Dulce Nada: la muerte desde el arte y la poesía
La palabra, la música y la pintura unidas en la celebración mexicana
Dulce nada. Foto: Jorge Gasca
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Círculo es la existencia, y mal hacemos
cuando al querer medirla le asignamos
la cuna y el sepulcro por extremos.
Manuel Acuña

Nos construimos la muerte a cada rato, con cada segundo, en cada átomo y nadie mira hacia ella. Sabemos que está por aquí, pero no le hacemos caso, salvo cuando el dolor llega, la concebimos. Así pues, la celebración del Día de muertos es para México una entrega total y de la que hemos hecho una permanencia absoluta desde nuestros antepasados. Celebrar la muerte ha sido un ritual que desde la infancia uno encuentra, se vuelve una celebración profunda, rica, potente. Así, año con año, pensamos en cráneos, esqueletos, ausencias, dolores, alegrías y recuerdos y un largo sin fin de memorias que cosechamos en vida con los nuestros.

Celebración nocturna. Foto: Jorge Gasca

Como parte de las tradiciones de la mexicanidad, el día de muertos de este año, martes, noviembre 2, nos permitió unirnos en colectivo de diversas maneras. Generamos Dulce nada como una versión de nuestra Pluma, nuestra tertulia poética que se expandió como una reunión en la que más de 30 artistas plásticos del Área Metropolitana de Guadalajara nos vinculamos, con el fin de compartir nuestras perspectivas, técnicas y formatos a manera de celebración a la muerte, a aquello que nos ha dejado y que ha procedido a más no existir. Aquello fue la realización de un altar con obra plástica que se concibió como una instalación única, en la que la integración de distintos discursos y perspectivas, permitieron ser parte del juego vitalicio en conjunto con otros componentes tradicionales, como el pan, las velas, las flores y otros elementos más. Dulce nada tuvo lugar en la terraza de El Fresno de Kamilos 333, en el barrio de Santa Tere, en Guadalajara, México.

Lado derecho. Foto: Jorge Gasca

Digo muerte y pienso en las despedidas que he tenido a lo largo de dos años, desde aquel enero en que cambiaría mi vida tras un adiós fuerte, y entonces el tema se volvió parte del discurso diario, como una sanguijuela, amorosa, talentosa y noble. Y me disloco el pensamiento, me deslumbro en el fuego y amo a mis padres más que nunca, a la familia, a los amigos, a los conocidos y no tan conocidos, y más allá, a este espacio en el que me desarrollo, en el que me vivo, en el que vivimos, y por eso las letras y las artes ante la ausencia.

Lado izquierdo. Foto: Jorge Gasca

Debemos de saber que la muerte es la nostalgia corta que nos quita algo de nosotros, el contexto, la alegría y los buenos momentos. La vida se acorta y nos hacemos más pequeños. Deberíamos de celebrar cada partida como si fuera la puerta a un nuevo amanecer, como si fuera la siguiente dirección del vuelo de las mariposas o aquel encuentro de las ballenas con los ecos de la música del sol.

El equipo organizador. Foto: Miguel Asa

Dulce nada fue un recuerdo para los que se nos fueron. Fue un altar en el que dos artistas unieron sus voces con el fin de compartir, Esaú Hz y yo, Miguel Asa, para generar una colección particular, una reunión creativa en que también la poesía, el performance y la música encontraron lugar. Eso sucedió gracias a Eugenia de Anda, Eduardo García y Jorge Gasca, creativos con los que integramos un equipo lleno de amor, en el que la camaradería surgió: hicimos una noche mágica para nuestros muertos.

Poetas en directo. Foto: Jorge Gasca

Así, cada obra fue un cráneo, un esqueleto, pintado, ilustrado, dibujado, conforme a la decisión de cada artista, mismas que jugaron un concepto individual muy peculiar dentro de la colectividad. Se trató pues de una reunión de diálogo y celebración en comunidad, una fiesta de barrio, de la localidad, y que más de uno, disfrutó. La poesía se manifestó con las letras de Cindy Hatch, Aurora González, Frida Tejeda, Carlos Vicente Castro, Beth Guzmán, Renata García, Alexandro Castro y Eduardo García, y que generó un ambiente único e irrepetible, a la media luz de las velas, de las personas y de un fresno enorme que nos abrazo. Después de ello, un particular performance de Gerardo Jesús nos transmutó el yo interno, en el cráneo que somos para ser muerte.

Asistentes. Foto: Miguel Asa

El altar estuvo compuesto con piezas de Chatex_x, Xerenthiu, ArtB, Pablo Arteaga, Quika Puebla, Alejandro Martínez, Viocolor, Aurora González, Erik Zermeño, Karla Monster, Adnan Galva, Pit, Lorena Montesca, Saúl García, Susana Lozano, Claudia Trágica, Daniel Neufeld, C. V. Macías, Alfredo Romano, Yossilustra, Esaú Hz, Mónica Cárdenas, KA, Fuma El Justo, Carolina Hadad, Fausto Esparza, Jewl, Rata Callejera, Diego Siordia y de mi autoría. Eso fue algo genuino, divertido, una especie de noche de magia de interior. El silencio, las velas y las obras fueron un baile excelso.

Catálogo Dulce Nada

Por su parte, la noche se cubrió de canciones mexicanas gracias al mariachi tradicional Los Pitayeros, quienes entregaron un sabor de colores, folclor y resignificación a nuestro altar. Piezas clásicas fueron las que deleitaron los espíritus asistentes. Les entregamos arte, poesía y música a nuestro muertos, fue un paradigma roto, una especie de puerta no abierta que hasta el momento, los gestores de dicha idea, desconocíamos.

Poetas en directo. Foto: Jorge Gasca

Dulce nada fue la búsqueda de un momento. De algo que ya se fue. De aquello que todos vimos una vez. Dulce nada fue la memoria de los horizontes, aquellos en los que fuimos felices. Se trató pues, de un almanaque de artistas que promueven la imaginación hacia el sentir más humano, el de la despedida, el del desprendimiento. Definimos la muerte como algo de lo que nadie tendrá respuesta. El sentir es vivir. Las cuestiones del pensamiento son una excusa para celebrarnos en el baile.

Gerardo Jesús en acción. Foto: Jorge Gasca

La celebración a la muerte en nuestro país es de reconocimiento social. La oscuridad es una etapa en que se mueve la dicotomía de lo oculto. Se trató de la reunión de la vida con la muerte. Una reflexión detallada de lo que consideramos como muerte más allá de las simbiosis que se generan entre nosotros. Es bien, una precisa realización de artistas locales en el barrio de Santa Tere. Eso fue un diálogo renovador del suceso internacional acontecido en estos años.

Mariachi tradicional Los Pitayeros. Foto: Jorge Gasca

Logramos explorar más allá de la tradición en la comunidad. Considerar una identidad mexicana y contemplar la celebración a la vida de una manera única entre la ironía y la alegría. El dolor de la muerte es comunitario. Todo perece, todos perecemos. Concluimos que la muerte está en todos nosotros. Es tiempo de celebrar en comunidad como un reconocimiento social del cual nos sentimos orgullosos de celebrar año con año.

Altar Dulce nada. Foto: Miguel Asa

Somos un molde del vacío, hay muchos cráneos caminando por ahí: el cómo otros cráneos nos recuerdan. En mi silencio me existo y digo adiós a cada cuerpo que estuvo a mi lado, amigos, familiares y demás, que se fueron en el tiempo, que se fugaron a otras materias. Si la muerte me llega, que sea a colores para convertirme en mariposa.

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