Ululayu: cicloviaje, gestión y cultura

Ululayu: cicloviaje, gestión y cultura
El pedaleo en un viaje con versos y trazos
Miguel Asa en Sudcalifornia. Foto: Alberto Zamaniego

Este artículo fue publicado originalmente en La Bicikleta, ahora llamada, Pedália, el 17 de agosto de 2016. Lo publico aquí como parte de la memoria que ejercimos algún momento.

Aquí debí colocar un epígrafe de algún escritor:
la bicicleta dijo ser letra que convierte
l
os colores en la libertad de todos.

Despiertas y sabes que todo cabe en imaginar. Pedalear siempre hacia todo y hacia nada. Cantar con el viento en curso, fuera de ti, en el espasmo de los horizontes, a pie de carretera. Gritar a todo pulmón. Viajar sin recursos. Gestionar bajo trueques y a distancia. Simplemente compartir. Y sobre todo, saber que la bicicleta es un personaje y tú el ente que lo acciona. Y dos son uno, son uni-verso, son verso.

La escritura como la memoria del viaje. La fotografía en su función documental. Ambas, de cualquier sabor y olor; desde hace tiempo y hasta no sé dónde; por el valle, la terraceria, el barrio, el pueblo, la ciudad, y todas las historias en todos los sitios. Contigo, en equilibrio constante, algunos libros como parte del peso que tus rodillas impulsan sobre la bicicleta junto el cepillo de dientes, la bolsa de dormir, las parches, los poemas en proceso, las amistades fortalecidas, las fotografías impresas, los calcetines rotos, las cámaras, los huaraches y no sé qué tantas cosas más dentro de las alforjas. Y por si fuera poco, también, rollos de calcomanías con cuatro palabras para evolucionar en movimiento como peso adherido. Letras e imágenes sobre la cinta asfáltica sin destino alguno. Creer en la bicicleta hasta en la revoltosa caída que juega a lastimarte (aquí no es la Luna).

Mural en Múlege, Sudcalifornia. Foto: Delmer Zúñiga

Una expedición acompañada de literatura, artes y medios como elementos para compartir en múltiples soportes, plataformas y comunidades, y por igual, considerar a la bicicleta como algo más que un medio de transporte o de recreación: una constelación que abarca millones de palabras e imágenes, máquina que en todas las galaxias nos permite converger en infinidad de espacios, y en ellos, manifestar nuestras particulares visiones de la libertad fuera del ser físico.

Por lo anterior sabes de antemano que no eres el único que ha creído en la bicicleta como un viaje sideral. Cuántos son los escritores y artistas que han recurrido a ella como influencia de sus creaciones: Horacio Quiroga, Alejandra Pizarnik, Pablo Neruda, Sylvia Plath, Julio Cortázar, Isabel Mellano, David Byrne, Julie Glassberg, Thomas Yang, Irina Stepanova, Alain Delorme, Elsa Fernández Santos, Adams Carvalho, Llucia Ramis, Amos Oz, sólo por mencionar algunos entre un número inmenso a lo largo de la historia, por ello, no bastaría la vida para analizar todo lo que ha sucedido alrededor de ese artefacto mecánico en su relación con la literatura y las artes.

En Mayto, Cabo Corrientes. Foto: Miguel Asa

Por otro lado, para ti la bicicleta es más que un sustantivo dinámico, así como cualquier otro adjetivo que te pueda sorprender, todo porque la interacción física-mental que ocurre en ti al pedalear genera un espacio de felicidad, te permite sonreír, sentir intensamente dicen unos, volar (vaya cliché) dicen otros, y todo alrededor, flota (eso lo dices tú), y sobremanera, un sinfín de sentimientos y emociones que provocan a tu creatividad. Sin embargo, la fuerza de tus piernas en un viaje extenso también marca la determinación objetiva que resulta de tu reflexión social sobre la relación individuo-comunidad: fomentar la lectoescritura como extensión de información, vincular a las artes como canal de participación colectiva y analizar el sentido creativo como manifestación individual, acciones que funcionan como labor social a manera de trueque: alimentos y hospedaje (aunque sea un pedazo de tierra para colocar la bolsa de dormir) por actividades culturales. Aunque en ocasiones la cartera se quede vacía, siempre ocurre algo para sobrevivir y avanzar, eso permite relacionarte con todo tipo de personas e interactuar de manera libre, honesta y sin prejuicios.

Mural en Santa Rosalía, Sudcalifornia. Foto: Elizabeth Jiménez

Así pues, tu viaje en bicicleta se convierte en un proyecto de gestión cultural y de colaboración social, siempre, con la finalidad de compartir ideas creativas que enriquezcan a los individuos de las comunidades que encuentres en tu trayecto bajo diferentes modalidades: una charla breve, un poema improvisado a media carretera, un diálogo con estudiantes, la presentación de obra en cafés, las fotografías en el suelo de alguna plaza pública, alguna intervención en la vía pública, la participación con escritores y artistas, talleres con reclusos, murales colectivos en escuelas, producciones de radio con ciclistas, algunos esténciles por las calles, más otros formatos posibles con todo el mundo.

En el CUCOSTA, UdeG. Foto: Sandra González

Un año después de tu partida y de pedalear durante largas distancias has comprendido cómo la bicicleta rompe esquemas al funcionar como un medio para generar ideas, concebir proyectos y desarrollar estrategias de gestión para las comunidades que visitas, mismas en las que el artefacto interviene de manera pacífica, y a su vez, actúa con cada ser humano que se vincula con tu creatividad. Por eso, día a día te es fabuloso contemplar cómo las personas aprecian los diferentes rubros que infieren en el formato de tu viaje… la pluralidad de voces que surge a cada kilómetro es la dinámica creativa.

En San Luis Gonzaga, Baja California. Foto: Miguel Asa

Y al final del día, leer para crear y compartir para imaginar, desde un poema hasta un mural, entre el desierto y el huracán, con el cocodrilo y el correcaminos, al lado de las mariposas y de los cuervos, con traileros y con gestores, acompañado de pescadores y profesores, entre el silencio y la euforia, en tierra y en asfalto, con sol y luna, y siempre, la bicicleta como fiel compañera de ese pequeño cambio social que intentas, de manera libre, gratuita y sin desdén. Resistir al pedalear es un verso que queda en el muro de nuestra piel, algo así como el movimiento del viento en todo rededor de nuestra existencia.

Guadalajara-Teuchitlán: espejo entre valles

Guadalajara-Teuchitlán: espejo entre valles
Un viaje en bicicleta con sabor cerca de la ciudad
Presa de La Vega, Teuchitlán, JAL. Foto: Tiago Testa

El río allá es un niño y aquí un hombre
que negras hojas juntas en un remanso.
Todo el mundo le llama por su nombre
y le pasa la mano como a un perro manso.
Carlos Pellicer

Ella despierta desde temprano e imagina el camino de los ciclistas que días atrás acababa de conocer, camino que moría de ganas por recorrer. Ella sólo suspiró, se volteó y se cubrió la cara con la sábana para volver al sueño y dejar de pensar. Tres horas más tarde escuchó una voz que decía “¿No te fuiste? Vete, si todavía alcanzas, vete… “
 



Pedalear en comunidad: eso fue lo que buscamos. Integrarnos y crearnos entre más personas para conocer distintos trayectos, lugares, sabores y demás dentro de Jalisco. Hicimos un llamado para compartir rodadas y así fue. Nos reunimos en 33 Club Ciclista, sitio que ha sido punto de referencia para algunos que se aventuran en el cicloviaje, en la montaña, y por supuesto, en la ciudad. En Guadalajara, en la calle Justo Sierra casi con López Mateos, muy cerca de la Minerva, Mario Villaseñor, parte del equipo, nos abrió las puertas del café para comenzar con esta idea. 

Comida grupal en Teuchitlán. Foto: Miguel Asa

Aquella noche de enero de 2020, charlamos de rutas, de experiencias, de posibilidades, de caminos, de tipos de viajes y de muchas otras cosas y nos conocimos. Hicimos en breve un grupo para estar en contacto y empezamos a planear las primeras salidas. La primera elección fue ir a Tala, algo sencillo y de bajo impacto para pedalear. Ahí nos vimos las caras cinco personas. Y comenzó la aventura.  

Tala es un poblado que se encuentra muy cerca de Guadalajara, a unos 45 km hacia el oeste, por allá, en la región Valles. Dicha población es puerta a los campos de caña, a los valles y a la sierra de Ameca, que se prolonga en otras más hasta las costas de Cabo Corrientes y Puerto Vallarta. Así nosotros, decidimos compartir las jornadas dominicales como experiencias de aprendizaje.

En carretera a Tala. Foto: Miguel Asa

En nuestra primera salida brindamos prioridad a la seguridad, pues es que cualquier accidente en carretera puede ser mortal. Casco, luces y bicicleta en condiciones óptimas son lo mínimo para salir.

Tiago Testa, Zea Marina y yo, nos desplazamos desde el Andador Escorza, por avenida Vallarta, hacia la salida al norte costero. Comenzamos tres. Y después del Periférico poniente, nos encontramos con otra miembro del grupo, Eloina Castañeda, quien llevó un casco para Zea, también. El trayecto fue desde temprano, salimos alrededor de las 7:15 horas.

La foto grupal en el descanso.

A partir de ese momento, el pequeño grupo de cuatro, nos instalamos en la carretera rumbo a Tala. La mañana paso leve después de las localidades que acompañan la salida a Puerto Vallarta. Compartimos indicaciones básicas, formas de movernos en la carretera, algunos movimientos clave ante los automovilistas y otros más para los traileros. Fuimos descubriendo la buena onda de ser, de existir. Pasamos a la división de la carretera libre y la de cuota hacia Tepic. Para nosotros la libre fue la fórmula para desviarnos aún más del pueblo de nuestra bebida, Tequila. Pese a que Tala se encuentra por el rumbo, la carretera toma otro paisaje por la carretera hacia Ameca.

Descendimos por el paso desnivel hacia Tala para olvidarnos de la carretera libre a Tequila y así fue el pedaleo. Nos detuvimos en breve y comentamos sobre el ritmo y las condiciones. Todos íbamos bien. Algunos ajustes inmediatos a los cambios de una bicicleta y salimos. De ahí, nos dimos con todo el sabor de la carretera hacia Tala. Despacio y lento. Un columpio tras otro. La carretera estaba vestida de cañas, de esas que se desbordan de los camiones a su paso. Inevitable no crear una dinámica de control sobre la bicicleta para ello. Así seguimos y pasamos por diversas comunidades que entregan distintas cosas locales que hasta dan ganas de quedarse.

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Sin embargo, antes de todo esto, Gladys Cruz, otra chica del grupo, decidió alcanzarnos desde Guadalajara, pues tuvo un retraso matinal. Vaya sorpresa la de aquella ocasión. De alguna manera nos prendió más su alcance y pedaleamos con intensidad. Vimos paisajes verdes y el aroma del volcán de Tequila a nuestro costado derecho. Pasamos por localidades como Emiliano Zapata, otro ingreso al Bosque de la Primavera; el crucero a Huaxtla; y nuevas colonias que se han generado en los últimos años. Lo lindo de esto es aquella bajada prolongada antes de llegar a Tala. En ese momento, te das cuenta del Macrolibramiento que pasa sobre uno al descender. Ahí, se nota de inmediato el paisaje. Las ramas verdes de la caña por doquier. Al fondo, un paisaje de cerros a la distancia con un tumulto de enormes valles a la redonda. 

Contemplar el paisaje. Foto: Miguel Asa

Decidimos parar en la entrada de Tala, llegamos temprano, alrededor de las 10:00 h. Ahí descansamos un breve momento y esperamos a nuestra compañera que venía en solitario desde la ciudad. Ahí, nos sorprendimos del ímpetu por viajar en bicicleta e hicimos amistad, alianza y fortaleza. Ahí, nos conocimos un poco. Contemplamos un clima fresco, delicioso y sobre todo, un trayecto en el que nuestros primeros pedaleos como amigos se hizo presente.

Unos minutos después, quizás 20, no recuerdo, Gladys llegó a nuestro punto y nos alegramos. Consideramos extender más la ruta pues era temprano y el pedal pedía más candela. Teuchitlán fue el destino seleccionado. Más hacia el norte, le dimos por la carretera que lleva al pueblo de los Guachimontones, un sitio arqueológico único en su tipo en la zona Occidente de México, que se constituye por pirámides circulares escalonadas, algunos tumultos diferentes y otros. Aunque no fuimos hasta este sitio, es posible llegar en bicicleta y visitar su museo de sitio, recinto que resguarda mucha información sobre la tradición de Teuchitlán. 

De regreso por las vías verdes. Foto: Miguel Asa

El camino a dicha población se enmarca en una ruta de 17 km con una carretera amplia y plana para disfrutar de un pedaleo tranquilo y cómodo. No hay mucha altura. El desplazamiento de la bicicleta es tranquilo y existe la oportunidad de descansar brevemente a pie de carretera. Antes de llegar, sólo se encuentra una pequeña subida como puerta al paisaje de la presa de La Vega, frente al pueblo. Ahí nos encontramos con amigos del grupo de ciclistas de Tala, en una salida leve que hicieron. 

Decidimos comer en un restaurante de mariscos cercanos a la presa: Cazuelas Grill Teuchitlán. Ahí nos instalamos alrededor de las 11:00 horas. Nos brindaron un descuento por haber llegado en bicicleta y disfrutamos de una merienda única del pedaleo. Un cevichito, un caldito, por allá las tostadas, una cerveza para bajar el calor, agüita de sabor y no sé qué tanto ordenamos que la charla se hizo extensiva y le dimos rienda suelta. Eso sí, los totopos con la salsita se acabaron en dos rondas.

Descanso bajo el Macrolibramiento. Foto: Miguel Asa

Emprendimos vuelo alrededor de la 13:00 horas. El sol brillaba como él sólo lo sabe hacer. El perfume del paisaje nos dio la oportunidad de disfrutarlos. Regresamos hacia Tala y alguien sugirió un fragmento de las Vías verdes. Por ahí nos fuimos. Parando entre paisajes. Un aperitivo. El regreso es ese momento en que no deseas irte de las raíces y del sabor de otros lugares. Y vaya pedaleo tan de descanso, tan sútil. Regresamos a la carretera al borde del fraccionamiento Los Ruiseñores. Para entonces, el cansancio se fue promulgando y el ascenso se convirtió en un instante lento.

Descanso al atardecer. Foto: Zea Marina

Disfrutamos de la buena onda del clima. Reímos a carcajadas y nos dimos vuelo. La luz estaba en la despedida y el aroma a menta se hizo presente, pues Zea llevaba la esencia en el camino. Nos hizo la tarde. Descansamos una vez y otra. Aunque hicimos un recorrido de casi 120 kilometros, el ejercicio fue pesado. El regreso fue ascendente y eso nos hizo más lentos. Sin embargo, el sol, la tarde y la buena vibra nos hizo entrar a Guadalajara aún de día. Lo hicimos. Llegamos cerca del ocaso al Centro de la ciudad. Nos despedimos con una pizza y agradecimos. Pedalear para compartir experiencias es parte de la vida, es parte de nosotros, fuimos a reír lejos para acompañarnos de cerca.  

El sol, el guerrero de siempre, se quedó en cada pedaleada junto con la mezcla de olores y ruidos de coches que en momentos erizaron la piel. 

La luna se hizo presente al alumbrar las calles de la ciudad. Aquel domingo, 17 de enero de 2021, ella lo terminó con un baño caliente y el cuerpo recargado de energía para seguir conectado con la realidad. Durmió.

 

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Melaque-Vallarta: la costa jalisciense en bicicleta

Melaque-Vallarta: la costa jalisciense en bicicleta
Una ruta mexicana para aquellos amantes de las playas
Tenacatita al fondo. Foto: Miguel Asa

El frío escarba
El miedo sube
El árbol se seca
El hombre se agrieta
Los postigos golpean
El miedo sube
Ninguna palabra es bastante tierna
Para traer de nuevo al hijo de los caminos
Que se pierde en la cabeza
De un hombre al borde de la estación
Tristan Tzara

Tiago se reirá al saber que estas letras se escribieron en compañía de la canción Eu Inezito de Tatá Aeroplano, pero es necesario compartir el sabor de las cosas y de los momentos. Entre palabras en portugués, melodías de música axé y algunos tantos brasileños, durante nueve días conocimos y reconocimos sitios con gran aspecto en las costas de mi estado, Jalisco. Muchos creen que la carretera 200 no entrega sorpresas y vaya que el fin de diciembre y el inicio de enero fueron una sustancia potente para la imaginación.

Sí, viajamos durante nueve días llenos de pedaleo y mucho color. Viajé con mi amigo Tiago Testa, un chico brasileño que radica en Guadalajara desde hace dos años, y que por igual, tiene el sueño que muchos hemos vivido, viajar en bicicleta, y México, le permitió eso. Yo fui muy feliz por presentarle un pedacito de mis caminos recorridos, lo demás es historia.

La Manzanilla y su amor. Foto. Tiago Testa

No planeamos demasiado. Dejamos que la rodada de pedal y playa fuera exquisita según sus bondades. Así creamos un plan, cinco meses atrás; llegada la fecha, todo se modificó según prioridades. Fue momento de cuidarnos y de cuidar nuestro contexto. No portamos mucho equipaje: herramientas, algo de ropa y suministros varios que adquirimos en distintos locales: tiendas, fruterías y expendios.

Entre incertidumbre, cansancio y fechas encajonadas, salimos el sábado 26 de diciembre con destino a las costas de Jalisco. Primero realizamos un breve recorrido en nuestras bicicletas desde el Centro de Guadalajara a la Central de Autobuses (sí, la bicicleta puede subirse como equipaje siempre). Nuestro primer destino fue Melaque. Ahí decidimos que la ruta fuese como se establecieran las condiciones. Cabe mencionar que este recorrido fue el primer viaje de mi compañero. De ahí la felicidad y la impaciencia por ver toda la costa. 

Las playas de Tenacatita. Foto: Tiago Testa

A Melaque llegamos por la tarde. Se trata de un pueblo pesquero que es parte de lo que se denomina como la Costa Alegre de Jalisco. Ahí me han tocado jornadas muy sabrosas de reuniones, comidas colectivas, días de celebración y hasta el pulgar en alto para regresar a Guadalajara. En Melaque decidimos iniciar la ruta hacia el norte. Nuestro primer reto fue la subida montañosa previa a La Manzanilla. Con una distancia de 17 kilómetros entre un punto y otro, rodamos entre los 250 m sobre el nivel del mar, no cansado ni exhaustivo, sino divertida, tan sólo en una hora y media. Aquella noche nos quedamos ahí. 

La Manzanilla es una comunidad pequeña con mucho que otorgar. Podrás encontrar lo necesario para pasarla bien, restaurantes, tiendas, hoteles, habitaciones y casas en renta, y sobre todo, muy buena onda entre sus locales. Una playa apta para toda la familia y su esparcimiento físico si buscas algo tranquilo para descansar. En esa playa disfrutamos nuestro primer ocaso de la ruta. Alistamos el campamento a unos cuantos metros del pueblo, por el camino que lleva a Boca de Iguanas, y el frío se hizo presente.

Pedalear por Tenacatita. Foto: Tiago Testa

A la mañana siguiente y no muy temprano (hacia algo de frío) nos dispusimos ir hacia una delicia en esa ruta, y que muchos de ustedes lo consideran por igual, Tenacatita. Para llegar ahí, nos lanzamos sobre la 200 con toda la disponibilidad de existir rico en nuestras bicicletas. No es por demás que el clima nos benefició ya que nuestro hermano sol nos permitió disfrutar de una ruta sabrosa. 

Al llegar al crucero, puerta de Tenacatita, nos preparamos para disfrutar. Algunos suministros, unos rehidratantes y demás, cumplimos con los 23 km desde La Manzanilla por la 200. Es importante destacar que algunos breves fragmentos de la carretera estaban en renovación, por lo que tuvimos que adaptarnos al polvo originado por el tráfico automovilístico, pero todo marchó en orden. 

Playa Careyitos desde lancha. Foto: Miguel Asa

Tenacatita es un símbolo para muchas personas. Así es para mí, pues la considero uno de mis sitios preferidos para pasar la vida en contemplación. Ahí las caminatas, las comidas y el nado se vuelven una divina ocasión de encuentro con la Tierra. Tiago quedó perplejo al estar en esa delicia natural. Por mi parte, le dí frescura al recuerdo y al pedaleo. Decidimos pasar dos días ahí, antes de partir a una serie de constante ejercicio sin descanso entre días. Nadamos, recorrimos un poco de brecha en bicicleta y jugamos fútbol americano, entre las olas, con un coco que andaba por ahí (sí, pueden decir que hay locura, pero la naturaleza aporta su parte también). El coco volaba de lo lindo por los cielos playeros.

Punta Pérula, estero y playa. Foto: Tiago Testa

La música fue el silencio. Nunca tuvimos un horario ni un plan determinante. Por principio nuestro plan fue disfrutar, llevar lento el sistema de diversión y acoplarnos conforme el tiempo sucedía. Salir de Tenacatita fue una gozadera lenta el día martes. Hablamos de sus espacios y subimos por más carretera a lo largo de 62 km hasta Punta Pérula. 

Sin embargo, antes que todo, al medio día invité a Tiago a conocer playa Careyitos, un sitio en una pequeña bahía que brinda un misterioso fenómeno natural: una playa encerrada entre dos puntas de tierra con cercanía a una pequeña laguna. Ahí conocimos a un viajero de la Ciudad de México que había recorrido desde nuestra capital hacia la península de Yucatán y de regreso, y que a su vez, pretendía finalizar en Mazatlán. Compartimos un poco el nado y un breve aperitivo. Entre olas pequeñas, una naranja, el debido trago de agua y pocas aspiraciones a cambiar el plan, seguimos por nuestra ruta. 

Ríos en camino a Tomatlán. Foto: Tiago Testa

Llegamos temprano a Punta Pérula, a media tarde, aún había sol. Tendimos las casas no muy lejos de otras familias y compartimos lo posible. Tuvimos tiempo para disfrutar de ello y hasta una cascarita futbolera con algunos visitantes más tuvimos, a pata salada y con arenita. Después de eso nadamos de lo lindo, y no mentiré que el clima se puso sabroso, pues un frente frío desde el norte nos dio de qué hablar. En Punta Perula disfrutamos de una breve caminata por el centro del pueblo e hicimos la noche. Un par de diálogos sobre el pedaleo y las siguientes etapas. Las temperaturas de los días siguientes bajaron y las noches se volvieron la reunión de suspiros y más. Dormir en las casas fue un reto y vaya que lo disfrutamos. Decidimos ir hacia el norte y cambiar el plan inicial. Llegaríamos hasta Vallarta.

Tiago en Casa Lanni, Cruz de Loreto. Foto: Miguel Asa

Así, por la mañana del miércoles nos desconectamos de Pérula y dirigimos las bicicletas hacia Tomatlán. Para mí recordar toda esa ruta fue sorprendente. Volvieron las imágenes que en algún momento gesté cuando viaje en solitario. Los días de pedaleo constantes fueron divertidos e hicimos una parada previa a la desviación a Tomatlán. El huarache nos indicó que debíamos pasar y lograr todo lo posible por seguir en costa. 

Dejamos de lado y pasamos por diversas entradas a varias playas. Sin embargo, al estar por el ingreso norte a Tomatlán desde la 200, una señora paró en su camioneta y nos abordó. Nos comentó que esperaba a un par de ciclistas y pensó que éramos nosotros. Aún así, nos hizo el ofrecimiento de hospedaje en su hotel que se encontraba a unos kilómetros de ahí, en la Cruz de Loreto, Casa Lanni.

Una tarántula nos abordó en el camino. Foto: Miguel Asa

Decidimos romper con nuestra propuesta de subir hasta El Tuito y preferimos ganar un poco más de costa, pues después de la Cruz de Loreto vendría una terraceria hermosísima hacia Mayto, ruta que preferimos para subir sin tráfico hacia El Tuito para finalizar el sábado por la tarde en Vallarta.

En ese momento, a media tarde, las nubes comenzaron a hacerse presentes por nuestro camino. Aquel día soleado con frescura se convirtió en una tarde gris con colores saturados bajo la humedad que contemplamos. Existieron breves ráfagas de viento en contra y algunas pequeñas gotas después de pedalear más de media hora hacia el destino. Pensamos que la lluvia caería sobre nosotros, sin embargo, el clima fue justo. Llegamos al poblado y llamamos a Casa Lanni, en donde nos atendieron con cortesía y nos ofrecieron una habitación cómoda por un precio muy accesible, y lo más bello, con especial descuento para cicloviajeros. Así fue después de 70 km después de Pérula, con cambios en las temperaturas, algunas subidas y bajadas con columpios medios.

En las costas de Cabo Corrientes. Foto: Miguel Asa

Esa tarde correspondí a Tiago y a su afición por el fútbol brasileño, pues jugó su equipo favorito,  Palmeiras, contra el América Mineiro, otro equipo de por allá, en un juego importante en aquellos momentos. Vimos el partido en el móvil, y a medias, debido a la poca conexión que había, sin embargo, tuvimos oportunidad de descansar, de tomar una ducha rica y estar en nuestras respectivas camas. Al anochecer fuimos a cenar con un frío espectacular, así lo digo, pues las temperaturas de ese momentos no se habían presentado en años por las costas jaliscienses. Ahí conocimos un poco de trabajo de campo al charlar con unos jóvenes locales, y quienes a su vez, nos dieron recomendaciones sobre la brecha a Mayto.

La bicicletas en terracería. Foto: Tiago Testa
Playa, viento y soledad. Foto: Tiago Testa

Al día siguiente, disfrutamos de un buen desayuno en un puesto de ahí, eso después de obtener suministros para el resto del día. El pedaleo del viernes comenzó con lo espectacular: la fatiga de pensar en terracería. Salimos sobre empedrado al poco tiempo y de ahí, la tierra se hizo presente. Metros adelante nos metimos a una postal enorme: una brecha pequeña hacia un destino playero sin arena. Ahí disfrutamos la vista y de un breve aperitivo, una naranja y una manzana con tragos de agua. Regresamos a la terracería y todo el tiempo tuvimos túneles verdes. Al poco tiempo notamos playas largas con un mar inmenso, los vientos del norte descendían sobre las olas con una voluntad fenomenal. Esa terracería toca a varias playas así y la presencia humana es muy poca, salvo los que pasan por ahí de ranchería en ranchería más algunos locales que tienen ese camino como diario. 

Contemplamos diversas aves, un silencio enorme y llenamos de tierra el cuerpo. Conocimos diferentes paisajes, nos detuvimos en un pequeño rancho y contemplamos más extensiones de mar. Nos dimos la libertad de estar en aquel camino con más de 40 km. Llegamos a Mayto para contemplar el ocaso, y pese a todo, nos dimos cuenta que el manejo de una bicicleta dependerá de las texturas que uno tenga en el camino. 

 

Pedalear entre tierra y mar. Foto: Miguel Asa

Aquella noche fue la última de 2020. Dispusimos a platicar después del campamento y sobre todo, a compartir los detalles de lo que había sido nuestra ruta hasta el momento. Esa noche, en mero fin e inicio de año, la temperatura bajó a tal grado que tuvimos que dormir con toda la vestimenta que portabamos, misma que no era mucha. Pese a todo, el amanecer fue delicioso, un desayuno en un local del pueblo y la revisión de bicicletas para salir hacia el tramo más pesado de la semana como culminación de nuestra ruta.

Hacia Mayto con paisajes únicos. Foto: Miguel Asa

Así fue que despegamos rumbo a El Tuito. A pesar de que amaneció fresco, el sol nos cobijó durante el día en breves momentos. Subir hacia la sierra fue un éxito rotundo, aquello fue en un desplazamiento de 40 km desde 0 a 700 m a sobre el nivel del mar. No cabe duda que tuvimos una prueba que nos abrió el apetito, nos dió la fortaleza para compartir el tiempo en subida y apreciar los diversos cambios de flora y fauna a nuestro alrededor. Llegamos a media tarde al poblado amarillo. El Tuito es la cabecera municipal de Cabo Corrientes y es puerta y paso hacia diversos puntos de la costa de Jalisco. La serranía nos entregó frío de día y la continuación de nuestra ruta estaba en duda, sin embargo, pese al cansancio y al agotamiento que ya teníamos de días, decidimos pedalear hasta el malecón de Vallarta. 

Playa Mayto y un espejo natural. Foto: Tiago Testa
La última noche de 2020 en Mayto. Foto: Tiago Testa

Esa decisión fue muy divertida, ya que así como ascendimos, descendimos con una velocidad impresionante y bajo todo cuidado posible del uno con el otro. Llegamos a Vallarta en una hora y con el corazón lleno. Esa noche disfrutamos de unos breves momentos en el malecón y abandonamos el sitio para pasar la noche con uno de mis amigos de la región, Juan Fernández, uno de los más persistentes activistas ciclistas de la ciudad.

El Tuito, cabecera municipal de Cabo Corrientes. Foto: Miguel Asa

Al siguiente día lo pasamos en la playa del Holy. Fue la única vez que estuvimos en descanso extendido bajo el sol. Ahí, en el puerto jalisciense, una rica cena en la comunidad fue el detonante de que estamos aliados. En Zuzzhi nos compartieron de su labor como empresa local y contribuyeron a nuestro cierre con una cena fenomenal. En El Pitillal, hay alguien que reparte alimentos en bicicleta, y de igual manera, el corazón. De ahí nos despedimos para preparar maletas. La jornada de pedaleo cerró en la Central Camionera de Vallarta para despegar con rumbo a Guadalajara a la media noche.

Playa del Holy con bicicletas. Foto: Miguel Asa

La jornada había terminado. La ruta nos demostró quiénes somos y hacia dónde vamos. La persistencia de la bicicleta es una tenacidad que promueve la amistad y el compañerismo. Llegamos al amanecer para descansar durante domingo y reiniciar las actividades de trabajo y demás. Iniciar año con pedaleo para compartir la dicha de estar vivos. Gracias a quienes estuvieron presentes en este recorrido, fue una experiencia increíble. Viajar en bicicleta con el fin de cambiar paradigmas.

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