Paz Martínez. Foto: Miguel Asa
Paz Martínez: una prieta como la poeta mayor
Una mujer con manos de piedra y mis ojos

me instruyó para ser puntual pero nunca pudo
pasó 18 años conmigo hasta que le dije
            -madre, quiero ser poeta
quiero volar sobre barquitos de papel
escribir sobre el insomnio
caminar por las calles en llamas
ella me miró y con una gran sonrisa dijo
María Ausencia

No sé qué dijo. No supe de las gaviotas y su horario habitual. No tenía en mi agenda un plan como este. No existía este destino en el derrotero. No recuerdo el color de las bicicletas, incluso, no tengo presente el sabor de los tacos. Sin embargo, existe un esencia que siempre me ha acompañado. Supe de cuerpos y espíritus por ella. Supe de energías por sus abuelos. Supe de mi raza por sus dolores y por sus triunfos. No sabía de nada. No sé qué sintió, nunca sabré cómo fue su dolor al parirme, pero por ella estoy aquí. Tiene nombre y no. Elvira, en ocasiones Paz, así le nombró el barrio. Paz aquí, Paz allá. Y uno como cacahuate en las faldas por todos lados. Y contemplé cuerpos, energías, formas de vida. Una antropología infantil que me construí. Paz ha sido un destino para muchas personas. Ha sido una nostalgia completa desde que la conozco, que no fue hace poco. “Doña Paz”, como la conocen en el barrio, en una parte de Loma Dorada, en Tonalá, Jalisco, ha sido una persona divertida, le ha bailado a todo, le ha puesto el tope a todo, en sus conocimientos y en su comprensión, pero ha dado río y ha nutrido, y vaya cascadas han surgido.

En el barrio saben que hay una señora que de sus manos surge una fuerza que no comprenden. De sus manos, torceduras, sobaduras, tés, escuincles, la tarde, las piñatas, las posadas, la regla, el acompañamiento, la contribución, el espíritu, el hombre, la mujer, el niño, la niña, ella misma. Paz ha sido una enseñanza de carácter, mujer de rica tradición y de un conocimiento impecable de la música y del cine mexicano; contribuyó en mi educación de una forma sustancial, directamente en mi quehacer literario, para cuestionarme mis raíces, para preguntarle al sol sobre el poder de nuestra piel, para amar con toda la entrega posible, para andar a solas con la sombra sin temerle al árbol, para hablar con los espíritus cuando están detrás de los arbustos a la media noche. Nos lastimaron. Nos lastimamos. Pero ella siempre ha sido de una fuerza impecable y he aprendido a dialogar a la distancia de palabras y sentires. 

Siempre se ha entregado por otras personas. En la poética de Paz hay un valor extraordinario de convivencia, todo o nada. Hay que ver la raíz, darle vueltas y observarle con el sol, el hambre se sabe de primera mano. Mujer nacida en en una parte de la huasteca de San Luis Potosí, de familia de origen indígena, ha hecho de su transcurrir una vida de compartición. No hay que quedarse con nada porque luego es más difícil limpiar el espacio. Y la carretera será siempre un ir y volver.

Elvira Martínez, mi madre, es melodía de un sólo volumen. Mi madre no escribe ni dice qué hace, sólo existe y canta, camina y observa. Mi madre me cuenta sus cuentos. Sus poemas los escribió y los perdió por ahí. Pero me dice de sus fotografías. Me dice de sus archivos. Me dice de nuestra memoria y desde ahí encuentro al tacto. Mi madre me enseñó de cuerpos, de nervios, de músculos, de pesadumbres y de acciones. De ansiedad y de ecos. Mi madre me ha dicho sus secretos como mujer porque estuve con ella desde pequeño. Me brindó su cuerpo como cuna. Me enseñó el alivio de los libros. Mi madre se ensució las manos que curan por ser manos que limpian y en mi colegio nadie lo sabía. Mi madre se puso mil máscaras delante de mí. Mi madre ha sido mi rincón, mi libro mayor, la poeta mayor, una prieta que sabe de manos y de olores.

Mi madre ha sido entrega, hasta el infinito. Mi madre me habló de las pequeñeces, de sonreír, de dar el saludo y las gracias, siempre las gracias. Mi madre, la Prieta, es mi reto constante, ella es mi moda, mi forma de ser, mi música, mi trabajo, mis secretos, mis gestos son de ella. Mi Paz ha sido la filósofa que más me ha cuestionado y nadie más tiene oportunidad de rebatir a sus ideas. Ha sido paloma, duende y astronauta. Mi madre se ha convertido en la lucha de mil luchas. Mi madre es una de esas mujeres que son porque se vivieron en una plenitud de resistencia. Mi madre es una humana en resistencia. La Prieta ha sido los volcanes, los perfiles, los suburbios, la sed, el esfuerzo, la complejidad, la confianza, la seguridad, la valentía, el coraje, la sostenibilidad, la lotería, el perfume, la carne, la música, el hueso, la espalda, el nieto, la sobrina, la familia, la distancia, el viaje, la migración, la renovación, la historia, el barrio, la plenitud, la secuela, el pueblo, el mercado, el tianguis, la magia, los carritos, las canicas, los tacos dorados, la jericalla, los jugos, las caminatas, la unidad, el 231 y todo lo demás, la subidita y la bajada, mis glorietas y mis sueños, la voluntad, el equilibrio, la desgracia, el lamento, y muchas veces, siempre lo he visto, el alivio. Y desde que tengo memoria, ella es Tonalá.  

Ella me enseñó a cantar. Ella me enseñó a bailar. Ella me enseñó Zapopan, Tonalá, Tlaquepaque y Guadalajara. Ella me dio vueltas en los camiones y nunca me dijo nada. La Prieta ha sido tregua, alimento, crecimiento y expansión. Mi madre no sólo ha sido mi madre. Ha sido una alcancía de alcances desmedidos. Yo no sé mucho, sólo me levanté con ella a limpiar oficinas y fui yo, ahí andaba, en la limpieza de muchas horas de aprendizaje. Mi madre ha sido la cumbia, la salsa, el son y el danzón. Mi madre es el café, el cigarro, el viento. Compartir con las personas ha sido su suerte. Ha sido su incondicional amor lo que construyo eso que me ha entregado la vitalidad para ser quien soy. Mi madre es Puerto Vallarta, San Luis Potosí, Querétaro, Guanajuato, Morelia, Quiroga, Atotonilco, La Barca, Ciudad de México, San Juan de los Lagos, Tepatitlán, Tototlán, Ocotlán, y mucho norte.

Mi madre se escondió por aquí y por allá. Le hizo a la muchacha y al muchacho. Se volcó en secretos. Mi madre es una evidencia de la postrevolución. Mi madre es una huella profunda de México. Mi madre anduvo en tren con la sobrina de no sé quién, hija de sabe quién, y se miró las faldas con la emoción de ser siempre una ola. Mi madre trabajó como la masajista de Maná y yo un eco de sus canciones. Mi madre me enseñó el rock y la arquitectura. Tomaba agua mientras veía a los artistas sanar con su dolor. Mi madre estuvo aquí y allá. Si mencionara el nombre de cada una de las personas que fueron a casa no terminaría un poema ni cinco libros. Mi madre ha sido la profundidad de nuestras melodías. Mi madre ha sido dolor, un constante dolor y nunca nos ha dejado sin cobijo. Tengo muchas terceras personas a las que amo mucho y son con las que ella me dio la paciencia y la fortaleza para contemplar su florecimiento.

Doña Paz ha sido la vecina que expande las mañanas con su escoba y sus saludos. Le encantan Los Panchos y ver series de ciencia ficción. Mi mamá construyó cielos y los deshizo. Mi madre habló de la libertad mientras me comía unas cañas. Mi madre ha sido el supuesto de la nave cuando ha sido la nave misma. Mi madre ha sido todas las semillas, todas las hurracas, los diamantes y los poemas. Mi madre ha escrito con sus manos en miles de cuerpos. No me traten de enseñar. Mi madre ha sido enfermedad y hastío, y también alivio, secuela y profundidad. Mi madre ha sido barrio y bien barrio.

Me enseñó el brillo de la bicicleta. Me dijo cómo ser tulipán en madrugada de desgracia. Mi madre resistió desde su entendimiento bajo un sistema que nunca le ha agradecido. La Prieta es un poema que nunca podré escribir. Es tan compleja su sonrisa y su estigma que procuro los labios rotos y los huracanes a sueldo, es más barata la supervivencia que un cacahuate con raíz. Hay que construir una memoria. Hay que estar satisfechos siempre. El poema se siente. El poema se comparte y aquí andamos en vida. Se escucha la noche y la ráfaga de su memoria me ha sorprendido. La Prieta ha sido un augurio y un lamento, el canto de la ranchera con grito de ardor, el beso de buenas noches que alivia la recompensa del trabajo, la palabra activa del quehacer, la aventura de estar a distancia, la libertad del camuflaje, el pensamiento de la fragilidad, la vulnerabilidad y toda su fuerza como un eco de camino. La Prieta no ha sido poeta pero ha creado poemas sin medida. La Prieta es esa esencia que nos habla de lo que somos, de lo que preservamos, de lo que nos inquieta.

La Prieta ha sido una sustancia fuerte, ha sido una fortaleza que nos ha dado pauta a sus designios. Mi madre ha sido el eslabón que ha sostenido la cadena de mis ideas. Mi madre ha sido el diálogo, la furia, el enojo. También ha sido la sonrisa y la belleza de las madrugadas. Sus caminatas han sido mi paso y su paso ha sido una recompensa desde una mirada transparente. Mi madre ha tejido mis ropas, ha zurcido mi desorden y siempre me ha abrazado con toda su sencillez. Mi madre es una guarida de alegría que sostiene a una ronda de huracanes a su alrededor. Mi madre ha sido una tenacidad cercana a la palabra. Ha leído lo que no sé y ha escrito con su voz cada que la encuentro. De sus manos obtuve la mayor herencia posible, la calidad para sentir, para convertir el dolor en paciencia, para conocer la capacidad de las mías.

Ella, la Prieta que una vez me vio partir en bicicleta y que me vio llegar hace 39 años, no es la mejor, pero es esencial para mí. La Prieta, la sobadora de miles de personas, la que me reestructuró mi brazo, la que me aceptó en faldas, la que me ha apoyado en cada locura, la que me ha injertado en mis manos el poder del masaje, la que me dio libertad desde pequeño, la que me entregó a manos ciegas y fortaleció cada paso para ser lo que soy es una prueba de la tonalidad del canto que me ha brindado. Ella, siempre, la que me enseñó a compartir lo poco que he tenido es la potencia del corazón que me he construido. No hay poema más grande ni más fabuloso que la picadura de la voz de mi Prieta.

Siempre ha sido paciencia y escucha, mi evolución, mis caídas y mis ausencias físicas. No ha sido juez ni rebeldía, siempre ha sido la voluntad, el árbol, la mañana y la soledad. Mi madre es la distancia, la creadora de los seres que me enseñaron a valorar la vida. Mi madre ha sido la potencia de las lámparas. Sus manos han esculpido dolores como una letanía de suspiros. Le conocen así propios y extraños. Y muchas personas han vuelto toda su vida a las manos de mi madre. Siempre han estado presentes miles de personajes, personalidades y voluntades. Mi madre curó en su exaltación. Podría repetir la historia pero son sus manos las que han estado al tanto de la evolución de los cuerpos. Mi madre es una sabia que nos dos veces existirá en México. La Prieta sabe estorbar y lo hace con gracia. La Prieta es esa mujer que bailo por doquier y disfrutó. Le entro a las trompadas y a los chocolates. Hizo magia en la Constanzo, aquel chocolate potosino con el que identifico una parte de mi vida.  

Pero Paz no sólo es eso. Hay una tremenda línea de la cocina que no entiendo. De sus manos no sólo ha surgido el alivio físico. Sino que también nos ha llevado a superficies de la cocina a otros niveles. Su mole es uno de los claros ejemplos que han dado de qué hablar, alguna vez en una tertulia colectiva nos bañó de su sabor. Pocos supieron. Mi madre siempre ha estado atrás de mí. Y su sabor que permanece en cada enchilada que nos hemos comido en la familia y que también han llegado a más personas que han probado de ese platillo. Tenemos la receta que abriga con calor de un dragón. Las enchiladas potosinas de la Prieta son un menjurje que añoro todo el tiempo. Es el platillo con el que me siento más cercano a México. Mi madre es todos los sabores.

Pero la Prieta es una persona de altos vuelos. Ha sido el tiempo de mucha memoria, de aportar a lo que es la cultura, lo que es la forma de vivir, del conocimiento, de la compartición, de la secuencia, de la inocencia de muchos infantes, gobernadora de las flores, de las tristezas de los vientos, de la cosecha de la vida. La Prieta ha sido siembra, campo, y semilla, y aquí ando yo. La poesía es un transcurrir de las manos sobre la piel del universo. Gracias Prieta por todos los eslabones que has construido a mi alrededor. Siempre te amaré, a tu mole y a tus enchiladas potosinas. Vida eterna morenita mía.