­Alexandro Castro: la búsqueda en las geografías
La poesía es un traslado de la infancia entre desiertos
Alexandro Castro. Foto: Miguel Asa
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Mira, no pido mucho,
solamente tu mano, tenerla
como un sapito que duerme así contento.
Julio Cortázar

Pienso en un cuchillo de chocolate cuando leo un poema norteño. Y de repente, pasa por mi cabeza el sabor de una cecina y una agua de pepino. Un traguito. Nos paseamos por las calles de Chihuahua, México, y de repente, otra vez, encuentras poesía en todas partes. Así me perdí una noche para encontrarme con los versos de Alexandro Castro, un joven poeta nacido en 1996 en Ojinaga, poblado fronterizo en el oriente del estado de Chihuahua, y todo fue un glamoroso veneno, así como un pastel de chocolate bañado de tequila.

Es imposible no pensar en la palabra fuego y denominar algunos caminos como olvido. Quisiera saber qué es lo que depara al cuerpo de un desierto cuando se extingue la poesía. Y así, encuentro en las letras de Alexandro, una infinidad de desiertos. Es necesario leerlo sin haber afilado la navaja y procurar delinear el corte con tremenda precisión hasta que se deje de lado el tiempo. Existe un sentimiento cercano que desprenden sus letras, o quizás es el norte mexicano, ese estado, que se convirtió en un ingenio de viajes y descubrimientos. Así sucede, pareciera que el trote de un caballo se expande en las orillas de un libro a partir de lo que conversa el poeta y la serpiente del mezcal. Dice que una lechuguilla y luego un sotol. Yo lo espero con los burritos a todo lo que da.

Encontrar el libro. Foto: Miguel Asa

La música tiene filo por igual. Hay un descanso seco, es una mecha inexplicablemente encendida dentro del corazón. No existe una picadura que no le disloque un parpadeo a sus células. Se vive tremendo entre el quehacer de una línea al cuerpo y otra a la vida, líneas de dibujos, líneas de letras. Se avanza un tanto lento, pero es sagaz, fue velador, un elemento seguro de sus palabras en la profundidad de las geografías mexicanas. Y es que cuando uno lo aborda pareciera el niño que juega con lodo y luego lo lanza. Así, entre una poesía de corazón tinto y maderos fortificados con tierra, sus versos nos trasladan al dolor personal, a la alcoba en la que se han roto las almohadas y los sueños. En ocasiones un zancudo, una víctima o una sangre.

Sus letras se bifurcan entre el amor, el olvido, la incertidumbre y constantemente, en una búsqueda de un no sé qué que se apacigua con un verso estridente. Así, una imagen inquieta por aquí, algo melódico por allá, algo tradicional y complicado por acá y de repente, otra vez, el poema se concluye con el remate del cuchillo de chocolate. Así bien, recorrer sus versos es contemplar una alcancía rota llena de calor, es una resortera lista para ser catapulta. Así en ese proceso norteño conocí a Alexandro, un retrato viejo tan infantil, como una gota de lluvia que quiere caer y simplemente vuela sin alas; se dispara a sí misma entre las hojas de los huertos de manzanas, se descubre con sus sierras rojas-naranjas, rosas-moradas, y se esfuma.

Respiro. Foto: Miguel Asa

Esto aquí que se muestra es una inquietud que no terminará pronto. Se es una posibilidad de anunciar el regreso del aprendizaje a cada rato, y es que Alexandro está en ese estado, de buscar, describir, aprender, tiene sed, de una sed que no se quita con algún aguardiente. Se trata de una bocanada que también él no sabe explicar. El verso corre, lo toma, lo percibe, lo traslada, lo intenta, lo hace y de nuevo va. Busca. No hay quietud en estos tiempos para que el desierto se sienta solo.

En su obra se acurruca la mirada del halcón joven. Vuela para conocer. Va de aquí para allá y se sucede en el aire. Percibe, existe y se deshecha a sí mismo. Hay que voltearnos todos los días. Caer a la tierra y elevarse de nuevo. No se percibe la flor si no se le concede florecer. Hay geografías que se construyen entre lo que sigue y lo que uno sigue. Así Alexandro, un norteño que triunfal se ha adentrado a la cotidianidad de la palabra tapatía porque el recorrido es ese, norte-sur y viceversa.

Retratos de poetas. Foto: Miguel Asa

Cómo me gustaría encontrarlo en una cachimba para leerle a los tráileros aquellos recorridos de nuestras maravillas poéticas, que si bien no transforman el mundo, fueron impertinentes con el viento. Hay que quebrarse dice, saberse error y pesadumbre, una canción banquetera, aquel paquete cinco estrellas de desprendimiento y un tantito del último trago de sotol. Hay que sorprenderse como todas las posibilidades, una no basta y dos no es exceso cuando se aprende. Así un norteño camina por las calles de Guadalajara, con su Eróstrato (PECH, 2019), en busca de otra geografía que le entregue aprendizaje, unos versos más fuego, más sol, más ardor, esto no se acaba. Apenas llega el año y ya huele a velocidad. Hay que quemar el pasado, la poesía se concibe en las quebraduras de nuestros pasos, “Haz al menos de mis recuerdos/ de mis pedazos,/ algo perfecto”.

Líneas. Foto: Miguel Asa

¿Cómo se colorea la poesía desde tus bits?
Hay una canción del grupo de rap Atmosphere llamada Guarantees, en la que Slug dice “And when I finally get the color, won’t be nothin’ left to paint on” y de ahí me gustaría partir para responder. Pienso que el color ahí está, que sólo nos hace falta encontrarlo y para ello no hace falta sino observar. Son varias las ocasiones en que he escuchado que “no se escribe sólo cuando se escribe”, es decir, no sólo se crea al momento de plasmar, creamos desde antes mediante el pensamiento. Supongamos, entonces, que el color se nos escape y debamos buscarlo constantemente para poder crear. Así con la poesía, las palabras y los sentidos. Hay que estar atentos a lo que sucede en la vida para poder atrapar los estímulos.

¿Qué sucedió para que el norte ocurriera en el sur?
En pocas palabras: amor. Para contarte más puedo decirte que encontré un hogar en las casas en que hemos vivido Cindy y yo. Así, desde una casa en Chihuahua, una en Vallarta y otra acá, es que el norte sucedió en el Occidente.

Pasillos. Foto: Miguel Asa

¿Cómo es la elocuencia de una máquina de escribir frente al mar?
Es un oxímoron porque, a pesar de tener cierta elocuencia, es torpe como el niño que se para frente a su castillo de arena para evitar que la ola lo rompa. Se niega a morir por su condición evanescente.

¿Escribir para soñar en un costal con burbujas?
Me gustaría creer que se escribe para intentar explicar quién lleva el costal con burbujas, a dónde o por qué. Supongamos que estamos dentro del costal de burbujas, pero ¿qué lo mueve? ¿con qué fin? De repente alguna burbuja explota y podemos ver hacia afuera, ahí es cuando se vuelve necesario escribir.

¿Hay un eco en la simbiosis de un halcón?
Por supuesto. Es en el eco del chillido del halcón donde sucede la magia. Me imagino que cuando llega a nosotros su sonido, el animal ha terminado de convivir, de cazar, y vuela ahora con una presa en su pico como quien declama en voz alta el poema que recién escribió.

Salida. Foto: Miguel Asa

¿Cómo se escucha la voz del cardenal en las caderas de la carretera?
El cardenal es un tenor persistente y canta tanto que, muy probablemente, cuando hayamos terminado de romper la curva, el ave no recuerde la razón por la que comenzó a cantar.

¿Cómo encuentras suspiros?
Mientras duermo. Hace tiempo pensaba en eso, en los suspiros inconscientes que podemos soltar al dormir. Imaginemos lo mucho que podríamos aprender sobre nosotros mismos si supiéramos qué nos hace suspirar a media noche.

¿Existen momentos para disfrazar los versos?
Sí, pero lo que hace falta es depurar al verso de su disfraz, quitarle las palabras innecesarias como se cortan las hojas de las plantas para verlas crecer.

Silencio. Foto: Miguel Asa

¿Por qué vivir en el límite de la palabra y la vida?
Por consecuencia, creo. Rebotamos de una parte a otra como pelotas de tenis. Al estar tan al pendiente del lenguaje (aunque a veces nos enfoquemos más en lo otro, la vida) ya no hay una manera de no estar al límite. Las palabras se convierten en un remedio para la vida, una forma de explicar lo que estamos viviendo.

¿Qué debe crecer en las memorias del amor?
Todas las sensaciones que nos sean posibles. Habremos de voltear hacia el pasado para recordar esas ansias de cuidar, ese deseo que sentimos por la otra persona, la admiración que despierta en nosotros. Al final del día es esa la manera en que habremos de recordar, cualquier cosa, a través de los sentidos.

Una ciudad desinflada. Foto: Miguel Asa

Niños

Es un espacio enorme
la mente.
Una bodega en la que jóvenes,
muchachos problema, golpean
la propiedad ajena.

Vienen
y prendern sus churros de mota
que huele a cielo
y a píes de caminar todo el día por el centro.

Vienen y tragan pastillas
como si de dulces habláramos.
Las mezclan con bebidas energéticas
y ves cómo la adrenalina
desprende el alma de sus cuerpos.

Los miras refugiarse en sus burbujas de cristal
con lágrimas que realmente son gotas pa’ los ojos
porque si los mira su madre,
al pobre chido pandedios,
que saca puros dieces, o al otro,
que practica piano hasta que
las yemas de los dedos
le quedan como a niña conociendo su cuerpo.

Quién sabe qué será de ello.
Quién sabe qué espacio enorme les espere.

Eróstrato (PACH, 2019)

Mañana

El día de mañana es una pradera
llena de hienas
con pelaje de dudas
que bailan a mi alrededor
y ríen de mi desgracia.

Míralas,
comiéndose lo poco que queda de mí,
lo necesario para ir a descansar cuando el sol aparece.

-¿A dónde se fueron?
        No han terminado su cena.

Eróstrato (PACH, 2019)

Prometeo

Traigan a Prometeo para que me salve,
prometo no acusarlo con Dios.

Sólo necesito que robe el fuego en que ardo.

Díganle que Zeus no ha de enterarse,
que puede regresar un poco de lo que se robó
tomando las cenizas que quedaron de mis pies
y soplando para que prenda de nuevo el fuego
pues yo ya no puedo avanzar.

Díganle pronto, por favor,
que no tolero más el chillido de las pavesas
ni el crujir de la madera al quemarse;
que los huesos revientan las ampollas cada vez que ando,
que las brasas, ceniza restante de mis pies,
están consumiendo cada lugar en que piso.
cada huella que queda está marcada con hollín.

Estoy quemando todo a mi alrededor cada que camino
y creía, en algún momento,
que iba a poder lidiar con el calor de estar vivo.

Traigan a Prometeo aunque no quiera.
Si no viene, llévenlo a él al fuego.

Inédito

Cerbero

Sentado a media tarde en una silla
justo al frente de la casa de mi tío-abuelo,
quien falleció cuando yo era chico,
sentí cómo un cachorro negro, con patas cafés,
se sentaba enseguida de mí.

Tiré el resto de un cigarro que no pude fumar
y el perro se asustó,
corriendo a otra parte y quedando
a poco menos de dos metros.

Los perros huelen la muerte.
Mi tío-abuelo murió por cáncer y mi abuelo nunca volvió a fumar.

Inédito

Veo un rostro que se dibuja en mi ventana

Es de noche y nada ha cambiado.
Comienza el eterno protocolo,
ese de morder una pastilla a la mitad
para ir a que mamá me mienta y diga que descanse.
Luego vuelvo, a tientas, al sueño.
Y me miento, no duermo, no intento hacerlo.
Veo un rostro que se dibuja en mi ventana
no es de nadie.
Su nariz huele la noche
y sus ojos no me alcanzan a percibir.
Los perros, lejanos, ladran
y el que tenemos en casa, duerme.
Ni el perro, ni mi familia que descansa,
sabrán que hay un rostro en la ventana.
Es de noche y todo sigue como siempre,
nada ha sucedido y pareciera que no amanecerá.
El rostro de la ventana se despidió.
Estoy durmiendo y ya no podemos vernos.
Pronto amanecerá y nadie sabrá
que esos ojos y los míos estuvieron viéndose
sin saberlo. El espejo miente
nunca fue una ventana.

Inédito

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