flores de cempasúchil. Al fondo del edén, había un enorme salón con mesas, y en ellas, velas, más flores y un montón de muertos llenos de vida; incluso, más que en la vida misma; a veces los vivos están más muertos que nada. Esto es una fiesta eterna, hay música, baile, risas, mezcal, tequila y pulque. Cuando entré y caminé entre las mesas, todos estaban recontentos, en sí, nadie notó mi presencia. Hasta adelante estaba una cara conocida, apenas y pude reconocer quién estaba ahí: era mi abuelito Pancho. Lucía más jovial y con mucha energía, estaba tomándose la mentada copita que siempre tomaba en vida, algo que era característico de él. Me quedé asombrado y mi abuelito sólo me sonrió, corrí hacia donde estaba, lo abracé y me dijo:

—Muchacho, ya llegaste ahora sí. Dilataste un poco, pero qué bueno que ya estás aquí. A tu abuelita Tina se le cocían las habas por verte otra vez, me mandó desde muy temprano a esperarte aquí, ya sabes cómo es.

En ese momento me sentí tan culpable porque, después de tanto descreer de todo esto, no entendía como llegué aquí, si fui tan rebelde. No me quedé con la duda y le pregunté:
—¿Cómo es que llegué hasta acá después de todo? —

Mi abuelito me respondió:
—Ya sabíamos que no podrías llegar, pero en este tiempo hicimos muchos méritos mi Tina chula y yo para que te dejaran venir, pues tu lugar no era aquí. Ya sabes que terca es ella, se la pasó sobornando a los altos mandos con su deliciosa morisqueta para convencerlos y lo logró; pero permanecer depende de ti, luego te explico por qué… Pero ahorita mejor vámonos, no hay que hacer esperar a tu abuela.

Salimos de ahí y caminamos a otra parte del lugar, donde había una casa muy bonita con macetas afuera y ahí, parada con mirada intimidante, estaba mi abuelita Tina. Corrí a abrazarla; ella, después de darme el abrazo más tierno, me dijo:

—Canijo muchacho, ‘ora verás, siempre necio desde chiquillo, te dije que todo lo que se te inculco era verdad y por tu bien, ¿tienes idea cómo estaba con el pendiente de ti? Tuvimos que interceder por ti para que llegaras acá.

—¿A qué se refiere, abuelita? ¿Por qué me dice eso? Pues, ¿a dónde me tocaba ir, si no era aquí mismo?

—Otro poquito y te quedas en el purgatorio, pero cómo iba permitir que mi’jo chulo se quedara ahí toda la eternidad, que le digo a Pancho: “No podemos permitir que este muchacho no llegue acá, tenemos que hacer algo”. Ahí andábamos haciendo mandados y favores, ahí está Pancho que no me dejara mentir.

—Sí, así es. Mi Tinita es muy aferrada, eso es una de las cosas que me gustó de ella en vida y ahora aquí es más terca. Pero ‘ora verás que sólo conseguimos que te dieran una oportunidad, de ti depende seguir aquí.

—¡Achis! A ver, barájenmela más despacio. ¿Qué tengo que hacer entonces? La verdad yo no me quiero separar de ustedes y me encanta el mitote que se arma aquí, abuelitos, perdónenme mi necedad, por eso estamos en este problema.

—Desde que fallecimos, te aferraste a hacerles entender a los que se quedaran a tu partida que no te hicieran parte de nuestras tradiciones, no les dejaste de otra más que tener que respetar tu voluntad.

Explícale mejor, Tina, a ver si a ti te hace caso ahora sí.
—A tus hijos jamás les inculcaste nuestras tradiciones, mientras yo estuve las cosas se hicieron, pero, al faltar yo, todo se fregó. La que más o menos lleva al pie de la letra es María Eugenia, aunque también se hace que la virgen le habla; cuando veo que se le está olvidando lo que le enseñé, la visito en sueños y le recuerdo lo que debe hacer, hasta eso sí me hace caso. He intentado hacer lo mismo con tus chamacos, pero no tengo suerte: esa es tu labor, visitarlos en sueños para convencerlos de retomar nuestras creencias y que te incluyan en ellas, claro está. A parte, tendrás que acomedirte a hacer mandados para que eso te ayude con tu situación desafortunada, mi’jo, esto es por tu bien. Si vivo no escarmentaste, aquí sí, porque si no tendrás que irte a otro lugar. Piénsalo, tienes un poco de tiempo para cumplir, nosotros te vamos a apoyar, ya lo sabes…

—A ver, ¿cómo que tengo que hacer mandados? ¿Qué aquí no se practica el mentado descanso eterno?

—Claro que sí, pero ahora hacemos todo lo que nos gustaba más, el descanso es del alma y espíritu, pero seguimos dándole vuelo a la hilacha, cómo no.

Bueno, así lo hice durante un tiempo, aquí ya no sé sabe cuántos días pasan en la tierra de los vivos, supongo que fueron tres celebraciones de día de muertos, porque esas son las mismas que me tuve que quedar, mientras todos se iban a ver a sus seres queridos. Yo no chistaba o me podían correr, con que siguiera aquí con mis abuelitos ya era ganancia, aunque ellos me daban santo y seña de cómo estaba la familia.

Visité a mis hijos en sueños y les pedí que me mandaran a hacer unas misas, que me prendieran una veladora de vez en cuando y que pusieran mi lugar en la ofrenda, pero aún nada. Me achicopalé porque, en sueños, ellos me dijeron que ya no practican la religión que, al no estar la abuelita, ya no hubo quien les diga algo.

Tuve que pensar bien pues, si en la siguiente celebración no me es permitido ir al mundo de los vivos y si no hago los méritos suficientes, entonces sí voy a chupar faros en serio. Como mi hija Chabelita es más sensible a estas cosas del más allá, decidí meterme más en sus sueños. Entré en una pesadilla para mostrarle lo que me esperaba en ese mundo de los muertos oscuro y sin color, le pedí que retomara las tradiciones de la familia que los abuelos con tanto amor nos inculcaron, que me incluyeran en sus oraciones y ofrendas, que de vez en cuando me mandaran decir una misa; si no, jamás descansaré y estaré revolcándome en mi tumba por la eternidad. Mi Chabelita aceptó diciéndome que perdiera cuidado, que podía estar en paz.

Sólo me quedaba haber hecho los mandados suficientes en el mundo de los muertos y en el espíritu de mis hijos, para que fuera perdonado y pudiera estar con mis abuelos en este hermoso lugar por la eternidad. Faltaba poco para que llegara la última celebración de día de muertos que tenía de prueba, poco antes sabría si podría quedarme y, por su puesto, si iría al mundo de los vivos. De lo contrario, sería la despedida entre todo esto y yo, entre mis abuelos y lo que quedaba de mí, de lo que fui. Mis abuelos fueron con los altos mandos a indagar que paradero tendría. Estaba nervioso, pero en paz porque pude volver a verlos. Al regresar, me miraron muy serios y me dijeron:

—Mi’jo chulo, hemos ido a pedir por ti una última vez, pero no nos han dado muchas esperanzas. Parece ser que, aunque sí han visto todo tu esfuerzo, no es suficiente. Sin embargo, muy pronto nos dirán la decisión final.

—Abuelita, ¿cómo puede ser? He hecho miles y miles de cosas, he ayudado a todos aquí, varias veces me he ganado regaños por parte de los habitantes de este mundo por no saber hacer lo que ellos quieren. Tu comadre Martha siempre va a la plaza y regresa con muchas bolsas, pues fui a ofrecerle mi ayuda y toda rejega tomó su paraguas y me agarró a trancazos creyendo que la robaría. ¿Cómo podría robarla? Ya estaría en el infierno por eso. Don Pepe me dejaba ayudarle y luego corría para no pagarme, cuando no le iba a cobrar, pero nunca me dejó explicarle. Así tengo miles de historias. Pero supongo que debo pagar mi insolencia ante todo esto, ante ustedes y ante Dios,

—Estamos orgullosos de ti, pues ya has entendido todo. Con tristeza te digo que ya no depende de nosotros, ni de ti siquiera, lo intentamos y aquí nos vamos a quedar hasta el último momento contigo, muchacho.

—Mi’jo chulo, te queremos mucho, es todo lo que podemos decir. — Y me sostuvieron una vez más entre sus brazos.

—Gracias, abuelitos, los quiero mucho también— les dije al borde de las lágrimas. —Gracias por todo lo que me enseñaron en la vida y en la muerte, me prepararé para la decisión final, sea cual sea, ya no voy a renegar más, nunca más.

Llegó el momento, mis abuelitos me acompañaron a un lugar muy colorido, como un jardín, en el centro había una especie de quiosco, ahí me esperaba alguien vestido de blanco, no creí que fuera Dios, pero si alguno de sus allegados de seguro. Él, con bastante seriedad, me dijo:

—Miguel, acércate. Quiero que sepas que estamos enterados de todo lo que has hecho para lograr quedarte, pero desde el principio supimos que no podías entrar acá. Tus abuelitos suplicaron por ti, y por ellos te dimos la oportunidad de despedirte. Podrás permanecer hasta que se vayan a la celebración; cuando vuelvan, ya no estarás aquí…

Pasamos el tiempo juntos por última vez. Todos se habían preparado para irse con sus familiares vivos a la fiesta, mis abuelitos partieron con los demás, los vi irse lejos. Cuando todos se fueron de este lugar, ahora sí estaba muerto, no había ruido alguno. Esperé a que me dijeran dónde era la salida o si me iban a llevar o qué hacía.

Estaba contemplando el vacío, cuando se me acercó el mismo ente que me dio la noticia que no podía quedarme y vino con otros tantos seres iguales. Antes de que me dijera cualquier cosa me adelanté diciendo:
—Ya estoy listo para poder irme, ¿Qué debo hacer?

Todos soltaron una carcajada, yo no entendí lo gracioso de mi tristeza. Me quedé mirándolos fijamente y me dijeron:

—¡Caíste en la broma! —todos se doblaron de risa. —Decidimos darte la oportunidad, sin embargo, esta vez no podrás ir con los vivos, en la siguiente celebración lo harás. Sólo no olvides que tus abuelos ayudaron bastante, por eso no dejes de auxiliar a los demás, aunque te ganes uno que otro paraguazo— dijeron antes de soltar más risas–, y, de vez en cuando, visita a tu familia a través de los sueños y esta eternidad será permanente también para ti. Ahora vete y espera a todos, porque ya sabes que, a su regreso, comenzará la fiesta hasta el próximo año, en que ya puedas ir con todos a festejar con los vivos.

—Muchas gracias por esto, mi abuelita estará feliz y mi abuelito ni se diga, voy a ir a ver qué hace falta para comenzar el guateque— les grité esto antes de irme muy emocionado y saltando de felicidad.

Ya que estaba todo listo, vi que empezaron a llegar. Todos se acomodaron en el gran salón con las velas, las flores, los músicos tomaron su lugar y comenzaron a tocar, algunos bailaban, las bebidas no podían faltar. En la entrada estaban mis abuelos con los ojos enormes de verme aquí, corrí a donde estaban ellos, los abracé y les di las gracias por ayudarme a entrar y a quedarme. Ahora sí, estamos bien puestos para estar en la pachanga eterna.