11 WNBR GDL: desnudez, bicicleta y cultura

WNBR GDL: 11 rodadas de libertad ciclista
Una rodada ciclonudista llena de letras, pintura y fotografía
Guadalajara. Foto: Yocelin González

Mirada sorprendida
en el hambre del día.
Donde nunca hemos estado
estaremos. Un árbol
echará raíces en nosotros
y se alzará en la luz
de nuestras bocas.
Paul Auster

Somos más en bicicleta. Tenemos menos espacio. Somos más cuerpos. Somos más potentes desde nuestros corazones. Tenemos mucho espíritu. Somos el poder de nuestras mentes. Somos la voluntad de nuestras esencias. Somos ciclistas y a la vez humanos. Somos amor. Somos ciclistas. Somos manifestación. Somos libertad. Somos un conjunto de emociones, sentimientos y pensamientos sustentables. Somos la colectividad. Somos la unidad, la fortaleza y la esperanza. Somos un grito, una masa, un estruendo.

Salida. Foto: Jorge Barragá

Somos colores. Somos volumen. Somos libertad. Somos mentes, cuerpos y espíritus. Somos arte. Somos nosotras, nosotros. Somos Guadalajara. Son doce años de esfuerzos. Somos once rodadas de manifestarnos. Somos la letra, la imagen y la bicicleta. Somos una catapulta de sueños. Somos los vivos que reclamamos por los muertos. Somos la misma poesía, la que anda en bicicleta, en la ciudad. Somos la huella de los que nos hicieron reír. Somos la pasión de las dos ruedas. Somos los que vivimos a diario en bicicleta. Somos los que construimos el mundo desde el corazón. Somos la pauta de la diversidad. Somos la integridad de nuestra sensibilidad. Somos la velocidad de nuestras piernas. Somos la grandeza de la sonrisa. Somos nosotros los que nos manifestamos, desde nuestras pieles, hacia el exterior. Somos una galaxia de corazones. Somos la World Naked Bike Ride Guadalajara y celebramos 11 ediciones.

Puente Matute Remus. Foto: Itinerante

Y así, tras 12 años de persistir desde una voz internacional para nuestra Guadalajara, reunimos a más de 2 mil personas en esta edición que tuvo una variación a diferencia de años anteriores. Y es que esta vez, sí fuimos. Quisimos acercarnos más a la cultura y logramos. Es importante reconocer que este movimiento internacional no es por demás una cosa leve en las sociedades. No logro percibir que a pesar de que nuestra ciudad se bañe de una moral estruendosa todavía existen discusiones sobre la naturaleza de nuestros cuerpos. Sin embargo, he notado que cada año el movimiento cambia, se resiste, se van personas y llegan personas. Y es que comprender qué somos, es simplemente eso, percibirnos, así, sin tapujos y en nuestra libertad de expresión.

Manifestación. Foto: Yoceline González

Este año, logramos involucrar a marcas locales para impulsar nuestra ala cultural y funcionó. Es imposible olvidar que la World Naked Bike Ride Guadalajara ha conllevado diferentes momentos, en ocasiones virtuosos, y en otras tantas, no tan favorables, sin embargo, se ha manifestado como una de las rodadas más esperadas del año, pues nuestra manifestación no es parcial, es total. Por tal motivo, hemos considerado seguir en la contemplación de nuevas oportunidades de encuentro, así la literatura y las artes como una relación de fortalecimiento. 

Los Arcos del Milenio. Foto: Itinerante

Parte de ello fue el primer Concurso de bodypaint que se generó este año y que tuvo como incentivo diversos productos culturales ofrecidos por la comunidad que de una u otra forma apuesta por una movilidad sustentable. Gracias a Cerveza Ave Nocturna por las refrescantes piezas artesanales compartidas; a Black Sheep por su delicia de pizza; a La Panadería por las muestras de sabor; a Mantis Editores por los libros de poesía ofrecidos; a La Plotteria por los carteles y las calcomanías; a Kombucha Belot por sus hidratantes bebidas; a El Salón de la Bicicleta por el casco otorgado; a Duke Ciclismo y a 33 Club Ciclismo por los servicios para nuestras premiadas. 

Así también gracias a Hostal Casa Colores por la oportunidad de ilustrar nuestros cuerpos, el desayuno y la merienda. Y de igual manera, gracias a Hospedarte Hostels por la gracia y el espacio para celebrar nuestra premiación y culminación del día. A toda la comunidad, siempre, gracias por incluirse en los despapayes de nuestra ciclonudista. 

 

Descanso. Foto: Yoceline González

Me encantaría decir que hicimos poco, pero no, además de eso, 2022 será el año que se recuerde en el que nos acoplamos con la manifestación del Orgullo en el corazón de Guadalajara, y así como nos vieron, los vimos, existió la diversidad en la movilidad y viceversa. Nunca antes la Plaza Liberación había tenido dos manifestaciones en auge, lo que representó un reto para las autoridades municipales, sobre todo, por salvaguardar a los contingentes en dicho punto. Ese momento de encuentro no lo verá de nuevo esa gran cantidad de asistentes que fuimos. ¡Qué rico fue gritar delante de todos movilidad y diversidad! Mi cuerpo al desnudo en el marco de la bandera arcoiris es una sensibilidad que no volveré a encontrar de nueva cuenta en el espacio público. Definitivamente la oportunidad y el momento fueron una entrega de parte de todas las comunidades. 

Los Arcos. Foto: Itinerante

Pero cada año siempre es una oportunidad de crear la ruta para contemplar los momentos, los actos, los diálogos, y este año, la línea de nuestras ruedas se convirtió en la más larga. Pedaleamos alrededor de 23 kilómetros a una velocidad moderada y pudimos disfrutar sin ningún incidente. Así lo hicimos desde el inicio y toda la carga fue precisa. No hubo error, hubo paciencia y nos ayudó que el clima se haya vuelto a nuestro favor. Hicimos un medio descanso en el ingreso a la plancha de la Plaza de Armas con el objetivo de leer en conjunto un poema especial para recordarnos la vida, la memoria y el atino de la movilidad con la obra “La bicicleta” de la poeta Carmen Villoro, a quien agradezco su disposición por participar, asistir y permitir la lectura de sus letras en voz alta por todo el contingente. Es un acto que quedará en el pedaleo de nuestros cuerpos. 

Los Arcos del Milenio. Foto: Itinerante

Tomamos una de las avenidas principales de oriente a poniente con el fin de manifestarnos sin mesura pero con mucha alegría. Avenida Vallarta fue nuestra pasión de este sábado, en el que un gran número de tapatíos y de extranjeros, nos observaron, desde la banqueta, desde la calle, desde sus casas, desde los edificios, desde las plazas, desde las avenidas, desde muchos puntos, con el fin de concientizar que en nuestros cuerpos llevamos nuestras vidas.

Tuvimos equipo de fotografía por igual, manos que apoyaron desde su visión a generar momentos de nuestras acciones, de nuestra manifestación, de nuestra libertad de ser. A cada una de las y los magos de las cámaras, siempre gracias, en especial a nuestro compañero visual desde nuestros orígenes, Ulises Ruiz Basurto, siempre, tan especial y tan amable con la cobertura de toda la ruta. Cuando hay una bicicleta en movimiento el periodismo se ejecuta al por mayor.

Mírame. Foto: Itinerante

Quisiera dejar una estela poética de todo este quehacer y sólo recuerdo con gracia un fragmento del poema de Carmen:

Un día tuve una juventud 
que expresó su delirante algarabía
sobre una bicicleta: 
los brazos levantados, 
apretados los puños, 
el manubrio apenas controlado
con un toque sutil de las rodillas,
la marcada pendiente ante mis ojos,
la vida que se cruza en una ráfaga. 

Y la vida llega, me apapacha y de repente pasamos por el puente Mature Remus, y para cerrar, el puente de Los Arcos del Milenio. En esta ocasión la fotografía nos permitió la evidencia. Fuimos héroes de nuestro propio espacio, pues en esta ciudad y con el nivel de complejos sociales que se ejecutan a nivel sociocultural, desnudarte en una bicicleta por las calles aún funciona como un acto de rebeldía y de perturbación de la idiosincrasia, sin embargo, para nosotros es la muestra de nuestras vidas frente a todo el daño posible más allá de los automotores. Resistamos pues que somos aún.

Centro. Foto: Yukineri Azano

Somos un espejo. Somos una gota. Somos una hoja. Somos muchas bicicletas, patines y patinetas. Somos una especie única en la ciudad. Somos aire. Somos baile. Una marea natural de pasión colectiva. Somos el estruendo de nuestra comunidad. Somos la fuerza de aquellos que resisten desde otros puntos y se vuelcan en sus imposibilidades. Gracias Vanessa Botello, Antonio González, Sergio Chávez, Dula Polanco, Naomi Greene, Yukineri Azano y Karla Martínez por haber hecho esto posible.

Es tiempo de seguir desnudos ante el tráfico. Que el arte sea la morada de nuestros cuerpos y nos ayude siempre a preservar un diálogo integro entre las partes de nuestra sociedad, más allá de nuestra geografía. Este día es único. Hoy miro el pasado y sólo río, mucho, sí, eso sí. Desnudarnos para permanecer. ¡Qué divertido ha sido compartir con muchas y muchos de ustedes!

Bicicleta: el arte de pedalear para compartir

Bicicleta: el arte de pedalear para compartir
De cómo la máquina de dos ruedas promueve la cultura
Biciratón. Ilustración: Yossilustra

Los animales hablaban primero,
el pájaro perfeccionó el diccionario,
la orquesta sólo lo hizo girar, girar,
soltar sus espirales y recogerlas
en la manga con botones heráldicos.
José Lezama Lima

Pedalear es ese verbo que a muchos nos apasiona. Es ese verbo que suena tan sencillo para marcar una diversidad enorme en cuanto a la forma de movernos. Las esencias cambian. Todo está sujeto al alcance de nuestro corazón, de nuestro propio movimiento. Y así, la bicicleta, es más que una herramienta de sensaciones, pensamientos, sentimientos y emociones. Ese verbo me persiguió desde muy temprana edad y comprendí nuevos sistemas de aventuras. Desde entonces, cada día de mi vida ha sido diferente: el trayecto lejanísimo a las tortillas, las tardes de los infantes ciclistas, las calles invadidas por diversos tipos de bicinautas y siempre el ocaso estuvo ahí. 

Pensar en pedalear es ser consciente de nuestras capacidades. Si bien es cierto que en México creímos que lo mejor fue construir infraestructura para los automóviles, han llegado generaciones que creemos en otro tipo de movilidad, en otra unión de las ciudades y de los pueblos, y por más pequeño que parezca, se trata bien de un ejercicio que poco a poco gana terreno, pues nunca dejó de existir, sino que ahora, con mayor ahínco, se ha visibilizado. 

Pedalear es transformar el pensamiento, la calidad de vida y los sueños. Todo se mira con mayor detenimiento y hay más atención en el placer de contemplar a la naturaleza. No discrepo en que las máquinas motoras son excelentes herramientas para las actividades humanas, sin embargo, la comodidad, el egoísmo y la avaricia nos han implantado la creencia de que requerimos cierta máquina para mostrarnos con cierto poder adquisitivo, de igual manera, con formar parte de cierto nivel social, y así muchas ideas similares que lo único que han probado en realidad, es acrecentar las posibilidades entre individuos, mismos que lastiman a todo el colectivo, aunque no lo parezca. 

En muchas ocasiones me he preguntado por qué en ciertos pueblos, ciudades y países existe la discriminación hacia la movilidad sustentable, hacia las personas que intentamos cambiar un poco nuestros contextos para valernos con el corazón abierto como humanos, hacia los sueños de vivir en un planeta más sano y más justo. Sin embargo, pese a que no existe una respuesta oportuna para ello, algunos tratamos de compartir otras perspectivas, caminar y pedalear como herramientas de creatividad. 

Y es ahí en donde me interno. Hasta hace poco, entre un grupo de gestores culturales, comprendí que la movilidad sustentable no estaba dentro de los temas de importancia de la cultura, ese artefacto social que no se sabe dónde inicia y dónde termina. Desde esos momentos entendí que por más que en los últimos años se hayan ejercido muchas acciones en pro de la movilidad sustentable, los mediadores, los creadores, los productores y otros tantos más de la cultura, no han tomado en cuenta las posibilidades de crear cualquier tipo de arte con la comunidad a partir de la movilidad sustentable. 

Si todos hemos tenido, por lo menos, una bicicleta en nuestros contextos, por qué hemos desvalorizado la posibilidad de integrar otros tipos de herramientas que nos permitan ampliar el discurso de nuestra movilidad en nuestros entornos. En qué momento nos convertimos en viajeros de cápsulas metálicas, en qué tarde inundamos los espacios de contaminación y de indiferencia, cuándo sucedió todo eso. 

Es entonces cuando creo de vital importancia que la cultura debe abrazar a otros rubros que permiten que exista, así la literatura y las artes como medios de reflexión social hacia nuestros corazones, caminar, pedalear, compartir. No cabe duda que en mi ciudad, Guadalajara, México, se han generado grandes esfuerzos por abrir otras perspectivas de la movilidad, y aquí vamos, sin embargo, falta un enorme trabajo desde los sectores de la educación y la cultura, esto sin menospreciar a aquellos grupos civiles, estudiantiles o alternos que promueven el uso de la bicicleta, todo para incidir a otras generaciones. 

Actualmente, la comunidad artista debe de emprender trabajos hacia una colectividad desde la cultura, y por su parte, las entidades de la movilidad sustentable, tanto civiles como gubernamentales, generar los procesos para que ésta tenga otros accesos dentro de la comunidad, sobre todo, con las nuevas generaciones, quienes han visto crecer el movimiento ciclista sin un orden y sin una guía social. 

Llevo más de 30 años sobre la bicicleta y con ella he aprendido en un sinfín de aventuras. Es tiempo de compartir nuestra creatividad hacia otros discursos que nos permitan darnos cuenta, de manera más profunda, que la movilidad es esencial para todos, que así como comer y dormir, los verbos caminar o pedalear deben ser una pauta recurrente en nuestra cotidianidad. No es momento de seguir entre la furia de la discriminación y el egoísmo urbano, preciso saber que debemos impulsar otras formas de movernos desde la educación y la cultura, y así, en compañia de otros rubros posibles. Porque movernos es vital, compartir es esencial. Las calles son de todos, la vida no es dos veces.     



Puerto Vallarta: vuelo de un zanate

Puerto Vallarta: vuelo de un zanate
La ciudad costera de Jalisco desde los ojos de un ave
La bahía de Puerto Vallarta. Foto: Abish Meza

tú que me mira borrarte del espejo,
sumergido en el agua nuclear de esta palabras.
Luis Armenta Malpica

La grácil pata derecha del zanate deja su huella sobre la arena. Después la izquierda. Después la derecha. Traza una estela de triángulos diminutos que se van desvaneciendo en la humedad del mar. El susurro del agua le previene de una ola. Siente la sal en las patas. El aire matinal acaricia su plumaje mientras busca el desayuno en la mansedad de Las Gemelas.

Roca de río. Foto: Carlos Sánchez

Un par de toallas extendidas sobre la arena, una hielera, una sombrilla multicolor y una pequeña bocina gris que resuena con la música de la música de Luis Miguel conforman el panorama ribereño. A escasos metros de distancia se encuentra una familia de cinco integrantes (una pareja adulta, sus dos hijos y la madre de ella) disfrutando del acogedor calor veraniego y la frescura del agua salada; son las únicas personas a la vista, por lo que el zanate, en un andar furtivo que no interrumpe el juego de pelota de los pequeños, ni la charla de los adultos, se aproxima para tomar con el pico las migajas de pan que la familia dejó durante el almuerzo.

Mural de George Mosiika. Foto: Sheccid Meza

Los pies del padre de familia se cubren por una capa uniforme de arena al salir del mar. Indiferente, va por una lata de cerveza cuando encuentra al pajarillo intentando hurtar más pan de la hielera. Con el ceño fruncido y movimientos bruscos le ahuyenta de repente. Las alas del zanate, frenéticas, emprenden el vuelo. Viajan por arriba de la jungla en dirección a la isla Cuale, y apenas cinco minutos más tarde aterriza en una de las grandes rocas del río. Decide tomar un baño a la sombra de los enormes árboles cuyas ramas, repletas de garrobos, se conectan de un lado a otro del riachuelo. Escucha atento el murmullo del agua deslizándose hasta la mar, así como el parloteo de turistas que deleitan sus pupilas con las curiosidades del Mercado municipal.

Bosque de las piedras. Foto: Sheccid Meza

Una vez sus alas completamente secas, alza el vuelo hasta el Cerro de la Cruz para tomar una siesta en punto de las once. Indiferentes a la presencia del zanate que reposa en la rama de un árbol, varias personas dan hasta su último aliento para llegar al mirador. El esfuerzo vale la pena. Allí, fotografían la vista panorámica de la región; desde la llena de vida Boca de Tomate hasta el sencillo encanto de Nuevo Nayarit. Un subir y bajar de diminutas figuras de exploradores se lleva a cabo en las próximas horas hasta que el sol es demasiado intenso como para que humano alguno desee atormentarse a sí mismo al subir por la pendiente con la nuca bajo el sol. Cuando el zanate despierta y se encuentra en soledad, parte un vuelo hacia la Marina impulsado por el hambre.

 

Huella del zanate. Foto: Sheccid Meza

Desde las alturas se observa el amplio mar con sus manchas de azules claros y oscuros, y con sus blancas olas azotando contra las piedras de la bahía. Hileras de botes se tambalean ancladas al muelle, mientras uno que otro pescador regresa con su hielera repleta de pescados. Más allá, una larga cadena de restaurantes festeja la gastronomía regional e internacional. Poco a poco el zanate desciende, siguiendo sus agudos instintos. La basura repleta de restos de comida pasa desapercibida al observar las brillantes escamas de los pececitos que se aglomeran cerca de la superficie del mar. Sin dudarlo, se zambulle para rápidamente salir con un pez aleteándole en el pico. Se lo traga y repite la acción hasta que su estómago está satisfecho. Piensa en tomar una siesta en la roca de siempre, pero la ágil mordida de un cocodrilo lo asusta. Graznando, vuela a toda velocidad fuera del muelle, justo cuando un majestuoso crucero se estaciona en las aguas del puerto.

Anclados. Fotos: Sheccid Meza

Llama la atención del zanate el bullicio de un barco pirata que inicia su recorrido diario, y, mientras admira las bugambilias al ras del piso y los tabachines que pintan a Vallarta con los colores del atardecer, sigue su estela hasta el centro de la ciudad. Allí, el despreocupado actuar de los turistas contrasta con el veloz vuelo del ave; una diversidad de personas baila al compás del son cubano en La Bodeguita del Medio mientras otras tantas esperan su turno para llevarse una fotografía en las enormes letras de ‘‘Puerto Vallarta’’ y su emblemático caballito de mar; al compás de la flauta y el tambor, los voladores de Papantla surcan el cielo en un baile ancestral, tobillos anudados a una soga de la cual penden sus vidas durante trece vueltas. 

Parroquia. Foto: Sheccid Meza

Contagiado repentinamente por aquel festivo panorama, el zanate recorre la bronceada exhibición de esculturas que se extiende por todo el malecón hasta la Plaza de Armas. Bajo la humedad de la bahía, parejas por arriba de los años cincuenta se divierten al ritmo del danzón, interrumpidos tan sólo por las campanadas de la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, que, con su fascinante arquitectura neoclásica, anuncian las ocho de la noche.

Bienvenida. Foto: Sheccid Meza

El ave retorna el vuelo por el río Cuale, siguiendo la ruta de la diversidad. Los colores del arcoíris inundan el Parque de los Azulejos y toda la zona Romántica, haciéndose notar aún más en CC Slaughter y Paco’s Ranch. Personas de todo género, orientación sexual y procedencia se dan la mano y cantan a todo pulmón Born This Way de Lady Gaga. Cansado pero satisfecho del viaje tan estimulante, desde el muelle de Los Muertos sigue el rumbo hacia playa Las Gemelas.

Escultura de Alejandro Colunga. Foto: Sheccid Meza

Pasó el tiempo y nos invadió la pandemia. No estoy segura cuándo exactamente cambió mi entusiasmo por la bulla subterránea. Pero de un momento a otro dejé de ver el tren como una ventana al mundo exterior y se convirtió en una vista hacia el interior. Me volví presa de mi mente, ensimismada gracias al aplastante desasosiego urbano. Los viajes tornaron abrumadores, quizá también para otros ya saciados de la constante invasión audiovisual. Basta con ver el cansancio de los viajeros evidente en sus ojos distantes, para saber que no soy la única que siente el agobio.

La Mexicaneidad. Foto: Jacqueline Loweree

La grácil pata derecha del zanate deja su huella sobre la arena. Después la izquierda. Después la derecha. Traza una estela de triángulos diminutos que se van desvaneciendo en la humedad del mar. El susurro del agua le previene de una ola. Siente la sal en las patas. 

Entreflores: una comunidad agroecológica

Entreflores: una comunidad agroecológica
Una huerta educativa intercultural y abierta
Grisel Gallardo Entre Flores. Foto: Alberto Delgado

Zapata entonces fue tierra y aurora. 
En todo el horizonte aparecía 

la multitud de su semilla
armada.
Pablo Neruda 

 

Tras recorrer en bicicleta por la mañana aquella alborotada brecha del antiguo camino a Tequila que entronca con la carretera a Nextipac, se avistan maizales crecientes que lucen majestuosos, refrescantes y verdes en temporal de lluvias. Abrazado por terrenos de maíz, invernaderos de frutos rojos, campesinos y perros pueblerinos, está la Comunidad Creativa Entreflores (CCE), un proyecto gestado hace aproximadamente ocho años por iniciativa primigenia de Juan Francisco Gallardo, egresado de una “universidad de Francia”, según el biólogo Luis López Caldera, alias “Balaam”, quien eventualmente fortaleció con su apoyo y compromiso. Actualmente, Balaam conduce las propulsiones futuras del proyecto junto al agrónomo Cesar Marcelo Gómez, quien se autonombra como Chelo, ambos egresados del Centro Universitario de Ciencias Biológicas y Agropecuarias de la Universidad de Guadalajara. Ellos y su equipo me reciben cuatro días, aunque a veces cinco o seis a la semana y muy generosamente me permiten aprender, empaparme y trabajar junto a ellos los procesos vitales del ciclo de la tierra. 

Balaam y hortalizas. Foto: Alberto Delgado

Sobre dos ruedas y con buen ritmo desde la ciudad de Guadalajara, en una hora y cuarto se llega a Nextipac. Si lo tuyo es pedalear en tranquilidad, la mejor ruta será llegar por las avenidas Aviación y Ramón Corona. Si te late el ajetreo de la velocidad, pedalear sobre la carretera a Nogales-Vallarta hasta La Venta del Astillero, es otra opción para llegar. Una vez en CCE, se es recibido por un pasillo de aguacates e invernaderos con flores; se avista una parte de las hortalizas que cultivan y claro, por ahí se ve uno que otro aliado del proyecto, en la cosecha, con las semillas, en la trasplantación, en la camas de cultivo.

 

Cultivar lavanda. Foto: Alberto Delgado

CCE es un “lugar donde se puede experimentar creando tu propia realidad con tus propias reglas”, describe Balaam. Ellos han aprendido a vivir la mutación, la constante adaptación al medio, a las vueltas que ha dado el equipo. Son un “grupo de personas intentando formar comunidad en entornos naturales”, ahí la jerarquía es la tierra y el suelo nos nivela por igual. Desde la concepción del proyecto, ha sido la búsqueda de inspiración, la necesidad de generar agroecología en un pueblo sometido por la agricultura convencional industrializada, lo que les ha motivado. Las parcelas de maíz y aquellos invernaderos de infrutescencias que rodean las inmediaciones del rancho se tornan cuestionables por la masividad de sus producciones o por estar en un entorno que, en su naturaleza climatológica, desfavorece a los berries, por ejemplo.

Parte del equipo. Foto: Alberto Delgado

Genuinamente, en CCE, promueven la transgresión a esas formas de cultivo que deterioran, en muchos sentidos, la salud ambiental y la salud humana, ellos “comparten el conocimiento sobre la vida, la naturaleza y las formas alternativas de vivir en armonía”. Es un lugar que continuamente recibe a grupos escolares de diversas edades, familias; que tiene un programa de voluntariado de voz a voz o a través de la plataforma Workaway. Esa es la manera en que reproducen sus ideologías, sus formas, sus proyecciones futuras, así es como me han permitido inmiscuirme en sus jornadas. 

 

Los colores naturales. Foto: Alberto Delgado
El fruto de ser. Foto: Alberto Delgado

A través del huerto, observo que anteponerse al sistema de producción agrícola convencional, demanda esfuerzos extra al agricultor contemporáneo, que en realidad son esfuerzos de antaño reavivados, por ello es importante cada parte del proceso y cada una implica el trabajo físico, la presencia, el estar. Momento presente, aquí y ahora, meditar la cosecha, sopesar la recolección de semillas, imaginar mientras transplantas, examinar la germinación, introspectar mientras riegas, reír al compartir, creer en lo que haces, desear influir en el futuro. Ahí, “el espacio te reta, te auxilia, te enriquece y tú a él”, según Yiyo, aliado cosechador del grupo, quien además dice que “el huerto, es ya un ente vivo con un propósito que se alimenta cada día con el esfuerzo de todos y a su vez, todo ese esfuerzo, se transforma en salud, nutrición para quienes estén dispuestos a descubrirse a través de él”. 

 

Maíz y sabor. Foto: Alberto Delgado
El trabajo. Foto: Alberto Delgado

Actualmente, vivo por estas latitudes después de haber pasado mi vida entera en la ciudad y, no me cabe duda de que venir aquí es un baño de luz que refresca la mente, aclara las necesidades, apacigua al ego y cuestiona al ser. Escaparse un día, un par de semanas, un mes o hasta un año a este lugar, quizá te haga pensar que una revolución desarmada es posible pues, en CCE se producen bálsamos medicinales, extractos, infusiones, jabones saponificados, cosechan hortalizas varias como kale, berza, bok choy, distintas lechugas, hinojo, betabel, zanahoria, berenjenas, pepinos, chiles, flores comestibles, solo por mencionar algunas de las maravillas que cultivan y elaboran. Es realmente emocionante e inspirador descubrir que la alimentación puede ser patrocinada por la tierra, producida por tus manos y cocinada con tu imaginación. Es posible estar rodeado de plantas medicinales que casi susurran al oído la medicina que resguardan.

Sembradío medicinal. Foto: Alberto Delgado

Así entonces, cada día que visito el lugar, está presente la palabra voluntad en mi cabeza. Voy rodando e inventando un montón de utopías, fruto de mis idealizaciones. Ahí entre flores, veo más de cerca ese futuro que imagino y disfruto de comer sabrosos platillos que ponen a prueba mis capacidades de improvisación con los recursos que hay a la mano. Los arroces de colores son la especialidad de Balaam.  

Cuidar. Foto: Alberto Delgado
Jabones herbales. Foto: Alberto Delgado

De Juárez a Nueva York: murmura el desierto

De Juárez a Nueva York: murmura el desierto
Cuando el viaje te encierra bajo las entrañas de una ciudad
Ocaso en Nueva York. Foto: Jacqueline Loweree

Ahora escribo pájaros.
No los veo venir, no los elijo,
de golpe están ahí, son esto,
una bandada de palabras
posándose 
Julio Cortázar

No todo viaje se emprende sobre ruedas en la carretera o después del punto de seguridad en un aeropuerto. Hay viajes que comienzan con el descenso al subterráneo, a las entrañas siniestras y húmedas de una ciudad. La distancia es relativa. No todo viaje libera. No todo viaje es escape. Hay viajes que te recuerdan con cada mirada indiferente de los demás pasajeros que vives en una jaula de concreto. Muchos dirían que es de oro, otros no se atreverían a otorgarle una descripción tan desfavorable. Pero para mí, y me imagino para muchos otros, el viaje que realizo cada vez que me subo al tren de la Ciudad de Nueva York me encierra.

Autorretrato. Foto: Jacqueline Loweree

Este encierro no comenzó sobre las escaleras de la estación del tren. El viaje en sí ha sido mucho más largo, uno de años y noches sin dormir, de sacrificios y lágrimas. Llegar a vivir en la Gran Manzana fue un reto que logré a raíz de mi diligencia como estudiante y después como profesional. No vengo de privilegio, en el sentido usual de la palabra. Vengo de la frontera de México con Estados Unidos, donde la temperatura es matadora y la lucha en el desierto es inigualable. 

Do not lean on door. Foto: Jacqueline Loweree

Recuerdo la niñez en esa frontera con nitidez. Fue dura. Las condiciones, no gracias a los inmensos esfuerzos de mi familia, impusieron una aceleración inmediata de la juventud a la adultez. El pan de cada día se conseguía bajo el sol con pico y pala donde uno debe limpiarse el sudor polvoriento de la frente con harta frecuencia para que las gotas al derramarse bajo la ceja no cieguen los ojos. Lo escribo en metáfora, pero hay mucha verdad en ello. 

Alguna colonia de Ciudad Juárez. Foto: Jacqueline Loweree

Así que, por las mañanas, antes de que todos se despertaran, solía esconderme en el patio de la casa a leer donde me enajenaba en las imágenes de los textos una y otra vez. Siempre leía los mismos libros. Eran lo que había. Durante ese receso matutino, imaginaba otra vida, así conseguía el viaje lejos de la batalla constante y la escasez en la que nos encontrábamos. Yo quería caminar sobre el pasto verde y fogoso porque sólo paseaba sobre asfalto ardiente y tierra pálida. Yo quería estaciones como la primavera y el otoño, porque en el desierto sólo vivía dos estaciones, el calor que amenaza el desmayo y el frío que te cala hasta en los huesos.

Mascota y nubes. Foto: Jacqueline Loweree

Mi madre me decía, “estudia porque será la única oportunidad que te podré dar para salir de esto.” Así fue. La primaria y la secundaria las terminé a duras penas. La preparatoria logré a pesar de la rebeldía juvenil que, a todos de alguna forma u otra, nos domina. Pero la carrera me resultó mucho más difícil. Entre el trabajo y los estudios, los matrimonios fallidos y el desborde de una enfermedad crónica, el estudihambre y el desvelo, batallé para conseguir las notas necesarias para terminar el posgrado, con la voz de mi madre siempre en el fondo, “tú eres más fuerte de lo que te imaginas.” Al final me gradué con honores.

Línea. Foto: Jacqueline Loweree

Avancemos una década desde que recibí el título de maestría y desarrollé un trayecto laboral de mi gusto. Estoy donde quise estar desde la infancia. Tengo al alcance el pasto verde del Parque Central y experimento cada temporada los cambios del follaje de un verde brillante veraniego a una mezcla otoñal de rojo, amarillo y café. No es necesario leer los mismos libros porque ahora tengo con qué conseguir más. Vivo en la ciudad de la eterna abundancia, ajena a la escasez desértica, llena de olores, colores, sonidos, gente de mil historias, museos, bibliotecas, arte, oportunidades y experiencias. No tengo porqué despertarme antes que todos a soñar en lugares lejanos, a escapar en un viaje mental como solía hacerlo.

One way. Foto: Jacqueline Loweree

Sin embargo y a pesar de todo lo que he conseguido, todas las mañanas junto con mi taza de café y mis ojeras semipermanentes, emprendo el vuelo. Me pienso en otro espacio. En un lugar tranquilo. Sin ruido. Donde pueda pensar y así coger con la mano los momentos fugaces que se me escapan con la monotonía del ajetreo neoyorquino, porque para vivir aquí tienes que entrar dentro de esa frecuencia de alta producción. Quiero desacelerar el tiempo y embriagarme en mi soledad. Necesito descansar y dejar escapar el aire de esta olla de presión en la que me encuentro. 

Rascacielos. Foto: Jacqueline Loweree

Así que regresemos al tren, a ese laberinto de miles de trayectos que transpira un vapor constante por las rejillas de las banquetas. Para muchos el tren es un fenómeno destinatario de logística grandioso, el que transporta todos los días a millones de personas con algunos retrasos (aunque un neoyorquino no diría “algunos”). Al principio para mi este fenómeno era más que un instrumento práctico, era una oportunidad antropológica. Un espacio donde podía observar las diferencias socioculturales geográficas, la moda contemporánea como el street fashion del barrio y la formalidad de Wall Street, asimismo deleitarme del entretenimiento gratuito de los cantantes aspirantes y los acróbatas en las estaciones de Times Square. Me parecía increíble como dentro de un espacio tan pequeño se encontraba tanta diversidad. 

México. Foto: Jacqueline Loweree

Pasó el tiempo y nos invadió la pandemia. No estoy segura cuándo exactamente cambió mi entusiasmo por la bulla subterránea. Pero de un momento a otro dejé de ver el tren como una ventana al mundo exterior y se convirtió en una vista hacia el interior. Me volví presa de mi mente, ensimismada gracias al aplastante desasosiego urbano. Los viajes tornaron abrumadores, quizá también para otros ya saciados de la constante invasión audiovisual. Basta con ver el cansancio de los viajeros evidente en sus ojos distantes, para saber que no soy la única que siente el agobio.

La Mexicaneidad. Foto: Jacqueline Loweree

Dentro del tren se ve la vida pasar rápidamente por la ventana, así como se ve en un coche recorriendo la carretera. La gran diferencia es que en el tren de nuestra ciudad no ves lo que se aproxima y lo que dejas atrás. Lo único que ves es la oscuridad. Hay veces que recuerdo con nostalgia el silencio desértico, donde sólo se escucha la noche, nada más. Me pongo a reflexionar sobre el porqué de mi claustrofóbica inconformidad. Aún no encuentro respuestas que me satisfagan, pero lo que sí he aprendido con certitud es que en un viaje no hay destino final y no todo es como te lo habías imaginado. 

Después de tantos viajes, 
aniquilados por la agotable lucha capitalista 
hacia la desencadenante felicidad urbana, 
cerramos los ojos sin pegar un párpado 
y nos trascendemos. 

Pero de vez en cuando, el tren se estremece 
y nos recuerda que aún continuamos el viaje, 
nuestra parada por llegar. 

Tú me sujetas entre tus brazos 
para que no me caiga, y en ese paraje 
sé que todo va a estar bien.



Ululayu: cicloviaje, gestión y cultura

Ululayu: cicloviaje, gestión y cultura
El pedaleo en un viaje con versos y trazos
Miguel Asa en Sudcalifornia. Foto: Alberto Zamaniego

Este artículo fue publicado originalmente en La Bicikleta, ahora llamada, Pedália, el 17 de agosto de 2016. Lo publico aquí como parte de la memoria que ejercimos algún momento.

Aquí debí colocar un epígrafe de algún escritor:
la bicicleta dijo ser letra que convierte
l
os colores en la libertad de todos.

Despiertas y sabes que todo cabe en imaginar. Pedalear siempre hacia todo y hacia nada. Cantar con el viento en curso, fuera de ti, en el espasmo de los horizontes, a pie de carretera. Gritar a todo pulmón. Viajar sin recursos. Gestionar bajo trueques y a distancia. Simplemente compartir. Y sobre todo, saber que la bicicleta es un personaje y tú el ente que lo acciona. Y dos son uno, son uni-verso, son verso.

La escritura como la memoria del viaje. La fotografía en su función documental. Ambas, de cualquier sabor y olor; desde hace tiempo y hasta no sé dónde; por el valle, la terraceria, el barrio, el pueblo, la ciudad, y todas las historias en todos los sitios. Contigo, en equilibrio constante, algunos libros como parte del peso que tus rodillas impulsan sobre la bicicleta junto el cepillo de dientes, la bolsa de dormir, las parches, los poemas en proceso, las amistades fortalecidas, las fotografías impresas, los calcetines rotos, las cámaras, los huaraches y no sé qué tantas cosas más dentro de las alforjas. Y por si fuera poco, también, rollos de calcomanías con cuatro palabras para evolucionar en movimiento como peso adherido. Letras e imágenes sobre la cinta asfáltica sin destino alguno. Creer en la bicicleta hasta en la revoltosa caída que juega a lastimarte (aquí no es la Luna).

Mural en Múlege, Sudcalifornia. Foto: Delmer Zúñiga

Una expedición acompañada de literatura, artes y medios como elementos para compartir en múltiples soportes, plataformas y comunidades, y por igual, considerar a la bicicleta como algo más que un medio de transporte o de recreación: una constelación que abarca millones de palabras e imágenes, máquina que en todas las galaxias nos permite converger en infinidad de espacios, y en ellos, manifestar nuestras particulares visiones de la libertad fuera del ser físico.

Por lo anterior sabes de antemano que no eres el único que ha creído en la bicicleta como un viaje sideral. Cuántos son los escritores y artistas que han recurrido a ella como influencia de sus creaciones: Horacio Quiroga, Alejandra Pizarnik, Pablo Neruda, Sylvia Plath, Julio Cortázar, Isabel Mellano, David Byrne, Julie Glassberg, Thomas Yang, Irina Stepanova, Alain Delorme, Elsa Fernández Santos, Adams Carvalho, Llucia Ramis, Amos Oz, sólo por mencionar algunos entre un número inmenso a lo largo de la historia, por ello, no bastaría la vida para analizar todo lo que ha sucedido alrededor de ese artefacto mecánico en su relación con la literatura y las artes.

En Mayto, Cabo Corrientes. Foto: Miguel Asa

Por otro lado, para ti la bicicleta es más que un sustantivo dinámico, así como cualquier otro adjetivo que te pueda sorprender, todo porque la interacción física-mental que ocurre en ti al pedalear genera un espacio de felicidad, te permite sonreír, sentir intensamente dicen unos, volar (vaya cliché) dicen otros, y todo alrededor, flota (eso lo dices tú), y sobremanera, un sinfín de sentimientos y emociones que provocan a tu creatividad. Sin embargo, la fuerza de tus piernas en un viaje extenso también marca la determinación objetiva que resulta de tu reflexión social sobre la relación individuo-comunidad: fomentar la lectoescritura como extensión de información, vincular a las artes como canal de participación colectiva y analizar el sentido creativo como manifestación individual, acciones que funcionan como labor social a manera de trueque: alimentos y hospedaje (aunque sea un pedazo de tierra para colocar la bolsa de dormir) por actividades culturales. Aunque en ocasiones la cartera se quede vacía, siempre ocurre algo para sobrevivir y avanzar, eso permite relacionarte con todo tipo de personas e interactuar de manera libre, honesta y sin prejuicios.

Mural en Santa Rosalía, Sudcalifornia. Foto: Elizabeth Jiménez

Así pues, tu viaje en bicicleta se convierte en un proyecto de gestión cultural y de colaboración social, siempre, con la finalidad de compartir ideas creativas que enriquezcan a los individuos de las comunidades que encuentres en tu trayecto bajo diferentes modalidades: una charla breve, un poema improvisado a media carretera, un diálogo con estudiantes, la presentación de obra en cafés, las fotografías en el suelo de alguna plaza pública, alguna intervención en la vía pública, la participación con escritores y artistas, talleres con reclusos, murales colectivos en escuelas, producciones de radio con ciclistas, algunos esténciles por las calles, más otros formatos posibles con todo el mundo.

En el CUCOSTA, UdeG. Foto: Sandra González

Un año después de tu partida y de pedalear durante largas distancias has comprendido cómo la bicicleta rompe esquemas al funcionar como un medio para generar ideas, concebir proyectos y desarrollar estrategias de gestión para las comunidades que visitas, mismas en las que el artefacto interviene de manera pacífica, y a su vez, actúa con cada ser humano que se vincula con tu creatividad. Por eso, día a día te es fabuloso contemplar cómo las personas aprecian los diferentes rubros que infieren en el formato de tu viaje… la pluralidad de voces que surge a cada kilómetro es la dinámica creativa.

En San Luis Gonzaga, Baja California. Foto: Miguel Asa

Y al final del día, leer para crear y compartir para imaginar, desde un poema hasta un mural, entre el desierto y el huracán, con el cocodrilo y el correcaminos, al lado de las mariposas y de los cuervos, con traileros y con gestores, acompañado de pescadores y profesores, entre el silencio y la euforia, en tierra y en asfalto, con sol y luna, y siempre, la bicicleta como fiel compañera de ese pequeño cambio social que intentas, de manera libre, gratuita y sin desdén. Resistir al pedalear es un verso que queda en el muro de nuestra piel, algo así como el movimiento del viento en todo rededor de nuestra existencia.

WNBR GDL: 11 rodadas de libertad ciclista

WNBR GDL: 11 rodadas de libertad ciclista
La marcha mundial ciclista al desnudo al estilo tapatío
Fragilidad. Foto: José María Martínez

Un día tuve una juventud
que expresó su delirante algarabía
sobre una bicicleta
Carmen Villoro

Llega junio nuevamente y el cuerpo lo sabe. La comunidad ciclista de Guadalajara, México, lo sabe. La piel, los poros, las pinturas, las emociones, de nuevo quieren estallar. Y es que cada verano en la región norte de la esfera, el movimiento denominado World Naked Bike Ride (WNBR) se hace presente, como sucedió desde la primera vez en 2004. Y con ello, desde hace 12 años, en el occidente mexicano no ha parado de realizarse esta manifestación que se ha vuelto parte de la tradición tapatía.

Espera. Foto: Dula Polanco

La WNBR es un movimiento internacional que surgió como parte de dos colectivos: Artists for Peace en Canadá y la Manifestación Ciclonudista en España. La primera rodada que se llevó a cabo fue el 12 de junio de 2004 y hasta el momento han participado un sinfín de ciudades alrededor de todo el mundo, entre las que destacan las ediciones de Ciudad de México y Guadalajara como parte de las más constantes de Latinoamérica

Amar en libertad. Foto: José María Martínez

Es preciso mencionar que el sentimiento global por la naturaleza es un llamado urgente a generar cambios sociales que propaguen un mejor bienestar para nuestras comunidades. Por mencionar, la WNBR tiene como objetivos primordiales:

  • Cuestionar la excesiva dependencia de combustibles fósiles. Menos contaminación.
  • Exigir el respeto al ciclista y al peatón: ¡desnudos ante el tráfico!
  • Promover el uso de transportes de locomoción humana. Más ejercicio igual a mejor salud.
  • Enaltecer tu fuerza e individualidad corporal. Integridad humana y social.
Lonja versus petróleo. Foto: Fabricia Atilano

Sin embargo, en la 11 edición de Guadalajara se han sumado otros tantos:

  • Mejorar la condición física de la comunidad a través de la empatía con el ejercicio.
  • Mostrar la fragilidad del cuerpo humano ante el resto de medios de transporte.
  • Involucrar a la bicicleta como un componente social para el acercamiento de las periferias.
  • Manifestar la desnudez como una manera de ser-cercanos, sin distinción de clases sociales, de orientación sexual, de raza, de género y otros.
  • Estimular el uso de la bicicleta como medio de transporte en la ciudad para acrecentar la red de ciclovías.
  • Enfatizar que la desnudez nos muestra la diversidad de los humanos como lucha en contra de la hegemonía de los cuerpos, de los filtros.
  • Impulsar el derecho de movernos con seguridad pues todas las personas lo hacemos a diario.
  • Inspirar a la ciudadanía a perder el miedo de manejar la bicicleta en la ciudad.
Bajadita. Foto: Ulises Ruiz

Así pues, la desnudez como un factor activo como manifestación es una cuestión que año con año irrumpe en las calles y avenidas de ciudades como Portland y Seattle, Estados Unidos; San Pablo, BrasilByron Bay y Melbourne, Australia; Bruselas, Bélgica; Montreal, Toronto y Vancouver, Canadá; Londres y Manchester, Reino Unido; Puebla, Guadalajara y Ciudad de México, México; tan sólo por mencionar algunas, mismas en las que se cuestiona, directamente, a la ciudadanía, a los gobiernos y a las políticas públicas en turno alrededor de la movilidad sustentable, pues si bien las ciudades crecen año con año, es preciso delimitar las nuevas estrategias para sus futuros desarrollos, generar nuevas dinámicas de interacción con la naturaleza y empatizar como humanidad desde nuestra responsabilidad sociocultural con nuestro medio ambiente y nuestras comunidades.

Final. Foto: José María Martínez

Así, llegamos a la edición 11 de la WNBR en Guadalajara, #WNBRGDL, después de 12 años de esfuerzos mediáticos y desde nuestras trincheras, años en los que han pasado artistas, fotógrafos, ciclistas, activistas y demás, y a quienes agradecemos el esfuerzo lanzado año con año para manifestarnos, cuestionarnos y respondernos como sociedades.

Ruta 11 WNBR GDL

Este año, la ruta ha sido una de las más largas pues creemos como emblema que superar diez años de activismo es una noción de fortaleza, unidad y vitalidad. Simplemente amor por la vida. Nos reuniremos en el punto que se ha convertido en un sitio estratégico y en el que el nombre del artista nos acompaña, la plaza José Clemente Orozco, en punto de las 15:00 horas, para despegar alrededor de las 17:00 horas. 

La ruta será por diversas avenidas de la ciudad, de Oriente a Poniente y viceversa: Vallarta, López Mateos, Hidalgo, República, Belisario Domínguez, Javier Mina, Juárez, para hacer pausa con una “Intervención/descanso” al nivel de Alcalde y proseguir por Juárez, Vallarta, López Mateos, Guadalupe, Niño Obrero, Lázaro Cárdenas, Tonantzin, Las Rosas y Mariano Otero para culminar en la Glorieta de las y los Desaparecidos. 

El centro tapatío y desnudez. Foto: Ulises Ruiz

Dentro de ésta realizaremos una intervención con todas las voces de los asistentes bajo la lectura del poema “La bicicleta” de de la poeta mexicana Carmen Villoro como parte de nuestra unidad a los festejos de Guadalajara como Capital Mundial del Libro 2022, misma que pretendemos grabar en audio y video para dejar constancia de nuestro movimiento en este acto mundial que ronda con las letras de nuestra comunidad. 

Recomendaciones 11 WNBR GDL

A su vez, hacemos un llamado a todos los asistentes a ser parte de nuestras recomendaciones preventivas: bicicleta en buenas condiciones, hidratación suficiente de preferencia, bloqueador solar recomendable, herramienta indispensable y mochila para cosas personales. De igual manera para ejercer un ambiente sano de convivencia te invitamos a evitar el uso de máscaras o similares, soslayar a personas irrespetuosas, rechazar todo tipo de acoso e impedir cualquier abuso fotográfico

Cartel 11 WNBR GDL. Diseño: Miguel Asa

Para celebrar el arte individual gozaremos de un premio al mejor bodypaint de la rodada por parte de nuestros aliados Ave Nocturna Cerveza Artesanal, Mantis Editores, La panadería, Miguel Asa, The Black Sheep Pizza & Pub y La Plottería.

También tenemos oportunidades para aquellos que nos visitan en nuestros hostales amigos Hospedarte Hostels y Casa Colores Hostal con descuentos accesibles que podrás reservar con los códigos: NakedHospedarte y NakedColores.

Llega junio y ya ha es el momento de corresponder a nuestra manifestación. Son 12 años de libertad y 11 rodadas en las que nuestros cuerpos insisten en la vitalidad de la ciudad desde nuestras bicicletas. Frecuentemos la armonía en las calles, en nuestra movilidad y con nuestros vecinos. Aquí, la desnudez anda con nosotros en bicicleta, mi cuerpo es mi poema más volátil.

Malta 33: lúpulos, antojitos y barrio

Malta 33: lúpulos, antojitos y barrio
Un rincón de la cerveza artesanal jalisciense
Malta 33. Foto: Miguel Asa

La radio pasa canciones de amor
mientras el teléfono permanece en silencio
y las paredes se ciernen
y cerveza es todo lo que hay.
Charles Bukowski

La stout. Esa es mi favorita. Aunque puedo jugar con otras y divertirme si hay amor de amigos al lado. Una stout dulce. A veces muy amarga. En ocasiones con algo de menta por ahí. Otras veces más ligera. Pero stout. Yo paso por una stout y de repente ya hice nuevos amigos. Todo eso sucede en Malta 33, un changarro gourmet de cerveza artesanal de Jalisco, y vaya que existe el cielo y ese lugarcito en el barrio de Santa Tere, en Guadalajara, y yo, sinceramente, prefiero sus sabores y la buena onda que ahí existe. 

Sergio Arechiga, Ángel Ortega y Sara Camargo. Foto: Miguel Asa

Si un poema me sabe bien en el aire fresco, ahora, con una stout, me compongo la hermosura de la vida. Digo, es una de mis formas de apreciar la ricura de la amabilidad de Sara Camargo y Ángel Ortega, una pareja de enamorados que se decidió a emprender con una joya barrial que a miles de degustadores como yo, los han dejado boquiabiertos. Hace siete años Malta 33 nació para ser hoy por hoy un encuentro gastronómico con las creaciones cerveceras de varias latitudes de nuestro estado. En ese tiempo, marcas como Duque, Kukulcan, Ave Nocturna, 3AM, La Huesuda, Colombo, Santa Sabina, Testaruda, Secuaces, Iktan, Herexe, La Rana, Maya, sólo por mencionar algunas, son parte de las cervecerías jaliscienses que han presentado su producto en esa “fonda cerveteca”, como le dicen ellos.

Parte de la variedad. Foto: Miguel Asa

Sin embargo, no sólo lo que ahí sucede es la cerveza. También, una parte importante del sabor local es el que ha dado Sergio Arechiga, conocido entre la familia cervecera como “Toto”, un atlista empoderado, creó una cocina breve tipo fonda con sabores peculiares, así unos tacos de suadero ahumado, al pastor y arrachera, como unos tacos dorados, ambos, con sus respectivas salsas roja y de aguacate, o tan sencillo como el típico elote que nos mueve los labios con crema y queso, y qué decir del burrito, que se sirve en un plato bastante bondadoso para amar el paso de una buena cerveza después de algunos bocados. Así pues, comer se acompaña de beber y la pasión en Santa Tere se convierte en un rincón ligero.

La foto borracha. Foto: Miguel Asa

Entre una barra, las mesas, la buena música, este trío de amigos que ha creado toda una familia alrededor suyo, nos ha dado la pauta para disfrutar, probar, conocer, aprender y valorar el esfuerzo de cada uno de los productores locales. Así como un poema, una cerveza también tiene sus procesos creativos, cocinar es escribir y viceversa. Todo eso es la consideración de la paciencia, el tiempo, el florecer del sol, el agua dentro de la tierra, el poema dentro del poema dentro del poema dentro del poema y ya. Esa posibilidad que hemos obtenido como humanos, nos permite la capacidad de degustar las creaciones de sabores que un sin muchos humanos generamos de muchas maneras. Una de esas ricuras, es una “fonda cerveteca”, y no hay más. 

Clientas satisfechas. Foto: Miguel Asa

Toda esa felicidad no sólo la comparto yo, sino que hay otras personitas bonitas que también, de alguna manera similar, sienten algo parecido. Para ello invité a algunas de ellas a manifestar su escritura con la finalidad de conocer más aspectos de este espacio lupuloso. Citlalli del Villar, analista de negocios de 32 años, comentó que “Malta 33 es un lugar único donde convergen las cervezas artesanales y el concepto de una fonda tradicional con alimentos típicos mexicanos. Un lugar especial para los aficionados de las buenas cervezas y para quienes gustan probar nuevos sabores y estilos.” De igual manera lo atesoró Arturo Hermosillo, oficinista de 42 años, al compartir que “Malta 33 tiene un ambiente chingón y en todo momento (los propietarios) son muy atentos con todos los que llegan a pistear”.

Una stout. Foto: Miguel Asa

No menos importante fue el comentario de Enrique de León, veterinario de 30 años, al escribir que “la calidez y el servicio es incomparable. Desde que entra a Malta 33 quedarás encantado. El barrio siempre rifa”. Pero también dice Verónica López, profesora de secundaria de 32 años, que Malta 33 es “un excelente lugar para sacar el estrés después de batallar con 50 cabrones”, en esencia, “lugar conchita para tomar chelita”. Y eso no queda ahí, César Morán, artista digital, señaló que “Malta 33 es el único bar de chela artesanal de Jalisco que de verdad vale la pena conocer para vivir una noche de ‘Viernes de destape’, y con el tiempo darte cuenta de la familia que se forma por personas que creen en el local y en las personas que están detrás”.

La charla en el disfrute. Foto: Miguel Asa

Así pues, la escritura no paro y Fernando Martínez, abogado de 29 años, escribió “De Malta 33 se pueden decir muchas cosas positivas, desde la comidad hasta las chelas, pero lo que realmente hace a Malta 33 un lugar especial, es el trato con la banda desde el día uno que vienes te sientes como en casa. Ángel, Sarita, Toto y el argentino lo hacen un gran lugar. Sitios de cerveza artesanal mucho, pero como Malta 33 ninguno”.

El sorbo del sabor. Foto: Miguel Asa

Y entre toda esa energía, surgió una narrativa especial de Jass Velasco, supongo un oficio y alguna edad, al crear un micro relato llamado “La república soberana de Malta y sus 33 estados de (ebriedad), sabor.”

“No más entro, me agarran zapateando y desde lejos, me coquetean con un aguamiel de los dioses. Atravieso el tejaban y ya me amarraron con una lager. Resbala la malta, toca la campana. Para empujar, unas (papas) gajo -por supuesto–. Venga sabor nuevo, una IPA hasta que grite ‘¡yiiipaa!’. Me levanto a bajar la lager y apenas agarro la silla me asienta la IPA. ‘Qué le echaron a la silla’, les digo. ‘Puro terciopelo, seguro’, me responden. De regreso, agárrate de la pluma de oro, ‘hasta que el cráneo ruede por el pavimento decía mi abuela’. Todo con medida.”

Escuchar y beber. Foto: Miguel Asa

Y para ello no podrían faltar las letras de la comunidad cervecera, así Vanessa Cortina, de 33 años y colaboradora de Cerveza La Huesuda, al mencionar que “me encanta porque es un bar que tiene 7 años apoyando a las cervecerías de Jalisco, aparte es un buen ambiente y tiene un excelente trato de los dueños. Los queremos mucho. Es el mejor bar de Jalisco”. Por su parte Grisela Hernández, de 29 años y colaboradora de Casa Cervecera Iktan, plasmó “Gracias Malta 33 por abrirnos las puertas y hacernos sentir siempre en casa, por impulsar el crecimiento y fortalecer el desarrollo de las cervecerías locales. Estar en Malta 33 es sinónimo de amistad, y notas de café, mandarina, coco, maracuya… todas las variedades de cheve que hay”.

Un poema cervecero. Foto: Miguel Asa

Ya lo dijeron todo. O casi todo. Yo les agradezco por ser un lugar tan especial en el que mi obra plástica tomó una forma y se adaptó como el lúpulo en el sabor. Gracias por permitirme, permitirnos, ser parte de Malta 33. He encontrado una familia enorme que me hace crear un poema de una manera única. Es la cerveza artesanal jalisciense la que me llama a generar esa obra literaria que saldrá de mis manos. Hay vida, tristeza y alegría, y todavía, poesía y una cerveza. Por favor, una stout. Salud. Buena noche.

Malta 33
Hospital 1557, Santa Tere
Guadalajara, Jalisco
Lunes a miércoles 17:30 a 23:00 horas
Jueves a sábado 17:30 a 1:00 horas.

WNBR GDL: del cuerpo a los cuerpos

WNBR GDL: Del cuerpo a los cuerpos
Desde la piel de un individuo hasta la manifestación colectiva
WNBR GDL 2013. Foto: Ulises Ruiz

Dedicado a Anna Salvatici, por ser la primera cómplice de esta acción a mi lado, en donde quiera que esté su espíritu.

Vive sola en un brezal al norte.
Ella vive sola.
La primavera se abre como una cuchilla allí.
Anne Carson

1

¿Desnudos en la calle? ¿Sería posible en Guadalajara? ¿La fotografía como medio de ruptura de paradigmas? ¿El uso de la bicicleta como manifestación? Pues sí, fue por allá de 2006 cuando por mi cabeza surgió la idea de realizar una sesión fotográfica de desnudo en la vía pública como un performance de impacto, y años más tarde, se convirtió en costumbre. Todo este interés por el cuerpo humano me surgió desde tiempos preparatorianos. Y ahora, creo, muchas personas se han de preguntar cómo es que llegó la World Naked Bike Ride (Marcha ciclista al desnudo) a Guadalajara. Les contaré. 

Patricia Cardona y sus bodypaint. Foto: José María Martínez

2
Por aquellos años estudiaba Letras Hispánicas, y de igual manera, fueron tiempos de fotografía. La incomodidad para la academia fue que al estudiar la palabra, también, solicitaba a mi departamento que me permitiera tomar otras materias de artes; aquello era ajeno a la formación tradicional de la facultad, me consideraban el estudiante ecléctico: “¿Cómo es posible que alguien tome materias de letras y de artes?”, pues yo lo hice.

Así, el desnudo fotográfico se propagó en algunos calendarios que publiqué en 2005 y 2006 con la palomilla de letras y otros más de artes. Le llamamos Calendario Fotolectógrafo, el primero, Hombre objetivo Tiempo subjetivo, el segundo, Fluidos ImpreGsos. Entonces éramos Mute Co-lecto, un colectivo de la palabra y la imagen. Gracias a aquellas hazañas plástico-literarias, nos vimos en la posibilidad de descubrir la desnudez ante la fotografía y la poesía. A la par de la facultad (2005-2010), habría de conocer a un sin número de fotógrafas y fotógrafos que me aportaron el conocimiento necesario cuando laboré en Fotográfica Navarro, empresa que hasta el momento ha apoyado mis locuras fotográficas. Así, y de igual importancia, fue el apoyo de Rendija Taller Visual, al mando de Mónica Cárdenas, luis/caballo y Cuitlahuac Correa, quienes me posibilitaron el acercamiento a los cuerpos desde otra perspectiva plástica. 

Manifestarnos libres. Foto: José María Martínez

3
El cuestionamiento que surgió en mí por manifestar al cuerpo humano como un espacio de expresión tiene que ver con el acto del reconocimiento individual. Lo anterior es algo así como lo que durante años trabajaron los artistas del performance Marina Abramović y Ulay, quienes como pareja y durante más de una década sometieron a la perspectiva humana con condicionantes extremas tanto al cuerpo como a la mente, todo esto, un juego de sus cuerpos ante el mordaz juicio social. 

Mi cuerpo y yo. Foto: Ulises Ruiz

4
Así, entre las letras, la fotografía y el performance me deslicé por aquellos momentos, a tal grado de concebir la oportunidad de participar en lo que fue uno de los momentos plásticos más importantes de la Ciudad de México (por aquel tiempo, Distrito Federal): la visita creativa del fotógrafo estadounidense Spencer Tunick. Para llegar a aquella acción, la sesión fotográfica de miles de desnudos en el Zócalo capitalino, tuve que emprender un viaje de raite desde Tonalá, por la vieja carretera del Bajío, hasta la capital mexicana. Logré estar en la madrugada del domingo, horas antes de la acción. Aquella experiencia me permitió descubrir en mi persona y en mi comunidad un valor excepcional por el cuerpo humano, por la vida, por la naturaleza y por la libertad del ser. 

Esa mañana todo tipo de persona estuvo desnuda frente a mis ojos. Nos permitimos valorar el esfuerzo creativo de aquel fotógrafo y fue un momento mágico lo que experimentamos. Más de 20 mil seres humanos desnudos abarrotamos el centro mexicano y alcancé la plenitud como persona. Ahí conocí a quien fue un amor de carretera algunos meses después y también, encontré a algunos amigos de Guadalajara, mismos que fueron testigos de mis nalgas rosadas. Fuimos todos, un tumulto de piel en el frescor capitalino. 

Desnudos y Ciudad de México. Foto: Spencer Tunick.

5
Después de aquello, pasó en diversas ocasiones, por mis pensamientos, la acción de ejecutar un performance individual al desnudo. Así, un día sin más pensar, desperté, hablé con un amigo pintor, Tarcisio Navarro, y creamos la acción. Me pintó de rosa, y el artista urbano Dieta, escribió con esténcil en mi pecho “Así sin nada más.”. Aquello fue una acción de dolor y mucha incertidumbre, pues lo único que me salvó fue el par de tenis blancos que portaba. La adrenalina, la mirada de las personas y la velocidad del momento, fue una esencia indescriptible. Eso, más tarde, sería la necesidad de gestionar un movimiento en la ciudad. 

Avenidas Juárez y yo. Foto: Carole Lepelley
Así sin nada más. Foto: Carole Lepelley

World Naked Bike Ride Guadalajara
En abril de 2010, cuando robada en aquella época al lado de una amiga entrañable, preguntamos en algunas ocasiones a un grupo de ciclistas si estarían de acuerdo con algo así, manifestarse desnudos en la ciudad, y como evidencia, el acto fotográfico. Para entonces, nosotros sabíamos del movimiento internacional World Naked Bike Ride y queríamos ejecutarlo en Guadalajara

Un año más tarde, en 2011, desde la individualidad, llevé la primera notificación al gobierno municipal de Guadalajara. Me citaron, me abordaron, me cuestionaron y me advirtieron problemas con la ciudad pues la desnudez colectiva, según eso, atentaría a terceros al causar contrariedades en el marco del Reglamento de policía y buen gobierno, y más aún, pues el paradigma tapatío sobre el cuerpo humano se mostraba sensible entre lo políticamente correcto, las creencias socioculturales de la ciudad y la libertad de expresión. Todo sucedió de manera sana. Ese año, me desnudé al final, algunos lo hicieron desde antes, a media marcha. 

La música y la desnudez ciclista. Foto: José María Martínez

En 2013, para la celebración del Día mundial sin auto, después de la tercera edición de la World Naked Bike Ride, un equipo de fotógrafos integrado por Cecilia Fernández, Ignacio Calleja, José María Martínez, Refugio Ruiz y yo, realizamos, bajo el discurso de esa marcha, una breve sesión fotográfica en la que cerramos avenida Vallarta por cuestión de dos horas con algunas mujeres y hombres en plena desnudez, proyecto que denominamos Tráfico desnudo. Dicha sesión fue mágica, una experiencia única, radiante, por no decir más. A su vez celebramos a Spencer Tunick. En 2014, al finalizar la cuarta edición de la WNBR GDL, expusimos las mejores fotografías en un espacio de la zona Centro. Después, el propio Spencer, habría de tener una obra de nuestros materiales en sus manos, fuimos felices. 

Spencer Tunick y Cecilia Fernández. Foto: Miguel Asa

Nos hemos desnudado por reconocer el valor de nuestras vidas y de nuestras sociedades. Somos vulnerables todo el tiempo y nos manifestamos con la premisa del respeto a nuestros cuerpos, a nuestra sana interacción como comunidad. No me arrepiento de nada. No cuestiono mi atrevimiento y no cuestiono el morbo de las personas, ni las sensaciones de otras. Qué más da. La provocación social sucedió, y vaya, hoy día sigue vigente nuestra voz, tan sólo para mencionar que nuestros cuerpos se la juegan cada vez que salimos a caminar, a patinar, a pedalear, con el fin más sincero de nuestras vidas, movernos. Desnudos ante el tráfico y ante el prejuicio de sus miradas, toda la vida: nos vemos en junio, por la onceava.  

Arena Coliseo: espacio de lucha y libertad

Arena Coliseo: espacio de lucha y libertad
El deporte mexicano como sinónimo de identidad y convivencia
El réferi y el triunfo. Foto: Miguel Asa

Este texto se publicó en la edición “Lucha”, de abril-junio de 2013, de Apócrifa Art Magazine. A su vez, se imprimió en gran formato y se colocó en los pasillos de la entrada de dicho recinto, perduro ahí algunos años más. Así sucedió después en La Gaceta de la Universidad de Guadalajara en su sección O2 el 28 de julio de 2014, bajo la edición de Víctor Manuel Pazarín.

Antes que otro poema
me engarce en sus retóricas,
yo me inclino a beber el agua fuente
de tu amor en tus manos, que no apagan
mi sed de ti, porque tus dulces manos
me dejan en los labios las arenas
de una divina sed.
Carlos Pellicer

1

Alguna vez tuve luchadores con capa de plástico sobre un pequeño ring de madera, regularmente de venta en los tianguis. Alguna vez quise ser el Huracán Ramírez para defender a mi mamá de aquel perro que nos ladraba en la cuadra después de regreso del mercado. Quise ser Blue Demon, El Santo, Rayo de Jalisco, El Espectro… No recuerdo qué tantos pasaron por mis tardes de juego. Hasta que un día de mi infancia, por allá en los noventa, el número 67 de la calle Medrano, que en algún momento el señor Salvador Lutteroth vio como nido de luchadores, se apoderó de mi emoción. Hoy rememoro aquellos momentos de gloria sobre mi cama (mi ring propio) y los tengo como una grata memoria de lo que es la lucha libre para mí.

Este texto en la Arena Coliseo. Foto: Miguel Asa

2
Ahora festejo aquí, con los míos, todo el misterio que ha tenido siempre ese mundo, esa institución que es la lucha libre: un acto sorprendente de mi país; aquí, en la Arena Coliseo de Guadalajara, en el número 67 de la calle Medrano, de donde surgieron grandes leyendas de la mano de Cuauhtémoc “El Diablo” Velasco, y al mismo tiempo la emoción de muchos chamacos como yo al soñar las diversas “llaves”, el vuelo hacia el contrincante, la fuerza de los luchadores, la esencia de los técnicos y la rebeldía de “los rudos, los rudos, los rudos” grito con pasión, y sobrevuelo la festividad de todo lo que ha sido este recinto para quienes se han postrado ante él.

El golpe. Foto: Miguel Asa

Pensar que aquí nacieron Ángel Blanco, Alfonso Dantés, Pantera Blanca, Pantera Negra, Sergio Borrayo, Américo Rocca, Gran Marcus Jr., Mil Máscaras, El Solitario, Cien Caras, Máscara año 2000, Universo 2000, Perro Aguayo, Ringo, Cachorro Mendoza, Atlantis, Apolo y César Dantés, entre otros tantos, da la certeza de que El Diablo tomó su lugar dentro de esta Arena e hizo de ella una fuente de talentos de la lucha.

Niño y sorpresa. Foto: Miguel Asa

3
En ocasiones pienso en el silencio de la Arena y me alejo de la realidad, siento el misterio que guarda este sitio histórico, testigo de muchos momentos… Mi mente comienza con el cuestionamiento: cuántas lágrimas habrán caído en su suelo, cuánto dolor oculta esta noche, cuántas personas han asistido hasta hoy, cuántos “intentos de luchadores” (como yo) han deseado subir al ring, cuántas familias han aparecido por aquí, cuántos romances han nacido por el gusto a la lucha libre, cuánto tiempo han entrenado ellos (los luchadores de verdad) para dar gusto a un público diverso, cuántas caídas, cuántos retos, cuántas máscaras rotas, cuántas cabelleras despojadas a sus dueños, cuántos fieles seguidores han perseguido las carreras de esos hombres de doble personalidad, cuántos gritos, cuánta sangre, cuántos han muerto en el ring, cuántos sentimientos, cuánto es cuánto en tantos años… Aún las preguntas siguen.

Público y ring. Foto: Miguel Asa

La Arena, y toda la historia contenida en sus pasillos: veo pasar al papá con sus hijos, y con él, la esperanza del niño puesta en sus héroes, nuestra imaginación que nos hace desbordar sombríos momentos de angustia y sobresalto. Por allá los novios con el corazón latente, el ring como caja de luz con fuertes movimientos, los gritos de las señoras apasionadas, y entre tanto ajetreo, las cervezas y los duros con salsa aluden al sabor de mi pueblo, mientras uno se quita la máscara para dar bocado y seguir con la gritería: todo un alarde de infinitos sabores para la vista.

Perspectiva. Foto: Miguel Asa

4
Cuando me entrego a la silla, estallan en mí diversas emociones: el giro, el vuelo, la técnica, el reconocimiento, el fervor, el orgullo, mi país, la historia, nuestro gusto por las luchas…, y volteo a mi alrededor… El referí en la cuenta por la tercera caída y observo a una misma comunidad con la sonrisa puesta en el corazón por todo lo que provoca este acontecimiento dentro de nosotros. La euforia nos posee a todos, algunos con máscaras y otros como civiles comunes. Y otra vez el señor de las cervezas por ahí y el de los duros con salsa por allá… “¿Y mi cambio, don?”, mientras en las gradas el “vuelta, vuelta, vuelta” para las chicas sonrojadas. La convivencia familiar y el cuatismo entre toda la palomilla es sinónimo de fraternidad. También observo a unos cuantos que siempre, o casi siempre, están presentes: esos fieles seguidores que vienen desde años atrás y en ellos la pasión perdura. “Se les va el camión” a todos los de arriba, mientras el “te trajo tu mamá” a los de abajo. El divertimento entre compas se muta en una alegría colectiva. Y es que parece un poema surrealista lo que acontece minuto a minuto en este sitio.

Proc3so. Foto: Miguel Asa

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El misticismo de la lucha libre, aquí como en otras arenas del país, es un fervor que se percibe antes de salir del vestidor. Profesionistas, trabajadores, personas del pueblo son las que se convierten en símbolos de nuestra cultura popular. Hoy, después de más de medio siglo de su nacimiento, la Arena Coliseo de Guadalajara es un mar de sentimientos y de estrategias: un ring, cientos de butacas, trabajos de diversas familias y el gusto de miles que se han apropiado de la lucha libre como el punto de encuentro favorito.

En el parque de casa. Foto: Miguel Asa

Aquí estoy, con los luchadores y su sudor, haciendo mío ese sentimiento que me ha llegado de diversas maneras. Grito con euforia y celebro a aquellos que por su espectacularidad se entregan en las tres cuerdas. Un luchador en mi mano derecha y otro en la izquierda, ahora una suflex y quizás una quebradora figurativa, y seguiré la tarde en juego. Después fingiré que es momento de la lucha estelar. Al fin, que los de plástico son míos.

 

Prado: cuando el pan nace desde la música

Prado: cuando el pan nace desde la música
Una panadería de autor que experimenta con los sabores
Juan Prado. Foto: Miguel Asa

Huele a mi madre cuando dio su leche,
huele a tres valles por donde he pasado:
a Aconcagua, a Pátzcuaro, a Elqui,
y a mis entrañas cuando yo canto.
Gabriela Mistral

La canción suena a cada rato. La escucho con El Hijo de Tere y lo recuerdo. Siempre habla de mi beca vitalicia de pan y me alegro. No sé en qué momento se descubre que el pulque está en la composición de un pan y los poemas nos descubren inocentes infantes. Y es que en algunas ocasiones nos controlamos los corazones con un sencillo sabor, en muchas otras, nos disparamos todo tipo de textura para remediarnos la vida. Así sucede con Prado, la panadería de autor que desde hace un año se encuentra establecida en el barrio de Santa Tere, en Guadalajara, México. Ahí, ubicada en las calles Juan Manuel y Nicolás Romero, sucede una infinidad de mezclas que día a día se ofertan a la comunidad, en dicho recinto y en distintos locales gastronómicos de la ciudad. Es un placer conciliar esos sabores cada mañana y el brío se despeina cuando suspiro de su sabor.

Panadería de autor. Foto: Miguel Asa

Desde hace ocho años, Juan Prado, un panadero y músico tapatío, se independizó con la finalidad de hacer diseños de panadería, como él le llama. En sí, desde hace 25 años, ha explotado su creatividad en la labor de las masas. Y con el tiempo, su carácter, su buena onda y su música le han acompañado dentro del medio gastronómico y cultural. Su idea parte de una búsqueda creativa hacia el paladar. A cada pan lo considera una obra de arte, un producto que no tomará de nueva cuenta ese sabor que producen las piezas únicas, las que destilan una vez ese aroma y jamás vuelve. Así, en ocasiones, la producción de dicha panadería se encuentra como una escena que no se repetirá. Y cuando cocino e integro cada textura de algunos de sus panes, me desbordo, me enamoro y me pierdo, soy justo, no volverá la receta, no existirá en la lengua ese momento de exquisitez y gloria.

Juan Prado en mostrador. Foto: Miguel Asa

Y con todo eso, en ocasiones no consideramos que tengamos la posibilidad de probar un pan de café, de pulque, de vino, y cuando menos lo esperas, sucede. Juan, o “Padrino”, como algunos de la pandilla lo conocen, ha creado en compañía de la trova, diversas líneas panaderas que han surgido de sus manos como maestro, aprendiz y colega desde su perspectiva. Prueba de ello son los clientes que le reconocen su trabajo, y que cada vez más, el sabor de barrio nos llena de experimentos, nos deleita en varias posibilidades. Así, las recetas han variado en cada día, aquella panadería tradicional mexicana con sus respectivos toques; recetas blancas, integrales, con masa madre; pan de caja con centeno, roles glaseados a base de pulque, pan de café con relleno de chocolate, conchas con chocolate y café o con vainilla y cacao envinado; es algo indomable, algo inimaginable, y el sabor cuelga de un verso y la guitarra sigue.

 

Conchas. Foto: Miguel Asa

Todo lo creado surge desde una idea de innovar, experimentar, explorar, eso es lo que demuestra la propia poética del proyecto. Cada bocado es una canción que recordaremos de memoria e intentaremos cantar una y otra vez. Sin embargo, pese a ello, Prado tiene establecidos sus productos de línea, que de igual manera, han sido recetas creadas y equilibradas para su producción diaria. Así que, entre tanto lío, uno puede encontrar el amor a primera vista o el compás de una buena melodía entre la batidora del lugar. Es necesario preparar, analizar, disfrutar la diversidad de los caminos que nos presentan sus recetas, cada mezcla con otros alimentos, nos entregan texturas maravillosas al corazón. Nadie dijo que la cocina, en sí, la panadería, no tuviera secretos para enamorarnos de la vida una vez más.

El pulque a la harina. Foto: Miguel Asa

La canción la repito “Agua y mar”. Un caminito frío busco en la inmensidad. El fuego me despierta. Quiero bailar una mañana con ella y pan de pulque con té. Deseo cocinar para mis amigos y pan de café con un tequila. Anhelo despertar y pan de centeno con manzana verde, miel y un queso extraño. No sé cómo se crean los poemas de la mano del pan de Juan, pero me percibo como si fuera un baile.

Cada día es un tiempo de una mancuerna divina esta la de probar, en cada oportunidad, dichas experiencias. Y así, me fui alguna vez, cuando me pidió que hiciera algo de mi trabajo para él. Algunas líneas y unos colores cálidos fueron la receta para retratarlo brevemente como identidad de su proyecto, de su tienda, de su concepto. Y es que, una panadería de autor, debe tener una identidad de autor, y así yo, entre mis peripecias gastronómicas, prepare mi propio pan visual para Juan y su comunidad, y de ahí, una amistad tan grande como los hornos del universo.

Empanadas rellenas. Foto: Miguel Asa

Pero no todo queda ahí, el sabor de cada uno de sus panes integra una comunidad solidaria, es un reflejo de alegría, paz y humanidad. Y esto representa más allá de la maravilla de ser, pues Juan y su equipo de colaboradores, siempre se ha sumado a causas sociales, así con personas con enfermedades mentales, como con personas en situación de calle, y otros tantos más, pues para el proyecto, la misión es contribuir a mejorar la calidad de vida de las personas en su contexto, siempre, desde una razón justa y honesta como micro empresa.

En ocasiones podríamos creer que el pan es la discordia de los alimentos, pero su creación es tan vieja que realmente no podemos cuestionar su evolución hasta nuestros días. Ha sido como la poesía quizá. Y es que Juan, también, usa bicicleta para distribuir su pan, y de ahí, que su evolución también sea en las dos ruedas. Y es así, claro, preciso, así, equilibrado, emocionante, pues Prado es una panadería que entrega en sus sabores benevolencia a los amantes, lealtad a los amigos y unidad a la familia, todo eso, bajo la preocupación de crear productos de calidad, sensibles en el sabor y balanceados en la compartición. Ahí, con justa razón, es hablar de colectividad y comunidad desde la receta a la cultura.

En el horno. Foto: Miguel Asa

La canción sigue. Y sigue con café. Algún truco poético en la cocina. Y sigue la charla. Y es que llegan de diferentes maneras y el domicilio se convierte en un breve encuentro, y uno le apura al café, el otro llena la charola, y alguien más se sacude el aroma y come, una mordida, un pedacito, de la composición de un pan, y la mañana nos ha creado un congreso de sonrisas, pues trabajar en Prado es “observar, analizar, ver las técnicas y emplearlas de una forma innovadora; ese autor que imagina algo, más que crear, debe saber manejar los diferentes productos que tiene; es intercalar, intercambiar”, comenta Gilberto Flores, maestro panadero y colaborador.

Además de todo eso, la consideración hacia el cliente es una prioridad, pues “la experiencia que he obtenido aquí es tener la apertura a las diferentes necesidades de las personas, pues algunas llegan y tienen diferencias conforme al cliente en general, pues no pueden conseguir diversos alimentos aptos para ellas en algunas tiendas o en los grandes comercios; así el hecho de que llegan aquí y se sientan abrigadas con el entendimiento que se les brinda. Por ejemplo, si son veganas, tenemos alguna opción, si son diabéticas también, si son alérgicas por igual”, comparte Elizabeth Velasco, colaboradora de la panadería.

Juan y colaboradores. Foto: Miguel Asa

Pero no sólo los clientes tienen su lugar, sino que también quienes pasan por las mesas de producción se han convertido en evidencias de aprendizaje, ya que “ha sido un avance muy importante, estoy aprendiendo mucho desde que entre, siento que sí he cambiado… como que tenemos un proceso de adaptación para coordinarnos en el trabajo con el fin de tener empatía con la gente, una posibilidad de intercambiar ideas, y es lo que se hace aquí, opinas tú algo y es lo mismo que te aportan, es una familia”, indica Leslie Moreno, asistente de producción.

Y todo esto no se saborea en un primer bocado. Hay que descubrir sin medida las posibilidades de querer degustar el sabor de un buen pan. Prado, panadería de autor, tiene su propio estilo, tiene su propio público y no se muestra como competencia, si no como una voz de diversidad y de diseño. Hay que llegar a los aromas que precise el verso para contener migajas formidables, la mañana en el párpado de la gota y así surgen las miradas. Se genera el compás y se pedalea con sabor a colectividad. La canción existe. Hay pan, poesía y anhelos, simplemente hay que degustarlos lentamente, en el intermitente mundo de nuestras lenguas.

La cortadora. Foto: Miguel Asa

La canción seguirá ahí, como acompañante de la poesía que se lee por las mañanas con el café, y ese mordisco al pan, al sabor, al trabajo de equipo. Así ustedes, pasen a degustar, que el verso surge desde el horno hasta la comisura de los labios. Que sea la poesía un sabor espléndido de la noche. Buen provecho.

Horario: 8:30 a 19:00 horas.
Ubicación: Juan Manuel 1202, Colonia Villaseñor, Guadalajara, Jalisco.
Teléfono: 33 1016 1049

Valentín Guardiola: los paisajes desde un tráiler

Valentín Guardiola: los paisajes desde un tráiler
Un potosino que vibró como nuestra inspiración en carretera
Valentín Guardiola. Foto: Miguel Asa

What have we found?
The same old fears
Wish you were here
Pink Floyd

Para toda mi familia, por el amor que nos profesó.

En las carreteras siempre existen grandes gusanos que resbalan por la piel de la Tierra, de muchas formas se mueven y andan con la esperanza de la especie de manera constante. Hablar de tráilers es manifestar un universo grandísimo, único, espectacular. Pero saber que un trailero inspiró a un joven creativo es otra entidad, otra potencia, una fuerza como no dos veces. Así fue mi hermano Valentín Guardiola, un hombre que desde tengo memoria siempre entregó sonrisas y enormes alivios a la familia, a sus colegas y a todo aquel que le conoció.

Oriundo de San Luis Potosí, San Luis Portosí, México, me dio camino para llegar a muchas partes del país. Fue la puerta que le permitió a mis ojos darle el seguimiento medular a esas máquinas enormes. Nació el 2 de abril de 1968, desde el vientre de mi madre, la Prieta. Los recuerdos que tengo de niño a su lado son de alegría, diversión y calidez, y sobre todo, de mucho Pink Floyd. Sin embargo, hay más que eso, se trata de uno de los principios de Proyecto Ululayu tal como lo conocemos hoy día.

Retrovisor del 503. Foto: Miguel Asa

Con Vale, como le llamábamos en la familia, tuve mi primer travesía más cercana, más honesta y más sincera, pues con él, las carreteras fueron otra cosa, se convirtieron en mi segundo escritorio, en el sitio más reconfortante para improvisar poesía, para existirme a solas, para disfrutar de la tierra, de los versos, de los colores, de los caminos, de los traileros. Se convirtió en el poema que llevo debajo de mi bicicleta a cada rato. Y es que en algún momento de mi vida, allá por diciembre de 2003, una tarde de sábado me pidió que le acompañara a un viaje de carga hacia el norte de México. Aquel día, yo, un joven apenas con la mayoría de edad, lavaba su camión cuando surgió esa propuesta.

Recorrimos las carreteras que nos llevaron a Zacatecas, Saltillo, Torreón, Camargo, Delicias, Chihuahua, Ciudad Juárez, Fresnillo, Aguascalientes y León. Fue una semana con un frío escandaloso. Teníamos que regresar a Guadalajara para la cena familiar de las fechas esas. En ese viaje aprendí todo lo que sé hoy. Dormí en su cabina, con él y con el corazón fortísimo siempre. Comí de todo, viví de todo, y lo que más me entusiasma, es que me brindó todo. Aquellos días fueron de mis primeras épocas como fotógrafo novato. En ese viaje porte una cámara mecánica con la que resguarde toda imagen posible, sin embargo, en algún momento se extraviaron los negativos de esos esfuerzos. 

Navegación terrestre desde el 503. Foto: Miguel Asa

Hubo lluvia nocturna bajo las luces de nuestras posibilidades, amistades nuevas, sensaciones y emociones diversas; conocí las sierras rosas-moradas, los manzanales secos, las dunas del desierto, las duermevelas de las orillas, los saludos fraternos, los códigos de carretera y todo lo posible que se vive en las diez llantas. Los paisajes, después de eso, se volvieron una constante conmigo, en mis ojos nacieron jardines de palabras y todo lo que soy ahora, y más aún, todo lo que es Proyecto Ululayu con toda mi comunidad. En ese viaje descubrí el dormir fuera, potenciar mi corazón, y sobre todo, valorar cada paso, cada respiro, cada sensación del ser.

Aquella ocasión se volcó mi corazón para todas partes, para expandirme, crecer y crear, pues al regreso de ese viaje, en que contemplé a mi hermano como un hombre con todos los matices, me di la oportunidad de saberme valiente. Al regreso de Chihuahua, una parte de la carga se ladeo hacia la izquierda del tráiler y la preocupación surgió como una de las más grandes incertidumbres que he vivido. Ésta se acrecentó cuando llegamos a nuestro destino, pues al dar la vuelta por uno de los bulevares León, la caja de 52 pies que portábamos, sufrió dos pinchaduras del mismo lado en que iba ladeada. Esa noche conocí la potencia de la poesía, la soltura de los momentos y la energía del compañerismo. Nunca me dejó solo. Aprendí entonces, de sus lágrimas, que el más grato esfuerzo surge desde nuestros ojos, la mirada. Por ello, esta breve selección fotográfica que surgió en carretera en distintos momentos, Viaja corazón, y en su nombre, ofrezco como homenaje a toda la comunidad cachimbera.

Paisaje alteño desde el 503. Foto: Miguel Asa

Desde entonces descubrí que los tráilers son espacios de gran contención emocional, recintos divinos que se mueven con el fervor y la paciencia de muchas y muchos traileros. Así se mueve el país, así se mueven los países, sus sueños, sus culturas y sus humanos. Vale me aportó un valor inalcanzable para romper paradigmas en mi sociedad, pues después de la ciudad, desde aquel viaje, las carreteras han sido las que me han permitido sobrevivirme con mi poesía y mis artes, mi creatividad en sí. Puedo decir plenamente que hoy día Ululayu es un proyecto que se mantiene con un amor inmenso hacia ese trabajo tan hermoso, tan sensible y tan humano, pues desde siempre, mi hermano me mostró la paciencia y la constancia para andar: el secreto no es llegar, si no saber cómo llegar.

Después de eso vino a mí una infinidad de traileros, de cachimbas, de horizontes, de tardes, de noches, de amigos y de extraños, todo porque mi hermano me dio la voz. Pareciera que nunca fue suficiente la alegría de sabernos vivos, pero siempre supo que mi camino era el suyo, o por lo menos así se lo demostré en cada uno de mis viajes.

El río Santiago desde el 503. Foto: Miguel Asa

El Pato, como le decía mi madre, la Prieta, fue un ser enorme, con una gran sonrisa en cualquier momento de desesperanza y con la incertidumbre de sus ojos me brindo la fuerza para crecer a mi manera, a nuestras maneras. Tan es cierto todo esto que mi obra lleva la evidencia de sus pasos: las fotografías de las cajas; los viajes que he emprendido por México de diversas formas, a pie, en bicicleta, en auto, en camioneta, en tráiler, y en muchas ocasiones, de rái en distintos formatos; los poemas que he recorrido para crearme momentos; las voraces máquinas en las que me he vivido para convertirme en un rugido de paz.

Hace poco más de un año nos encontramos. Acudí en mi bicicleta al VII Encuentro de poetas Francisco González León en Lagos de Moreno, Jalisco. Así, pasaron los días, y a mi regreso, tuve la fortuna de encontrar a Vale, en la caseta de cobro de Jalostotitlán, Jalisco. Fue mi último viaje con él. Fue una coincidencia fortuita ya que era tarde y yo venía cansado. Le di las gracias al tomar mi llamada, venía una hora atrás de mí. Me recogió junto con mi bicicleta y me conoció en todo mi esplendor. Lo agradezco enormemente.

Somos árbol. Foto: Miguel Asa

Y con todo este amor, algunas personas cercanas compartieron conmigo algunas palabras, así lo hizo Armando Flores, amigo querido de la familia, “Te me adelantaste mi gran amigo de aventuras de nuestra juventud. Extrañaré todo eso que pasamos tantas veces. Espérame que te alcanzare más adelante, nunca te olvidaré”. A su tiempo lo hizo nuestro tío de familia, Bernardo Martínez, “Cuando pienso en ti, me gustaría imaginarte diciendo: ‘Tío, estoy de viaje. No llore. Algún día podrá darme esos abrazos que guarda y que también yo necesito’. Mientras tanto viviré recordando los días que pasaste aquí en San Luis conmigo, agradeciendo lo que llegaste hacer de tu vida”.

Mis hermanas se unieron por igual, Elvira Guardiola compartió, “Gracias por todos los consejos que me diste. Gracias por todo el apoyo que siempre tuvimos, el escucharnos, el cariño incondicional que nos teníamos.” Por igual, Luz Guardiola, “Agradezco el haberte tenido como mi hermano. Fuiste mi amigo. Yo te quiero. Te quiero hasta el infinito. Recuerda que pronto estaremos juntos. Duerme hermano que te despertarás en la vida eterna. Te amo.”

Por su parte con todo el corazón lo hizo mi sobrina Cynthia Flores, “Tío, tú me cuidabas de niña, pasamos muchos momentos juntos y siempre te llevaré en mi corazón. Te quiere tu Vitolilla.” Otro de mis sobrinos también lo hizo, Daniel Rodríguez, mencionó, “De aquí a donde estés en el tráiler, esperaré tu gran apretón de manos y tu jalón de greñas. Suerte en tu viaje en las estrellas”. Y la palabra más fuerte, la más poderosa, la más estruendosa, la de mi madre, la de mi Prieta, doña Paz, “He entregado a mi ser más querido.”

Y no quedaron de lado algunos compañeros, uno de ellos, el Charrua García, “Tuve el gusto de conocerlo por varios años y hacer convoy con él últimamente. Gracias Trivi.”. Así también lo hizo Iván Alonzo, “Le tuve mucho cariño porque siempre fue muy humilde conmigo. Nos íbamos a los tacos a cenar juntos en Colomos, aquí en Manzanilo, Colima”.

Hoy día celebro que en cada kilómetro que he recorrido por mi país siempre estuvo presente el recuerdo de mi hermano. En cada trazo de carretera siempre manifesté la cercanía de mis sueños y de esta inspiración que me entregó para llevarme a destinos inimaginables, inigualables, sorprendentes. Así mismo le agradezco su forma tan auténtica de ser con cada uno de nosotros, con sus amigos, con sus hijos, con sus hermanos, con mi madre y con todo lo que le rodeo.

Hoy la poesía viaja en trailer, en el 503 de la línea Auto Express Oriente, empresa que lo llevo por más de quince años por aquí y por allá, y a la que la agradezco de parte de toda mi familia, el apoyo y el soporte recibido desde entonces. Hoy todas las cachimbas están llenas de versos y las carreteras se han vuelto tertulias que esperan mis palabras, nuestras palabras. Cada rincón de mi bicicleta ha estado con él en su despedida, y al igual, escuchamos a solas y en silencio todo el álbum Wish you were here de Pink Floyd, ante su cuerpo, como mi pequeño homenaje.

Elevación (Viaja corazón) 2007. Foto: Miguel Asa

Quisiera que estuvieras aquí para compartirnos los sueños. Te esperábamos para hablar contigo y mira, me dejaste el sueño listo para la siguiente aventura. No habrá verso en mi futuro que no se llene de ti, de tu valentía y tu coraje, de tu sonrisa, de tu sencillez y de tu honestidad. No habrá palabra que surja de mi boca que no sea precisa y voraz. Hoy mi Prieta, desde su soledad te ama. Todos te amamos como una gloria enorme.

Gracias Vale, por todas estas enseñanzas tan grandes, tan pesadas, tan fuertes. Gracias por los vientos, las curvas, las nopaleras, los soles y las lunas. Gracias por acudir a mí, por estar en mí, por permanecer en mí. Gracias por esta configuración que hiciste de mí. Gracias por permitirme manejar tu tráiler en aquella ocasión, fue bonito estrenar carretera. Gracias por darme el vuelo necesario para reventar mis llantas en tus caminos. Pronto estaré contigo. Pronto estaremos contigo. Que la ruta siga y el fervor de la cadencia siga en mi corazón al igual que el tuyo. 10-4 hermano, 10-4.

Carga liviana

Hoy todos los caminos tienen tu nombre.
Despierto 
y los paisajes han tomado otro color.
Despierto 
y la vida ya no tiene el mismo humor,
una parte de mi motor se apaga,
se sobrecaliente y dejo que repose.

Hoy la bicicleta se ha inundado
de una potencia que se ha vuelto infinita.

Su cuerpo te exige al sol y a la luna,
te exige el amor por la carretera,
por nuestros pasos,
por las glorias obtenidas
desde aquel viaje a Juárez.

Hoy se han ido todos los condimentos
de las ruedas,
los desiertos son galaxias
sin encuentro
y aquí, la recta a Saltillo vuelve,
no hay curva que no te abrace
y descenso que no te piense. 

Hoy los perfumes 
de las casetas se reúnen para despedirte
con precisión. 

Hoy no existe un 10-4 
en este código vigía.

Hoy las cachimbas son rincones poéticos:
mis traileros, 
el pase no está completo,
se nos ha fugado mi hermano. 

Qué cabe en un cambio de carril
que no venza a mis ojos,
cómo se entrega una caja de reversa,
cuántas flores viste después de la línea blanca,
de qué manera se frena desde el corazón. 

Hoy la carretera
lleva poemas en un trailer
y no sé qué hacer con esa mercancía. 

Se han desplomado los pedales,
una pausa,
piensa y siente,
vamos en tres pasos,
manejemos al mundo
y tú ya no estás.

Qué tan lejos irás ya,
te he de alcanzar después de estos suspiros. 

Qué me espera
en las carreteras sin ti,
sin tu respaldo, sin tus risas.

Esta carga se ha complicado
y el full se cree una hoja de papel,
escribamos todo,
digamos todo:
la carretera se ha abrazado
de nuestro gozo.

Vamos a rompernos
las piernas en la velocidad,
al fin y al cabo las dimensiones 
no saben de nosotros.

Es tiempo de mover el espacio,
encontraré otra ruta 
para escuchar el sonido de tu motor.

Voy hacia allá.

Viaja corazón (inédito)

World Naked Bike Ride Guadalajara: diez ediciones

World Naked Bike Ride: diez ediciones
La libertad de un cuerpo desnudo es más que un diálogo con el entorno
Desnudos ante el tráfico. Foto: Ecomzoom

Ya en desnudez total
sabiduría
definitiva, única y helada.
Idea Vilariño

Sentir, es lo primero. Vivir, disfrutar, contemplar, es lo segundo. Andar, patinar, pedalear, es lo que nos brinda el vuelo. Pareciera algo imposible que los cuerpos desnudos no dijeran nada, pero a la menor provocación los poros escriben poemas en las calles y todo es colectividad, risa, gozo y libertad. La piel en movimiento por la ciudad manifiesta el valor de nuestra existencia: la vulnerabilidad como parte de nuestro día a día, de nuestra propia humanidad y de todo lo que le rodea.

Plaza José Clemente Orozco. Foto: Dula

Así, la World Naked Bike Ride Guadalajara (Rodada Mundial Ciclonudista), llegó a su décima edición que contó con la asistencia de más del millar de cuerpos humanos sobre diversos medios, patines, patinetas y bicicletas, el pasado sábado, julio 10, con el fin de manifestar respeto hacia el peatón y al ciclista, concepto que tiene por principio la sensibilización de la vida y de nuestro entorno, la Tierra, pues tanto la muerte humana por máquinas motoras y la excesiva contaminación ambiental que hemos logrado, han perjudicado nuestras formas de vivirnos, de movernos y de vincularnos, por ende, una insana convivencia en sociedad.

Glorieta Chapalita. Foto: Dula

Esta manifestación llegó a Guadalajara en 2011, después de que se convirtiera en movimiento mundial en 2004, entre la unión de colectivos sociales de Zaragoza, España, y Vancouver, Canadá, con el fin de cuestionar la dependencia a los combustibles fósiles, enaltecer el cuerpo humano, conscientizar sobre la movilidad no motorizada y promover la salud física.

Arcos del Milenio. Foto: Dula

A lo largo de once años, parte de la comunidad ciclista de la ciudad, ha cuestionado a su sociedad en diez ediciones. Cada una de ellas ha tenido ciertas particularidades y han provocado, tanto a propios como extraños, reflexionar desde la vulnerabilidad del ser y desde la crítica más noble, sencilla y humana, la desnudez.

Arcos del Milenio. Foto: Ecomzoom

Cada edición ha tenido diferentes rutas y se ha convertido en una de las acciones ciclistas anuales de la ciudad, en la que se dan cita toda clase de mujeres y hombres, de distintas edades, géneros y sectores, y que ha sido posible gracias a la apertura de los participantes, quienes desde la mejor de sus disposiciones se han permitido sentir, compartir y difundir el valor de nuestras voces, que exigen, que reclaman y que incentivan el respeto a la vida.

Arcos del Milenio. Foto: Ecomzoom

Podría considerarse como un evento esporádico para manifestarse por la libre, sin embargo, han existido un sin fín de historias que la han convertido en una rodada muy peculiar, y que sin ellas, no tendría razón de ser: así la pareja que lleva años asistiendo; aquella fotografía aérea de concurso; el cambio de ruta que impactó por error en un evento político; la fortaleza de los colores en los bodypaints desde la mano de muchos artistas; los cicloviajeros extranjeros que se aliaron a la causa; los visitantes de otras ciudades que han acudido para ser partícipes; la comunidad de un barrio que nos brindó agua a nuestro paso; las palabras que se han escrito en cuerpos; los diversos tipos de bicicletas; los periodistas que han compuesto notas diversas; los fotógrafos que han detenido el tiempo del pedaleo en sus memorias; los divertidos accesorios que aparecido en los cuerpos; las frases, las palabras y las causas que se leen al pedalear; las consignas colectivas que se generan desde muchos pulmones; las carcajadas en grupo; las miradas de los espectadores; las ideas, las emociones, los sentimientos y los pensamientos que todo esto ha generado en Guadalajara y más allá.

Después de la lluvia. Foto: Ecomzoom

Llegar a diez ediciones suena sencillo, pero es de reconocer que han sido varias etapas en la que muchas personas de la comunidad ciclista se han unido para que suceda, desde distintos rubros, todo, para ejercer la solidaridad con el movimiento. Esta acción se celebró con diez carteles conmemorativos que realizamos varios artistas locales y que compartimos para motivar dicho festejo: Yossilustra, Diego Siordia, Viocolor, Ana Camaleón, Chubi, Maty, María Puyé, Alfredito Romano, El ArtBusto y yo. Por su parte, la colaboración de emprendedores locales también se unió a la décima reunión, así Kitendi con algunas de sus bolsas, Einung con su serigrafía en varias playeras, y La Plottería con la impresión de los carteles, todo, productos que se obsequiaron a la comunidad asistente. 

Y no todo quedó ahí, en una ruta con casi 25 km de extensión que cruzó por diferentes zonas a través de varias avenidas de la ciudad, López Mateos, Guadalupe, De las Rosas, Mariano Otero, Chapultepec, Hidalgo, República, Irineo Paz, Revolución, Corona, Juárez y Vallarta, y que comenzó desde uno de los puntos ya tradicionales de reunión, la plaza José Clemente Orozco, el sol, la lluvia y el viento complementaron todo el ánimo del contingente, esto pues, de inicio a fin, tuvo variaciones climáticas que no hicieron menos divertida la desnudez pedalera, sino todo lo contrario. Para muchos fue una nueva experiencia, para otros fue renovar su presencia. Y por primera vez existió un momento de cancelación de ruta por cuestiones de seguridad, misma que se sobrellevo bajo las vías de la Línea 3 del tren ligero al tomar avenida Revolución en dirección hacia el Centro de la ciudad, en un momento en que la lluvia abrazo las calles de una manera impresionante. 

Desnudos húmedos al cerrar. Foto: Ecomzoom

Pese a toda circunstancia, con mucha unidad y con un ánimo contundente, la World Naked Bike Ride Guadalajara celebró con sus participantes otro año más de vulnerabilidad y existencia. Es tiempo de celebrar la vida y generar empatía en nuestras comunidades desde nuestros cuerpos: la vida es tan sólo una vez.

Unidad y sonrisas. Foto: Ecomzoom
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Senda Jalisco: la bicicleta en el occidente mexicano​

Senda Jalisco: la bicicleta en el occidente mexicano
En búsqueda de la diversidad de proyectos ciclistas
Cerro Viejo, San Miguel Cuyutlán, Tlajomulco, JAL. Foto: Miguel Asa

Sé que no soy gente buena,
pero también sueño que no hay fronteras.
Balam Rodrigo

Cuando salgo a pedalear por algunos pueblos de Jalisco siempre me pregunto sobre muchas cosas: gastronomía, hospedaje, bicicletas, cultura, historia y demás. Siempre que salgo de Guadalajara pienso un poco sobre lo que deseo encontrarme en tal pueblo, pero siempre me dejo seducir por el trayecto y la sorpresa está presente. 

Ante ello, no basta sólo eso, sino que también se vinculan los aromas, los sabores, las temperaturas, el esfuerzo, el sol, la luna, la flora y la fauna y un gran número de situaciones que me pasan por la cabeza. Sin embargo, también me ha dado por saber un poco más sobre las personas de mi estado, sobre en dónde les gusta pedalear, qué rutas tienen por sus comunidades, cómo se vinculan y otros tantos. 

Por lo anterior y al tener el conocimiento de que la bicicleta en Jalisco año con año toma fuerza y lo hace desde diferentes modalidades, pretendo descubrir las acciones que suceden desde la ciudadanía, mismas que han sido monumentales, y a su vez, conocer cómo se han construído. El gozo de esta documentación es disfrutar de las rutas, los proyectos, los eventos y las perspectivas de todo aquel grupo ciclista dentro de nuestro estado.

En Proyecto Ululayu escribiré sobre lo que las dos ruedas manifiestan en Jalisco. Este ejercicio es con fines documentales y no más. La ingenuidad es parte de esto y es preciso compartir lo que la bicicleta vive por un sin fin de sendas en el occidente mexicano. Que el sabor de nuestra tierra nos comparta el mejor de los sones en bicicleta. Gracias por pedalear con la creatividad. 

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Ceiba Studio: el color de la música del barrio

Ceiba Studio: el color de la música del barrio
Una casa en Santa Tere es un centro de creatividad musical
Ceiba Studio en su interior. Foto: César De Alba

Es inaudible,
no podremos saber si las hojas
se acumulan y suenan al encaramarse
la mirona lagartija sobre la hoja.
José Lezama Lima

Ahí suena la guitarra. Un colombiano se hace el que no escucha pero sonríe. Más allá anda el fotógrafo dizque haciendo las invitaciones. Siempre presente, ella y las redes en movimiento, su calidez y presencia son equilibrio. Un tanto a la derecha de la mesa está con lentes y en expectativas de su moto quien saluda muy amistosamente. De vez en cuando, pasa desapercibido, pero el beat anda siempre por ahí en la habitación cercana a la sala. En la terraza el sazón también se hace presente. Y merodeando con recogedor y escoba, allá atrás, quien hizo posible todo este sueño. 

En el barrio de Santa Tere, en el poniente de Guadalajara, Jalisco, se encuentra una casa blanca con decoraciones en verde brillante que funciona como un centro creativo musical, y en ocasiones, de muchas cosas más: Ceiba Studio. Ahí la experiencia y la buena onda se hacen presentes desde que el sol sale. Las cuerdas se manifiestan y las voces por igual.

El aplauso como magia. Foto: César De Alba

Ahí, en ese espacio han pasado sin fin artistas y personajes que hacen de la ceiba el canto de la colectividad. Así nos vamos de uno en uno cada mañana o tarde por ese espacio. Uno merodea con sabor. Ahí, siempre se encuentra un diálogo. No sé de qué. Pero siempre hay algo de qué platicar y de qué aprender. Ahí la música es el eje, sin embargo, su puertita permite la entrada de la creatividad al por mayor, pues la poesía, distintas artes, y otras casualidades, están presentes.

Por ese sitio han pasado artistas como Ana Verá, Xiranda, Christian Nodal, 3MotherFunkers, Zalamaca Crew, The Trimmers, Color Hermano, Pneumus, y un número indefinido de músicos que le han dado vida y sonido a ese estudio, y claro, no podrían faltar Monte Bong y Monte Rebels, de quienes forma parte Raúl Márquez, el creativo tras este proyecto. 

El equipo y Monte Rebels. Foto: César De Alba

En Ceiba la magia se puede encontrar en la visita por igual de poetas, plásticos y otras causas del colectivo creativo de la ciudad. Ahí todo mundo baila o le da por charlar. Comerse un pedacito de pizza de hornito. Un buen café y hasta un agua de sabor. Ahí el ocaso es un momento iracundo para compartir ideas, soñar y prevalecer en la existencia con la mente en la creación.

Según las lenguas Ceiba nació por decreto de tener un espacio en el que los músicos independientes pudieran colaborar y generar nuevas ideas en la producción musical desde la escena local. A su vez, también funciona como un punto de encuentro en el que la creación encuentra reflexión y solidaridad. En Ceiba, la soledad es un eco del futuro y la compañía la esencia del presente. Clases de yoga, talleres distintos, exposiciones, charlas creativas, tardes con pequeños espectáculos en vivo, producciones comerciales, sesiones de fotografía o video, tamales, un champurrado, las papitas, y no sé qué tanto más, es lo que se puede disfrutar ahí. Es imposible no mencionar que es un sitio amable con las plantitas y que todas ellas brindan al espacio un fenómeno familiar, digamos, una amistad estrecha de la comunidad desde la intimidad. 

Si tienes un sueño sonoro se debe de aplicar todo la potencia posible, en primera porque, Isaías Guevara hará de tus piezas una genialidad con su ingeniería (le mete de su divina cosecha); además, Hiram Vielma brindará el sabor y el soporte en tus creaciones (tiene secretos, lo sé); con ellos, Octavio Espinoza te podrá guiar en la producción pasito a pasito (es muy paciente y un gran maestro); y con puntual visión, Sarvia Sosa te apoyará con sus comentarios y propuestas (siempre sonríe); y por si fuera poco, Emmanuel Durán te compartirá su experiencia que te hará vibrar (lo contemplo por sus viajes en moto y su ingenio sonoro); y con un espíritu peculiar, César De Alba te sacará una sonrisa en un retrato. Así es el equipo de Ceiba Studio, abierto, contemplativo y con rubros diferentes que hacen que la casa huela a tejidos de sonoridad. Todo esto sucede gracias al esfuerzo de Raúl, a quien ya mencioné, y que a su vez, es el personaje que piensa, crea, combina, dialoga y posibilita proyectos (así les pasó a los escuincles de Chapala).

El foro de Ceiba. Foto: César De Alba

Pero Ceiba Studio no es sólo eso. Es el compañerismo, la diversión, la esperanza y el alivio. Las razones de las lágrimas y el desasosiego de las nostalgias. Ese estudio es un encuentro único en Guadalajara, con su estilo, su familiaridad y las propuestas actuales. Ahí se concibe el amor, la oportunidad y el apoyo. Existe el brillo del sol, las plantas, el recuerdo de quienes se fueron y la vibra de nuestro presente.

En Ceiba el aprendizaje es circular, no hay más ni hay menos. Es una onda sonora repleta de versos de distintos sabores. Es una red complejísima pero con una apertura sana y esperanzadora. El barrio suena por las tardes. Las canciones llegan, los ensayos persisten, los errores suceden y todo eso florece a color y con sonido real. Ahí todo es raíz. Ahí todo mundo es planta y flor. Ahí uno se vuelve al viento y entre las manos, las cuerdas enaltecen la vida.

El son jarocho en expresión. Foto: César De Alba

Los sueños corren por esa casa y se despojan de todo prejuicio, nos existimos en el corazón de las palabras y al son de la música se baila con el arte. Ahí, las bicicletas tienen espacio y rutas por igual. Hay desvelos y desmañanadas que son evidencia de muchas piezas. Hay desgaste y pasión, la creatividad al por mayor en una sala de ensayo. Existe la desnudez y el teatro. Hay públicos para unos y públicos para otros y se converge en unión.

Ahí, los jóvenes no tan jóvenes enseñan a los jóvenes más jóvenes y huele todo a eterna juventud. La entrega es la misma para fulana y zutano. Ahí, la cocina, la jardinería, la música, la poesía, el teatro, la plástica y más, son la base de la esencia. La melomanía, la locura, el ruido, el sueño, las rastas, los aretes, los acordeones, las percusiones, las plumas, las latas, los cuadros, los pinceles, las cámaras, los ornamentos, todos, somos familia.

Donde todo sucede. Foto: César De Alba

Dentro del barrio de Santa Tere hay una casa que suena a colectividad sonora. Ceiba Studio, es hoy día un proyecto que ha entregado y colaborado con un gran número de creativos, y a su vez, en la actualidad ya es en un referente sonoro en la ciudad. Pícale y corre la pista, pues en el barrio, los colores suenan desde sus raíces. Música siempre. 

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Guadalajara-Teuchitlán: espejo entre valles

Guadalajara-Teuchitlán: espejo entre valles
Un viaje en bicicleta con sabor cerca de la ciudad
Presa de La Vega, Teuchitlán, JAL. Foto: Tiago Testa

El río allá es un niño y aquí un hombre
que negras hojas juntas en un remanso.
Todo el mundo le llama por su nombre
y le pasa la mano como a un perro manso.
Carlos Pellicer

Ella despierta desde temprano e imagina el camino de los ciclistas que días atrás acababa de conocer, camino que moría de ganas por recorrer. Ella sólo suspiró, se volteó y se cubrió la cara con la sábana para volver al sueño y dejar de pensar. Tres horas más tarde escuchó una voz que decía “¿No te fuiste? Vete, si todavía alcanzas, vete… “
 



Pedalear en comunidad: eso fue lo que buscamos. Integrarnos y crearnos entre más personas para conocer distintos trayectos, lugares, sabores y demás dentro de Jalisco. Hicimos un llamado para compartir rodadas y así fue. Nos reunimos en 33 Club Ciclista, sitio que ha sido punto de referencia para algunos que se aventuran en el cicloviaje, en la montaña, y por supuesto, en la ciudad. En Guadalajara, en la calle Justo Sierra casi con López Mateos, muy cerca de la Minerva, Mario Villaseñor, parte del equipo, nos abrió las puertas del café para comenzar con esta idea. 

Comida grupal en Teuchitlán. Foto: Miguel Asa

Aquella noche de enero de 2020, charlamos de rutas, de experiencias, de posibilidades, de caminos, de tipos de viajes y de muchas otras cosas y nos conocimos. Hicimos en breve un grupo para estar en contacto y empezamos a planear las primeras salidas. La primera elección fue ir a Tala, algo sencillo y de bajo impacto para pedalear. Ahí nos vimos las caras cinco personas. Y comenzó la aventura.  

Tala es un poblado que se encuentra muy cerca de Guadalajara, a unos 45 km hacia el oeste, por allá, en la región Valles. Dicha población es puerta a los campos de caña, a los valles y a la sierra de Ameca, que se prolonga en otras más hasta las costas de Cabo Corrientes y Puerto Vallarta. Así nosotros, decidimos compartir las jornadas dominicales como experiencias de aprendizaje.

En carretera a Tala. Foto: Miguel Asa

En nuestra primera salida brindamos prioridad a la seguridad, pues es que cualquier accidente en carretera puede ser mortal. Casco, luces y bicicleta en condiciones óptimas son lo mínimo para salir.

Tiago Testa, Zea Marina y yo, nos desplazamos desde el Andador Escorza, por avenida Vallarta, hacia la salida al norte costero. Comenzamos tres. Y después del Periférico poniente, nos encontramos con otra miembro del grupo, Eloina Castañeda, quien llevó un casco para Zea, también. El trayecto fue desde temprano, salimos alrededor de las 7:15 horas.

La foto grupal en el descanso.

A partir de ese momento, el pequeño grupo de cuatro, nos instalamos en la carretera rumbo a Tala. La mañana paso leve después de las localidades que acompañan la salida a Puerto Vallarta. Compartimos indicaciones básicas, formas de movernos en la carretera, algunos movimientos clave ante los automovilistas y otros más para los traileros. Fuimos descubriendo la buena onda de ser, de existir. Pasamos a la división de la carretera libre y la de cuota hacia Tepic. Para nosotros la libre fue la fórmula para desviarnos aún más del pueblo de nuestra bebida, Tequila. Pese a que Tala se encuentra por el rumbo, la carretera toma otro paisaje por la carretera hacia Ameca.

Descendimos por el paso desnivel hacia Tala para olvidarnos de la carretera libre a Tequila y así fue el pedaleo. Nos detuvimos en breve y comentamos sobre el ritmo y las condiciones. Todos íbamos bien. Algunos ajustes inmediatos a los cambios de una bicicleta y salimos. De ahí, nos dimos con todo el sabor de la carretera hacia Tala. Despacio y lento. Un columpio tras otro. La carretera estaba vestida de cañas, de esas que se desbordan de los camiones a su paso. Inevitable no crear una dinámica de control sobre la bicicleta para ello. Así seguimos y pasamos por diversas comunidades que entregan distintas cosas locales que hasta dan ganas de quedarse.

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Sin embargo, antes de todo esto, Gladys Cruz, otra chica del grupo, decidió alcanzarnos desde Guadalajara, pues tuvo un retraso matinal. Vaya sorpresa la de aquella ocasión. De alguna manera nos prendió más su alcance y pedaleamos con intensidad. Vimos paisajes verdes y el aroma del volcán de Tequila a nuestro costado derecho. Pasamos por localidades como Emiliano Zapata, otro ingreso al Bosque de la Primavera; el crucero a Huaxtla; y nuevas colonias que se han generado en los últimos años. Lo lindo de esto es aquella bajada prolongada antes de llegar a Tala. En ese momento, te das cuenta del Macrolibramiento que pasa sobre uno al descender. Ahí, se nota de inmediato el paisaje. Las ramas verdes de la caña por doquier. Al fondo, un paisaje de cerros a la distancia con un tumulto de enormes valles a la redonda. 

Contemplar el paisaje. Foto: Miguel Asa

Decidimos parar en la entrada de Tala, llegamos temprano, alrededor de las 10:00 h. Ahí descansamos un breve momento y esperamos a nuestra compañera que venía en solitario desde la ciudad. Ahí, nos sorprendimos del ímpetu por viajar en bicicleta e hicimos amistad, alianza y fortaleza. Ahí, nos conocimos un poco. Contemplamos un clima fresco, delicioso y sobre todo, un trayecto en el que nuestros primeros pedaleos como amigos se hizo presente.

Unos minutos después, quizás 20, no recuerdo, Gladys llegó a nuestro punto y nos alegramos. Consideramos extender más la ruta pues era temprano y el pedal pedía más candela. Teuchitlán fue el destino seleccionado. Más hacia el norte, le dimos por la carretera que lleva al pueblo de los Guachimontones, un sitio arqueológico único en su tipo en la zona Occidente de México, que se constituye por pirámides circulares escalonadas, algunos tumultos diferentes y otros. Aunque no fuimos hasta este sitio, es posible llegar en bicicleta y visitar su museo de sitio, recinto que resguarda mucha información sobre la tradición de Teuchitlán. 

De regreso por las vías verdes. Foto: Miguel Asa

El camino a dicha población se enmarca en una ruta de 17 km con una carretera amplia y plana para disfrutar de un pedaleo tranquilo y cómodo. No hay mucha altura. El desplazamiento de la bicicleta es tranquilo y existe la oportunidad de descansar brevemente a pie de carretera. Antes de llegar, sólo se encuentra una pequeña subida como puerta al paisaje de la presa de La Vega, frente al pueblo. Ahí nos encontramos con amigos del grupo de ciclistas de Tala, en una salida leve que hicieron. 

Decidimos comer en un restaurante de mariscos cercanos a la presa: Cazuelas Grill Teuchitlán. Ahí nos instalamos alrededor de las 11:00 horas. Nos brindaron un descuento por haber llegado en bicicleta y disfrutamos de una merienda única del pedaleo. Un cevichito, un caldito, por allá las tostadas, una cerveza para bajar el calor, agüita de sabor y no sé qué tanto ordenamos que la charla se hizo extensiva y le dimos rienda suelta. Eso sí, los totopos con la salsita se acabaron en dos rondas.

Descanso bajo el Macrolibramiento. Foto: Miguel Asa

Emprendimos vuelo alrededor de la 13:00 horas. El sol brillaba como él sólo lo sabe hacer. El perfume del paisaje nos dio la oportunidad de disfrutarlos. Regresamos hacia Tala y alguien sugirió un fragmento de las Vías verdes. Por ahí nos fuimos. Parando entre paisajes. Un aperitivo. El regreso es ese momento en que no deseas irte de las raíces y del sabor de otros lugares. Y vaya pedaleo tan de descanso, tan sútil. Regresamos a la carretera al borde del fraccionamiento Los Ruiseñores. Para entonces, el cansancio se fue promulgando y el ascenso se convirtió en un instante lento.

Descanso al atardecer. Foto: Zea Marina

Disfrutamos de la buena onda del clima. Reímos a carcajadas y nos dimos vuelo. La luz estaba en la despedida y el aroma a menta se hizo presente, pues Zea llevaba la esencia en el camino. Nos hizo la tarde. Descansamos una vez y otra. Aunque hicimos un recorrido de casi 120 kilometros, el ejercicio fue pesado. El regreso fue ascendente y eso nos hizo más lentos. Sin embargo, el sol, la tarde y la buena vibra nos hizo entrar a Guadalajara aún de día. Lo hicimos. Llegamos cerca del ocaso al Centro de la ciudad. Nos despedimos con una pizza y agradecimos. Pedalear para compartir experiencias es parte de la vida, es parte de nosotros, fuimos a reír lejos para acompañarnos de cerca.  

El sol, el guerrero de siempre, se quedó en cada pedaleada junto con la mezcla de olores y ruidos de coches que en momentos erizaron la piel. 

La luna se hizo presente al alumbrar las calles de la ciudad. Aquel domingo, 17 de enero de 2021, ella lo terminó con un baño caliente y el cuerpo recargado de energía para seguir conectado con la realidad. Durmió.

 

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Melaque-Vallarta: la costa jalisciense en bicicleta

Melaque-Vallarta: la costa jalisciense en bicicleta
Una ruta mexicana para aquellos amantes de las playas
Tenacatita al fondo. Foto: Miguel Asa

El frío escarba
El miedo sube
El árbol se seca
El hombre se agrieta
Los postigos golpean
El miedo sube
Ninguna palabra es bastante tierna
Para traer de nuevo al hijo de los caminos
Que se pierde en la cabeza
De un hombre al borde de la estación
Tristan Tzara

Tiago se reirá al saber que estas letras se escribieron en compañía de la canción Eu Inezito de Tatá Aeroplano, pero es necesario compartir el sabor de las cosas y de los momentos. Entre palabras en portugués, melodías de música axé y algunos tantos brasileños, durante nueve días conocimos y reconocimos sitios con gran aspecto en las costas de mi estado, Jalisco. Muchos creen que la carretera 200 no entrega sorpresas y vaya que el fin de diciembre y el inicio de enero fueron una sustancia potente para la imaginación.

Sí, viajamos durante nueve días llenos de pedaleo y mucho color. Viajé con mi amigo Tiago Testa, un chico brasileño que radica en Guadalajara desde hace dos años, y que por igual, tiene el sueño que muchos hemos vivido, viajar en bicicleta, y México, le permitió eso. Yo fui muy feliz por presentarle un pedacito de mis caminos recorridos, lo demás es historia.

La Manzanilla y su amor. Foto. Tiago Testa

No planeamos demasiado. Dejamos que la rodada de pedal y playa fuera exquisita según sus bondades. Así creamos un plan, cinco meses atrás; llegada la fecha, todo se modificó según prioridades. Fue momento de cuidarnos y de cuidar nuestro contexto. No portamos mucho equipaje: herramientas, algo de ropa y suministros varios que adquirimos en distintos locales: tiendas, fruterías y expendios.

Entre incertidumbre, cansancio y fechas encajonadas, salimos el sábado 26 de diciembre con destino a las costas de Jalisco. Primero realizamos un breve recorrido en nuestras bicicletas desde el Centro de Guadalajara a la Central de Autobuses (sí, la bicicleta puede subirse como equipaje siempre). Nuestro primer destino fue Melaque. Ahí decidimos que la ruta fuese como se establecieran las condiciones. Cabe mencionar que este recorrido fue el primer viaje de mi compañero. De ahí la felicidad y la impaciencia por ver toda la costa. 

Las playas de Tenacatita. Foto: Tiago Testa

A Melaque llegamos por la tarde. Se trata de un pueblo pesquero que es parte de lo que se denomina como la Costa Alegre de Jalisco. Ahí me han tocado jornadas muy sabrosas de reuniones, comidas colectivas, días de celebración y hasta el pulgar en alto para regresar a Guadalajara. En Melaque decidimos iniciar la ruta hacia el norte. Nuestro primer reto fue la subida montañosa previa a La Manzanilla. Con una distancia de 17 kilómetros entre un punto y otro, rodamos entre los 250 m sobre el nivel del mar, no cansado ni exhaustivo, sino divertida, tan sólo en una hora y media. Aquella noche nos quedamos ahí. 

La Manzanilla es una comunidad pequeña con mucho que otorgar. Podrás encontrar lo necesario para pasarla bien, restaurantes, tiendas, hoteles, habitaciones y casas en renta, y sobre todo, muy buena onda entre sus locales. Una playa apta para toda la familia y su esparcimiento físico si buscas algo tranquilo para descansar. En esa playa disfrutamos nuestro primer ocaso de la ruta. Alistamos el campamento a unos cuantos metros del pueblo, por el camino que lleva a Boca de Iguanas, y el frío se hizo presente.

Pedalear por Tenacatita. Foto: Tiago Testa

A la mañana siguiente y no muy temprano (hacia algo de frío) nos dispusimos ir hacia una delicia en esa ruta, y que muchos de ustedes lo consideran por igual, Tenacatita. Para llegar ahí, nos lanzamos sobre la 200 con toda la disponibilidad de existir rico en nuestras bicicletas. No es por demás que el clima nos benefició ya que nuestro hermano sol nos permitió disfrutar de una ruta sabrosa. 

Al llegar al crucero, puerta de Tenacatita, nos preparamos para disfrutar. Algunos suministros, unos rehidratantes y demás, cumplimos con los 23 km desde La Manzanilla por la 200. Es importante destacar que algunos breves fragmentos de la carretera estaban en renovación, por lo que tuvimos que adaptarnos al polvo originado por el tráfico automovilístico, pero todo marchó en orden. 

Playa Careyitos desde lancha. Foto: Miguel Asa

Tenacatita es un símbolo para muchas personas. Así es para mí, pues la considero uno de mis sitios preferidos para pasar la vida en contemplación. Ahí las caminatas, las comidas y el nado se vuelven una divina ocasión de encuentro con la Tierra. Tiago quedó perplejo al estar en esa delicia natural. Por mi parte, le dí frescura al recuerdo y al pedaleo. Decidimos pasar dos días ahí, antes de partir a una serie de constante ejercicio sin descanso entre días. Nadamos, recorrimos un poco de brecha en bicicleta y jugamos fútbol americano, entre las olas, con un coco que andaba por ahí (sí, pueden decir que hay locura, pero la naturaleza aporta su parte también). El coco volaba de lo lindo por los cielos playeros.

Punta Pérula, estero y playa. Foto: Tiago Testa

La música fue el silencio. Nunca tuvimos un horario ni un plan determinante. Por principio nuestro plan fue disfrutar, llevar lento el sistema de diversión y acoplarnos conforme el tiempo sucedía. Salir de Tenacatita fue una gozadera lenta el día martes. Hablamos de sus espacios y subimos por más carretera a lo largo de 62 km hasta Punta Pérula. 

Sin embargo, antes que todo, al medio día invité a Tiago a conocer playa Careyitos, un sitio en una pequeña bahía que brinda un misterioso fenómeno natural: una playa encerrada entre dos puntas de tierra con cercanía a una pequeña laguna. Ahí conocimos a un viajero de la Ciudad de México que había recorrido desde nuestra capital hacia la península de Yucatán y de regreso, y que a su vez, pretendía finalizar en Mazatlán. Compartimos un poco el nado y un breve aperitivo. Entre olas pequeñas, una naranja, el debido trago de agua y pocas aspiraciones a cambiar el plan, seguimos por nuestra ruta. 

Ríos en camino a Tomatlán. Foto: Tiago Testa

Llegamos temprano a Punta Pérula, a media tarde, aún había sol. Tendimos las casas no muy lejos de otras familias y compartimos lo posible. Tuvimos tiempo para disfrutar de ello y hasta una cascarita futbolera con algunos visitantes más tuvimos, a pata salada y con arenita. Después de eso nadamos de lo lindo, y no mentiré que el clima se puso sabroso, pues un frente frío desde el norte nos dio de qué hablar. En Punta Perula disfrutamos de una breve caminata por el centro del pueblo e hicimos la noche. Un par de diálogos sobre el pedaleo y las siguientes etapas. Las temperaturas de los días siguientes bajaron y las noches se volvieron la reunión de suspiros y más. Dormir en las casas fue un reto y vaya que lo disfrutamos. Decidimos ir hacia el norte y cambiar el plan inicial. Llegaríamos hasta Vallarta.

Tiago en Casa Lanni, Cruz de Loreto. Foto: Miguel Asa

Así, por la mañana del miércoles nos desconectamos de Pérula y dirigimos las bicicletas hacia Tomatlán. Para mí recordar toda esa ruta fue sorprendente. Volvieron las imágenes que en algún momento gesté cuando viaje en solitario. Los días de pedaleo constantes fueron divertidos e hicimos una parada previa a la desviación a Tomatlán. El huarache nos indicó que debíamos pasar y lograr todo lo posible por seguir en costa. 

Dejamos de lado y pasamos por diversas entradas a varias playas. Sin embargo, al estar por el ingreso norte a Tomatlán desde la 200, una señora paró en su camioneta y nos abordó. Nos comentó que esperaba a un par de ciclistas y pensó que éramos nosotros. Aún así, nos hizo el ofrecimiento de hospedaje en su hotel que se encontraba a unos kilómetros de ahí, en la Cruz de Loreto, Casa Lanni.

Una tarántula nos abordó en el camino. Foto: Miguel Asa

Decidimos romper con nuestra propuesta de subir hasta El Tuito y preferimos ganar un poco más de costa, pues después de la Cruz de Loreto vendría una terraceria hermosísima hacia Mayto, ruta que preferimos para subir sin tráfico hacia El Tuito para finalizar el sábado por la tarde en Vallarta.

En ese momento, a media tarde, las nubes comenzaron a hacerse presentes por nuestro camino. Aquel día soleado con frescura se convirtió en una tarde gris con colores saturados bajo la humedad que contemplamos. Existieron breves ráfagas de viento en contra y algunas pequeñas gotas después de pedalear más de media hora hacia el destino. Pensamos que la lluvia caería sobre nosotros, sin embargo, el clima fue justo. Llegamos al poblado y llamamos a Casa Lanni, en donde nos atendieron con cortesía y nos ofrecieron una habitación cómoda por un precio muy accesible, y lo más bello, con especial descuento para cicloviajeros. Así fue después de 70 km después de Pérula, con cambios en las temperaturas, algunas subidas y bajadas con columpios medios.

En las costas de Cabo Corrientes. Foto: Miguel Asa

Esa tarde correspondí a Tiago y a su afición por el fútbol brasileño, pues jugó su equipo favorito,  Palmeiras, contra el América Mineiro, otro equipo de por allá, en un juego importante en aquellos momentos. Vimos el partido en el móvil, y a medias, debido a la poca conexión que había, sin embargo, tuvimos oportunidad de descansar, de tomar una ducha rica y estar en nuestras respectivas camas. Al anochecer fuimos a cenar con un frío espectacular, así lo digo, pues las temperaturas de ese momentos no se habían presentado en años por las costas jaliscienses. Ahí conocimos un poco de trabajo de campo al charlar con unos jóvenes locales, y quienes a su vez, nos dieron recomendaciones sobre la brecha a Mayto.

La bicicletas en terracería. Foto: Tiago Testa
Playa, viento y soledad. Foto: Tiago Testa

Al día siguiente, disfrutamos de un buen desayuno en un puesto de ahí, eso después de obtener suministros para el resto del día. El pedaleo del viernes comenzó con lo espectacular: la fatiga de pensar en terracería. Salimos sobre empedrado al poco tiempo y de ahí, la tierra se hizo presente. Metros adelante nos metimos a una postal enorme: una brecha pequeña hacia un destino playero sin arena. Ahí disfrutamos la vista y de un breve aperitivo, una naranja y una manzana con tragos de agua. Regresamos a la terracería y todo el tiempo tuvimos túneles verdes. Al poco tiempo notamos playas largas con un mar inmenso, los vientos del norte descendían sobre las olas con una voluntad fenomenal. Esa terracería toca a varias playas así y la presencia humana es muy poca, salvo los que pasan por ahí de ranchería en ranchería más algunos locales que tienen ese camino como diario. 

Contemplamos diversas aves, un silencio enorme y llenamos de tierra el cuerpo. Conocimos diferentes paisajes, nos detuvimos en un pequeño rancho y contemplamos más extensiones de mar. Nos dimos la libertad de estar en aquel camino con más de 40 km. Llegamos a Mayto para contemplar el ocaso, y pese a todo, nos dimos cuenta que el manejo de una bicicleta dependerá de las texturas que uno tenga en el camino. 

 

Pedalear entre tierra y mar. Foto: Miguel Asa

Aquella noche fue la última de 2020. Dispusimos a platicar después del campamento y sobre todo, a compartir los detalles de lo que había sido nuestra ruta hasta el momento. Esa noche, en mero fin e inicio de año, la temperatura bajó a tal grado que tuvimos que dormir con toda la vestimenta que portabamos, misma que no era mucha. Pese a todo, el amanecer fue delicioso, un desayuno en un local del pueblo y la revisión de bicicletas para salir hacia el tramo más pesado de la semana como culminación de nuestra ruta.

Hacia Mayto con paisajes únicos. Foto: Miguel Asa

Así fue que despegamos rumbo a El Tuito. A pesar de que amaneció fresco, el sol nos cobijó durante el día en breves momentos. Subir hacia la sierra fue un éxito rotundo, aquello fue en un desplazamiento de 40 km desde 0 a 700 m a sobre el nivel del mar. No cabe duda que tuvimos una prueba que nos abrió el apetito, nos dió la fortaleza para compartir el tiempo en subida y apreciar los diversos cambios de flora y fauna a nuestro alrededor. Llegamos a media tarde al poblado amarillo. El Tuito es la cabecera municipal de Cabo Corrientes y es puerta y paso hacia diversos puntos de la costa de Jalisco. La serranía nos entregó frío de día y la continuación de nuestra ruta estaba en duda, sin embargo, pese al cansancio y al agotamiento que ya teníamos de días, decidimos pedalear hasta el malecón de Vallarta. 

Playa Mayto y un espejo natural. Foto: Tiago Testa
La última noche de 2020 en Mayto. Foto: Tiago Testa

Esa decisión fue muy divertida, ya que así como ascendimos, descendimos con una velocidad impresionante y bajo todo cuidado posible del uno con el otro. Llegamos a Vallarta en una hora y con el corazón lleno. Esa noche disfrutamos de unos breves momentos en el malecón y abandonamos el sitio para pasar la noche con uno de mis amigos de la región, Juan Fernández, uno de los más persistentes activistas ciclistas de la ciudad.

El Tuito, cabecera municipal de Cabo Corrientes. Foto: Miguel Asa

Al siguiente día lo pasamos en la playa del Holy. Fue la única vez que estuvimos en descanso extendido bajo el sol. Ahí, en el puerto jalisciense, una rica cena en la comunidad fue el detonante de que estamos aliados. En Zuzzhi nos compartieron de su labor como empresa local y contribuyeron a nuestro cierre con una cena fenomenal. En El Pitillal, hay alguien que reparte alimentos en bicicleta, y de igual manera, el corazón. De ahí nos despedimos para preparar maletas. La jornada de pedaleo cerró en la Central Camionera de Vallarta para despegar con rumbo a Guadalajara a la media noche.

Playa del Holy con bicicletas. Foto: Miguel Asa

La jornada había terminado. La ruta nos demostró quiénes somos y hacia dónde vamos. La persistencia de la bicicleta es una tenacidad que promueve la amistad y el compañerismo. Llegamos al amanecer para descansar durante domingo y reiniciar las actividades de trabajo y demás. Iniciar año con pedaleo para compartir la dicha de estar vivos. Gracias a quienes estuvieron presentes en este recorrido, fue una experiencia increíble. Viajar en bicicleta con el fin de cambiar paradigmas.

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Casa huerto Madre Luna: semilla en Tala

Casa huerto Madre Luna: semilla en Tala
Proyecto de autocultivo que se comparte
Sol Rodríguez y René Velazquez son Madre Luna

No se seca la raíz de quien tiene semillas dispersas para brotar en la tierra. No se apagan las ricas memorias de nuestros abuelos. No se recortan las anchas alas porque el cielo es libertad y la fe es encontrar a ‘Ãgglẽnẽ’.
Nanblá Gakran

Desde hace algunos años he recorrido en bicicleta la carretera de Guadalajara a Tala, acá en Jalisco. Es una ruta sencilla que me divierte mucho y que siempre agradezco. Los paisajes que rodean al volcán de Tequila son un amor al amanecer y una nostalgia completa al atardecer. Son fines de semana los que me abrazan para llegar al corazón de Casa huerto Madre Luna, que es la viva creación de un par de amigos, que desde su juventud han coincidido para hoy día compartir las labores de la tierra. Ellos me han enseñado un poco de lo que sé sobre el autocultivo, sobre la forma de vivir la tierra, y sobre todo, de compartir con los demás. Y hace poco los visitamos Tiago Testa y yo en nuestras bicicletas.

Productos sustentables. Foto: René Velazquez

Tala se encuentra a hora y media de Guadalajara en dos ruedas. El clima es propicio para la caña, el cacahuate y otros. Ahí se encuentra Casa huerto Madre Luna, donde Sol Rodríguez y René Velazquez han creado lazos con su entorno, su familia y sus amigos, “es nuestra casa, ahí vivimos y creamos un espacio para compartir, crear, sembrar ideas y cosechar con la comunidad a través de la agroecología”, así lo describen.

Galletas caseras. Foto: Sol Rodríguez

Esta idea de ambos, y que al día de hoy poco a poco ha cobrado más impacto, surgió “de nuestra búsqueda por regresar el amor a la tierra y por compartir experiencias que nos acercaran a un equilibrio, entre una vida moderna y a la vez sostenible, para el medio ambiente. Los dos siempre vamos en el mismo camino y con ese sentir en sincronía. Dejamos la vida de rutina de las ocho horas de oficina en la ciudad: dormir y al día siguiente lo mismo. Eso lo cambiamos por regresar a nuestra raíz, a una vida de disfrute, sana y llena de comida fresca directa de la tierra”, precisan.

Así ha crecido la producción día a día, a tal grado de hacer pequeños grupos de aprendizaje, apoyar a diferentes agricultores de la región y de otras partes, estudiantes, visitantes y demás quienes acuden con algún fin en común. Yo lo viví cuando René nos dio un breve paseo por el huerto. Ahí nos platicó sobre los procesos, lo que hacen, el tiempo que conlleva, el esfuerzo que representa trabajar la tierra sin maquinaria, la unidad de dos que se entrega a cuatro, diez, quince por igual. Comimos una guayaba de por ahí, nos enlodamos y disfrutamos de la tarde de domingo. Así mismo, Sol nos compartió de sus salsas con unas tortillas con el maíz que ellos producen y vaya si fue toda una aventura. No podría faltar el taquito de guacamole con el aguacate de su trabajo, íntima amistad la que ahí se arma.

Esto ha sido lugar para que el conocimiento se afiance en la oportunidad de sabernos una vez. Es una forma de vivir para conocer las posibilidades que tenemos con la tierra, pues generar Madre Luna para ellos ha sido “una gran alegría, cada día es diferente, lleno de historias y buenos momentos entre plantas y semillas. También, un gran aprendizaje de los ritmos de la naturaleza y a fluir con ellos.

Trigo en mano. Foto: René Velazquez

En palabras de ellos en Madre Luna “siempre hay cosecha, ya sea de alimento o de aprendizaje. Desde que nuestro lugar era un terreno baldío de arena, hasta que salió el primer maíz, recibimos al primer grupo y organizamos a más de 20 productores para crear un mercado local. Ahora el fruto que estamos por cosechar, es este mismo mercado pero adaptado a la nueva realidad, porque el campo no se detiene”, pues el impacto que han logrado en la comunidad “ha sido la participación y organización de los productores, la eliminación del uso de pesticidas en sus cultivos y el acceso a alimentos de calidad, por lo tanto una mejora de la salud.”

Maíz del huerto. Foto: René Velazquez

Yo trato, por lo menos, de visitarlos una vez cada bimestre, pues siempre hay cosas nuevas en ese proyecto de pareja que se muestra ante todos abierto y con la solidaridad de una pequeña familia de Jalisco. Ellos tienen opciones para todos y es posible siempre compartir, esto es lo más hermoso de acudir, por eso “vengan a visitarnos, a tomar alguno de nuestros talleres o comprar los productos que ofrecemos. Cada que adquieres un producto, una parte es destinada a financiar capacitaciones para que nuevos productores se sumen a los cultivos libres de pesticidas. También tenemos experiencias de fin de semana para acampar y vivir y probar un poco de la vida en el campo.” Para saber más sobre Madre Luna es posible consultar su página de Facebook e Instagram.

Colecta de aguacates. Foto: René Velazquez

Para regresar aquella tarde, lo hicimos por el bosque de La Primavera. Nos cayó la noche sobre los lomos y nos perdimos un tramo. Fue una fortuna haber comido con ellos para aguantar el regreso de más de cuatro horas. Salimos afortunadamente a carretera y valió la pena. Llegué a casa, pensé y descubrí que pronto viviré en el campo. Por cierto, no olvidé traer mi salsita con cacahuate, esa me fascina.

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Docu al parque: palomitas en comunidad

Docu al parque: palomitas en comunidad
Colectivo que promueve documentales mexicanos en espacios públicos
Docu al parque en vivo. Foto: Itzmalín Benítez

Siempre empezó a llover
en la mitad de la película,
la flor que te llevé tenía
una araña esperando entre los pétalos.
Julio Cortázar

“Vamos al parque”, le dije a mi Viejo (a mi papá le dicen Panchito en el rancho), “porque habrá documental y palomitas”. De ahí del barrio de Jesús le dimos dirección a la vida hacia el parque del Refugio; la verdad: estábamos a unas cuadras. Ingresamos a la reunión. Todo el público estaba enfocado en la pantalla en la que las imágenes de un patinador ruso se desplazaba al hacer una que otra pirueta en la patineta. Mi Viejo a media luz no alcanzaba a ver. Me puse a su lado y le leí lo que decían los subtítulos. En el cambio de documentales le di una explicación a medios chiles y fue cuando un sentimiento lindo me sobrepaso: “esto es un documental en el parque”.  

En el Parque del Refugio. Foto: Itzmalín Benítez

Cada miércoles, en ocasiones de manera semanal y otras quincenal, sucede Docu al parque, ahí en el Refugio o hacia dónde les indique el huarache. Fue en San Isidro Mazatepec, en la realización de un taller con Documotora, una productora de documentales participativos, en donde una reflexión colectiva dio paso a este proyecto ciudadano, “hay un chingo de documentales pero no un espacio para verse”, dijo Itzmalín Benítez, quien hace tres años con sus compañeros decidieron proyectar este tipo de cine en el espacio público.

“A mí me parece muy bueno porque es una forma que tenemos muy sencilla de acceder a información de lo que sucede en el entorno y que a veces por apatía o por falta del tiempo, no nos enteramos. Los documentales que han presentado me han sido muy útiles”, señaló Francisco Guzmán, vecino de Mezquitán quien ha acudido de manera constante durante tres años.

Con “un montón de voluntarios” que invitan, entre artistas, gestores y ciudadanía en general, son los que apoyan en cada evento de manera desinteresada con el fin de que ese tipo de movimientos tomen más fuerza entre la ciudadanía.

“Una importancia del cine, en especial del documental, es poder hablar de aquellos temas o poder manifestar de alguna manera, por así decirlo, la inconformidad o algún problema social que nosotros estamos viviendo, una representación sobre algo de lo cual no se nombra y no se está mencionando en ningún lado”, compartió Daniel Guzmán.

Atención del público. Foto: Itzmalín Benítez

El objetivo de Docu al Parque es encontrarse con la comunidad, y a través de las temáticas que presentan, hacer reflexiones en colectividad sobre las problemáticas o realidades que vivimos con el fin de compartirlas, dijo muy entusiasmada Laura Vázquez, quien es parte del colectivo. A su vez, la recuperación del espacio también es algo que promueven, además, buscar la amistad con los vecinos, y sobre todo, estrechar las relaciones entre ellos pues su realización ha entregado beneficios, “la convivencia, el encuentro, el intercambio de ideas, las reflexiones que se han dado, creo que es algo muy importante, el sabernos escuchar”, dijo Cecilia Medina quien agregó que “lo más interesante es ese momento en el que la gente se puede reunir a ver un documental, pero que al mismo tiempo, convive y se recrea”.

Invitado en diálogo con el público. Foto: Bernardo Castro

Sin embargo, el proyector no se queda ahí. Docu al parque se ha movido en distintas ocasiones para presentarse en otros sitios de la ciudad, por mencionar, la Expenal de Oblatos, la Plaza de la República, en diversos centros comunitarios, y más allá de la ciudad, por Chapala y Tequila. A su vez, también se han movido en bicicleta y lo han hecho para contemplar, en un breve recorrido, los antiguos cines del Centro de Guadalajara; y en otra ocasión, fue con una rodada convocada por la banda de Bici Negra para realizar la proyección en el jardín de Analco, el barrio más viejo de la ciudad. 

En la Expenal de Oblatos. Foto: Fernando López

La mira del proyecto siempre ha sido comunitaria, pues existe la posibilidad de que realizadores presenten sus trabajos audiovisuales, así como el que distintos públicos puedan observar y dialogar con los mismos. A su vez, han participado con distintas organizaciones que han presentado sus labores sociales, esto, a la par de documentales relacionados con los temas que cada una de ellas aborda. También existe la apertura para la presentación de propuestas locales, con ello, la potencialización de las reflexiones con el público. 

En la Plaza de la República. Foto: Itzmalín Benítez

Como en todo proyecto cultural e independiente, existen los sueños. Los de este equipo se enmarcan en el seguimiento de sus actividades, en la continuidad de su gestión, llegar a más público, y sobre todo, ser autosustentables. Esto último se debe a que el recurso con el que se mantienen proviene de la venta de distintas chucherías, palomitas, pulque, artesanías y otros productos creativos, como el volumen de documentales que hicieron con el material de Verano Documental que hicieron en 2018, por lo que en cada sesión el público tendrá diversas opciones. Y no menos importante es el botecito para la cooperación, la cual es voluntaria, misma que es vital para que siga en funcionamiento este proyecto.

Este colectivo considera que el documental es una herramienta de denuncia, de concientización, de sensibilización y de reflexión, pues tiene un papel importante en el sentido de transmitir algo y, más allá es, ser “un punto de reunión dentro de un barrio, la recuperación de un espacio público y la creación de diálogo acercando a los documentalistas y a los documentales mexicanos a un público que puede ser conocedor o desconocedor totalmente, eso es algo como muy bonito, es muy abierto” precisó Bernardo Castro, miembro activo. 

Hacer comunidad es la misión. Foto: Itzmalín Benítez

Gracias a todos los que hacen posible estas acciones ciudadanas porque compartir la emoción de esta labor es manifestar la presencia de la unidad y la solidaridad. Después de todo, observamos un documental con imágenes de la Ciudad de México en las que se manifestaban algunas problemáticas sociales. Mi Viejo no comió palomitas, pero yo sí. Nos alcanzó la noche para compartir, para darnos cuenta de que el barrio está presente y de que la oportunidad de hacer ciudadanía está ahí. Regresé a casa para celebrar la vida y pensé en cómo sería un documental de poesía en la ciudad. Estos chicos sí que inspiran. Así que ya sabes, los miércoles por la noche en Guadalajara hay alguien que comparte documentales. Gracias Docu al Parque

Kamilos 333: sazón, poesía y mucho corazón

Kamilos 333: sazón, poesía y mucho corazón
45 años de tradición mexicana en el corazón de Guadalajara
Karne en su jugo de Kamilos 333. Foto: Alex Robles

Escribir a mano es ver nacer la muda voz
que contará una historia.
Rossana Camarena

Es imposible no saborear los chilaquiles verdes o degustar el café de olla que endulzan tradicionalmente con piloncillo. Qué decir de los mentados kikos, frijoles guisados con elote. Nunca podré olvidar el sabor de su karne en su jugo, como lo escriben ellos, un platillo tradicional de Guadalajara que tiene como base un caldo de tomatillo verde con carne de res y tocino, que se debe acompañar con tortillas, totopos, cebolla, cilantro, limón y una buena salsa picante para que amarre. 

Kamilos 333 es un restaurante con un arraigo mexicano que cumplió 45 años en febrero pasado. Costumbre gastronómica de Guadalajara, Jalisco, que han construido una familia, muchos amigos y colaboradores y por si fuera poco, poetas, artistas, políticos, músicos, dibujantes, pintores, comerciantes, turistas, y no sé cuánto personaje más. La poesía me trajo aquí, pues gracias a la poeta y amiga entrañable, Rossana Camarena, descubrí el trabajo y la experiencia de la familia. Así conocí los procesos, la historia, su surgimiento, las calles, los relatos de la infancia, las aventuras y los momentos especiales que han creado toda una experiencia culinaria, la de la karne en su jugo, y no me la creo. Todo esto sin olvidar el resto de platillos que ofrecen y, que también, son una sabrosura en vida, repito, los chilaquiles verdes, y también, las “quesadillas compuestas”. Con todo ello aprendí de sus paredes, de su sabor, de su confianza, de su soporte, de la colectividad en barrio, pues así es Kamilos 333, un restaurante parte del barrio de Santa Tere y en él han encontrado un sabor inigualable.

Equipo de Kamilos 333 con mural de fondo de 90 11 4. Foto: Alex Robles

Comer en Kamilos es un proceso mágico, “es algo muy placentero porque sabemos la calidad que tiene este lugar y nos fascina venir aquí… Me gusta mucho porque sabes que estás apoyando a los negocios mexicanos, aparte de todo, su calidad, su ambiente, la manera en que te atienden, te hace sentir como en casa”, compartió Katia Velazco, una visitante del lugar. El hecho de que sea un restaurante mexicano es un orgullo “pues estamos fomentando la economía local… Además del sabor que está muy bueno, también la manera en que adornan el restaurante con pinturas, con cuadros, con artesanías, hacen que sea más satisfactorio el momento”, dice Paloma Ramos, comensal que acudió con su familia.

Pero no sólo es eso, trabajar en Kamilos 333 es una experiencia pues “yo cuando entré aquí nomás venía a trabajar a un restaurante, jamás pensé en todo lo que ha trascendido Kamilos, gracias al esfuerzo de muchísimos compañeros que aportan a la empresa y pues gracias a ello hemos crecido junto, también, de la mano de los clientes, que sin ellos no seríamos nada”, manifiesta Juan Estrada, uno de los supervisores con cerca de 25 años en el restaurante. A su vez, “el lugar me parece muy típico, se asemeja mucho a una hacienda, los adornos, los aromas, el tipo de material con el que está la construcción, es un lugar muy agradable, realmente no es estar como en un restaurante normal, es como estar en otro lugar”, dice Judith Carrillo, parte del equipo de hostess. 

Sin embargo, Kamilos 333 no es sólo gastronomía, sino que ha sido aliada de la cultura local desde hace tiempo, “de las primeras cosas que recuerdo es del apoyo al Encuentro Internacional del Mariachi, fue hace muchísimos años. Igual al inicio los escritores iban a saborear nada más el platillo, y finalmente, acababan sintiéndolo propio, habia gente como Raúl Aceves, Raúl Bañuelos, Juan Villoro, Patricia Medina, Luis Armenta, que eran clientes y acabaron haciendo talleres por hacer propio el lugar, y eso ha sido muy lindo. En la pintura se ha hecho una mezcla en tanto a las exhibiciones que se han apoyado, como en el caso de los murales, pues hay proyectos donde se trata también de apoyar al artista local, para exponer en los muros de Kamilos, tanto en lo permanente como en grabado, pintura o en cuadro, es el poder compartir con el comensal y el visitante lo que somos en general. Kamilos ha buscado impulsar todo lo posible que surge de nuestra ciudad, de nuestro estado, hacia el resto de la nación y del mundo”, precisa Rossana con entusiasmo.

Y eso no se queda ahí. Kamilos 333 ha sido aliado de diversos proyectos, tal es el caso de Luvina, la revista literaria de la Universidad de Guadalajara. Ha sido recinto de escritores, fotógrafos, pintores, músicos, grabadores, y una serie de creativos que se quedan en la estela de sus paredes. Quién sabrá el número de proyectos que han beneficiado desde su giro gastronómico.

Kamilos 333 es hoy día uno de nuestros más cercanos colaboradores desde hace dos años. Y gracias a su apoyo Proyecto Ululayu he sido capaz de crecer como agencia y productora cultural, pues me permitieron pintar mis Matriolax, los paisajes abstractos que hago, en sus muros en 2018. Ese mismo año nos apoyaron en la segunda edición de Cicloverso, con el que celebramos el centenario del escritor jalisciense Juan José Arreola, en conjunto con la Secretaría de Cultura del Estado de Jalisco y otras instancias más. Por igual lo hizo con el Primer concurso de poesía joven Versorama Guadalajara, en el que convocamos a jóvenes de entre 16 a 22 años, en la primavera de 2020.

Todo esto sin olvidar lo acontecido en 2019, he organizado un gran número de tertulias, murales colectivos que he pintado con estudiantes en sus escuelas, la difusión de nuestros productos culturales, la valoración del proyecto como tal, los viajes que he debido realizar para expandir nuestra labor, simplemente, el creer en nosotros como acción comunitaria ya es un gesto enorme. Así, también ha sido la cocina que he compartido con todo visitante y cicloviajero que ha llegado a casa, cómo olvidar los buenos momentos que ha entregado a propios y extraños. 

Ha sido parte importante de la primera edición de Pasearte, al colaborar muy de cerca con Paseo Mural Orozco, acción de murales colectivos dedicados al artista jalisciense José Clemente Orozco, en la calle que lleva su nombre, misma en la que se localiza Kamilos en el 333, esto como parte de la acción que inicié gracias a la disposición de algunos vecinos y que hoy día, ha sido considerado parte de la edición 2020 de Sucede, el festival cultural de Guadalajara. Gracias por dos años de unidad y amistad. 

Asistir a Kamilos 333 es una recomendación absoluta, además de uno llevarse un buen sabor de boca, también colabora indirectamente con la cultura local, pues “si hay restaurantes mexicanos, negocios mexicanos, que aportan a los jóvenes en diferentes áreas de la cultura, eso nos hace sentir parte de tus murales, de tu poesía, de tu creatividad, somos parte”, me compartió Antonio Torres, vecino del barrio de Analco y visitante del lugar desde hace años. 

De esta manera es cuando creo en demasía en la labor social pues existe el sabor, la experiencia, el riesgo y la fortaleza de aquellos que aportan más allá de su trabajo. Gracias a todo el equipo de Kamilos por persistir en la innovación a la par de la tradición. Gracias a ustedes por deleitarnos con su gastronomía, y sobre todo, por extender el vuelo de la imaginación de los creativos que los amamos. Si está cerca o de visita o simplemente por la gana de acudir, no se lo pierda, encontrará un poema directo a su paladar, ya que ¡Sabe a Guadalajara!