Luis Armenta Malpica: una orquídea perversa llena de ironía

Luis Armenta Malpica. Foto: Miguel Asa
Luis Armenta Malpica: una orquídea perversa llena de ironía
El camaleón que en su privacidad es una elocuencia sofisticada

tengo la sospecha de que sólo entre palabras
mi silencio impronta
Abril Medina

Me siento de manera cómoda. Tomo un poco de carmenere. La tarde es una silueta de nubes de nostalgia y hay flores. Por donde quiera hay flores. Las miro con calma y astucia. Les pregunto desde dónde se crea la poesía. Se confecciona lentamente el tejido de la escritura. Se une al tiempo y se describe como la casa de mayor permanencia. El viento viene desde una bocanada. Hay que hacer un maridaje con lentitud. El poema se toma con calma. Hay que contener la suavidad, extender, agregar o discernir el ingrediente preciso, un buen libro como una buena cena. La experiencia poética es un gusto de placeres que todos alcanzamos. Sin embargo, es necesario aplazar el tiempo del capullo. Hasta que brote desde sus filamentos el elíxir de la naturaleza, el color. Luis Armenta Malpica es una flor de diversos contrastes, es un plenilunio de luces bajas y densidades de vuelos expandidos. Es el vértigo que se produce a la orilla de la banqueta, para dejarnos caer hacia el vacío de la avenida. Es esa flor que entre la vulnerabilidad permite la posibilidad del camaleón. El disfraz se puede ejecutar desde el espectro deseado. No es engaño: se trata de un acto poético, de la magia que los libros y las lecturas nos entregan. Revisar, pensar, reflexionar, editar, imprimir, aceptar. La voz se configura con la experiencia de más voces. Es preciso revisar los caminos. Entregar la flor hacia el horizonte y disfrutar de su existencia: su color y su textura es momentáneo. La semilla es transparente. Se sumerge entre la existencia. Abraza a las palabras y el poeta se desviste en sus poemas de manera alegórica.

Tiempo y tradición: Miguel Asa

Luis nació en el extinto Distrito Federal, pero hoy es más jalisquillo que nada. Le hace al loco, me dice, y sigue en la exploración literaria, juega. Se es niño y viejo a la vez. Juega con una pelota, pero responde con el acento del ajedrez. Así pasa en algunas mañanas elegidas para charlar. Entre otras sombras, nos distanciamos y nos perdemos. Así el calcetín, la jaula o la dinámica de ser. En su obra manifiesta un pasito por allá y otro por acá. Sus versos los aglomera con Selena y un poco de mezcal. Qué decir de atender a la alineación del cuerpo. Sabe. Sabemos que estamos en cambio. El tiempo es un saludo cordial. La tarde se abalanza en pensamientos dispersos, pero en el centro de la flor. Luis nos habla de las posibilidades que tenemos en la perpetuidad de las canciones. Hay que bailar. El viento nos hace bailar. La flor se mece y también se retuerce. Se luce. El eco es distante. En este jardín es una ensenada de violines la acción de compartir. Es necesario contemplar a Luis desde la veracidad de muchos lenguajes. El camaleón que lo ahonda tiene la fuerza de un rinoceronte. Va de un tema a otro. El recuerdo, la reflexión, las palabras, la enunciación, el respiro, la mañana. Siempre la sonrisa discreta del amor, que se manifiesta entre las luces del amanecer. Sabemos que el café de la madrugada es la voz de un pensamiento libre, sencillo e ingenioso. No hay más que expandir lo que soñamos. Desde ahí las canciones, los suspiros y los referentes. El camino del poema no tiene una dirección absoluta. Es temporal y por destino. Vamos a muchos destinos. No hay tiempo para no pensar en lo que nos conmueve, en lo que nos permite soñar, en lo que reflexionamos sobre la palabra poesía. Es necesario conocer lo que tenemos para desapegarnos. Es tiempo de ser volátil, tiempo de ser parte de los trayectos del viento. Es preciso comprender cómo los pétalos de la flor se separarán de su cuerpo, nos quieran o no.

Cercanía histórica. Foto: Miguel Asa

Luis es una orquídea. Hay que precisar el cuidado y la constancia. Así actúa en la creación de poemas. De la transferencia de la poesía a la hoja de papel debe ser un proceso cuidadoso. Se trata, pues, de una plaga que se incrusta en los árboles. Debemos sostenernos desde la estabilidad que se origina en las raíces que tocan al viento. El espíritu de la flor se encuentra en un equilibrio de todos los elementos. Es necesario sentir y emocionarnos con el vuelo de las naturalezas. Tomar las partes para valorar el aroma. Luis también tuvo la oportunidad de sentir la posibilidad de estar en las artes: la pintura, el teatro, la música y la danza. Desde ahí la sensibilidad en que se sumerge en su cuerpo. Así se anda Luis, entre la palabra, el objeto nuevo de la diversión y la plenaria de cambios sociales. Hay en su trabajo una particularidad en especial: hay un canto entre la desolación, el sentimiento y la perversión (también tiene algo de ello) y se divierte. Va iracundo, entre pasos de montaña y lágrimas de niño. Así pasa con Luis, poeta, editor, traductor, a quien conocí en mi travesía con versos por Guadalajara, Jalisco, entre la magia de los amigos y uno que otro canto perdido. Luis es secreto, Luis es un tequila y una cerveza, Luis es colores, Luis se viste y se desviste tan sencillo en las páginas. Así baila y decora las palabras desde su baile. No se puede despertar por la mañana simplemente, preparar el café, hacer algo de ejercicio y vibrar la sensualidad desde nuestra cotidianidad. Quién sabe cómo se peina aquel hombre, o cómo se perfuma aquel otro, o cómo es posible lucir bello como el que viene por la banqueta de enfrente, o cómo escribir un poema mientras se pierde en el sueño.

Ventanas. Foto: Miguel Asa

Sabemos que la poesía gira y es una tómbola que está en constante evolución y diversificación, que los campos están en otras exploraciones, que ya no es la misma inquietud, que ha cambiado el clima, que ya es de noche, que ya escribe, que ya pasa por acá, que abre el libro, que saca la foto y denuncia al poema. Restríngelo. Una mordida, el poema. Ya va. Está en las manos. Todo pareciera que una flor nace desde el sexo de un hombre y surgen los cantos de las mantis, animal que le erotiza, le estimula y gesta. Nada y muere todo el tiempo. Su trabajo va como canto en el espejismo de esta vida. Sabe modular el equilibrio. Es un sueño, elefante y desgracia. Se congela por la frescura del temblor y va así, despacito entre los alacranes y los bisontes. Sabe volar a solas. Dice que el perfume es un terremoto lleno de selva. Le apetece el sabor y vuela. Nadie ha dicho que ha sido feliz de manera breve, porque las felicidades se encuentran a cada rato. Así en el pasillo de la feria aquella o el sentimiento de las palabras en las personas. Juan Gabriel canta otro pedacito más. Hay que reírse. Hay que coquetearle a la vida para divertirse.

Paciencia. Foto: Miguel Asa

Disfrutar el eco y el abismo. Así la fruta como la caminata. No sé qué horas son. Un poema, un libro, los colores. De ahí, estructuras cándidas, en las que los osos y las nubes se vuelven encuentro y se pintan alas. Que la comunidad, que la poesía es posible, que somos evolución poética a cada rato, que ya es tarde, que la barra ahora no atiende, que la palabra, que el viaje, que las contemplaciones, que los stickers, que si un libro de hombres, que los tequilas, que ya no escriben, que si la videollamada, que el verso soldó, que si la luna descalza, que si la entrevista y que sí las preguntas y que, pues, aquí están. Entre tanto la flor sigue su canto y verifica el sistema que le conmueve a cada rato. Hay una resaca de las palabras que el cuerpo configura a cada rato. Es el pez y en ocasiones el río. La bicicleta es el recuerdo paterno. El equilibrio se conmueve. El poema surge desde la vereda de la memoria y el estudio. Se convierte la lectura en la educación del sistema matemático que permanece en la unidad de cada página. El poema con Luis se configura en la penumbra de la mañana. En ese reposo que la naturaleza tiene como intento de silencio. En ese momento en que la luna se despide y el alba llega con sus neuronas fuera de los telones. Se es un pez que se revuelve entre mares y burbujas. El silencio no existe. Siempre el eco de la guitarra como la tormenta que se refiere en las flores, que se sumerge en distintos cables. Somos un texto que se cubre del brío que renace en el vacío de las gotas en la flor. Es necesario compartir el poema como los pistilos. Que llegue el colibrí como un potente colaborador del color, de la miel, de la fraternidad. Nacemos para todas las personas y todos los seres. Somos un árbol, una plaga. Es preciso, menciona el poeta, buscar el equilibrio desde la fuerza colectiva.

Calle y zapatos. Foto: Miguel Asa

Hay perfume de la bondad que nos recorre el campo. Se gesta como un suspiro de las lenguas y el poema surge en el preciso instante. Luis nos aborda desde una serie de filamentos que integran una infinidad de discursos: las texturas de la flor como eco de la piel del camaleón. Un acorde de guitarra y la solitaria luz que nos acordona todo el tiempo. Damos vueltas entre el espejismo de la penumbra. Se trata de una especie de suculento episteme. Se trata de un esfuerzo que nos desvela el insecto que surge de nuestros juguetes. La magia es un acorde que se postra en la piel de todos los seres solemnes y vamos con calma a registrar la primavera de un saturno nocturnal e ingenioso. Aquí una pantalla, un saludo matutino, el changarro ya cerró y cosas tan sencillas son las que decora Luis en su día a día. Ya anunciado, se disfraza de muchas maneras. La tristeza no le queda. Luis es una flor que se desprende y se desfigura en la apropiación del sonido. Se enmudece y llena de una estampa que balbucea como viola y se sacude los rayos en las fortunas del trampolín. Hay que caer al vacío sin mayor remedio. Hay que considerar a la intensidad como eslabón del secreto, de la perversión, de los deseos, de la realidad, de los poemas que se escriben entre el agua, entre los labios, entre los besos. Sin embargo, no hay que dejar de lado la posibilidad que nos tienta a sacudir los murmullos de las gaviotas. El silencio no existe, ya lo dije. Es preciso acudir a la palabra como una exhalación del ser, una manifestación vocal de la kinestesia que porta la letra. Luis encuentra en la palabra una sencilla mutación y damos encuentro con gracia de lo que se persigue, de lo que se aprende, de lo que se aprecia. Es necesario comprender el estruendo, igual que la quietud. Es necesario escuchar con puntualidad el ritmo, darle el valor necesario que requiere la estrategia de la noche, el manejo de las estrellas, el sonido de las trompetas, la magia del ser. Se trata de una implosión de uno mismo. Luis es un espejo orgánico, de agua, sensible a la luz del fuego.

Puertas. Foto: Miguel Asa

El tiempo lo requiere. Su trabajo le permite leer todo el tiempo y absorbe música de fondo y la plenitud del amanecer: he dicho. La exploración constante de lo nuevo. Equivocarse, porque es posible. Detener el barco. Dar un giro, rond de jambe, unos pasos sobre la pluma. El avance se ha hecho, éffáce y el cuerpo de la flor se ensordece, se aniquila de manera silenciosa, introvertida. El atrevimiento viene como jugueteo, como un derrame de delirios entre la mosqueta del arrabal y una esencia que se enciende desde un verso mínimo. El mar, el análisis, la superficie de lo que se rompe. Se trata de un trabajo que con escrutinio se fortifica entre las mañanas y los mediodías que no calzamos la lámpara del escritorio. La copa se ha terminado. Habrá más vino y más voluntades. No existe contradicción en lo que se contempla. Existirá la paciencia para resolver el diálogo. Luis es la calma de un perfume: se conmueve en silencio y observa. Analítico y persuasible. Sin embargo, el canto del cuerpo se nutre del silencio. El jardín se inunda de flores ante la creación de un poema.

Secretos. Foto: Miguel Asa

Luis Armenta Malpica estudio el diplomado en literatura en la Asociación de Autores de Occidente, Literaria A. C.. Es autor de diversos poemarios Voluntad de la luz (Mantis Editores, 1996), Ebriedad de Dios (Ediciones Monte Carmelo, 2000), Cuerpo + después (Azafrán y Cinabrio, 2010), Llámenme Ismael (FOEM, México, 2014), [Contra] Dicción (UANL, 2022), entre otros.

Radica en Guadalajara, Jalisco, en donde ha sido bailarín, aprendiz de canto y en ocasiones ensayista, poeta y editor de poesía; sobre todo, es un hombre feliz. Ama la música de Richard Wagner y Richard Strauss, la pintura de Caravaggio y los viajes, así sean dentro de su propio hogar o a los ojos de su pareja. Ha obtenido numerosos premios de poesía locales, nacionales e internacionales. Le gusta el café por la mañana. Hace ejercicio por amor a su cuerpo y a su mente. Le gustan las camisas a cuadros y siempre procura una buena alimentación. Entre la escritura y la edición disfruta de diversos géneros musicales. Ha sido traducido a varias lenguas. Dialoga por gusto y disfruta de la vida como un aprendizaje continuo. Ama la música clásica y el rock progresivo.

¿Cómo es el latido de una luciérnaga en la orilla de un libro?
Las luciérnagas son escarabajos que utilizan su brillo o bioluminiscencia, sobre todo para encontrar pareja. La luciérnaga con la que mejor me entiendo es la que busca encontrar, no una pareja, sino el brillo de una palabra; de ahí que se acerque a la orilla de los libros, sean de ensayo, narrativa o de poesía. Se dice que hay cierto tipo de estos insectos lampíridos que pueden acoplar su luz a la de otros congéneres. Lo he intentado en los talleres de lectura y creación de poemas y en ocasiones funciona. No siempre ocurre así en la vida, porque muchos insectos persiguen su propia luz. Como mencionas, más que el brillo, busco o pretendo encontrar ese latido que nace en el abdomen, el lugar de las emociones más intensas.

¿Cómo es el vuelo que se teje en la sábana del arcoíris?
Me gusta esta figura que propones como sábana del arcoíris. Siempre se le ha visto, primero, como estandarte o bandera. Sin embargo, pensarla como parte de nuestra intimidad, la que cubre los sueños y arropa nuestro cuerpo, es reconciliatorio. Por supuesto, uno de mis sueños es que el arcoíris se muestre más allá de los días lluviosos. Que nos maravillemos nada más de verlo, sin necesidad de cuestionar su salida. Que dejemos que esa bandera o esa sábana vuele libremente, sin importarnos si cubre a dos o más, sin importarnos quién la tejió ni cuál es su etiqueta.

¿Cómo crear un libro con flores?
Un libro puede crearse de casi cualquier cosa, pero no de la nada. Ya que tenemos una flor en la mano, nos damos cuenta que antes fue raíz y antes, antes, muy antes fue semilla. Lo mismo ocurre con los libros que leo o que publico: requieren cierto tiempo para que abran sus pétalos, para adquirir sus tonos y desplegar la posible belleza de su aroma. Lo que siempre procuro es respetar lo que viene en sus hojas: no afilar sus espinas, si las tienen, y tampoco esconderlas. Hay libros que lastiman al tocarlos; otros, hasta leerlos. Existen tantos libros como flores. No debería bastarnos cultivar un jardín; por el contrario, yo quisiera adentrarme en los otros viveros, perseguir esas raras orquídeas de las que alguien me ha hablado, intentar los injertos y las plantas que nacen de opciones imposibles. Si me quedo por siempre con las rosas, por hermosas que sean, me perderé del girasol magnífico que asoma en uno de los cuadros de Van Gogh.

¿Desde dónde se observa la minuciosidad del amor?
Para ver el amor hay que cerrar los ojos. Igual que en la poesía. No es la minucia la que sacia, sino lo que procura. Mirar de cerca, sí, nos ayuda a entendernos. Pero para sentirnos en contacto con el resto del mundo, sean hombres o mujeres o plantas o animales, lo mejor es sentir. Mirar con los otros sentidos que tenemos. La vista es distractora en ocasiones. El oído nos concentra y, todavía mejor, es el olfato. Nos remite a la infancia y allí nace el amor. En las cosas pequeñas recordamos por qué fuimos pequeños. En las cosas pequeñas del amor confirmamos lo que tiene de grande, cuando existe ese profundo amor.

¿Cómo es la fuga del verso dentro del océano?
Esta pregunta es hermosa por falsa. El verso se nos fuga de todos los espacios y los tiempos. Se nos va de las manos, abandona las sienes y aparece a mitad de la noche, nos obliga a encender alguna luz, si no hay luciérnagas, y escribir del océano. Y en ese ir y venir de las palabras, en su oleaje, parece que flotara algún poema. Pero solo parece. En realidad, naufraga. Y yo con él. Y conmigo ese verso que parecía más sólido cuando estaba en el aire. Pero no es una fuga: el verso solo cambia de lugar; abandona mis manos y llega hasta la playa de otras manos. Se despliega el barquito de papel en otras manos y aquel que lo recibe y no sabe de mí, sabe lo que es mi verso en ese mismo instante. Lo sabe por su sabor a sal, por el ruido de la ola y porque en el océano que existe entre nosotros nada puede fugarse de encontrar su destino.

¿Para qué hacer libros, si los jaguares se los comen?
Nunca me he puesto a pensar en para qué hacer libros, así como tampoco cuestiono la existencia en sí misma. Parecen elementos comunes, necesarios, como toda pregunta. Confío en los jaguares y eso me tranquiliza. Por mi parte, sé que un libro también es mi alimento. Los devoro y los cuido, como debe resguardarse el sustento. El jaguar es hermoso y pienso, con base en la pregunta que me has hecho, que parte de la belleza de un jaguar radica en lo que come. Si es así, si lo que come aporta a esa belleza, me felicito por darles de comer algunos libros.

¿Por qué se debe hilvanar un punto de agua para la madre?
La madre es el origen y el fin de mi escritura. Comienza con un punto y en un punto concluye. Con los hilvanes de agua lo único que realizo es la tarea de dar continuidad a todos esos puntos que forman su retrato. Como en un ejercicio de la escuela primaria: unir el primer punto con el otro, después con el tercero y así, hasta finalizar el rostro de mi madre. Después de esta tarea, recomienzo el tenido. Pero ahora es el padre, también un padre de agua. Después es una casa, un camaleón o un monstruo. El tema no me importa: de todos esos temas soy el hijo. Y todas las palabras son el agua. El poema, ya lo dijiste, es un océano. Y uno quiere fugarse, pero no. Uno, al tiempo, descubre que solo va siguiendo los puntos que le marca la escritura.

¿De qué forma una bicicleta genera un poema?
A mí, lo siento mucho, la bicicleta no me genera un poema. Ya lo hizo mi querida Carmen Villoro, y lo celebro. Le sirvió a Gabriel Zaid para un ensayo. Todo esto está muy bien. Yo escribo en monociclo, por eso me caigo tantas veces. Pero nomás me limpio la rodilla con saliva y vuelvo a las andadas.

¿En qué consiste el tejido de los vientos?
Constato que lo tuyo es el tejido, Miguel. Entre hilvanes y sábanas aparece esta obsesión textil. Mi obsesión es textual. Así que el viento es tan solo una parte del pespunte, hilo que no se ve. Lo mío, en realidad, es diseñar la prenda, no coserla. Dibujar con la mano, antes de acercarme al papel, a la nube, al océano. Diseñar estrategias para un nuevo retrato y que me auxilien Bóreas o Céfiro, Olimpias o Levante. Por supuesto, Mistral. Porque yo lo que espero es que levanten vuelo mis palabras, incluso si es revuelo, mas no por la costura y las otras razones estilísticas. Lo que espero es que algunas, pocas o muchas, personas se arropen con mis textos. Y sea un viento cualquiera el que les acompañe (a ellas y a mis textos) con esa misma gracia con la que mueven sábanas y banderas.

¿Cómo escribe una luciérnaga acerca de una nube?
Una nube es tan cambiante como la luz que deja o no pasar en su camino. Si le fuera posible a la luciérnaga llegar a esas alturas, tal vez yo no la miraría como el insecto que es, sino como una estrella diminuta e inexacta. Como también las palabras tienen esta característica de mutabilidad, me parece que es fácil imaginar la nube como un lienzo, hoja en blanco o libreta en la cual encontrar un posible universo. La brevedad del brillo es más interesante que una luz encendida todo el tiempo. Más que hablar o escribir de una nube, creo que la luciérnaga escribiría en sus bordes.

Caballos desbocados
[Confesión de Mishima]

Viene mi padre
y dice: hay un sitio
en el hombre
en el que nunca he estado.
Desde niño lo supe. Cambia de voz
la voz
que desde un blanco
tenue
fortifica los huesos cuando avanza
y regresa lo grave del morir
con esta otra visita que nos hace
la vida. Nos ha dado la espalda aquello
en que montamos la primera ilusión
el enamoramiento
la pasión
la costumbre
y luego el desencanto.
Viene
y se va
sin fin
resonando la sangre.
En ese punto
exacto
del que ya nadie escapa
de la arteria
hay un filo de voz
una burbuja mínima
que estorba en la carótida
y da paso a otros hombres, des
conocidos todos, urgentes
en la urgencia
de hallarme
en el respiro, la voz
entrecortada
la vena en la cuchilla
de este decir “papá” cuando siempre
fue el padre quien nos marcaba
el paso.
Viene conmigo y vuelve
su sombra
silenciosa. Viene
apenas su voz detrás de los caballos
y azotaron las puertas del quirófano
en donde estoy tendiendo estas palabras. Es
más firme que yo si sostiene
mis dedos. Enormes como ese dios que llega
retrasado a la cita que pedimos
hace casi dos lustros; su sombra
es una coz
casi aquel sobresalto que provocan los ojos
que no aman
lo que amamos, pero que no por eso dejan
de ser un grito, la sirena encendida de ese deseo, pasión
estampida de estar dentro de una mirada, aunque se nos desangre
el alma por sus finas suturas. La cicatriz
es brida, un tope
nunca más la armadura
por muy azul que sea, por cielo
desmedido o el recuento de daños
de ese alguien que no está.

Se escucha una sirena lejanísima: parece decir horses, horses, horses,
pero yo escucho hurts, hurts, hurts.

Puede venir
de mí, igual que vino el padre
de su padre y su padre.
Pueden venir los restos del naufragio
a incinerar mi voz
y no van a callar
esto
que estoy mirando.
Y si puede venir, que diga
para quién se presenta, qué sombra
fue la suya
si son ciertas estas duras palabras que caen
sobre la nieve. Más dura (casi tarda) en volver a nosotros
el agua del alivio que nos diagnosticaron. La sangre
que es de todos
tiene un trote distinto. Se escucha horses
aunque resuena hurts. Otra
manera de saltar por las cercas, y a lo lejos
sólo queda el rumor, la sequedad del ojo
y ese helado callarnos
la partida.

Pero que no nos diga que es
la muerte: esa mi sombra larga
porque puedo matarla
contra mi propio miedo.

En cambio, al padre
no. Viene
conmigo el sitio donde nos encontramos.
Esa caballeriza de haber estado juntos en mis treinta
y dos años que son el par de espuelas
que le hinco en los ijares, que aprieto en sus costillas
con las cuales desgarro su grupa con un amor de hierro
a fuego vivo y cal para la herida. Y si lo monto
a pelo, ese padre no deja de patearme
de relinchar la negación del hijo
no dos sino tres veces, no un par sino otros hijos
la sagrada familia que no vaya a enterarse de estas cosas
porque ya no hay amor, aunque haya avena
y lazos y herradura para quien se encabrite.

Escucho una sirena ya muy cerca: parece decir hurts, hurts, hurts
pero resuena horses.

Que no nos diga el padre, ese hombre
que se viene con sus escasos litros de ternura
tan bronca, el semental más hosco
que se doma la muerte si viaja detrás nuestro
o si la colocamos adelante
apretamos su vientre y le dejamos ir
todo el camino andado tras la sombra del padre.

Puede o podría venir conmigo esa sombra de voz
que ya no reconozco como la de mi padre. Pudiera ser
una leche más fértil al traspasar sus belfos
y abandonar ese cilindro duro que cargo junto a mí
como una cartuchera, como un cuerpo más mío
el agudo disparo que iniciara en la aorta
y estalla en la válvula tricúspide con su gota de sangre
su DNA similar, los altos triglicéridos
que no brincan la cerca y por eso se escuchan las sirenas
en ese mar de fondo de su arteria, en ese mar profundo
del dolor y por toda la sala ambulatoria. Amar
era una excusa para estar con mi padre. Lo que realmente
quise fue penetrar su piel hasta encontrar mi cuerpo
latiendo gota a gota.

Mi padre, en cambio, vino
sin válvula mitral y sin arterias: dejó
que le llenaran el cuerpo de tubitos de plástico
y de suero. Ahora se alimenta
de sombras y temores. Desde la hombría
lo sé: y abandono mi voz por la que ahora le sangra. Intercambio
su abrazo por mi beso. No lo dejo sufrir, porque no es de hombres.
Preparo mi escopeta, apunto a su garganta y cuento: una, dos, tres.
Una, dos, tres, papá, no te me escondas.
Una, dos, tres, por ese enorme padre que vuelve
a estar conmigo.

Enola Gay (Vaso Roto Ediciones, Madrid, España, 2019).

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Hay poemas que no quieren
ser peces y se quedan
flotando
en la línea divisoria de la prosa
más sucia. Peces
cuyas branquias son
versos y se empeñan
en obtener
pulmones.
Hay poemas que se sienten
gigantescos cetáceos
y en el plancton comparten
la lengua que a todos los devora.
Hay poemas que muerden
el anzuelo de las viejas
vanguardias y terminan
enganchados al hilo
de la vida
tan efímero
y débil
que se
rompe
al leer
los.

[Contra] Dicción (Universidad Autónoma de Nuevo León, 2022).

Migajas para una despedida

La poesía empieza
cuando ya has olvidado qué es lo que te asustaba
pero aún tienes miedo.
Benjamín Prado

No se ha muerto mi padre
pero casi.

             Es la palabra quieta
de este poema. Es el hijo
incompleto que me calla.
             Sombra del trigo. Estepa
sin pisadas. El invierno se siente
a cada impulso: un aire
dolorado de espigas
familiares y lobos en las sienes.

No duele, pero
casi sentimos esa gota
de asombro: demora los relojes en las caras
igual que las abuelas hicieron
con el péndulo (detenido cuando alguien nos dejaba
más solos en el mundo).

Esta su muerte empieza desde hace varios
libros y alguna rasgadura.
             Me dicen que al igual que la luz
se encuentra próxima.

(Los que no pueden ver
expresan sombras.)
Yo lo niego: la tristeza es impropia
de los hombres. Yo
lo niego.

La lentitud de lo que no hemos dicho
se nos siembra en los ojos.

             Y pienso en este frío en el que hundo las manos
con los aullidos párpados.
              Encuentro una palabra que aterida me llama. En la escritura
del corazón hay un empeño
por encontrar la tinta que en el pecho se amase.

Nos rendimos al viaje de polvo
revestidos: mi padre y sus costumbres
tan dulces y dañinas; yo
y la ceguera por todo
lo que una huella quiebre.

             Desde la oscuridad escapan las palomas. Dejan mis manos
libres para asir el silencio que llegue
con la lluvia. Agua que nos responda
porqué se deja atrás lo que incendiamos
para que hubiera luz.

Un corazón de padre se agita
en este poema. Esta sola tristeza
haciendo círculos.

             Por el llanto del pez conocemos los mares y esa suerte
de suponer que todo se renueva si horneamos otro pan contra las olas.

Él entra en la penumbra
guiado por las migajas que he dejado al azar
siguiéndolo en la muerte.

             Porque no sé si cavo (o quepo) en lo que soy de él
nuestro miedo es la vela.

Des(as)cendencia (Écrits des Forges y Mantis Editores, 1999).

Aguafuegos del pez

Porque también sabía del tiempo suspendido
entre la fina lluvia y los incendios
el pez enrojeció sus alas
poco antes de abandonar el mundo
de sus padres.

Viajó.
Siempre observó delante de él
al mundo.
No dejaba las piedras más pequeñas en su ruta
para no tropezarse en el regreso.
Cargaba tras de sí el arrullo del río
            la reunificación de las burbujas
            la caricia del agua
en el oleaje
            y un pedazo de sol
                        entre sus branquias.

No dejó detrás de él ningún sueño inconcluso;
la mínima perturbación del agua habría bastado
para darse la vuelta.

Estaba sobre aviso: la gota
era su impulso
el mar
su travesía.

La trayectoria
el iris
lo llevaría hasta el cielo.

Fue muy lejos el pez:
llegó hasta un vientre preñado de peceras
se asomó por el pecho de la madre
y vio que el mundo era
como lo imaginaba:
redondo y tibio
igual que eran sus ojos.

No alcanzó más allá de dos brazadas
sin que le diera las gracias por el líquido
que permitía su paso…
ni pudo retener una burbuja
sin que elevara algunas
en agradecimiento
por el aire…
no quería reincidir en sus hinojos
pero al ver las escamas que protegía su cuerpo
la forma de sus alas y su cola
elevó su plegaria.

Es que el agua, tan agua y primigenia
tenía una luz interna;
el caudal de la luz formaba un río
y en su delta una araña florecía:
maduraba el cangrejo
abandonaba el lecho de su concha
se arrastraba a la orilla
y daba inicio al mundo.

Después de mucho viento
a un paso de ser hombre
se olvidó del océano.
No podría recordar por qué su miedo al agua
al sueño y a los peces.
Y prefirió matarlos
renegar de la estirpe
de su sueño.

Lo que nunca supuso
es que el agua
como era primigenia
mundo lo olvidaría.

El hombre se reencontró en el agua
con sus peces.

Fue demasiado tarde.
El hombre se había ahogado
de memoria.

Voluntad de la luz (Mantis Editores, 2012).

Acta del juicio

No somos las mujeres
que intentamos, ni seremos
los hombres que quisimos.

Este vocabulario es inservible
mientras no reformemos el artículo a la ley
más allá de una letra en nosotres.

Sin embargo
en ese sin embargo que alguien nos
arrebata, hay un poco de vida.

Detrás nuestro, quizás:
un tal vez en la espalda
que vuelve a lo que fuimos.

Y allí, a un golpe
de salvarnos, siempre habrá otro
fiscal que nos regrese el juicio.

[Contra] Dicción (Universidad Autónoma de Nuevo León, 2022).

Raúl Aceves: la poética de viajar en la aventura

Raúl Aceves. Foto: Miguel Asa
Raúl Aceves: la poética de viajar en la aventura
El reconocimiento de lo natural como medio de la palabra

Hubo una vez un hombre digno de ser llamado así:
era joven, desafiante y sólo escuchaba sus sueños
Melissa Niño

Es preciso considerar en estos tiempos, que la naturaleza constituye el punto de partida del pensamiento filosófico que emerge de la voz poética. Así, es necesario conocer los inviernos, como las primaveras, lo salvaje de las cosas y el error de las virtudes. En detalle, hay una serie de momentos en el viaje al interior de nuestra entidad física: se trata de un viaje que nutre a la poesía del individuo. Así persiste en las cosas Raúl Aceves, infranqueable y sencillo creador, que toma de la vida y su conjunción con la naturaleza, la relación poética de las comunidades. Se vuelve un aroma de una mariposa y lo encuentras dentro de miles de posibilidades en el río. Explora, siente y determina. La sencillez de la poesía en el verso dedicado a la propia naturaleza.

Sonreir hasta el final. Foto: Miguel Asa

Con una historia potente y de diversos silencios, la persecución del aroma se ha mantenido en las posibilidades de sus caminos. Tanto en la montaña como en el campo. Caminar es la dinámica, la contemplación, el pequeño fuego que derrama la copa ante la presencia del vértigo del aire. Raúl, originario de Guadalajara, Jalisco, es un poeta en el hilo de la aventura: esta lo calza, lo frecuenta y lo reviste. Se pasea en las cortezas de los árboles como pluma de cristal. Hace de las simplezas, por así decirles, un extraordinario ecosistema de fragancias. Así de vasto, de honesto, de agua, como también hierro, un violín tras otro, cartas y papeles, el viento, una hoja, una araña, el tiempo, la piedra, la vida, el color rosa, los ladrillos, las cucharas, los almanaques, los perfumes, los horizontes, las ruedas, el mundo, la vida, el amor, el instante, la lotería, la fortuna, el mar, las canicas, la exploración, la existencia, la muerte, las comas, las cocinas, las soledades, y sobre todo, siempre uno mismo.

Bicicletas y poeta. Foto: Miguel Asa

Hay que caminar con un reflejo enorme en el pie de las letras. Sumar el ejercicio de contribuir a la más grande de las palabras. Podríamos esparcirnos entre las llamaradas de las penumbras y su obra, determinada y exigente. Si así lo dice la receta, se rasga como una ola entre las galaxias. No sé si el mar, pero entre tanto emerge un halcón, desconectamos la evidencia del pensamiento e intuimos que se es sobreviviente, un viajero, un observador, un antropólogo de la palabra. Para ello se concibe como una soledad, en la que reconoce que la verdad es subjetiva; sin embargo, todo se trata de una propia verdad que tiene que ser compartida, en contacto con la belleza, con el origen y el destino, con el ejercicio creativo y toda su seducción. Así, hay que conocer a la poesía, no como una moneda, sino como un esparcimiento entre las nebulosas que frecuentan nuestros oídos.

Árbol. Foto: Miguel Asa

En cada obra está la posibilidad, el horizonte, la magia y el encuentro. Ahí, en pausas lentas, conocemos al poeta y al personaje. Escribimos con fuerza y estremecimiento, pues la composición se trata de un pensamiento estructurado con calma. Ejerce la diversión de posibilitar la experiencia como una manera de aterrizaje. En el poema se trata de vivir para pensar, para sentir, para percibir la belleza del mundo, esa que cada uno de nosotros sabemos compartir. No es momento, ni el tiempo adecuado para abandonar los sueños, las esperanzas o las expansiones: el ritmo es el suficiente si se tiene la confianza de resguardar el trazo natural de las palabras. De esta forma, en un verso, una prosa, un aforismo, entre sopas y campos, entre estrellas y lunares, entre una botella y un plátano, Raúl se muestra efusivo, escritor y profesor que vive en silencio, en el que se resguarda desde la tranquilidad, para crear y compartir el interior del ser.

Hombre feliz. Foto: Miguel Asa

Dar y recibir. Dar y recibir. Dar y recibir. Nadie, absolutamente nadie tiene respuestas para las sugestiones de la humanidad, que, si son infinitas, no existe ninguna posibilidad de saberlo todo. Con ello Raúl se adapta a una economía vital del existir, ser polvo que mueve el viento y desencadena una constante tranquilidad en el fondo de los poros. La ligereza de Aceves nos condena a sobrellevar una poética que emerge desde la capacidad de hacer que las personas se asombren, en la que la sutileza, la memoria y los pequeños detalles, tienen flores de venus y perfume de luna, todo a paso lento…

Reflexión. Foto: Miguel Asa

Hay que asombrarse, dice el corazón. Hay que asombrarse, insiste la luz. Hay que existir, aventurar, perseguir lo imposible que está dentro de nosotros, para emerger en cada momento sin ninguna sorpresa. Raúl es así, una entidad de perseverancia y escritura. Pensamiento en la duermevela y el sueño disparado entre los descubrimientos de los pequeños instantes de la naturaleza. Su contacto con la madre Tierra es una exploración que lo lleva a contener emociones diversas. Se percibe como una entidad creativa, de suficiente experiencia y de noble valía. No hay que persistir en lo que no responde cuando el camino sólo tiene un tiempo. Es necesario determinar en nuestras lecturas, que el tiempo está en constante baile. Hay sol y luna, mar, plantas y animales, y nosotros ahí inmersos. Sin embargo, un día, pese a nuestras letras, debemos partir. El tiempo está y es un baile que nos toca. Así el poema se ejecuta desde las raíces. Así se percibe la sencillez y el conocimiento de lo que uno busca, alcanza y desea. Escribir para compartir, leer para otorgar. Nada, absolutamente nada, ni nuestros versos, se irán con nosotros.

Huella. Foto: Miguel Asa

Para descubrir a Raúl Aceves no hace falta lo elegante. En la orilla del árbol, sobre la banca del parque, en el café de la zona, podemos compartir el diálogo. La palabra es una guía del conocimiento. La voluntad de los creadores debe unirse como voluntad colectiva. Así lo comparte. Se refiere al sentido de la magia, no exagera ni menciona en absoluto el valor de la persistencia: la deja en silencio y vive desde sus líneas. Hay que admitir que el trabajo se vive desde la reflexión, pues la poesía es también parte de la filosofía de la naturaleza. Debemos conocer, profundizar, meditar sobre nuestro acontecer diario. Quitar el temor y perseguir lo que se mueve y lo que no. Hacer de nuestros días etapas de vuelo. Así frente a una fruta, un caracol, una luciérnaga, una canción. Todo siempre será inspiración, porque la vida es irrepetible de forma idéntica. Así acude Raúl a nuestro canto personal, a manifestar la sencillez de la vida y traslada la gracia de la palabra en el papel que hemos dibujado. Qué buena oportunidad esta de vivir y la de viajar. La naturaleza tiene creencias sobre los humanos: la contemplo y sólo siento. La aventura es un poema dedicado al silencio.

Arquitectura del tiempo. Foto: Miguel Asa

Raúl Aceves nació el 9 de diciembre de 1951. Estudió la licenciatura en psicología en el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Occidentes (ITESO). Fue profesor investigador del Departamento de Estudios Literarios del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades (CUCSH), de la Universidad de Guadalajara. Fue reconocido como Premio Jalisco de Literatura en 2020. Entre sus voces literarias se encuentran obras de poesía, aforismos, ensayos, anidadas de manera individual o colectiva en antologías y compilaciones diversas. Su obra experimenta impulso aventurero y una constante persistencia en los detalles simples. Ha sido profesor de muchas generaciones y recientemente, de la licenciatura en escritura creativa. Ya está jubilado y disfruta de escribir, igual que tomarse un buen café con pan.

¿Cómo percibe una mariposa la calidad eterna de la poesía?
La mariposa es un poema volante y puede percibir la calidad poética de su propio vuelo.

¿Hasta qué punto el papalote se convierte en horizonte?
Hasta el punto en que el propio horizonte se convierte en un papalote del tamaño del cielo.

¿Qué es la nieve en el puerto del corazón?
Es el barco del glacial que choca contra el iceberg de los sentimientos congelados, antes de llegar a puerto.

¿Cuántas posibilidades existen en el cariño del arco iris?
El arco iris en sí mismo es un abanico de posibilidades y siempre se enamora de la posibilidad de ser estrella.

¿Cómo se construye un universo de medusas con las flores del verano?
En el universo del acuario las medusas se convierten en flores acuáticas que improvisan un jardín veraniego.

¿Para qué disimular la tarde debajo de los puentes?
La tarde vive a la intemperie, como cualquier migrante y suele refugiarse debajo de los puentes.

¿Qué tipo de sombra oculta la alcancía de la luna?
La sombra se convierte en moneda oculta, que va a depositarse en la alcancía de la luna.

¿Cómo se manifiesta el canto del leopardo cuando se sueña libélula?
¡Qué bello sería el canto de los leopardos al soñar con las libélulas!

¿Qué tanto importa viajar entre los poros de las plantas?
Los poros de las plantas son las puertas a los micro universos paralelos.

¿Cómo se envuelve un ciempiés en un poema erótico?
El erotismo poético es un ciempiés que electriza hasta la última silaba de la piel al irla pronunciando.

La Naturaleza tiene su propia oficina de patentes:
ahí están registrados
todos los inventores no humanos.

No podemos amar aquello
de lo que no nos podemos separar, pues en el amor
más que de la unión,
nace de la tensión aliviada de la separación.

Tal vez nunca dejamos de ser forasteros
para nosotros mismos, seres misteriosos y extraños
que no terminamos de explorar.

Método radical para llegar a lo Real:
destruir todas las formas,
hasta llegar a la forma indestructible.

Su supiéramos qué es la poesía
ya no tendríamos la necesidad de escribirla.

Aforismos y desaforismos (Amaroma, 1999)

Los transparentes
Sólo los desnudos nos podemos amar
en el totalmente desnudo.

En el amor sólo cabe lo amado,
su presencia total.

Sólo desnudos somos
tan sólo lo que somos.

Sólo desnudos sabemos
cuán solos estamos.

Sólo desnudos nos convertimos
en aquello que logramos amar.

Sólo desnudos comenzamos
a ser transparentes.

La mirada del camaleón (Ediciones Arlequín, 2002)

Para andar en bicicleta

Trepársele como si fuera un burro sabio
una mujer ladina
un viento con manubrio
una prisa con ponchadura
doble sol con pedales
un escalera horizontal

Como si fuera, no como si viniera
y pedalear tan sólo hacia el futuro
y darle de almorzar, porque con el ejercicio
se no puede enflacar

No cualquiera puede andar en bicicleta,
tan sólo el que la tiene debajo de sus piernas
y los pedales debajo de las ganas:
en torno de sí un aire
le va abriendo sus puertas.

La mirada del camaleón (Ediciones Arlequín, 2002)

El viento convierta los granos de agua en elegantes y poderosas dunas marinas, que llena de zozobra las embarcaciones y de espejos solares la sensible piel oceánica. En la bitácora se anotan las borrascas y vendavales que acechan como mortíferas bestias de las profundidades el sereno viaje de los veleros hacia el hondo puertos del abismo.

La luna mete sus pies descalzos dentro del agua, y se le dibuja una sonrisa sutial. Luego se duerme a la orilla del mar, sobre el blando lecho de la playa, y sueña con fragatas que llegan con las velas desplegadas y rojos marineros solares, acaso piratas ávidos de su belleza plateada. La luna, como fruta nueva del árbol del aire, se desnuda como hada nocturna en el bosque de las miradas.

A veces se confunde el jolgorio con la felicidad, el ruido con la alegría, el deseo con el amor. A veces nos subimos al tren equivocado y nos bajamos en la estación desconocida, o mandamos una carta al domicilio inexistente, o llegamos tarde a la cita con el destino. Errar es humano, errar es cotidiano, errar es necesario; de ahí la dicha de tener algunos aciertos que nos asombran y desconciertan, como si a veces lográramos ser más que simples humanos.

Las palabras sueñan cosas que suceden en el reino de las palabras, y esos sueños son extensiones de otros sueños tan antiguos como el Paraíso original, donde fueron inventados los modelos de todos los sueños por venir. Por eso las palabras sueñan: para asegurar que nunca se pierda la memoria del Paraíso primordial.

Cuando comienza a ser poema la frase dentro de la neblina, se adivina, se descubre, se persigue a sí misma, como carne de su alma estremecida, como espejo de su misterio próximo. De inesperada manera vuela hacia su destino, hasta amar su propia voz y su vuelo solitario, absorta en el placer de la sorpresa de árbol que grita su nombre de pájaro. Con su rostro todavía indeciso en la penumbra de la flecha, instala su morada en las grietas bajo los tejados del cielo, como llamarada que anida con alas de luminosa golondrina.

La nave de los sueños (Mano Santa Editores, 2022)

Carmen Villoro: una obra negra en preludio

Carmen Villoro. Foto: Miguel Asa
Carmen Villoro: una obra negra en preludio
Los versos que se cocinan con el cuerpo en la palabra

Casas, caminos, nubes,
ensenadas azules y montañas
abrieron sus ventanas.
Tomas Tranströme

Cocinar las letras. Eso lo leí en ella. Aromas peculiares, soledades y sabores. No sé de qué manera una Obra negra llegó a mí. De repente el esquema de la poesía tiene recetas, olores, paredes, rincones y una lista de colores líquidos que rondan en la piedra. Así cocina concreto, con las telas de las flores, la poeta Carmen Villoro, y adhiere fragancias gruesas y anhelos sin pesar. Con ella se baila entre las recetas, los días de sol y las amalgamas de colores que traen las mariposas en primavera. Se siente una constelación de certidumbre que procura una serie de versos que dan paso a los cambios de color en cada una de nuestras personalidades.

Libertad poética. Foto: Miguel Asa

Originaria de la Ciudad de México, ha creado ciudadanía en Guadalajara, Jalisco, alrededor de las bugambilias, los amigos y las celebraciones. No recuerdo precisamente: cuando leí un poema de Carmen, ante mis ojos se reflejó una mañana bajo las sábanas. Entonces comprendí que el ritmo de las moléculas se teje con el baile de los delfines. Así, con poesía desde hace años, Carmen es más que una amiga. Se ríe y simplemente entrega el gesto a los pequeños momentos, esos que contemplamos a diario. Ahí puntualmente, en la lotería del tiempo, están los detalles de la poesía. Así una despedida, una casa en construcción, el habla, la palabra y sus artilugios, la calma, los recorridos y demás están en sus versos. Tiene una alcoba llena de recursos con los que teje, dibuja, canta, llora y sueña. La escucho y una biblioteca completa se deja sentir como un equipo de libélulas cercanas.

Espejo de letras. Foto: Miguel Asa

A veces pienso que Carmen siempre está en un estado onírico: vamos, ella observa las texturas de las flores sin lupa, tiene una visión intergaláctica que nos permuta en tipografías suaves. Así lo dice. Por ello me atreví a preguntarle sobre detalles y se volcaron las preguntas como sirenas en la lupa. Aquí sabría que tendría recetas muy particulares y con precisión. Hoy mis ojos se conmueven y contemplan el acto de la buena fe y la persistencia. Hay que hacer de los detalles muchas bombas de amor, dice, y se congestiona con la peculiaridad de la vida, entre su creación, sus palabras y los versos. No sé si pueda ser un ave, la confusión, un sistema matemático que se viste de rosa para darnos palmaditas en la espalda, la posibilidad de dispersarse entre el silencio, la ola que viene repleta de calma o el paso que furioso alcanza el colibrí. El tiempo no tiene espejos.

Rincón de memoria. Foto: Miguel Asa

Así es la poesía de Carmen y su labor: sentir. Ese verbo es con el que a veces dialogo y lo manifiesto. Sentir, encuentro entre cambios. Sentir el viento desde el huracán. El desierto y los balcones de las estrellas. Sentir: qué es si no otra palabra más en la vértebra de los segundos. Sentir en la nada. Sentir en el vacío y desde la glorieta en bicicleta. Sentir. Eso me ha enseñado Carmen cada que abro sus libros y de ellos surgen aves. Su poesía emana una serie de colores traslucidos que provocan un exilio del momento, un ser intransigente se consolida en la mirada de los volcanes, y las recetas son poemas, y de ahí, los bocados en cada una de nuestras esperanzas. Sentir el espíritu una vez para no acabar en el delirio de la gota. Así me quedo con sus palabras, que llegaron como riego a este jardín poético. Otra vez, la palabra sentir como pilar de la poesía, y de ahí la convocatoria ante cada amanecer, ante cada despertar de las flores.

Zurcido de poemas. Foto: Miguel Asa

Ya te has dado cuenta de que la nostalgia no es para siempre. Que el cuento se desvela en medio de las crinolinas. Que nos hemos callado un cardumen dentro de la piel. Que mis venas son ríos de lo que se percibe en la cocina. Que hoy ella me ha dado el recetario de esta región, invisible e inaudita, pero al final vocablo. Que no descansaré de las perlas que postran sus versos, pues ahora persisto en esta obra que si no negra, los colores se expanden. Son instantes de pasiflora lo que sucede entre las manos y desde el destierro de cada arroyo. Así nos quedan sus palabras, en este papel de hoy y la obra ya está en proceso. Carmen es tan dócil, que genera conflictos en las pesquisas de las mañanas que surgen del vientre de los leones. Ella es auténtica fiera de la paz. Es una silueta de la emoción de la poesía y se lee con calma, como el platillo del silencio en el espejo morado de las secuencias. Así es Carmen Villoro, ese disco que suena de un lado para otro y baila muy despacito para decirnos que los alimentos de ahora nos alcanzan lo suficiente para saciar el momento.

El instinto de ser. Foto: Miguel Asa

Existe un momento para detenernos y ver las soledades de las casas sin cocinas, de aquellas que aún no han sido nido de charlas y de mondadientes, en las que la poesía pasó ligera y no se desveló en la intransigencia, en las que llega uno impuntual con el corazón roto para enmendarse con una bandita y seguir. Se eleva Carmen y va el discurso de los botes de agua. Ya decía yo. Estos cimientos más que concreto son flores desde la columna de sus versos. Le han salido alas, y aquí, sus vuelos. Se trata de flores abiertas a la luz, al apaciguamiento del corazón, al tejido de la exploración del sol y de la luna. Se descubren en cada día y se regeneran los pasos, los caminos se abren y existe la ilusión del momento. Hay que tener la montaña en el disfraz de las suculentas. Podemos ser río y a la vez galaxia y entre los versos de Carmen queda la sombra como la protección de la liviandad. Se trata de una amalgama de certidumbre, de realidad y de sollozos, momentos en que alcanzamos la gracia de la palabra. El verso se pone a hervir y surge de sus dilemas el platillo que resuelve el hambre del mañana.

Lecturas. Foto: Miguel Asa

Ha usado a la transparencia como el ferviente movimiento de lo que acontece en la explanada de la melancolía. Hay un suspiro breve y después parte al alcanfor para distraerse de la memoria. Se vuelve el sueño y nos contiene en una alegría que pasa inadvertida como una caricia a los árboles. Se nutre de los instantes más delicados, teje con paciencia y nos abraza en la duermevela de las sirenas. Carmen nos entrega la paz del terremoto: así de voraz es su trabajo. Se incrusta lentamente en lo perplejo de la armonía y canta la liviandad de las mariposas. Después nos vamos en la caída de la veracidad día a día. Su obra como su sentir es una puerta para conocer las pequeñas moléculas que abrazan al dinosaurio.

Base literaria. Foto: Miguel Asa

Carmen Villoro estudió psicología en la Universidad Iberoamericana y se especializó en psicoterapia psicoanalítica en la Asociación Psicoanalítica de México. Ha publicado poesía, prosa y cuentos infantiles. Entre sus obras se encuentran Jugo de naranja (Trilce Ediciones, 2000 y 2008), Obra negra (Ediciones Arlequín, 2006), Liquidámbar (Mantis Editores, 2017), El habitante (Editorial Paraíso Perdido, 2019), Zurcido invisible (Hechuras por encargo) (Mantis Editores, 2023), entre otros poemarios. Se ha dedicado a la divulgación cultural en diversos medios de comunicación y ha formado parte de proyectos literarios de diversa índole. Le gusta la sencillez y percibe el ejercicio de la poesía como un acto noble de colaboración. Ha apoyado a diversos proyectos culturales y de igual manera ha fortalecido desde su experiencia a la docencia académica en la Universidad de Guadalajara.

¿Cómo es una flor ante la abundancia de la poesía?
La poesía no está en la flor ni está en el poeta: está en el encuentro del poeta con la flor. Ahí surge esa experiencia de asombro que no puede decirse con palabras, ni siquiera con la palabra poética. Ésta es siempre un intento malogrado, apenas un roce de esa experiencia inefable.

¿De qué manera preparas una receta gastronómica con letras?
Las letras, las sílabas, los sonidos que éstas producen son la materia prima con la que se cocina el poema. Los silencios son un ingrediente necesario para que las palabras tengan cuerpo y puedan formar versos. Todo texto debe hervir a fuego lento y dejarse reposar. Los poemas precipitados se abrazan y se queman, los que perduran fueron aquellos que merecieron el tiempo que todo necesita para estar al punto. El platillo puede ser insípido si es intelectual. La razón es ingrediente duro de cocer. En cambio, la emoción lo ablanda y le da buena consistencia, dichosa y placentera, pero no debe pasarse de almibarado, porque el azúcar en demasía amarga. Los poemas se sirven en platos limpios, sin salsas ni acompañamientos y han de ser degustados con cuidado y calma, para que revelen el poder que contienen en el corazón, al fondo de las hojas.

¿Cómo escapas de la acción de lavar los platos?
La acción de lavar los platos es una de las grandes acciones de la vida. Sería feliz en una lonchería en la que mi misión fuera lavar platos por horas. Nada como una tarja donde el agua y la espuma se dan cita y se mezclan entre restos de fruta que desaparecen en el remolino de agua, y transforman la mantequilla en cristales transparentes. Quiero ser vidrio y porcelana entre unas manos fuertes y seguras. ¿Quién no?

Si fueras un sueño, ¿cuál serías?
Soy el sueño de mi madre y de mis abuelas. Soy el canto dramático que jamás salió de la garganta y reventó en el pecho de mi abuela materna como una granada. Soy la lluvia que mojó el cuerpo oculto de mi abuela paterna y la cubrió de besos prohibidos. Soy las calles que ellas nunca transitaron y las palabras que no se atrevieron a decir. Soy la poesía que mi madre no publicó y el vuelo que temió para mis alas frágiles. Soy el sueño de libertad que forjé para mi única hija y mis múltiples, imaginarias nietas.

¿Cómo te sorprende la piedra y el silencio?
El silencio es la manifestación más clara de la presencia de lo sagrado. No sólo es el fondo sobre el que se dibuja el discurso. Es una expresión contundente y elocuente. Ante el amor y ante la muerte guardamos silencio, porque ante esas experiencias cualquier palabra se vuelve retórica. La piedra trae con ella su silencio, que es la quietud y la majestuosidad de la naturaleza. Mi existencia es ruido pasajero; la piedra ha sido desde siempre y permanecerá siendo ese silencio que llamamos Dios.

¿De qué manera repercute un animal en tus letras?
Yo soy un animal de letras. Alienada por el lenguaje y la cultura me veo en la necesidad de rebelarme a través del juego. Hacer de las palabras la plastilina moldeable para construir criaturas nuevas que hablen una gramática distinta, más cercana a las imágenes que a las ideas. Soy un animal destinado a ser un homo sapiens que pretende ser un homo ludens. Con la edad reconozco mejor al animal que llevo dentro, y lo protejo.

¿Cielo, agua, hoja o maracuyá?
Maracuyá es una hermosa palabra. Es carnosa y al decirla, la lengua la paladea, los labios la detienen para que no se vaya, los dientes evitan lastimarla. El amarillo se abre camino entre su pulpa densa y tropical. Cielo, agua y hoja son testigos callados de su sensualidad.

¿Qué momento memorable tienes al lado de una bicicleta?
Sobre una bicicleta transité la juventud: la empinada pendiente, los brazos levantados, el manubrio apenas detenido con un toque sutil de las rodillas. Tengo una bici retro en el descanso de las escaleras. Una escultura al tiempo que se fue y a la nostalgia que perdura.

¿Qué sientes cuando degustas una nieve al lado de la vida?
Me gusta esquiar sobre la nieve de limón, sobre todo en verano. Después morder el cono de galleta y cerciorarme de que la vida cruje para mí. Solo entonces, sentarme en una banca y mirar a los niños y a los perros con la alegría de quien se ha olvidado de sí misma, salvo por el sonido de la galleta entre los dientes y la lisura blanca por la que se desliza el día.

¿Con qué juegas en tus creaciones: con un papalote, una pelota o un trompo?
Un papalote que baila; un trompo que se levanta por los aires, ligero como un papel; una pelota que gira hasta convertirse en un punto fijo que, unido a un hilo, se pierde en el firmamento.

Resposteria gramatical

Poner el sustantivo en un recipiente; ablandarlo con adjetivos suaves y cremosos; cernir los artículos y las preposiciones; añadir un par de metáfora frescas; batir los complementos a punto de turrón para envolver la mezcla; lubricar el molde con más de una vocal para que las consonantes secas no se peguen; vaciar el contenido en un soneto firme; hornearlo al fuego lento del afecto; dejarlos reposar para que la pasión no ceda a la intemperie; servirlo en la mejor tipografía; consumirlo despacio y con deleite como todo lo que ha de desaparecer del plato.

Obra negra (Editorial Arlequín, 2006)

El mar se abrió
entre guerras y violetas y mi llanto.

El agua se contuvo en los dos frentes
y se formó un atajo.

Marchó la carne, luego la idea
el palpito se adelantó a su sombra.

Las palabras vendrían después:
este camino era
cuestión de sangre.

Liquidámbar (Mantis Editores, 2017)

Sobre el comal caliente los círculos se inflan un momento,
son el suspiro de la mujer que les da vida con sus manos
tostadas. A tu mesa llegan las tortillas humeantes, el
alimento milenario que convierte la comida en un ritual. En
tu boca se agitan los maizales, germina la tierra, arde de
nuevo el sol, mientras saboreas el grano que alguna vez fue
sólo de los dioses.

Jugo de naranja (Trilce Ediciones, 2000)

VI

La palabra es una fruta,
es redonda y jugosa
y tiene un hueso duro en el fondo.

La palabra “palabra” abre su cáscara,
se desnuda y enciende entre los labios, el paladar,
la lengua.
Se escucha entonces su pequeño cuerpo
que estalla como el trigo
y los dientes apenas y la tocan
para no lastimarla.

La palabra “fruta” es más carnosa,
la palabra “comerse” tiene, a su vez,
unos pequeños dientes,
la palabra “autofagia” se autofaga,
la palabra “redonda” sale como burbuja
y en el aire explota,
la palabra “explota” me salpica,
la palabra “fondo” tiene su hueso en el fondo,
la palabra “duro” lo hace más corrioso,
la palabra “silencio” se lo traga
o por lo menos lo esconde.
Es la palabra un fruto
que ha suspendido el tiempo
en plena adolescencia.
Está ahí siempre pendiente del árbol del lenguaje
anaranjada y dulce.
Si la tocas con amor, te fecunda.

Es un fruto
pero es también una piedra
dispuesta a seguir siendo piedra.

Estalla pero a la vez se enrosca.
Es el punto y la línea,
la parte y el todo,
el presente que contiene pasado y porvenir,
el núcleo y sus orillas.

La palabra es una forma de mirar
lo que no está,
por ejemplo el paraguas, ese,
o el paisaje de niebla.
Es un engaño para mitigar el dolor
de la despedida que somos.

Fragmento de “La palabra”
Obra negra (Editorial Arlequín, 2006)

Zurcido invisible

a mi hija Mariana
que reclamó tu nombre

¿Quién fuiste, Luisa Jordana?
Yo te he negado tantas veces
como todos los otros.
Tomé de ti las manchas de mi piel
y no sé si también ciertas constelaciones
que habitan en mi sangre.
Pero también te expulsé, Luisa Jordana,
como mi bisabuelo.
Lo hicimos todos: tus padres y tus nietos,
cinco generaciones te olvidamos.
Todos pagamos para que te fueras,
“costurera del pueblo”, lo más lejos posible.
Porque eras pobre, por indigna, por puta,
por eso te pagamos, te corrimos, tachamos
y te quitamos a tu primera hija
que, ya vieja y enferma, te buscó en sus delirios.
No cubriste a tu niña con tus telas,
no cubriste a tu niña con tus manos,
suaves, sedosas manos de mamá.
No le hiciste un ropón, ni un vestidito.
Ni mediste su talle cuando fue señorita.
Ni bordaste de encajes su vestido de novia.
“Costurera del pueblo”, eternamente.
No tu nombre tan bello, tan fuerte, tan entero:
Luisa Jordana,
preñada, herida, lastimada.
¿Recordabas la espalda de aquel hombre
que en pespuntes y pulgadas recorriste?
¿Su brazo firme que apretó tu cintura hasta el abismo?
¿Su mano fuerte ciñendo tu cadera?
¿Pensarías en tu hija algunas veces

cuando tuviste otros, ya lejos de tu tierra?
¿Pudiste separarte de ser tierra?

Yo seguí la consigna de no saber tu nombre.
Es por eso que escribo este poema
con vergüenza,
para decirlo a voces y así zurcir el hoyo
heredado a mis hijos.
Y reparar el miedo, si se puede.
Y coser, costurera de mi alma y de mis huesos,
tanto odio.

Zurcido invisible (Hechuras por encargo) (Mantis Editores, 2023)

No me lo digas todo, no me cuentas
No quiero entre plegarias tu garganta
ni entre quijadas
el hígado enraizado de sus ruegos
 
No los quiero
 
No me traigas la luz que me enceguece
No me hagas ese tajo
No me hables de la espalda hasta sacarme el mal
No me tragues la vida
No me dejes la espada entre la voz.
 
Yo te suplico a ti
No me desvastes
 
Liquidámbar (Mantis Editores, 2017)

 

Víctor Pazarín: poeta de Tonalá en barco de papel

Víctor Manuel Pazarín. Foto: Miguel Asa
Víctor Pazarín: poeta de Tonalá en barco de papel
El ensayista que navega entre los diarios y los imposibles

¡Qué manera de comenzar! —me digo, y la evoco—.
¡Qué grande manera de empezar a vivir!
¡Qué noche tan triste esta noche, que apenas inicia!
Víctor Manuel Pazarín

En memoria de Víctor Manuel Pazarín (1963-2021), poeta y amigo.

1 Breve despedida del ahora

Qué pequeña manera de morir estamos padeciendo desde siempre. Qué galaxia tocó la incertidumbre este sábado. Qué lastimosa tarde que te busco en mi pueblo y ya te has ido.

Si me preguntan por qué me hago llamar Miguel Asa, fue por la dicha de haber conocido a Víctor Manuel Pazarín hace más de 15 años. Aquel seudónimo que tomé de las letras de Dolores Garnica, en 2005, Miguel (así, sin apellidos), lo sintetizó él: “Extraña y necesaria la súplica de Miguel Asa —o Miguel Asísinapellidos— y tan misteriosa como su propio creador”. Y ya mi Tonalá se ha quedado sin poeta.

Y es que recordar a Víctor, o Pazarín, como una enorme comunidad le conocimos, fue un receptor de la poesía que frecuentó con demasía la volatilidad del pensamiento. Y es que, día tras día, en un traslado desde el oriente de la ciudad, siempre tenía una palabra, un viento, una velocidad por promulgar algo. En ello su ejercicio se consolidó como una estampa de la que fuimos testigos una generación de enormes sueños. Pazarín nos daba la posibilidad de estar semana a semana en el periódico universitario.

Y me acordé de que la lotería de mis textos se logró gracias a su respaldo. Mis palabras encontraron auxilio en sus didácticas y mi práctica se hizo presente ante muchos. Me tomó por la poesía experimental, algunas cosas de valía carnavalesca (los tacos, la lucha libre y no sé qué más infortunios), además de uno que otro asunto fotográfico. Pazarín fue amigo de muchos amigos. Hizo de La Gaceta de la Universidad de Guadalajara un rincón de amor. Luis Armenta Malpica me dio la noticia de su fallecimiento aquel abril de 2021 y lo quise despedir con otras voces. 

Y desde Sudcalifornia, Adriana Navarro, compañera de oficio y su amiga, escribió: “Juntaría todas las palabras aladas y transparentes que me tendías. Tus palabras desbordadas llenas de tiempo y color, de paisajes profundos, palpitantes, que me ayudaron a construirme y a extenderme en páginas y páginas por tantos años. Gracias por la enseñanza, la confianza y tu gran amistad.”

Y me acuerdo del piso 6 del edificio de la Universidad de Guadalajara. Ese piso que nos conmovió la vida y nuestras fichas. Desde ahí su presencia y la apertura para la comunidad desde la poesía y los universitarios. Cuántos espacios nos entregó para publicar, para ser, para poetizarnos. 

Y Luis me dijo: “Cuando conocí a Víctor Manuel Pazarín, hace como treinta años, ya era un hombre respetado con Mala Estrella. Apostó por los muy primerizos Guadalupe Ángeles, Julio César Aguilar, León Plascencia Ñol, entre otros. Y con Soberbia, una revista que animó posteriormente, deambulaba por el mundo literario de Guadalajara intentando la comunión, fallida, de los diversos escritores de ese entonces. En algún evento, Víctor me presentó de esta manera: ‘premios Aguascalientes hay bastantes, expremios sólo hay uno’”. 

Y le respondí: Cuando conocí a Pazarín me permitió publicar un poema en La Gaceta para quien entonces era mi pareja. El verbo de mis textos se promulgó como una lotería dentro del desierto al aceptarme como colaborador del periódico universitario. Sencilla, escueta y con una forma peculiar de observar, fue quien nos entregó un enorme trabajo editorial en Guadalajara y más allá del occidente mexicano.

Y desde mi Tonalá contemplé la dramaturgia de Teófilo Guerrero: “Durante una de las funciones de una puesta en escena en la que trabajaba, había una sonrisa germinando en un hombre sentado entre el público, eso me dio la confianza de seguir con la obra en una de sus mejores funciones en el Teatro Degollado. Años después ese hombre y yo coincidimos en las letras y en las publicaciones, como aquella ocasión en el Degollado, su sonrisa honesta y generosa hizo eco en mi ánimo. Hoy ya no está Víctor Pazarín, se fue a buscar metáforas a la eternidad”. 

“Y ahora que lo pienso -prosigue Luis Armenta-, con su humor sarcástico, Víctor Manuel era ese Gato de Cheshire de Alicia en el país de las maravillas. Entre más de una decena de felinos que habitaban su casa y su jardín, Pazarín sonreía lo mismo ante un poema que ante cualquier obstáculo. Cargaba en sus espaldas un carcaj de punzantes respuestas y se mostraba pleno, desnudo, sin el menor pudor, ante cualquier fotógrafo o pregunta. Esa seguridad, tan del mundo del teatro, cómo nos hace falta”.

Y me acuerdo, hice y escribí de desnudos, de trailers, de poesía, de casas, y no sé de qué tanto más bajo sus alas. Víctor entregó calzadas a la poesía. Se fue a Tonalá para contemplar desde allá todos los versos de Guadalajara. Le sabían, nos sabía. Fue un pequeño secreto del oriente en las páginas de la Universidad. 

Y llueve Iliana Hernández desde su nostalgia: “¿Qué somos sin la palabra? Un collage. Hoy mientras tomaba el café se abrió la puerta a otra dimensión, arrancó lo que sabía que estaba y no tengo capacidad para olvidar, tampoco comprendo el sentido de tantas cosas, por ejemplo, que hace tiempo me prodigaron amor desde el anonimato, un aleteo, un revuelo. ¿Quién se da cuenta y persigue hacedor lo desconocido? Develó lo que no sabíamos que estaba, yo no sabía, sin embargo el poeta demostró que estaba. Gracias tierra por cada uno de sus días”. Y Tonalá se ausentó de su poesía. 

Y me pregunto quién escribirá desde el oriente de la ciudad sobre los reflejos de nuestras pesadumbres. Quién nos hablará desde La Casa de la Lima. Quién avanzará sobre la avenida Río Nilo con versos, métodos, críticas y demás. Hoy me pregunto quién le tomará La medida a esa parte de nuestra ciudad. Y los pájaros no responden.

Y cerca de la Mona Alfarera, desde Los Ariles, en nuestra Tonalá, Teresa Figueroa pronunció: “Víctor, hoy quiero honrar tu voz inmarcesible, tu inteligencia clara, tus textos honestos, tu conocimiento que siempre compartiste. Quiero honrar la luz de tu memoria. Quiero honrar tu amistad sincera. La muerte se ha llevado tu cuerpo, pero nunca nos va a quitar tus palabras”.

Y cómo le hago para que esta lotería de tu muerte nos sepa a Ardentía, al fulgor de los ocasos desde el pueblo alfarero, a la cerámica quebrada en los hornos solitarios. Qué le digo a La Gaceta. Qué les digo a los universitarios en bicicleta que se identificaron contigo. Qué les digo a mis textos sobre la lotería de sus tristezas. Qué te dirán después de este día. Qué te dice este texto. Qué te dicen estas voces. Qué te decimos, Pazarín. Y Tonalá llora en barro. 

Y en una cancha de fútbol, el labio se separa de la letra. Miguel Ángel Áviles vocifera: “Recuerdo a Víctor como recuerdo a mis grandes amigos: a partir de libros, lecturas, cafés, entrevistas. Hay muchas páginas en medio desde el día en que lo conocí, y eso va a quedar siempre. Pero especialmente esos días en que charlamos sobre sus cuentos y poemas o cuando iba a la redacción de La Gaceta a saludarlo o en los pasillos de alguna feria del libro. Es un día triste porque se va un amigo”.

Y finaliza Luis: “Mientras conmemoramos el 700 aniversario luctuoso de Dante Alighieri, el centenario de la muerte de Ramón López Velarde y los 200 del natalicio de Charles Baudelaire, podría decirle a Víctor: poetas vivos y poetas muertos hay bastantes, pero me dueles tú. Descansa en paz, amigo, echaremos de menos tus discretas Presencias, tus Éxodos, tus Barcos de papel”.

No tengo tiempo para delimitar la ciudad más acá de sus versos. Sólo nos resta encontrarte, ensayista y periodista, en el poeta: “El verdadero, el otro”, la lucha, la libre, la desnudez, el taco, la pesadumbre, los artistas, los ilustradores, las penas, el piso 6 y tu levedad en Tonalá. 

Ya te fuiste. Me toca ver el ocaso desde El Cerro. Todos nos abrazamos para llorarte porque la poesía aún existe. Cruzaré Río Nilo con tus palabras. Que nunca falte el 231. Adiós, misterioso creador. 

2 Un telar de la fragancia

Hay una trifulca entre los sancudos. Se han vuelto a dormir con el perfume de las gladiolas. Y aquí estoy, en el encierro de ustedes. Aquí estoy, en el sustento del amanecer para conformar este telar con las palabras de Víctor Manuel Pazarín, quien fuera gato, una abeja y también volcán. Aquí sus letras le han construido una persecución de alimaña, una bendición tonalteca que tiene el corazón de barro. Esa merienda que surcó las nubes entre el sur de Jalisco y la investigación constante de nuestra sociedad.

Entre sus trabajos destaca la sensibilidad y la alcurnia de sus letras, un carácter ríspido, tenaz, dinosaurio, así, pequeño y sagaz siempre fue, pero se agradece su puntual observación para ser una exploración diaria, un poema que es voz de las orquestas del sol. Así la canción matutina como el augurio enorme. Así la vuelta al sol y el alicante suspiro de retornar. El alivio de ser, de explorar. Así la mañana, el amor, el recuerdo, el poema, las letras. Así el canto, el vacío, las miradas, la ruta 231 y demás configuraciones que sólo los tapatíos le sabemos a esa dinámica.

La poesía de Pazarín contrajo la sencillez de la lectura, de la mirada, de la configuración rumiante, de la desvelada, del barco de papel que se construyó sobre la arena digital que le vio hasta sus últimos días. Ya se ha hundido. Nos trajo la palabra para cortar cada segundo en dos milímetros de fortuna y en la veracidad de nuestro sistema solar. Nos volvió la mañana para ser nubes, para encontrar el horizonte en cada pestaña, en cada cuchara del café cargado. En la azúcar de estar siempre nosotros.

Nos volvimos la sangre de sus páginas. Le dimos volumen al azar, a la secuela de una duermevela entre las pantaletas de la chica enamorada y de los bellos del chico entregado. Nos dimos por amor, nos vivimos como colegas de la taza y una desafiante atención se volcó en los suspiros de la poesía. La inquietante sensación de ser se volvió un tornado, una revoltura de cereales con la cúspide del planeta animal, un grito, una gota, la planta. Hay que trepar por aquí a diario. Hay que construir una alcoba en la forma de los plátanos. Hay que zurcir un trayecto que nos permita mediar entre las hojas de los árboles para recordarnos que la sencillez es la mirada más potente de lo que se vive.

Pazarín nos cubrió de glorias, de distantes alcancías y de muchas maneras de volver a observar el sol. Quisiera que todo permaneciera más allá del instante y de repente ya estamos en la lúgubre ansía de la cabaña. Una antiquísima morada nos perfila de lado para sabernos encaminados por la turba de células que nos confronta a cada rato. La química como ese poema que no todos podemos escribir y sabemos del ser y de sus contenciones hermosas. Surgimos de la planicie de una noche convertida en ritmo latino. Así una flor dentro de la batería de sonidos que fue su corazón.

Una y otra vez, habrá que aplaudir a su existencia, pues la apertura al poema semanal se sumerge en la planicie de lo que somos como humanidad, una constante unidad de hilos y de fragancias que se llenan de café en un escritorio desde aquel piso 6. Vamos por las campanas, vamos con la configuración de la vida. Vamos en el espasmo de la sensibilidad y de la corresponsabilidad. Entre sus letras la observación de la naturaleza. La persecución de las memorias como el recuerdo de lo que se mira de nuevo, se atrae, y aquí, unos versos que se inundan para ser una noble sensación de nuestro amigo, de nuestro poeta, de nuestra alianza poética.

Y es que nos movimos entre las conchas, los mares y los huracanes. Nos existimos como focos y guantes desgastados, un café apagado entre el sonido de la vigüela, así la mosca en el sufrimiento al retorcerse en la pestaña de lo que nos queda, ese augurio frío y rojizo de las formas de la rosa.

Así Pazarín, nos dio el brío de las mañanas en Tonalá, el alcanfor como sustrato de la hoja en blanco, en ocasiones, un trama, una centella, un libro de forros naranjas. Pero qué decir de la fotografía si nos llueves como su sorpresa.

Qué fortuna esa la de encontrarnos en la posibilidad de estar en una oficina. Pazarín fue una roca que moldeo a varias generaciones, hizo y manifestó. Dio y compartió. Fue, existió con la sanguijuela del tiempo. Se hizo la palabra verde y también la revolución. Fue fe y hierro por igual. Se trató de la secuencia que devendría en un aroma de retorno, de esos que pasean por las arcoíris y se desfragmentan en la consolidación de la oruga. Y así lo recuerdo, con la sutileza de su espejismo entre el silencio, vamos a comenzar con la resortera para escribirnos un cápsula de incidencia y con ello fraguarnos de duermevelas emocionantes.

Sí, habrán de decir los desiertos de algunos libros que el volumen de la capilla se ha de desquitar con el amanecer de los flamencos. Y acá andamos en la penumbra de la mañana por leer de nuevo a Pazarín entre los rufianes de las semillas y los halcones que se revientan debajo del agua. Son armas de trazos similares a los colores que portan los cuadros de aquel papel tapis que nos llama fuego. Vamos a andar al campo para volver al perfume de Pazarín. Vamos al campo de nuevo para mirarnos como el cien fuegos que fue. Vamos a danzar entre las cuerdas para presenciar su ausencia como la colmena de papel.

Sus barcos de papel ya se han ido y en cada uno ha lanzado un poema para hundirse en nuestra memoria. Acá, desde la amistad, doy refugio a los últimos versos que de sus letras llegaron con amor de quien fuese su compañera, Deana Molina, a quien agradezco la oportunidad de saber de sus últimas letras. Vamos anidando la vida en la posteridad de la incertidumbre, vamos a volvernos refugio de nuestra señal.

Nueve cuarenta y cinco

Con la luz
de la mañana
resplandece el pecho de los pájaros

como soles
se abren,
cubren las ramas del árbol

me asomo a la ventana
y ya el día
está hecho

nada le falta

[30 de marzo 2020]

La luz de mi casa (Inédito)

Insomnio

A las dos de la mañana,
luego a las tres;
primero el calor,
después el frío,
buscando la luz
de la casa.

El eterno pasillo.
La brasa
como una lucecita
que alumbra y se extingue.

Dos de la mañana,
tres.

La oscuridad y después la luz.
La lucecita como un punto
en medio del infinito.

¿Cuándo es que el mundo se apaga?

[31 de marzo 2020]

La luz de mi casa (Inédito)

Ritual

Hay un muchacho,
abajo,
en el territorio del bosque,
que busca con afán:

acumula ramas
que alguna vez cortaron
de los árboles:
las fractura,
las ordena
y luego se va.

Es un muchacho
de torso bronceado
y brazos
con tatuajes:

ha vuelto,
—como ayer y como antier…—
ahora carga sobre su hombro
pesados troncos
que deja caer.

No es un trabajador municipal.
¿Es quizás un ser
que viene a recordarme
el encierro?

Se ha ido.

[2 de abril 2020]

La luz de mi casa (Inédito)

O

Se oyen
trascabos
barrenar el piso,
pero yo veo pájaros,
y veo al viento
mover
las copas de los árboles.

Se escucha,
a lo lejos,
el trajín de los hombres
que rompen
las calles,
pero yo escucho
el canto
de las aves.

Dan vueltas
y vueltas,
en buscan de las flores,
se mecen.

Escucho
el ladrar de los perros.
El grito de unos niños.
Y a los autos correr.

Lo que yo hago
es mirar
con incredulidad
que alguien ha pintado de cal
—quien sabe cuándo—
el tronco de los árboles.

Todo es, en estos días,
una sorpresa y un asombro.

[3 de abril 2020]

La luz de mi casa (Inédito)

Ardilla

Como a las doce,
como a la una y veinte,
aparece de pronto:
camina y luego
se detiene.

Se levanta en sus patitas
y otea,
es apenas un instante
pero todo ocurre
como si fuera una eternidad.

Se alza y se detiene.
El universo entero
está en sus sentidos.
En su cuerpo cabe toda
la existencia

—la suya y la mía.

Presurosa
se desliza
hasta perderse
en el arroyo,
por ahora sin agua.

Ya no vuelve.
Quedan en temblor
la luz del sol y el viento
entre los árboles;
el vuelo de los pájaros,
sus cantos.

Soy el testigo.

[4 de abril 2020]

La luz de mi casa (Inédito)

La vuelta

La he mirado dormir,
después de su regreso

¿hay acaso
en la ciudad
del desierto
—con sus canales de agua,
sus sauces llorones,
sus milperíos
y sus recuerdos—
algo más hermoso
que escucharla respirar a mi lado?

No imagina
ella
el miedo
—mi miedo—

y lo que me hacía
falta.

La luz de mi casa (Inédito)

Ángel Ortuño: poeta reptil con dientes de Motörhead

Ángel Ortuño y compañía Foto: Miguel Asa
Ángel Ortuño: poeta reptil con dientes de Motörhead
Un humano que se vistió de rock, poesía, tatuajes y humor negro

Drink and dance and laugh and lie,
Love, the reeling midnight through,
for tomorrow we shall die!,
(but, alas, we never do.)
Dorothy Parker

En memoria de Ángel Ortuño (1969-2021), poeta y amigo.

1 Café con poesía y una biblioteca

Quisiera ubicar en el tiempo el momento preciso en que grité algunos versos de Boa durante su primera presentación. Ángel rio con una mirada sencilla. Quisiera ubicar, de igual manera, sagaz, quizás un tanto delirante, el momento aquel en que procedí a solicitarle apoyo para aquella tesis inexistente en la que me abracé a la poesía concreta. Quisiera recordar, con detenimiento, las tantas tardes que le llevé café a la Biblioteca Iberoamericana “Octavio Paz” para charlar de momentos de poesía y sus formas inexplicables de experimentación. Pero ya se ha ido todo.

Después de dos años de su ausencia, he escrito esto como un balance a su memoria y por el agradecimiento que le debo. Conocí a Ángel Ortuño por medio de Miguel Ángel Avilés, una amistad en común en nuestros tiempos de universitarios. Desde entonces hicimos una rara y genuina mezcla de vinculación. La poesía concreta y el grupo Noigandres fue lo que me llevo a la Biblioteca y con ello, a la voz y al conocimiento de su persona, de su obra y de su perspicacia.

Ángel Ortuño sopesó la apertura de nuestra amistad para fortalecer aquella inundación de poesía visual-experimental (como la llamaba el poeta César Espinosa) que generé en las aulas de la Facultad de Letras de la Universidad de Guadalajara, que, en aquellos años, 2008-2009, dicho género no tenía cabida dentro del programa estudiantil y era meramente una alternancia diáfana en la regla de la academia. Desde entonces, muchos nombres, movimientos, referencias y libros se volvieron parte de nuestras tardes de diálogo. Fue un compañero de estudios muy peculiar sin habérselo solicitado. Esa poesía híbrida alcanzó varios momentos mágicos durante los años siguientes, 2010-2014, y Ángel me acompañó en alguna de las jornadas que de manera independiente organicé. En ese momento, recuerdo, logramos corresponder a poetas experimentales como J. M. Calleja y Clemente Padín, de España y Uruguay respectivamente, quienes visitaron Guadalajara para presentar sus trabajos, y por igual, hacer entrega de aquella obra que nos concedió Carlos Pineda y Ediciones del Lirio, La palabra transfigurada, Antología de poesía visual mexicana, con el fin de que el propio Ángel fuera quien la recibiera a nombre de su recinto laboral. Ese momento fue cúspide, excelso.

La amistad no sólo quedó en la experimentación poética. Fue una revisión de voces, de incertidumbres y de solidaridades, sobre todo, de confidencias literarias. Fueron tertulias, encuentros, charlas, siempre tuvo disposición para compartir su conocimiento. En ocasiones un café, una comida, una cena, una caminata, pero siempre, bajo el rumbo de compartir, algo que siempre le reconocí y le agradecí. Siempre existió oportunidad de intercambiar información y de brindar una opinión sincera sobre mis creaciones, producciones y demás. En algún momento toda su experiencia fortaleció una gran parte de los movimientos de Proyecto Ululayu, así una recomendación literaria, una revisión orto tipográfica, una argumentación para delimitar proyectos, una ironía para debatir sobre la literatura, una perspectiva sobre alguna edición, una propuesta de términos literarios, una corrección sobre mi poesía, en sí, fue de las personas más importantes que les dieron alas a mis primeras ideas como creador y como emprendedor cultural, no más.

Su confianza y viabilidad genuina fueron siempre una manera cortés de apoyo, de la campaña que generó a Proyecto Ululayu alguna vez me indicó: “Creo que lo primero que atrae la atención es esa especie de cortesía demodé: ahora que toda la ‘publicidad’ es demandante y agresiva, que incluso la promoción ideológica abusa de posiciones de autoridad (haga esto para estar en lo correcto), ‘Por favor, lea poesía.’ destaca por ser como una vocecita al oído. De ahí que me parezca un acierto lo de las fotografías aéreas: porque juega con las escalas descomunales”.

Y no sólo fue eso, durante 2014 persistió en mi trabajo poético como nadie más lo ha hecho pues reviso durante algunos meses la que fue mi opera prima fotolvidarte:sueño, obra que desmenuzó de diferentes maneras: “Yo diría que es una escritura que me hace repensar la vigencia de ciertos registros que campearon en las décadas de los sesenta y setenta en la poesía latinoamericana y que se reinventan desde un ángulo que les da esa frescura que su devenir retórica les había quitado hace ya tiempo”. Con ello no sólo contribuyó a mi trabajo poético colectado en esa obra, sino que además sus letras fueron prólogo de esta.

Y así fue el caminar. Para 2015, previo a un viaje que hice en bicicleta por el Pacífico mexicano, gestioné la consolidación de Vía Literaria con el Sistema de Tren Eléctrico Urbano (SITEUR), aquello fue una campaña de poemas breves dentro de los vagones del tren ligero de Guadalajara, y sin ningún ánimo de pretensión Ángel participó en la primera edición y en el camino de la estructuración final de esa campaña. Fue el poeta que me ayudó a balancear los contenidos, desde la revisión de las propuestas hasta la jerarquización de las estructuras de cada diseño. Vía Literaria se debió a él en gran parte como el último editor adjunto, que yo sin saberlo, delimitó mi forma de concebir a la poesía hacia diversos públicos al ser expuesta de esa manera en la ciudad. Recuerdo su sorpresa cuando le compartí una fotografía de su trabajo en el viaje citadino dentro de esas máquinas.

Sin embargo, en 2016, desmesuradamente la amistad tendría algo de distancia debido a ese viaje que realicé como una etapa de meditación personal. Al regreso, a finales de ese año, una breve presentación de uno de sus libros, Cola, nos reuniría nuevamente. Con ello surgió uno de los mejores encuentros radiofónicos que he tenido, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara de ese año, generamos una transmisión especial de rock y literatura para un Velador Groovy, producción de Radio Universidad de Guadalajara que permitía tomar el control de la radio en las madrugadas de domingo. Aquella noche de noviembre de 2016 fuimos dos parlantes en los que, durante cinco horas, de las 00:00 a las 05:00 horas, hablamos de los elementos diversos que se relacionan entre ese género musical y las letras. Exploramos historias, canciones, sonidos y el cansancio de una conversación entre amigos desde una larga lista de canciones como “Cosma Shiva” de Nina Hagen, “The Litanies of Satan” de Diamanda Galás, “Rock N Roll Nigger” de Patti Smith, “O Superman” de Laurie Anderson, “It’s My Life” de Wendy O. Williams, “One Way Or Another” de Blondie, “What Is Rock?!” de Turbonegro, “We’re All Mad Here” de Tom Waits, por mencionar algunas.

Esa noche fue una clase particular que exhibimos al público. La radio, la música, la literatura y más cuestiones de conversación saciaron la cita nocturna en la que nos abrimos a la comunidad radioescucha, y que, con mucho ahínco, logró escuchar con detenimiento.

Pero no todo quedó ahí, siempre hablamos de la poesía como una entrega abierta y oportuna para la sociedad, de ahí que hoy mis discursos sobre las poéticas que me rodean pretendan el estudio, la experiencia y la influencia en nuestros contextos. Respecto a la contemplación de las poéticas ajenas y de los atrevimientos de lo comunal alguna vez me comentó: “Yo siento curiosidad por el trabajo de todos, alguno me gusta más que otro, pero no pretendo hacer un canon de ello… mucho menos entrar en tristes rebatingas de capital simbólico o –esto sí, el colmo- persecución de cargos públicos en el área de cultura”, de ahí que la disidencia poética que siempre portó fuera un ideal que compartíamos como base de nuestro actuar socio literario.  

Ángel Ortuño y su humor ácido hicieron frecuente la potencia de la ironía, de las últimas memorias le recuerdo con un sentido amplio de sarcasmo, de risa y de frivolidad, y como siempre me decía, “soy muy desordenado”, sin embargo, nunca faltó su modesto orden para atender. Ángel y yo dejamos pendiente el viajar en motocicleta, nos faltaron más poemas visuales, una celebración de cumpleaños, algunos retratos, una entrevista y no sé qué tantas cosas más.

A dos años de su partida decidí comenzar mi Almanaque poético de Jalisco como un homenaje a su alternancia dinámica, intuitiva y precisa con Proyecto Ululayu. No me queda más que agradecer su presencia en mi crecimiento retórico y en mi desenvolvimiento literario. Aquí esto como una evidencia de lo que alcanzamos y con ello, la despedida de algunas de las personas cercanas que le apreciamos.

Invitación Velador Groovy con Ángel Ortuño para Radio UdeG. Diseño: Miguel Asa

2 Poemas en bolsita con popote

Hay un torpedo que intenta volatizar a Godzilla y me pregunto en los destellos de los labios de los metaleros que suavemente se incrustaron pétalos de colores en la ruda piel de cocodrilos que portan al azar. La poesía de Ángel Ortuño medita en un declive inusual de la libertad, generó el columpio de las nubes y de los supermercados. Infringió con gusto y serenidad el rubor de las doncellas y de los canallas en un tapiz con un estilo kitsch y desmenguado a la ultranza del despotismo colonial de sociedad. Ángel se carcajeó de todo minucioso entretenimiento que declaro al alba, las maquinitas y la sangre de plástico que sobrevivió a los muñecos de sueños dorados.

La poesía de Ángel fue un videojuego que nos llevó a diversos niveles, a veces el castillo, en otras el espacio galáctico, otras tantas el comedor del puesto callejero, en muchas tantas la noche de la brillantina y de las luces neón. Siempre el juego cambió, siempre de nivel, de estructura, la serpiente, el número, el riff, el estruendo, la gracia, el temor, la gallardía, la discordia y muchas ocasiones la duda, la incertidumbre, la posibilidad de generar lo ridículo como una bandera de la potencia creativa. Eso hizo Ángel, pormenorizar los detalles estruendosos y desenfadados de la poesía en batidos de fresa con chispas de colores. Dentro de su aspecto rudo y temerario existía la inocencia de un niño, le gustaba jugar a ser niño, el pícaro, el irónico, pues consideraba a las infancias como una realidad potente de la poesía. Las letras de Ángel llenaron el vacío de las corcholatas, de los soldaditos de juguete, de las lágrimas de los osos de peluche y del ferviente amor de las paredes y los cables.

Su poesía es electricidad, una corriente disfuncional que nos permitió saborear los pequeños electroshocks para degustar en cada verso la sombra de una cajita de colores, en cartón, ruborizados con la pena de un teléfono celular sobre el río de palabras. A veces un monstruo, un ser sin forma, un encuentro de los no comunes, un silencio con intemperie y hojas plateadas llenas de retórica efusiva con bandas sonoras de furor de potasio, un labial descompuesto, un par de anteojos sin lentillas, el sacapuntas sin filo, pero siempre, o casi siempre, la envoltura del regalo compuesta por los diversos diarios de la urbe, el regalo perfecto.

Leer a Ángel es entrar en un campo de batalla lleno de chicles de bolita, una mascado de fibras contracorrientes cuando las alas exploran la lentitud de las raíces mecánicas. Ángel fue una sonrisa discreta, su poesía, la carcajada de plastilina que se moldea ante cualquier situación. Fue democrático, farmacéutico de químicas complejas y un tanto, sin chamarra de piel, rueda de la fortuna. Nos permitió conocer el juego de la poesía en nuestra época. Nos enlazó con la bolsa del mandado y los letreros fortuitos de la calle, se rio de sí mismo y de las nubes con formas de animales, hizo burbujas en el camino y se plantó una cuesta arriba llena de melancolías de conchas de mar y de tiburones neón.

Ángel paseó por las calles de los chapulines, se convirtió en insecto, un anagrama del día a día en la virtualidad raquítica de nuestras pantallas, fue muy divertido leerle tan esporádico y tan llavero. Ángel invadió el cable de ethernet con figuras que le permitieron reconocerse entre la diversidad de la poesía, así con monstruos, flores, dinosaurios, esqueletos, carcasas, empaques, serruchos, aerosoles y demás. Sus letras nos llevaron por un estilo único, una juguería de cementos, piedras y razones efímeras de la alegría. Fue la casa de los espejos, el tiempo de los seres raros, de la curiosidad del bit, de la presencia de los tigres en los puestos de tacos. Ángel no escribió, jugo a ser poeta y le bastaba combinar la gabardina con los pastelitos de frambuesa que preparó la reina del territorio virtual aquel.

Da lo mismo comer una fotografía como erradicar de nuestras mentes el temor de lo efímero. Entre la soberbia eclética que lo identificó como una alcancía de monerías peculiares, su constructo poético nos permitió ecualizar nuestras bocinas, sacar nuestras voces en elementos de pastas de sabores y aromas de bolsillo de pantalón de una semana sin lavar. Su obra queda en el recuerdo como una voz enigmática que los electrones cuestionan a la par de los rugidos de las sirenas que se mueven en el mundo cibernético. Somos ecos de un piano para música disco usado en el rincón de la cantina, la cortesía de la descortesía y todos los días, una cajita musical con notas de metal y algo de persuasión de gatitos bañados de chocolate, la gracia de las garras está en el pastel de tres leches lleno de tequila.

La poesía de Ángel es el juego de ajedrez con fuentes de cristal, inmediata, sencilla, compleja, de rubores rositas y de imágenes que la tarjeta madre nos tejió en el cuadernillo del corazón. Ángel integró su poesía en las letras chiquitas del empaque, nadie sabía que fuera a enraizarse en los escrutinios de nuestros mecanismos con el desarmador de polvo. Ca/ na/ lla/ se ha ido.

Ángel Ortuño en Vía Literaria en 2015. Foto: Miguel Asa

3 Una despedida con varias despedidas

Ángel, a los días de tu partida convoqué a tus voces para decirnos adiós y aquí están los ecos de hace dos años:

Recuerdo cuando me diste un libro, u otro, no sé, una película. Recuerdo las risas de corrección, los maestros incoherentes y sus status quo de mierda. Nunca la ironía me supo tan negra, ni los versos se me llenaron de palabras secas, metálicas y metaleras. La muerte no toca a quien vive en las palabras de sus alumnos, a quien escribe con punk la nueva marcha de la poesía.

Vanessa Botello

 

Ángel fue un poeta, en primer término, poderoso. Como ninguno. Único, porque creó un lenguaje donde convergían el sentido del humor, el aprendizaje vanguardista e incluso el truco, el artificio y el engaño. Algunos de sus amigos, Víctor Ortiz, Álvaro Luquín y yo, lo esperábamos para desayunar. La noticia fue un golpe tremendo, todavía no la asimilamos. Maestro de muchos de nosotros, un amigo entrañable. Creo que no podríamos calcular la proporción de su legado, eso solo lo podrían decir todos aquellos que al encontrarse con su obra transformaron su visión de lo poético y, quizá, de la vida. Como aquél siempre contemporáneo, Rubén Darío, Ángel Ortuño era un poeta muy antiguo y moderno. Más que eso: de tan presente, futuro. Lo seguimos esperando.

Carlos Vicente Castro

 

De Ángel a ángel

Como el transeúnte que veía poesía
en las calles,
en los buses,
en la burocracia del hospital.
Como el poeta que hacía memes
de los clásicos,
de la poesía,
de sí mismo.
Así le recordará esta que escribe.
Qué es la muerte para quien
se burlaba de la vida misma:
pretexto para Ser poesía.

Lucy Cruz Granados

 

Yo admiraba a Ángel Ortuño: compraba sus libros, atendía sus presentaciones en las que, para mi sorpresa durante sus lecturas, leía a poetas mujeres y compartía poemas maravillosos de ellas, en lugar de hablar o leer algo de él. A pesar de eso, su porte rudo-dark y su tatuaje de Motörhead, me mantuvieron a cierta distancia durante un tiempo. Vencí esa timidez para pedirle que estuviera en mi primer programa de Poesía on the rocks el 12 de febrero de 2016, fue Ángel Ortuño, ese ángel-dark y luminoso quién me acompañó en aquel tembloroso primerísimo paso sin conocerme. No es sorprendente que ese día habláramos de Lemmy Kilmister, también estuvo Álvaro Luquín y los tres fuimos de Kilmister a Bowie, quien en 1971 fascinaba a su público vestido de mujer (romper géneros fue cosa de viejos rockeros y rockeras como Patti Smith). También me acompañó como tallerista en el Calle de Cervantes, en las lecturas que organicé de poesía para no poetas y hasta compartimos mezcales más de una vez en La Occidental. Hoy, su último post en Facebook, fue para compartir la portada del libro Vine porque me pagaban de la poeta rumana Golgona Anghel, creo que no podía despedirse de otra manera.

Y vendrá el camarada a salvarnos porque para los ojos
de su amor infinito,
todos somos
los únicos.

Iliana Hernández Arce

 

Ironía es
que se llamara Ángel ese ángel
del dios
de la ironía…

Isaac Ortiz

 

La muerte de Ángel nos deja un vacío, a muchas y muchos de mi generación pues, además de las gran amistad y generosidad, su poesía nos enseñó la manera de una escritura delirante sobre moldes clásicos. Era Roxy Music sobre Manrique. Un decir no a lo políticamente correcto. Descotidianizar lo cotidiano.

Álvaro Luquín

 

Gracias por los momentos de risa en las clases, por las anécdotas, por la invaluable enseñanza. Por “Pierre Menard, autor del Quijote”, tardé en darme cuenta de que era de Borges. Espero que en donde quiera que esté, siempre disfrute de una buena taza de café, profe.

Ámbar Orozco

 

De Ángel aprendí a comprender la poesía de otro modo. Entendí que hay algo más allá en el poema. Lo recuerdo mucho hablando de poesía varios cafés y bares de la ciudad y hablando de libros en la Biblioteca Iberoamericana Octavio Paz o en Ediciones de la Noche.

Pero, sobre todo, la noche de hace siete años cuando habló súper emocionado de Viaje de gorilas, del poeta ecuatoriano Jorge Carrión, libro que publicamos en Ediciones Morbo y que presentamos en el Ex Convento del Carmen.

Leer Aleta dorsal o Las bodas químicas fue revelador cuando los leí, siendo estudiante de literatura en la Universidad. Porque a pesar de que Ángel no me dio clases en las aulas, sí lo hacía en sus libros o en las charlas que tuvimos en cualquier lado. Y lo que creo que no olvidaré jamás es justamente ver a Ángel en la puerta de la Biblioteca, cuando iba a leer para salir de la ciudad. Gracias, Ángel.

Miguel Ángel Avilés

 

Estafa 2014
De Ángel Ortuño escuché una vez decirme:
– ¿Quién te estafó era de la tercera edad? No puedo enojarme con él, creo que es admirable que se dedique a esto.

Nalleli Sánchez

 

Ángel Ortuño fue nuestro maestro

literalmente
en tercer semestre de Escritura Creativa

nos enseñó que la literatura es un ajedrez
donde un scriptor es un peón
un compilator una torre
commentator un alfil
el auctor es la reina
y el rey el canon

Ángel Ortuño pasaba su mano por el tablero
tiraba todas las piezas

y se ponía a jugar con los caballos a las muñecas

Manuel Jpg

 

Me piden que escriba unas palabras sobre Ángel Ortuño. Es difícil hacerlo y saber que no estará más. Tuve la suerte de ser su amigo y también su editor. Preparábamos en estos días su ingreso a Nox como profesor en la materia de poesía. Hablamos hacía muy poco para preparar el programa y bromeamos sobre nuestros achaques y la temible esofagitis. Estor consternado, sorprendido, encabronado por su muerte. Ninguna muerte es justa, menos la de alguien tan talentoso. Un poeta especial y diferente en la literatura mexicana. Nos conocimos hace muchos años -¿treinta, quizá?-. Escribo esto y me doy cuenta de que sigo hablando de él en presente. Nos conocimos hace demasiados años mientras él iba a la facultad y yo acompañaba a quien era mi pareja de entonces. Luego coincidimos en muchos lados, en revistas, en editoriales, en fiestas. Hoy por la mañana, al recibir la noticia de boca de otro querido amigo, me vino toda la tristeza del mundo porque hemos perdido a un hombre generoso, divertido y con un talento enorme.

León Plascencia Ñol

 

De una alumna para el profe Ortuño
1. Gracias al profesor de planta por hacerlo su suplente.
2. Mane, Tecel, Fares.
3. Prometo probar el café como usted dijo.

Dani Gz Vega

 

—Hermafrodita, dijeron.
—Como en la canción de Steel Panther. Dije al frente, el profesor sustituto reía, sólo él.

Por hablarnos lo mismo de Gloryhole de Steel Panther que de Mane, Tecel, Fares: los días de la poesía están contados.

Cindy Hatch

 

Ángel Ortuño fue un poeta que negó siempre serlo, más allá de su humildad, bonhomía y accesibilidad, fue un gran amigo y contertulio de los más diversos banquetes literarios en los que participó, siempre haciendo gala de una sabiduría deslumbrante que matizaba con su no menos llamativo humor punzante, inteligente y desenfadado. Sabía como pocos de poesía, cine, cómic y rock. Amante de Mötorhead, más allá de lo musical, fue sin lugar a dudas un poeta contracultural. Quienes fuimos testigos de todo ello, hoy lloramos la estela que deja tras de sí este poeta mayor, que viajaba en urbano de Tlajomulco a Guadalajara todos los días con una sonrisa eterna y juvenil como sus camisetas negras y sus botas industriales. Dónde estés ahora Ángel, sabemos que estarás con Lemmy tomándote una Victoria.

Roberto Herrera

 

Recuerdo en específico un día, no recuerdo la fecha, pero los pequeños clips de 30 segundos que grababa en su clase que concuerdan con mis recuerdos lo marcan como el 13 de febrero de 2020, durante la vida prepandemia.

Él llevaba construyendo el punto de esa clase durante un mes, ese día llegó e hizo lo que nunca: ponernos a trabajar. Sus clases solían ser una especie de conferencia de temas académicamente complejos abordados desde la sencilles en la que se habla en una tarde de chelitas con compas, pero en esa ocasión nos sacó de la rutina durante los primeros 20 minutos.

La actividad fue sencilla, a la fecha me sigue pareciendo un disparador creativo muy interesante, consistía en buscar una noticia aleatoria y el primer párrafo acomodarlo “como poema” y de pronto cosas que sonaban ridículas, como la boda de una lagartija, una actualización de emojis, una desviación de fondos muy mal hecha, de pronto se volvieron una lectura satisfactoria.
Lo recuerdo con tanta claridad porque me cambió. Ángel me cambió la perspectiva que tenía de la poesía, de la literatura como objeto de estudio y de la vida. Gracias a él aprendí a cambiar mi perspectiva de muchas cosas y aún hoy me parece increíble que ya no esté aquí, ayudando a cambiar perspectivas, a reforzar el gusto literario de las personas, que ya no esté aquí para enriquecer cualquier momento, porque su mera presencia ya volvía ese momento una experiencia completa.

Es evidente que se quedaron miles de corazones rotos tras su partida, pero él seguirá entre quienes lo recordemos y lo sigamos leyendo.

Criss García

 

Ángel, ayer me recomendaste que viera Las pestes de Breslavia. Ya la estoy viendo, el día que nos volvamos a ver, te digo qué me pareció.

Ánuar Zúñiga

 

Esta noche, la suma de todas mis pérdidas yacen en el cuaderno
entre nosotros, kilómetros y kilómetros de muerte y vida al final del puente;
dos tomas de agua y un sorbo de café a media mañana después del primer riff.
Una navaja hiere el muro otra vez, líneas entre líneas sobre la piel
Se mudan las palabras entre los rincones, donde la ausencia toma su trono
y los silencios hacen alarde de su triunfo otra vez después de la última desdicha:
la muerte de un poeta no tiene nombre ni perdón.
No más visitas con el oculista.
No más visiones nocturnas.
No más pasos vagabundos.
No más afectos
ni risas
ni nos
no.

Renata Armas

 

Recuerdo muy bien lo primero que nos dijo: todo lo que no es verso, es prosa y todo lo que no es prosa, es verso. Era una frase de alguien que intentaba sonar elocuente, pero Ángel la transformó en una lección. Escucharlo era como oír un poema que surgía de la improvisación, como un baile entre las palabras y los significados. Ángel Ortuño hablaba en prosa poética. Convertía lo cotidiano en lo sublime, un chiste y un regaño a un poema, la constitución en un poemario. Como un alquimista de las letras.

Jesús Ramírez

 

Hemos visto en las redes sociales en estos días una profusión (absolutamente merecida, por supuesto) de publicaciones, notas, crónicas, sobre él y su obra poética. Han transcrito poemas completos en páginas y revistas, tanto de México como de Estados Unidos. Han mencionado la originalidad y desenfado de sus textos; la gran calidad humana que siempre mostró con su familia, amigos, conocidos, colegas. Yo quiero mencionar, porque creo que en esta área llegué a conocerlo un poco más, la disposición que mostró para entregar a sus alumnos esa visión amplia, libérrima, siempre nueva, de la literatura y en especial de la poesía.

Luis Martin Ulloa

 

El irreverente Ángel, el de la dulzura ácida, ese que roba a mano armada la carcajada y el asombro, se fue, y no hay ninguna otra mezcla dura tan llegadora que lo sustituya, ni hoy ni nunca.

Rossana Camarena

Hablar de rock y poesía en la noche, interrumpir alguna que otra lectura, colocar versos en el tren ligero, escaparme las tardes para dialogar un poco en tu oficina, creer que la poesía concreta fue un augurio para viajar, escribir tan sólo con el fin de celebrar la ironía, esperar la consagrada motocicleta, pensar en las canciones de metal, establecer un énfasis de la marcha de una libélula, descubrir a Mazinger Z en el fondo del volcán y de vez en cuando pensar en la acidez de vivir. Escribir esto, es sólo una muestra de agradecimiento por la capacidad de expandir los motores de una mariposa eléctrica. Convoque para despedirnos y aquí estamos las voces. No supe cuándo lo debía romper y ahora ya no hay fuego. Como me escribiste alguna vez: “De ahí la nostalgia: el dolor de lo que se sabe lejos al recordar, sentir, qué está muy cerca”. Desde amigos, conocidos, alumnos y más, gracias. Desde mí, misión cumplida.

El ataque de la llanta asesina

Una película francesa sobre un neumático
que tiene vida y mata
personas
con sus poderes telepáticos. Diría
psicoquinéticos

si me importaran las palabras.

¿Por qué
le estalla la cabeza a ese señor? ¿Y lo del pobre
conejito?
Pero la música
es muy relajante. ¿Quién
ganará entre una rueda asesina y un escorpión?

No apuesten.

Termina
pronto.

También destroza botellas que no pudo romper antes
por su falta de peso.

Para todo le basta usar el diez
por ciento
de su cerebro.

Poemas swinger y otros malentendidos
(Bongo Books, 2014)

Nadie sabe

Te mira desde el cielo
todo el tiempo (si copulas,
defecas o estornudas, no:
se voltea de espaldas

aunque todo es posible cuando tienes
la nuca transparente).

Será los cien fantasmas que resultan
de inflar un globo y luego reventarlo.
(Llorar trae mala suerte
si no te han golpeado.)

La orquídea
sulfurosa dirá lo que tú quieras.

Una reconfortante golosina como los tiburones del acuario.

Sólo te faltan dientes para la perfección.

Boa (Mantis Editores, 2009)

Déjalas caminar porque son fuego

Hay pianos donde anidan las hormigas
y por eso parecen
tocar solos.
Son tantas que podrían subirlos a los árboles
(pero esto sólo pasa cuando están muy contentas).

Sus vestidos son rojos y entallados
y a pesar de que son más certeras
no podrás verlas nunca
pronosticar el clima en la televisión.

Poemas swinger y otros malentendidos (Bongo Books, 2014)

Otro sueño y otros guantes negros

No es la ruta más corta
entre principio y fin
pero tal vez debieras
respetar
la mala suerte que agujera
los dados
entre ensayo y error.

Ver
como la sombra precavida
de unas alas
esa dificultad de movimiento.

O sospechar siquiera
de que te hayan dado
nada más que una pala (palabras ilegibles)
y la orden de que te defendieras

sin ni siquiera un curso sabatino
o advertencia de que habría mujeres desnudas.

Boa (Mantis Editores, 2009)

Franjas de población sobrante

Decenas de matamoscas aparecen
en una playa
de Alaska. Antes
se le llamaba imagen
a que por un error
se mencionara un sitio que sólo está en los mapas
pero hay muchas versiones
y no
nos abandona
el gusto por mentir. Ofrecemos
trabajo,
sexo indistinto en diferentes áreas,
50 pesos y comida
como esa mujer que ahora recita Yo
soy experta en lenguas y en la foto siguiente
la vemos mientras lame
en blanco y negro.

1331 (Conaculta, 2013)