El peso de la muerte
Lo que se cree tolerar dentro de la ausencia física
El charro negro. Ilustración: Miguel Asa

Texto ganador de DulceNada, nuestro primer Concurso de cuento breve para jóvenes
Categoría Local / Octubre 2022

Entre el 1 y el 2 de noviembre de 1965, quince personas desaparecieron en San Sebastián. Entre una de esas quince personas se encontraba mi abuela. No recuerdo mucho más de lo que me contaba mi madre, pero algo que evoco con claridad es que las comisuras de sus ojos se alargaban como una muñeca de trapo que se había roto, quizá por eso se la llevaron; porque estaba rota. A los demás los sigo trayendo conmigo, el mirar cómo se iban, cómo les arrebataban sus almas, es una daga atravesando la tierra que arde en cenizas de los cuerpos.

El primero de noviembre en San Sebastián todos se alistan para celebrar el día de muertos. Es divertido entre que el mariachi se prepara para cantar en la noche, y del cómo el papel maché empieza a volar al unísono con el viento en las calles del pueblo, resaltando entre la inmensidad del azul celeste o del blanco de las paredes. En el cementerio todo era algo parecido, la mayoría de las personas iban arreglaban todo y se reunían en la noche, para que el dos de noviembre a medianoche, al sonar de las campanas de la iglesia, pudieran celebrar la muerte de sus difuntos. Entre los ramos de cempasúchil, el tequila, el pan de muerto y los tamales, no existe ningún atisbo de la muerte. Es como si al celebrar algo tan abstracto estuviéramos sujetos a olvidarnos momentáneamente de su existencia.

Eran figuras nuevas que casi nadie veía, supongo que algo tenían que ver con el hombre cuyo nombre, hasta el día de hoy, no puedo recordar. Pero al igual que ellos apareció de la nada, como un copo de nieve entre las hojas marchitas de otoño. Mi abuela no podía dejar de ir al cementerio, decía que, si no íbamos a rendirle memoria a nuestros muertos, seguro se olvidan. Que la muerte no perdona y que vendrá aun más pronto por nosotros. Quizá por eso salió, quizá por eso yo la seguí. Ignorando la advertencia de mi mamá sobre quedarnos en casa.

Habíamos perdido a mi abuelo a principios de año por esos mismos hombres. Él era dueño de un rancho, un sembradío de tomates y de jitomates, así como decía él: “Cuando uno no se vende, el otro sí”. De esos refranes que más que refranes son una obviedad, pero de niño uno no para de repetirlos porque se nos hace la cosa más sabia del mundo. Era, asimismo, un hombre de campo, después nos terminamos alejando del pueblo y migramos a la ciudad, creo yo con la esperanza de alejarnos de esa historia. Siempre me lo imaginé resistiéndose al momento de su muerte. Creo que hasta el día de hoy lo enaltezco, pues me lo imagino escupiéndole en la cara a esos hombres, o diciéndoles de majaderías. Pero nada de eso es cierto. La verdad es que él era un hombre terco, y tal vez es por lo que me lo pienso haciendo esas cosas, pero siempre hay testigos en todo. Gracias a otro hombre que ayudaba a mi abuelo, supimos lo que pasó con él.

Llegaron los hombres al rancho exigiendo el terreno. Y nos cuentan que traían grandes cantidades de dinero, que lo trataron de convencer, pero no se dejó. Los hombres ya se iban, cuando él les dijo: “Si uno no se vende, el otro sí”.  Nos dijeron que ahí fue cuando uno de los hombres sacó la pistola y le disparó en la frente y en el pecho, y todo lo que tenía dentro terminó en el suelo y dicen, formó algo parecido a una cama de azucenas rojas, y que hoy en día, sigue en el lugar de su muerte, una única flor firmemente plantada. Los judiciales en aquel entonces preferían no meterse con ellos, así que terminaron por no ayudarnos. Nos regresaron el cuerpo dos meses después de lo sucedido, y el cuerpo ya estaba fragmentándose en el funeral, frágil.

Lo duro en el hombre es el espíritu, y el de él se quedó en el rancho. Yo escuchaba a mi abuelita rezar, pidiendo que él se les apareciera y los matara de un susto, después se iba al confesionario y pedía que esos hombres solo se curaran del alma. Dos muertes irresueltas en un año es más que suficiente para saber que la muerte sí nos tiene agarrados de la mano, y no debemos de andar hablando de ella en vano, sin embargo, tampoco debemos de olvidar, porque ella no perdona, ella toma y no devuelve.

En el afán de mi abuela por seguir sus creencias, se escapó de la casa y se fue al cementerio. Nadie se dio cuenta pues dijo que se iba a dormir, a todos les pareció normal. Justo en ese momento yo veía por la ventana la ausencia de luces esa noche. A diferencia de los años anteriores, todo el pueblo de San Sebastián les lloraba a los muertos por llegar en vez de los que estaban enterrados. Vi una vela prendida, que con un ritmo pasivo se alejaba en dirección al cementerio. En seguida se esclareció un poco con la luz de la luna la figura esbelta de mi abuela. En ese momento decidí seguirla. Toda mi familia parecía estar absorta en una plática de difuntos, unas horas antes del día de muertos. Algo que leyeron en el periódico o escucharon por el radio. Todo menos dos personas en esa casa faltaban.

Corrí hasta interceptarla en la entrada del cementerio. La noche pesaba, de eso me acuerdo bien. Éramos dieciséis personas en el cementerio esa noche. Las lápidas eran recuerdos enmohecidos por los llantos de días anteriores. Todavía había muestras de interés en el cementerio, la gente cómo no olvidar. Las velas que traían la otra gente hacían parecía la esperanza de los muertos, como si en ese justo momento se fueran a aparecer sus ánimas y nos empezaran a contar sus vidas en el Mictlán. Yo esperaba que el cuerpo atisbado de mi abuelo se nos apareciera, que nos dijera unas palabras, algo que nunca pudo y siempre quiso, espero que las demás personas hayan ido con una intensión similar.  Nos hincamos frente a la lápida de mi abuelo, ella puso sus ofrendas, una flor de azucena, sirvió un caballito de mezcal y otro de agua, puso una santa cruz y me dijo que empezáramos a rezar. Nunca he sido buena rezando.

Las oraciones eran murmullos, fue como si los mismos grillos y demás insectos se sumaran a nuestro rezo, pero el contraste del sonido era muy diferente. Nosotros bisbiseábamos, como esperando que nadie nos escuchara más allá de los muertos. En cambio, ellos no tenían miedo de que sus cantos se escucharan más allá de la oscuridad. “¿No van a venir esos hombres a matarnos, como lo hicieron con el abuelo?” Pregunté jalando el antebrazo de mi abuela, mientras las campanas de la iglesia sonaban. El suelo tembló por unos segundos, ella volteó y fue como si las comisuras de sus ojos sí hubieran estado hilvanadas, pues estos cayeron como dos gotas de agua que bajaban de las tejas después de un día lluvioso, y tronaron. El agua se esparció por el suelo. Mi abuela cayó inerte. Asustada fui a revisar cómo estaba, pero ella me detuvo alzando su mano y me espetó: “Escóndete”. Apareció el Charro negro, mi abuela me habló sobre él, me contaba historias sobre cómo el recogía las almas y los cuerpos de las personas a punto de morir. Yo seguí el consejo de mi abuela y me puse en cuclillas detrás de una lápida.

De reojo miraba como el Charro negro venía vestido. Un sombreo oscuro y grande ocultaba su mirada, pero yo la vi, vi esos ojos grises que se volvían rojos cada que agarraba a alguien. Vi su bigote manchado de alcohol. Sus espuelas de plata vacilaban en cada paso que daba, advirtiendo su llegada. Vi la camisa oscura como la noche con pincelazos de rojo que llevaba tras el saco negro con botones de oro. Vi a cada una de las personas desaparecer en la noche, sabían dónde estaba, porque sus miradas me seguían, me suplicaban con ella que los ayudara. Pero yo no podía hacer nada, parecía otro de los cadáveres en el cementerio, era un ánima deambulante en las miradas de todos. El cuerpo de mi abuela yacía inerte, en el suelo, pero cuando el Charro se acercó, le tocó la frente y ella desapareció, se esfumó y me dejó sola.

Cuando me paré a revisar si el Charro seguía donde mismo volteé en todas direcciones buscándolo, sin embargo, todas las personas que estaban en el cementerio desaparecieron. Fue ahí cuando empecé a sentir frío, me abrasó tanto el frío que pensé que yo seguía, que el Charro me iba a llevar. Estaba llorando y no me había percatado pues solo salían lágrimas en silencio, mi voz fue secuestrada, al igual que los otros por él. Al poco tiempo sentí cómo una mano apachurró mi hombro, y una voz que me murmuró al oído algo parecido a un rezo de advertencia. No obstante, sus palabras perdieron fuerza ante mi desconcierto. La noche se hizo día. Me encontraron atónita en la tumba del cementerio. Nunca nadie me pudo decir qué sucedió con esas quince personas, ni con mi abuela. Todo se lo atribuyeron a esos hombres. Pero yo sé que fue el Charro.

Cada año vengo a la tumba vacía de mi abuela, y dejo la azucena roja que representó el espíritu de mi abuelo, esperando que esa noche se repita, porque estoy harta de tener que cargar con la mirada de quince personas todo el año. Este cementerio está lleno de tumbas vacías, y parece que soy la única que lo recuerda, porque cada año las calaveritas, el tequila, el mariachi, el papel maché, los caminos de cempasúchil, y la gente cante y cante en frente de la nada o de lo podrido, esperando estar pronto junto a sus difuntos, es un momento que da esperanza. De no ser que todos me ven aquí, me recriminan lo sucedido ya hace tantos años con la mirada me uniría en sus cantos, pero no puedo, la culpa me come. Vengo a rezarles porque así puedo olvidarme momentáneamente de su existencia, de la mía, y puedo vivir unos cuantos minutos sin el peso de la muerte.