Fabiola Lizette. Foto: Miguel Asa
Fabiola Lizette: el verso que viene en el bordado
Una joven poeta juega con hilos mientras escribe

Ser sinónimo universal
de tu sangre leche o chocolate
sinónimo de amigo hombre o mujer
sinónimo de ti.
Cecilia del Toro

Durante el silencio que el mundo vivió en nuestra época, las voces de las plantas no dejaron de hilvanar, hicimos de la palabra un encuentro de unidad. Ahí los bordados que se fecundaron en las manos de la poesía, de la cachorra, de los árboles, que más que nada, nos permitieron el aliento para percibir las secuencias de su trayecto. De esta manera encontré a Fabiola Lizette, en el entramado que nos permitió descubrir un nuevo talento de la poesía en la ciudad. Serena recorre la paciencia que muestra en sus bordados, y ha comenzado a insistir más en sus letras, para compartirnos un pedacito de lo que se construye entre los hilos de colores y la fragancia de los vientos.

Azules poemas. Foto: Miguel Asa

Entre espectros de dientes y dragones azucarados, su liviandad nos permite darnos cuenta de las sutilezas que se muestran debajo de los botones, en el zapato roto, en el canto iracundo de aquel grupo… Es notable el nivel de magia que uno descubre cuando este tipo de sucesos están presentes con mucha honestidad y fortaleza. De Guadalajara, Jalisco, las letras de Fabiola vienen a trasladarnos hacia nuestros adentros, para entregar todas las sensaciones al universo. Se puede descubrir cómo los pronombres surgen de las manos, de las creaciones, de lo que es y de lo que se transforma. Así es abrazar la paz y nuestra misma historia.

Puerta de mí. Foto: Miguel Asa

El recorrido del hilo se configura en una sensación de alivio. Es que el color de cada uno construye diferentes auroras y ocasos y nos desmiente el espejismo que cada uno porta entre verso y verso. Fabiola nos marca cómo es la sensibilidad de buscarnos dentro del círculo, para encontrarnos fuera de él. Así se pauta una imaginación de nuestras luchas y procuramos sostenernos en las cantidades de poesía, aquellas necesarias para contener el puño hacia alguna dirección. Persiste la composición de la luz y desafía a su mente, bajo una estrategia puntual, lo que nos pone al borde del abismo. Nos deshidrata, pero nunca nos deja sin agua que beber. Siempre hay una oportunidad de crear desde una perspectiva, pero hay un puntual consejo para contener lo siguiente, mirarlo de cerca, pero también de lejos. El lodo no avisa si habrá caída: sólo juega.

Barrancos. Foto: Miguel Asa

Desde sus palabras compone una reflexión en cada verso y muestra diversas preocupaciones sociales e individuales, las que corresponden a los contextos de manera transparente, líquida, en ocasiones en llamas y en otras sin viento alguno. Es que Fabiola, seriamente, vive la letra y nos configura las manecillas del reloj para ir lento, sin ningún tipo de perspicacia que desmienta la realidad en la que nos convertimos, de la soledad en la distancia y del destello en el brillo. Aquí me encuentro con ella, sitiado en un momento del tiempo en que sus letras nos llegaron, por lo que sigo con la creencia de que la poesía nos es un ritual sin precedente, sin destino, sin tiempo y sin control, florece al ritmo del agua que cae dentro del hilo que borda los poemas de Fabiola, y se avanza, aprecia y se ama. El desbordamiento de los sentimientos se contiene en las dimensiones de cada letra: tiene que ser volcán para perecer llaga. Aquí astillas que hilan, colorean y se expanden a las siguientes juventudes.

Eclipses. Foto: Miguel Asa

Hay un grito de justicia oculto entre pequeños diamantes de furia. Fabiola nos brinda un perfil de sonoridades descalzas ante el suelo de cristales. Nuestra mente, con sus fatídicos instantes, puede herirnos. Ahí es donde encontramos el puntual alcance de lo que percibe. La herida, el espasmo, la rapidez, la simplicidad, y otras similares palabras son juego de sus luchas poéticas. Se vuelve una pequeña flor que rompe el concreto, que le quita poderes y los abalanza sobre la quietud del momento: es la paciencia lo que nos permite un poco de equilibrio. Refuta en sus terciopelos la sencillez de sus armas. En un momento en que nos persigue el poema, la cicatriz no descansa. Se abre, se cierra, abre-cierra, se desborda, regresa y la fluidez del vómito desde colores incesantes, se abre, se cierra de nuevo y vuelve a sucumbir. Es una herida que respira. No es necesario abrir más de lo debido. Suturar tomará el mismo dolor para expandirse en el tiempo.  

Desierto azul. Foto: Miguel Asa

No hay fiesta que no nos descalce de las plumas que nos ha injertado el viento. La poesía de Fabiola es así: nos habla de la caricia y entre las manos corre el dolor de nuestras epistemes. Desde el hilo borda a su tiempo el poema que se muestra en la resbaladilla, y que no teme lanzarse, porque no es bomba: es un juego. Hay diversas perspectivas, en que cada detalle minúsculo permite el avance de la centella en el suburbio en el que hemos convertido nuestro rincón de penas. Abrir los ojos, tocar la mirada desde la esquina del papel para declinar ante lo que se necesita con gran nomenclatura. No hay que fallar sin sentir: es necesario fallar para sentir. El río que no se desborda no es río. Una muestra de las nostalgias pequeñas del atardecer. Una memoria sincera, ligera, pequeña, es el cambio de dirección que frecuenta Fabiola en su respiración. Nos espera en la transparencia del líquido y ahí nos envuelve con burbujas de colores que inmutan al espíritu. Un pequeño instante para reflexionar en la profundidad del tiempo.

 

Entre poéticas. Foto: Miguel Asa

Se ha vuelto una superficie tranquila, sin embargo, no deja de cuestionar, de lidiar, de pensar en los vientos que debe dirigir hacia las llanuras negras del sistema que nos arroya. No es una caricia singular: es una suavidad amorfa que no se contiene, está presente, se percibe y es así misma una cautela de peligros. En Fabiola hay una oportunidad de consternarnos por nuestra magnitud existencial, de aquellas falsas creencias, de aquellas atribuciones ilógicas, de esos sentires implantados, para que el sueño quede como esencia de posibilidades, de esperanzas, de otros recovecos en el camino. Fabiola nos muestra lo posible de saber que los vuelos no son finitos: al contrario, son eternos. Una mariposa durará con vida cinco semanas. La poesía desde el detalle, siempre será una oportunidad de labrar. Aquí no hay caída, hay una puertita para contemplar el barranco.

Miau. Foto: Miguel Asa

Fabiola Lizette estudió la licenciatura en letras hispánicas en la Universidad de Guadalajara. Ha participado en varios programas, revistas y talleres de poesía. Algunos de sus textos están incluidos en las antologías poéticas El suelo de una voz (Alcorce Ediciones, 2019), Un latente hallazgo (Valparaíso Ediciones, 2021) y en la antología De la pérdida y sus iluminaciones (Puerta Abierta, 2023). En 2020 resultó ganadora del primer Premio de Poesía joven Versorama, de Proyecto Ululayu, y en 2022, finalista del primer Concurso Nacional de Poesía Emergente Antonio Alatorre, por su participación publicada en la antología Desfile de poetas de dicho concurso. Forma parte de proyectos literarios, como el colectivo de poesía Inubicables. Disfruta de ver películas de terror, ensuciarse las manos, chiquear perros callejeros y cocinar pasta. Ama bordar.

¿Qué es el polvo dentro de poema?
El reloj, el obstáculo o el recuerdo, siempre desde la figura de su mirada.

¿En qué se convierte el caramelo cuando lo toma un águila?
En la sonrisa de un hallazgo triunfante.

¿De qué manera se disuelve el corazón ante la mirada de la avispa?
Hay algo de pérdida en los “instantes justos” que se pierde de vista en la maravilla del momento. Una mirada más optimista me pediría desviar la atención de la pérdida, ¿pero no es la mirada de la avispa una forma (quizás la mejor) de perder el corazón a desmedida?

¿Por qué el tulipán pinta sobre pianos?
El anhelo por la sintonía de una caricia parece inminente hasta para quienes encarnan la gracia y morirán en la gloria.

¿Cómo es que el venado suspira por el arcoíris?
Es imposible que el encuentro de dos seres elementales pase desapercibido, o al menos eso deseo. El venado es más sensato que el desierto que lo pretende acoger.

¿Por qué los ríos cantan a la luna?
A la marea la llama su hogar, el sacudir de su reflejo vence la gravedad.

¿Dónde degusta el correcaminos el sabor de las estrellas?
La caída, la mayoría de las veces, obliga a contemplar lo que hay arriba.

¿Cómo se instala una mariposa en casa de los poemas?
Como quien sale de casa con la libertad que saborea la certeza de que se puede volver al hogar.

¿En qué instante florece la imaginación de un violín?
En el tacto de las hojas que pertenecieron alguna vez a su cuerpo.

¿Cómo es el perfume que surge de las espinas?
Dulce con notas sutiles de sangre y sabor a clavo.

Astillas[1]
Si lo que ves es mi sombra,
sopla la vela antes de que me cumpla.
Corta la mecha,
desde niña me dio miedo encender los cerillos.
Si es verdad,
y lo que llevo en el rostro es un espejo,
no te sorprendas si un día me encuentras hecha añicos.
Recuerda que siendo vidrio,
el reflejo también corta.
Atrévete a verme
cada vez que intente convencerme
de que el presente no es el pasado,
aunque sepa que se esfuma en cuanto toca.
No voy a pedirte que te vendes los ojos
pero de mucho ayudaría que los cerraras cuando me sientas,
porque si es verdad
y lo que ves no soy yo,
entonces estas heridas
no son mías.

Inédito

[1] Astillas resultó el poema ganador del Primer Premio de poesía joven Versorama de Proyecto Ululayu en 2020.

Atlas

He abrazado en mi pecho hipotético más humanidades que Cristo
Fernando Pessoa

Mi condena yace en un reloj al que le sobran cinco minutos de arena
y aun así no logra alcanzar al presente:
a mi pena le caben siete mil millones de nombres,
por eso me pesa tanto el cuerpo.

A veces, el dolor se concentra en alguna parte de mí,
pero no me doy cuenta hasta que me descompone.
Hoy me rompió la espalda,
de tantos mundos que se terminan,
y sólo lo sé por el ruido que hacen los añicos revoloteando
cada vez que mis pulmones toman aire.

En el pedazo de verdad al que tengo acceso
está la negación de una presencia incongruente,
están las palabras que migran de la razón a la incredibilidad:
el cielo está cayendo a destellos.

Me dicen que no pasa nada si se desprende de a poco,
que sus fuegos están muy lejos y no pueden lastimarme;
pero yo veo las detonaciones cada vez más cerca.
No voy a asumir la culpa de su daño;
lo que está oculto no es mi debilidad,
es la paz que brinda el desinterés.

El cielo se cae
y cada trozo menos
es un fragmento más en mí.

Mi pedazo de verdad
tiene siete mil millones de nombres
y yace en el contorno
de un recuerdo de algo que aún no sucede,
en el brillo de algo que ya se olvidó.
En esta verdad
mis lágrimas encuentran en su suicidio la ofrenda.
Rechazar la negatividad
es otra forma de matarse.

Inédito

El lugar que es nuestro
1
Observo el tropiezo del segundero en el reloj.
Me observo en ese ciclo que siempre avanza
pero sólo para volver al mismo punto
y dar una vuelta más.
Cada tanto se vuelve uno en otro cuerpo
pero nunca ocupa el mismo lugar.

2

En ese espacio,
            entre las dos manecillas que se encuentran entre sí,
            únicamente por voluntad del tiempo
te recuerdo
            y sólo entonces
abrazo el tropiezo.

Inédito

Migas

Siempre tuve miedo a perderme.
Me aterra la idea de no saber dónde estoy,
de tener que ir a buscar un nuevo hogar
por no saber encontrar el mío.

De niña aprendí a dejar pedacitos de mí
en el trayecto de cada viaje,
         -como carnada-
para poder reconocer el camino de vuelta a casa
en caso de tener que volver sola.

A veces olvido que hubo trozos que nunca pude recoger
por haber tomado otra ruta.
De tanto que he migrado,
mi recuerdo queda como una huella a la mitad,
siempre diferente en cada lugar.

Por un tiempo las personas tuvieron nombres de calles,
             memorizar sus rostros era reconocer sus banquetas y baches.
Las luces rojas me hacían titubear:
el camino a casa no puede tener solamente un nombre correcto.
Todos los lugares dejaron de ser mi hogar
en el momento en que di el primer paso dentro.

Saber por dónde voy es aprender a volver:
ir hacia adelante
es volver a mí.
Por eso
reconozco más fácilmente el camino a casa que mi casa misma:
no puedo perderme.
Quienes dicen que pueden tienen suerte.
Debe ser más sencillo no encontrarse en el espejo
que no poder escapar de él.

Inédito

Semivigilia
Acumulo basura detrás de los ojos.
No la puedo ver,
pero lo sé porque no puedo pensar en otro lugar al que puedan ir
las lágrimas que obligué a ir en reversa,
o las pestañas que se volvieron su propio enemigo.
Los residuos del mundo se atiborraron detrás de mis ojos
hasta hacerme perder los límites de la pesadilla:
comencé a confundir
abrir los ojos
con volverlos hacia dentro.

Inédito