Federico Jiménez: la poética configurativa

Federico Jiménez: la poética configurativa
La libertad de la creación en diversas texturas
Federico Jiménez. Foto: Samantha Lamaríz

Mientras las ondas de la luz al beso
palpiten encendidas,
mientras el sol las desgarradas nubes
de fuego y oro vista,
mientras el aire en su regazo lleve
perfumes y armonías,
mientras haya en el mundo primavera,
¡habrá poesía!
Gustavo Adolfo Bécquer

Cuando conocí a Federico Jiménez, descubrí que el mundo de la poesía es mucho más ancho y basto de lo que alguna vez imaginé. No solo se trataba de métrica, estrofas y versos, sino del transmitir la libertad por medio de la imaginación y las palabras, crear espirales de letras, hojas de árbol que guardan dentro de sí mensajes para siempre, encontrar en todos lados una historia que escribir.

Persuación. Foto: Samantha Lamaríz

Comenzó su travesía por el sendero de la literatura en la secundaria, cuando se adentró en las páginas de un libro de poesía de la biblioteca personal de su padre, entonces decidió que se sumergiría por completo en el mundo de las letras. Si bien su trayectoria dio inició a una edad temprana mientras escribía y leía poesía, fue hasta la licenciatura en Letras hispánicas que publicó sus primeros textos en diversas revistas, además de dirigir una revista, misma que trajo consigo grandes poetas y amigos. 

Hoy en día reconoce en el arte de escribir la libertad misma, la pasión desmedida que se puede encapsular en una palabra, en una idea que se plasma y se convierte en un caleidoscopio de imaginaciones. Considera que los únicos límites en la escritura son los que uno mismo se impone, de así quererlo.

Diversidad. Foto: Samantha Lamaríz

Es una dicha el poder coincidir con Federico, ahondar en las divergencias del arte a través de sus propuestas creativas. Reunirnos en un salón a henchirnos de su sabiduría y su querer por la poesía y todo aquello que tenga dentro de sí algo fantástico. De él aprendí a encontrar en cada retazo del mundo la oportunidad de crear al ir más allá de lo preestablecido, de cohesionar la escritura con todas las artes, porque al final del día, la escritura es libertad.

Siempre resulta un gusto compartir alguna clase, sentir el apoyo implícito en sus palabras. Su dedicación y profesionalismo incitan a los estudiantes a involucrarse cada vez más en lo literario, en lo imaginativo, en la posibilidad de externar los mundos internos y dedicarse de lleno a aquello que tanto los emociona. 

Quienes tenemos el placer de conocerlo y, encima, la oportunidad de aprender de él, coincidimos en que su manera de estrechar lazos con la poesía es única, divertida y que entusiasma al grado de querer reinventarse. Gracias a él conocí la poesía visual y el sinfín de posibilidades de la misma, así como la experiencia de cohesionar la mente de un grupo entero para escribir un poema amorfo y divertido, porque para Federico el arte de la literatura es mucho más que sólo sentarse a escribir de manera metódica, el arte de escribir es, y siempre será, la oportunidad de transmigrar el ser al arte.

Encuentro. Foto: Samantha Lamaríz

Federico Jiménez es maestro en Lingüística aplicada y licenciado en Letras hispánicas por la Universidad de Guadalajara. Profesor de Lengua y Literatura, tallerista y editor. Sus trabajos han sido publicados en las antologías El viento y las palabras. Renovación poética en Jalisco (La Zonámbula, 2014), Poesía Visual Mexicana. La palabra transfigurada (CONACULTA/Ediciones del Lirio, 2013) y EstacionEs (Universidad de Guadalajara, 2009), así como en las revistas Papalotzi, Apócrifa Art Magazine, Letrambulario y La Gaceta Universitaria. Ha publicado los libros Metamorfosis de aire (STAUdeG, 2013), La ves y no la crees. Poesía visual a dos manos (CECA, 2016) y Mudar la mirada (Cultura Jalisco, 2022). Coordinó las antologías Taco de ojo. Muestra de poesía visual contemporánea de Guadalajara (Amate, 2018) y Mirar en voz alta. Experimentos de poesía visual (Amate, 2021). Ganador del Certamen WineFest en 2012 y del premio Adalberto Navarro Sánchez del STAUdeG en 2015 y 2016.

¿De qué manera se puede hilvanar un corazón?
Lanzándolo, como los dados de Mallarmé, a la ruleta de la creación; cosiendo sus puntas a cada uno de los puntos cardinales; dejando que el viento y los entonces le lluevan hasta que su vena cava irrigue su horizonte del azar.

¿De qué color debería ser el cielo?
Del que pinten nuestras palabras (el cielo, en realidad, es una eterna voz transparente).

¿A qué huele una lágrima?
A ayeres, a quizás, a hubieras, a poesía, a atardeceres y futuros: a todo lo que quepa en el mar.

¿Quiénes son los habitantes de las nubes?
Los hidrófagos, seres que toman la forma que imaginamos al mirar las nubes. Cuando no encuentran forma se vuelven líquidos murmullos y se derraman sobre quienes nos hemos olvidado de imaginar. Por eso, la lluvia detona la creación. 

¿A dónde se llevan las estrellas fugaces los deseos? 
A la ciudad invisible de los sueños, donde se vuelven piezas de una partida de ajedrez entre Sigmund Freud e Italo Calvino.

Foto: Samantha Lamaríz

¿Cuál es el sonido de la imaginación?
Un relámpago, esa atronadora luz contenida en un instante. La imaginación resuena en cada mirada.

Si la poesía tuviera un aroma, ¿cuál sería?
El del rocío de las mañanas o el de un bosque a las 6:30 de la tarde. 

¿Qué trae una ola consigo?
La sal de otro tiempo, el líquido secreto de los naufragios y, a veces, la voz del mar original. 

¿Qué secretos te ha contado el viento?
Que la palabra es un encuentro en el que nos miramos lxs unxs a lxs otrxs: somos lxs mismxs.

Aire que llega a ser

Los ojos que apenas alcancen tu borde de sueño
las manos que quizá toquen tu última danza novicia
los oídos que antes que nada se abran para recibir tu canto
los primeros rayos y parvadas de cántaros y redes
          que te abran sus puertas 
los labios que asomen su follaje y te besen en libertad
los pies que anden abrigados de tu espesura
los últimos maderos y verdes de líquido aroma
las calles de jade que se pueblen en tu ciudad
todos los olvidos y ayeres que vuelvan de tu sombra abierta 
las rimas de los cántaros en nocturnales cascadas
el lirio y la música que te alimente
las primeras palabras del día que se rebelen
la poesía de las piedras
y la miel y los peces que te habiten
y tu corazón en el principio de las cosas
las huellas y las canciones que se estanquen en la arena 
las raíces de todos los amantes que se anclen en tu andar 
el rumor de tu regreso que resbale en las gargantas
la travesía y el rimar que no te suelten
y estos versos cuando se ahoguen de tu respirar
(cuando el tiempo se revuelque en olas que transborden 
la lejanía y todo lo dicho se haga nuevo 
y las cosas pierdan su nombre
y tu agua nos muerda los pies con ternura)
todas estas cosas, todas
te librarán de la sed

Un tiro de azar jamás abolirá los dados (Oda a Mallarmé)

                      DESDE EL FONDO DE UN NAUFRAGIO

                                 el abismo
             de espacios blancos
se re(pliega) en una danza

                     

                      (IN)VISIBLE

En el omiso eco de la palabra
labra
abra
bra
ra
a

como una pro(s)a sin rumbo
                              viajan mis sensaciones
dibujo en el pensamiento la ténue superficie de la VOZ
que no ha dado TODAVÍA de sí
                  y al inicio el concierto me sofoca los tímpanos
                 provoca

                            Pero hay otro tiempo reescrito
              y otras manos en el solsticio del papel
y una colección de falacias
                        en el espacio muerto y devuelto
E   S   P   A   C   I   O   en silencio
          de no ser

                            íntimo espacio de VUELO

         espacio verbal
         de la mente
         y espacio mental del VERBO

De Mariana Enríquez: sobre “Las cosas que perdimos en el fuego”

De Mariana Enríquez: sobre “Las cosas que perdimos en el fuego”
El terror en los recovecos de Argentina
Las cosas que perdimos en el fuego. Foto: Samantha Lamaríz

El muro de los cuerpos
Con el dejo de las adormideras
Que nuestros predecesores ingirieron
A orillas del olvido.
Federico García Lorca

De todos los arcanos del tarot, Mariana Enríquez sería la Sacerdotisa, esa mujer sabia, conocedora de lo oculto, lo místico, aquella que teje urdimbres de maldad a la luz de día bajo su manto, cuando todos pueden verla pero nadie alcanza siquiera a sospechar su tenacidad. La autora comparte, una vez más, su ingenio y mordacidad en su libro de cuentos Las cosas que perdimos en el fuego.

El fuego y el lector. Foto: Samantha Lamaríz

Cada uno de los doce relatos que componen el libro revuelcan al lector en sus sombras más oscuras, allí donde la negrura se condesa y asfixia, donde las fauces del miedo se abren y tragan y dejan sin aliento. Las cosas que perdimos en el fuego se incrusta, tras cada página devorada, en el alma que tiembla y suspira por más.

Diablito clavó un clavito. Foto: Samantha Lamaríz

La narrativa de la autora enfrasca, aprisiona, rebela. El lector deseará huir de las letras de Mariana solo para volver envalentonado unos segundos más tarde y terminar, de una vez por todas, el suplicio que aqueja a los personajes que se desenvuelven en las historias. La noche ya no será necesaria para asustar a nadie, puesto que Enríquez demuestra que muchos horrores reptan a plena luz del día.

La casa de Adela. Foto: Samantha Lamaríz

En lo personal, el cuento de “La casa de Adela” me mantuvo absorta de inicio a fin con la descripción dolorosa de la niña protagónica y su personalidad pueril y al mismo tiempo rebelde, el personaje ideal para sumergirse en una casa siniestra, de incontables puertas y corredores, donde las voces se disipan y se disuelven en las mentes de aquellos que se empapan de la maldad del interior. Este relato me fascina no solo por la frescura y la osadía de Enríquez, sino porque es una historia que se cohesiona con su, hasta ahora, más conocida obra, la novela Nuestra parte de noche, donde el cuento de “La casa de Adela” se extiende y el lector conoce el cómo y el por qué del interés de penetrar en las profundidades de lo prohibido.

Entre cartas. Foto: Samantha Lamaríz

Mariana escarba en lo cotidiano y encuentra lo más pútrido de la sociedad para convertirlo en un cuento de terror. Las calles de Argentina resultan un escenario espléndido para la autora, ya que en ellos se desarrollan todos los cuentos y, en cada recoveco, es posible discernir la sonrisa de la crueldad. Desde niñas que se arrancan las pestañas y las uñas, jóvenes que atesoran una calavera, criaturas temibles en el patio trasero, hasta deidades malignas y ecos de aquellos que alguna vez estuvieron. 

Las cosas que perdimos en el fuego es una lectura imperdible. Mariana Enríquez nos propone mirar la realidad con los lentes de la verdad y desentrañar todo lo oculto a simple vista. Al igual que con su novela Nuestra parte de noche, su libro de cuentos busca que el lector se empape de los esotérico, lo tenebroso, lo grotesco y reconozca en sus líneas un sinfín de posibilidades de horror.

Naomi Greene: entre la lente y la pluma​

Naomi Greene: entre la lente y la pluma
Documentar a la poesía como escribir a la fotografía
Naomi Greene. Foto: Beatriz González

Cada rango del mundo
conlleva un descenso
al menos un rango
por la terrible presión de la luz.
Anne Carson

Se puede documentar la vida entre el silencio, la calle y la ironía. Tenemos destapadas las miradas como anzuelos para cazar a todas las gomitas podridas del universo. Sabemos que podemos causar una desgracia a la velocidad del tren si le metemos el pie y escapamos como locos a un trampolín de acero. Su nombre es diverso, y en ella se frecuenta una personalidad tímida, pero llena de un espacio imposible de concebir. Naomi Greene, fotógrafa, escultora y poeta en proceso, nacida en la Guadalajara noventera, es hoy día una voz que comienza a entregarse dentro del fuego, porque así es su espíritu, una responsabilidad humana llena de fuerza que se cautiva con la voz de los escuincles y se percibe en las esencias de los perros. 

Problematizar la belleza. Foto: Naomi Greene

No sé el recuento de la vida, ni cómo nos encontramos, pero su visión permite una cuestión ponderada de la rebeldía. Vamos a vestirnos de colores, vamos a saturarnos los cabellos, vamos a rompernos los tejidos, hay que cubrir la soledad de nada, hay que revivir a cada segundo, hay que sentir el dolor y apaciguarlo con un soplido para instaurar todo lo que la fotografía permite. Así, ella escribe entre los países, las razones, las injusticias, la mancha y el tiempo. Comienza a contar un derrame de luz para decirnos todo lo contrario, una pequeña sombra lo puede todo. A veces en la palabra pájaro, otras en la palabra bicicleta, muchas veces árbol y siempre potencia. No tengo la menor duda de que los lentes de su cámara se preguntan a diario qué es lo que busca. 



Mizz Xuxú. Foto: Naomi Greene

Una cuestión es la imagen. Y su palabra, qué habrá que decir. Vamos. Nadie es absoluto o determinante. Así como en su fotografía, Naomi, tiene en sus versos, la necesidad emperatriz de una exploración auténtica. Esto no es un elogio a la cordura, pero como nos hemos creído amigos, hablamos desde la sinceridad. Sus versos buscan establecer un contacto desde la incertidumbre. Así los autorretratos y sus poemas son un encuentro disoluto, disruptivo, secreto. Porque Naomi es un secreto, una artista en varias ramas y una tenaz observadora del silencio, y ahí, en el rincón de la noche, al lado de la banca, es donde la encuentro y la charla es sueño, poesía y fotografías.  



Monjas floreadas. Foto: Naomi Greene

Escribe, de muchas maneras, más allá de la pluma y de la secuela. No se permite no sentir y a cada rato libera la emoción desde el papel. Y la guitarra sigue. Pedalea. Busca. Explora. Explota. Persiste. Si pensara en una cuestión rígida, Naomi es una ave libre, es un ser extremadamente sensible que se bifurca desde la gubias hasta el flash itinerante de la velocidad. No sé si un día exista la posibilidad de narrar una de sus exposiciones foto-poéticas, pero supongo, ese día, será una velocidad momentánea la que llene el valle que traemos algunos en el corazón, pues entre la poesía y la fotografía, somos una minoría la que entendemos la capacidad de dichas escrituras.

Naomi Greene. Foto: Carlos Yamil Neri

Podríamos romperlo todo, pero la canción sigue y se muestra un calcetín roto al lado de las muñecas. Es tiempo de comprender las fotografías como salvajes cuadros. Vamos a romper las enfermedades para hacer de nosotros una colectividad radiante. Dicen los expertos que nadie nació para ser eterno. Existe una alegría por compartir este equipo que hemos procurado. Naomi es parte de Proyecto Ululayu como la coordinadora audiovisual y llegó con un rompimiento desde el interior. No hay tiempo para pensar las cosas, el paracaídas necesita guía entre una letra y un texto. No habrá sabio que descifre la fórmula que hemos creado como equipo. 

Habana vieja. Foto: Naomi Greene

Las hojas de los árboles se desprenden para la caza de las hormigas. Debemos hoy disfrutar de las posibilidades que nos entrega la vida. La fotografía y las letras de Naomi desencadenará hoy un eco perpetuo en nuestro ejercicio creativo y esto permitirá una identidad única de nuestra labor. Somos pequeños dinosaurios con la misión de crear una ilación profunda con los nuestros y Naomi, ella, la sensibilidad de nuestra mirada. Es el silencio del desierto cuando la serpiente pasea de noche. 

Lima migrante. Foto: Naomi Greene

Naomi Greene estudia actualmente la maestría en Antropología visual en la Pontificia Universidad Católica del Perú, y también a la gente, el paso del tiempo y el misterio de vivir. Ha desarrollado una diversidad de proyectos personales y algunos otros que se involucran con la labor social y cultural de distintos contextos. Ha participado en diversas publicaciones. Su experiencia corre en la observación, principalmente. Busca observar más allá, hila puntos, patrones. A su vez, dicha experiencia se compone de lo que contempla, de lo que conceptualiza y de lo que repasa a través del estudio y las vivencias.

Lo anterior le ha permitido fungir como realizadora audiovisual, fotógrafa y editora de video, casi todo en solitario, -o como algunos lo llaman: one-woman-production-, y parte de lo que desarrolla en la actualidad es el trabajo en equipo. Para su tesis de maestría trabaja sobre los impactos positivos que puede tener el cine en menores de edad de contextos vulnerables, especialmente el cine participativo por su acercamiento horizontal y “autónomo”. Para ello, imparte un taller de cine a niños y adolescentes en Movimiento de Apoyo a Menores Abandonados (MAMA A. C.) en Guadalajara, México, en el que prueba y descarta con la experiencia personal y colectiva.

Amazonas. Foto: Naomi Greene

¿Cómo llega el pan de café a la fotografía?
A través de una bicicleta roja (chiste local).

¿Qué es la poesía en un rollo de 35 mm?
Cuando tomas fotos análogas aprendes a esperar, la paciencia es un requisito, igual que poder soltar el control. Puedes equivocarte al exponer o tomar la foto en el momento que no esperabas y te das cuenta del “error” al momento de revelar. Se revelan dos cosas: la imagen y tu consciencia como fotógrafo; pero estos aparentes errores tienen su propia verdad, son invitaciones a reconfigurar la mirada y aceptar las cosas que son y ya no se pueden cambiar.

¿Hasta dónde es posible rociar los retratos con versos?
El único límite es la incapacidad del individuo de dejarse llevar por su propia sensibilidad. Si no sabes “observar”, entonces, ¿para qué tomas fotos?

Manos de arena. Foto: Naomi Greene

¿Qué es documentar la letra desde la luz del silencio?
La observación es silenciosa, casi humilde. Soy tímida desde siempre y encontré en las letras y la fotografía una forma de conectar con el mundo. Me siento segura expresándome a través del soporte escrito, y también, he descubierto que la fotografía es evidencia de mi capacidad de observación; son mis huellas en el mundo, la marca que pueda dejar, así como una invitación a los demás para que se adentren en lo que soy.

¿Cómo se observa a la poesía desde un mapa ciclista?
Andar en bici te hace muy consciente de la muerte, uno rueda con el aire en la cara, libre pero siempre frágil. Esa fragilidad es poética de cierta manera, pero la consciencia de esto a veces pasa inadvertida.

¿Cómo se escribe de una fotografía a blanco y negro?
Mirar entre la supuesta ausencia de color es algo que se va desarrollando con el tiempo. Actualmente vivimos entre la inmediatez y los pixeles a detalle, y quizá el formato a blanco y negro es otra forma de ver, sin la pretensión del color y priorizando otros elementos, como las expresiones o emociones dentro de la imagen. Es muy rica en sombras y luces, -como cientos de imágenes a color-, pero también puede ser una imagen que alude a la nostalgia y entonces se le confiere una fuerza diferente. Como fotógrafa hay que saber encontrar la esencia al momento y eso involucra hallar un color determinado a cada experiencia visual.

Uke mochi. Foto: Naomi Greene

¿En qué se convierte un espejo detrás de la luna?
En su reflejo; mirarse en el espejo y mirar la luna requiere un simple movimiento de cabeza.

¿En qué lugar se manifiesta la pluma cuando llega el poema a colores?
La pluma es el vehículo y quienes escribimos somos el medio. Lo que creamos adquiere vida, entonces si los poemas palpitan, la pluma es el inicio y el final.

¿Para qué se viaja entre una sonrisa y una posibilidad?
Los ojos son la ventana al alma, la sonrisa es la puerta.

¿Para qué observa(s) la silueta de la nube dentro de una piscina?
Quiero creerme privilegiada desde mi trinchera, aún si es mentira. Tengo la fortuna de ser libre para crear, mirar con tranquilidad y de poseer los medios para hacerlo. Si puedo detenerme a ver las nubes, de repente dejan de ser nubes y se convierten en perros, o lagartos, o enemigos de caricatura. Así que observo para descubrir historias que a veces se olvidan entre el ajetreo del mundo y el cansancio colectivo.

Degollado. Foto: Naomi Greene

Pájaro en mi ventana

Hay un pájaro en mi ventana.
Insiste en que me asome, pero estoy muy triste como para ponerme de pie.
Me canta, aletea y reclama que me levante.
No me responden las piernas, apenas puedo pronunciar palabra.
Quisiera contarle todo lo que pasó, pero los pájaros no entienden las voces de los hombres.
¿O seremos nosotros los que no entendemos las voces de los pájaros?
Hay un pájaro en mi ventana que insiste en que me asome.
Pero sigo tan triste y no puedo andar.
Aún así me canta y aletea para que pueda ver sus colores tornasol.
Y desde mi rincón le cuento y aprendemos a mirarnos a los ojos.
El pájaro de mi ventana me ha convencido de mirar afuera.
A tropiezos llego y encuentro un mundo nuevo que insiste en que salga.
Pero el miedo es más grande y me rehúso a dejar mi cuarto.
Las cuatro paredes se han incrustado en mi memoria y yo sin ellas no sé quién soy.
Hoy no hay pájaro en la ventana, ni cantos, ni colores tornasol.
Pero la tristeza es tanta que decido asomarme.
Lo que hay afuera me refleja lo que hay dentro: soy yo en un diminuto cuarto,
con los ánimos rotos y unos ojos cansados.
Me avergüenzo y me lanzo a la cama
porque no sé bien cómo mirarme a pesar de saber mirar los ojos de un pajarillo.
Un buen día el pájaro vuelve a mi ventana,
pero esta vez me saca a picotazos y aleteos.
Ni las piernas ni la voz me sirven y en el suelo aprendo todo lo que sabía.
Miro ese reflejo mío y le pregunto, ¿cuánto daño te han hecho?
El pájaro me responde como si la respuesta fuera suya,
y lo miró a los ojos y de repente lo sé también.

Inédito

¿Nadie pregunta?

¿A dónde han ido las ganas despiertas?
¿Los muchachos perdidos?
En el cielo torbellinos de luz,
llamaradas eternas.
¿A dónde han ido?
Callan las paredes, callan los televisores.
La gente enmudece, ahogan sus gritos en ácido.
Mientras unos barajan las cartas,
otros esperan su sentencia.
¿A dónde los llevan?
¿Pueden ver el cielo desde ahí?
¿Quema el Sol?
Silencio.
Uno mira atrás esperando volver a sentir algo,
pero no queda nada.
No nos dicen nada, no nos miran a los ojos.
Somos nada,
tan poca cosa que nuestras tumbas están vacías.
Y barajan las cartas de nuevo,
y salen a las calles llenos de orgullo.
Orgullo falso, miedo latente.
Y nos toman como si fuera tan fácil,
y nos llevan lejos.
Y peor…
nadie pregunta.
Silencio.
Nada.
Toma una carta: un cuatro de corazones
Y vuelven a jugar a ser humanos.

Inédito

Samantha Lamaríz: una narrativa joven​

Samantha Lamaríz: una narrativa joven
La perspicacia por promover la palabra a velocidad
Samantha Lamaríz. Foto: Naomi Greene

Has vivido
como un golpe en la frente,
el instante, el jadeo, la caída, la fuga…
Julio Cortázar

Hay una centella y la veo cada que despierto entre las calles de la ciudad. Las mañanas se convierten en un encuentro circense entre tanto personaje alborotado por la premura de ir a las labores y yo sólo veo a la escritura de Samantha Lamaríz como un momentito en que se vive una eternidad. Quisiera ser así de sencillo para encontrar un derrape de mi velocidad entre las letras para volverme un canto de aves, una vida de mariposa, o tal vez, un tumulto de papeles doblados.

Tarde de puerta. Foto: Naomi Greene

Se llama así, Samantha, y es una joven tapatía salvaje. Su energía es apabullante. Apenas comienza a crear y lleva un ritmo constante. Está en equilibrio y ha comenzado a ser parte de nuestro equipo. Ella, mordazmente, es una aventurera de la narrativa. Existe en su persona un crecimiento desbordante por aprender. Observa el paso, encuentra la luz y vuela. Así anda por los pasillos de nuestra amistad, en el manejo del papalote. Una representación de lo que se puede encontrar en su obra no es la ternura. Se trata de una persona salvaje, indomable, recia y afectiva, pero desde una dureza que ni una piedra logrará comprender. 

Dos colores. Foto: Naomi Greene

Samantha busca en sus letras encontrar la soledad para sonreirle, ignorarla, y nuevamente apreciarla. Se destaca como un huracán y despacito, sin tantas ráfagas, expulsa la opinión de su boca para determinar lo que sigue, lo que sigue, lo que sigue y ya está. Hay que aprovechar el tiempo que se desvela la observación, no seamos minotauros en una alcancía, hay que romper la estructura y poseernos, identificarnos como responsables de nuestras pestes y ser altamente reflexivos sobre nuestras desgracias. No hay que temer. Hay que ser notablemente directo, así lo es Ivana. Desde su estructura literaria, tiene la fuerza para poco a poco ser disruptiva al paso de su lectura. Va más allá de la disidencia, de la deformación de los lineamientos, sino que viene a proponer el cómo rechazar la eficiencia de la mente literaria para divertirse y sacar demonios desde la dulzura de una paleta sabor a fresa.

Raíz de libro. Foto: Naomi Greene

Así de compleja puede ser el conjunto de letras que ha comenzado a diversificar en distintas publicaciones. Tiene la capacidad de ir desde la ausencia a los espíritus que se desnudan en medio de los amaneceres. Hay una disposición que pretende ser incorrecta para mitigar la libertad de su autora. No existe en Samantha elemento alguno que la sostenga como un encuentro pasivo. Samantha es luz, así avanza. Rápida y objetiva. No se toca la sensibilidad por descubrir el frío de las decisiones, decidí. El protagonista debe bailar. Se interesa y surge desde la esfera que tiene debajo del agua. Así es. Samantha es un respiro. Otro. Uno más. Otro. Y no para. 

Azul literario. Foto: Naomi Greene

Si le sacuden se pone a resolver y es que pareciera que el mar le ha dado la misión de corromper el sistema neurótico de la humanidad con su descarga ligera y suave color montaña. Samantha está en el momento de definirse creadora literaria y es que sus avances, por más livianos que sean, perforan las paredes.

Es para mí un completo rompimiento el que se una a Proyecto Ululayu como coeditora. Sé que sus letras serán severas con todas las entregas que está por construir dentro de esta configuración que hemos comenzado como equipo. Será un placer leer su narrativa, su prosa, sus palabras, en los diversos sistemas nebulares que surgen desde su aliento. Es tiempo de disfrutar la luna desde otra perspectiva. Es preciso observar el hecho de lo que nace y de lo que vuela a partir de este momento. Samantha es parte del motor que controla al papalote que llevamos en este proyecto. Así pues querido lector, amigo, muy amable ser humano de incertidumbre, no se acostumbre a una voz sin pericias, pues está por comenzar un periplo enorme dentro del factor libertad desde la palabra, la imagen y todos los recuerdos. Vamos a leer a Samantha Lamaríz, que en ella hay una voz peculiar y más de uno, se va a sorprender. 

Factor-es. Foto: Naomi Greene

Que los gatos no nos digan las horas de las ausencias, si no que se contemplen como salvajes personajes al lado de una manzana. Al final de cuentas, esperamos atender su llamada. No es por ignorar, pero Samantha solicita la llamada directa, si no, vamos a colgar. 

Tarde bugambilia. Foto: Naomi Greene

Samantha Lamaríz actualmente estudia la licenciatura en Escritura creativa en la Universidad de Guadalajara. Ha publicado un libro de cuentos de terror Los enredos del Diablo, así como varios cuentos sueltos en distintas antologías y revistas. Ha participado con Grupo Milenio, La Crónica Jalisco, Grupo Salinas (TV Azteca), Editorial UdG, Fallidos Editores, Editorial Paraíso Perdido, La Zonámbula; así como con la Universitat Jaume I y la Universidad Autónoma de México. Últimamente ha estado en una constante documentación para escribir su siguiente libro de cuentos sobre la sexualidad femenina.

Precisión. Foto: Naomi Greene

¿Cómo es el avance de la letra en los nidos?
Reptante, puesto que las letras cambian de piel, como las serpientes.

¿Qué procuras cuando se vacía el cielo?
Volver la vista al frente y encarar al océano, siempre lleno, siempre basto.

¿Para qué escribir detrás de los horizontes?

Para ver si logro encontrar el final del arcoíris y charlar con los duendes junto a su olla de oro.

¿Por qué la narrativa juega con la naturaleza?
Porque de los cuatro elementos surgen todas las letras.

Existir. Foto: Naomi Greene

¿Hasta dónde llega la potencia de un globo color rosa?
Hasta el atardecer más azafranado.

¿De qué se disfraza un gusano en tu próximo cuento?
De serpiente o de demonio que, de un segundo a otro, podría  resultar que son lo mismo.

¿Cómo se ambienta una novela con aerosoles?
Una novela con aerosoles me transmite una vibra muy cyberpunk, podría ser por los colores y la libertad impresa.

Libro hacer. Foto: Naomi Greene

¿El paracaídas puede funcionar como una buena sombra?
Todas las sombras son paracaídas, creo yo.

¿De qué manera se teje una palabrería de emociones ante el océano?
Quizá en un soliloquio, donde las palabras se enfrascan con las olas y, de a poco, se hilvanan el ir y venir de las mismas, creando doseles de sal y emociones.

¿Cómo es que se fomenta la libertad de la literatura?
La literatura es libertad, y es que yo nunca me siento más libre que cuando escribo.

Cuarentena

Ya no soporto a la persona que vive conmigo, lo bueno es que nada más la veo cuando paso frente a un espejo. 

Minificciones desde el encierro 2021 (Editorial UdeG, 202

Viaja astral

Las personas no se cansaban de decirme de los viajes astrales son peligrosos, que te puedes quedar en otro plano y no sé qué tanto. Pero lo cierto es que yo estoy muy a gusto aquí, fascinado ante la idea de que logré vencer la cuarentena sin salir de casa.
    No sé cuánto tiempo llevo en este viaje, pero estoy tranquilo porque hice un amigo y dice que él me cuida.
    -¿Cómo te llamas? -le pregunté cuando llegué.
    -Belcebú -replicó en tono afable. 

Minificciones desde el encierro 2021 (Editorial UdeG, 2021)

Te prometo, mamá  

Qué las alas de mi ángel me arropen cuando
las zarpas del demonio me alcancen.

Y te prometo que no me fui con ellos, mamá, te lo prometo. Me deshice en sus manos, me convertí en plumas de gorrión, el viento sopló y me elevó, me fui tan lejos que ahora mismo no soy capaz de decirte en dónde me encuentro. No, mamá, no eran dedos los que quisieron capturar mi esencia, eran garras; sus voces, sonidos guturales; sus palabras, delirios de un enfermo apesadumbrado. Puede, es apenas una suposición, que la parca esté próxima a mi encuentro. Mamá, creo que estoy muerta. Creo que…me asesinaron. 

Adelante/Endavant Microrrelatorio (Universitat Jaume I, 2019)

 

Día Mundial del Libro 2022: 2 mil ejemplares de una voz

Día Mundial del Libro 2022: 2 mil ejemplares de una voz
Una repartición de celebración más de nuestra insignia
Por favor, lea poesía. Foto: Beatriz González

La orquesta afina
es hora que acabes de peinarte.
Eres el trompo endémico
que gira su madera
sobre la tierra seca.
Jorge García Prieto

Nos acordamos del libro cada vez que la nostalgia nos vuelve y nos llena tanto cada página que cuando menos te lo esperas, tu vida misma ya es uno. Por ello, celebramos el Día mundial del libro con una repartición como en los viejos tiempos. En el maratón de lectura que organizó la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), con Ensayo sobre la ceguera, obra del portugués José Saramago, nos dimos la oportunidad de volver a las calles de nuestra ciudad. 

Las enfermera poéticas. Foto: Beatriz González

Y es que no sólo celebramos ese día tan importante, sino que también nos permitimos encontrarnos con las y los lectores, de distintas edades, de diferentes perspectivas y de variadas emociones, todo, en medio de un abril lleno de calor, color y amor, mes en el que nuestra ciudad inició con su nombramiento como Capital Mundial del Libro, enorme premisa que recibió por parte de la UNESCO y que permitirá que todo el año la ciudad se llene de acciones en relación al libro y sus contextos. 

Los personajes. Foto: Beatriz González

Un Hombre Araña que bailaba con nuestra calcomanía como la chica usuaria de Mi Bici que se detuvo a recibir nuestro pequeño obsequio fueron parte de las muchas personas que nos abrazaron y que agradecieron nuestra pequeña labor. Así mismo, colaboramos con la Feria Municipal del Libro de Guadalajara al dejar algunos de nuestros ejemplares en algunos locales de editoriales participantes, mismas a quienes agradecemos por seguir a nuestro lado y persistir, con nosotros, en este movimiento. 

Amistad es poesía. Foto: Beatriz González

Repartir 2 mil ejemplares de nuestro lema nos hizo volver a la jugada, a compartir sonrisas, a redimensionar nuestro gusto por la lectura, por la escritura y sobre todo, por el amor a la vida. Entre un centro citadino lleno, caminamos entre los tumultos de personas con la gana de generar nuevos públicos e invitar a la hermosa dimensión que es la literatura, esto desde nuestra inversión de tiempo, esfuerzo y dedicación.

Nuestro movimiento sigue, y con ello, buscaremos permanecer el tiempo que sea necesario, después de más de 300 mil ejemplares. Gracias por recibir nuestro mensaje, que independientemente de que sea una creación propia, ha sido importante su diversificación. Al día de hoy, nuestro crecimiento ha sido gracias a toda nuestra comunidad, la que nos ha permitido que este proyecto que comenzó como un jugueteo universitario, sea, hoy por hoy, una voz creativa de las letras, las artes y la movilidad. Por favor, cultura. 

 

Ediciones El Viaje. Foto: Beatriz González
La Rueda Cartonera. Foto: Beatriz González
Ediciones Arlequín. Foto: Beatriz González
Proyección Literaria. Foto: Beatriz González

Frydha Victoria: el juego de la poesía

Frydha Victoria: el juego de la poesía
Se sonríe verso sin remedio para existir en la pista de baile
Frydha Victoria. Foto: Miguel Asa

Desborda la ternura de su tacto
en verde prisionero,
y al fin revienta en flor
como el esclavo que de noche sueña
en una luz que rompa
los orígenes de su sueño.
Alí Chumacero

Aquella noche fue huracán. Era juventud. Todo el éxtasis de la noche se volvió una memoria. Acabamos con el arte de la galería aquella. Nos vimos, dialogamos y la poesía se conformo con hacernos amigos entrañables. Los cantos de la bicicleta la recuerdan a cada rato como una de las poetas jóvenes que me abrieron paso por aquella carretera hacia el norte de México. Su nombre es Frydha Victoria, y cuando hablo con ella la memoria colapsa en la breve tormenta de nuestras páginas. Orgullosamente de Tepic, Nayarit, es una poeta y periodista que se enamoró de las letras como la raíz de la tierra, de la que la palabra se ha entregado a los horizontes de la nostalgia, de las lágrimas, de las ausencias y del baile. Ella escribe versos cada que baila. No lo sabe, pero muchos la observamos en la pista, y nuestras lágrimas perpetúan el silencio de nuestras locuras.

Observar versos. Foto: Miguel Asa

Hay que rayar la ciudad con pasos de música grupera, escribirle amor a las tormentas y pasar en silencio por las calles para después dejar escapar el grito de los libros. Frydha camina con calma y juega en el columpio del poema. Se balancea en tiempos distintos. Se llama con mucho amor. Se entrega y nos comparte en cada línea de sus piezas magia de la infancia, de la jauría que fuimos alguna vez todos, la inocencia de la palabra en las calles que nos saben a niebla y color rosa. Aquí va y también allá, siempre, con una paleta de caramelo que le pinta los labios. Disfruta, baila, se acongoja y despierta como la reina de la pista poética. Así, extravagante y sincera, tiene flechas para los corazones rotos, nos revuelca desde su inocente mirada hacia los amores de la secundaria.

Leer los fantasmas. Foto: Miguel Asa

No sé cómo explicar el detalle que tiene la voz de Frydha. Intento extrañar a Pancho Pantera, pero la luna no me deja. Y 1994 nos revuelca las lágrimas de nuestras pieles, sí, porque también el cuero llora. Y así baila, entre las plumas de un quetzal disfrazado de galaxia, y Frydha ama, despacio, cada paso que entrega entre sonrisa y sonrisa, entre poema y poema y se enamora otra vez de la poesía y se olvida y se enamora y se olvida y se enamora y se es baile y canta, su falsete, su eco, sus versos, un descubrimiento de la soledad entregada entre estrellas y zanahorias.

Baile urbano. Foto: Miguel Asa

La he visto sonreír, moderar el silencio, hacer el estruendo, y también, rociar lágrimas al viento para bañar mariposas. Su espíritu es sutil, con alcance de piedra y caricia de ala. Frydha escribe suspiros en las carreteras. Hace amigos como teje los cielos. Persiste en amarnos suculentamente entre la playa y el mar. Nos vacía la tristeza y se acurruca con nosotros para dar paso a llenarnos con calma, gota tras gota, como si se tratase de una suerte de nuestros corazones, algo así como acantilados repletos de almíbar.

Horizonte de la poeta. Foto: Miguel Asa

Si algo le he aprendido a la poeta nayarita, es su humildad, en la que se cobija entre la justa razón de ser palabra, verso, poema y temblor. La voracidad de sus obras contienen una irremediable sustancia que se compone de elementos que no podremos tocar nunca, quién sabe que le brilla en el corazón cuando escribe, pero siempre, es una esperanza leerla, es un delfín entre el mar de los sueños. Me arranca el paso, descubro otras lunas, la libertad de ser desde lo que se pertenece. Abre sus brazos como montañas mexicanas. Tiene un brío que se convierte en cada verso y que en ocasiones me pregunto hasta dónde llegaran. No he conocido poesía actual más sencilla y sincera que la de Frydha.

Pasillos. Foto: Miguel Asa

En Nayarit hay una flor que respira huracanes, exhala con latido de volcán y nos entraña los tejidos con fuerza de mar. Su trabajo es constante, hierve y sigue. Frydha es autora de Ánforas de Oporto (2013), Traslúcidos (UAN, 2015) y Todos los fantasmas de esta casa (Crisálida, 2021). Ejerce el periodismo en su ciudad natal, aplica la cercanía a las amistades profundas y comparte desde los pasitos coquetos del baile. Es tiempo de ser piedra para acariciar terciopelos con suma justicia y perseverancia. El recuerdo de volvernos lluvia será en pasteles de colores, y a veces, en el amor por la quebradita. Habrá poesía mientras haya baile.

Compartir el silencio. Foto: Miguel Asa

¿Cómo se almacenan los poemas en las flores?
Me gusta pensar en todo lo que sucede alrededor de nosotros cuando no nos damos cuenta. Mientras escribimos un mensaje, o un poema, o mientras regamos las plantas de nuestra casa, las plantas de otros lugares permanecen quietas y expectantes para ver lo que sucede. Ceremoniosamente, las flores van guardando entre sus hojas y pétalos, el grito de las personas que pasan a un lado de ellas. Guardan el agua del rocío y guardan los secretos que cuentan los niños que todavía no saben hablar.

Ellas no escriben poemas, porque no utilizan nuestro lenguaje, pero sí hablan en el idioma de la poesía, y son conscientes del entorno y también se mueven con nosotros. Algunas abren sus pétalos cuando sale el sol y otras, que son más caprichosas, esperan una vez al año para dar señales de vida. El movimiento es su lenguaje y eso también sus poemas.

¿Si fueras animal, tierra, viento o agua?
Me gusta pensar en las aves que navegan en el aire, esa materia que nadie puede ver pero sí se siente cuando inflamos un globo o cuando volvemos a la superficie después de nadar largo tiempo bajo el agua. El ave es la metáfora perfecta del crecimiento, la madurez y la muerte. Cuando son pequeños, los pájaros son lanzados al vacío hasta que aprenden a mover sus alas en el mismo lenguaje del viento, y a partir de ahí exploran el mundo.
Ellas se mueven en parvadas, dibujan figuras geométricas para comunicarse, y duermen lentamente en las ventanas de las casas, observando a los niños detrás de una ventana, o a una persona que duerme también en soledad. No necesitan permiso para entrar a ningún lado, y nadie les ordena sobre su cuerpo. Cuando es hora de morir, se van hacia un nido alejado y simplemente dejan de existir, no lloran porque son pájaros.

Reflejo de piedra. Foto: Miguel Asa

¿En dónde comienza la simetría de la palabra?
El lenguaje y la comunicación son un eje fundamental en el entendimiento de la humanidad, las palabras construyen, destruyen y también modifican. La palabra, citando a Dumbledore, son la fuente más inagotable de magia.
En ese sentido dibujo a la palabra y al lenguaje como una materia viva e invisible que se transforma. Específicamente, la palabra como herramienta de comunicación es descifrada a través de un interlocutor, y a partir de ahí se completa el significado y el mensaje. La simetría de la palabra comienza en la punta de la lengua que la esboza, y concluye en la arista de la mente de quien la descifra.

¿Cuál es el proceso de composición de un poema sobre la lluvia?
Hay que ver el agua y encontrarnos en ella. Hay que ver su paso por las calles o el desagüe del patio. Hay que ver cómo juegan los niños y los perros con los grandes ríos que bajan por las calles de la ciudad. Hay que evocar el recuerdo de nuestra primera experiencia del agua y hay que interpretar esa experiencia. Finalmente, rompes la hoja.

Lectura en puerta. Foto: Miguel Asa

¿A qué velocidad existes dentro de las letras?
Soy una persona de silencios prolongados. Prefiero observar los sucesos que transcurren y, cuando termino de contemplar lo que acontece, me siento a escribir, pueden durar meses, años, días, pero siempre es el tiempo necesario para comenzar a hacerlo.

No me interesa tener cierto periodo de vigencia, no escribo para los reflectores sino para poder interpretar lo que pasa alrededor y obtener una respuesta. Cuando se tiene éxito esa contemplación se vuelve un manuscrito que evoluciona a libro, pero cuando hay mayor éxito, lo escrito permanece guardado en un cajón.

¿Qué es lo que conmueve a la sustancia azul de tu poesía?
Me gusta pensar en el paso del tiempo y a partir de ahí observar los cambios. El tiempo me parece como ese velo invisible que nadie aprecia hasta que sale una cana o los niños pequeños aprenden a hablar y juegan. Ese sentido de evolución, de células que se reproducen y forman un ser autómata. Ese sentido de principio y fin que culmina en muerte, me conmueve un montón.
Sobre todas estas cosas va situándose mi escritura.

Sobre atravesar distintos parajes urbanos por donde antes caminaron nuestras madres y nuestras abuelas. Sobre ver nuestros propios rostros en el rostro de ellas, y sobre ver el futuro o adivinar el timbre de nuestra voz a décadas de distancia.

La poesía y la contemplación del tiempo son una suerte de adivinar el futuro.

Por otro lado también está el cuerpo y todo lo que lo conforma. El cuerpo como un ser autómata que, pese a nuestras propias voluntades, evoluciona y avanza a su propia manera, forma células que pueden dañarnos o repararnos, hacen huesos donde antes no los había, y sobre todo, se acaba.

Sonreir a la luz. Foto: Miguel Asa

¿Cómo explota una nube dentro de tu corazón?
No me gusta pensar en explosiones, ni en nubes, pero si esto sucediera, definitivamente sería en fragmentos acristalados que perforarían el cuerpo hasta llegar a tocar el piso con pedazos microscópicos de mi piel en ella.

¿Hasta dónde llega el ritmo de aquella canción?

Hasta el sillón donde se encuentra otro interlocutor, escuchando la misma canción en el mismo minuto que nosotros.

¿Cómo se poetiza una bicicleta?
La bicicleta es un artefacto con el que podemos volar. Pocas veces me he sentido más libre que cuando voy a dos ruedas y observo los atardeceres de Tepic. La bicicleta es plenitud, es fuerza y es movimiento, ese movimiento que sale de nosotros y con un pedal ya nos llevó metros adelante, sin dar un paso.

¿Cómo es la distancia existente entre tu respiración y la escucha del mundo?
El otro día escuché a alguien decir que tenemos en nosotros los átomos que viajaron por todo el universo, o que incluso vivieron en los dinosaurios. La idea anterior me sorprendió muchísimo y me puse a pensar en todo lo que respiramos diariamente, es el polvo de nuestros muertos y es el mismo polvo que alguien en otro país aspirará también para convertirlo en dióxido de carbono e iniciar este proceso infinito de renovación.

Mi respiración es corta y quedita, no creo que exista distancia. Mi respiración rebota en las paredes de mi casa y conforma un diálogo con ella.

Escaleras poéticas. Foto: Miguel Asa

Pancho Pantera fue un mejor tipo durante 1993
Yo te recuerdo

jeans azules        playera roja
al fondo del bote de aluminio sonreías
fuimos todos
indestructibles víctimas de tu cuerpo fornido

Eras el polvo
la línea blanca de nuestra infancia
mucho lloramos por tener el néctar de tus venas
sobre nuestros vasos de leche
Pancho
si tú me hubieras dicho
que después de veinte años
la vida nos iba a patear a todos
que en vez de líneas de chocolate
nos íbamos a meter mota y hongos y otras drogas
todo hubiera sido distinto
no estaríamos tumbados boca arriba viendo brillar el mundo
Pero juro que a ti te gusta nuestra decadencia
y piensas que ya vendrán más niños embravecidos por tu dulce
y los verás crecer como a nosotros
y en veinte años –quizá menos-
llegarán a reclamarte
porque tú eras mejor tipo antes del 94.

Inédito

IV
¿Cómo nombramos esto?
¿Cómo decir yo era una hija
carne hecha de tu carne?
¿Cómo decir tú eras un padre
manso animal de cuerpo tibio
de amor constante de palabras?
Tu nombre es ahora
un nudo dibujado en mi lengua
este músculo sin voluntad
que no te anuncia.

Todos los fantasmas de esta casa (Crisálida, 2021

¿Qué es un pájaro que no vuela? Dijiste

¿Qué sucede
cuando las lecciones aeronáuticas no funcionan?
He pensado, muchas veces,
en flotar sobre mi órbita.

Analizo la posibilidad, muchas veces,
de renunciar al espesor de la noche
a la asfixia que me oprime la garganta, y
no hay reclamo.

Otra vez quise saltar,
pero tú viajaste por una sonda que te salía del cuello,
águila que perforó el infinito, el sonido,
el ritmo de las cosas que se suceden a sí mismas.
No hay reclamo.

Sigo con la terquedad de las plumas incautas,
me funciona el pecho lo suficiente
para seguir al aire y morderlo.

Inédito

Yo
que perdí la batalla contra la voluntad
el vacío de sentirme otra
que me amortajé el cuerpo hasta retroceder
e ignora la inclemencia
el estertor sobre mi clavícula izquierda

Yo
que rebasé la catástrofe
y atestigüe el sonido            la fuerza
nuestro reflejo en el agua incitándome a comenzar

Yo
que desgarré mi garganta
que el humo me envolvió en un mareo
en la mala suerte del extravío

Yo
que no supe después
a quien reclamar el infortunio

Todos los fantasmas de esta casa (Crisálida, 2021)

Yo

Vengo, y te digo
que una tragedia siempre es punto de conversación,
que no sonrías
no temas
no finjas
no busques la mano en la mano
la piel que absorbe la piel
no concentres el tiempo en un devenir de atentados,
aquí nadie es más culpable
aquí, en este lugar donde tus plantas pisan
no habrá una respuesta.

Inédito

­Alexandro Castro: la búsqueda en las geografías

­Alexandro Castro: la búsqueda en las geografías
La poesía es un traslado de la infancia entre desiertos
Alexandro Castro. Foto: Miguel Asa

Mira, no pido mucho,
solamente tu mano, tenerla
como un sapito que duerme así contento.
Julio Cortázar

Pienso en un cuchillo de chocolate cuando leo un poema norteño. Y de repente, pasa por mi cabeza el sabor de una cecina y una agua de pepino. Un traguito. Nos paseamos por las calles de Chihuahua, México, y de repente, otra vez, encuentras poesía en todas partes. Así me perdí una noche para encontrarme con los versos de Alexandro Castro, un joven poeta nacido en 1996 en Ojinaga, poblado fronterizo en el oriente del estado de Chihuahua, y todo fue un glamoroso veneno, así como un pastel de chocolate bañado de tequila.

Es imposible no pensar en la palabra fuego y denominar algunos caminos como olvido. Quisiera saber qué es lo que depara al cuerpo de un desierto cuando se extingue la poesía. Y así, encuentro en las letras de Alexandro, una infinidad de desiertos. Es necesario leerlo sin haber afilado la navaja y procurar delinear el corte con tremenda precisión hasta que se deje de lado el tiempo. Existe un sentimiento cercano que desprenden sus letras, o quizás es el norte mexicano, ese estado, que se convirtió en un ingenio de viajes y descubrimientos. Así sucede, pareciera que el trote de un caballo se expande en las orillas de un libro a partir de lo que conversa el poeta y la serpiente del mezcal. Dice que una lechuguilla y luego un sotol. Yo lo espero con los burritos a todo lo que da.

Encontrar el libro. Foto: Miguel Asa

La música tiene filo por igual. Hay un descanso seco, es una mecha inexplicablemente encendida dentro del corazón. No existe una picadura que no le disloque un parpadeo a sus células. Se vive tremendo entre el quehacer de una línea al cuerpo y otra a la vida, líneas de dibujos, líneas de letras. Se avanza un tanto lento, pero es sagaz, fue velador, un elemento seguro de sus palabras en la profundidad de las geografías mexicanas. Y es que cuando uno lo aborda pareciera el niño que juega con lodo y luego lo lanza. Así, entre una poesía de corazón tinto y maderos fortificados con tierra, sus versos nos trasladan al dolor personal, a la alcoba en la que se han roto las almohadas y los sueños. En ocasiones un zancudo, una víctima o una sangre.

Sus letras se bifurcan entre el amor, el olvido, la incertidumbre y constantemente, en una búsqueda de un no sé qué que se apacigua con un verso estridente. Así, una imagen inquieta por aquí, algo melódico por allá, algo tradicional y complicado por acá y de repente, otra vez, el poema se concluye con el remate del cuchillo de chocolate. Así bien, recorrer sus versos es contemplar una alcancía rota llena de calor, es una resortera lista para ser catapulta. Así en ese proceso norteño conocí a Alexandro, un retrato viejo tan infantil, como una gota de lluvia que quiere caer y simplemente vuela sin alas; se dispara a sí misma entre las hojas de los huertos de manzanas, se descubre con sus sierras rojas-naranjas, rosas-moradas, y se esfuma.

Respiro. Foto: Miguel Asa

Esto aquí que se muestra es una inquietud que no terminará pronto. Se es una posibilidad de anunciar el regreso del aprendizaje a cada rato, y es que Alexandro está en ese estado, de buscar, describir, aprender, tiene sed, de una sed que no se quita con algún aguardiente. Se trata de una bocanada que también él no sabe explicar. El verso corre, lo toma, lo percibe, lo traslada, lo intenta, lo hace y de nuevo va. Busca. No hay quietud en estos tiempos para que el desierto se sienta solo.

En su obra se acurruca la mirada del halcón joven. Vuela para conocer. Va de aquí para allá y se sucede en el aire. Percibe, existe y se deshecha a sí mismo. Hay que voltearnos todos los días. Caer a la tierra y elevarse de nuevo. No se percibe la flor si no se le concede florecer. Hay geografías que se construyen entre lo que sigue y lo que uno sigue. Así Alexandro, un norteño que triunfal se ha adentrado a la cotidianidad de la palabra tapatía porque el recorrido es ese, norte-sur y viceversa.

Retratos de poetas. Foto: Miguel Asa

Cómo me gustaría encontrarlo en una cachimba para leerle a los tráileros aquellos recorridos de nuestras maravillas poéticas, que si bien no transforman el mundo, fueron impertinentes con el viento. Hay que quebrarse dice, saberse error y pesadumbre, una canción banquetera, aquel paquete cinco estrellas de desprendimiento y un tantito del último trago de sotol. Hay que sorprenderse como todas las posibilidades, una no basta y dos no es exceso cuando se aprende. Así un norteño camina por las calles de Guadalajara, con su Eróstrato (PECH, 2019), en busca de otra geografía que le entregue aprendizaje, unos versos más fuego, más sol, más ardor, esto no se acaba. Apenas llega el año y ya huele a velocidad. Hay que quemar el pasado, la poesía se concibe en las quebraduras de nuestros pasos, “Haz al menos de mis recuerdos/ de mis pedazos,/ algo perfecto”.

Líneas. Foto: Miguel Asa

¿Cómo se colorea la poesía desde tus bits?
Hay una canción del grupo de rap Atmosphere llamada Guarantees, en la que Slug dice “And when I finally get the color, won’t be nothin’ left to paint on” y de ahí me gustaría partir para responder. Pienso que el color ahí está, que sólo nos hace falta encontrarlo y para ello no hace falta sino observar. Son varias las ocasiones en que he escuchado que “no se escribe sólo cuando se escribe”, es decir, no sólo se crea al momento de plasmar, creamos desde antes mediante el pensamiento. Supongamos, entonces, que el color se nos escape y debamos buscarlo constantemente para poder crear. Así con la poesía, las palabras y los sentidos. Hay que estar atentos a lo que sucede en la vida para poder atrapar los estímulos.

¿Qué sucedió para que el norte ocurriera en el sur?
En pocas palabras: amor. Para contarte más puedo decirte que encontré un hogar en las casas en que hemos vivido Cindy y yo. Así, desde una casa en Chihuahua, una en Vallarta y otra acá, es que el norte sucedió en el Occidente.

Pasillos. Foto: Miguel Asa

¿Cómo es la elocuencia de una máquina de escribir frente al mar?
Es un oxímoron porque, a pesar de tener cierta elocuencia, es torpe como el niño que se para frente a su castillo de arena para evitar que la ola lo rompa. Se niega a morir por su condición evanescente.

¿Escribir para soñar en un costal con burbujas?
Me gustaría creer que se escribe para intentar explicar quién lleva el costal con burbujas, a dónde o por qué. Supongamos que estamos dentro del costal de burbujas, pero ¿qué lo mueve? ¿con qué fin? De repente alguna burbuja explota y podemos ver hacia afuera, ahí es cuando se vuelve necesario escribir.

¿Hay un eco en la simbiosis de un halcón?
Por supuesto. Es en el eco del chillido del halcón donde sucede la magia. Me imagino que cuando llega a nosotros su sonido, el animal ha terminado de convivir, de cazar, y vuela ahora con una presa en su pico como quien declama en voz alta el poema que recién escribió.

Salida. Foto: Miguel Asa

¿Cómo se escucha la voz del cardenal en las caderas de la carretera?
El cardenal es un tenor persistente y canta tanto que, muy probablemente, cuando hayamos terminado de romper la curva, el ave no recuerde la razón por la que comenzó a cantar.

¿Cómo encuentras suspiros?
Mientras duermo. Hace tiempo pensaba en eso, en los suspiros inconscientes que podemos soltar al dormir. Imaginemos lo mucho que podríamos aprender sobre nosotros mismos si supiéramos qué nos hace suspirar a media noche.

¿Existen momentos para disfrazar los versos?
Sí, pero lo que hace falta es depurar al verso de su disfraz, quitarle las palabras innecesarias como se cortan las hojas de las plantas para verlas crecer.

Silencio. Foto: Miguel Asa

¿Por qué vivir en el límite de la palabra y la vida?
Por consecuencia, creo. Rebotamos de una parte a otra como pelotas de tenis. Al estar tan al pendiente del lenguaje (aunque a veces nos enfoquemos más en lo otro, la vida) ya no hay una manera de no estar al límite. Las palabras se convierten en un remedio para la vida, una forma de explicar lo que estamos viviendo.

¿Qué debe crecer en las memorias del amor?
Todas las sensaciones que nos sean posibles. Habremos de voltear hacia el pasado para recordar esas ansias de cuidar, ese deseo que sentimos por la otra persona, la admiración que despierta en nosotros. Al final del día es esa la manera en que habremos de recordar, cualquier cosa, a través de los sentidos.

Una ciudad desinflada. Foto: Miguel Asa

Niños

Es un espacio enorme
la mente.
Una bodega en la que jóvenes,
muchachos problema, golpean
la propiedad ajena.

Vienen
y prendern sus churros de mota
que huele a cielo
y a píes de caminar todo el día por el centro.

Vienen y tragan pastillas
como si de dulces habláramos.
Las mezclan con bebidas energéticas
y ves cómo la adrenalina
desprende el alma de sus cuerpos.

Los miras refugiarse en sus burbujas de cristal
con lágrimas que realmente son gotas pa’ los ojos
porque si los mira su madre,
al pobre chido pandedios,
que saca puros dieces, o al otro,
que practica piano hasta que
las yemas de los dedos
le quedan como a niña conociendo su cuerpo.

Quién sabe qué será de ello.
Quién sabe qué espacio enorme les espere.

Eróstrato (PACH, 2019)

Mañana

El día de mañana es una pradera
llena de hienas
con pelaje de dudas
que bailan a mi alrededor
y ríen de mi desgracia.

Míralas,
comiéndose lo poco que queda de mí,
lo necesario para ir a descansar cuando el sol aparece.

-¿A dónde se fueron?
        No han terminado su cena.

Eróstrato (PACH, 2019)

Prometeo

Traigan a Prometeo para que me salve,
prometo no acusarlo con Dios.

Sólo necesito que robe el fuego en que ardo.

Díganle que Zeus no ha de enterarse,
que puede regresar un poco de lo que se robó
tomando las cenizas que quedaron de mis pies
y soplando para que prenda de nuevo el fuego
pues yo ya no puedo avanzar.

Díganle pronto, por favor,
que no tolero más el chillido de las pavesas
ni el crujir de la madera al quemarse;
que los huesos revientan las ampollas cada vez que ando,
que las brasas, ceniza restante de mis pies,
están consumiendo cada lugar en que piso.
cada huella que queda está marcada con hollín.

Estoy quemando todo a mi alrededor cada que camino
y creía, en algún momento,
que iba a poder lidiar con el calor de estar vivo.

Traigan a Prometeo aunque no quiera.
Si no viene, llévenlo a él al fuego.

Inédito

Cerbero

Sentado a media tarde en una silla
justo al frente de la casa de mi tío-abuelo,
quien falleció cuando yo era chico,
sentí cómo un cachorro negro, con patas cafés,
se sentaba enseguida de mí.

Tiré el resto de un cigarro que no pude fumar
y el perro se asustó,
corriendo a otra parte y quedando
a poco menos de dos metros.

Los perros huelen la muerte.
Mi tío-abuelo murió por cáncer y mi abuelo nunca volvió a fumar.

Inédito

Veo un rostro que se dibuja en mi ventana

Es de noche y nada ha cambiado.
Comienza el eterno protocolo,
ese de morder una pastilla a la mitad
para ir a que mamá me mienta y diga que descanse.
Luego vuelvo, a tientas, al sueño.
Y me miento, no duermo, no intento hacerlo.
Veo un rostro que se dibuja en mi ventana
no es de nadie.
Su nariz huele la noche
y sus ojos no me alcanzan a percibir.
Los perros, lejanos, ladran
y el que tenemos en casa, duerme.
Ni el perro, ni mi familia que descansa,
sabrán que hay un rostro en la ventana.
Es de noche y todo sigue como siempre,
nada ha sucedido y pareciera que no amanecerá.
El rostro de la ventana se despidió.
Estoy durmiendo y ya no podemos vernos.
Pronto amanecerá y nadie sabrá
que esos ojos y los míos estuvieron viéndose
sin saberlo. El espejo miente
nunca fue una ventana.

Inédito

Françoise Roy: la letra canadiense más mexicana

Françoise Roy: la letra canadiense más mexicana
Un norte sureño en el horizonte poético de Latinoamérica
Once upon a sunset. Foto: Françoise Roy

Dibujo
en mis ojos la forma de mis ojos, nado en mis
aguas, me digo mis silencios. Toda la noche
espero que mi lenguaje logre configurarme.
Alejandra Pizarnik

Se dice que traduce. Pero cada poema que arroja es un tiempo de viaje. Nadie sabe de sus elocuencias en la fotografía. Ella da clic para el poema. Se inspira. Se teje la sangre con cada ocaso, paisaje y mirada mientras uno descubre otros hilos. Al menos eso percibo de la palabra de Françoise Roy, poeta, traductora, fotógrafa y aventurera que se ha entregado a nuestro México desde su natal Canadá.

Originaria de Quebec, la tranquilidad que encuentra uno al lado de Françoise es irrepetible. En su mirada se posiciona el horizonte con una calma que encuentra perpetuidad en la fuga, se aísla, se queda en ella y convierte los paisajes en una evidencia única. Su trabajo se ha visto compartido de distintas maneras, así en la palabra como en la imagen, entre amigos, desconocidos y más allá. Entre la escritura, la traducción y la fotografía, ha dado a conocer su perspectiva de la vida, de su mundo, sus mundos. Se ha volcado a generar una vida literaria entre distintas lenguas, español, francés e inglés, por lo que ha sido merecedora de distintos reconocimientos tanto a nivel nacional como internacional.

Tears of a maple tree. Foto: Françoise Roy

De cierta forma, su vida se ha involucrado con el quehacer literario de México. Le ha llamado siempre y de su mano, una flor, el color, el mérito de los ocasos, las glorias pequeñas del cuerpo. Así, esta mezcla que pocos conocemos, la de la poesía y la fotografía, nos recubre en los sonidos de las olas, un requinto que suena en las profundidades del corazón para viajar a través de los días y entre las lenguas. El trabajo de Françoise es una nebulosa que se fragmenta en un rompecabezas gigante, piezas minúsculas con una reflexión natural es lo que promueve su voz y si mirada.

El restaurante de mi tío. Foto: Françoise Roy

Se anda a destiempo, como una pequeña exploradora, inquieta, detallista, observadora. Cuando la encuentro, por ahí, en algún evento literario, por la calle, en la librería, no falta la sonrisa y el saludo amistoso. Con sus miles de colores, entre flores y texturas diversas, Françoise se mueve por las calles de Guadalajara, ciudad en la que vive desde 1992. Se ha ganado a pulso un lugar especial en el mundo de la literatura mexicana, y como traductora, por igual. Su trabajo ha sido premiado por distintas instancias y en diversos concursos. Su nombre se ha incrustado entre las generaciones de poetas de las últimas décadas.

Las texturas son parte de sus letras. No hay ocasión en que no se quede quieta. Siempre, el movimiento como el mar, le atrapa sus sueños, sus imágenes, sus olas, sus texturas y anda como el poema corrugado pero siempre joven. La belleza en la obra de Françoise se escurre en la piel de los mares. Se hace notar como una fuga de la poesía entre países, en la imagen, en los racimos de las piedras que contienen el atardecer, en esas distancias que existen entre Quebec y Jalisco. Un norte sureño en el sur norteño.

Aquamarine fantasía. Foto: Françoise Roy

En su poesía se pasea la observación por las cosas mínimas, las pequeñas estelas que arroja el cuerpo, la naturaleza, los momentos. Se detiene, perspicaz, a contemplar los refugios del polvo. Se adentra, persiste, explora y se desenvuelve como mariposa entre los filamentos del amanecer. Así es la obra de Françoise, un detalle tras otro tras otro y completa todos sus universos en la investigación de los elementos.

Ella persigue al sol. Lo busca, lo encuentra en el color, lo difumina, lo contrasta, le coloca perlas y le llena de mar, de arena, de playa. Así se vive en sus temporadas en Puerto Vallarta, sitio que le ha entregado la posibilidad de contemplarse en paz, en el que la línea y la luz han brindado a sus creatividad como un espasmo constante. El amor, la alegría, las personas, todo, en la cotidianidad de ser perspectiva. Entre sus palabras los detalles, composiciones visuales que se trastocan entre el minimalismo de la vida: una textura por aquí, un complemente por acá, un detalle vivaz en este lugar y en esa zona todo lo que deposita desde su pensamiento, su punto medular, su balance, el poema.

Blinded by the sun. Foto: Françoise Roy

Así, Françoise, se mueve entre las escrituras de tinta y luz, para compartirse en esta vida, en este tiempo, en esta realidad, su realidad. El tiempo, una cercanía desde el obturador, palabras suculentas, inimaginables, cálidas, siempre cálidas y el horizonte se ha quedado plasmado en el interior de su cámara. Así la cotidianidad como el dicho de vivirse persistente, una alegría única, el cuidado de la traslación lingüística, el rigor y el florecimiento. Existe un camino entre Canadá y México que se ha ruborizado desde hace tiempo. Aquí la maravilla se sabernos sin fronteras, creatividad que rompe, disuelve, trasciende. Ella, un delirio de Guadalajara proveniente del norte americano.

Bahía de Banderas a colores. Foto: Françoise Roy

¿Qué es México en los papalotes? 
 México en los papalotes es un peso menos. 
 
¿Cómo es viajar en tequila con hielo del norte? 
 Viajar en tequila con hielo del norte es una borrachera glacial con sabor tropical. 
 
¿Qué es la poesía ante el viento? 
 La poesía ante el viento es una nube que suelta lluvia de palabras, rayos de arco iris y granizadas de luz. 

The bluest autumm sky. Foto: Françoise Roy

¿Por qué español ante la libélula?  
El español va ante la libélula porque todo lo entienden los seres que no tienen don del habla. 
 
¿Cuál es el camino de Quebec a Guadalajara? 
 El camino de Quebec a Guadalajara es el de una goleta que navegó de polo a trópico. 
 
¿Existe un amor entre la luna y una jericalla? 
 El amor existe entre todos aquellos que estén dispuestos a alimentarlo, incluso si se trata de un amorío entre la luna y una jericalla. 

The most beautiful storm. Foto: Françoise Roy

¿Qué disfrutas en la poesía y las bicicletas?

Disfruto en la poesía el viento entre las palabras y en la bicicleta, el viento en la cara. 
 
¿Por qué traducir con las abejas?

Es preciso traducir con las abejas porque ellas son las que producen la miel del verbo. 
 
¿Hay hielo en el perfume de los huracanes?
No hay hielo, sino remolinos, en el perfume de los huracanes. 
 
¿Cómo es el deshielo de las palabras en la poesía? 
Una fuerza que descongela el corazón. 

Convent in snow. Foto: Françoise Roy

El ombligo

Punto de cruz en la materia prima de la madre.

Nudo agostado que marca como lápida en la greda el lugar donde se enredó ella con el hijo en su pequeño mar portátil.

Como una muesca en el cuerpo para recordar dónde debe ir algo, el ombligo da fe de una lenta hibernación: los nueve meses transcurridos en el reino de Anfitrite, aguas blandas de una fontana esférica.

Ojo rizado al centro del cuerpo, mira sin parpadear el rumbo del cordón de plata, tallo de una flor mágica que abre corola en el país de los sueños.

Cartografía menor (Ediciones Arlequín, 2011)

Elemento Aire

Delante del espejo,
ninguna imagen arroja el aire.
Invisible, sólo mira el tímpano
su suave mugir de elemento.
Lo detecta la piel (satín que el cuerpo
fabrica desde su rueca de ADN
cuando siente su roce de animal silencioso).
Habita, del blanco andamio de los huesos,
el peldaño más alto, el occipital, el parietal,
el solar donde germinan con brío
las ideas, los juicios, las matemáticas
y la visión ►claridad encarnada◄
menos que turbia del futuro.
Se deshace en ángulos, en fórmulas,
en puntos de mira y perspectivas.
Ama lo distante como el ciervo su querencia,
su verde remanso en el claro de bosque
a la sombra de los abetos centenarios.
*************
Estay entre personas                en la gran nasa donde se pescan los
pensamientos
                     Fanal de cálculos                  posibilidades de aldabas     de como
si        de lazos    de cota
pulpa de intercambios     sinapsis        redes        urdimbre         
                               parietales
                                                                   tocándose aluzados  

y vuelcos de las alturas en los bajos moldes
                                                h
Rebaño de linces, de zorros,
de seres transfigurados
por el báculo de la razón.
Pasa la antorcha sin necesidad
de tocar la mano de su relevo
(los jugos del corazón ♥ podrían salpicarlo).
Las más hialinas partes, el “hubiera”
aún en estadio fetal, la vendimia
y el talento para apagar suavemente
los dulces órganos de la ternura
y prender los del pergamino,
del acertijo y del sudoku resuelto,
de la página en blanco,
del cerebro en rojo.

○○○ Monedas tintineantes del trueque milenario que pasa de palma en palma siempre zurda, y pensamientos ordenados como en un cajón donde se guarda la lencería ○○○

Rostros para volar (Antología, UASLP, 2019)

Pulmonía

Tú mismo, papá, me hablaste de la sonaja
que se agitaba en mis pulmones.
No hubo transfusión de sangre, sólo yo igual a yo, 
sola, un angelito al que le habían quitado las alas
con una llave stilson.
Hoy, en tu caldo mortuorio en forma de cama
donde navega el cuerpo lascivo de una mujer 
—en su proa la cabellera de fuego y largas piernas 
rellenas de pulpa de guayaba—,
hoy, contigo yacente y vivo aún, con tu corazón de dátil
que no ha madurado lo suficiente, me pregunto
si en tus noches de insomnio te asalta el recuerdo 
de esa nave diminuta donde naufragaba sin tocar fondo
el cuerpo de una niña sin padres. 
Tal vez te acuerdes, sí, de la tienda de campaña
donde yo acampé en el hospital a los seis meses de edad:
velario de lona que respiraba conmigo o tipi
o pequeña pirámide de tela o bóveda celeste geométrica 
—un poliedro—
cubriéndome como el techo y las paredes de un invernadero
cubren el ejército de macetas 
donde respiran flores de ornato.
Una niña sin padres que tú, padre querido, padre futuro,
habías jurado amar hasta la nave mortuorio verdadera. 
Patria potestad, juramento hipocrático de los lares, 
latinajos que hoy no son más que papel mojado.

Papá se llevó a la novicia de piernas torneadas (IMAC Tijuana, 2016)

Jarabe

¡Y la ronda de colores aquí,
aquel tamborileo amarillo!
La falda es un carnaval del rojo y del azul,
del gris y del morado, del rosa y del verde,
del fucsia y del marrón,
que ninguna pupila se empeñaría
en grabar en blanco y negro.

Jalisco en sol mayor (Proyecta, Cultura Jalisco, 2014)

Ángel Ortuño: poeta réptil con dientes de Motörhead

Ángel Ortuño: poeta réptil con dientes de Motörhead
Un humano que se vistió de rock, poesía, tatuajes y humor negro, se ha ido
Ángel Ortuño y compañía Foto: Miguel Asa

Drink and dance and laugh and lie,
Love, the reeling midnight through,
for tomorrow we shall die!,
(but, alas, we never do.)
Dorothy Parker

En memoria de Ángel Ortuño (1969-2021), poeta y amigo.

Ángel, convoqué a tus voces para decirnos adiós y aquí están los ecos:

Recuerdo cuando me diste un libro, u otro, no sé, una película. Recuerdo las risas de corrección, los maestros incoherentes y sus status quo de mierda. Nunca la ironía me supo tan negra, ni los versos se me llenaron de palabras secas, metálicas y metaleras. La muerte no toca a quien vive en las palabras de sus alumnos, a quien escribe con punk la nueva marcha de la poesía.

Vanessa Botello

Ángel fue un poeta, en primer término, poderoso. Como ninguno. Único, porque creó un lenguaje donde convergían el sentido del humor, el aprendizaje vanguardista e incluso el truco, el artificio y el engaño. Algunos de sus amigos, Víctor Ortiz, Álvaro Luquín y yo, lo esperábamos para desayunar. La noticia fue un golpe tremendo, todavía no la asimilamos. Maestro de muchos de nosotros, un amigo entrañable. Creo que no podríamos calcular la proporción de su legado, eso solo lo podrían decir todos aquellos que al encontrarse con su obra transformaron su visión de lo poético y, quizá, de la vida. Como aquél siempre contemporáneo, Rubén Darío, Ángel Ortuño era un poeta muy antiguo y muy moderno. Más que eso: de tan presente, futuro. Lo seguimos esperando.

Carlos Vicente Castro

De Ángel a ángel

Como el transeúnte que veía poesía
en las calles,
en los buses,
en la burocracia del hospital.
Como el poeta que hacía memes
de los clásicos,
de la poesía,
de sí mismo.
Así le recordará esta que escribe.
Qué es la muerte para quien
se burlaba de la vida misma:
pretexto para Ser poesía.

Lucy Cruz Granados

Ángel fue un gran poeta que unía a la comunidad cultural. Uno de los mejores exponentes de la poesía del occidente de México. Todos lo vamos a extrañar.

Marco Antonio Gabriel

Yo admiraba a Ángel Ortuño: compraba sus libros, atendía sus presentaciones en las que, para mi sorpresa durante sus lecturas, leía a poetas mujeres y compartía poemas maravillosos de ellas, en lugar de hablar o leer algo de él. A pesar de eso, su porte rudo-dark y su tatuaje de Motörhead, me mantuvieron a cierta distancia durante un tiempo. Vencí esa timidez para pedirle que estuviera en mi primer programa de Poesía on the rocks el 12 de febrero de 2016, fue Ángel Ortuño, ese ángel-dark y luminoso quién me acompañó en aquel tembloroso primerisísimo paso sin conocerme. No es sorprendente que ese día habláramos de Lemmy Kilmister, también estuvo Álvaro Luquín y los tres fuimos de Kilmister a Bowie, quien en 1971 fascinaba a su público vestido de mujer (romper géneros fue cosa de viejos rockeros y rockeras como Patti Smith). También me acompañó como tallerista en el Calle de Cervantes, en las lecturas que organicé de poesía para no poetas y hasta compartimos mezcales más de una vez en La Occidental. Hoy, su último post en Facebook, fue para compartir la portada del libro Vine porque me pagaban de la poeta rumana Golgona Anghel, creo que no podía despedirse de otra manera.

Y vendrá el camarada a salvarnos porque para los ojos

de su amor infinito,

todos somos

los únicos.

Iliana Hernández Arce

Ironía es
que se llamara Ángel ese ángel
del dios
de la ironía…

Isaac Ortiz

La muerte de Ángel nos deja un vacío, a muchas y muchos de mi generación pues, además de las gran amistad y generosidad, su poesía nos enseñó la manera de una escritura delirante sobre moldes clásicos. Era Roxy Music sobre Manrique. Un decir no a lo politicamente correcto. Descotidianizar lo cotidiano.

Álvaro Luquín

Gracias por los momentos de risa en las clases, por las anécdotas, por la invaluable enseñanza. Por “Pierre Menard, autor del Quijote”, tardé en darme cuenta que era de Borges. Espero que en donde quiera que esté, siempre disfrute de una buena taza de café, profe.

Ámbar Orozco

De Ángel aprendí a comprender la poesía de otro modo. Entendí que hay algo más allá en el poema. Lo recuerdo mucho hablando de poesía varios cafés y bares de la ciudad y hablando de libros en la Biblioteca Iberoamericana Octavio Paz o en Ediciones de la Noche.

Pero sobre todo, la noche de hace siete años cuando habló súper emocionado de Viaje de gorilas, del poeta ecuatoriano Jorge Carrión, libro que publicamos en Ediciones Morbo y que presentamos en el Ex Convento del Carmen.

Leer Aleta dorsal o Las bodas químicas fue revelador cuando los leí, siendo estudiante de literatura en la Universidad. Porque a pesar de que Ángel no me dio clases en las aulas, sí lo hacía en sus libros o en las charlas que tuvimos en cualquier lado.Y lo que creo que no olvidaré jamás es justamente ver a Ángel en la puerta de la Biblioteca, cuando iba a leer para salir de la ciudad. Gracias, Ángel.

Miguel Ángel Avilés

Estafa 2014
De Ángel Ortuño escuché una vez decirme:
-¿Quien te estafó era de la tercera edad? No puedo enojarme con él, creo que es admirable que se dedique a esto.

Nalleli Sánchez

Pienso mucho en Ángel no sólo como poeta sino como un anarquista poético. Fue capaz de romper, doblar y transgredir el sentido más tradicional de la poesía para recuperar su función ancestral: conmover al lector. El leer un poema de Ángel era un despertar abrupto, un ejercicio de desgarrar lo preconcebido. Creo firmemente no solo que Ángel Ortuño hacía poesía, sino que hacía de la mejor. Esa poesía inteligente, que denuncia los males del mundo y se mete muy dentro, porque abraza lo inefable desde la cotidianidad. Creo, finalmente, que el mayor legado de Ángel no es simplemente su lírica, sino el modo en que él, como persona, influyó en quienes lo conocimos. Fiel a sus convicciones, traidor del patriarcado, metalero irredento y padre ejemplar, Ángel Ortuño fue ejemplo de poeta, de anarquista y de hombre.

Emmanuel Caballero

Ángel Ortuño fue nuestro maestro

literalmente
en tercer semestre de Escritura Creativa

nos enseñó que la literatura es un ajedrez
donde un scriptor es un peón
un compilator una torre
commentator un alfil
el auctor es la reina
y el rey el canon

Ángel Ortuño pasaba su mano por el tablero
tiraba todas las piezas

y se ponía a jugar con los caballos a las muñecas

Manuel Jpg

Me piden que escriba unas palabras sobre Ángel Ortuño. Es difícil hacerlo y saber que no estará más. Tuve la suerte de ser su amigo y también su editor. Preparábamos en estos días su ingreso a Nox como profesor en la materia de poesía. Hablamos hacía muy poco para preparar el programa y bromeamos sobre nuestros achaques y la temible esofagitis. Estor consternado, sorprendido, encabronado por su muerte. Ninguna muerte es justa, menos la de alguien tan talentoso. Un poeta especial y diferente en la literatura mexicana. Nos conocimos hace muchos años -¿treinta, quizá?-. Escribo esto y me doy cuenta de que sigo hablando de él en presente. Nos conocimos hace demasiados años mientras él iba a la facultad y yo acompañaba a quien era mi pareja de entonces. Luego coincidimos en muchos lados, en revistas, en editoriales, en fiestas. Hoy por la mañana, al recibir la noticia de boca de otro querido amigo, me vino toda la tristeza del mundo porque hemos perdido a un hombre generoso, divertido y con un talento enorme.

León Plascencia Ñol

De una alumna para el profe Ortuño
1. Gracias al profesor de planta por hacerlo su suplente.
2. Mane, Tecel, Fares.
3. Prometo probar el café como usted dijo.

Dani Gz Vega

—Hermafrodita, dijeron.
—Como en la canción de Steel Panther. Dije al frente, el profesor sustituto reía, sólo él.

Por hablarnos lo mismo de Gloryhole de Steel Panther que de Mane, Tecel, Fares: los días de la poesía están contados.

Cindy Hatch

Ángel Ortuño fue un poeta que negó siempre serlo, más allá de su humildad, bonhomía y accesibilidad, fue un gran amigo y contertulio de los más diversos banquetes literarios en los que participó, siempre haciendo gala de una sabiduría deslumbrante que matizaba con su no menos llamativo humor punzante, inteligente y desenfadado. Sabía como pocos de poesía, cine, cómic y rock. Amante de Mötorhead, más allá de lo musical, fue sin lugar a dudas un poeta contracultural. Quienes fuimos testigos de todo ello, hoy lloramos la estela que deja tras de sí este poeta mayor, que viajaba en urbano de Tlajomulco a Guadalajara todos los días con una sonrisa eterna y juvenil como sus camisetas negras y sus botas industriales. Dónde estés ahora Ángel, sabemos que estarás con Lemmy tomándote una Victoria.

Roberto Herrera

Recuerdo en especifico un día, no recuerdo la fecha, pero los pequeños clips de 30 segundos que grababa en su clase que concuerdan con mis recuerdos lo marcan como el 13 de febrero de 2020, durante la vida prepandemia.

Él llevaba construyendo el punto de esa clase durante un mes, ese día llegó e hizo lo que nunca: ponernos a trabajar. Sus clases solían ser una especie de conferencia de temas académicamente complejos abordados desde la sencilles en la que se habla en una tarde de chelitas con compas, pero en esa ocasión nos sacó de la rutina durante los primeros 20 minutos.

La actividad fue sencilla, a la fecha me sigue pareciendo un disparador creativo muy interesante, consistía en buscar una noticia aleatoria y el primer párrafo acomodarlo “como poema” y de pronto cosas que sonaban ridículas, como la boda de una lagartija, una actualización de emojis, una desviación de fondos muy mal hecha, de pronto se volvieron una lectura satisfactoria.
Lo recuerdo con tanta claridad porque me cambió. Ángel me cambió la perspectiva que tenía de la poesía, de la literatura como objeto de estudio y de la vida. Gracias a él aprendí a cambiar mi perspectiva de muchas cosas y aún hoy me parece increíble que ya no esté aquí, ayudando a cambiar perspectivas, a reforzar el gusto literario de las personas, que ya no esté aquí para enriquecer cualquier momento, porque su mera presencia ya volvía ese momento una experiencia completa.



Es evidente que se quedaron miles de corazones rotos tras su partida, pero él seguirá entre quienes lo recordemos y lo sigamos leyendo.

Criss García


Ángel, ayer me recomendaste que viera Las pestes de Breslavia. Ya la estoy viendo, el día que nos volvamos a ver, te digo qué me pareció.

Ánuar Zúñiga

Esta noche, la suma de todas mis pérdidas yacen en el cuaderno
entre nosotros, kilómetros y kilómetros de muerte y vida al final del puente;
dos tomas de agua y un sorbo de café a media mañana después del primer riff.
Una navaja hiere el muro otra vez, líneas entre líneas sobre la piel
Se mudan las palabras entre los rincones, donde la ausencia toma su trono
y los silencios hacen alarde de su triunfo otra vez después de la última desdicha:
la muerte de un poeta no tiene nombre ni perdón.
No más visitas con el oculista.
No más visiones nocturnas.
No más pasos vagabundos.
No más afectos
ni risas
ni nos
no.

Renata Armas

Recuerdo muy bien lo primero que nos dijo: todo lo que no es verso, es prosa y todo lo que no es prosa, es verso. Era una frase de alguien que intentaba sonar elocuente, pero Ángel la transformó en una lección. Escucharlo era como oír un poema que surgía de la improvisación, como un baile entre las palabras y los significados. Ángel Ortuño hablaba en prosa poética. Convertía lo cotidiano en lo sublime, un chiste y un regaño a un poema, la constitución en un poemario. Como un alquimista de las letras.

Jesús Ramírez

Hemos visto en las redes sociales en estos días una profusión (absolutamente merecida, por supuesto) de publicaciones, notas, crónicas, sobre él y su obra poética. Han transcrito poemas completos en páginas y revistas, tanto de México como de Estados Unidos. Han mencionado la originalidad y desenfado de sus textos; la gran calidad humana que siempre mostró con su familia, amigos, conocidos, colegas. Yo quiero mencionar, porque creo que en esta área llegué a conocerlo un poco más, la disposición que mostró para entregar a sus alumnos esa visión amplia, libérrima, siempre nueva, de la literatura y en especial de la poesía.

Luis Martin Ulloa

El irreverente Ángel, el de la dulzura ácida, ese que roba a mano armada la carcajada y el asombro, se fue, y no hay ninguna otra mezcla dura tan llegadora que lo sustituya, ni hoy ni nunca.

Rossana Camarena

Siempre en el recuerdo y en el corazón, poeta. Buen viaje.

Luis Medina

Ángel Ortuño en Vía Literaria en 2015. Foto: Miguel Asa

Hablar de rock y poesía en la noche, interrumpir alguna que otra lectura, colocar versos en el tren ligero, escaparme las tardes para dialogar un poco en tu oficina, creer que la poesía concreta fue un augurio para viajar, escribir tan sólo con el fin de celebrar la ironía, esperar la consagrada motocicleta, pensar en las canciones de metal, establecer un énfasis de la marcha de una libélula, descubrir a Mazinger Z en el fondo del volcán y de vez en cuando pensar en la acidez de vivir. Escribir esto, es sólo una muestra de agradecimiento por la capacidad de expandir los motores de una mariposa eléctrica. Convoque para despedirnos y aquí estamos las voces. No supe cuándo lo debía romper y ahora ya no hay fuego. Como me escribiste alguna vez: “De ahí la nostalgia: el dolor de lo que se sabe lejos al recordar, sentir, qué está muy cerca”. Desde amigos, conocidos, alumnos y más, gracias. Misión cumplida.

Fabiola Lizette: el verso que viene en el bordado

Fabiola Lizette: el verso que viene en el bordado
Una joven poeta juega con hilos mientras escribe
Fabiola Lizette. Foto: Miguel Asa

Dejad que yo también haga algunas cosas:
Yo quiero hacer un ruido con los pies
Y quiero que mi alma encuentre su cuerpo.
Nicanor Parra

Durante el silencio que el mundo vivió en 2020, hicimos de la palabra un encuentro de unidad. Fabiola Lizette, estudiante de Letras hispánicas por la Universidad de Guadalajara, se hizo acreedora de nuestro primer Premio de poesía joven VersoramaGDL, con su poema “Astillas”, mismo que fue seleccionado por los poetas locales, Rossana Camarena y Luis Armenta Malpica, quienes fungieron como jurado.

De entre una convocatoria de más de 50 textos poéticos de jóvenes de distintos sitios del Área Metropolitana de Guadalajara, la obra de Fabiola fue la acreedora a nuestro premio, mismo que correspondió al apoyo de BKT Bici Pública, Kamilos 333, Mantis Editores, Cecilia Fernández y otros aliados más, quienes aportaron desde sus entidades distintos estímulos a nuestra creativa ganadora, que más allá de que fueran locales, buscamos la unidad para colaborar y fortalecer a la joven comunidad creativa de la ciudad.

Perfil con cadenas. Foto: Miguel Asa

En este caso, sobre la obra ganadora Rossana Camarena señaló, “Fabiola Lizette, escribe. El tronco al que se afianza se le vuelve astillas y dibuja con ellas clavadas en los dedos dolor y certezas. Zigzaguea entre pólvora y reflejos, es humo que no se eleva, sangra entre fragmentos a ojos cerrados para tratar disolverse entre sus propias imágenes y desaparecer”. Por su parte, Luis Armenta compartió, “Cuando la palabra es astilla de buena madera, siempre duele, arde o se deja sentir entre las manos del lector. A la sombra de esta autora, la mirada que escudriña en el espejo del poema no puede más que mostrarse así: presente, ganadora.”

Así pues, el entramado que aconteció nos permitió descubrir un nuevo talento de la poesía en la ciudad. Y es que Fabiola, serena recorre la paciencia que muestra en sus bordados, ha comenzado a insistir más en sus letras para compartirnos un pedacito de lo que se construye entre los hilos de colores y la fragancia de los vientos. Es notable el nivel de magia que uno descubre cuando este tipo de sucesos están presentes con mucha honestidad y fortaleza. Con esto, las letras de Fabiola vienen a trasladarnos hacia nuestros adentros para entregar todas las sensaciones al universo. Se puede descubrir cómo los pronombres surgen de las manos, de las creaciones, de lo que es y de lo que se transforma. Así es abrazar la paz y nuestra misma historia.

El tiempo es verso. Foto: Miguel Asa

El recorrido del hilo se configura en una sensación de alivio. Y es que el color de cada uno construye diferentes auroras y ocasos y nos desmiente el espejismo que cada uno porta entre verso y verso. Fabiola nos marca cómo es la sensibilidad de buscarnos dentro del círculo para encontrarnos fuera de él. Así se pauta una imaginación de nuestras luchas y procuramos sostenernos en las cantidades de poesía, aquellas necesarias, para contener el puño hacia alguna dirección.

Desde sus palabras se compone una reflexión en cada verso y muestra los sentimientos y los pensamientos que corresponden a los contextos de manera transparente, líquida, en ocasiones en llamas y en otras sin viento alguno, y es que Fabiola, seriamente, vive la letra y nos configura la manecillas del reloj para ir lento, sin ningún tipo de perspicacia sobrehumana que nos desmienta la realidad en la que nos convertimos, de la soledad en la distancia y del destello en el brillo.

Cuando compañia. Foto: Miguel Asa

Aquí me encuentro con ella, sitiado en un momento del tiempo en que sus letras nos llegaron, por lo que sigo con la creencia de que la poesía nos es un ritual sin precedente, sin destino, sin tiempo y sin control, florece al ritmo del agua que cae dentro del hilo que borda los poemas de Fabiola, y se avanza, se aprecia y se ama. El desbordamiento de los sentimientos se contiene en las dimensiones de cada letra, tiene que ser volcán para perecer llaga. Aquí astillas que hilan, colorean y se expanden a las siguientes juventudes.

Somos árbol. Foto: Miguel Asa

¿Cuáles son los dinosaurios que te gustan?
Se dice que las partículas que alguna vez conformaron a los dinosaurios siguen vivas y están incluso en el agua. Me gusta pensar en esa clase de vida infinita, fragmentada y omnipresente que logra esquivar la temible inmortalidad. Es una bella manera de ver lo cíclico de la existencia.

¿Cómo se explica una taza de café en la playa?
En la ironía del intento de contener lo que está por desbordar en otro cuerpo. Me divierte pensar en la contraposición de una taza como algo fabricado para evitar que algo se derrame, con la intención de amoldar a su forma algo volátil como el agua, la misma que conforma la inmensidad y fuerza recatada del mar. La playa y la taza son antónimos.

Bordar con equilibrio. Foto: Miguel Asa

¿Qué hay en la aguja y en silencio?
La oportunidad de crear. Ambos elementos representan un espacio que puede resultar intimidante o turbio, pero que en realidad es necesario para ceder paso a algo dulce e indispensable como lo es la creación, a pesar del caos que puede encarnar. Ambos remiendan, ambos marcan un camino, implican e invocan la fuerza creadora de quien los atraviesa.

¿Hasta qué punto se ajusta un verso?
Depende de la infinitud que se pueda contener. Siempre habrá corsets más ajustables que otros para vestir los versos, pero se necesita dejar espacio para respirar.

¿En qué melodía te encuentras?
La música es parte fundamental de mi vida, mi memoria siempre está a su merced. Me costaría muchísimo determinar sólo una melodía que aluda a mi interior, pero In un’altra vita de Ludovico Einaudi sin duda está en la lista. También pienso en la voz de Ella Fitzgerald, la performance en Fémina y el beat de Mac Miller.

Caseta de poemas. Foto: Miguel Asa

¿En qué papalote llegaste a la poesía?
Llego siempre en el papalote de la incomodidad. La poesía se me presentó a manera de protesta, me preguntaba por qué había que leer siempre a los mismos autores, y esa inconformidad se tradujo en la curiosidad que me llevó a buscar más. Paralelamente, el lenguaje en mis relatos comenzó a parecerme demasiado explícito e incompleto a la vez, entonces intenté con la poesía. En ella encontré un lugar más certero con el cual abrazar mi mundo interno. Un papalote insatisfecho me trajo hasta aquí. 

¿Hasta dónde quieres llegar con tus alas?
Quiero llegar al misterio. Me parece que el camino de la poesía apunta hacia un sitio impronunciable, y yo me quiero dejar llevar hasta ahí. 

Andar la ciudad. Foto: Miguel Asa

¿Cómo son los pasos de la gaviota?
Camina con certeza: en cuanto ella decida extender sus alas, podrá partir el vuelo. Camina porque sabe que volar es su primera opción, su paisaje predilecto, su escape natural. No sé si existan pasos más seguros que los de una criatura que puede evitar tocar el suelo.

¿A qué le llamas bicicleta y poema?
A lo que me mueve hacia otro. Lo que marca una dirección, una manera de andar y desplazarme. Aventurarme en sus caminos ha resignificado mis pasos.

¿Cómo es que construyes tu mundo?
Con retazos de lo que me rodea. Constantemente rescato fragmentos del mundo que quizá podrían tomar la forma necesaria para lograr deletrear el mío. Reúno flores, papeles, frases, canciones y por supuesto, poemas para la construcción. Aún me abruma sentir que no consigo abarcarlo todo, pero prefiero dejar que los cimientos de la obra me cubran a mí.

Astillas

Si lo que ves es mi sombra,
sopla la vela antes de que me cumpla.
Corta la mecha,
desde niña me dio miedo encender los cerillos.

Si es verdad,
y lo que llevo en el rostro es un espejo,
no te sorprendas si un día me encuentras hecha añicos.

Recuerda que siendo vidrio,
el reflejo también corta.

Atrévete a verme
cada vez que intente convencerme
de que el presente no es el pasado,
aunque sepa que se esfuma en cuanto toca.
No voy a pedirte que te vendes los ojos
pero de mucho ayudaría que los cerraras cuando me sientas,
porque si es verdad
y lo que ves no soy yo,
entonces estas heridas
no son mías.

Inédito

Encierro

Tu abrazo es una habitación de tres paredes,
una ventana
y una salida de emergencia.

Y es que aunque el amor sea pórtico,
candado
y llave;
he estado de cara a la puerta
y he olvidado
cómo usar el cerrojo.

Metropoli, el suelo de una voz (Alcorce ediciones, 2019)

Migas

Siempre tuve miedo a perderme. 
Me aterra la idea de no saber dónde estoy,
de tener que ir a buscar un nuevo hogar
por no saber encontrar el mío.

De niña aprendí a dejar pedacitos de mí
en el trayecto de cada viaje,
-como carnada-
para poder reconocer el camino de vuelta a casa
en caso de tener que volver sola.

A veces olvido que hubo trozos que nunca pude recoger
por haber tomado otra ruta.
De tanto que he migrado,
mi recuerdo queda como una huella a la mitad,
siempre diferente en cada lugar.

Por un tiempo las personas tuvieron nombres de calles,
memorizar sus rostros era reconocer sus banquetas y baches.
Las luces rojas me hacían titubear:
el camino a casa no puede tener solamente un nombre correcto.
Todos los lugares dejaron de ser mi hogar
en el momento en que di el primer paso dentro.

Saber por dónde voy es aprender a volver:
ir hacia adelante
es volver a mí.

Por eso
reconozco más fácilmente el camino a casa que mi casa misma:
no puedo perderme.
Quienes dicen que pueden tienen suerte.
Debe ser más sencillo no encontrarse en el espejo
que no poder escapar de él.

Un latente hallazgo: Antologia de poesía mexicana (Valparaíso ediciones, 2021)

El lugar que es nuestro

1
Observo el tropiezo del segundero en el reloj.
Me observo en ese ciclo que siempre avanza
pero sólo para volver al mismo punto
y dar una vuelta más.
Cada tanto se vuelve uno en otro cuerpo
pero nunca ocupa el mismo lugar.

2
En ese espacio,
            entre las dos manecillas que se encuentran entre sí,
            únicamente por voluntad del tiempo
te recuerdo
            y sólo entonces
abrazo el tropiezo.

Inédito

Renata García Rivera: un árbol de cielo infinito

Renata García Rivera: un árbol de cielo infinito
La voz del viento entre las páginas del árbol
Renata García Rivera. Foto: Miguel Asa

No se trata de un sueño
la sangre que avanza
al despertar
Minerva Margarita Villareal

El camino de la luz hace que el abrazo de las sombras abarque más espacio. Un árbol es doblemente grande por su sombra, la luz escala sus cortezas y laderas hasta conformar un duplicado que lo rebasa. Renata García Rivera viene a versificar cómo soñar entre las sombras es más cálido de lo que parece.

Nació en el mar de asfalto que es Guadalajara, Jalisco, se rodeó de verdes relatos e incluso antes de aprender a escribir, ya creaba sus propias historias a través de imágenes. El papel es su soporte por excelencia. Yo la conocí con los ojos cerrados. Nos veíamos en los pasillos de la universidad y nos chuleábamos mutuamente los aretes que llevábamos puestos. Llegó el confinamiento y me invitó, también a ciegas, a formar parte de Conticinio, un proyecto de creación y difusión de poesía que desdibuja y expande los límites de la dinámica “seminario-taller”. Fue así, a través de contagiarme de su entusiasmo y abrazo eterno, que confirmé lo que todos sospechábamos: el mar la trajo al mundo para regalar poesía.

Desfragmentación. Foto: Miguel Asa

Su primer libro, Sombras desde el árbol (2020) es un caleidoscopio de claro-oscuros. Las voces contenidas se condensan en cantos de aves y el juego del viento hasta hacerte olvidar que en nuestros alrededores predomina el asfalto por encima de la naturaleza. Aún no terminaba de leer el primer poema cuando supe que leer a Renata es dar con el pozo acuífero más cálido.

En realidad, las sombras que proyecta no son sólo el impacto de la luz solar contra las hojas de los árboles, sino las también múltiples enunciaciones de Renata: ella se sabe pájaro, ventana, raíz y rama. Hay mucha dicha entre los resortes que cuelgan de su cabeza, hay certeza en la sonrisa que le brinda a todos desde el primer momento. Renata te invita a navegar entre los verdes y rojos más apacibles. La tentación de sumergirse es abrumadora, no solamente entre lianas y cantos, sino en corrientes de cándidas lágrimas y sus desfiles en los espejos.

Colores. Foto: Miguel Asa

Los sueños son listones de colores vivos que vestimos al bailar, el movimiento los mece para construir distintas formas en el viento. Su marcha en una caída circular hace vibrar nuestras vidas. A menudo soñar se confunde con una respuesta involuntaria de la mente mientras dormimos, cuando es en realidad la esencia de estar verdaderamente despierto.

Renata viene a desenredar esa confusión entre sus cabellos. “No estoy encerrada, no caigo ni grito ni desaparezco”, asegura. Renuncia a las limitaciones que la física establece para el ser humano, brota como lava desde sus raíces y cortezas, pero ante todo, convoca a emprender el planeo. No existe solamente un origen, ella lo sabe y remite constantemente a nuevos principios. Su poesía es una corona de sueños en perpetua construcción, un mapa al rincón más nítido de una habitación y la salida de emergencia hacia los rayos del sol.

Planta. Foto: Miguel Asa

De pronto, la sombra pierde el sentido de pertenencia: no se trata del reflejo oscuro de cualquier otra cosa, es por sí misma un resplandor impenetrable y autónomo aún en su composición heterogénea. Las sombras no sólo se proyectan en la contrariedad de la luz, también se desplazan en el interior del camino. En ese sendero se concentra la vida, y en su sueño, la poesía.

Trazos. Foto: Miguel Asa

¿Cuál es tu juguete favorito?
Cuando era niña mi juguete favorito eran las muñecas. Les inventaba ropa, amistades, novios, paisajes, viajes, rutinas, expresiones lingüísticas. Exploraba a través de ellas lugares donde yo no cabía. Las obligaba a caminar por superficies agrietadas. Las escondía entre las plantas. Su bosque era un helecho. Ellas, como yo, ponían mucha atención a las texturas de la casa. Cada forma representaba un juego. El florero era una espesura de posibilidades: ramo de novia; jardín embrujado; cementerio; pecera llena de raíces y mosquitos araña; cápsula de experimentos; máquina de teletransportación; burbuja amniótica; elixir apestoso. Las flores eran cofres del tesoro: un resorte o un vidrio encontrado en el patio.

Hoy, me gustaría decir que mi juguete favorito es la palabra. Pero me queda poca imaginación. Y con ella me entretengo. Le doy vueltas. La reciclo. Me aferro a su inconsistencia -aunque a veces ello me vuelva demasiado seria.

¿Cómo alcanzar las manecillas del reloj?
Con dos latidos por segundo cuando estoy quieta.

Sentir. Foto: Miguel Asa

¿Qué relación encuentras entre las orejas de un gato y una autopista?
En ambas reposa un brillo dormilón y la oportunidad de percibir con nuestra presencia un rincón donde no pasa el tiempo. En ese rincón, hay alguien que escucha con agudeza.

¿Qué es una llave en cautiverio?
Un destello frío de la memoria.

¿En qué parte de ti encuentras la brisa del mar?
En los vértices de mis manos. En mis ojos, testigos de la ondulación. En los atardeceres. En mi infancia. La busco en el cielo cuando necesito respirar mejor.

Sonrisa y sol. Foto: Miguel Asa

Si pudieras construir las vías del tren, ¿a dónde irían?
A un lugar sin tiempo donde hubiera árboles y agua.

¿Cada cuánto mudas tu piel?
Mi cuerpo lo hace por mí. Se deshace de mis células cuando mueren. Cada minuto arroja más de cuarenta mil cadáveres al vacío. Yo no me entero. Eso me apena y me confunde.

¿Cómo dialogar con un triciclo?
Pidiéndole perdón por lo que no fue.

Dirección. Foto: Miguel Asa

¿Qué llevas en el bolsillo izquierdo?
Hoy solo mugre y pelusa. Pero en el lado izquierdo de mi cuerpo llevo a mi mamá, a mis abuelas, a mis tías, y a todas las mujeres que vivieron antes de mí. Llevo mi ojo más pequeño y profundo, y una mano con la que no escribo; llevo el corazón; llevo pelos y sudor y olor; huesos, piel, cerebro, pulmón, garganta, lengua, oído, voz. En el lado izquierdo del cuerpo llevo la mitad de mi ser: el mundo entero.

Lo incontrolable

Soñé que los veía en la cama
tímidos de abrazarse
murmurando y sonriendo

Soñé agradecer el cumplimiento
de mi deseo e íntimo auspicio

Soñé que volveríamos a ser
a habitar

Soñé contemplarlos desde abajo
con ganas de acurrucarme entre sus panzas
y debajo de esos brazos
que articulan los dedos del cariño

Pero fingí no saber
no percibir

Sombras desde el árbol (Taller de poesía Calle de Cervantes, 2021)

El espacio donde estoy no será igual para siempre

La vida de mi madre
sus plantas
la bocina que recibió por su cumpleaños 51
sus 51 años
su baile flamenco
su mpusica
nuestra vida juntos hermano
compartiendo este espacio
nuestra casa
la misma
todos juntos papá también
en los recuerdos
luces encendidas
las flores de mi madre
los muebles
las paredes completas
el calor
la armonía
nuestros colores

Sombras desde el árbol (Taller de poesía Calle de Cervantes, 2021)

El aire no sube yo lo jalo

De noche quiero
seguir
respirando
conservar mi calor
oler
             mi casa antigua
             calle
             ropa

probar fideos
caminar por este año
sin que nada me toque
aléjese todos
quédate papá mamá hermano abuela
quédense a verme
crecer sin que
nada me toque
quédense
tibios
adentro

Sombras desde el árbol (Taller de poesía Calle de Cervantes, 2021)

Poesía en la casa: trece años

Poesía en la casa: trece años
Este movimiento silencioso ha generado que algunos volvamos a leer este género
Diferentes versiones de nuestro emblema. Foto: Miguel Asa

Este texto se publicó en La Gaceta de la Universidad de Guadalajara en su sección O2 el 17 de febrero de 2014, bajo la edición de Víctor Manuel Pazarín.

Extraña y necesaria la súplica de Miguel Asa 
y tan misteriosa como su propio creador
Víctor Manuel Pazarín

Mihi ipsi scripsi!
Friedrich Nietzsche

Leerla sin insultarla, sin menospreciarla. Leerla en el baño, en los caminos, en los parques, en los epígrafes, en los tacos, en la cama, en el columpio, en el sueño, en el esplendor del sol, en Tonalá, en el jardín de tu casa, con el amor, con el odio, con todo, pero leerla. Leerla como si fuera una pasta italiana, una sopa azteca, un trago de pulque, un raite por las carreteras, un orgasmo en pareja, una seducción del viento, un verso en el oído, una ironía en los huesos, un minuto de la vida y basta.

¿Acaso la poética de la incertidumbre tecnológica nos ha dejado devastados en un individualismo masivo? Hay poesía en todas partes: en los burdeles, en el sanitario, en la comida, en la vagina, en el pene, en la carne, en las tostadas de frijoles, en el burro, en el son jarocho, en Cuba, en La Gaceta, en Guadalajara, en su espalda y en la mía, en mi bici y en las ninfas. Hay poesía en las pendejadas de ellos y en las torpezas de éstos. Hay poesía sabrosa, que duele, que inspira, que idolatramos, que recordamos, que olvidamos y que siempre está ahí. Hay poesía de los miedos y de los egos. Hay poesía diferida y por consumo. Hay poesía de kilogramos y poesía del exilio. Hay poesía, siempre hay, y cuando no hay, nos arrepentimos.

¿Nos hemos convertido en racistas literarios con base en la moneda de turno? Hay poesía para niños, para los amorosos, para adultos, para viejos y hasta para muertos. Hay poesía aquí y en China, en el norte y en el sur, en el Este y en el Oeste. Hay poesía en tu nacimiento y en las etiquetas rojas. Hay poesía en las pestes y en las cóleras. Hay poesía de rato y poesía eterna. Hay poesía estéril y poesía que fecunda. Hay poesía rodante y poesía senil. Hay poesía en la muerte del más viejo, en el futuro del más nuevo. Hay poesía en las casas y en las montañas, en el mar y en el desierto. Hay poesía en la belleza del día y en el de su mirada. Hay poesía nefasta, maloliente sensata y cursi. Hay poesía premiada y la humilde. Hay poesía en los libros y en los nombres. Hay poesía en el nixtamal y en las manos de mi abuela. Hay poesía en México y mucha, mucha hay.

¿Acaso nos hemos vuelto autodidactas de los espejismos? Ayer mi madre y yo charlamos sobre la fuerza de sus manos al curar un músculo lastimado de una mujer joven. Ayer vi el cielo de colores en el tráfico de esta insólita ciudad. Ayer descubrí la sonrisa de un niño al verme sorprendido. Ayer un taxista me dio las gracias. Ayer pegué una calcomanía en el tren, otra en la casa del vecino, en el automóvil de mi amiga, en el teléfono público, en el local aquel, en la memoria de cinco mil gentes, en las paredes, en los versos ocultos, en los poemas olvidados, en los poetas arrumbados, en los besos, en la piel, en la propia poesía.

Y fue para compartir, para difundir, para leer. Fue para ti, para los de allá y los de acá. Fue para los de la tiendita, para el de los tacos, para el policía, para el banquero, para el mesero, para el chofer; fue para la cocinera, para la verdulera, para el merolico, para el estudiante, para la madre, para el tío, para el niño. Fue para leerla o ignorarla, para decorar, para comprender y analizar, para cuestionarse, para seguirla, para tirarla, para quemarla, para abstraerla, para criticarla, para pegarla.

Se consultan versos en las manos de los muertos, en las lecturas que hacemos, en las páginas que nos recuerdan que alguien existió, en las letras y aquí estamos para disfrutar y exagerar que la poesía no sirve para nada en estos tiempos, sólo para redimir el espíritu y ya.

¿Cuántos nos cobijamos en la poesía sin que seamos vistos? Ya lo diría en su momento, la poesía es para todos, no tiene cuerpo ni prestigio alguno, hay para el más jodido como para el más insulso. Hay versos que logran transportarnos para mitificar nuestras miradas en los versos de otros. Hay creadores y lectores, hay máquinas de escribir que desgarraron sus tintas en millones de versos, hojas blancas que sirvieron como espacios imaginarios de mundos felices y hostiles, y que, ahora y siempre, hay momentos para redescubrirlos. 

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Carmen Villoro: una obra negra en preludio

Carmen Villoro: una obra negra en preludio
Los versos que se cocinan con el cuerpo en la palabra
Carmen Villoro. Foto: Luis Pérez

Casas, caminos, nubes,
ensenadas azules y montañas
abrieron sus ventanas.
Tomas Tranströme

Cocinar las letras. Eso lo leí en ella. Aromas peculiares, soledades y sabores. No sé de qué manera una Obra negra llegó a mí. Y de repente el esquema de la poesía tiene recetas, olores, paredes, rincones y una lista de colores líquidos que rondan en la piedra. Así cocina cemento y pone las telas de las flores Carmen Villoro, con fragancias gruesas y anhelos sin pesar. 

Originaria de la Ciudad de México, ha creado ciudadanía en Guadalajara alrededor de las bugambilias, los amigos y las celebraciones. No recuerdo precisamente cuando le leí un poema de Carmen a cierta persona que en mis ojos se reflejó una mañana bajo las sábanas. Entonces comprendí que el ritmo de las moléculas se teje con el baile de los delfines. Así, con poesía desde hace años, Carmen es más que una amiga, se ríe y simplemente entrega el gesto a los pequeños momentos, esos, que contemplamos a diario, ahí, puntualmente, en la lotería del tiempo, están los detalles de la poesía. Así una despedida, una casa en construcción, el habla, la palabra y sus artilugios, la calma, los recorridos y demás, están en sus versos. Tiene una alcoba llena de recursos con los que teje, dibuja, canta, llora y sueña.

Sentir es el detalle de la poesía. Foto: Luis Pérez

A veces pienso que Carmen siempre está en un estado onírico: vamos, ella observa las texturas de las flores sin lupa, tiene una visión intergaláctica que nos permuta en tipografías suaves. Así lo dice. Y por ello me atreví a preguntarle sobre detalles y se volcaron las preguntas como sirenas en la lupa. Aquí, sabría que tendría recetas muy particulares y con precisión. Entonces, hoy mis ojos se conmueven y contemplan el acto de la buena fe y la persistencia. Hagamos de los detalles bombas de amor, dice. Y se congestiona con la peculiaridad de la vida, entre su creación, sus palabras y los versos. No sé si pueda ser un ave, la confusión, un sistema matemático que se viste de rosa para darnos palmaditas en la espalda, la posibilidad de dispersarse entre el silencio, la ola que viene repleta de calma o el paso que furioso alcanza el colibrí.

Así la poesía de Carmen y su labor: sentir. Ese verbo es con el que a veces diálogo y lo manifiesto. Sentir, encuentro entre cambios. Sentir el viento desde el huracán. El desierto y los balcones de las estrellas. Sentir, qué es si no otra palabra más en la vértebra de los segundos. Sentir en la nada. Sentir en el vacío y desde la glorieta en bicicleta. Sentir. Eso me ha enseñado Carmen una vez que le leí a aquella persona sobre las sábanas. Sentir el espíritu una vez para no acabar en el delirio de la gota. Así me quedo con sus palabras, que llegaron como riego a este jardín poético. Otra vez, la palabra sentir como pilar de la poesía. 

Una obra negra siempre tendrá eco. Foto: Luis Pérez

Y ya te has dado cuenta que la nostalgia no es para siempre. Y que el cuento se desvela en medio de las crinolinas. Y que nos hemos callado un cardumen dentro de la piel. Y que mis venas son ríos de lo que se percibe en la cocina. Y que hoy ella me ha dado el recetario de esta región, invisible e inaudita, pero al final vocablo. Y que no descansaré de las perlas que postran sus versos, pues ahora persisto en esta obra que si no negra, los colores se expanden. La cumbia suena: Carmen pero me queda tu retrato/ El lindo pañuelito blanco/ Y el rizo de tus cabellos, Carmen. Y así nos quedan sus palabras, en este papel de hoy y la obra ya está en proceso.

Existe un momento para detenernos y ver las soledades de las casas sin cocinas. De aquellas que aún no han sido nido de charlas y de mondadientes. De aquellas en las que la poesía pasó ligera y no se desveló en la intransigencia. De aquellas en las que llega uno impuntual con el corazón roto para enmendarse con una bandita y seguir. Se eleva Carmen y va el discurso de los botes de agua. Ya decía yo. Estos cimientos más que concreto son flores desde la columna de sus versos. Le han salido alas, y aquí, sus vuelos.

Disfrutar los colores desde caulquier misión. Foto: Luis Pérez

¿Cómo es una flor ante la abundancia de la poesía?
La poesía no está en la flor ni está en el poeta, está en el encuentro del poeta con la flor, ahí surge esa experiencia de asombro que no puede decirse con palabras, ni siquiera con la palabra poética. Ésta es siempre un intento malogrado, apenas un roce de esa experiencia inefable.

¿De qué manera preparas una receta gastronómica con letras?
Las letras, las sílabas, los sonidos que éstas producen son la materia prima con la que se cocina el poema. Los silencios son un ingrediente necesario para que las palabras tengan cuerpo y puedan formar versos. Todo texto debe hervir a fuego lento y dejarse reposar. Los poemas precipitados se abrazan y se queman, los que perduran fueron aquéllos que merecieron el tiempo que todo necesita para estar al punto. El platillo puede ser insípido si es intelectual, la razón es ingrediente duro de cocer, en cambio la emoción lo ablanda y le da buena consistencia, dichosa y placentera, pero no debe pasarse de almibarado porque el azúcar en demasía amarga. Los poemas se sirven en platos limpios, sin salsas ni acompañamientos y han de ser degustados con cuidado y  calma para que revelen el poder que contienen en el corazón, al fondo de las hojas.

No hay prisa, sólo libros. Foto Luis Pérez

¿Cómo escapas de la acción de lavar los platos?
La acción de lavar los platos es una de las grandes acciones de la vida. Sería feliz en una lonchería en la que mi misión fuera lavar platos por horas. Nada como una tarja donde el agua y la espuma se dan cita y se mezclan entre restos de fruta que desaparecen en el remolino de agua, y transforman la mantequilla en cristales transparentes. Quiero ser vidrio y porcelana entre unas manos fuertes y seguras. ¿Quién no?

Si fueras un sueño, ¿cuál serías?
Soy el sueño de mi madre y de mis abuelas. Soy el canto dramático que jamás salió de la garganta y reventó en el pecho de mi abuela materna como una granada. Soy la lluvia que mojó el cuerpo oculto de mi abuela paterna y la cubrió de besos prohibidos. Soy las calles que ellas nunca transitaron y las palabras que no se atrevieron a decir. Soy la poesía que mi madre no publicó y el vuelo que temió para mis alas frágiles. Soy el sueño de libertad que forjé para mi única hija y mis múltiples, imaginarias nietas.

Hay qyue construir paisajes con malteadas. Foto: Luis Pérez

¿Cómo te sorprende la piedra y el silencio?
El silencio es la manifestación más clara de la presencia de lo sagrado. No sólo es el fondo sobre el que se dibuja el discurso. Es una expresión contundente y elocuente. Ante el amor y ante la muerte guardamos silencio porque ante esas experiencias cualquier palabra se vuelve retórica. Y la piedra trae con ella su silencio que es la quietud y la majestuosidad de la naturaleza. Mi existencia es ruido pasajero; la piedra ha sido desde siempre y permanecerá siendo ese silencio que llamamos Dios.

¿De qué manera repercute un animal en tus letras?
Yo soy un animal de letras. Alienada por el lenguaje y la cultura me veo en la necesidad de rebelarme a través del juego. Hacer de las palabras la plastilina moldeable para construir criaturas nuevas que hablen una gramática distinta, más cercana a las imágenes que a las ideas. Soy un animal destinado a ser un homo sapiens que pretende ser un homo ludens. Con la edad reconozco mejor al animal que llevo dentro. Y lo protejo.

Variaciones de los versos. Foto: Françoise Roy

¿Cielo, agua, hoja o maracuyá?
Maracuyá es una hermosa palabra. Es carnosa y al decirla la lengua la paladea, los labios la detienen para que no se vaya, los dientes evitan lastimarla. El amarillo se abre camino entre su pulpa densa y tropical. Cielo, agua y hoja son testigos callados de su sensualidad.

¿Qué momento memorable tienes al lado de una bicicleta?
Sobre una bicicleta transité la juventud: la empinada pendiente, los brazos levantados, el manubrio apenas detenido con un toque sutil de las rodillas. Tengo una bici retro en el descanso de las escaleras. Una escultura al tiempo que se fue y a la nostalgia que perdura.

¿Qué sientes cuando degustas una nieve al lado de la vida?
Me gusta esquiar sobre la nieve de limón, sobre todo en verano. Después morder el cono de galleta y cerciorarme de que la vida cruje para mí. Sólo entonces, sentarme en una banca y mirar a los niños y a los perros con la alegría de quien se ha olvidado de sí misma salvo por el sonido de la galleta entre los dientes y la lisura blanca por la que se desliza el día.

¿Con qué juegas en tus creaciones, con un papalote, una pelota o un trompo?
Un papalote que baila; un trompo que se levanta por los aires, ligero como un papel; una pelota que gira hasta convertirse en un punto fijo que, unido a un hilo, se pierde en el firmamento. 

 

Resposteria gramatical

Poner el sustantivo en un recipiente; ablandarlo con adjetivos suaves y cremosos; cernir los artículos y las preposiciones; añadir un par de metáfora frescas; batir los complementos a punto de turrón para envolver la mezcla; lubricar el molde con más de una vocal para que las consonantes secas no se peguen; vaciar el contenido en un soneto firme; hornearlo al fuego lento del afecto; dejarlos reposar para que la pasión no ceda a la intemperie; servirlo en la mejor tipografía; consumirlo despacio y con deleite como todo lo que ha de desaparecer del plato.

En Obra negra (Editorial Arlequín, 2006)

El mar se abrió
entre guerras y violetas y mi llanto.

El agua se contuvo en los dos frentes
y se formó un atajo.

Marchó la carne, luego la idea
el palpito se adelantó a su sombra.

Las palabras vendrían después:
este camino era
cuestión de sangre.

En Liquidámbar (Mantis Editores, 2017)

Sobre el comal caliente los círculos se inflan un momento,
son el suspiro de la mujer que les da vida con sus manos
tostadas. A tu mesa llegan las tortillas humeantes, el
alimento milenario que convierte la comida en un ritual. En
tu boca se agitan los maizales, germina la tierra, arde de
nuevo el sol, mientras saboreas el grano que alguna vez fue
sólo de los dioses.

En Jugo de naranja (Trilce Ediciones, 2000)

VI

La palabra es una fruta,
es redonda y jugosa
y tiene un hueso duro en el fondo.

La palabra “palabra” abre su cáscara,
se desnuda y enciende entre los labios, el paladar,
la lengua.
Se escucha entonces su pequeño cuerpo
que estalla como el trigo
y los dientes apenas y la tocan
para no lastimarla.

La palabra “fruta” es más carnosa,
la palabra “comerse” tiene, a su vez,
unos pequeños dientes,
la palabra “autofagia” se autofaga,
la palabra “redonda” sale como burbuja
y en el aire explota,
la palabra “explota” me salpica,
la palabra “fondo” tiene su hueso en el fondo,
la palabra “duro” lo hace más corrioso,
la palabra “silencio” se lo traga
o por lo menos lo esconde.
Es la palabra un fruto
que ha suspendido el tiempo
en plena adolescencia.
Está ahí siempre pendiente del árbol del lenguaje
anaranjada y dulce.
Si la tocas con amor, te fecunda.

Es un fruto
pero es también una piedra
dispuesta a seguir siendo piedra.

Estalla pero a la vez se enrosca.
Es el punto y la línea,
la parte y el todo,
el presente que contiene pasado y porvenir,
el núcleo y sus orillas.

La palabra es una forma de mirar
lo que no está,
por ejemplo el paraguas, ese,
o el paisaje de niebla.
Es un engaño para mitigar el dolor
de la despedida que somos.

Fragmento de “La palabra”, Obra negra (Editorial Arlequín, 2006)

No me lo digas todo, no me cuentas
No quiero entre plegarias tu garganta
ni entre quijadas
el hígado enraizado de sus ruegos
 
No los quiero
 
No me traigas la luz que me enceguece
No me hagas ese tajo
No me hables de la espalda hasta sacarme el mal
No me tragues la vida
No me dejes la espada entre la voz.
 
Yo te suplico a ti
No me desvastes

En Liquidámbar (Mantis Editores, 2017)

Luis Armenta Malpica: un tesoro perverso lleno de ironía

Luis Armenta Malpica: un tesoro perverso lleno de ironía
El poeta que en su privacidad es una elocuencia divertida
Luis Armenta Malpica y Alejandro Silva. Foto Miguel Asa

Todos saben que vivo,
que soy malo; y no saben
del diciembre de ese enero.
César Vallejo

No se puede despertar por la mañana simplemente, preparar el café, hacer algo de ejercicio y vibrar la sensualidad desde nuestra cotidianidad. Quién sabe cómo se peina aquel hombre, o cómo se perfuma aquel otro, o cómo es posible lucir bello como el que viene por la banqueta de enfrente, o cómo escribir un poema mientras se pierde en el sueño. Y así pasa con Luis Armenta Malpica mientras me manda una selección predilecta de stickers en el mensajero, un fetichismo contemporáneo que nos hace reír y diversifica los discursos, y no sólo eso, los poemas. 

Así se anda Luis, entre la palabra, el objeto nuevo de la diversión y la plenaria de cambios sociales. Hay en su trabajo una particularidad en especial: hay un canto entre la desolación, el sentimiento y la perversión (algo también tiene) y se divierte. Va iracundo, entre pasos de montaña y lágrimas de niño. Así pasa con Luis, poeta, editor, traductor y a quien conocí en mi travesía con versos por Guadalajara, Jalisco, entre la magia de los amigos y uno que otro canto perdido. Luis es secreto, Luis es un tequila y una cerveza, Luis es colores, Luis se viste y se desviste tan sencillo en las páginas. Así baila y decora las palabras desde su baile.

Luis nació en el extinto Distrito Federal, pero hoy es más jalisquillo que nada. Le hace al loco, me dice, y sigue en la exploración literaria, juega. Se es niño y viejo a la vez. Juega con una pelota pero responde con el acento del ajedrez. Así pasa en algunas mañanas de charlar. Entre otras sombras, nos distanciamos y nos perdemos. Así el calcetín, la jaula o la dinámica de ser. En su obra manifiesta un pasito por allá y otro por acá. Sus versos los aglomera con Selena y un poco de mezcal. Qué decir de atender a la alineación del cuerpo. Sabe. Sabemos que estamos en cambio. 

La mirada desde la poesía. Foto: Miguel Asa

Que la poesía gira y es una tómbola, que está en constante evolución y diversificación, que los campos están en otras exploraciones, que ya no es la misma inquietud, que ha cambiado el clima, que ya es de noche, que ya escribe, que ya pasa por acá, que abre el libro, que saca la foto y denuncia al poema. Restríngelo. Una mordida, el poema. Ya va. Está en las manos. Y todo, pareciera que una flor nace desde el sexo de un hombre y surgen los cantos de las mantis, animal que le erotiza, le estimula y gesta. Nada y muere todo el tiempo. Su trabajo, va como canto en el espejismo de esta vida. Sabe modular el equilibrio. Es un sueño, elefante y desgracia. Se congela por la frescura del temblor y va así, despacito entre los alacranes y los bisontes. Sabe volar a solas, dice que el perfume es un terremoto lleno de selva. Le apetece el sabor y vuela. 

Es un caballo negro. Solidario y sin temor a las perspectivas y jugamos: “Si lo sabe el poema, que lo sepa el mundillo literario”, “Un verso y un reverso, como la vida.”, “Pase por su verso: no muerde. “Poeta sin marca ni versito que le ladre”, “Se renta todo o en estrofas.”, “Dos versos más y me enamoro.”, “El poema te desviste por sí mismo.”. Y nos ponemos a jugar con la palabra y la no censura ante la comunidad. Y más allá: “Eres mi versito favorito.” “¿Y si nos bersamos?” “Te mando un bersito tronado” “Dame un berso húmedo.” “Estoy a un berso de quererte? “Berso, luego existo” y más tantos que andan por ahí entre los móviles de las personas. Y la poesía llega de otras maneras y sonríen. Ahí, en esa colectividad, estamos abrazados todos. Y nos divertimos.

Nadie ha dicho que ha sido feliz de manera breve, porque las felicidades se encuentran a cada rato. Así en el pasillo de la feria aquella o el sentimiento de las palabras en las personas. Y Juan Gabriel canta otro pedacito más. Hay que reírse. Hay que coquetearle a la vida para divertirse. Disfrutar el eco y el abismo. Así la fruta como la caminata. No sé qué horas son. Un poema, un libro, los colores. De ahí, estructuras cándidas, en las que los osos y las nubes se vuelven encuentro y se pintan alas. Y ahí va Luis, desde la colonia Atlas, en Guadalajara, al mundo y se fabrica un éxodo para destilarlo en poesía.

Que la comunidad, que la poesía es posible, que somos evolución poética a cada rato, que ya es tarde, que la barra ahora no atiende, que la palabra, que el viaje, que las contemplaciones, que los stickers, que si un libro de hombres, que los tequilas, que ya no escriben, que si la videollamada, que el verso soldó, que si la luna descalza, que si la entrevista y que sí las preguntas y que pues aquí están.

La creación es un juego. Foto: José Ángel Leyva

¿Qué sientes cuándo ves un calcetín tirado en la calle?
Ojalá me topara con algún objeto así, abandonado de su par, introspectivo, para que me hiciera detener el tráfago de la vida cotidiana, pero no he tenido esa suerte. Camino poco por la calle. En casa hay mucho orden, así que es poco probable que me tropiece con algún calcetín fuera de sitio. No sé si el que se saldría de sus casilla soy yo o, más relajado, me lo pondría en la mano y lo utilizaría como títere.

¿De qué manera es tu forma de percibir la luna?
Me gusta cuando la luna se pone regrandota como una pelotota y alumbra el callejón, porque recuerdo a mi padre. Se dice que la luna es un símbolo femenino y sabemos que influye en los ciclos de las mareas y la fertilidad. En mi caso, como si fuera alemán, la luna es masculina. O por lo menos ambigua, flexible, no heteronormada. Es un gran ojo en el cual me observo y todo parece real. Y digo real porque mi vista es defectuosa, con esas nubes leves que aparecen en la luna llena. Sin sus consecuencias, creo. Aunque también es cierto que la violencia resalta más en mí en las noches de luna

Paciencia en cada palabra (y delirio). Foto: Miguel Asa

¿Qué piensas cuando comes bombones?
Hace mucho que no los como, pero el recuerdo (más que un pensamiento) me remite a mis años de boy scout y las noches de campamento. Mis primeras salidas sin mis padres, los cánticos frente a la fogata, los equipos de excursión y la destreza (o no) para hacer nudos. En el presente sería un pensamiento más bien sensual o sexual: la forma, el color, la dulzura, podrían remitirme a la delicadeza de un pezón o una mejilla. Si lo pienso, es así. El peso lo gana la añoranza. Y ya se me antojaron los bombones.

¿Alguna vez has intentado volar?
No lo he intentado: he volado. Practique buceo varios años y la sensación del vuelo es formidable en el agua. Una acción de planear, con los brazos extendidos, el cuerpo en posición horizontal, dejándote llevar por las ondas. Eso es volar también.

Libros y palabras en dos tiempos. Foto: José Ángel Leyva

¿Cómo ha sido la bicicleta para ti?
Es otra referencia a mi infancia y adolescencia. Mi padre era ciclista semiprofesional, así que tuvimos bicicleta desde pequeños. Y jugábamos a tomar y dejar pasaje en la calle de nuestra colonia, con unos “diablos” o una canastilla para el pasajero. O nos íbamos en grupo a lo alto de un cerrito y nos deslizábamos por una vereda o por el asfalto que luego fue la avenida de acceso de un nuevo fraccionamiento. Todavía me gusta ver a la gente montar en bicicleta. El traje de ciclista es, junto al de quienes practican buceo y hacen lucha grecorromana, de las vestimentas de deporte más atractivas que existen.

¿De qué manera transformas a tu comunidad?
Me gustaban más las preguntas anteriores. Para una respuesta seria primero tendríamos que seleccionar qué entendemos por comunidad: la familia, el grupo de amigos, de vecinos, el medio literario, la diversidad lgbt, etc. Creo que respeto a cada grupo e intento integrarme con mis mejores recursos y limando mis limitaciones y asperezas. No sé si la transformación es inmediata o tan visible, pero sí puedo asegurar que es paulatina.

Sonreír al poema es vivir. Foto: Miguel Asa

¿Qué son los stickers para ti?
Una manera de jugar. Y me refiero a la creación de stickers con Miguel Asa, a la distribución de los mismos con mis mejores amigos, a la curiosidad y celebración de lo que más nos gusta por medio de caricaturas o representaciones, animadas o quietas, a la creación de una simbología muy efectiva para comunicarnos, incluso en las cuestiones afectivas (junto con los emoticonos). Un lenguaje que exploro y disfruto como si fuera otra vía para acercarme al arte y a la gente.

¿Cuál es tu momento preferido con la naturaleza?
A solas o con alguien muy especial, desnudos (en lo posible) recostados en las rocas y mirando un mar embravecido. Esa sensación de fragilidad y deseo de penetrar el agua, de sumergirme y encontrar un azul más profundo que lo que tengo afuera, es tan atrayente para mí que tenía que vencer dicha fascinación en el buceo. Mi pareja de buceo siempre me lo recordaba: no te dejes ganar por el abismo, porque me atrae, me atrae.

Son las palabras un espejismo. Foto: José Ángel Leyva

¿Por qué escribir poesía?
Tal vez porque es la mejor (o una de las mejores) manera que conozco de conocerme y de estar con los otros. Tengo muchos deseos que no podría exponer de otra forma que en versos o poemas. Y muchas inquietudes que la poesía responde con otras resonancias. Es un aire que se vuelve vital y permite que vuele. Es el agua que no sacia mi sed, pero me ahonda.

¿Qué es lo que más disfrutas de tu vida?
Soy un hombre muy afortunado y por eso me caigo bien. Una buena charla, una comida, beber con los seres queridos, leer, escuchar música, cantar, bailar, hacer un poco de ejercicio, viajar y muchas otras cosas tienen el mismo goce, ya sea que lo haga a diario, con mi pareja, mis amigos o familia. Disfruto muchísimo mi vida, de verdad, lo que se me presente.

Anexo M:II

Su cuerpo es este barco que descargo
de finales felices.
 

No hay que incendiar las naves o confesar algún amor
ocurrido en bodegas y toneles.
Escondíamos la carne y nos seguían las moscas.
Paradas en el sueño nos miraron roer de cada palo
de las otras banderas
la miel que nos untaban los años yuxtapuestos
con el hambre en la voz
y el hombre más picante tras la lengua trabada
(del acoso al acuse hay un acaso).

Cada ola mantiene su propia libertad.
Acaba por hundirnos el conjunto.

A fósforo quemado llegó la despedida: usted arrió
su nombre como un pliegue del cielo.

Yo dejé el matamoscas en un baño
con cien nombres grabados y ningún corazón
ninguna flecha en los tantos teléfonos.

El amor sólo existe en las manos que no pueden marcar (aunque lo estiren)
otro nombre que el suyo.

Fragmento de “Elementos circunstanciales”, Envés del agua (Cultura Jalisco, 2012)

5

Todo empezó una noche del primero de julio, en el año noventa de la tierra:
la muerte bajó al agua (incomprendida)
cuando el hombre en el agua de sí se bautizaba.

Te imaginó y se dijo: hágase ya la luz
para mirarte.
Y se hicieron los lunes y los sábados
en que habías de volver de tu oficina, cubierto de cenizas
de los otros
del tiempo
que transcurre de tu boca a su boca.

Para empezar a andar en los segundos
en su reloj de arena formaron los minutos, las horas, los días, años y siglos
donde vieron llover y se mojaron, uno en brazos del otro
cada cual en recuerdo de su muerte.

Consagraron un día para el amor: y lo llamaron miércoles
si era miércoles, y viernes si era viernes.

El resto del recuerdo nada más lo han vivido.

Fragmento de “Stabat Mater”, Envés del agua (Cultura Jalisco, 2012)

Migajas para una despedida

La poesía empieza
cuando ya has olvidado qué es lo que te asustaba
pero aún tienes miedo.
Benjamín Prado

No se ha muerto mi padre
pero casi.

             Es la palabra quieta
de este poema. Es el hijo
incompleto que me calla.
             Sombra del trigo. Estepa
sin pisadas. El invierno se siente
a cada impulso: un aire
dolorado de espigas
familiares y lobos en las sienes.

No duele, pero
casi sentimos esa gota
de asombro: demora los relojes en las caras
igual que las abuelas hicieron
con el péndulo (detenido cuando alguien nos dejaba
más solos en el mundo).

Esta su muerte empieza desde hace varios
libros y alguna rasgadura.
             Me dicen que al igual que la luz
se encuentra próxima.

(Los que no pueden ver
expresan sombras.)
Yo lo niego: la tristeza es impropia
de los hombres. Yo
lo niego.

La lentitud de lo que no hemos dicho
se nos siembra en los ojos.

             Y pienso en este frío en el que hundo las manos
con los aullidos párpados.
              Encuentro una palabra que aterida me llama. En la escritura
del corazón hay un empeño
por encontrar la tinta que en el pecho se amase.

Nos rendimos al viaje de polvo
revestidos: mi padre y sus costumbres
tan dulces y dañinas; yo
y la ceguera por todo
lo que una huella quiebre.

             Desde la oscuridad escapan las palomas. Dejan mis manos
libres para asir el silencio que llegue
con la lluvia. Agua que nos responda
porqué se deja atrás lo que incendiamos
para que hubiera luz.

Un corazón de padre se agita
en este poema. Esta sola tristeza
haciendo círculos.

             Por el llanto del pez conocemos los mares y esa suerte
de suponer que todo se renueva si horneamos otro pan contra las olas.

Él entra en la penumbra
guiado por las migajas que he dejado al azar
siguiéndolo en la muerte.

             Porque no sé si cavo (o quepo) en lo que soy de él
nuestro miedo es la vela.

En Des(as)cendencia (Écrits des Forges y Mantis Editores, 1999)

Víctor Pazarín: poeta de Tonalá en barco de papel

Víctor Pazarín: poeta de Tonalá en su barco de papel
El ensayista que navega entre los diarios y los imposibles
Víctor Manuel Pazarín. Foto: Miguel Asa

¡Qué manera de comenzar! —me digo, y la evoco—.
¡Qué grande manera de empezar a vivir!
¡Qué noche tan triste esta noche, que apenas inicia!
Víctor Manuel Pazarín

Qué pequeña manera de morir estamos padeciendo desde siempre. Qué galaxia tocó la incertidumbre este sábado. Qué lastimosa tarde que te busco en mi pueblo y ya te has ido.

Si me preguntan por qué me hago llamar Miguel Asa, fue por la dicha de haber conocido a Víctor Manuel Pazarín. Aquel seudónimo que tomé de las letras de Dolores Garnica, en 2005, Miguel (así, sin apellidos), lo sintetizó él: “Extraña y necesaria la súplica de Miguel Asa —o Miguel Asísinapellidos— y tan misteriosa como su propio creador”. Y hoy mi Tonalá se queda sin su poeta.

Y me acordé que la lotería de mis textos se logró gracias a su respaldo. Mis palabras encontraron auxilio en sus didácticas y mi práctica se hizo presente ante muchos. Me tomó por la poesía experimental, algunas cosas de valía carnavalesca (los tacos, la lucha libre y no sé qué más infortunios), además de uno que otro asunto fotográfico. Pazarín fue amigo de muchos amigos. Hizo de La Gaceta de la Universidad de Guadalajara un rincón de amor. Luis Armenta Malpica me dio la noticia de su fallecimiento y lo quise despedir con otras voces. 

Y desde Sudcalifornia, Adriana Navarro, compañera de oficio y su amiga, escribió: “Juntaría todas las palabras aladas y transparentes que me tendías. Tus palabras desbordadas llenas de tiempo y color, de paisajes profundos, palpitantes, que me ayudaron a construirme y a extenderme en páginas y páginas por tantos años. Gracias por la enseñanza, la confianza y tu gran amistad.”

Y me acuerdo del piso 6 del edificio de la Universidad de Guadalajara. Ese piso que nos conmovió la vida y nuestras fichas. Desde ahí su presencia y la apertura para la comunidad desde la poesía y los universitarios. Cuántos espacios nos entregó para publicar, para ser, para poetizarnos. 

Y Luis me dice: “Cuando conocí a Víctor Manuel Pazarín, hace como treinta años, ya era un hombre respetado con Mala Estrella. Apostó por los muy primerizos Guadalupe Ángeles, Julio César Aguilar, León Plascencia Ñol, entre otros. Y con Soberbia, una revista que animó posteriormente, deambulaba por el mundo literario de Guadalajara intentando la comunión, fallida, de los diversos escritores de ese entonces. En alguna presentación, Víctor me presentó de esta manera: ‘premios Aguascalientes hay bastantes, expremios sólo hay uno’”. 

Y le respondí: Cuando conocí a Pazarín me permitió publicar un poema en La Gaceta para quien entonces era mi pareja: dnc. El verbo de mis textos se promulgó como una lotería dentro del desierto al aceptarme como colaborador del periódico universitario. Sencilla, escueta y con una forma peculiar de observar, fue quien nos entregó un enorme trabajo editorial en Guadalajara y más allá del occidente mexicano.

Y desde mi Tonalá contemplé la dramaturgia de Teófilo Guerrero: “Durante una de las funciones de una puesta en escena en la que trabajaba, había una sonrisa germinando en un hombre sentado entre el público, eso me dio la confianza de seguir con la obra en una de sus mejores funciones en el Teatro Degollado. Años después ese hombre y yo coincidimos en las letras y en las publicaciones, como aquella ocasión en el Degollado, su sonrisa honesta y generosa hizo eco en mi ánimo. Hoy ya no está Víctor Pazarín, se fue a buscar metáforas a la eternidad”. 

“Y ahora que lo pienso -prosigue Luis Armenta-, con su humor sarcástico, Víctor Manuel era ese Gato de Cheshire de Alicia en el país de las maravillas. Entre más de una decena de felinos que habitaban su casa y su jardín, Pazarín sonreía lo mismo ante un poema que ante cualquier obstáculo. Cargaba en sus espaldas un carcaj de punzantes respuestas y se mostraba pleno, desnudo, sin el menor pudor, ante cualquier fotógrafo o pregunta. Esa seguridad, tan del mundo del teatro, cómo nos hace falta”.

Y me acuerdo, hice y escribí de desnudos, de trailers, de poesía, de casas, y no sé de qué tanto más bajo sus alas. Víctor entregó calzadas a la poesía. Se fue a Tonalá para contemplar desde allá todos los versos de Guadalajara. Le sabían, nos sabía. Fue un pequeño secreto del oriente en las páginas de la Universidad. 

Y llueve Iliana Hernández desde su nostalgia: “¿Qué somos sin la palabra? Un collage. Hoy mientras tomaba el café se abrió la puerta a otra dimensión, arrancó lo que sabía que estaba y no tengo capacidad para olvidar, tampoco comprendo el sentido de tantas cosas, por ejemplo, que hace tiempo me prodigaron amor desde el anonimato, un aleteo, un revuelo. ¿Quién se da cuenta y persigue hacedor lo desconocido? Develó lo que no sabíamos que estaba, yo no sabía, sin embargo el poeta demostró que estaba. Gracias tierra por cada uno de sus días”. Y Tonalá se ausentó de su poesía. 

Y me pregunto quién escribirá desde el oriente de la ciudad sobre los reflejos de nuestras pesadumbres. Quién nos hablará desde La Casa de la Lima. Quién avanzará sobre la avenida Río Nilo con versos, métodos, críticas y demás. Hoy me pregunto quién le tomará La medida a esa parte de nuestra ciudad. Y los pájaros no responden.

Y cerca de la Mona Alfarera, desde Los Ariles, en nuestra Tonalá, Teresa Figueroa pronuncia: “Víctor, hoy quiero honrar tu voz inmarcesible, tu inteligencia clara, tus textos honestos, tu conocimiento que siempre compartiste. Quiero honrar la luz de tu memoria. Quiero honrar tu amistad sincera. La muerte se ha llevado tu cuerpo, pero nunca nos va a quitar tus palabras”.

Y cómo le hago para que esta lotería de tu muerte nos sepa a Ardentía, al fulgor de los ocasos desde el pueblo alfarero, a la cerámica quebrada en los hornos solitarios. Qué le digo a La Gaceta. Qué les digo a los universitarios en bicicleta que se identificaron contigo. Qué les digo a mis textos lotería de sus tristezas. Qué te dirán después de este día. Qué te dice este texto. Qué te dicen estas voces. Qué te decimos, Pazarín. Y Tonalá llora en barro. 

Y en una cancha de fútbol, el labio se separa de la letra. Miguel Ángel Áviles vocifera: “Recuerdo a Víctor como recuerdo a mis grandes amigos: a partir de libros, lecturas, cafés, entrevistas. Hay muchas páginas en medio desde el día en que lo conocí, y eso va a quedar siempre. Pero especialmente esos días en que charlamos sobre sus cuentos y poemas o cuando iba a la redacción de La Gaceta a saludarlo o en los pasillos de alguna feria del libro. Es un día triste porque se va un amigo”.

Y finaliza Luis: “Mientras conmemoramos el 700 aniversario luctuoso de Dante Alighieri, el centenario de la muerte de Ramón López Velarde y los 200 del natalicio de Charles Baudelaire, podría decirle a Víctor: poetas vivos y poetas muertos hay bastantes, pero me dueles tú. Descansa en paz, amigo, echaremos de menos tus discretas Presencias, tus Éxodos, tus Barcos de papel”.

Y no tengo tiempo para recordar por qué me llamaste Asa. No tengo tiempo para delimitar la ciudad más acá de sus versos. Sólo nos resta encontrarte, ensayista y periodista, en el poeta: “El verdadero, el otro”, la lucha, la libre, la desnudez, el taco, la pesadumbre, los artistas, los ilustradores, las penas, el piso 6 y tu levedad en Tonalá. 

Ya te fuiste. Me toca ver el ocaso desde El Cerro. Y Luis me abraza para llorarte. Todos nos abrazamos para llorarte porque la poesía aún existe. Cruzaré Río Nilo con tus palabras. Que nunca falte el 231. Adiós, misterioso creador. 

El verdadero, el otro
Víctor Manuel Pazarín
(Sobre un cuadro de la pintora Verónica Sandoval)

El traje de mañana o pasado mañana,
el traje en el que envuelta
azul, muy azul
estará mi carne,
tendrá que ser el verdadero, el otro:
el que venga a cubrir la palidez
de mi abierto
—siempre muy abierto—
y triste corazón
que ya no encuentro.

Rossana Camarena: una letra en el viento

Rossana Camarena: una letra en el viento
Ella juega a la ruleta rusa y es huracán
Rossana Camarena. Foto: Miguel Asa

Soy la que soy
casualidad inconcebible
como todas las casualidades
Wisława Szymborska

Solicité un espacio y la conocí, lo demás, es una enorme historia, algún día hablaremos de eso, quizá. Entre los ecos del Encuentro de poetas Francisco González León en 2018, en los Altos de Jalisco y la buena onda de la vida, nos encontramos. No sé qué me llevó a ella pero encontré en su espíritu la divinidad de la poesía. En una carretera nos conocimos, conducía mientras otros nos acompañaron. Qué decir de la vida, de las tardes del movimiento, del viento y su vórtice, de sus letras y mis letras en hermandad, todo fue un huracán. 

En Lagos de Moreno, Jalisco, manifesté mi aprecio por su persona y su creatividad. Y es que Rossana Camarena no es cualquier poeta, como dicen algunos, es más que una llanera solitaria que a todo le apuesta y que con todos cambia.

Desde el primer momento abrazó a Proyecto Ululayu como su casa. Lo hizo parte de su vida y ahora vive con él. Conocí su mente por sus letras. Y es que las glorias se cantan en la terraza, se columpia uno en la hamaca y se vive en los sueños. Y dijimos, “haremos historia” y la historia ya nos llegó.

Las letras son abrazo. Foto: Miguel Asa

Así los chilaquiles verdes de viernes nos consumen el corazón, palabras más, palabras menos, compartimos lo que nos contiene. Así pues, su poesía es un disfraz vestido de diversidad, pues si bien bala también ruleta rusa. Pero más allá de todo, su poesía es la búsqueda de un bosque de colores que nadie conoce, y al saberlo, se lo ha apropiado. 

Rossana es poeta, diseñadora, gestora y por demás, amiga de un centenar de personas creativas, es un enorme vínculo entre muchos de nosotros. Muchos quisiéramos su humildad para saborear de las diferentes glorias que nos ha preparado el destino, los trayectos, sencillamente, la poesía.

Rossana es la credibilidad de Ululayu, pues le conoció los huesos de los versos que le sostienen. Y siempre, o casi siempre, está dentro de la erosión que provoca nuestro proyecto. Sin embargo, también está presente en otros tantos ángulos que creamos a cada rato. Con Rossana la poesía no es estrategia ni política, es ser humano y palabrería salvaje, presente, de piso y fuerza. Poca de esa poesía que busca revolución, que es vida y la sombra de los infantes tal vez. Y también es mar, erotismo, confusión, precisión, salto y profundidad, un plasma que se embriaga de aventuras, de innovación y de energía. Su poesía se proclama como un silente puente entre los que están y los que no están, los que pudieron estar y los que estuvieron. Ella siempre tendrá brazos para abrazarnos.

Sonreir es su naturaleza. Foto: Miguel Asa

Aquí una sencilla evidencia de su vida, que para mí ha sido fortuito contemplarla, apreciarla, existirla. Pero no queda más que vivir cada una de sus letras para armarnos de valor y descubrir que estamos aquí, ante la bala y la flor, íconos de los discursos actuales.

Rossana Camarena está aquí en muchas lenguas, en la superficie que es su jardín, regar, observar y compartir. La poesía es su casa y en ella vive como el ciempiés, de un lado a otro, con los tiempos como resonancia del poema y de la virtud.

Cada que la observo, es un papalote de muchos hilos. Es tiempo de leer su poesía, saberle de escritura y vibrarnos de ella. Me encantaría que los viernes siempre fueran de chilaquiles verdes en Kamilos 333, rincón suicida donde construimos sin fin de elocuencias. Aquí una breve muestra de lo que es ella y sus letras, un paisaje en el vórtice del viento.

La máquina es sueño. Foto: Miguel Asa

¿Por qué escribir?
No hay otra opción que me arrebate la sensación y la plasme en papel. Las ganas necesitan vertirse en un cuaderno.

¿Cómo repercute la poesía en tu vida diaria?
Es al revés, mi vida repercute en la poesía, se va escribiendo conforme se vive y se   acomoda a donde quiera que voy.

¿Cómo es la concepción de la palabra?
Parecida a la concepción humana, esto es que hay una atracción, se procura el clímax experimentando hasta encontrar esa explosión imposible de controlar que acaba bañándonos por completo.

Leer en la paciencia de ser. Foto: Miguel Asa

¿Interculturalidad? ¿Qué te ha entregado la poesía?
Es impresionante las puertas que se abren a la palabra. El mundo te recibe abriendo las manos. La poesía entrega a raudales empatía, vibración gozosa que plaga el universo de sonidos que te erizan la piel.Las palabras se tejen y cubren con una gran manta el frío del mundo. La palabra se me entrega completa. 

¿Hacia dónde se dirige tu obra?
Mi obra no tiene timón, va a dónde se le da la gana, no tiene preferencias ni objetivos que cumplir, quizá la única dirección anhelada es ser leída, con cualquier pretexto y por cualquier razón. 

¿Naturaleza? ¿Te preocupa?
Si hablamos de Madre Natura, no. Sé que es tan poderosa que ella sabrá cómo y cuándo eliminarnos. Me preocupa la naturaleza humana que parece perder el rumbo de vivir. Olvidamos que nos rige el azar y cambiamos tiempo por dinero, así ninguno de los dos alcanza para nada.

Constante re-flexión. Foto: Miguel Asa

¿De qué manera surge la pasión por la palabra?
Leyendo a otros, viviendo otros pellejos a través de relatos, imágenes. Es así que el deseo de proyectar lo mismo se te mete en la conciencia, y hay que escribirlo con fluidos para alertar los sentidos.

¿Existe un sueño?
Conseguir el pasaporte de pájaro. 

¿Vida? ¿Qué es el presente?
¿La mía? Una serie de todo, una colección enorme de momentos, personas, lugares. Latir no es vivir. La vida da, genera, comparte. Ser conscientes de cada respiro nos lleva a escanear cada minuto. El presente es esa efeméride que desaparece al irse pronunciando. 

¿Palabra? ¿Diseño? ¿Cómo se conjugan?
Palabra y diseño hacen una trenza con la estética. Algo que suena lindo y se lee como se ve causa un impacto profundo, de esa manera el equilibrio de ambos provoca al lector. 

La poesía es un pájaro. Foto: Miguel Asa

Disparo

La primera bala la dirijiste al cuerpo
por los ojos,
sin cálculo y con prisa
atravesó el espacio
susurrando en mi oreja cosas
tan repetidas
que no puse atención.

La segunda bala la dirijiste al cielo, con los ojos cerrados
sin atinar pero sabiendo
que ahí habitan los pájaros
y una nube podría resultar herida.

La tercera fue aquella bala
que dejaste en el “cilindro”
a ojos abiertos
esa que no disparaste por no hacer daño
y que al mover el arma de sitio
se impactó contra tu sien.

Yo quería, y tú no
jugar a la ruleta rusa.

Inédito

Ojalá para entonces

Ahí estás
con la sensibilidad sujeta a la razón,
sientes que por voltear a ver el sol te iluminas
pero no sabes mirar, no ardes
tampoco te ablandas
ni con toda el agua del mar.

Eres impermeable
no abres los brazos
lates por inercia,
usas por coraza las costillas
para deformar lo que hay.

Te cuesta respirar
corres para ver si así se escuchan tus latidos
no te detienes, vas de prisa,
nada entra en ti si no puedes comprobarlo.

Te sientes seguro en la rutina
sustituyes la percepción
por una foto en Instagram,
no te enteras que las verdaderas nomenclaturas
no se dan en el laboratorio
sino en el roce.

En tu mundo
el neón sustituye una fl ama,
el diccionario es poesía
y la provocación, amor,
si osas consumir el aire asegúrate de vivir
como pájaro, como nube
para merecer la elevación.

Deseo que a la hora de la muerte
alcances a escuchar un réquiem
puedas sentir, pronunciar un “gracias”
y ojalá, para entonces
tu ego haya tomado la estatura
para que de algún modo quepa
en ese pequeño ataúd.

De Ojalá para entonces. (Ediciones El viaje, 2021)

Nota póstuma

Perdón si con mi muerte
provoco algún desconsuelo,
por las cosas del alma
no podré poner remedio,
por las cuestiones terrenales
me apliqué a dejar todo
en orden impecable.

Mis pertenencias son pocas
pero quiero repartirlas:
Para mi esposo,
las cartas de amor
que me entregaron otros
que sí supieron qué decir.
Para mis hijos,
todo lo que contenga letras,
propias y ajenas.
Para mi madre,
todo lo verde que en mi casa exista
y pueda seguir floreciendo.
Para mis hermanos y sobrinos,
las imágenes donde aparentamos 
ser una verdadera familia.
Para mis amigos,
los recuerdos todos.

Agradezco no se celebren misas,
cremen mi cuerpo,
úsenlo de tierra para macetas.
Reúnanse si quieren
y emborráchense en mi honor
con una música que acompañe mi ausencia.

Como discurso lean esta carta
y al final quémenla
también como símbolo de mis restos.
Cierro los ojos ya
y dejo aquí mi cuerpo.

De Ojalá para entonces. (Ediciones El viaje, 2021)

Vuelo

Te pronuncio
y se pronuncian también todas las verdades,
mis oídos se inundan de razones
los ojos y los labios se cierran,
las manos se abren
intentan atrapar el aire
comprimen un grito
que me obliga a tragar.

Veo cómo te diluyes en la lluvia
hombre de barro, primer hombre
¡No ves que estoy aquí, desnuda
con la manzana que reluce?

Tú secas el corazón al sol
pero no te calienta siquiera,
yo voy ensartando plumas
transformándome en un vuelo
al que tú una y otra vez no llegas.

Te hundes en algo desconocido
dices cosas que no entiendo
me doy cuenta que llevas muñones y no alas
que te elevas por inercia
mientras yo decido ponerme al fuego
por puro gusto.

Quizá tú no sabes
que antes, mucho antes
que morir de frío
prefiero arder hasta el último hueso
sin miedo,
y por insistencia.

De Ojalá para entonces. (Ediciones El viaje, 2021)

Nada

De lo que venga de mí, de lo que apenas:como marejada, como lengua de sal, como ojos de ostra, canto de sirena en red del pescador sin hambre.
   De lo que venga de mí, de lo que se va acurrucando: como caracoles, como reflejo de luna, como fragmento de ola, estrella de mar sin cielo.
   De lo que venga de mí, de lo que murmura: como espuma deshecha, como vaivén que crece, como deseo que revienta en onda sola, sin arena ni mar ni nada.
   De lo que venga de mí, no de otros, que solo venga, venga y se quede.

De Una mujer un libro. (Editorial La Zonámbula, 2016)

Poesía: instrumento del aliento

Poesía: instrumento del aliento
El género literario que se siente en todas las geografías
La poesía anda en bicicleta. Foto: Miguel Asa

Huye del sublime externo, si no quieres morir aplastado por el viento.
Vicente Huidobro

 

“Procura volver”, me dijo con ánimo alentador. Yo tenía el espíritu dispuesto en el huracán. Pedalee debajo de él. Le nombraron Patricia, yo le llamé Poesía. No tuve incertidumbre al mirar lo que pasaba ahí. Imagine, “así debe ser cada poema”: una potencia única que permite dimensionar la vida a cada paso. Y volé un par de veces debajo de su viento y su agua. Era octubre. Yo estuve sobre mi bicicleta y me contuve a dejar la vida. Y aquí mis letras, yo y la poesía.  

Qué podría decir de aquel momento. No sé, algo similar pasa ahora. “Hay que inundar el mundo de poesía”, sentenció en algún momento de vida Ayari Lüders, pues conmueve y nos crea. Ese artefacto que cabe en la mente humana y no más, ha dado de qué hablar en los últimos años y ha sido por resistir, permanecer, existir. La poesía hoy es un punto de contención que se diversifica de muchas formas, improbables y mágicas. Pensé alguna vez que Ululayu existía, y desde hace tiempo, vivo en mi propio poema. 

Y es que la poesía permite a la humanidad descalzarse de sí misma. Nos entrega la vida y la muerte, el dolor y la consecuencia, la incertidumbre, la soledad, el epitafio y el amor. Nos comparte desde su poder todas las posibilidades para entregarse, darse, vivirse. La poesía nos llama veneno y viento por igual. Nos acostumbra a descender desde el espasmo hasta el rocío. Vaya, “la poesía es el espejo de nuestros ancestros, el aliento de nuestro presente y la semilla de nuestro futuro”, manifiesta Giselle Lucía, desde una isla que vibra el ser, la letra, la palabra, la resistencia. 

Desde la voz de mujeres y hombres, nos existimos, unos desde muy temprana edad, otros desde el inicio de la muerte. Así nos vamos con el poema. Celebrarla, claro, desde nuestras luchas, desde nuestras injusticias, desde el dolor y el miedo, desde la amistad y la fortaleza de sabernos, desde nuestras geografías. Y nos perfilamos como entidades únicas bajo cada verso. Nos entregamos en los placeres del día a día. Hacemos poesía porque “es la sangre que me explora el cuerpo y el hilo rojo con el que me comunico con los demás”, comparte Luis Armenta Malpica, con mezcal al lado. Y así vamos con la sangre entre estos bultos que hemos llamado cuerpos para cargar, a su vez, nuestras poéticas.

El poema no se cierra nunca mientras haya humanidad. Así la poesía se dice viento, artefacto, error y velocidad. Así la palabra se incrusta entre nuestros soliloquios a cada rato. “La poesía es el último refugio que le queda al humano, no hay que escribirla. La otra, es mayor siempre, es una necesidad, y como toda energía verdadera, puede lastimar de la peor manera”, con un brazo amorfo, Jorge García Prieto escribe desde el Caribe. 

Y de qué manera el viento mueve a las olas, dirige al polvo, extiende al fuego; de qué manera sostiene a los huracanes; en qué momento construye poemas desde la erosión. Así me pregunto a cada rato y sólo existo. Así me voy de cabeza y me pierdo en el cerebro. Abordo mi bicicleta y pedaleo desde el ser, desde la vida y doy gracias. En la poesía se encuentra todo, la ausencia y la presencia, la comodidad y la insatisfacción. En la poesía se encuentran las veredas de las raíces que somos. La poesía es “semilla de agua, cuenca de origen donde creció el fresno que bifurcó a los senderos”, así la concibe Melissa del Mar desde una ciudad del norte americano. 

Porque en la poesía se encuentra el error, la imprecisión de sabernos humanos y la exactitud del trayecto. Es tiempo de pedalear para entregar al horizonte nuestras primaveras. Son horas para hacer actos de cambio y de descubrir el futuro como un verso no escrito. Siempre seremos parte del error y del fuego, así de la poesía y del viento, una composición sin paredes. “La poesía es un instrumento para crear acordes con las palabras”, comparte Aurora González desde la noche de primavera.

Celebrar la poesía como último aliento, pues ni toda la vida para todos los versos. Algo así nos habla el tiempo, en el día a día, desde cada escondite que la poesía encuentra. No es posible terminar la sensación de encuentro si apenas se ha dicho una palabra. “Cuando digo poesía, digo todos los nombres” escribe Alberto Paz desde la frontera mexicana. Y es tan extenso el número de posibilidades que no somos capaces de percibir todas las figuras y con ello se desarticula el pensamiento, nos toma tiempo establecer una letra detrás de todo el viento, así el poema a la distancia, la existencia en el momento. 

Poesía es compartir entre los hilos de la vida. Dar un poco de sí y ejecutar el alivio de uno en el otro y este en otro y así sucesivamente por toda la cadena. Poesía es “la vibración que se estrella en los sentidos, la marea que acrecienta lo inefable…” comparte Rossana Camarena desde el vórtice del viento. Poesía es el cansancio del camino pues la comodidad pervierte la sed del espíritu. Que se asuma la primavera con todos los colores que nos entrega el sol para mirar hacia un reflejo enorme de la constancia del río. Así andar, así despertar, persistir, ser aroma y vacío a la vez. 

Un poema nos ha escrito la silueta. Hagamos de las posibilidades poéticas la diferencia de vivir lejos de la calumnia y de la pretensión. Que el poema nos declare error para ejecutar la poesía desde nuestros ojos. Hoy estamos vivos para leerla, saborearla, pero sobre todo, sentirla. Y volví después del huracán, comprobé la fuerza del viento y me sentí nada. Su nombre es aquí y ahora. Pedalear como sinónimo de meditación: la poesía.

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Versorama postal: amor para la comunidad​

Versorama postal: amor para la comunidad
Poemas ilustrados para acompañarnos desde la creatividad
Ilustración: Alfredito Romano

Como la marea,
regresaré sin haberme ido
del todo.
Melissa del Mar

¿Cuántas veces no esperamos al cartero por las noticias de aquella persona que se encontraba lejos? ¿Cuántas cartas, de aquellos amores que se desvanecieron en la memoria, extraviamos en cada mudanza? ¿Cuántas postales mandamos para manifestar un poco de lo que veíamos en nuestros presentes?

Armamos un pedazo de nuestros corazones en una serie de postales para compartir amor y alegría desde nuestras creatividades en estas temporadas de distancia y de nostalgia: porque la unidad no termina, estamos presentes. 

En compañía de la poeta Melissa del Mar, del ilustrador Alfredito Romano, de la artista Patricia Cardona, mi trabajo, Matriolax, y más personas creativas, hemos creado una serie de cien cartas con versos e ilustraciones para enviar a todo México, dentro de una edición especial que hemos llamado “Versorama postal”. Hicimos esto con el fin de recordarnos que la fuerza entre la humanidad no acaba y que la cercanía existe sin conocernos. Esta acción surge desde nosotros para ustedes, todo, para celebrarnos, para vivir y para estar ahí, a un ladito del corazón, pues creemos que es momento de unirnos con toda la fuerza que podamos desde nuestros seres. 

Todas las cartas han sido la respuesta a diálogos que hemos tenido a lo largo de varias semanas. Creemos que compartir un poquito de nuestro trabajo creativo es una pequeña forma de alegrarnos en estos momentos. Hemos considerado el Correo Postal Mexicano pues deseamos que nuestras huellas sean para estrechar y fortalecer nuestros contextos, nuestras vivencias y nuestros sentimientos. 

Si vives en México y deseas ser parte de este pequeño acto de amor, ingresa en el siguiente formulario tus datos personales. Las cuarenta respuestas más creativas y breves a nuestra pregunta, serán las seleccionadas para participar en el envío. Toda la información aquí depositada se tratará de manera confidencial y sólo será para concretar este producto creativo. Gracias a ti por hacerlo posible. Amor y paz.

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Alzar la voz es nombrarnos: de poesía y manifestaciones

Alzar la voz es nombrarnos: de poesía y manifestaciones
El ejercicio de la palabra desde las mujeres
Mujer Á(r)mate. Foto: Tzuara de Luna

Entenderás entonces que de tu boca brotaba el fuego.
Nydia Pando

El acto violento, dice Rita Segato (2013), se comporta como una lengua que funciona de manera efectiva en nuestro contexto. Por ello, “cuando un sistema de comunicación con un alfabeto violento se instala,” resulta muy complicado revertir el proceso. Sin embargo, el arte y las artistas detrás del mismo han encontrado en la poesía la posibilidad para hacer frente a la violencia. Valeria Rodríguez y Carolina Repetto señalan, a propósito de ello, que “entretejido con los orígenes del lenguaje y la capacidad del ser humano para simbolizar, surge el gesto de poetizar como un modo de decir y de entender el universo” y, por lo tanto, como un medio para manifestar resistencia frente a las diferentes injusticias que plagan el devenir mujer. De hecho, en relación con lo anterior, Rodríguez y Repetto (2019) retoman a Lanseros (2016) para sugerir que no hay ninguna civilización en donde la poesía no haya existido como el origen de la transmisión de la información, del conocimiento y de la cultura. De manera que, esa palabra de origen, es la que, al erguirse frente a las injusticias, señala también el porvenir.

Antes de comenzar a deambular el vericueto del tema que hoy nos congrega, me gustaría señalar un aspecto crucial para el entendimiento de este texto: la poesía no solo es escrita. En realidad, la poesía tiene múltiples manifestaciones que no solo se abordan desde la palabra. A ello, Nadia López (2019) comenta que la cara escrita de la literatura es tan solo una de las diferentes posibilidades que existen dentro de la poesía. Esta puede ajustarse a diferentes manifestaciones artísticas como lo son el baile, el canto, la pintura, entre muchas otras. De dicho modo, cuando en este texto se haga referencia a poesía, podemos encontrar en esa palabra la posibilidad del crecimiento de otras. Dicho lo anterior, vale la pena mencionar que en este texto se tomarán dos tangentes. Por un lado, se hablará del arte como una propuesta de manifestación y, por otro lado, se reflexionará sobre la poesía que crece en las manifestaciones feministas. 

En primer lugar, la poesía como posibilidad de manifestar la herida y hacer frente a la violencia se remonta a varios siglos en el pasado. Vivian Abenshushan (2018) aterriza a Mary Beard (2014) para mencionar que, en una de las historias de Las metamorfosis, la violación de Filomena es narrada. En el texto, el violador le corta la lengua con la intención de silenciarla. Sin embargo, Mary Beard menciona que dicho acto sugiere: 

que la comunicación trascendía la voz humana y que las mujeres no podían ser silenciadas tan fácilmente. Filomena perdió su lengua, pero aun así encontró la forma de denunciar a su violador al tejer su nombre en un tapiz.

Lo anterior permite encontrar el puente entre el arte como manifestación y la manifestación como manera de exponer la herida y, por lo tanto, generar tierra fértil para que la poesía pueda brotar. 

En la mayoría de los casos, lo complicado es rastrear todo el arte que se ha creado bajo la mano de una mujer, pues dos factores lo dificultan. El primero es que muchos nombres de mujeres y los trabajos realizados por ellas fueron borrados de la historia o simplemente no incluidos. Y, en segunda instancia, muchas mujeres tuvieron que ocultar su nombre debajo de un seudónimo masculino o detrás del anonimato. En cuanto a ello, María Jesús Martínez (2017) señala que, en los textos sobre historia del arte, difícilmente se menciona el trabajo realizado por mujeres. Para ejemplificar, menciona que la artista María Gimeno intervino uno de los libros más conocidos sobre historia del arte, La historia del arte de Gombrich, en donde la aparición de mujeres era sumamente escasa. La artista contemporánea realizó páginas de investigaciones sobre mujeres artistas con el mismo diseño que el texto original. Al final, tras incluir a muchas de las mujeres que hacían falta, el libro resultó ser el doble de ancho que el original. Lo anterior nos demuestra que son muchas las mujeres cuyo nombre y trabajo se desconoce, no por inexistente, sino por la poca visibilidad que han tenido.

En segundo lugar, aterrizando la manifestación como un espacio en donde crece la poesía, me gustaría señalar que lo considero como una de las formas más puras de la poesía. Pues no hay nada más poético que las mujeres alzando la voz y acuerpándose poema en contra de las injusticias, de la violencia y de un contexto que las busca silentes. No obstante, tal como lo menciona Magui González (2019), la cobertura mediática genera un sesgo en cuanto a la construcción de la opinión publica y la percepción que se tiene no solo sobre las manifestaciones feministas, sino también sobre el propio movimiento feminista. No obstante, en círculas feministas y grupos de mujeres, he podido comprobar que no soy la única que ha percibido a la expresión artística como una constante, lo cual, además de visibilizar el trabajo y el dolor, permite reivindicar el nombre de todas las mujeres (artistas o no) cuyo nombre fue borrado de la historia.

En cuanto a lo anterior, Andre Giunta (2019) menciona que el arte de las mujeres empezó a habitar las calles porque las galerías e instituciones del arte no las incluían dentro de sus exhibiciones. De manera que, brotar en las calles era necesario para visibilizar el arte creado por mujeres, ya que, en muchas ocasiones, ni siquiera las propias mujeres conocían el trabajo de otras. Además, señala que el sistema de consagración del arte occidental fue estableciendo dos únicas líneas: la masculina y la privada (ligada al entretenimiento). Basado en ese contexto, diferentes colectivos feministas encontraron la posibilidad de compartir y difundir su trabajo, así como también de conocer el de otras mujeres artistas, a través de manifestaciones, mítines y grupos de conciencias.

Es así que la poesía crece en las manifestaciones feministas y permite que todas pronunciemos lo que nos une, lo que se forma frente a la indiferencia, frente a la falta de respeto, frente a la muerte. La tierra fértil es precisamente esa en donde las mujeres alzan la voz, se apoyan y exigen los derechos sobre su propio cuerpo y el de otras mujeres. Entonces, desafiar al heteropatriarcado con arte, habitar la herida, exponerla y compartirla, no solo es un acto de valentía y rebeldía en donde las mujeres hacen frente a un sistema que las violenta, sino que también se convierte en un acto poético que visibiliza a las que estamos, a las que se llevaron y a las que fueron borradas.

Referencias
Abenshushan, V. (2018). “Disolutas (A Ante Cabe Con Contra) Las pedagogías de la crueldad”. Tsunami. Sexto Piso. 18.
Beard, M. (2014). La voz pública de las mujeres. Letras Libres. 
González, M. (2019). Fotografías de las manifestaciones artísticas de la marcha feminista. Yaconic. 
Giunta, A. (2019). Feminismo y arte latinoamericano: Historias de artistas que emanciparon el cuerpo. Siglo XXI Editores.
Martínez, M. (2017). Las mujeres artistas: Arte y Venganza. España TEDx Plaza de la Merced.   
Lanseros, R. (2016). Función del poeta en el siglo XXI. Círculo de Poesía
López, N. (2019). La tradición de la literatura oral. Literatura en lenguas originarias de México. Colegio de San Ildefonso.
Rodríguez, V., Repetto, C. (2019). Poesía y resistencia. Notas para pensar la poesía en la época de las plataformas sociales
Segato, R. (2013). La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez. Territorio, soberanía y crímenes de segundo estado. Tinta Limón.

Todos los nombres que soy: sororidad con la palabra

Todos los nombres que soy: sororidad con la palabra
El ejercicio de la palabra desde las mujeres
Contra el silencio todas las voces. Foto: Tzuara de Luna

Entierra a tus muertas en mi vientre que yo les daré patria.
Svetlana Garza

Este no debería de ser un texto sobre la importancia de que las mujeres escriban, sean leídas y escuchadas; pues no deberíamos de tener que exigir ni dar explicaciones sobre nuestro derecho a hacerlo. Sin embargo, el contexto actual parece indicarnos todo lo contrario. Quiero iniciar esta reflexión con la pregunta “¿Por qué me siento tan obligada a escribir?” propuesta por Gloria Anzaldúa (1980). A lo que ella contesta:

Porque la escritura me salva (…) Porque el mundo que creo en la escritura me compensa por lo que el mundo real no me da. (…) Escribo para grabar lo que los otros borran cuando hablo, para escribir nuevamente los cuentos mal escritos acerca de mí, de ti” (p. 4).

Leer los textos redactados por mujeres es conocer nuestra historia de otra manera; es reconstruir nuestro pasado para pensar un porvenir mejor, un porvenir habitable. Angela Davis (1983), señala que hay que cuestionarnos e investigar en dónde comienza la historia de las mujeres, ya que nuestros nombres han sido ocultados bajo el anonimato y las hegemonías culturales se han apropiado de nuestras ideas, descubrimientos e invenciones. Además, como también menciona Gloria Anzaldúa (1980), escribir desde nuestra voz, es reivindicarnos y reconciliarnos con nuestros cuerpos, nombres y existencias. A propósito de ello, Andrea Dworkin (1976), plantea al cuerpo como territorio, un espacio del cual nos tenemos que apropiar, porque el contexto nos ha dicho que ni siquiera nuestros cuerpos y las decisiones sobre ellos, nos pertenecen. Tomando en cuenta lo anterior, la palabra es una gran puerta para comenzar a conocernos, para empezar a habitarnos; porque la palabra y su performatividad nos permiten encarnar lo que enunciamos y hacerlo real a través de nuestras acciones. De esta manera, el escribirnos como mujeres unidas, sororas y que alzan su voz ante las injusticias, puede hacer que ello pase de ser palabra a realidad, sino es que ya lo es. 

Entonces, el ejercicio de leer los textos escritos por mujeres es reconocer que lo que se ha dicho sobre nosotras, no nos representa. Porque hay que señalar algo, es verdad que muchas mujeres han sido protagonistas de las historias que hoy en las escuelas nos enseñan como clásicos, pero ¿cuántas de esas historias fueron escritas por mujeres? ¿Cuántos de esos personajes verdaderamente nos representan? Escribir desde nuestras vivencias es confrontar todos los arquetipos que en la literatura y otras expresiones culturales se han reproducido y fortalecido. Lydia Cacho (2005), cita a Florence Thomas para hablar de la necesidad de romper con los estereotipos que el heteropatriarcado fomenta sobre las mujeres, retomando la siguiente frase: 

El lenguaje es el fundamento de la reproducción del sexismo; (…) En ese sentido, no habrá ni devenir femenino, ni nuevos sujetos, si dejamos el trabajo sobre lo simbólico y sobre el lenguaje, todo ese sistema de representaciones del mundo que conforman los pilares de nuestras identidades (p. 169-170). 

De modo que, resulta crucial cuestionar si los libros que nos enseñaron como clásicos, reproducían los estereotipos sobre rivalidad entre las mujeres, estigmas sobre nuestras dinámicas sociales, comportamientos, cuerpos y nuestra existencia misma. Por lo tanto, para detener esos arquetipos que nos plagan y que han regido nuestras vivencias por tantas generaciones, además de escribir desde nuestra voz y desmentir dichos esquemas, es importante empezar a sanar nuestras relaciones con otras mujeres. Y con ello, apoyarnos, crear espacios, redes seguras, leernos y escribir. Porque es a través del proceso de lectoescritura que podemos ir develenado en colectivo, lo que Anzaldúa (1980) señala como “algo que hemos reprimido o fingido no saber” (p. 5). Conocernos a través de la palabra permite generar lazos de empatía y saber que otras mujeres comparten o se sensibilizan con nuestras realidades.

Cuando he tenido la oportunidad de trabajar con mujeres y niñas que están empezando su proceso de escritura, muchas se han sentido nerviosas de leer en voz alta, de hablar en público, de ser escuchadas. Y las entiendo, puesto que reconozco que hemos crecido en un entorno social que nos pide guardar silencio. De hecho, menciona Vivian Abenshushan (2018), que el mundo de la creación literaria ha fomentado “la perpetuación del régimen de género vigente, donde las voces de las mujeres y otras disidencias sexuales se inician con un silenciamiento” (p.18).  En donde también, como menciona Chimamanda Ngozi Adichie (2017), a las mujeres nos enseñan a ser pasivas, mientras que a los hombres los educan para “hacer”. Nos dicen “no toques eso, o quieta, sé buena”, mientras que a los niños se les anima a explorar, a alzar su voz (p. 34). De tal manera que, si queremos empezar a deconstruir no ya sólo nuestras propias existencias, sino las dinámicas del mundo literario, tenemos que confrontar el miedo a hablar en voz alta. Dice Kathy Kendell (1980), con palabras de Audre Lorde, que “necesitamos elevar la voz. Hablar recio, decir cosas que trastornan (…) y que todos oigan, quieran o no” (p. 25). 

Nos han enseñado a estar en silencio y hacernos creer que lo que decimos no importa, pero estoy segura de que todo lo que las mujeres tienen que decir, todas aquellas experiencias y vivencias que escriben importan y deben de ser escuchadas. Expresa Yásnaya Aguilar (2018), que “todo acto lingüístico se convierte en un acto político” (p. 74). Bajo dicho esquema y retomando lo que muchas personas ya han dicho, alzar la voz y hablar, en una realidad que nos busca silentes, es un acto de resistencia.

Inicié con una pregunta, y deseo concluir con otras. En muchas ocasiones he sido testigo de las interrogantes: “Pero ¿por qué la antología es solo de mujeres?”, “¿Por qué el taller, la presentación o el espacio de diálogo son exclusivamente de, por y para mujeres?”, “¿Por qué tenemos que hablar de literatura de mujeres?” Pues, en pocas palabras, porque el campo, no ya solo de la literatura, sino también de muchas otras áreas del conocimiento, se ha esforzado, durante generaciones, por mantener a las mujeres alejadas, invisibles y en silencio. De ahí que el esfuerzo de hacer antologías, talleres, lecturas, presentaciones y demás, exclusivamente de, por y para mujeres, sea dejar una huella en los pabellones de los que hemos sido borradas. Leernos es hacer espacios para nuestros nombres en las calles de personas ilustres en donde no nos incluyeron. Y aunque, no debería de haber necesidad de justificar la importancia de escribir, ser leídas y ser escuchadas, insisto: hacer y difundir literatura escrita por mujeres, es encarnar nuestra voz y decir que escribimos porque existimos y que seguiremos existiendo pese a todos los esfuerzos por desaparecernos.

Referencias
Abenshushan, V. (2018). “Disolutas (A Ante Cabe Con Contra) Las pedagogías de la crueldad”. Tsunami. Sexto Piso. 18. 
Aguilar, Y. (2018). Lo lingüístico es lo político. México: OnA Ediciones. 70-73.
Anzaldúa, G. (1980). Hablar en lenguas: Una carta a escritoras del tercer mundo. En Steiner, R. (1985), Palabras en nuestros bolsillos. San Francisco: Bootlegger Press. 4-5.
Cacho, L. (2005). Los demonios del Edén. Editorial Debolsillo. 169-170.
Davis, A. (1983). Women, Race, and Class. Vintage Books. Division of Random House. 31-35. 
Dworkin, A. (1976). Our Blood: Prophecies and Discourses on Sexual Politics. G. P. Putnam’s Sons. 22-30. 
Kendell, K. (1980). Carta. Del taller dado por Audre Lorde y Meridel Leseur. 25.
Ngozi, C. (2017). Querida Ijeawele: Cómo educar en el feminismo. Literatura Random House. 32-34.