90 revelaciones: Rayuela intervenida

90 revelaciones: Rayuela intervenida
El artista Sergio Arath se mueve entre la poesía opaca y refleja
Un muro de palabras. Foto: Alberto Delgado

Como los juegos al llanto
como la sombra a la columna
el perfume dibuja el jazmín
el amante precede al amor
como la caricia a la mano
el amor sobrevive al amante
pero inevitablemente
aunque no haya huella ni presagio
Julio Cortázar

 

Para jugar hay que observar, contar y atreverse a saltar. Rayuela, obra de Julio Cortázar, ese libro mencionado en todos lados, leído en realidad o en alarde, mencionado en innumerables ocasiones y considerado casi sagrado ¿Te pasaría por la mente en algún momento intervenirlo, diseccionarlo, transformarlo? El diseñador tapatío, Sergio Araht, lo hizo. Inició (sin imaginar que era una especie de delito) a “profanar” objetos desde muy niño. Primero fueron las enciclopedias, después los discos, sus portadas, cintas musicales y finalmente, por qué no, los libros. Sergio tiene la especial característica de atreverse. Sus hermanos sufrían la falta de alguna imagen que hacía incompleta la historia que se estaba leyendo, pero esto, lejos de coartar la creatividad en casa, la alimentaba; su familia es un caldo germinal, un hervidero de arte, la sensibilidad les viene por la sangre, algo que sucede con poca frecuencia. Acariciar el papel, manipularlo y verlo arder son tres cosas que ha vivido, por lo que la compenetración con el lenguaje escrito ha logrado transformarse en lengua viva que puede gritar o susurrar al oído.

Sergio Araht. Foto: Alberto Delgado

La relación se fue haciendo cercana entre el significado y la visión, tergiversar para transgredir parecía una atractiva sugerencia. Mezclar significados para golpearnos en la cara con una imagen que nos haga pensar, es el primer viaje a las profundidades. Hablar de cambio implica también al mismo Araht, que antes de plasmar hacia afuera siempre indaga en el interior. La música lo acompaña como poros en la piel, las notas musicales se nos meten por los ojos y danzan por las venas en una traducción precisa del ritmo. Sergio saborea cualquier cosa, vive inmerso en un sistema binario de los sentidos.

Algunas revelaciones. Foto: Alberto Carrera

En su serie “Una rayuela y noventa revelaciones”, Araht se nos muestra en una “autopsia” literaria, donde la palabra guía a la imagen. Leer en voz alta hace que su cuerpo de agua vibre y conduzca a la mano en automático para crear. Para tener esa comunión con una obra hay que conocerla de fondo. La paciencia, la madurez artística y el lenguaje sensible se fueron amalgamando, cada página tuvo que ser digerida desde el espíritu, hasta explotar en una especie de juegos pirotécnicos para celebrar de manera lúdica con el gran Julio Cortázar al saltar la rayuela que nos sugiere despegar los pies de una tierra silenciosa para alcanzar el cielo colorido mirando por 90 ventanas con el albedrío de escoger la forma lineal, la forma numérica o la libertad absoluta del clochard que recorre el mundo a sus anchas, sin estructura ni regla alguna, la cual considero mi favorita.

Jugar rayuela. Foto: Alberto Delgado

Y así fui, de viaje como en una especie de vagón, asomándome por las ventanas de Araht. De la exposición se me queda el azul, el verde, el negro, el misterio debajo del marcador que deja traslucir a medias una historia cortada que yo puedo completar. Algunos “paisajes” que miro me invitan, me toman de la mano, pero sólo las letras me besan los labios, ponen su palma sobre mi corazón y lo hacen latir como un relámpago en la tormenta.

Piezas. Foto: Alberto Delgado

Al recorrer la sala me convertí en hormiga, en señora de género rojo, mientras Klee me miraba, y la música hizo una mezcla con el aire, con la noche negra de estrellas verdes. Aparecieron rayuelas en el cielo sobre una luna de tiza, luego giré entre cartas, banderas, laberintos, política, clichés, monólogos… en la sala fui collage, una parte de la obra: la revelación 91. Siempre quise ser la Maga, y hoy andaba sin buscar cuando encontré la magia, el conejo me devolvió al bombín de Magritte donde en lugar de cerebro, el cráneo luce un enorme corazón. Del otro lado a una carita feliz le sobran las palabras de un bajo estatus sentimental y mientras escribo me doy cuenta que duele pensar.

Observar. Foto: Alberto Delgado

Encontré a Le Corbusier en un vaso de agua, discos de tiempo a treinta y tres revoluciones por minuto, mientras otros guardan silencio dentro de un tubo de ensayo. Descubrí la llave, me reflejé en el espejo, me sorprendió cómo hay letras que desaparecen como las especies. Sentí  gotas de agua, gotas de sangre, gotas de tinta, todas particularmente redondas, círculos perfectos de ciclos imperfectos. En este momento tengo en la punta de la lengua las ideas, y la muerte en los talones, y repito: YOSOYSOYO…infinito palíndromo de egocentrismo misterioso. Me vuelvo básica, como los colores de Mondrian, Frida me guiña un ojo y enciendo un cerillo, para alumbrar la oscuridad con una efeméride. Sergio Arhat consiguió entregarme un muro de palabras que palpé con dos ojos, salté la RAYUELA las veces necesarias para alcanzar la perpetuidad. No queda más que aceptar que: estoy cansada de leer y no tengo ya nada que decir.

Realidad aumentada. Foto: Alberto Delgado