De Mariana Enríquez: sobre “Las cosas que perdimos en el fuego”
El terror en los recovecos de Argentina
Las cosas que perdimos en el fuego. Foto: Samantha Lamaríz
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El muro de los cuerpos
Con el dejo de las adormideras
Que nuestros predecesores ingirieron
A orillas del olvido.
Federico García Lorca

De todos los arcanos del tarot, Mariana Enríquez sería la Sacerdotisa, esa mujer sabia, conocedora de lo oculto, lo místico, aquella que teje urdimbres de maldad a la luz de día bajo su manto, cuando todos pueden verla pero nadie alcanza siquiera a sospechar su tenacidad. La autora comparte, una vez más, su ingenio y mordacidad en su libro de cuentos Las cosas que perdimos en el fuego.

El fuego y el lector. Foto: Samantha Lamaríz

Cada uno de los doce relatos que componen el libro revuelcan al lector en sus sombras más oscuras, allí donde la negrura se condesa y asfixia, donde las fauces del miedo se abren y tragan y dejan sin aliento. Las cosas que perdimos en el fuego se incrusta, tras cada página devorada, en el alma que tiembla y suspira por más.

Diablito clavó un clavito. Foto: Samantha Lamaríz

La narrativa de la autora enfrasca, aprisiona, rebela. El lector deseará huir de las letras de Mariana solo para volver envalentonado unos segundos más tarde y terminar, de una vez por todas, el suplicio que aqueja a los personajes que se desenvuelven en las historias. La noche ya no será necesaria para asustar a nadie, puesto que Enríquez demuestra que muchos horrores reptan a plena luz del día.

La casa de Adela. Foto: Samantha Lamaríz

En lo personal, el cuento de “La casa de Adela” me mantuvo absorta de inicio a fin con la descripción dolorosa de la niña protagónica y su personalidad pueril y al mismo tiempo rebelde, el personaje ideal para sumergirse en una casa siniestra, de incontables puertas y corredores, donde las voces se disipan y se disuelven en las mentes de aquellos que se empapan de la maldad del interior. Este relato me fascina no solo por la frescura y la osadía de Enríquez, sino porque es una historia que se cohesiona con su, hasta ahora, más conocida obra, la novela Nuestra parte de noche, donde el cuento de “La casa de Adela” se extiende y el lector conoce el cómo y el por qué del interés de penetrar en las profundidades de lo prohibido.

Entre cartas. Foto: Samantha Lamaríz

Mariana escarba en lo cotidiano y encuentra lo más pútrido de la sociedad para convertirlo en un cuento de terror. Las calles de Argentina resultan un escenario espléndido para la autora, ya que en ellos se desarrollan todos los cuentos y, en cada recoveco, es posible discernir la sonrisa de la crueldad. Desde niñas que se arrancan las pestañas y las uñas, jóvenes que atesoran una calavera, criaturas temibles en el patio trasero, hasta deidades malignas y ecos de aquellos que alguna vez estuvieron. 

Las cosas que perdimos en el fuego es una lectura imperdible. Mariana Enríquez nos propone mirar la realidad con los lentes de la verdad y desentrañar todo lo oculto a simple vista. Al igual que con su novela Nuestra parte de noche, su libro de cuentos busca que el lector se empape de los esotérico, lo tenebroso, lo grotesco y reconozca en sus líneas un sinfín de posibilidades de horror.

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