Juan Azuara. Foto: Miguel Asa
Juan Azuara: el niño amarillo de la poesía
Un regiomontano en las costas jaliscienses

Con el sol de la tarde
veníamos los cuatro pensamientos
aislados
Leticia Villagarcía

Pensamos en sonido. La memoria. Un pasito. Es necesario un atuendo estruendoso para marcar la diferencia. Es preciso un modesto sonido de alcoba y un poco de jazz. Es necesario una panga y un sonido de equipo. Es muy necesario saber correr hacia el destino. Partir el pastel, tomar las llaves, andar a la puerta y esperar para volar entre los papalotes. Desde ahí se vuelca la obra de Juan Azuara. Escribir un poema es jugar futbolito sin usar giros. Es saber dirigir la alineación: el partido ronda en muchas vertientes. La naturaleza, el cosmos, las nubes, las soledades y los iracundos, son sólo una parte de la muestra. Cada quien define sus propios caminos, sus lecturas, sus días.

Barca de sonido. Foto: Miguel Asa

Nacido en tierras regias, de Monterrey, Nuevo León, convirtió a Puerto Vallarta en su nueva casa. En Juan Azuara hay un encuentro de historias que se pueden desdoblar con una tarde por la playa. Entre el ocaso de olas de fuego, reflejos lejanos y luces de historias ajenas, Juan escribe como un pendular momento del día. Aquí o allá. El camino es una historia, el agua es otra, el viento otras, y el cuerpo se distingue entre una bomba de luciérnagas. Así es el tiempo y la simpatía de la vida. La sincronía del corazón está sujeta a los abismos que uno descubre en cada paleta de fresa que se conmueve ante su fuga de la vida. El balón como el verso, giran, los mueven, sacuden, estallan, efectos físicos, el disparo y el gol.

Tiempo de poesía. Foto: Miguel Asa

Con Juan uno se desliza entre las frecuencias del tiro de esquina y de la fragancia de las flores. Existe una jugada que pocos conocen en el verso. La voz es el movimiento. El poema se construye entre tiempos y está el tiro a gol. Se perpetúa en el público. Se anda el lago en silencio y ocurre lo contrario con el mar. Se posibilita la unidad de refugio y de estigma. El fuego se encuentra en equilibrio. En la sensación de un momento, la poesía estalla y se detiene, y vuelve al sitio y surge el giro. Se va por la banda derecha y pega al centro. El arco es una reunión del iris que se mitiga con delicadeza entre cada efusión verbal. El poema va en el aire. Surge Juan y escribe, desde su cabeza o su pie, la trayectoria de las letras.

Árbol-es. Foto: Miguel Asa

Entre las líneas de Juan existe una melancolía que nos recuerda que el tiempo se va, es un gusano en la centella. Así nos amordaza desde el juego y desde la simpleza del acto. Así, con una voracidad mínima para degustar el sinónimo del sueño, de espacio y de contemplación. Se sumerge el síntoma de la emancipación de los horizontes. Podría ser el capitán de una secuela. También se desata por la banda izquierda. Maneja el centro. Baja y sube. Defensa. La portería está como el objetivo de resguardo. La salvación del tiro libre y el majestuoso volumen de los sonidos naturales del día. Un espasmo entre el público. La lotería desde las gradas. El espectáculo es un testimonio de tiempo. Es simbiosis de compañía, empatía y hay un segundo de nostalgia. Juan nos aproxima a una infancia en color amarillo. Se mueve, entre el jazz y el verso, la palabra y el volumen, el eco. Se mueve entre las notas y en el jam está la jugada.

Un niño amarillo y el poeta. Foto: Miguel Asa

No hay árbitro que intervenga en el poema. Aquí se viste uno de azul, amarillo, verde ocaso, escarlata, galaxia, mango, plátano, cielo, sueño, pero se viste. El juego tiene una duración de alegría y de concepción. Se trata de una apuesta de sincronía y amor. Se viste la posibilidad de estar frente a muchas cosas más. Se propone un paso enorme. Se vincula, contagia, mueve, se es un giro tras otro y se mueve de nueva cuenta. Se va por ahí, se arrincona, surge de la esquina, regresa: el juego viene al frente. Contrarremate. Se abalanza. Juan vuela. Se es la inquietud y el ingenio. La diversión, el pasito adelante. El que juega como el poeta medio campista. Desde ahí la sorpresa de estar. Se mueve el rincón de las superficies. Vamos a establecer el paradigma del giro del balón. Ha sido gol una y otra vez.

Direcciones. Foto: Miguel Asa

El futbolista que se dejó llevar por la poesía tiene jugadas innovadoras y traslucen el firmamento del mar. En la playa, en la estepa, hay que jugar como podamos. La infancia no es determinada por la edad: se vive y disfruta cada rato, como una sensación afable de las relaciones intergalácticas que tiene la naturaleza. Nos convertimos en una linterna con la que se perciben los silencios, las flautas y la empatía. Es tiempo de dar cuenta sobre el término de la música, en conjunción con el movimiento del balón. De tal manera se traduce una danza como la pluma en la hoja en blanco. La traslación y la rotación se convierten en anclajes del universo cada que se sitúa el poema dentro de la portería. Juan nos hace vibrar desde las incertidumbres, cotidianidades, juegos y un divertimento como el de vestir a la poesía de lucecitas de colores neón. Hay disfraces para toda lectura y mucho movimiento en la ejecución, las palomitas, la sonrisa y el remate.

Escuchar el verso. Foto: Miguel Asa

Juan Azuara estudió derecho en la Universidad Autónoma de Nuevo León. Tiene en su haber Con la urgencia que la oscuridad precisa (Mano Santa Editores, 2020). Ha publicado en diversas revistas literarias. Ama al futbol como una estrategia poética de muchas direcciones. Se abalanza en la experimentación y busca permanentemente generar su estilo, poesía en voz alta con directrices de varios aromas sonoros, visuales y corporales. Incluye una sonrisa y una buena charla. Ha participado en varios encuentros, foros y tertulias. Dedica algo de su tiempo en emprender talleres de poesía para niños. Le gusta hablar de música y percibir el comentario como aprendizaje.

¿Por qué un borrador se convierte en un tiburón púrpura?
Nada se convierte en nada. Todo es al mismo tiempo un borrador y un tiburón púrpura. Quien diga lo contrario está en lo cierto.

¿En qué parte de la ecuación se encuentra una metáfora del cielo?
La única parte de la ecuación en que no habita una metáfora del cielo es su respuesta.

¿Cómo se pinta una jirafa con versos fosforescentes?
Se empieza por las semillas de los árboles con los que se alimenta. El hambre seguirá allí cuando broten las flores. Al masticarlas bajarán por su cuello, dejando una estela brillante que germina en el estómago. El resto es cuestión de tiempo.

¿La música disco sirve para conmover a los árboles?
Contrario a lo que muchos científicos afirman tras años de experimentos en la pista de baile, la música disco no sirve para nada. Por otro lado, no es ningún secreto que las hojas de algunos árboles tienen la capacidad de estallar la fiebre cualquier sábado por la noche.

¿Cuál es la diferencia entre un sombrero de bombones y una sábana de anís?
Lo primero que salta a la vista es el olor. Mientras la sábana de anís tiene una fragancia que nos tumba sin soñar, el sombrero de bombones posee un aroma que en la cabeza de un mago podría convertirse en merengue, antorcha, serrucho o una infinita estola de dudas partidas por la mitad.

¿Cómo se retrata la esencia de un perfume?
Lo más importante es amordazar el sentido del olfato. De no hacerlo, el perfume velará cualquier esencia.

¿En dónde queda la humanidad cuando llueven palabras?
En la mayoría de los casos, bajo un impermeable. Aunque hay quienes, víctimas de la sed, le sacan la lengua al diluvio hasta morir ahogados.

¿Cómo se vacía la raíz de los satélites?
La raíz gravita inasible por el universo. Se dice que hace miles de años alguien logró sostenerla entre sus manos, pero al encontrarla inútil la mandó a volar. Desde entonces es común confundirla con satélites.

¿En qué hora del día se es sombra amarilla?
Cuando el último atardecer nos deje ciegos, seremos los colores en lo más profundo del sol. Nuestro cuerpo no ofrecerá ninguna resistencia ante esa añeja luz que nos convierte en vitral. No hay otra hora.

¿Cómo bailan el mar y la lágrima bajo una bicicleta?
El baile, el llanto y el océano comparten la misma forma: una gota a la vez. También andar en bicicleta. Cualquier cosa escurre en balde si se busca una manera distinta.

lo que ven estos ojos
qué es lo que veo en el reflejo sino manchas de agua seca
y jabón que opaca los cristales

en lo negro de mis pupilas no habita la profundidad del ser
acaso lágrimas que brotan al mirarme con fiereza

qué hay en el interior de esas córneas que cuanto más contemplo
más enchuecan las puertas del alma
que hace tiempo traigo perdida

tras los vidrios está todo hecho pedacitos:
punzadas que activan el llanto manantial
de la primera persona del singular
y del plural a veces

pero ¿cuál plural?
el desierto entre mis párpados
arena cegadora de estos ojos
que solo observan hacia dentro
qué esconden mis pestañas cuando se besan
en la oscuridad del rincón en la madriguera
del conejo que olfatea sus bigotes después del coito:
como si el aroma pudiera conservar el aliento
de aquel gemido de otras noches
                                        que también fui

Con la urgencia que la oscuridad precisa (Mano Santa Editores, 2020)

la nada

nada depende de nosotros
ni la tormenta ni la serenidad de la marea

nada nos distingue de los demás
compartimos un buque a punto de hundirse
ante el mismo tsunami

nada nos puede salvar
habitamos este mar en extinción
donde incluso quien tiene alas
se viste de petróleo

Con la urgencia que la oscuridad precisa (Mano Santa Editores, 2020)

manéjese con precaución

La poesía, para que sea, debe romper algo. Por eso los contrastes le vienen tan bien, como un chorro de agua sobre cristal. Sus versos son martillazos precisos o semilla fecundada en el vacío. Puede hallarse en la advertencia de peligro en los fuegos artificiales, en sus luces de colores, en sus cenizas. Es el tic tac de una bomba que se ha quedado muda por un segundo, y en el siguiente explota.

Inédito

supongo que es cosa de la rutina

si un día me levanto
y robo una paleta del quiosco
no me convierto en bandido

aunque si todos los días me levanto
a robar una paleta del quiosco
podría convertirme en bandido

y si ya soy un bandido
no voy a conformarme con robar paletas:
voy a intentar robar un banco

y para robar un banco
hace falta mucho trabajo

hace falta servirme una taza de café
y pensar profundamente
en cómo robar un banco

desde la entrada hasta el escape
ver los planos con ojos de fracaso
de cadena perpetua
y sin matar a nadie

lo mismo con los poemas:
escribir uno no me hace poeta

pero si diario despierto con esa intención
y me sirvo un café
y veo los planos con ojos de fracaso
para dar el golpe preciso       entonces sí
tal vez así me              convierta en poeta

Inédito

construya al hombre que aprecia la realidad con nitidez 

haga un par de ojos bien abiertos
y dos orejas

póngale unas gafas
que corrijan su miopía
y astigmatismo

¿se caen          verdad?
le hace falta una nariz

moldéela y colóquela
en su sitio

todo está listo:
ahora pregúntele
a qué huele el mundo

Inédito

ante la destrucción de los reinos

parece buen síntoma que la plaza
esté repleta de tiranos
y pancartas contra la libertad
de sus esclavos y choferes

que a unas cuadras esperan en el auto
con el aire en dieciocho
y la radio encendida
mientras sus amos aúllan con los sobacos
bajo el sol del mediodía
de un domingo cualquiera

en sus casas las albercas lucen solas
y en el living las mascotas
persiguen una pelota inmóvil
sus hijos tras pantallas
sin alguien a quien culpar
de esa estéril vida
colmada de soluciones

la justicia nunca llega para nadie
pero cómo nos hace reír
cuando la vemos
de lejos

Inédito