De Juárez a Nueva York: murmura el desierto
Cuando el viaje te encierra bajo las entrañas de una ciudad
Ocaso en Nueva York. Foto: Jacqueline Loweree

Ahora escribo pájaros.
No los veo venir, no los elijo,
de golpe están ahí, son esto,
una bandada de palabras
posándose 
Julio Cortázar

No todo viaje se emprende sobre ruedas en la carretera o después del punto de seguridad en un aeropuerto. Hay viajes que comienzan con el descenso al subterráneo, a las entrañas siniestras y húmedas de una ciudad. La distancia es relativa. No todo viaje libera. No todo viaje es escape. Hay viajes que te recuerdan con cada mirada indiferente de los demás pasajeros que vives en una jaula de concreto. Muchos dirían que es de oro, otros no se atreverían a otorgarle una descripción tan desfavorable. Pero para mí, y me imagino para muchos otros, el viaje que realizo cada vez que me subo al tren de la Ciudad de Nueva York me encierra.

Autorretrato. Foto: Jacqueline Loweree

Este encierro no comenzó sobre las escaleras de la estación del tren. El viaje en sí ha sido mucho más largo, uno de años y noches sin dormir, de sacrificios y lágrimas. Llegar a vivir en la Gran Manzana fue un reto que logré a raíz de mi diligencia como estudiante y después como profesional. No vengo de privilegio, en el sentido usual de la palabra. Vengo de la frontera de México con Estados Unidos, donde la temperatura es matadora y la lucha en el desierto es inigualable. 

Do not lean on door. Foto: Jacqueline Loweree

Recuerdo la niñez en esa frontera con nitidez. Fue dura. Las condiciones, no gracias a los inmensos esfuerzos de mi familia, impusieron una aceleración inmediata de la juventud a la adultez. El pan de cada día se conseguía bajo el sol con pico y pala donde uno debe limpiarse el sudor polvoriento de la frente con harta frecuencia para que las gotas al derramarse bajo la ceja no cieguen los ojos. Lo escribo en metáfora, pero hay mucha verdad en ello. 

Alguna colonia de Ciudad Juárez. Foto: Jacqueline Loweree

Así que, por las mañanas, antes de que todos se despertaran, solía esconderme en el patio de la casa a leer donde me enajenaba en las imágenes de los textos una y otra vez. Siempre leía los mismos libros. Eran lo que había. Durante ese receso matutino, imaginaba otra vida, así conseguía el viaje lejos de la batalla constante y la escasez en la que nos encontrábamos. Yo quería caminar sobre el pasto verde y fogoso porque sólo paseaba sobre asfalto ardiente y tierra pálida. Yo quería estaciones como la primavera y el otoño, porque en el desierto sólo vivía dos estaciones, el calor que amenaza el desmayo y el frío que te cala hasta en los huesos.

Mascota y nubes. Foto: Jacqueline Loweree

Mi madre me decía, “estudia porque será la única oportunidad que te podré dar para salir de esto.” Así fue. La primaria y la secundaria las terminé a duras penas. La preparatoria logré a pesar de la rebeldía juvenil que, a todos de alguna forma u otra, nos domina. Pero la carrera me resultó mucho más difícil. Entre el trabajo y los estudios, los matrimonios fallidos y el desborde de una enfermedad crónica, el estudihambre y el desvelo, batallé para conseguir las notas necesarias para terminar el posgrado, con la voz de mi madre siempre en el fondo, “tú eres más fuerte de lo que te imaginas.” Al final me gradué con honores.

Línea. Foto: Jacqueline Loweree

Avancemos una década desde que recibí el título de maestría y desarrollé un trayecto laboral de mi gusto. Estoy donde quise estar desde la infancia. Tengo al alcance el pasto verde del Parque Central y experimento cada temporada los cambios del follaje de un verde brillante veraniego a una mezcla otoñal de rojo, amarillo y café. No es necesario leer los mismos libros porque ahora tengo con qué conseguir más. Vivo en la ciudad de la eterna abundancia, ajena a la escasez desértica, llena de olores, colores, sonidos, gente de mil historias, museos, bibliotecas, arte, oportunidades y experiencias. No tengo porqué despertarme antes que todos a soñar en lugares lejanos, a escapar en un viaje mental como solía hacerlo.

One way. Foto: Jacqueline Loweree

Sin embargo y a pesar de todo lo que he conseguido, todas las mañanas junto con mi taza de café y mis ojeras semipermanentes, emprendo el vuelo. Me pienso en otro espacio. En un lugar tranquilo. Sin ruido. Donde pueda pensar y así coger con la mano los momentos fugaces que se me escapan con la monotonía del ajetreo neoyorquino, porque para vivir aquí tienes que entrar dentro de esa frecuencia de alta producción. Quiero desacelerar el tiempo y embriagarme en mi soledad. Necesito descansar y dejar escapar el aire de esta olla de presión en la que me encuentro. 

Rascacielos. Foto: Jacqueline Loweree

Así que regresemos al tren, a ese laberinto de miles de trayectos que transpira un vapor constante por las rejillas de las banquetas. Para muchos el tren es un fenómeno destinatario de logística grandioso, el que transporta todos los días a millones de personas con algunos retrasos (aunque un neoyorquino no diría “algunos”). Al principio para mi este fenómeno era más que un instrumento práctico, era una oportunidad antropológica. Un espacio donde podía observar las diferencias socioculturales geográficas, la moda contemporánea como el street fashion del barrio y la formalidad de Wall Street, asimismo deleitarme del entretenimiento gratuito de los cantantes aspirantes y los acróbatas en las estaciones de Times Square. Me parecía increíble como dentro de un espacio tan pequeño se encontraba tanta diversidad. 

México. Foto: Jacqueline Loweree

Pasó el tiempo y nos invadió la pandemia. No estoy segura cuándo exactamente cambió mi entusiasmo por la bulla subterránea. Pero de un momento a otro dejé de ver el tren como una ventana al mundo exterior y se convirtió en una vista hacia el interior. Me volví presa de mi mente, ensimismada gracias al aplastante desasosiego urbano. Los viajes tornaron abrumadores, quizá también para otros ya saciados de la constante invasión audiovisual. Basta con ver el cansancio de los viajeros evidente en sus ojos distantes, para saber que no soy la única que siente el agobio.

La Mexicaneidad. Foto: Jacqueline Loweree

Dentro del tren se ve la vida pasar rápidamente por la ventana, así como se ve en un coche recorriendo la carretera. La gran diferencia es que en el tren de nuestra ciudad no ves lo que se aproxima y lo que dejas atrás. Lo único que ves es la oscuridad. Hay veces que recuerdo con nostalgia el silencio desértico, donde sólo se escucha la noche, nada más. Me pongo a reflexionar sobre el porqué de mi claustrofóbica inconformidad. Aún no encuentro respuestas que me satisfagan, pero lo que sí he aprendido con certitud es que en un viaje no hay destino final y no todo es como te lo habías imaginado. 

Después de tantos viajes, 
aniquilados por la agotable lucha capitalista 
hacia la desencadenante felicidad urbana, 
cerramos los ojos sin pegar un párpado 
y nos trascendemos. 

Pero de vez en cuando, el tren se estremece 
y nos recuerda que aún continuamos el viaje, 
nuestra parada por llegar. 

Tú me sujetas entre tus brazos 
para que no me caiga, y en ese paraje 
sé que todo va a estar bien.