Entreflores: una comunidad agroecológica
Una huerta educativa intercultural y abierta
Grisel Gallardo Entre Flores. Foto: Alberto Delgado

Zapata entonces fue tierra y aurora. 
En todo el horizonte aparecía 

la multitud de su semilla
armada.
Pablo Neruda 

 

Tras recorrer en bicicleta por la mañana aquella alborotada brecha del antiguo camino a Tequila que entronca con la carretera a Nextipac, se avistan maizales crecientes que lucen majestuosos, refrescantes y verdes en temporal de lluvias. Abrazado por terrenos de maíz, invernaderos de frutos rojos, campesinos y perros pueblerinos, está la Comunidad Creativa Entreflores (CCE), un proyecto gestado hace aproximadamente ocho años por iniciativa primigenia de Juan Francisco Gallardo, egresado de una “universidad de Francia”, según el biólogo Luis López Caldera, alias “Balaam”, quien eventualmente fortaleció con su apoyo y compromiso. Actualmente, Balaam conduce las propulsiones futuras del proyecto junto al agrónomo Cesar Marcelo Gómez, quien se autonombra como Chelo, ambos egresados del Centro Universitario de Ciencias Biológicas y Agropecuarias de la Universidad de Guadalajara. Ellos y su equipo me reciben cuatro días, aunque a veces cinco o seis a la semana y muy generosamente me permiten aprender, empaparme y trabajar junto a ellos los procesos vitales del ciclo de la tierra. 

Balaam y hortalizas. Foto: Alberto Delgado

Sobre dos ruedas y con buen ritmo desde la ciudad de Guadalajara, en una hora y cuarto se llega a Nextipac. Si lo tuyo es pedalear en tranquilidad, la mejor ruta será llegar por las avenidas Aviación y Ramón Corona. Si te late el ajetreo de la velocidad, pedalear sobre la carretera a Nogales-Vallarta hasta La Venta del Astillero, es otra opción para llegar. Una vez en CCE, se es recibido por un pasillo de aguacates e invernaderos con flores; se avista una parte de las hortalizas que cultivan y claro, por ahí se ve uno que otro aliado del proyecto, en la cosecha, con las semillas, en la trasplantación, en la camas de cultivo.

 

Cultivar lavanda. Foto: Alberto Delgado

CCE es un “lugar donde se puede experimentar creando tu propia realidad con tus propias reglas”, describe Balaam. Ellos han aprendido a vivir la mutación, la constante adaptación al medio, a las vueltas que ha dado el equipo. Son un “grupo de personas intentando formar comunidad en entornos naturales”, ahí la jerarquía es la tierra y el suelo nos nivela por igual. Desde la concepción del proyecto, ha sido la búsqueda de inspiración, la necesidad de generar agroecología en un pueblo sometido por la agricultura convencional industrializada, lo que les ha motivado. Las parcelas de maíz y aquellos invernaderos de infrutescencias que rodean las inmediaciones del rancho se tornan cuestionables por la masividad de sus producciones o por estar en un entorno que, en su naturaleza climatológica, desfavorece a los berries, por ejemplo.

Parte del equipo. Foto: Alberto Delgado

Genuinamente, en CCE, promueven la transgresión a esas formas de cultivo que deterioran, en muchos sentidos, la salud ambiental y la salud humana, ellos “comparten el conocimiento sobre la vida, la naturaleza y las formas alternativas de vivir en armonía”. Es un lugar que continuamente recibe a grupos escolares de diversas edades, familias; que tiene un programa de voluntariado de voz a voz o a través de la plataforma Workaway. Esa es la manera en que reproducen sus ideologías, sus formas, sus proyecciones futuras, así es como me han permitido inmiscuirme en sus jornadas. 

 

Los colores naturales. Foto: Alberto Delgado
El fruto de ser. Foto: Alberto Delgado

A través del huerto, observo que anteponerse al sistema de producción agrícola convencional, demanda esfuerzos extra al agricultor contemporáneo, que en realidad son esfuerzos de antaño reavivados, por ello es importante cada parte del proceso y cada una implica el trabajo físico, la presencia, el estar. Momento presente, aquí y ahora, meditar la cosecha, sopesar la recolección de semillas, imaginar mientras transplantas, examinar la germinación, introspectar mientras riegas, reír al compartir, creer en lo que haces, desear influir en el futuro. Ahí, “el espacio te reta, te auxilia, te enriquece y tú a él”, según Yiyo, aliado cosechador del grupo, quien además dice que “el huerto, es ya un ente vivo con un propósito que se alimenta cada día con el esfuerzo de todos y a su vez, todo ese esfuerzo, se transforma en salud, nutrición para quienes estén dispuestos a descubrirse a través de él”. 

 

Maíz y sabor. Foto: Alberto Delgado
El trabajo. Foto: Alberto Delgado

Actualmente, vivo por estas latitudes después de haber pasado mi vida entera en la ciudad y, no me cabe duda de que venir aquí es un baño de luz que refresca la mente, aclara las necesidades, apacigua al ego y cuestiona al ser. Escaparse un día, un par de semanas, un mes o hasta un año a este lugar, quizá te haga pensar que una revolución desarmada es posible pues, en CCE se producen bálsamos medicinales, extractos, infusiones, jabones saponificados, cosechan hortalizas varias como kale, berza, bok choy, distintas lechugas, hinojo, betabel, zanahoria, berenjenas, pepinos, chiles, flores comestibles, solo por mencionar algunas de las maravillas que cultivan y elaboran. Es realmente emocionante e inspirador descubrir que la alimentación puede ser patrocinada por la tierra, producida por tus manos y cocinada con tu imaginación. Es posible estar rodeado de plantas medicinales que casi susurran al oído la medicina que resguardan.

Sembradío medicinal. Foto: Alberto Delgado

Así entonces, cada día que visito el lugar, está presente la palabra voluntad en mi cabeza. Voy rodando e inventando un montón de utopías, fruto de mis idealizaciones. Ahí entre flores, veo más de cerca ese futuro que imagino y disfruto de comer sabrosos platillos que ponen a prueba mis capacidades de improvisación con los recursos que hay a la mano. Los arroces de colores son la especialidad de Balaam.  

Cuidar. Foto: Alberto Delgado
Jabones herbales. Foto: Alberto Delgado