Entreflores: una comunidad agroecológica

Entreflores: una comunidad agroecológica
Una huerta educativa intercultural y abierta
Grisel Gallardo Entre Flores. Foto: Alberto Delgado

Zapata entonces fue tierra y aurora. 
En todo el horizonte aparecía 

la multitud de su semilla
armada.
Pablo Neruda 

 

Tras recorrer en bicicleta por la mañana aquella alborotada brecha del antiguo camino a Tequila que entronca con la carretera a Nextipac, se avistan maizales crecientes que lucen majestuosos, refrescantes y verdes en temporal de lluvias. Abrazado por terrenos de maíz, invernaderos de frutos rojos, campesinos y perros pueblerinos, está la Comunidad Creativa Entreflores (CCE), un proyecto gestado hace aproximadamente ocho años por iniciativa primigenia de Juan Francisco Gallardo, egresado de una “universidad de Francia”, según el biólogo Luis López Caldera, alias “Balaam”, quien eventualmente fortaleció con su apoyo y compromiso. Actualmente, Balaam conduce las propulsiones futuras del proyecto junto al agrónomo Cesar Marcelo Gómez, quien se autonombra como Chelo, ambos egresados del Centro Universitario de Ciencias Biológicas y Agropecuarias de la Universidad de Guadalajara. Ellos y su equipo me reciben cuatro días, aunque a veces cinco o seis a la semana y muy generosamente me permiten aprender, empaparme y trabajar junto a ellos los procesos vitales del ciclo de la tierra. 

Balaam y hortalizas. Foto: Alberto Delgado

Sobre dos ruedas y con buen ritmo desde la ciudad de Guadalajara, en una hora y cuarto se llega a Nextipac. Si lo tuyo es pedalear en tranquilidad, la mejor ruta será llegar por las avenidas Aviación y Ramón Corona. Si te late el ajetreo de la velocidad, pedalear sobre la carretera a Nogales-Vallarta hasta La Venta del Astillero, es otra opción para llegar. Una vez en CCE, se es recibido por un pasillo de aguacates e invernaderos con flores; se avista una parte de las hortalizas que cultivan y claro, por ahí se ve uno que otro aliado del proyecto, en la cosecha, con las semillas, en la trasplantación, en la camas de cultivo.

 

Cultivar lavanda. Foto: Alberto Delgado

CCE es un “lugar donde se puede experimentar creando tu propia realidad con tus propias reglas”, describe Balaam. Ellos han aprendido a vivir la mutación, la constante adaptación al medio, a las vueltas que ha dado el equipo. Son un “grupo de personas intentando formar comunidad en entornos naturales”, ahí la jerarquía es la tierra y el suelo nos nivela por igual. Desde la concepción del proyecto, ha sido la búsqueda de inspiración, la necesidad de generar agroecología en un pueblo sometido por la agricultura convencional industrializada, lo que les ha motivado. Las parcelas de maíz y aquellos invernaderos de infrutescencias que rodean las inmediaciones del rancho se tornan cuestionables por la masividad de sus producciones o por estar en un entorno que, en su naturaleza climatológica, desfavorece a los berries, por ejemplo.

Parte del equipo. Foto: Alberto Delgado

Genuinamente, en CCE, promueven la transgresión a esas formas de cultivo que deterioran, en muchos sentidos, la salud ambiental y la salud humana, ellos “comparten el conocimiento sobre la vida, la naturaleza y las formas alternativas de vivir en armonía”. Es un lugar que continuamente recibe a grupos escolares de diversas edades, familias; que tiene un programa de voluntariado de voz a voz o a través de la plataforma Workaway. Esa es la manera en que reproducen sus ideologías, sus formas, sus proyecciones futuras, así es como me han permitido inmiscuirme en sus jornadas. 

 

Los colores naturales. Foto: Alberto Delgado
El fruto de ser. Foto: Alberto Delgado

A través del huerto, observo que anteponerse al sistema de producción agrícola convencional, demanda esfuerzos extra al agricultor contemporáneo, que en realidad son esfuerzos de antaño reavivados, por ello es importante cada parte del proceso y cada una implica el trabajo físico, la presencia, el estar. Momento presente, aquí y ahora, meditar la cosecha, sopesar la recolección de semillas, imaginar mientras transplantas, examinar la germinación, introspectar mientras riegas, reír al compartir, creer en lo que haces, desear influir en el futuro. Ahí, “el espacio te reta, te auxilia, te enriquece y tú a él”, según Yiyo, aliado cosechador del grupo, quien además dice que “el huerto, es ya un ente vivo con un propósito que se alimenta cada día con el esfuerzo de todos y a su vez, todo ese esfuerzo, se transforma en salud, nutrición para quienes estén dispuestos a descubrirse a través de él”. 

 

Maíz y sabor. Foto: Alberto Delgado
El trabajo. Foto: Alberto Delgado

Actualmente, vivo por estas latitudes después de haber pasado mi vida entera en la ciudad y, no me cabe duda de que venir aquí es un baño de luz que refresca la mente, aclara las necesidades, apacigua al ego y cuestiona al ser. Escaparse un día, un par de semanas, un mes o hasta un año a este lugar, quizá te haga pensar que una revolución desarmada es posible pues, en CCE se producen bálsamos medicinales, extractos, infusiones, jabones saponificados, cosechan hortalizas varias como kale, berza, bok choy, distintas lechugas, hinojo, betabel, zanahoria, berenjenas, pepinos, chiles, flores comestibles, solo por mencionar algunas de las maravillas que cultivan y elaboran. Es realmente emocionante e inspirador descubrir que la alimentación puede ser patrocinada por la tierra, producida por tus manos y cocinada con tu imaginación. Es posible estar rodeado de plantas medicinales que casi susurran al oído la medicina que resguardan.

Sembradío medicinal. Foto: Alberto Delgado

Así entonces, cada día que visito el lugar, está presente la palabra voluntad en mi cabeza. Voy rodando e inventando un montón de utopías, fruto de mis idealizaciones. Ahí entre flores, veo más de cerca ese futuro que imagino y disfruto de comer sabrosos platillos que ponen a prueba mis capacidades de improvisación con los recursos que hay a la mano. Los arroces de colores son la especialidad de Balaam.  

Cuidar. Foto: Alberto Delgado
Jabones herbales. Foto: Alberto Delgado

Arena Coliseo: espacio de lucha y libertad

Arena Coliseo: espacio de lucha y libertad
El deporte mexicano como sinónimo de identidad y convivencia
El réferi y el triunfo. Foto: Miguel Asa

Este texto se publicó en la edición “Lucha”, de abril-junio de 2013, de Apócrifa Art Magazine. A su vez, se imprimió en gran formato y se colocó en los pasillos de la entrada de dicho recinto, perduro ahí algunos años más. Así sucedió después en La Gaceta de la Universidad de Guadalajara en su sección O2 el 28 de julio de 2014, bajo la edición de Víctor Manuel Pazarín.

Antes que otro poema
me engarce en sus retóricas,
yo me inclino a beber el agua fuente
de tu amor en tus manos, que no apagan
mi sed de ti, porque tus dulces manos
me dejan en los labios las arenas
de una divina sed.
Carlos Pellicer

1

Alguna vez tuve luchadores con capa de plástico sobre un pequeño ring de madera, regularmente de venta en los tianguis. Alguna vez quise ser el Huracán Ramírez para defender a mi mamá de aquel perro que nos ladraba en la cuadra después de regreso del mercado. Quise ser Blue Demon, El Santo, Rayo de Jalisco, El Espectro… No recuerdo qué tantos pasaron por mis tardes de juego. Hasta que un día de mi infancia, por allá en los noventa, el número 67 de la calle Medrano, que en algún momento el señor Salvador Lutteroth vio como nido de luchadores, se apoderó de mi emoción. Hoy rememoro aquellos momentos de gloria sobre mi cama (mi ring propio) y los tengo como una grata memoria de lo que es la lucha libre para mí.

Este texto en la Arena Coliseo. Foto: Miguel Asa

2
Ahora festejo aquí, con los míos, todo el misterio que ha tenido siempre ese mundo, esa institución que es la lucha libre: un acto sorprendente de mi país; aquí, en la Arena Coliseo de Guadalajara, en el número 67 de la calle Medrano, de donde surgieron grandes leyendas de la mano de Cuauhtémoc “El Diablo” Velasco, y al mismo tiempo la emoción de muchos chamacos como yo al soñar las diversas “llaves”, el vuelo hacia el contrincante, la fuerza de los luchadores, la esencia de los técnicos y la rebeldía de “los rudos, los rudos, los rudos” grito con pasión, y sobrevuelo la festividad de todo lo que ha sido este recinto para quienes se han postrado ante él.

El golpe. Foto: Miguel Asa

Pensar que aquí nacieron Ángel Blanco, Alfonso Dantés, Pantera Blanca, Pantera Negra, Sergio Borrayo, Américo Rocca, Gran Marcus Jr., Mil Máscaras, El Solitario, Cien Caras, Máscara año 2000, Universo 2000, Perro Aguayo, Ringo, Cachorro Mendoza, Atlantis, Apolo y César Dantés, entre otros tantos, da la certeza de que El Diablo tomó su lugar dentro de esta Arena e hizo de ella una fuente de talentos de la lucha.

Niño y sorpresa. Foto: Miguel Asa

3
En ocasiones pienso en el silencio de la Arena y me alejo de la realidad, siento el misterio que guarda este sitio histórico, testigo de muchos momentos… Mi mente comienza con el cuestionamiento: cuántas lágrimas habrán caído en su suelo, cuánto dolor oculta esta noche, cuántas personas han asistido hasta hoy, cuántos “intentos de luchadores” (como yo) han deseado subir al ring, cuántas familias han aparecido por aquí, cuántos romances han nacido por el gusto a la lucha libre, cuánto tiempo han entrenado ellos (los luchadores de verdad) para dar gusto a un público diverso, cuántas caídas, cuántos retos, cuántas máscaras rotas, cuántas cabelleras despojadas a sus dueños, cuántos fieles seguidores han perseguido las carreras de esos hombres de doble personalidad, cuántos gritos, cuánta sangre, cuántos han muerto en el ring, cuántos sentimientos, cuánto es cuánto en tantos años… Aún las preguntas siguen.

Público y ring. Foto: Miguel Asa

La Arena, y toda la historia contenida en sus pasillos: veo pasar al papá con sus hijos, y con él, la esperanza del niño puesta en sus héroes, nuestra imaginación que nos hace desbordar sombríos momentos de angustia y sobresalto. Por allá los novios con el corazón latente, el ring como caja de luz con fuertes movimientos, los gritos de las señoras apasionadas, y entre tanto ajetreo, las cervezas y los duros con salsa aluden al sabor de mi pueblo, mientras uno se quita la máscara para dar bocado y seguir con la gritería: todo un alarde de infinitos sabores para la vista.

Perspectiva. Foto: Miguel Asa

4
Cuando me entrego a la silla, estallan en mí diversas emociones: el giro, el vuelo, la técnica, el reconocimiento, el fervor, el orgullo, mi país, la historia, nuestro gusto por las luchas…, y volteo a mi alrededor… El referí en la cuenta por la tercera caída y observo a una misma comunidad con la sonrisa puesta en el corazón por todo lo que provoca este acontecimiento dentro de nosotros. La euforia nos posee a todos, algunos con máscaras y otros como civiles comunes. Y otra vez el señor de las cervezas por ahí y el de los duros con salsa por allá… “¿Y mi cambio, don?”, mientras en las gradas el “vuelta, vuelta, vuelta” para las chicas sonrojadas. La convivencia familiar y el cuatismo entre toda la palomilla es sinónimo de fraternidad. También observo a unos cuantos que siempre, o casi siempre, están presentes: esos fieles seguidores que vienen desde años atrás y en ellos la pasión perdura. “Se les va el camión” a todos los de arriba, mientras el “te trajo tu mamá” a los de abajo. El divertimento entre compas se muta en una alegría colectiva. Y es que parece un poema surrealista lo que acontece minuto a minuto en este sitio.

Proc3so. Foto: Miguel Asa

5
El misticismo de la lucha libre, aquí como en otras arenas del país, es un fervor que se percibe antes de salir del vestidor. Profesionistas, trabajadores, personas del pueblo son las que se convierten en símbolos de nuestra cultura popular. Hoy, después de más de medio siglo de su nacimiento, la Arena Coliseo de Guadalajara es un mar de sentimientos y de estrategias: un ring, cientos de butacas, trabajos de diversas familias y el gusto de miles que se han apropiado de la lucha libre como el punto de encuentro favorito.

En el parque de casa. Foto: Miguel Asa

Aquí estoy, con los luchadores y su sudor, haciendo mío ese sentimiento que me ha llegado de diversas maneras. Grito con euforia y celebro a aquellos que por su espectacularidad se entregan en las tres cuerdas. Un luchador en mi mano derecha y otro en la izquierda, ahora una suflex y quizás una quebradora figurativa, y seguiré la tarde en juego. Después fingiré que es momento de la lucha estelar. Al fin, que los de plástico son míos.

 

Ceiba Studio: el color de la música del barrio

Ceiba Studio: el color de la música del barrio
Una casa en Santa Tere es un centro de creatividad musical
Ceiba Studio en su interior. Foto: César De Alba

Es inaudible,
no podremos saber si las hojas
se acumulan y suenan al encaramarse
la mirona lagartija sobre la hoja.
José Lezama Lima

Ahí suena la guitarra. Un colombiano se hace el que no escucha pero sonríe. Más allá anda el fotógrafo dizque haciendo las invitaciones. Siempre presente, ella y las redes en movimiento, su calidez y presencia son equilibrio. Un tanto a la derecha de la mesa está con lentes y en expectativas de su moto quien saluda muy amistosamente. De vez en cuando, pasa desapercibido, pero el beat anda siempre por ahí en la habitación cercana a la sala. En la terraza el sazón también se hace presente. Y merodeando con recogedor y escoba, allá atrás, quien hizo posible todo este sueño. 

En el barrio de Santa Tere, en el poniente de Guadalajara, Jalisco, se encuentra una casa blanca con decoraciones en verde brillante que funciona como un centro creativo musical, y en ocasiones, de muchas cosas más: Ceiba Studio. Ahí la experiencia y la buena onda se hacen presentes desde que el sol sale. Las cuerdas se manifiestan y las voces por igual.

El aplauso como magia. Foto: César De Alba

Ahí, en ese espacio han pasado sin fin artistas y personajes que hacen de la ceiba el canto de la colectividad. Así nos vamos de uno en uno cada mañana o tarde por ese espacio. Uno merodea con sabor. Ahí, siempre se encuentra un diálogo. No sé de qué. Pero siempre hay algo de qué platicar y de qué aprender. Ahí la música es el eje, sin embargo, su puertita permite la entrada de la creatividad al por mayor, pues la poesía, distintas artes, y otras casualidades, están presentes.

Por ese sitio han pasado artistas como Ana Verá, Xiranda, Christian Nodal, 3MotherFunkers, Zalamaca Crew, The Trimmers, Color Hermano, Pneumus, y un número indefinido de músicos que le han dado vida y sonido a ese estudio, y claro, no podrían faltar Monte Bong y Monte Rebels, de quienes forma parte Raúl Márquez, el creativo tras este proyecto. 

El equipo y Monte Rebels. Foto: César De Alba

En Ceiba la magia se puede encontrar en la visita por igual de poetas, plásticos y otras causas del colectivo creativo de la ciudad. Ahí todo mundo baila o le da por charlar. Comerse un pedacito de pizza de hornito. Un buen café y hasta un agua de sabor. Ahí el ocaso es un momento iracundo para compartir ideas, soñar y prevalecer en la existencia con la mente en la creación.

Según las lenguas Ceiba nació por decreto de tener un espacio en el que los músicos independientes pudieran colaborar y generar nuevas ideas en la producción musical desde la escena local. A su vez, también funciona como un punto de encuentro en el que la creación encuentra reflexión y solidaridad. En Ceiba, la soledad es un eco del futuro y la compañía la esencia del presente. Clases de yoga, talleres distintos, exposiciones, charlas creativas, tardes con pequeños espectáculos en vivo, producciones comerciales, sesiones de fotografía o video, tamales, un champurrado, las papitas, y no sé qué tanto más, es lo que se puede disfrutar ahí. Es imposible no mencionar que es un sitio amable con las plantitas y que todas ellas brindan al espacio un fenómeno familiar, digamos, una amistad estrecha de la comunidad desde la intimidad. 

Si tienes un sueño sonoro se debe de aplicar todo la potencia posible, en primera porque, Isaías Guevara hará de tus piezas una genialidad con su ingeniería (le mete de su divina cosecha); además, Hiram Vielma brindará el sabor y el soporte en tus creaciones (tiene secretos, lo sé); con ellos, Octavio Espinoza te podrá guiar en la producción pasito a pasito (es muy paciente y un gran maestro); y con puntual visión, Sarvia Sosa te apoyará con sus comentarios y propuestas (siempre sonríe); y por si fuera poco, Emmanuel Durán te compartirá su experiencia que te hará vibrar (lo contemplo por sus viajes en moto y su ingenio sonoro); y con un espíritu peculiar, César De Alba te sacará una sonrisa en un retrato. Así es el equipo de Ceiba Studio, abierto, contemplativo y con rubros diferentes que hacen que la casa huela a tejidos de sonoridad. Todo esto sucede gracias al esfuerzo de Raúl, a quien ya mencioné, y que a su vez, es el personaje que piensa, crea, combina, dialoga y posibilita proyectos (así les pasó a los escuincles de Chapala).

El foro de Ceiba. Foto: César De Alba

Pero Ceiba Studio no es sólo eso. Es el compañerismo, la diversión, la esperanza y el alivio. Las razones de las lágrimas y el desasosiego de las nostalgias. Ese estudio es un encuentro único en Guadalajara, con su estilo, su familiaridad y las propuestas actuales. Ahí se concibe el amor, la oportunidad y el apoyo. Existe el brillo del sol, las plantas, el recuerdo de quienes se fueron y la vibra de nuestro presente.

En Ceiba el aprendizaje es circular, no hay más ni hay menos. Es una onda sonora repleta de versos de distintos sabores. Es una red complejísima pero con una apertura sana y esperanzadora. El barrio suena por las tardes. Las canciones llegan, los ensayos persisten, los errores suceden y todo eso florece a color y con sonido real. Ahí todo es raíz. Ahí todo mundo es planta y flor. Ahí uno se vuelve al viento y entre las manos, las cuerdas enaltecen la vida.

El son jarocho en expresión. Foto: César De Alba

Los sueños corren por esa casa y se despojan de todo prejuicio, nos existimos en el corazón de las palabras y al son de la música se baila con el arte. Ahí, las bicicletas tienen espacio y rutas por igual. Hay desvelos y desmañanadas que son evidencia de muchas piezas. Hay desgaste y pasión, la creatividad al por mayor en una sala de ensayo. Existe la desnudez y el teatro. Hay públicos para unos y públicos para otros y se converge en unión.

Ahí, los jóvenes no tan jóvenes enseñan a los jóvenes más jóvenes y huele todo a eterna juventud. La entrega es la misma para fulana y zutano. Ahí, la cocina, la jardinería, la música, la poesía, el teatro, la plástica y más, son la base de la esencia. La melomanía, la locura, el ruido, el sueño, las rastas, los aretes, los acordeones, las percusiones, las plumas, las latas, los cuadros, los pinceles, las cámaras, los ornamentos, todos, somos familia.

Donde todo sucede. Foto: César De Alba

Dentro del barrio de Santa Tere hay una casa que suena a colectividad sonora. Ceiba Studio, es hoy día un proyecto que ha entregado y colaborado con un gran número de creativos, y a su vez, en la actualidad ya es en un referente sonoro en la ciudad. Pícale y corre la pista, pues en el barrio, los colores suenan desde sus raíces. Música siempre. 

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Casa huerto Madre Luna: semilla en Tala

Casa huerto Madre Luna: semilla en Tala
Proyecto de autocultivo que se comparte
Sol Rodríguez y René Velazquez son Madre Luna

No se seca la raíz de quien tiene semillas dispersas para brotar en la tierra. No se apagan las ricas memorias de nuestros abuelos. No se recortan las anchas alas porque el cielo es libertad y la fe es encontrar a ‘Ãgglẽnẽ’.
Nanblá Gakran

Desde hace algunos años he recorrido en bicicleta la carretera de Guadalajara a Tala, acá en Jalisco. Es una ruta sencilla que me divierte mucho y que siempre agradezco. Los paisajes que rodean al volcán de Tequila son un amor al amanecer y una nostalgia completa al atardecer. Son fines de semana los que me abrazan para llegar al corazón de Casa huerto Madre Luna, que es la viva creación de un par de amigos, que desde su juventud han coincidido para hoy día compartir las labores de la tierra. Ellos me han enseñado un poco de lo que sé sobre el autocultivo, sobre la forma de vivir la tierra, y sobre todo, de compartir con los demás. Y hace poco los visitamos Tiago Testa y yo en nuestras bicicletas.

Productos sustentables. Foto: René Velazquez

Tala se encuentra a hora y media de Guadalajara en dos ruedas. El clima es propicio para la caña, el cacahuate y otros. Ahí se encuentra Casa huerto Madre Luna, donde Sol Rodríguez y René Velazquez han creado lazos con su entorno, su familia y sus amigos, “es nuestra casa, ahí vivimos y creamos un espacio para compartir, crear, sembrar ideas y cosechar con la comunidad a través de la agroecología”, así lo describen.

Galletas caseras. Foto: Sol Rodríguez

Esta idea de ambos, y que al día de hoy poco a poco ha cobrado más impacto, surgió “de nuestra búsqueda por regresar el amor a la tierra y por compartir experiencias que nos acercaran a un equilibrio, entre una vida moderna y a la vez sostenible, para el medio ambiente. Los dos siempre vamos en el mismo camino y con ese sentir en sincronía. Dejamos la vida de rutina de las ocho horas de oficina en la ciudad: dormir y al día siguiente lo mismo. Eso lo cambiamos por regresar a nuestra raíz, a una vida de disfrute, sana y llena de comida fresca directa de la tierra”, precisan.

Así ha crecido la producción día a día, a tal grado de hacer pequeños grupos de aprendizaje, apoyar a diferentes agricultores de la región y de otras partes, estudiantes, visitantes y demás quienes acuden con algún fin en común. Yo lo viví cuando René nos dio un breve paseo por el huerto. Ahí nos platicó sobre los procesos, lo que hacen, el tiempo que conlleva, el esfuerzo que representa trabajar la tierra sin maquinaria, la unidad de dos que se entrega a cuatro, diez, quince por igual. Comimos una guayaba de por ahí, nos enlodamos y disfrutamos de la tarde de domingo. Así mismo, Sol nos compartió de sus salsas con unas tortillas con el maíz que ellos producen y vaya si fue toda una aventura. No podría faltar el taquito de guacamole con el aguacate de su trabajo, íntima amistad la que ahí se arma.

Esto ha sido lugar para que el conocimiento se afiance en la oportunidad de sabernos una vez. Es una forma de vivir para conocer las posibilidades que tenemos con la tierra, pues generar Madre Luna para ellos ha sido “una gran alegría, cada día es diferente, lleno de historias y buenos momentos entre plantas y semillas. También, un gran aprendizaje de los ritmos de la naturaleza y a fluir con ellos.

Trigo en mano. Foto: René Velazquez

En palabras de ellos en Madre Luna “siempre hay cosecha, ya sea de alimento o de aprendizaje. Desde que nuestro lugar era un terreno baldío de arena, hasta que salió el primer maíz, recibimos al primer grupo y organizamos a más de 20 productores para crear un mercado local. Ahora el fruto que estamos por cosechar, es este mismo mercado pero adaptado a la nueva realidad, porque el campo no se detiene”, pues el impacto que han logrado en la comunidad “ha sido la participación y organización de los productores, la eliminación del uso de pesticidas en sus cultivos y el acceso a alimentos de calidad, por lo tanto una mejora de la salud.”

Maíz del huerto. Foto: René Velazquez

Yo trato, por lo menos, de visitarlos una vez cada bimestre, pues siempre hay cosas nuevas en ese proyecto de pareja que se muestra ante todos abierto y con la solidaridad de una pequeña familia de Jalisco. Ellos tienen opciones para todos y es posible siempre compartir, esto es lo más hermoso de acudir, por eso “vengan a visitarnos, a tomar alguno de nuestros talleres o comprar los productos que ofrecemos. Cada que adquieres un producto, una parte es destinada a financiar capacitaciones para que nuevos productores se sumen a los cultivos libres de pesticidas. También tenemos experiencias de fin de semana para acampar y vivir y probar un poco de la vida en el campo.” Para saber más sobre Madre Luna es posible consultar su página de Facebook e Instagram.

Colecta de aguacates. Foto: René Velazquez

Para regresar aquella tarde, lo hicimos por el bosque de La Primavera. Nos cayó la noche sobre los lomos y nos perdimos un tramo. Fue una fortuna haber comido con ellos para aguantar el regreso de más de cuatro horas. Salimos afortunadamente a carretera y valió la pena. Llegué a casa, pensé y descubrí que pronto viviré en el campo. Por cierto, no olvidé traer mi salsita con cacahuate, esa me fascina.

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