Mi mirada y yo: paradoja de una cuatro ojos
El dilema entre ver y no verse y verse y no ver
Autorretrato. Foto: Jacqueline Loweree

Cuando estés triste ponte a cantar. 
Cuando estés alegre, a llorar.
Cuando estés vacío, de verdad vacío,
ponte a mirar.
Jaime Sabines

“Mira, Jackie, mira, están ahí arriba, ¡sólo mira hacia arriba!” Miré hacia arriba, pero todo lo que pude ver fue el resplandor amarillento de las farolas contrastando contra el cielo negro de la noche. En medio de los espectadores, yo era la única ajena a la conmoción. ¿Por qué cesaron los cantos de los merolicos? ¿Por qué dejaron de correr los niños con caras embarradas de salsa Valentina? ¿Por qué pararon los acordeonistas? ¿Y de dónde venían los sonidos melódicos de flautas y tambores?

Decepcionados de que me estuviera perdiendo una de las celebraciones más magníficas de nuestra cultura mexicana, mis padres me tomaron de la mano y me preguntaron, “Jackie, ¿no ves a los bailarines voladores?” Aparentemente, lo que se suponía que debía ver eran los venerados acróbatas mexicanos, o los voladores de Papantla, que subieron a un poste de 30 metros, saltaron desde la cima y giraron en espiral alrededor del poste como si volaran, sostenidos sólo por una cuerda atada a uno de sus pies. Lo único que recuerdo de esa noche, y de los voladores, fue mi incesante pregunta, “¿dónde?” “¿dónde?” y la confusión en el rostro de mis padres.

Infante. Foto: Archivo Jacqueline Loweree

Una semana después de ver (o no ver en mi caso) el espectáculo de los voladores de Papantla, mis padres se dieron cuenta del porqué de mi desorientación. A los seis años me diagnosticaron miopía, “un caso acelerado para una niña tan pequeña”, según el oftalmólogo. Si los bailarines hubieran estado volando unos 20 metros más cerca del suelo, podría haber gozado de su acrobacia. Fue así como, en medio de la multitud de espectadores, a la temprana edad, aprendí por primera vez que veía al mundo de una manera diferente a los demás.

Lo que sigue después del diagnóstico es lo típico: Lentes de alta prescripción. Ojos pequeños tras el cristal. Burlas de otros niños llamándome la “cuatro ojos”o la “venadita”. El aprender a defenderme respondiendo, “cuatro ojos ven mejor que dos”, la fractura constante de mis lentes por andar de chiva loca junto con mis amiguitos, teipiar las patitas de mis cuatro ojos y andar con lentes estilo Frankenstein por el resto del año (o hasta que ahorráramos suficiente dinero para comprar otro par), los constantes comentarios de shock de mis oculistas y oftalmólogos diciéndole a mi madre, “Señora, su hija a este ritmo quedará ciega”.

Gafas. Foto: Jacqueline Loweree

Fue en la infancia cuando aprendí, gracias a los retos y burlas, a asimilar mi nuevo estilo de vida. De hecho, comencé a identificarme más y más con el personaje de Vilma de Scooby Doo, la niña culta e inteligente. Pero Vilma nunca fue Daphne, la popular del grupo. Vilma fue la nerda que resolvía los misterios, pero no quien todas las espectadoras querían llegar a ser. Para una niña aproximándose a la cúspide de la adolescencia, la realidad de no ser la niña bonita (cualidad femenina de alta importancia en nuestra cultura), es difícil de aceptar. Siempre serás diferente y estarás dentro de la periferia, jamás en el gremio de la tendencia. Consecuentemente, y por sobrevivencia social, se debe cultivar una personalidad confianzuda que se regenere no con la afirmación ajena sino con la propia. O, al menos, hacemos el intento. No digo que el solo uso de mis lentes me inculcó el amor propio, sino que, gracias al no depender de mi aspecto físico como mi única fuente de validez femenina, me obligué a desarrollar otras cualidades.

Ahora, hablo del conflicto interno de una adolescente. Pero poco he mencionado el problema real, al menos en mi adultez: la discapacidad. El vivir con una miopía avanzada conlleva una serie de retos extraordinarios. Aún no estoy ciega totalmente pero cada día veo menos con mis lentes de fondo de botella (sin ellos soy absolutamente inservible). He llegado al punto que no puedo conducir un coche, ir al cine y ver una película con subtítulos sin poder sentarme en la primera fila, ver la televisión en mi casa porque aun sentándome a dos metros de distancia me resulta pequeña, ver el pizarrón de un salón a cualquier distancia, distinguir caras que no estén a un metro de mí, etc. Mi mundo es una serie de imágenes borrosas. Con lentes, percibo colores y formas, pero no logro verlas con ninguna diafanidad. Sin lentes sólo percibo colores y sombras.

Dos. Foto: Jacqueline Loweree

Al principio de la pandemia, por puro aburrimiento, comencé a hacer algo muy inusual. Empecé a fotografiarme sin lentes. La verdad es que jamás había visto mi rostro desnudo, sin mi segundo par de ojos. Sí, claro, yo me veía en el espejo cuando me maquillaba, pero siempre a cinco centímetros, nunca a una distancia en la que lograra apreciar mi totalidad. 

Pero lo que vi me desequilibró. Ese rostro que resaltaba en la pantalla de mi celular era el de una mujer irreconocible. A esa cara la adornaban dos ojos oscuros gigantes, una nariz asimétrica y unos pómulos definidos, esos de una cara madura (la que se consigue después de los 30). Era una imagen de una mujer bonita sin duda, pero no era la mía. 

Mi mirada. Foto: Jacqueline Loweree

A mis 30 años me di cuenta por primera vez que yo no era lo que había pensado. Me sentí totalmente engañada y de alguna forma pasé por una pequeña etapa de duelo al soltar la imagen que tenía de mí. Suena extremo pero la verdad es que los lentes desfiguran nuestros rostros. Cuanto más aumento tengan las micas, más pequeños se ven tus ojos. Tu nariz y tus pómulos se pierden por completo. Lo que resalta de tu cara es el plástico que te ayuda a ver. Lo demás queda en segundo plano.

Desde esa curiosidad pandémica que me dio por retratarme, he pasado por todas las etapas del duelo. Primero negué ese rostro, luego me molesté por no haberme encontrado antes, después me entristecí por padecer una discapacidad que ha distorsionado cómo veo al mundo, incluyéndome a mí. Me encuentro en la etapa de la aceptación. Ya no soy Vilma con la que me identifiqué por dos décadas, pero tampoco Daphne, soy Jacqueline. Soy bonita, aunque nunca me había dado cuenta, porque hasta hace tres años, nunca me había contemplado con claridad.