Elizabeth Bishop: aprender a perder
Cuando una poeta nos confronta al desprendimiento
Perdida. Arte: Mariana López

Pierdan algo que les importe.
Ejercítense en el arte de perder.
Sepan quién es Elizabeth Bishop.

Leila Guerriero

Perder es una acción natural y constante de la vida cotidiana. Nuestra primera pérdida se da al nacer, cuando somos expulsados de la comodidad del vientre materno, y en el último reducto de nuestro transitar por el mundo, finalmente perderemos la vida y su montón de posibilidades.

Aunque de inicio mencionamos algunos ejemplos que pueden parecer calamitosos, por supuesto hay de pérdidas a pérdidas y, a la larga, la mayoría de ellas terminarán por parecernos insignificantes. No es lo mismo perder el celular, la tarjeta del tren, el tupper o las llaves, que perder el tiempo, el sueño, el amor o a uno mismo.

Lo que es un hecho es que, ya sea para no amargarnos el día o para salir más pronto de los pasajes complicados de nuestra vida, perder es algo para lo que hay que estar preparados y dispuestos. Eso es parte de la idea expuesta en el poema “Un arte” de la escritora norteamericana Elizabeth Bishop, según la cual “el arte de perder se domina fácilmente”, ¿pero realmente es eso posible?

Ganadora de distinciones como el Premio Pulitzer de Poesía (1956) o la Beca Guggenheim (1947), Elizabeth Bishop nació en Massachusetts, Estados Unidos, en 1911. Su padre murió cuando ella tenía apenas unos meses de vida y pocos años después su madre fue internada en un hospital psiquiátrico. A partir de entonces, Elizabeth vivió alternando temporadas entre las casas de ambas ramas familiares, hasta que ingresó al Vassar College, donde inició su carrera literaria. Una vez graduada, viajó por diversos países de Europa y África, sin mantener arraigo en ninguno. En 1951 llegó a Brasil, donde esperaba pasar algunos meses que se convirtieron en 15 años, durante los cuales vivió con la arquitecta Maria Carlota Costallat. Posteriormente regresó a Estados Unidos, donde falleció en 1979.

En “Un arte”, recopilado en su poemario Geografía III (1976), Bishop reflexiona sobre el carácter inevitable y universal de la pérdida, primero de forma general y luego conectándolo con algunas vivencias personales. Sin detenerse en ningún punto, muy de acuerdo a su costumbre, y con solo algunas insinuaciones, la poeta da cuenta de sus transitares geográficos y familiares, de pérdidas simples, como puede ser la de un objeto, pero también del olvido y las pérdidas que implica el transcurrir del tiempo. 

Lo impresionante, y de inicio reconfortante, es que Bishop dedica casi todo el poema a trivializar cada una de esas ausencias y sus respectivas angustias. Con la justificación de que en la vida “tantas cosas parecen decididas a extraviarse”, intenta convencernos — y convencerse a sí misma — de que, por más que en el momento lo parezca, a largo plazo perder realmente nunca representa un desastre.

¿Pero qué pasa cuando se trata del amor? El amor siempre es la excepción a la regla y en este caso, su presencia en la última estrofa del poema es la clave para comprender que el arte de perder en realidad no se domina con tanta simpleza como la autora lo manifiesta, que el verdadero arte es el de ser lo suficientemente persuasivos para convencernos a nosotros mismos de que vale la pena intentar salvarnos de la catástrofe, de que nos vamos a salvar de la catástrofe, porque a final de cuentas, — volvemos al principio — la catástrofe no es real.

Manual de supervivencia a la condición humana, consuelo retorcido, dosis poética de estoicismo para afrontar sin — tanto — drama los embates de lo cotidiano, pero sobre todo los de lo inesperado… el poema más famoso de Elizabeth Bishop nos enseña que la vida es un gran conjunto de pérdidas que se suceden una a otra sin que podamos hacer algo para evitarlo. Pero hay algo más importante: nos invita a tener la ligereza, la seriedad y la disciplina de practicar para que perder sea cada vez más fácil, o al menos no tan doloroso.

Un arte
El arte de perder se domina fácilmente;
tantas cosas parecen decididas a extraviarse
que su pérdida no es ningún desastre.

Pierde algo cada día. Acepta la angustia
de las llaves perdidas, de las horas derrochadas en vano.
El arte de perder se domina fácilmente.

Después entrénate en perder más lejos, en perder más rápido:
lugares y nombres, los sitios a los que pensabas viajar.
Ninguna de esas pérdidas ocasionará el desastre.

Perdí el reloj de mi madre. Y mira, se me fue
la última o la penúltima de mis tres casas amadas.
El arte de perder se domina fácilmente.

Perdí dos ciudades, dos hermosas ciudades. Y aún más:
algunos reinos que tenía, dos ríos, un continente.
Los extraño, pero no fue un desastre.

Incluso al perderte (la voz bromista, el gesto
que amo) no habré mentido. Es indudable
que el arte de perder se domina fácilmente,
así parezca (¡escríbelo!) un desastre.

Geografía III, 1976