Federico Jiménez: la poética configurativa

Federico Jiménez: la poética configurativa
La libertad de la creación en diversas texturas
Federico Jiménez. Foto: Samantha Lamaríz

Mientras las ondas de la luz al beso
palpiten encendidas,
mientras el sol las desgarradas nubes
de fuego y oro vista,
mientras el aire en su regazo lleve
perfumes y armonías,
mientras haya en el mundo primavera,
¡habrá poesía!
Gustavo Adolfo Bécquer

Cuando conocí a Federico Jiménez, descubrí que el mundo de la poesía es mucho más ancho y basto de lo que alguna vez imaginé. No solo se trataba de métrica, estrofas y versos, sino del transmitir la libertad por medio de la imaginación y las palabras, crear espirales de letras, hojas de árbol que guardan dentro de sí mensajes para siempre, encontrar en todos lados una historia que escribir.

Persuación. Foto: Samantha Lamaríz

Comenzó su travesía por el sendero de la literatura en la secundaria, cuando se adentró en las páginas de un libro de poesía de la biblioteca personal de su padre, entonces decidió que se sumergiría por completo en el mundo de las letras. Si bien su trayectoria dio inició a una edad temprana mientras escribía y leía poesía, fue hasta la licenciatura en Letras hispánicas que publicó sus primeros textos en diversas revistas, además de dirigir una revista, misma que trajo consigo grandes poetas y amigos. 

Hoy en día reconoce en el arte de escribir la libertad misma, la pasión desmedida que se puede encapsular en una palabra, en una idea que se plasma y se convierte en un caleidoscopio de imaginaciones. Considera que los únicos límites en la escritura son los que uno mismo se impone, de así quererlo.

Diversidad. Foto: Samantha Lamaríz

Es una dicha el poder coincidir con Federico, ahondar en las divergencias del arte a través de sus propuestas creativas. Reunirnos en un salón a henchirnos de su sabiduría y su querer por la poesía y todo aquello que tenga dentro de sí algo fantástico. De él aprendí a encontrar en cada retazo del mundo la oportunidad de crear al ir más allá de lo preestablecido, de cohesionar la escritura con todas las artes, porque al final del día, la escritura es libertad.

Siempre resulta un gusto compartir alguna clase, sentir el apoyo implícito en sus palabras. Su dedicación y profesionalismo incitan a los estudiantes a involucrarse cada vez más en lo literario, en lo imaginativo, en la posibilidad de externar los mundos internos y dedicarse de lleno a aquello que tanto los emociona. 

Quienes tenemos el placer de conocerlo y, encima, la oportunidad de aprender de él, coincidimos en que su manera de estrechar lazos con la poesía es única, divertida y que entusiasma al grado de querer reinventarse. Gracias a él conocí la poesía visual y el sinfín de posibilidades de la misma, así como la experiencia de cohesionar la mente de un grupo entero para escribir un poema amorfo y divertido, porque para Federico el arte de la literatura es mucho más que sólo sentarse a escribir de manera metódica, el arte de escribir es, y siempre será, la oportunidad de transmigrar el ser al arte.

Encuentro. Foto: Samantha Lamaríz

Federico Jiménez es maestro en Lingüística aplicada y licenciado en Letras hispánicas por la Universidad de Guadalajara. Profesor de Lengua y Literatura, tallerista y editor. Sus trabajos han sido publicados en las antologías El viento y las palabras. Renovación poética en Jalisco (La Zonámbula, 2014), Poesía Visual Mexicana. La palabra transfigurada (CONACULTA/Ediciones del Lirio, 2013) y EstacionEs (Universidad de Guadalajara, 2009), así como en las revistas Papalotzi, Apócrifa Art Magazine, Letrambulario y La Gaceta Universitaria. Ha publicado los libros Metamorfosis de aire (STAUdeG, 2013), La ves y no la crees. Poesía visual a dos manos (CECA, 2016) y Mudar la mirada (Cultura Jalisco, 2022). Coordinó las antologías Taco de ojo. Muestra de poesía visual contemporánea de Guadalajara (Amate, 2018) y Mirar en voz alta. Experimentos de poesía visual (Amate, 2021). Ganador del Certamen WineFest en 2012 y del premio Adalberto Navarro Sánchez del STAUdeG en 2015 y 2016.

¿De qué manera se puede hilvanar un corazón?
Lanzándolo, como los dados de Mallarmé, a la ruleta de la creación; cosiendo sus puntas a cada uno de los puntos cardinales; dejando que el viento y los entonces le lluevan hasta que su vena cava irrigue su horizonte del azar.

¿De qué color debería ser el cielo?
Del que pinten nuestras palabras (el cielo, en realidad, es una eterna voz transparente).

¿A qué huele una lágrima?
A ayeres, a quizás, a hubieras, a poesía, a atardeceres y futuros: a todo lo que quepa en el mar.

¿Quiénes son los habitantes de las nubes?
Los hidrófagos, seres que toman la forma que imaginamos al mirar las nubes. Cuando no encuentran forma se vuelven líquidos murmullos y se derraman sobre quienes nos hemos olvidado de imaginar. Por eso, la lluvia detona la creación. 

¿A dónde se llevan las estrellas fugaces los deseos? 
A la ciudad invisible de los sueños, donde se vuelven piezas de una partida de ajedrez entre Sigmund Freud e Italo Calvino.

Foto: Samantha Lamaríz

¿Cuál es el sonido de la imaginación?
Un relámpago, esa atronadora luz contenida en un instante. La imaginación resuena en cada mirada.

Si la poesía tuviera un aroma, ¿cuál sería?
El del rocío de las mañanas o el de un bosque a las 6:30 de la tarde. 

¿Qué trae una ola consigo?
La sal de otro tiempo, el líquido secreto de los naufragios y, a veces, la voz del mar original. 

¿Qué secretos te ha contado el viento?
Que la palabra es un encuentro en el que nos miramos lxs unxs a lxs otrxs: somos lxs mismxs.

Aire que llega a ser

Los ojos que apenas alcancen tu borde de sueño
las manos que quizá toquen tu última danza novicia
los oídos que antes que nada se abran para recibir tu canto
los primeros rayos y parvadas de cántaros y redes
          que te abran sus puertas 
los labios que asomen su follaje y te besen en libertad
los pies que anden abrigados de tu espesura
los últimos maderos y verdes de líquido aroma
las calles de jade que se pueblen en tu ciudad
todos los olvidos y ayeres que vuelvan de tu sombra abierta 
las rimas de los cántaros en nocturnales cascadas
el lirio y la música que te alimente
las primeras palabras del día que se rebelen
la poesía de las piedras
y la miel y los peces que te habiten
y tu corazón en el principio de las cosas
las huellas y las canciones que se estanquen en la arena 
las raíces de todos los amantes que se anclen en tu andar 
el rumor de tu regreso que resbale en las gargantas
la travesía y el rimar que no te suelten
y estos versos cuando se ahoguen de tu respirar
(cuando el tiempo se revuelque en olas que transborden 
la lejanía y todo lo dicho se haga nuevo 
y las cosas pierdan su nombre
y tu agua nos muerda los pies con ternura)
todas estas cosas, todas
te librarán de la sed

Un tiro de azar jamás abolirá los dados (Oda a Mallarmé)

                      DESDE EL FONDO DE UN NAUFRAGIO

                                 el abismo
             de espacios blancos
se re(pliega) en una danza

                     

                      (IN)VISIBLE

En el omiso eco de la palabra
labra
abra
bra
ra
a

como una pro(s)a sin rumbo
                              viajan mis sensaciones
dibujo en el pensamiento la ténue superficie de la VOZ
que no ha dado TODAVÍA de sí
                  y al inicio el concierto me sofoca los tímpanos
                 provoca

                            Pero hay otro tiempo reescrito
              y otras manos en el solsticio del papel
y una colección de falacias
                        en el espacio muerto y devuelto
E   S   P   A   C   I   O   en silencio
          de no ser

                            íntimo espacio de VUELO

         espacio verbal
         de la mente
         y espacio mental del VERBO

De Mariana Enríquez: sobre “Las cosas que perdimos en el fuego”

De Mariana Enríquez: sobre “Las cosas que perdimos en el fuego”
El terror en los recovecos de Argentina
Las cosas que perdimos en el fuego. Foto: Samantha Lamaríz

El muro de los cuerpos
Con el dejo de las adormideras
Que nuestros predecesores ingirieron
A orillas del olvido.
Federico García Lorca

De todos los arcanos del tarot, Mariana Enríquez sería la Sacerdotisa, esa mujer sabia, conocedora de lo oculto, lo místico, aquella que teje urdimbres de maldad a la luz de día bajo su manto, cuando todos pueden verla pero nadie alcanza siquiera a sospechar su tenacidad. La autora comparte, una vez más, su ingenio y mordacidad en su libro de cuentos Las cosas que perdimos en el fuego.

El fuego y el lector. Foto: Samantha Lamaríz

Cada uno de los doce relatos que componen el libro revuelcan al lector en sus sombras más oscuras, allí donde la negrura se condesa y asfixia, donde las fauces del miedo se abren y tragan y dejan sin aliento. Las cosas que perdimos en el fuego se incrusta, tras cada página devorada, en el alma que tiembla y suspira por más.

Diablito clavó un clavito. Foto: Samantha Lamaríz

La narrativa de la autora enfrasca, aprisiona, rebela. El lector deseará huir de las letras de Mariana solo para volver envalentonado unos segundos más tarde y terminar, de una vez por todas, el suplicio que aqueja a los personajes que se desenvuelven en las historias. La noche ya no será necesaria para asustar a nadie, puesto que Enríquez demuestra que muchos horrores reptan a plena luz del día.

La casa de Adela. Foto: Samantha Lamaríz

En lo personal, el cuento de “La casa de Adela” me mantuvo absorta de inicio a fin con la descripción dolorosa de la niña protagónica y su personalidad pueril y al mismo tiempo rebelde, el personaje ideal para sumergirse en una casa siniestra, de incontables puertas y corredores, donde las voces se disipan y se disuelven en las mentes de aquellos que se empapan de la maldad del interior. Este relato me fascina no solo por la frescura y la osadía de Enríquez, sino porque es una historia que se cohesiona con su, hasta ahora, más conocida obra, la novela Nuestra parte de noche, donde el cuento de “La casa de Adela” se extiende y el lector conoce el cómo y el por qué del interés de penetrar en las profundidades de lo prohibido.

Entre cartas. Foto: Samantha Lamaríz

Mariana escarba en lo cotidiano y encuentra lo más pútrido de la sociedad para convertirlo en un cuento de terror. Las calles de Argentina resultan un escenario espléndido para la autora, ya que en ellos se desarrollan todos los cuentos y, en cada recoveco, es posible discernir la sonrisa de la crueldad. Desde niñas que se arrancan las pestañas y las uñas, jóvenes que atesoran una calavera, criaturas temibles en el patio trasero, hasta deidades malignas y ecos de aquellos que alguna vez estuvieron. 

Las cosas que perdimos en el fuego es una lectura imperdible. Mariana Enríquez nos propone mirar la realidad con los lentes de la verdad y desentrañar todo lo oculto a simple vista. Al igual que con su novela Nuestra parte de noche, su libro de cuentos busca que el lector se empape de los esotérico, lo tenebroso, lo grotesco y reconozca en sus líneas un sinfín de posibilidades de horror.