Morning Glory: aventura familiar en El Tecuan

Morning Glory: aventura familiar en El Tecuan
Rancho sustentable, recreativo y familiar
El equipo. Foto: Miguel Asa

Tierra, me gustas
en la arcilla y la arena,
te levanto y te formo,
como tú me formaste,
y ruedas de mis dedos
como yo desprendido
voy a volver a tu matriz extensa.
Pablo Neruda

De pie y reverdecido después de este temporal de verano, el Área de Protección de Flora y Fauna La Primavera se encuentra en el oeste de Guadalajara, Jalisco, más conocida por los locales como Bosque de la Primavera. Es un frondoso espacio que ronda las 30,500 hectáreas de territorio que hasta el día de hoy, no cuenta con un programa de prevención y mitigación de incendios forestales, pero para ese tema haríamos un artículo aparte. El bosque cruza la Sierra Madre Occidental y el Eje Neovolcánico Transversal y cuenta con diversas áreas, entre ellas Los Chorros de Tala, La Lobera, Agua Dulce, Las Tinajas, La Primavera y El Tecuan. Ésta última es una de las zonas con la que estoy más familiarizada y que frecuento gozosa porque ofrece un espacio súper agradable para dominguear. 

Los asistentes. Foto: Miguel Asa

Al pie del kilómetro 10.5 de la brecha prolongación Mariano Otero en Zapopan, se encuentra  un pequeño espacio resguardado por la familia Velarca, ese cachito es el área que comprende El Tecuán. Su legado familiar conserva un montón de anécdotas varias. Podría disponerme sin cansancio a escucharlas todas, pues desde tiempos añejos es que cuentan con aquellas hermosas tierras y han hecho múltiples proyectos. Anteriormente lo nombraron “Las tres V”, pero hoy día se encuentra un desayunador bautizado por la comunidad como Rancho El Tecuan, puesto que se encuentra en el margen de la zona del bosque con el mismo nombre. Aquel espacio perteneció en su momento al desarrollo Ciudad Bosque y por alguna afortunada razón cambió, y ahora se encuentran fraccionamientos hasta donde termina el camino pavimentado en la caseta para adentrarse a la arboleda. 

La familia. Foto: Miguel Asa

Desde que se toma camino hacia El Tecuan, ya sea pedaleando, en coche, en motocicleta o caminando, se percibe ese distinguido frescor del viento forestal. La temperatura disminuye unos grados y se comienza a oler el peculiar aroma que despide el follaje de los pinos y encinos. El acceso al lugar es muy sencillo, hay quienes suben desde la ciudad montados en bicicleta, sin embargo, hay otros que van en la comodidad de sus camionetas con las bicis trepadas en la caja para llegar más frescos a la aventura de pedalear el cerro, pues uno de los atractivos de esa zona, son también las rutas de ciclismo de montaña que se encuentran por ahí. 

 

Campo y descanso. Foto: Miguel Asa

Debo confesar que no soy tan aventada para treparme y darle a las dos ruedas con actitud de “no haber un mañana”, pero admiro y aprecio mucho observar esa capacidad de no pensar en los límites ni en el riesgo para andar aquellos circuitos escarpados. Por ahí se les ve a chiquitines, grupos, familias, carnales que fielmente se entregan a la experiencia y van por una dosis de camaradería y adrenalina. Para mí las visitas son, digamos, más relajadas. Si he subido en mi bicicleta que, de hecho, no es de montaña pero me he aferrado a llegar hasta ahí al menos con sudor en el cuerpo para sentir el gozo del esfuerzo físico. También he optado por subir en coche o motocicleta con tal de no perderme la oportunidad de disfrutar de una buena dosis de bosque, ni de ese ambiente relajado y familiar que me encanta y, cómo negarlo, tampoco puedo resistir por mucho tiempo el antojo de comer esos ricos chilaquiles que preparan en El Tecuan. 

Andrea y su séquito. Foto: Miguel Asa

Morning Glory es el nombre que mi buena amiga y escaladora Andrea Rodríguez junto a su pareja, el biólogo Daniel Velarca, le han dado a la terraza de desayunos. Ellos sostienen la tripulación gastronómica del lugar y gestionan las actividades del espacio. Son una pareja en extremo divertida, generosa y amable que habita ahí mismo una pequeña y acogedora cabaña que han construído hace ya numerosos años. Viven con sus dos hijos Nati y Nico quienes nos reciben entre la indomable adolescencia, la juguetona infancia y el optimismo fraternal, siempre alegres en su nicho.

El Tecuan desde el fondo. Foto: Miguel Asa

El sazón de Andrea es una verdadera delicia de sabor casero en medio de tan hermosa y majestuosa vegetación. Ella junto a su numeroso equipo, preparan huevitos al gusto, chilaquiles rojos o verdes con frijoles, club sándwich y esos especiales guisos de carne a la mexicana, chicharrón, machaca o champiñones. Realmente se disfruta el deleite al paladar con sabor a hogar. Por supuesto que, como tradicional comedor de desayunos, no podían faltar los jugos recién extraídos de naranja, toronja, zanahoria, ni el café de olla o los licuados, el té calientito y ¡oh, sorpresa!  tienen una excepcional agua de coco recién partido que revitaliza la experiencia al estar ahí.  

Sanitarios secos. Foto: Miguel Asa

Son aproximadamente veinte personas trabajando, casi todas son familia de Andrea o familiares entre sí y los que no tienen parentesco, parece que lo tuvieran por la unidad que se percibe. Cada quién con su singular personalidad, aportan a la experiencia del reto Tecuán los días sábado y domingo en aquella sencilla pero auténtica construcción de maderas que en su mayoría fue realizada con materiales reciclados.

Hablando de personalidades que aportan al lugar, es vital mencionar que Daniel en su calidad de biólogo, ha facilitado muchas iniciativas sustentables para darle un funcionamiento circular a su estilo de vida y trabajo pues cuentan con generadores de energía solar, una cisterna de captación de agua pluvial con la que se abastecen gran parte del año, un sistema de compostaje para todos los residuos orgánicos que se generan tanto en su hogar como en el restaurante, aparte, compostan la materia generada en los baños secos. 

Todos somos parte. Foto: Miguel Asa

Por otro lado, se han encargado de generar un espacio óptimo para acampar, incentivando siempre a los visitantes a conservar el área forestal y vivirlo de una manera consciente para con el entorno, su flora y fauna, pues en los últimos meses se han avistado águilas reales y halcones cola roja, lo cual indica que el estado de conservación favorece al ecosistema. Por ello es vital visitar espacios como éste con actitud de respeto y conciencia de ser entes externos a tan sublime belleza que, aunque nos puede atrapar la experiencia casi mágica de estar ahí, llevamos ciertos hábitos citadinos que pudieran ser perjudiciales.

Mañana de amigos. Foto: Miguel Asa

Hay muchas cosas ahí dentro que motivan mis visitas. Por mencionar lo que más adoro, y el porqué procuro pasar mis días en aquellas latitudes, es por ese estilo de vida que difunden pues encuentro múltiples actividades que me reconectan con el entorno natural y así refresco el andar de mi rutina. Ahí disfruto el paisaje, la comida, a las personas; conozco formas de ver la vida muy diversas y contrariadas que enriquecen mi conocimiento, se me contagia el ánimo de la actividad física, además comparto el pan, la risa, la tarde, la velada y hasta el fuego cuando hay camping. Si compartes este gusto de escaparte de vez en cuando en busca de aventura, disfrute, comida deliciosa; de conectar con la familia, las amistades y rodearte de naturaleza, seguro te encantará visitarlo. Si eres además de aquellos que les late la montaña, pedalear el cerro, llenarse de polvo y sudor sobre su bici y no has conocido aún los circuitos y rutas del Tecuan, te esperan La Mosca, Vaca Muerta, Toboganes, El Espinazo del Diablo, Torre 1, 2 y 3. Ahí aguardan entre aves majestuosas, montes preciosos y carisma familiar.

Entreflores: una comunidad agroecológica

Entreflores: una comunidad agroecológica
Una huerta educativa intercultural y abierta
Grisel Gallardo Entre Flores. Foto: Alberto Delgado

Zapata entonces fue tierra y aurora. 
En todo el horizonte aparecía 

la multitud de su semilla
armada.
Pablo Neruda 

 

Tras recorrer en bicicleta por la mañana aquella alborotada brecha del antiguo camino a Tequila que entronca con la carretera a Nextipac, se avistan maizales crecientes que lucen majestuosos, refrescantes y verdes en temporal de lluvias. Abrazado por terrenos de maíz, invernaderos de frutos rojos, campesinos y perros pueblerinos, está la Comunidad Creativa Entreflores (CCE), un proyecto gestado hace aproximadamente ocho años por iniciativa primigenia de Juan Francisco Gallardo, egresado de una “universidad de Francia”, según el biólogo Luis López Caldera, alias “Balaam”, quien eventualmente fortaleció con su apoyo y compromiso. Actualmente, Balaam conduce las propulsiones futuras del proyecto junto al agrónomo Cesar Marcelo Gómez, quien se autonombra como Chelo, ambos egresados del Centro Universitario de Ciencias Biológicas y Agropecuarias de la Universidad de Guadalajara. Ellos y su equipo me reciben cuatro días, aunque a veces cinco o seis a la semana y muy generosamente me permiten aprender, empaparme y trabajar junto a ellos los procesos vitales del ciclo de la tierra. 

Balaam y hortalizas. Foto: Alberto Delgado

Sobre dos ruedas y con buen ritmo desde la ciudad de Guadalajara, en una hora y cuarto se llega a Nextipac. Si lo tuyo es pedalear en tranquilidad, la mejor ruta será llegar por las avenidas Aviación y Ramón Corona. Si te late el ajetreo de la velocidad, pedalear sobre la carretera a Nogales-Vallarta hasta La Venta del Astillero, es otra opción para llegar. Una vez en CCE, se es recibido por un pasillo de aguacates e invernaderos con flores; se avista una parte de las hortalizas que cultivan y claro, por ahí se ve uno que otro aliado del proyecto, en la cosecha, con las semillas, en la trasplantación, en la camas de cultivo.

 

Cultivar lavanda. Foto: Alberto Delgado

CCE es un “lugar donde se puede experimentar creando tu propia realidad con tus propias reglas”, describe Balaam. Ellos han aprendido a vivir la mutación, la constante adaptación al medio, a las vueltas que ha dado el equipo. Son un “grupo de personas intentando formar comunidad en entornos naturales”, ahí la jerarquía es la tierra y el suelo nos nivela por igual. Desde la concepción del proyecto, ha sido la búsqueda de inspiración, la necesidad de generar agroecología en un pueblo sometido por la agricultura convencional industrializada, lo que les ha motivado. Las parcelas de maíz y aquellos invernaderos de infrutescencias que rodean las inmediaciones del rancho se tornan cuestionables por la masividad de sus producciones o por estar en un entorno que, en su naturaleza climatológica, desfavorece a los berries, por ejemplo.

Parte del equipo. Foto: Alberto Delgado

Genuinamente, en CCE, promueven la transgresión a esas formas de cultivo que deterioran, en muchos sentidos, la salud ambiental y la salud humana, ellos “comparten el conocimiento sobre la vida, la naturaleza y las formas alternativas de vivir en armonía”. Es un lugar que continuamente recibe a grupos escolares de diversas edades, familias; que tiene un programa de voluntariado de voz a voz o a través de la plataforma Workaway. Esa es la manera en que reproducen sus ideologías, sus formas, sus proyecciones futuras, así es como me han permitido inmiscuirme en sus jornadas. 

 

Los colores naturales. Foto: Alberto Delgado
El fruto de ser. Foto: Alberto Delgado

A través del huerto, observo que anteponerse al sistema de producción agrícola convencional, demanda esfuerzos extra al agricultor contemporáneo, que en realidad son esfuerzos de antaño reavivados, por ello es importante cada parte del proceso y cada una implica el trabajo físico, la presencia, el estar. Momento presente, aquí y ahora, meditar la cosecha, sopesar la recolección de semillas, imaginar mientras transplantas, examinar la germinación, introspectar mientras riegas, reír al compartir, creer en lo que haces, desear influir en el futuro. Ahí, “el espacio te reta, te auxilia, te enriquece y tú a él”, según Yiyo, aliado cosechador del grupo, quien además dice que “el huerto, es ya un ente vivo con un propósito que se alimenta cada día con el esfuerzo de todos y a su vez, todo ese esfuerzo, se transforma en salud, nutrición para quienes estén dispuestos a descubrirse a través de él”. 

 

Maíz y sabor. Foto: Alberto Delgado
El trabajo. Foto: Alberto Delgado

Actualmente, vivo por estas latitudes después de haber pasado mi vida entera en la ciudad y, no me cabe duda de que venir aquí es un baño de luz que refresca la mente, aclara las necesidades, apacigua al ego y cuestiona al ser. Escaparse un día, un par de semanas, un mes o hasta un año a este lugar, quizá te haga pensar que una revolución desarmada es posible pues, en CCE se producen bálsamos medicinales, extractos, infusiones, jabones saponificados, cosechan hortalizas varias como kale, berza, bok choy, distintas lechugas, hinojo, betabel, zanahoria, berenjenas, pepinos, chiles, flores comestibles, solo por mencionar algunas de las maravillas que cultivan y elaboran. Es realmente emocionante e inspirador descubrir que la alimentación puede ser patrocinada por la tierra, producida por tus manos y cocinada con tu imaginación. Es posible estar rodeado de plantas medicinales que casi susurran al oído la medicina que resguardan.

Sembradío medicinal. Foto: Alberto Delgado

Así entonces, cada día que visito el lugar, está presente la palabra voluntad en mi cabeza. Voy rodando e inventando un montón de utopías, fruto de mis idealizaciones. Ahí entre flores, veo más de cerca ese futuro que imagino y disfruto de comer sabrosos platillos que ponen a prueba mis capacidades de improvisación con los recursos que hay a la mano. Los arroces de colores son la especialidad de Balaam.  

Cuidar. Foto: Alberto Delgado
Jabones herbales. Foto: Alberto Delgado