Bicicleta: el arte de pedalear para compartir
De cómo la máquina de dos ruedas promueve la cultura
Biciratón. Ilustración: Yossilustra
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Los animales hablaban primero,
el pájaro perfeccionó el diccionario,
la orquesta sólo lo hizo girar, girar,
soltar sus espirales y recogerlas
en la manga con botones heráldicos.
José Lezama Lima

Pedalear es ese verbo que a muchos nos apasiona. Es ese verbo que suena tan sencillo para marcar una diversidad enorme en cuanto a la forma de movernos. Las esencias cambian. Todo está sujeto al alcance de nuestro corazón, de nuestro propio movimiento. Y así, la bicicleta, es más que una herramienta de sensaciones, pensamientos, sentimientos y emociones. Ese verbo me persiguió desde muy temprana edad y comprendí nuevos sistemas de aventuras. Desde entonces, cada día de mi vida ha sido diferente: el trayecto lejanísimo a las tortillas, las tardes de los infantes ciclistas, las calles invadidas por diversos tipos de bicinautas y siempre el ocaso estuvo ahí. 

Pensar en pedalear es ser consciente de nuestras capacidades. Si bien es cierto que en México creímos que lo mejor fue construir infraestructura para los automóviles, han llegado generaciones que creemos en otro tipo de movilidad, en otra unión de las ciudades y de los pueblos, y por más pequeño que parezca, se trata bien de un ejercicio que poco a poco gana terreno, pues nunca dejó de existir, sino que ahora, con mayor ahínco, se ha visibilizado. 

Pedalear es transformar el pensamiento, la calidad de vida y los sueños. Todo se mira con mayor detenimiento y hay más atención en el placer de contemplar a la naturaleza. No discrepo en que las máquinas motoras son excelentes herramientas para las actividades humanas, sin embargo, la comodidad, el egoísmo y la avaricia nos han implantado la creencia de que requerimos cierta máquina para mostrarnos con cierto poder adquisitivo, de igual manera, con formar parte de cierto nivel social, y así muchas ideas similares que lo único que han probado en realidad, es acrecentar las posibilidades entre individuos, mismos que lastiman a todo el colectivo, aunque no lo parezca. 

En muchas ocasiones me he preguntado por qué en ciertos pueblos, ciudades y países existe la discriminación hacia la movilidad sustentable, hacia las personas que intentamos cambiar un poco nuestros contextos para valernos con el corazón abierto como humanos, hacia los sueños de vivir en un planeta más sano y más justo. Sin embargo, pese a que no existe una respuesta oportuna para ello, algunos tratamos de compartir otras perspectivas, caminar y pedalear como herramientas de creatividad. 

Y es ahí en donde me interno. Hasta hace poco, entre un grupo de gestores culturales, comprendí que la movilidad sustentable no estaba dentro de los temas de importancia de la cultura, ese artefacto social que no se sabe dónde inicia y dónde termina. Desde esos momentos entendí que por más que en los últimos años se hayan ejercido muchas acciones en pro de la movilidad sustentable, los mediadores, los creadores, los productores y otros tantos más de la cultura, no han tomado en cuenta las posibilidades de crear cualquier tipo de arte con la comunidad a partir de la movilidad sustentable. 

Si todos hemos tenido, por lo menos, una bicicleta en nuestros contextos, por qué hemos desvalorizado la posibilidad de integrar otros tipos de herramientas que nos permitan ampliar el discurso de nuestra movilidad en nuestros entornos. En qué momento nos convertimos en viajeros de cápsulas metálicas, en qué tarde inundamos los espacios de contaminación y de indiferencia, cuándo sucedió todo eso. 

Es entonces cuando creo de vital importancia que la cultura debe abrazar a otros rubros que permiten que exista, así la literatura y las artes como medios de reflexión social hacia nuestros corazones, caminar, pedalear, compartir. No cabe duda que en mi ciudad, Guadalajara, México, se han generado grandes esfuerzos por abrir otras perspectivas de la movilidad, y aquí vamos, sin embargo, falta un enorme trabajo desde los sectores de la educación y la cultura, esto sin menospreciar a aquellos grupos civiles, estudiantiles o alternos que promueven el uso de la bicicleta, todo para incidir a otras generaciones. 

Actualmente, la comunidad artista debe de emprender trabajos hacia una colectividad desde la cultura, y por su parte, las entidades de la movilidad sustentable, tanto civiles como gubernamentales, generar los procesos para que ésta tenga otros accesos dentro de la comunidad, sobre todo, con las nuevas generaciones, quienes han visto crecer el movimiento ciclista sin un orden y sin una guía social. 

Llevo más de 30 años sobre la bicicleta y con ella he aprendido en un sinfín de aventuras. Es tiempo de compartir nuestra creatividad hacia otros discursos que nos permitan darnos cuenta, de manera más profunda, que la movilidad es esencial para todos, que así como comer y dormir, los verbos caminar o pedalear deben ser una pauta recurrente en nuestra cotidianidad. No es momento de seguir entre la furia de la discriminación y el egoísmo urbano, preciso saber que debemos impulsar otras formas de movernos desde la educación y la cultura, y así, en compañia de otros rubros posibles. Porque movernos es vital, compartir es esencial. Las calles son de todos, la vida no es dos veces.     



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