Ricardo Yañez: de música y poesía

Ricardo Yáñez. Foto: Naomi Greene
Ricardo Yañez: de música y poesía
La vagancia de la palabra entonada y explosiva

Yo la encontré por mi destino,
de pie a mitad de la pradera,
gobernadora del que pase,
del que le hable y que la vea.
Gabriela Mistral

La poesía tiene nombre. Se hace un espacio en la médula del horizonte y añora cuantas veces quiere. Se sabe México en cada partitura. Llueve, canta, se acongoja y existe. Así es el poeta tapatío que le ha escrito a la tierra, al campo, a la música y al amor, sólo por mencionar algunos preceptos. Hay un acierto para la vagancia y así lo ha hecho Ricardo Yáñez. Originario de la Guadalajara, Jalisco, y con una gama bonita de colores en una plasticidad de letras, el de la barba blanca, es un elemento que derrama su importancia literaria en pequeños capítulos de la cotidianidad.

El tiempo. Foto: Naomi Greene

Digamos, un posible árbol que baila con el viento mientras, iracundo, observa pasear a las galaxias. De ahí que su palabra sea un rasguño de melancolía y un trazo perdido entre la alpargata y el siguiente nivel de fotosíntesis. Leer a Ricardo, observar, merendar con su obra, apaciguar el tiempo y el canto, es una experiencia que marcamos en el infinito y nos creemos pétalos y bytes en ese instante. Quizás una pérgola es un espacio en el que podríamos creer que su creatividad ha sido sacrificio de la poesía, sin embargo, el capitán de nuestras mañanas (así le digo en mis adentros por una loca temporada en que lo leí abarrotado de chilaquiles y café), le entra a la música como a los corazones que le rodean.

Cielo modelo. Foto: Naomi Greene

Contemplar a Ricardo es jugar en el lodo como cuando éramos niños. Es militar como flor entre los nopales, ese suceso tierno en el que el color se disfraza de saturación y engaña a nuestros ojos. Descifrar a Ricardo es un arquetipo de lo que se puede lograr cuando se abren las alas dentro de la textura del desierto. Uno flota, se reclama una lágrima y baila. No recuerdo precisamente cuando fue que lo leí y sucedió con esmero.

El trazo. Foto: Naomi Greene

Alguna vez, la Prieta, mi madre, me indicó “más vale poco que sea verdad y no mucho que sea mentira”, y así me cuadré con las palabras del poeta tapatío. Me enamoré de las señales que se palpa en su estructura musical; en sus existencias de sol y luna; en la alcoba que resuena en el perfume de las sirenas y me quedo en silencio. Quisiera mantener la palabra bajo el infinito de los cielos y resguardar cada idea que surge de las mentes de la comunidad poeta. Mujeres y hombres hacemos de una posibilidad una reunión de nubes, en las que perfilamos nuestras andanza. Así el calor y la lluvia, el paso y el pedaleo, la mañana y la noche, todo, es parte de la obras que Ricardo nos entrega en su existencia.

La colectividad. Foto: Naomi Greene

Qué afortunados hemos sido, tanto Naomi Greene como yo, al tener una mañana de goce con nuestro Ricardo. Ahí aprendimos de la historia de los papalotes. Descubrimos la mirada de los halcones. Fabricamos nuestro propio testimonio y dimos balance a nuestra visión. El juego y el canto no hicieron falta; la solidez de un poeta como lo es Ricardo, nos hizo temblar, respetuosamente, porque guardamos una particularidad de nosotros. No sabemos qué tanto hayamos crecido en las jaurías de las libélulas pero sí manifestamos una sorpresa en cada uno de nosotros. 

Despertar. Foto: Naomi Greene

Ricardo, desde su canto y su emoción, nos recuerda que la tierra sigue y que hay un horizonte repleto de sabores, todo es un confín de dulces y amargos momentos, es la determinación de todos los ejer humanos. Quisiera haberme perdido en uno de sus versos para florecer en el paladar de las sierras, ser árbol y después, entregar el fruto con todo el glamour del desprendimiento y de la escasa gana de querer controlarlo todo. 

El poema. Foto: Naomi Greene

Disfrutar del trabajo poético de Ricardo, desfragmentar la máquina de creación que es, no debe representar la calumnia del ego ni de las pretensiones, hay una palabra y una imagen una boca y una mano, todo es parte de una balanza en su propio equilibrio. Para alcanzar algunas de sus reflexiones es preciso detallar su norma campirana y gozadora, pues Ricardo así es, un huarache en vuelo que alcanza la nostalgia y el estupor de su comunidad. 

Bajo la pluma. Foto: Naomi Greene

Es verano, hay lluvia, Ricardo Yáñez estuvo con nosotros aquella mañana risueña en el Café Madoka y lo contemplamos a solas, en su postura humana, poeta y músico. No hizo falta la guitarra, pero el canto surgió como un estallido de pájaros. Hay poesía y mucha, una rebelión de la simpleza de las cosas, en la que juega la cajita del verso, es lo que la vida nos ha permitido con el autor de Desandar, pieza editorial del Fondo de Cultura Económica que incluye la mayoría de su obra poética, publicada en 2014. 

Existir. Foto: Naomi Greene

Jugó con nuestro ejercicio poético e hizo de nuestras preguntas silencio, por sí solas, en conjunto, las declaró un poema. Su silencio fue una experiencia gigantesca, magia en textos que no surgieron, y que, a pesar de todo, gozar, engolosinar y disfrutar los pequeños y breves momentos de la existencia, es el armazón que la poética de Ricardo Yáñez hace en la trama de las líneas.

“Te digo lo que pensé desde el principio pero adrede dejé pasar el tiempo para ver si cambiaba de opinión. Tus preguntas son poéticas de por sí, quizá un poema en sí mismo, y no considero contar con la suficiente creatividad como para, en las respuestas, igualar su espíritu. Déjame de cualquier manera pensarlas un poco más, pero la verdad, más que liricas son exigentes en la demanda, que no creo cubrir con suficientemente solvencia, Miguel”, señaló nuestro poeta amigo, y en ello, nos brindó como primera entrada, que el silencio y la no respuesta, son también, las más grandes de las adquisiciones que uno puede tener, y por ello, dejo esta perspectiva con sus palabras para todo nuestro público.

Sonreir a la luz. Foto: Naomi Greene

Aquí la evidencia y artefacto de nubes que posibilitan el fervor de la palabra: sencillez. Ricardo nos aguarda juguetón, risueño y amoroso: la resortera de la poesía es. Hay que contemplar nuestro espectro y migrar hacia desconocidos momentos, y aunque repletos de hojas, siempre hay un color que emerge desde la montaña. Hoy por hoy, nuestro poeta, es un argolla fundamental para el contexto de la literatura de Guadalajara sin ir más allá. Es preciso tener la mente serena, el corazón repleto y el cosmos inundado, pues la palabra, de las pocas cosas, nos lleva a otras sensaciones, a únicas posibilidades y una memoria completa de diversidad y observación. Hay un juego que es la vida y nosotros somos sus jugadores. Ricardo Yáñez no está en la banca, pues baila a diario en el juego. Que la canción siempre brote desde la secuencia de la poesía.

Escaleras poéticas. Foto: Naomi Greene

Ricardo Yáñez, poeta y cantor, con formación en Letras por la Universidad de Guadalajara y la Universidad Nacional Autónoma de México. Colaborador de una vasta diversidad de publicaciones regionales y nacionales. Ha sido profesor, tallerista, columnista, investigador, todo eso además de ser un gran argüendero de la poesía mexicana. Ha obtenido distintos premios literarios y una diversidad de reconocimientos en su trayectoria. Autor de obras de poesía como Deja de ser (Ediciones Era, 1994), Prosaísmos (UAM, 1995), Ni lo que digo (FCE, 1998), Vado (Ediciones Era, 2004), Armadillo (Magenta, 2021), entre muchos más. Sin embargo, también le ha entrado a la música, y algunos de sus poemas han sido acompañados por varios músicos, entre los que destaca su colaboración con Zindu Cano y Kevín García, quienes conforman Ampersan, mismos que dieron voz al poema “Lo que la vida se lleva”, publicado en el álbum 6 Conejo, con arreglos de Juan Pablo Villa, y que, entre todos, recrearon una pieza desde el sonido cardenche hasta las atmósferas novísimas de la tecnología. Ricardo Yáñez es toda una estructura creativa y de los pocos tapatíos que ha incursionado en diversos papeles de la cultura, de ahí el trabajo que ha realizado en el periodismo, la difusión y la divulgación, y todo ello, más allá de lo que siempre ha sido su eterno amor, su constante formación de noveles poetas.

Ni lo que digo
El amor es esa estrella filosa
y el desamor quién sabe qué carajos
pero yo no soy yo
ni este aire mi aire
Es un tambor el miedo
y la paz un tejido frecuentado
pero en mi corazón hay un cangrejo
y alguien está torciendo mi pescuezo
¿Qué es el atole blanco?
¿Qué los cigarrillos faros?
Pero a quién le interesan esas cosas
cuando uno se muere de sí mismo.

¿Qué son los huevos fritos, por ejemplo?
¿Qué son los buenos días?
Los vecinos arrían la bandera
de la felicidad, pero quién se los festeja?
quién se los critica?
Sólo los que se aman los comprenden.

Se está tirando el bóiler. Hay que apagarle.
Se encordó este reloj. Hay que arreglarlo.
Hizo frío por la noche.
No lo olvides.

A veces es una araña la palabra amar
una araña en las vigas de la casa
y uno es la mosca la tonta mosca
A veces el amor es una aspirina
vieja olvidada en el botiquín
y uno no el dolor de cabeza sino el aburrimiento
A veces el amor es una botella de tequila
escondida en el fondo del ropero
y uno la mano oscura y el trago rápido.

Si me emborracho pienso en ti.
Si me viene el amor a las palabras, a los ojos, al llanto
a los cigarrro alas, al tequila sauza,
¿en quién voy a pensar?
Hay un Ricardo Yáñez que me pega, que todo el día me pega,
y hay un Ricardo Yáñez que te ama. Ese es el bueno.

¿Un soneto?, no mames, cruel Ricardo.
Bardo tradicional saliste, Yáñez.
¿De verdad crees poesía lo que tañes
ya en lenguaje sutil o ya en lunfardo?

Si he de serte bien franco yo no ardo
en deseos de al lomo echarme el fardo
y menos cuando sé que, no te engañes,
de noche todo gato es gato pardo.

Yo conozco bien quién soy, y tú ¿quién eres?
Bardo Thodol te finges en talleres
que sabe Dios cómo has imaginado

nomás por eludir otros deberes.
Quizás alguna calle has alumbrado
y a ver cuándo tu casa, atolondrado. 

Vado (Ediciones Era, 2004)

Tres flores
FLOR I
Es posible respirar a dios en esta flor.

Toda la historia se concentra en ella,
es su medio, su fin y su principio.

Por esta flor es que el mar remueve eternamente las arenas
y que la gente reza, come, ama, defeca y muere.

FLOR II
He cortado esta flor.
Esta flor ¿vive más aquí que en su vida?
Esta flor es poco fría y amarilla (muy):
como el sol-vuelto-luna-vuelto-flor.
Esta flor ocupa un lugar en dios.
Dios se cuartearía,
se descuartizaría feamente
si nosotros pudiéramos deshojar este flor.

FLOR III
Hay flores que ordenan el universo.

Sólo los ríos
se bañana siempre
en el mismo río.

*
Un buen silencio
no solicita
desciframiento

*

Ah qué la vida
cohete, ilusión de luces
que se disipa.

Vado (Ediciones Era, 2004)

Proyecto Ululayu: 15 años de aventuras creativas

UTEG Río Nilo
Proyecto Ululayu: 15 años de aventuras creativas
Escribamos la historia de nuestro movimiento

Dejaremos un suelo, dejaremos el sueño;
el sueño es nuestro espacio donde hemos cantado. 
Adalberto Navarro Sánchez

Una vez pensé que sólo sería un divertimento urbano durante la facultad, ahora son miles de experiencias que se han compartido en diversas partes. Surgió en mi ciudad, Guadalajara, México, en una primavera de amor y vagancia. Proseguí manifestarlo por primera vez en las calles de Zacatecas, México, y allá comenzó el esplendor. Lo que un día escribí en la calle se convirtió en mi proyecto de vida: Por favor, lea poesía. 

La idea surgió en abril de 2008, en un esfuerzo vago de intervenir las calles con un lema literario en aerosol. Meses después trabajé en calcomanías rústicas, papel autoadherible blanco y marcador negro. Posteriormente generé un diseño tipográfico y adapté el lema en una calcomanía, Helvetica en blanco con fondo rojo, y a partir de ahí, en una diversidad de formatos. Al día de hoy son más de 400 mil calcomanías las que se han ido de mí a diferentes partes del globo y estoy más que agradecido con la vida. 

Por todo lo anterior y todo lo que ha pasado, al día de hoy, deseo recopilar lo más que se pueda de información de este fenómeno que me trajo hasta aquí. Comienzo a escribir la historia de todo lo que ha sido esto y para ello te invito a que seas parte de ello. Comparte conmigo tu aventura, tu experiencia o aquello que sea nuestro proyecto, nuestro movimiento, para ti. Estoy en la formación de una cronología y alimentaré esta historia con la voz de todos los posibles que deseen unirse. 

Toda la información es para uso documental y todos los datos serán tratados de manera anónima, a excepción de aquellos que se requieren publicar en artículos, materiales u otras obras, serán bajo tu autorización previa. Agradezco la cercanía de tu personaje y el tiempo de tus letras. 

La muerte: el paso al desenfreno humano

La muerte en fotografía. Foto: Miguel Asa
La muerte: el paso al desenfreno humano
El momento en que todo cambia y al que estamos destinados

Morir dura toda la vida
vivir dura tan sólo cada momento.
Raúl Aceves

No sé qué pasa en este momento. Escribo un saludo para una amiga en Nueva York. Siento el recuerdo de mis amigas en Loreto. Descubro el sentir del pintor en Oslo. Pienso en la sensibilidad de otro amigo en Madrid. Recuerdo a la poeta de Buenos Aires. Anuncio un sueño hasta el recitador en La Habana. Añoro los pasos de la diseñadora por Río de Janeiro. Imagino a mi amiga en París. Abrazo a mis amigos de Vancouver. Sueño con el punto de partida de Florencia. Y cuando escribo esto, vivo en Guadalajara para celebrar la muerte.

Pienso desde hace tiempo en este texto y no pretendo resolver nada de lo que existe. Sólo deseo compartir un poco de lo que sucede a mi alrededor, como parte de un proceso creativo, consciente y generoso, y por ello, siempre agradezco. He tenido la valía de compartir con muchas personas a lo largo de mi vida y eso me ha fascinado a campo abierto. En ocasiones la certeza, en otras el error, pero siempre en constante aprendizaje, y de ello, la muerte como la gran maestra.

Hay veces que pensamos que seremos eternos, a tal grado de inventarnos historias para generar suplicios con el fin de sentir compasión por nosotros mismos y algo más allá de lo que percibimos. Nos hemos convertido en presas de nuestros propios supuestos y todo lo hemos extendido tanto que buscamos entretenernos mientras descubrimos la sencillez de vivir. ¿Hemos olvidado los pequeños detalles de este planeta? ¿Acaso la naturaleza nos ha entregado las respuestas de todo lo que guarda? O tan simple, ¿nos hemos construido la idea de una vida prolongada cuando en realidad no tenemos el control de nada, incluso, de nuestros propios cuerpos?

Vestimenta y farsa. Foto: Miguel Asa

Pues vaya, hemos creído desde hace mucho en la mitología de la muerte, le hemos dado muchas oportunidades en la imaginación y en los constructos que otorgamos en vida. Le hemos puesto calcetines, le hemos inventado vida, le hemos escrito, pintado, fotografiado, esculpido y un sin fin de acciones que no nos cansan. Le hemos entregado tiempo de nuestras vidas para deducir todo el complejo estructural que es y que se desarma cuando nuestro corazón deja de latir. Y lo que pasa, simplemente, es la cuestión de invalidar todo lo que somos desde una realidad más modesta que la que percibimos con todo nuestro armamento científico. Y es que nada de lo que la ciencia genera es absoluto, mucho menos, nuestro pensamiento, y más allá de sí, la intensidad de nuestra máquina se apaga con el menor de los movimientos más grotescos de la Tierra.

La palabra es desprendimiento, del verbo desprender, lo que la Real Academia Española define como “desapego, desasimiento de las cosas” y aquí vamos. Sí, le tememos a la muerte, nadie quiere morir, nadie quiere exigirse el miedo de la ausencia, nadie, absolutamente a nadie, le gusta el dolor de una manera tácita y firme. No deseo involucrarme con las filias porque eso corresponde al mismo género que la farsa, pues amar el dolor, sencillamente, es una de las figuras que debemos aplaudir como una revelación más de nuestras capacidades humanas. Y todo, siempre, ha sido un constructo que nos hemos colocado en el imaginario colectivo con el fin de otorgar una carga a la última acción que haremos, morir.

No podemos definir a la muerte como algo más allá del precepto que hemos alcanzado: sólo hay posibilidad de reparar cuerpos pero ninguna vitalidad para mantenerlos eternamente. No hay ninguna perfección en el estigma humano, ni siquiera desde un ámbito filosófico, artístico, político, religioso, espiritual o cualquier otro similar, o da lo mismo, a lo que llegue nuestra mente. La realidad más palpable y auténtica que hemos encontrado es que todo tiene un principio y un final, y eso, con finura, debe ser trabajado en comunidad por el bien de la especie, o por lo menos, por el bien de nuestra individualidad. Pues si bien, contemplar la ausencia de algo o de alguien, es un proceso al que se llega desde la aceptación y sin ningún remordimiento. Todo, de una vez por todas, ya no será como alguna vez lo percibimos. El mismo hecho de que estamos en un planeta en constante movimiento, o eso hemos querido suponer, es ya una puerta establecida al infinito, un cuerpo material del que no hemos conocido en sí, la grandeza de su poder. 

Encuentro. Foto: Miguel Asa

Y lo que aprecio, sencillamente, es que todo cambia a cada minuto. He aprendido a ser consciente de mi muerte, de mi cierre, de mi colapso, de mi final, así de sencillo. Pero no la contemplo como algo que sepa con claridad y firmeza, creo que nadie, sino todo lo contrario, por mérito propio, aprendí a amar a la muerte con simpleza y cautela. Las personas que han muerto son ausencias necesarias para la expansión mental del humano en vida hacia su interior. Buscamos las respuestas en todas partes y la mayoría de ellas están en nuestra consciencia, de ahí que podamos concebir la fuerza propia como elemento de equilibrio. La resistencia depende de la paciencia, y ésta, de la ligereza a la apertura ante todo y con todo. En sí, hay que despreocuparse por los prejuicios, los mitos, las oraciones, las palabras, y todo aquello, que de una u otra manera nos limitan. Uno de esos conceptos es el miedo a lo que la sociedad señala. Quizás sea, debido a ello, que nos hemos construido fronteras de muchos tipos simplemente para mantener la razón emocional en pie del temor al desfavorecer a nuestra libertad, así sea educativa, sexual, activa, deportista y cualquier otra parecida que conlleve decisión desde la individualidad. Y es que no somos dos veces en ningún momento.

Para ello, entre lo que uno vive y cómo lo vive, el desprendimiento nos toca en todas direcciones. Y es que el duelo parte de una sensibilidad del estar y no. Aceptar es. En sí, no hay más qué hacer después del desplome de un elemento humano: un muerto es un muerto es un muerto es un muerto y nada más. Quisiéramos que todo fuese armonía para confrontar al artefacto final de una manera cómoda e indolora, pero nos hemos disfrazado de ella con la finalidad de cometer la falsedad de observarnos finiquitados. Y no acaba ahí el pensamiento sobre la muerte. Hemos escrito libros, le hemos construido la maldad a su alrededor para definirla limitada y contraria a la victoria de la vida, del existir. ¿Pero en qué momento será posible darnos cuenta que somos flores, papalotes y mercurio? Todo, en sí, es un elemento que proviene de la Tierra. De ahí que estemos en un pensamiento infinito, en una construcción-destrucción diaria, en un ciclo en el que nadie, por lo menos humano, tiene la capacidad para determinar sus procesos.

El descubrimiento de sabernos, de conocernos, de observarnos, son sólo ejercicios retóricos para entretener el pensamiento y tener, al menos, una idea de lo que somos o creemos ser. Pero, cuando uno se despide, no aterriza por costumbre. Lo válido aquí es no desahuciar nuestra individualidad por pretexto debido a la ausencia de fortaleza, de voluntad y de aceptación. Cuando un humano se marcha, pesa, pero debemos ejercitar la capacidad del desprendimiento, así como de las cosas, de los tiempos, de los momentos, de los trabajos, de los esfuerzos, de las certezas, de las equivocaciones, de las jugadas, de los caminos, de los lugares, de las personas, y sobre todo, y al final de cuentas, de los espíritus de éstas, que será el mayor desapego que logremos en vida. 

Sensaciones y lucidez. Foto: Miguel Asa

Hay que celebrar la muerte desde la naturalidad de la materia. Así pues, el existir es abrazar la realidad con una cualidad de aceptación como un cuerpo en detrimento. Así se encuentra la muerte desde la incertidumbre sin tanto daño a nuestra salud mental, a esa percepción que nos permite, por lo menos, de alguna manera, un bienestar prioritario con nosotros mismos. Quizás pueda tratarse de la fragilidad de la muerte como eje rector de la vida, y así lo es, la marca la portamos todos y sin fecha ni aviso predeterminado de caducidad. Habrá planes para producir, pero hay una actividad que ejecuta protesta a la vida sin ningún remordimiento. Entonces, ¿qué hacemos al estar vivos y aniquilar nuestras posibilidades del rendimiento personal al aletargarse uno por la tristeza, la depresión y otras enfermedades mentales que nos trastornan tras el deceso de alguien cercano? 

Sencillo es el dominio de las emociones, de los sentimientos y de los pensamientos, pero por una u otra cuestión, no nos permitimos ello, pues la incertidumbre dentro de las sociedades se ha expandido como una de las mayores problemáticas mentales. De ahí que todo tenga que ver con el desarrollo de saber qué deseas aquí, las direcciones, los sueños y las posibilidades de que compartamos sin límite. 

“El muerto al pozo y el vivo al gozo”, dice cierto refrán y sólo queda el recuerdo como el paso de lo que fuimos, una evidencia que nos posibilita reconocernos a nosotros en el presente para trabajar constantemente, de manera incierta, por un futuro desconocido. Creamos para vivir y preservar, pero será imposible en el cambio, si no nos damos cuenta de la oportunidad de desprendernos de todo. Es necesario comprender que la muerte generará diversos procesos que aún hoy día se estudian, y en ellos, la diversidad y la perspectiva que sucede con el cambio social.

Retrato del silencio. Foto: Miguel Asa

Y vuelvo, desprendernos es esa capacidad que podemos alcanzar tras el descubrimiento personal que nosotros decidamos entregarnos, pues si bien existe en la comunicación humana que “debemos consumir”, la posibilidad y la ligereza por descubrir, quizás, muy elocuentemente, se trata de una perspectiva que algunos hemos logrado percibir tras el gusto por viajar de mil y un maneras, y quizás no sólo de ello, sino el de medir las capacidades que nuestras máquinas de carne nos posibilitan, ahí la resistencia, la apertura , la incomodidad, el cansancio, la adaptación, la fatiga, el sudor, la molestia, la caída y un sin fin de acciones, términos y conceptos que se aletargan en nuestra mentalidad de aventura. Por ello, de tal manera, el dolor es un profesor de alta alcurnia al que le gusta poner caramelos en las páginas de la vida para enfrentar un poco al peligro, sin embargo, siempre, casi siempre, hay una oportunidad ante la paciencia y la incertidumbre. Y sí, continuamos, nos ofrecemos la vitalidad para expandir nuestro sentir y ello sólo sucederá una vez, ninguna sensación, por más parecida que sea, será igual jamás.

Así que sí, tenemos miedo y existe el desprendimiento. Hay trabajo por arriesgar en la incertidumbre y nos mantenemos a flote en el cuerpo sistemático de diversas maneras. Uno debe de pensar ciertamente en sus posibilidades y amarrarse los deseos lo menos posible, ya que de suceder así, detenemos los sueños y las posibilidades de acudir a nuestra propia realización personal. Una es el desprendernos de todo lo que nos rodea para caminar ligero, pues a pesar de que el juguete de la muerte lo portemos a cada rato, debemos de no cargar a nuestro ser de sentimientos, emociones y pensamientos que procuren la inestabilidad mental. Al final, la única razón para sentir es aquella que nos permite visibilizar nuestra capacidad receptiva y sensible. 

La última vez que me despedí de un cercano pase con él 15 minutos. No había razón ya para llorar, para clavarme una espina en el pensamiento, para exprimirme el lienzo de rigurosas memorias, incluso, para intentar recuperar lo perdido; me he convencido: lo hecho, hecho está y no hay retorno. Le agradecí ante su cadáver en un momento a solas. Y me di cuenta que estaba hablando con un cuerpo inactivo, con un muerto, con la materia que ha perdido la energía humana y así quedó. Un muerto es un espejo de nosotros mismos. Y es que no sólo es un proceso de observación ni desprendimiento, también se trata de un proceso de crecimiento, pues dentro del duelo, entre nuestros miedos, nos refugiamos en la propia violencia hacia nuestros cuerpos, y es que el dolor que engulle nuestra mente por la pérdida de cualquier cercano, nos trastorna, nos conflictúa y nos mata poco a poco. He ahí el balance de nuestra propia evolución. Nos violentamos a tal grado de no concebir la posibilidad de morir en cualquier momento. Nos anulamos nuestro quehacer, nuestra creatividad, nuestros esfuerzos y entonces, ahí, en ese punto, es donde existe la certeza de quiénes te abrazan, te apoyan y te estiman. Habrá que ser cauto cuando la vulnerabilidad está cerca. Entre la humanidad y su discordia hay muchos factores.

Pausa y seguimiento. Foto: Miguel Asa

Sí, he perdido un poco más el miedo a morir y estoy tranquilo con ello. Estuve en distintos puntos, con una serie contundente de pérdidas, dentro de mi familia y fuera de ella, pero al final, personajes que de alguna u otra manera marcaron el quehacer de mi existencia. No es por demás concebir a la muerte con diversas definiciones, pues, si bien no lo sabemos, lo pretendemos. Es un pesar que nadie nos pueda explicar de buena cuenta lo que se siente en el proceso final.

Y así como dijo mi comunidad en sus respuestas. La muerte es la flor al final de la vida. Es un renacer. Es sublime, perfecta, cándida a veces. Evolución y transformación. La muerte es la cúspide, el paso a otra dimensión. Plenitud. La muerte es insípida, omnipresente. Morir es una fiesta, el premio. La muerte es la llave del secreto mejor guardado. Así liberación, así bendición, es morir. Es lo único seguro al nacer. Quizás, el sentido de la vida, la mudanza de la existencia. La muerte es definitiva. Una mariposa. Es el olvido de los motivos para vivir. La muerte es necesaria. Es un presagio, siempre, el misterio más abstracto y profundo de lo que existe. La muerte es delirio, decreto y ascensión. La muerte es compasión, caridad y amor. La muerte es chumbala cachumbala chachumbala. La muerte es una carta de la lotería. La muerte es la trascendencia. La muerte es agradecer. Aquel inicio de lo desconocido. Morir es la salvación para irse de este mundo de mierda. La muerte es un espiral, un retorno, un círculo. La muerte es el regalo más sublime que ofrenda la vida. La muerte es una metamorfosis. La muerte es la distancia entre el amor y la añoranza de una esperanza no realizada. La muerte es encuentro, la única verdad. La muerte es silencio. La muerte es negocio. La muerte es un umbral. Así despertar y reconectar. Es un tránsito místico y doloroso para los que nos quedamos. Es trascender. El regreso a casa. La muerte es canción. Es una confirmación de la existencia, otro comenzar, otra vida, el último suspiro, el ciclo. La muerte es ausencia. La muerte es parte de. Se trata del regreso al nacimiento. La muerte es el mayor misterio. Es, ciertamente, un acto poderoso de magia real, un instante de alquimia, una chispa. La muerte es victoria, una puerta, dormir sin que nadie te despierte. Es la meta a la que todos llegamos, es el retorno al origen. La muerte es un cliché. Es una compañía eterna.  La muerte es natural. La muerte soy yo y ya está. 

Luces. Foto: Miguel Asa

Sí, he perdido un poco más el miedo a morir y estoy tranquilo con ello. Estuve en distintos puntos, con una serie contundente de pérdidas, dentro de mi familia y fuera de ella, pero al final, personajes que de alguna u otra manera marcaron el quehacer de mi existencia. No es por demás concebir a la muerte con diversas definiciones, pues, si bien no lo sabemos, lo pretendemos. Es un pesar que nadie nos pueda explicar de buena cuenta lo que se siente en el proceso final.

Y así como dijo mi comunidad en sus respuestas. La muerte es la flor al final de la vida. Es un renacer. Es sublime, perfecta, cándida a veces. Evolución y transformación. La muerte es la cúspide, el paso a otra dimensión. Plenitud. La muerte es insípida, omnipresente. Morir es una fiesta, el premio. La muerte es la llave del secreto mejor guardado. Así liberación, así bendición, es morir. Es lo único seguro al nacer. Quizás, el sentido de la vida, la mudanza de la existencia. La muerte es definitiva. Una mariposa. Es el olvido de los motivos para vivir. La muerte es necesaria. Es un presagio, siempre, el misterio más abstracto y profundo de lo que existe. La muerte es delirio, decreto y ascensión. La muerte es compasión, caridad y amor. La muerte es chumbala cachumbala chachumbala. La muerte es una carta de la lotería. La muerte es la trascendencia. La muerte es agradecer. Aquel inicio de lo desconocido. Morir es la salvación para irse de este mundo de mierda. La muerte es un espiral, un retorno, un círculo. La muerte es el regalo más sublime que ofrenda la vida. La muerte es una metamorfosis. La muerte es la distancia entre el amor y la añoranza de una esperanza no realizada. La muerte es encuentro, la única verdad. La muerte es silencio. La muerte es negocio. La muerte es un umbral. Así despertar y reconectar. Es un tránsito místico y doloroso para los que nos quedamos. Es trascender. El regreso a casa. La muerte es canción. Es una confirmación de la existencia, otro comenzar, otra vida, el último suspiro, el ciclo. La muerte es ausencia. La muerte es parte de. Se trata del regreso al nacimiento. La muerte es el mayor misterio. Es, ciertamente, un acto poderoso de magia real, un instante de alquimia, una chispa. La muerte es victoria, una puerta, dormir sin que nadie te despierte. Es la meta a la que todos llegamos, es el retorno al origen. La muerte es un cliché. Es una compañía eterna. La muerte es natural. La muerte soy yo y ya está.

En memoria de toda la comunidad a mi alrededor que murió en los últimos años, siempre gracias por lo compartido ante mis ojos.

Bicicleta: el arte de pedalear para compartir

Biciratón. Ilustración: Yossilustra
Bicicleta: el arte de pedalear para compartir
De cómo la máquina de dos ruedas promueve la cultura

Los animales hablaban primero,
el pájaro perfeccionó el diccionario,
la orquesta sólo lo hizo girar, girar,
soltar sus espirales y recogerlas
en la manga con botones heráldicos.
José Lezama Lima

Pedalear es ese verbo que a muchos nos apasiona. Es ese verbo que suena tan sencillo para marcar una diversidad enorme en cuanto a la forma de movernos. Las esencias cambian. Todo está sujeto al alcance de nuestro corazón, de nuestro propio movimiento. Y así, la bicicleta, es más que una herramienta de sensaciones, pensamientos, sentimientos y emociones. Ese verbo me persiguió desde muy temprana edad y comprendí nuevos sistemas de aventuras. Desde entonces, cada día de mi vida ha sido diferente: el trayecto lejanísimo a las tortillas, las tardes de los infantes ciclistas, las calles invadidas por diversos tipos de bicinautas y siempre el ocaso estuvo ahí. 

Pensar en pedalear es ser consciente de nuestras capacidades. Si bien es cierto que en México creímos que lo mejor fue construir infraestructura para los automóviles, han llegado generaciones que creemos en otro tipo de movilidad, en otra unión de las ciudades y de los pueblos, y por más pequeño que parezca, se trata bien de un ejercicio que poco a poco gana terreno, pues nunca dejó de existir, sino que ahora, con mayor ahínco, se ha visibilizado. 

Pedalear es transformar el pensamiento, la calidad de vida y los sueños. Todo se mira con mayor detenimiento y hay más atención en el placer de contemplar a la naturaleza. No discrepo en que las máquinas motoras son excelentes herramientas para las actividades humanas, sin embargo, la comodidad, el egoísmo y la avaricia nos han implantado la creencia de que requerimos cierta máquina para mostrarnos con cierto poder adquisitivo, de igual manera, con formar parte de cierto nivel social, y así muchas ideas similares que lo único que han probado en realidad, es acrecentar las posibilidades entre individuos, mismos que lastiman a todo el colectivo, aunque no lo parezca. 

En muchas ocasiones me he preguntado por qué en ciertos pueblos, ciudades y países existe la discriminación hacia la movilidad sustentable, hacia las personas que intentamos cambiar un poco nuestros contextos para valernos con el corazón abierto como humanos, hacia los sueños de vivir en un planeta más sano y más justo. Sin embargo, pese a que no existe una respuesta oportuna para ello, algunos tratamos de compartir otras perspectivas, caminar y pedalear como herramientas de creatividad. 

Y es ahí en donde me interno. Hasta hace poco, entre un grupo de gestores culturales, comprendí que la movilidad sustentable no estaba dentro de los temas de importancia de la cultura, ese artefacto social que no se sabe dónde inicia y dónde termina. Desde esos momentos entendí que por más que en los últimos años se hayan ejercido muchas acciones en pro de la movilidad sustentable, los mediadores, los creadores, los productores y otros tantos más de la cultura, no han tomado en cuenta las posibilidades de crear cualquier tipo de arte con la comunidad a partir de la movilidad sustentable. 

Si todos hemos tenido, por lo menos, una bicicleta en nuestros contextos, por qué hemos desvalorizado la posibilidad de integrar otros tipos de herramientas que nos permitan ampliar el discurso de nuestra movilidad en nuestros entornos. En qué momento nos convertimos en viajeros de cápsulas metálicas, en qué tarde inundamos los espacios de contaminación y de indiferencia, cuándo sucedió todo eso. 

Es entonces cuando creo de vital importancia que la cultura debe abrazar a otros rubros que permiten que exista, así la literatura y las artes como medios de reflexión social hacia nuestros corazones, caminar, pedalear, compartir. No cabe duda que en mi ciudad, Guadalajara, México, se han generado grandes esfuerzos por abrir otras perspectivas de la movilidad, y aquí vamos, sin embargo, falta un enorme trabajo desde los sectores de la educación y la cultura, esto sin menospreciar a aquellos grupos civiles, estudiantiles o alternos que promueven el uso de la bicicleta, todo para incidir a otras generaciones. 

Actualmente, la comunidad artista debe de emprender trabajos hacia una colectividad desde la cultura, y por su parte, las entidades de la movilidad sustentable, tanto civiles como gubernamentales, generar los procesos para que ésta tenga otros accesos dentro de la comunidad, sobre todo, con las nuevas generaciones, quienes han visto crecer el movimiento ciclista sin un orden y sin una guía social. 

Llevo más de 30 años sobre la bicicleta y con ella he aprendido en un sinfín de aventuras. Es tiempo de compartir nuestra creatividad hacia otros discursos que nos permitan darnos cuenta, de manera más profunda, que la movilidad es esencial para todos, que así como comer y dormir, los verbos caminar o pedalear deben ser una pauta recurrente en nuestra cotidianidad. No es momento de seguir entre la furia de la discriminación y el egoísmo urbano, preciso saber que debemos impulsar otras formas de movernos desde la educación y la cultura, y así, en compañia de otros rubros posibles. Porque movernos es vital, compartir es esencial. Las calles son de todos, la vida no es dos veces.     



Almanaque poético de Jalisco: un reto textovisual

Biblioteca de México. Foto: Miguel Asa
Almanaque poético de Jalisco: un reto textovisual
Retratos personales y un juego antropológico-literario de la región

Los cerros inclinan la cabeza
y alguien dice en la noche creciente:
“viene la muerte cantando
detrás de la nopalera”.
La luna de noviembre es un gran cráneo
y el país entero llora de risa.
Hugo Gutiérrez Vega

Uno piensa que la poesía no tiene cuerpo, pero tiene muchos. Otras veces uno cree que la novela es y que se desprendió de una comunidad terráquea. Muchas, abrimos libros, abrazamos a los contextos y a los personajes y todo se vuelve parte de nosotros. Pues así es. Y hemos de pronunciar la oportunidad de apreciar, olfatear, sentir y vibrar, a cada una de las voces que nos acompaña en el día a día en las calles de Guadalajara y en el resto del Jalisco.

Sabemos del trabajo que esto implica. Así mismo, reconocemos que es una inversión en equipo integrado por colaboradores, compañías diversas y aliados de distintos rubros, y por ello, comenzamos este ejercicio textovisual para dar paso a un Almanaque literario de Jalisco

Durante el silencio mundial nos preparamos e hicimos de nuestra guarida una caja de emociones, sentimientos y pensamientos. En cada una de nuestras líneas hemos contemplado las letras, las artes y las rutas, pues nuestro factor innovador nos indicó la acción de unir muchas experiencia en vida y las queremos compartir de una u otra manera. 

Desde el sabor de nuestros viajes hasta el destino toda la comunidad pensamos en esta línea. Antes que todo, gracias a las personas que cumplieron, fueron parte de nosotros y que motivaron nuestro crecimiento, a sus espíritus, gracias. 

A casi 15 años como proyecto independiente, damos paso a conocer las líneas literarias que surgirán de este viento en nuestro papalote con su estilo propio, muy mexicano y libre. Hoy somos una voz de todos las y los escritores que compartimos y buscamos la libertad del verso, de los poemas, de las y los poeta, de los grupos, pues sí, así como suena, nosotros, en la escritura de toda nuestra comunidad, sin ton ni son, por la libre y sin cuota, sin demos, y todo ello, desde nuestra independencia amigable y social. 

Sea usted parte de este Almanaque que arrancó con algunos poetas locales, nacionales y extranjeros para conformar nuestra línea editorial. Gracias por esta situación a Frydha Victoria, Giselle Lucía, Rossana Camarena, Luis Armenta Malpica, Fabiola Lizette, Renata García,  Françoise Roy, Carmen Villoro y Alexandro Castro, por permitirnos en vida hacerlos parte de nosotros, y Ángel Ortuño, Víctor Pazarín y Ayari Lüders, por haber compartido en algún momento con nosotros su ser y su poesía. Así pues, comunidad lectora, creamos esto para trabajar, sí, escribir y retratar, desde nuestras posibilidades, a todos estos personajes de nuestro contexto. Comenzaremos por nuestra ciudad, para poco a poco, y si el tiempo lo permite, tener muchas fichas desde nuestro estudio que hemos querido ver como un juego. 

Somos dos los encargados de este proyecto mancuerna, Naomi Greene, desde la fotografía antropológica, y Miguel Asa, yo, desde la literatura experimental. Solicitamos disculpas a quienes hemos retrasado, pues esto es un proyecto de vida y de suma organización. A partir de agosto de 2022, cada pieza, aunque regional, es la partitura de los nopales, las mesas, los silencios y los barriles que nos integran. Disfruten ustedes del trabajo que hemos estado preparando desde meses atrás como un ejercicio humano, cercano y voraz.

Vamos a ser precisos, gracias por escribir en Jalisco, hoy nuestro trabajo es obra; ustedes, nuestra profunda inspiración. 

Ululayu: cicloviaje, gestión y cultura

Miguel Asa en Sudcalifornia. Foto: Alberto Zamaniego
Ululayu: cicloviaje, gestión y cultura
El pedaleo en un viaje con versos y trazos

Este artículo fue publicado originalmente en La Bicikleta, ahora llamada, Pedália, el 17 de agosto de 2016. Lo publico aquí como parte de la memoria que ejercimos algún momento.

Aquí debí colocar un epígrafe de algún escritor:
la bicicleta dijo ser letra que convierte
l
os colores en la libertad de todos.

Despiertas y sabes que todo cabe en imaginar. Pedalear siempre hacia todo y hacia nada. Cantar con el viento en curso, fuera de ti, en el espasmo de los horizontes, a pie de carretera. Gritar a todo pulmón. Viajar sin recursos. Gestionar bajo trueques y a distancia. Simplemente compartir. Y sobre todo, saber que la bicicleta es un personaje y tú el ente que lo acciona. Y dos son uno, son uni-verso, son verso.

La escritura como la memoria del viaje. La fotografía en su función documental. Ambas, de cualquier sabor y olor; desde hace tiempo y hasta no sé dónde; por el valle, la terraceria, el barrio, el pueblo, la ciudad, y todas las historias en todos los sitios. Contigo, en equilibrio constante, algunos libros como parte del peso que tus rodillas impulsan sobre la bicicleta junto el cepillo de dientes, la bolsa de dormir, las parches, los poemas en proceso, las amistades fortalecidas, las fotografías impresas, los calcetines rotos, las cámaras, los huaraches y no sé qué tantas cosas más dentro de las alforjas. Y por si fuera poco, también, rollos de calcomanías con cuatro palabras para evolucionar en movimiento como peso adherido. Letras e imágenes sobre la cinta asfáltica sin destino alguno. Creer en la bicicleta hasta en la revoltosa caída que juega a lastimarte (aquí no es la Luna).

Mural en Múlege, Sudcalifornia. Foto: Delmer Zúñiga

Una expedición acompañada de literatura, artes y medios como elementos para compartir en múltiples soportes, plataformas y comunidades, y por igual, considerar a la bicicleta como algo más que un medio de transporte o de recreación: una constelación que abarca millones de palabras e imágenes, máquina que en todas las galaxias nos permite converger en infinidad de espacios, y en ellos, manifestar nuestras particulares visiones de la libertad fuera del ser físico.

Por lo anterior sabes de antemano que no eres el único que ha creído en la bicicleta como un viaje sideral. Cuántos son los escritores y artistas que han recurrido a ella como influencia de sus creaciones: Horacio Quiroga, Alejandra Pizarnik, Pablo Neruda, Sylvia Plath, Julio Cortázar, Isabel Mellano, David Byrne, Julie Glassberg, Thomas Yang, Irina Stepanova, Alain Delorme, Elsa Fernández Santos, Adams Carvalho, Llucia Ramis, Amos Oz, sólo por mencionar algunos entre un número inmenso a lo largo de la historia, por ello, no bastaría la vida para analizar todo lo que ha sucedido alrededor de ese artefacto mecánico en su relación con la literatura y las artes.

En Mayto, Cabo Corrientes. Foto: Miguel Asa

Por otro lado, para ti la bicicleta es más que un sustantivo dinámico, así como cualquier otro adjetivo que te pueda sorprender, todo porque la interacción física-mental que ocurre en ti al pedalear genera un espacio de felicidad, te permite sonreír, sentir intensamente dicen unos, volar (vaya cliché) dicen otros, y todo alrededor, flota (eso lo dices tú), y sobremanera, un sinfín de sentimientos y emociones que provocan a tu creatividad. Sin embargo, la fuerza de tus piernas en un viaje extenso también marca la determinación objetiva que resulta de tu reflexión social sobre la relación individuo-comunidad: fomentar la lectoescritura como extensión de información, vincular a las artes como canal de participación colectiva y analizar el sentido creativo como manifestación individual, acciones que funcionan como labor social a manera de trueque: alimentos y hospedaje (aunque sea un pedazo de tierra para colocar la bolsa de dormir) por actividades culturales. Aunque en ocasiones la cartera se quede vacía, siempre ocurre algo para sobrevivir y avanzar, eso permite relacionarte con todo tipo de personas e interactuar de manera libre, honesta y sin prejuicios.

Mural en Santa Rosalía, Sudcalifornia. Foto: Elizabeth Jiménez

Así pues, tu viaje en bicicleta se convierte en un proyecto de gestión cultural y de colaboración social, siempre, con la finalidad de compartir ideas creativas que enriquezcan a los individuos de las comunidades que encuentres en tu trayecto bajo diferentes modalidades: una charla breve, un poema improvisado a media carretera, un diálogo con estudiantes, la presentación de obra en cafés, las fotografías en el suelo de alguna plaza pública, alguna intervención en la vía pública, la participación con escritores y artistas, talleres con reclusos, murales colectivos en escuelas, producciones de radio con ciclistas, algunos esténciles por las calles, más otros formatos posibles con todo el mundo.

En el CUCOSTA, UdeG. Foto: Sandra González

Un año después de tu partida y de pedalear durante largas distancias has comprendido cómo la bicicleta rompe esquemas al funcionar como un medio para generar ideas, concebir proyectos y desarrollar estrategias de gestión para las comunidades que visitas, mismas en las que el artefacto interviene de manera pacífica, y a su vez, actúa con cada ser humano que se vincula con tu creatividad. Por eso, día a día te es fabuloso contemplar cómo las personas aprecian los diferentes rubros que infieren en el formato de tu viaje… la pluralidad de voces que surge a cada kilómetro es la dinámica creativa.

En San Luis Gonzaga, Baja California. Foto: Miguel Asa

Y al final del día, leer para crear y compartir para imaginar, desde un poema hasta un mural, entre el desierto y el huracán, con el cocodrilo y el correcaminos, al lado de las mariposas y de los cuervos, con traileros y con gestores, acompañado de pescadores y profesores, entre el silencio y la euforia, en tierra y en asfalto, con sol y luna, y siempre, la bicicleta como fiel compañera de ese pequeño cambio social que intentas, de manera libre, gratuita y sin desdén. Resistir al pedalear es un verso que queda en el muro de nuestra piel, algo así como el movimiento del viento en todo rededor de nuestra existencia.

Poesía en la casa

Diferentes versiones de nuestro emblema. Foto: Miguel Asa
Poesía en la casa
Este movimiento silencioso ha generado que algunos volvamos a leer este género

Este texto se publicó en La Gaceta de la Universidad de Guadalajara en su sección O2 el 17 de febrero de 2014, bajo la edición de Víctor Manuel Pazarín.

Extraña y necesaria la súplica de Miguel Asa 
y tan misteriosa como su propio creador
Víctor Manuel Pazarín

Mihi ipsi scripsi!
Friedrich Nietzsche

Leerla sin insultarla, sin menospreciarla. Leerla en el baño, en los caminos, en los parques, en los epígrafes, en los tacos, en la cama, en el columpio, en el sueño, en el esplendor del sol, en Tonalá, en el jardín de tu casa, con el amor, con el odio, con todo, pero leerla. Leerla como si fuera una pasta italiana, una sopa azteca, un trago de pulque, un raite por las carreteras, un orgasmo en pareja, una seducción del viento, un verso en el oído, una ironía en los huesos, un minuto de la vida y basta.

¿Acaso la poética de la incertidumbre tecnológica nos ha dejado devastados en un individualismo masivo? Hay poesía en todas partes: en los burdeles, en el sanitario, en la comida, en la vagina, en el pene, en la carne, en las tostadas de frijoles, en el burro, en el son jarocho, en Cuba, en La Gaceta, en Guadalajara, en su espalda y en la mía, en mi bici y en las ninfas. Hay poesía en las pendejadas de ellos y en las torpezas de éstos. Hay poesía sabrosa, que duele, que inspira, que idolatramos, que recordamos, que olvidamos y que siempre está ahí. Hay poesía de los miedos y de los egos. Hay poesía diferida y por consumo. Hay poesía de kilogramos y poesía del exilio. Hay poesía, siempre hay, y cuando no hay, nos arrepentimos.

¿Nos hemos convertido en racistas literarios con base en la moneda de turno? Hay poesía para niños, para los amorosos, para adultos, para viejos y hasta para muertos. Hay poesía aquí y en China, en el norte y en el sur, en el Este y en el Oeste. Hay poesía en tu nacimiento y en las etiquetas rojas. Hay poesía en las pestes y en las cóleras. Hay poesía de rato y poesía eterna. Hay poesía estéril y poesía que fecunda. Hay poesía rodante y poesía senil. Hay poesía en la muerte del más viejo, en el futuro del más nuevo. Hay poesía en las casas y en las montañas, en el mar y en el desierto. Hay poesía en la belleza del día y en el de su mirada. Hay poesía nefasta, maloliente sensata y cursi. Hay poesía premiada y la humilde. Hay poesía en los libros y en los nombres. Hay poesía en el nixtamal y en las manos de mi abuela. Hay poesía en México y mucha, mucha hay.

¿Acaso nos hemos vuelto autodidactas de los espejismos? Ayer mi madre y yo charlamos sobre la fuerza de sus manos al curar un músculo lastimado de una mujer joven. Ayer vi el cielo de colores en el tráfico de esta insólita ciudad. Ayer descubrí la sonrisa de un niño al verme sorprendido. Ayer un taxista me dio las gracias. Ayer pegué una calcomanía en el tren, otra en la casa del vecino, en el automóvil de mi amiga, en el teléfono público, en el local aquel, en la memoria de cinco mil gentes, en las paredes, en los versos ocultos, en los poemas olvidados, en los poetas arrumbados, en los besos, en la piel, en la propia poesía.

Y fue para compartir, para difundir, para leer. Fue para ti, para los de allá y los de acá. Fue para los de la tiendita, para el de los tacos, para el policía, para el banquero, para el mesero, para el chofer; fue para la cocinera, para la verdulera, para el merolico, para el estudiante, para la madre, para el tío, para el niño. Fue para leerla o ignorarla, para decorar, para comprender y analizar, para cuestionarse, para seguirla, para tirarla, para quemarla, para abstraerla, para criticarla, para pegarla.

Se consultan versos en las manos de los muertos, en las lecturas que hacemos, en las páginas que nos recuerdan que alguien existió, en las letras y aquí estamos para disfrutar y exagerar que la poesía no sirve para nada en estos tiempos, sólo para redimir el espíritu y ya.

¿Cuántos nos cobijamos en la poesía sin que seamos vistos? Ya lo diría en su momento, la poesía es para todos, no tiene cuerpo ni prestigio alguno, hay para el más jodido como para el más insulso. Hay versos que logran transportarnos para mitificar nuestras miradas en los versos de otros. Hay creadores y lectores, hay máquinas de escribir que desgarraron sus tintas en millones de versos, hojas blancas que sirvieron como espacios imaginarios de mundos felices y hostiles, y que, ahora y siempre, hay momentos para redescubrirlos. 

Poesía: instrumento del aliento

La poesía anda en bicicleta. Foto: Miguel Asa
Poesía: instrumento del aliento
El género literario que se siente en todas las geografías

Huye del sublime externo, si no quieres morir aplastado por el viento.
Vicente Huidobro

 

“Procura volver”, me dijo con ánimo alentador. Yo tenía el espíritu dispuesto en el huracán. Pedalee debajo de él. Le nombraron Patricia, yo le llamé Poesía. No tuve incertidumbre al mirar lo que pasaba ahí. Imagine, “así debe ser cada poema”: una potencia única que permite dimensionar la vida a cada paso. Y volé un par de veces debajo de su viento y su agua. Era octubre. Yo estuve sobre mi bicicleta y me contuve a dejar la vida. Y aquí mis letras, yo y la poesía.  

Qué podría decir de aquel momento. No sé, algo similar pasa ahora. “Hay que inundar el mundo de poesía”, sentenció en algún momento de vida Ayari Lüders, pues conmueve y nos crea. Ese artefacto que cabe en la mente humana y no más, ha dado de qué hablar en los últimos años y ha sido por resistir, permanecer, existir. La poesía hoy es un punto de contención que se diversifica de muchas formas, improbables y mágicas. Pensé alguna vez que Ululayu existía, y desde hace tiempo, vivo en mi propio poema. 

Y es que la poesía permite a la humanidad descalzarse de sí misma. Nos entrega la vida y la muerte, el dolor y la consecuencia, la incertidumbre, la soledad, el epitafio y el amor. Nos comparte desde su poder todas las posibilidades para entregarse, darse, vivirse. La poesía nos llama veneno y viento por igual. Nos acostumbra a descender desde el espasmo hasta el rocío. Vaya, “la poesía es el espejo de nuestros ancestros, el aliento de nuestro presente y la semilla de nuestro futuro”, manifiesta Giselle Lucía, desde una isla que vibra el ser, la letra, la palabra, la resistencia. 

Desde la voz de mujeres y hombres, nos existimos, unos desde muy temprana edad, otros desde el inicio de la muerte. Así nos vamos con el poema. Celebrarla, claro, desde nuestras luchas, desde nuestras injusticias, desde el dolor y el miedo, desde la amistad y la fortaleza de sabernos, desde nuestras geografías. Y nos perfilamos como entidades únicas bajo cada verso. Nos entregamos en los placeres del día a día. Hacemos poesía porque “es la sangre que me explora el cuerpo y el hilo rojo con el que me comunico con los demás”, comparte Luis Armenta Malpica, con mezcal al lado. Y así vamos con la sangre entre estos bultos que hemos llamado cuerpos para cargar, a su vez, nuestras poéticas.

El poema no se cierra nunca mientras haya humanidad. Así la poesía se dice viento, artefacto, error y velocidad. Así la palabra se incrusta entre nuestros soliloquios a cada rato. “La poesía es el último refugio que le queda al humano, no hay que escribirla. La otra, es mayor siempre, es una necesidad, y como toda energía verdadera, puede lastimar de la peor manera”, con un brazo amorfo, Jorge García Prieto escribe desde el Caribe. 

Y de qué manera el viento mueve a las olas, dirige al polvo, extiende al fuego; de qué manera sostiene a los huracanes; en qué momento construye poemas desde la erosión. Así me pregunto a cada rato y sólo existo. Así me voy de cabeza y me pierdo en el cerebro. Abordo mi bicicleta y pedaleo desde el ser, desde la vida y doy gracias. En la poesía se encuentra todo, la ausencia y la presencia, la comodidad y la insatisfacción. En la poesía se encuentran las veredas de las raíces que somos. La poesía es “semilla de agua, cuenca de origen donde creció el fresno que bifurcó a los senderos”, así la concibe Melissa del Mar desde una ciudad del norte americano. 

Porque en la poesía se encuentra el error, la imprecisión de sabernos humanos y la exactitud del trayecto. Es tiempo de pedalear para entregar al horizonte nuestras primaveras. Son horas para hacer actos de cambio y de descubrir el futuro como un verso no escrito. Siempre seremos parte del error y del fuego, así de la poesía y del viento, una composición sin paredes. “La poesía es un instrumento para crear acordes con las palabras”, comparte Aurora González desde la noche de primavera.

Celebrar la poesía como último aliento, pues ni toda la vida para todos los versos. Algo así nos habla el tiempo, en el día a día, desde cada escondite que la poesía encuentra. No es posible terminar la sensación de encuentro si apenas se ha dicho una palabra. “Cuando digo poesía, digo todos los nombres” escribe Alberto Paz desde la frontera mexicana. Y es tan extenso el número de posibilidades que no somos capaces de percibir todas las figuras y con ello se desarticula el pensamiento, nos toma tiempo establecer una letra detrás de todo el viento, así el poema a la distancia, la existencia en el momento. 

Poesía es compartir entre los hilos de la vida. Dar un poco de sí y ejecutar el alivio de uno en el otro y este en otro y así sucesivamente por toda la cadena. Poesía es “la vibración que se estrella en los sentidos, la marea que acrecienta lo inefable…” comparte Rossana Camarena desde el vórtice del viento. Poesía es el cansancio del camino pues la comodidad pervierte la sed del espíritu. Que se asuma la primavera con todos los colores que nos entrega el sol para mirar hacia un reflejo enorme de la constancia del río. Así andar, así despertar, persistir, ser aroma y vacío a la vez. 

Un poema nos ha escrito la silueta. Hagamos de las posibilidades poéticas la diferencia de vivir lejos de la calumnia y de la pretensión. Que el poema nos declare error para ejecutar la poesía desde nuestros ojos. Hoy estamos vivos para leerla, saborearla, pero sobre todo, sentirla. Y volví después del huracán, comprobé la fuerza del viento y me sentí nada. Su nombre es aquí y ahora. Pedalear como sinónimo de meditación: la poesía.

Ayari Lüders: la poesía de la naturaleza

Nuestra poeta en Chapultepec. Foto: Iván Vergara
Ayari Lüders: la poesía de la naturaleza
Un homenaje a las flores que crecen en la banqueta

Inundemos el mundo de poesía.
Ayari Lüders

“Ayari, encendió la poesía en los niños de comunidades, nos inspiró a seguir defendiendo la literatura. Hoy su nombre y su esencia está en nuestros corazones. La biblioteca comunitaria Ayari Lüders es un sueño que verá a muchos niños y jóvenes realizarse como estudiantes, creadores y poetas…”, escribe Tanya Landeros, desde Tulum, Quintana Roo, con la mano llena de su ejercicio en la Fundación Letras Itinerantes, proyecto en el que alguna vez, también, las manos de la poeta mexicana fueron verso.

Así fue Ayari Lüders, a quien tuve el gusto de conocer brevemente en el sur de México, allá, en Tapachula, Chiapas, entre ríos, selva, mar y una compañía formidable de poetas en diciembre de 2018. Su personalidad desenfadada y de constante pensamiento me permitieron estrechar la amistad pues charlamos durante horas en esos días. Una de las cosas especiales que mencionó fue que la poesía debe ser un elemento vital para las juventudes y un ente de cambio ante la sinergia de su propio impacto, algo así como mediadora de nuestra era, de este mundo que tanto le dolía injustamente.

Ayari fue una poeta comprometida con diversas causas y muestra de ello es parte de su libro Mujer de Tierra que escribió en sus andanzas por Sevilla, España, cuando estudió el máster en Escritura creativa. Fue la mano de su amigo, Iván Vergaraquien editó la pieza que hoy podemos conocer de ella. Ambos colaboraron en Ultramarina Editorial y en el proyecto intergaláctico Plataforma PLACA.

La poesía de Ayari es un encuentro con nuestra militancia entre la incertidumbre, el plan que no es plan, aquello que no vemos, lo mágico que es la propia Tierra y las sonrisas libres de los niños. Ella, poeta, fotógrafa, actriz y más profesiones que desempeñó, también fue una activista potente, esto la llevó a explorar perspectivas profundas en las que se resguarda su palabra, “una poesía que resuena fuerte y desde un marco contextual que delinea un pensamiento comprometido con el ser humano, la naturaleza y crítico con el avasallamiento de la cultura como una raíz problemática que hay que revertir”, así lo señala Cynthia Pech en La Otra Revista sobre Mujer de Tierra.

Ayari Lüders. Foto: Iván Vergara

La propia Ayari indica, en una entrevista que recuperó Juan Moro en La Jornada Aguascalientes, que “el libro parte de la idea del ser humano como natural, del hombre que es parte, que forma parte de la naturaleza, de una naturaleza que está viva y en constante cambio, y en ese sentido, también está presente la esperanza de que no sólo importa la vida de los seres humanos, que es un poco el problema que tenemos actualmente, pensamos que podemos hacer uso del agua, pero que no importa que los animales se queden sin ella, y por eso está el poema de ‘Credo de tierra’, que es una alusión a esas pequeñas muestras de vida que hace en las ciudades, las flores del pavimento, por ejemplo, esa vida que nace en donde nadie cree que vaya a crecer, y que, sin embargo, sobrevive y crece, y eso en realidad es vida”. 

Por todo ello celebramos su vida en nuestro Versorama durante este mes que la vio nacer mediante nuestras redes sociales. Nos unimos entre nuestras motivaciones, la oportunidad de encuentro y otras tantas cosas; es lo que tejimos a manera de homenaje, nosotros los que nos quedamos aquí, a vivir la poesía, a sentirla, a tejerla, siempre, para inundar el mundo con ella. 

Serie Versorama en homenaje a Ayari Lüders.

“Por eso celebramos su 32 aniversario en medio de playas, poemas, amigos y demás silencios. Este año ha sido con el fin de leerla, de recordarla, de hacerla presente en nuestro medio. Por el compromiso, la pasión y la convicción de Ayari, de que el mundo puede ser algo mucho mejor. Con su poesía le recordamos, con ella nos impulsamos y refrendamos la vocación de conectar regiones y artes; su obra, aún por descubrir en su inmensidad, nos descubre un mundo donde el compromiso social va por delante. Su enorme poesía está ahí latiendo a ser descubierta masivamente por su propuesta: comprometida, tangible, expandida. Su vida y obra es un legado que el mundo debe conocer. Te extrañamos Ayari, así sucede en México y en Europa”, escribe Iván desde un rincón de Madrid, España. 

Ayari nació en la Ciudad de México, en octubre de 1988. Hizo de todo, imagino, corrió, comió, viajó y se sorprendió por el mundo durante 30 años. Se convirtió en Tierra en enero de 2019 en las mismas coordenadas para volar en barquitos de papel. Un mes antes hicimos una Matriolax colectiva al lado de nuestra amiga poeta Mónica Licea y muchos niños en Tapachula. La última vez que la contemplé hablamos harto, de los tacos, del frío y de la poesía; de las flores esas que surgen en las orillas de las banquetas. En su memoria generé una serie de murales que nombre Verso sin frontera, a partir de las letras que me entregó de su propia mano dentro de su poemario artesanal, “Verso sin frontera// circular fuente// de raíz humana”. En ellos he pintado sus versos con mis paisajes abstractos en El Rosario, Sinaloa; en La Habana, Cuba; en Guadalajara, Jalisco; en Chihuahua, Chihuahua; y en su Ciudad de México. No sé cuándo dejaré de hacerlo, pero a ella le gustaban mis líneas.

De todo ello me quedan Tanya, Iván, Laura, Dierk, Solange, Dariela, Uriel, Edmundo, y no sé cuántas personas más que la conocieron, y todos juntos, hoy la extrañamos. Gracias a la Plataforma PLACA y a la Fundación Letras Itinerantes por unirse a este gesto de ofrenda para la difusión y vigencia de su poesía.

“Hoy no quiero explicarme nada, sólo quiero sentir. Ya extraño el tiempo que no es este sino hace rato, cuando todavía podía abrazarte”, gracias amiga, gracias Ayari. En tu memoria. 

Mujer de Tierra. Foto: Iván Vergara

A veces…

A veces simplemente
se atraviesa la vida como un rayo
que deslumbra y ensordece
hasta confundir todo sentido.
A veces es un espejo que azota
hasta romperse en mil astillas.
A veces hay que ver al cielo
y retarlo mientras nos llueve.
A veces hay que inventar que somos fuertes
y creerlo sobre todas las cosas.
A veces hay que recordar
que toda decisión tomada
es el sumario de una vida
de errores y aciertos,
de certezas y temores.
A veces hay que saberse cansada
y respirar mirando el horizonte improvisado.
A veces simplemente
hay que seguir
porque no hay otra forma
pero esas veces, también,
hay que mirarse lo de adentro
y confiar en que estamos
en buenas manos.

Extender el fuego

Tocar la llama de esta tierra
con el frío descalzo
de los pies sembrados.
Es fría la llama,
sus años azules estallan lejanos

         rayo que vibra
         en el espacio helado

Es combustible la vida invisible,
el secreto mundo,
la inmensidad atómica.
Es combustión serena, silenciosa.
La muerte es silencio que nace,

         eclosión callada

vida que subyace
como luz que navega
en el vacío lleno de tiempo.

Es fuego la vida convexa:
puente luminiscente

         gira, gime
         da vida.

¡Danos vida, flama dorada!
Hasta ser vistos por tu llama somos.
Somos luz viajera,
luna solitaria que rima en las olas
con el cielo inmortal del que pendemos

         nos ciega

y nos suspende
en la obscuridad de la pupila:
abismo universal que nos contempla.
Es reflejo la estrella
que explota, expira
exhala y extiende 

el fuego

Polvo

Canta el ave
allá donde la ciudad calla
y el tlacuache sube
a la montaña azul de horizonte.
La hoja que brota
respira la tarde
que va obscureciendo
de sol pero no de luz.
Canta el gorrión
en plena calle
sus plumas cemento le pesan
y el perro se resguarda
de la lluvia ácida del cielo
bajo el puente de hierro,
la casa de escombros.
La planta despierta
cuando el sol le llama
y llora hojas descoloridas
sobre la calle.
Barre una mujer
la calle marchita
y el gato temeroso se oculta
de la ciudad ennegrecida de gases.
El árbol sacude sus ramas
y de smog las libera.
De polvo construimos ciudades
y de polvo los pulmones
enterramos.

Escribir por si acaso

Escribir por si acaso,
por si una noche, esta,
la vida me huye en sangre.
Por si el aliento se acaba
en un grito mortal
y por si una noche, esta,
vuelvo a casa en noticia,
en periódico alarmista,
en lista de desaparecidos.
Por si me callan los ecos
de una bala mordaza
que me quede la poesía
sobre todos los muros
que las palabras sean grieta.
Escribir por si acaso.
Por si una noche, esta.

Por favor, lea poesía: 12 años compartidos

Edición por 12 años
Por favor, lea poesía: 12 años compartidos
Una edición especial para celebrar en todos los espacios desde la poesía

Si la ciencia ha ganado en continuidad y estabilidad, se debe a que la filología, o sea el arte de bien leer, ha llegado a su apogeo.
Friedrich Nietzsche

Lo que comenzó como un juego urbano en mis tiempos de estudiante universitario, hoy forma parte de cientos de personas, o por lo menos eso creo. Tras doce años de repartirla, pegarla y seguirla y demás, llega un momento en que nuestra calcomanía se convierte en aliada de otros preceptos, y por ello, una celebración con una edición especial.

Compartir, es el verbo. Otorgar, brindar, colaborar, contribuir, ceder, de la manera que sea, pero compartir. Bajo ese verbo surgió la calcomanía que demanda Por favor, lea poesía., y que al día de hoy ha superado las 300 mil copias, mismas que se han fundido en cientos de espacios, en pequeñas porciones, por todo el planeta; motivos suficientes para que en Proyecto Ululayu la celebremos.

A principios de 2020 publicamos en nuestras redes sociales la votación para que nuestro público eligiera los colores de esta ocasión. Fueron tres lo que mayor número de votos obtuvieron: turquesa, morado y rosa. Así, imprimimos 10 mil calcomanías para esta edición. Por ello hemos optado manifestar el respeto hacia nuestro líquido vital con el color turquesa; marcar nuestra empatía hacia la equidad de género con el morado; y también, sobresaltar nuestras raíces mexicanas con el rosa.

Con ello, abrimos nuestro proyecto a lo que nos ha construido, nuestra comunidad. Con esta acción buscamos involucrar a las y los que han accionado a nuestro lado. Sabemos que persistimos pero no hubiera sido posible llegar hasta esta coordenada geográfica-temporal sin toda la potencia de ustedes.

Nuestra edición especial

Por eso, lo que resta del año repartiremos de forma gratuita esta edición en los lugares que visitemos, con las personas que nos encontremos, así como en eventos culturales posibles. Por su parte y para todos aquellos que no están a nuestro alcance, antes de que termine el año lanzaremos nuestra tienda en la que todo público podrá adquirir paquetes diversos con envíos a todo el país y más allá. Esta oportunidad será con el afán de seguir con nuestro proyecto, pues al día de hoy, ha sido una gran inversión que actualmente ha fortalecido nuestros productos culturales.

Compartimos porque nuestro movimiento es “apertura, amor y extensión”, según Ivania Abitúa. “Es lago y viento, pedaleo y sol, canto y baile. Es una invitación a la vida, un recordatorio del ser y cuento del cuento de la eterna vida”, comenta Yamile Bernardo. Lo hacemos porque “es rebeldía a lo establecido, es amor a la vida de la palabra y de quien la crea; es un regalo disfrazado de discurso”, dice Jorge Guerra desde su viaje en bicicleta por Latinoamérica. También porque es “un recordatorio de que la poesía habita en cada esquina, cada poste o cada sonrisa”, señala Lidia Lorena. Sucede porque creemos que “es una convocatoria abierta, una exhortación al disfrute, para quienes disfrutamos con absoluto éxtasis las letras maravilladas del poeta”, así lo comparte Dir Salamanca desde Colombia.

Esta edición la creamos porque “es una de las aventuras que nunca voy a olvidar”, escribe la cantante mexicana Sofia Stainer. Sin olvidar que influimos ya que “fue un parteaguas muy cabrón en mi perspectiva del arte y de mí misma”, comparte la doctora Andrea Figueroa. Porque también “fue el inicio de la admiración por lo que sentían las personas libres”, anuncia la ciclista Regina Alcacio. Y no menos importante porque “es la calca que siempre quise en la universidad y siempre se acababa”, dice Gina Kinkowicth.

Porque para nosotros la poesía representa compartir la vida, esta nueva ola de color va por todos. Y sí, para los que se preguntan por el color rojo que siempre hemos tenido, seguirá, ya que hoy es canto de nuestra tradición.