Carmen Villoro. Foto: Miguel Asa
Carmen Villoro: una obra negra en preludio
Los versos que se cocinan con el cuerpo en la palabra

Casas, caminos, nubes,
ensenadas azules y montañas
abrieron sus ventanas.
Tomas Tranströme

Cocinar las letras. Eso lo leí en ella. Aromas peculiares, soledades y sabores. No sé de qué manera una Obra negra llegó a mí. De repente el esquema de la poesía tiene recetas, olores, paredes, rincones y una lista de colores líquidos que rondan en la piedra. Así cocina concreto, con las telas de las flores, la poeta Carmen Villoro, y adhiere fragancias gruesas y anhelos sin pesar. Con ella se baila entre las recetas, los días de sol y las amalgamas de colores que traen las mariposas en primavera. Se siente una constelación de certidumbre que procura una serie de versos que dan paso a los cambios de color en cada una de nuestras personalidades.

Libertad poética. Foto: Miguel Asa

Originaria de la Ciudad de México, ha creado ciudadanía en Guadalajara, Jalisco, alrededor de las bugambilias, los amigos y las celebraciones. No recuerdo precisamente: cuando leí un poema de Carmen, ante mis ojos se reflejó una mañana bajo las sábanas. Entonces comprendí que el ritmo de las moléculas se teje con el baile de los delfines. Así, con poesía desde hace años, Carmen es más que una amiga. Se ríe y simplemente entrega el gesto a los pequeños momentos, esos que contemplamos a diario. Ahí puntualmente, en la lotería del tiempo, están los detalles de la poesía. Así una despedida, una casa en construcción, el habla, la palabra y sus artilugios, la calma, los recorridos y demás están en sus versos. Tiene una alcoba llena de recursos con los que teje, dibuja, canta, llora y sueña. La escucho y una biblioteca completa se deja sentir como un equipo de libélulas cercanas.

Espejo de letras. Foto: Miguel Asa

A veces pienso que Carmen siempre está en un estado onírico: vamos, ella observa las texturas de las flores sin lupa, tiene una visión intergaláctica que nos permuta en tipografías suaves. Así lo dice. Por ello me atreví a preguntarle sobre detalles y se volcaron las preguntas como sirenas en la lupa. Aquí sabría que tendría recetas muy particulares y con precisión. Hoy mis ojos se conmueven y contemplan el acto de la buena fe y la persistencia. Hay que hacer de los detalles muchas bombas de amor, dice, y se congestiona con la peculiaridad de la vida, entre su creación, sus palabras y los versos. No sé si pueda ser un ave, la confusión, un sistema matemático que se viste de rosa para darnos palmaditas en la espalda, la posibilidad de dispersarse entre el silencio, la ola que viene repleta de calma o el paso que furioso alcanza el colibrí. El tiempo no tiene espejos.

Rincón de memoria. Foto: Miguel Asa

Así es la poesía de Carmen y su labor: sentir. Ese verbo es con el que a veces dialogo y lo manifiesto. Sentir, encuentro entre cambios. Sentir el viento desde el huracán. El desierto y los balcones de las estrellas. Sentir: qué es si no otra palabra más en la vértebra de los segundos. Sentir en la nada. Sentir en el vacío y desde la glorieta en bicicleta. Sentir. Eso me ha enseñado Carmen cada que abro sus libros y de ellos surgen aves. Su poesía emana una serie de colores traslucidos que provocan un exilio del momento, un ser intransigente se consolida en la mirada de los volcanes, y las recetas son poemas, y de ahí, los bocados en cada una de nuestras esperanzas. Sentir el espíritu una vez para no acabar en el delirio de la gota. Así me quedo con sus palabras, que llegaron como riego a este jardín poético. Otra vez, la palabra sentir como pilar de la poesía, y de ahí la convocatoria ante cada amanecer, ante cada despertar de las flores.

Zurcido de poemas. Foto: Miguel Asa

Ya te has dado cuenta de que la nostalgia no es para siempre. Que el cuento se desvela en medio de las crinolinas. Que nos hemos callado un cardumen dentro de la piel. Que mis venas son ríos de lo que se percibe en la cocina. Que hoy ella me ha dado el recetario de esta región, invisible e inaudita, pero al final vocablo. Que no descansaré de las perlas que postran sus versos, pues ahora persisto en esta obra que si no negra, los colores se expanden. Son instantes de pasiflora lo que sucede entre las manos y desde el destierro de cada arroyo. Así nos quedan sus palabras, en este papel de hoy y la obra ya está en proceso. Carmen es tan dócil, que genera conflictos en las pesquisas de las mañanas que surgen del vientre de los leones. Ella es auténtica fiera de la paz. Es una silueta de la emoción de la poesía y se lee con calma, como el platillo del silencio en el espejo morado de las secuencias. Así es Carmen Villoro, ese disco que suena de un lado para otro y baila muy despacito para decirnos que los alimentos de ahora nos alcanzan lo suficiente para saciar el momento.

El instinto de ser. Foto: Miguel Asa

Existe un momento para detenernos y ver las soledades de las casas sin cocinas, de aquellas que aún no han sido nido de charlas y de mondadientes, en las que la poesía pasó ligera y no se desveló en la intransigencia, en las que llega uno impuntual con el corazón roto para enmendarse con una bandita y seguir. Se eleva Carmen y va el discurso de los botes de agua. Ya decía yo. Estos cimientos más que concreto son flores desde la columna de sus versos. Le han salido alas, y aquí, sus vuelos. Se trata de flores abiertas a la luz, al apaciguamiento del corazón, al tejido de la exploración del sol y de la luna. Se descubren en cada día y se regeneran los pasos, los caminos se abren y existe la ilusión del momento. Hay que tener la montaña en el disfraz de las suculentas. Podemos ser río y a la vez galaxia y entre los versos de Carmen queda la sombra como la protección de la liviandad. Se trata de una amalgama de certidumbre, de realidad y de sollozos, momentos en que alcanzamos la gracia de la palabra. El verso se pone a hervir y surge de sus dilemas el platillo que resuelve el hambre del mañana.

Lecturas. Foto: Miguel Asa

Ha usado a la transparencia como el ferviente movimiento de lo que acontece en la explanada de la melancolía. Hay un suspiro breve y después parte al alcanfor para distraerse de la memoria. Se vuelve el sueño y nos contiene en una alegría que pasa inadvertida como una caricia a los árboles. Se nutre de los instantes más delicados, teje con paciencia y nos abraza en la duermevela de las sirenas. Carmen nos entrega la paz del terremoto: así de voraz es su trabajo. Se incrusta lentamente en lo perplejo de la armonía y canta la liviandad de las mariposas. Después nos vamos en la caída de la veracidad día a día. Su obra como su sentir es una puerta para conocer las pequeñas moléculas que abrazan al dinosaurio.

Base literaria. Foto: Miguel Asa

Carmen Villoro estudió psicología en la Universidad Iberoamericana y se especializó en psicoterapia psicoanalítica en la Asociación Psicoanalítica de México. Ha publicado poesía, prosa y cuentos infantiles. Entre sus obras se encuentran Jugo de naranja (Trilce Ediciones, 2000 y 2008), Obra negra (Ediciones Arlequín, 2006), Liquidámbar (Mantis Editores, 2017), El habitante (Editorial Paraíso Perdido, 2019), Zurcido invisible (Hechuras por encargo) (Mantis Editores, 2023), entre otros poemarios. Se ha dedicado a la divulgación cultural en diversos medios de comunicación y ha formado parte de proyectos literarios de diversa índole. Le gusta la sencillez y percibe el ejercicio de la poesía como un acto noble de colaboración. Ha apoyado a diversos proyectos culturales y de igual manera ha fortalecido desde su experiencia a la docencia académica en la Universidad de Guadalajara.

¿Cómo es una flor ante la abundancia de la poesía?
La poesía no está en la flor ni está en el poeta: está en el encuentro del poeta con la flor. Ahí surge esa experiencia de asombro que no puede decirse con palabras, ni siquiera con la palabra poética. Ésta es siempre un intento malogrado, apenas un roce de esa experiencia inefable.

¿De qué manera preparas una receta gastronómica con letras?
Las letras, las sílabas, los sonidos que éstas producen son la materia prima con la que se cocina el poema. Los silencios son un ingrediente necesario para que las palabras tengan cuerpo y puedan formar versos. Todo texto debe hervir a fuego lento y dejarse reposar. Los poemas precipitados se abrazan y se queman, los que perduran fueron aquellos que merecieron el tiempo que todo necesita para estar al punto. El platillo puede ser insípido si es intelectual. La razón es ingrediente duro de cocer. En cambio, la emoción lo ablanda y le da buena consistencia, dichosa y placentera, pero no debe pasarse de almibarado, porque el azúcar en demasía amarga. Los poemas se sirven en platos limpios, sin salsas ni acompañamientos y han de ser degustados con cuidado y calma, para que revelen el poder que contienen en el corazón, al fondo de las hojas.

¿Cómo escapas de la acción de lavar los platos?
La acción de lavar los platos es una de las grandes acciones de la vida. Sería feliz en una lonchería en la que mi misión fuera lavar platos por horas. Nada como una tarja donde el agua y la espuma se dan cita y se mezclan entre restos de fruta que desaparecen en el remolino de agua, y transforman la mantequilla en cristales transparentes. Quiero ser vidrio y porcelana entre unas manos fuertes y seguras. ¿Quién no?

Si fueras un sueño, ¿cuál serías?
Soy el sueño de mi madre y de mis abuelas. Soy el canto dramático que jamás salió de la garganta y reventó en el pecho de mi abuela materna como una granada. Soy la lluvia que mojó el cuerpo oculto de mi abuela paterna y la cubrió de besos prohibidos. Soy las calles que ellas nunca transitaron y las palabras que no se atrevieron a decir. Soy la poesía que mi madre no publicó y el vuelo que temió para mis alas frágiles. Soy el sueño de libertad que forjé para mi única hija y mis múltiples, imaginarias nietas.

¿Cómo te sorprende la piedra y el silencio?
El silencio es la manifestación más clara de la presencia de lo sagrado. No sólo es el fondo sobre el que se dibuja el discurso. Es una expresión contundente y elocuente. Ante el amor y ante la muerte guardamos silencio, porque ante esas experiencias cualquier palabra se vuelve retórica. La piedra trae con ella su silencio, que es la quietud y la majestuosidad de la naturaleza. Mi existencia es ruido pasajero; la piedra ha sido desde siempre y permanecerá siendo ese silencio que llamamos Dios.

¿De qué manera repercute un animal en tus letras?
Yo soy un animal de letras. Alienada por el lenguaje y la cultura me veo en la necesidad de rebelarme a través del juego. Hacer de las palabras la plastilina moldeable para construir criaturas nuevas que hablen una gramática distinta, más cercana a las imágenes que a las ideas. Soy un animal destinado a ser un homo sapiens que pretende ser un homo ludens. Con la edad reconozco mejor al animal que llevo dentro, y lo protejo.

¿Cielo, agua, hoja o maracuyá?
Maracuyá es una hermosa palabra. Es carnosa y al decirla, la lengua la paladea, los labios la detienen para que no se vaya, los dientes evitan lastimarla. El amarillo se abre camino entre su pulpa densa y tropical. Cielo, agua y hoja son testigos callados de su sensualidad.

¿Qué momento memorable tienes al lado de una bicicleta?
Sobre una bicicleta transité la juventud: la empinada pendiente, los brazos levantados, el manubrio apenas detenido con un toque sutil de las rodillas. Tengo una bici retro en el descanso de las escaleras. Una escultura al tiempo que se fue y a la nostalgia que perdura.

¿Qué sientes cuando degustas una nieve al lado de la vida?
Me gusta esquiar sobre la nieve de limón, sobre todo en verano. Después morder el cono de galleta y cerciorarme de que la vida cruje para mí. Solo entonces, sentarme en una banca y mirar a los niños y a los perros con la alegría de quien se ha olvidado de sí misma, salvo por el sonido de la galleta entre los dientes y la lisura blanca por la que se desliza el día.

¿Con qué juegas en tus creaciones: con un papalote, una pelota o un trompo?
Un papalote que baila; un trompo que se levanta por los aires, ligero como un papel; una pelota que gira hasta convertirse en un punto fijo que, unido a un hilo, se pierde en el firmamento.

Resposteria gramatical

Poner el sustantivo en un recipiente; ablandarlo con adjetivos suaves y cremosos; cernir los artículos y las preposiciones; añadir un par de metáfora frescas; batir los complementos a punto de turrón para envolver la mezcla; lubricar el molde con más de una vocal para que las consonantes secas no se peguen; vaciar el contenido en un soneto firme; hornearlo al fuego lento del afecto; dejarlos reposar para que la pasión no ceda a la intemperie; servirlo en la mejor tipografía; consumirlo despacio y con deleite como todo lo que ha de desaparecer del plato.

Obra negra (Editorial Arlequín, 2006)

El mar se abrió
entre guerras y violetas y mi llanto.

El agua se contuvo en los dos frentes
y se formó un atajo.

Marchó la carne, luego la idea
el palpito se adelantó a su sombra.

Las palabras vendrían después:
este camino era
cuestión de sangre.

Liquidámbar (Mantis Editores, 2017)

Sobre el comal caliente los círculos se inflan un momento,
son el suspiro de la mujer que les da vida con sus manos
tostadas. A tu mesa llegan las tortillas humeantes, el
alimento milenario que convierte la comida en un ritual. En
tu boca se agitan los maizales, germina la tierra, arde de
nuevo el sol, mientras saboreas el grano que alguna vez fue
sólo de los dioses.

Jugo de naranja (Trilce Ediciones, 2000)

VI

La palabra es una fruta,
es redonda y jugosa
y tiene un hueso duro en el fondo.

La palabra “palabra” abre su cáscara,
se desnuda y enciende entre los labios, el paladar,
la lengua.
Se escucha entonces su pequeño cuerpo
que estalla como el trigo
y los dientes apenas y la tocan
para no lastimarla.

La palabra “fruta” es más carnosa,
la palabra “comerse” tiene, a su vez,
unos pequeños dientes,
la palabra “autofagia” se autofaga,
la palabra “redonda” sale como burbuja
y en el aire explota,
la palabra “explota” me salpica,
la palabra “fondo” tiene su hueso en el fondo,
la palabra “duro” lo hace más corrioso,
la palabra “silencio” se lo traga
o por lo menos lo esconde.
Es la palabra un fruto
que ha suspendido el tiempo
en plena adolescencia.
Está ahí siempre pendiente del árbol del lenguaje
anaranjada y dulce.
Si la tocas con amor, te fecunda.

Es un fruto
pero es también una piedra
dispuesta a seguir siendo piedra.

Estalla pero a la vez se enrosca.
Es el punto y la línea,
la parte y el todo,
el presente que contiene pasado y porvenir,
el núcleo y sus orillas.

La palabra es una forma de mirar
lo que no está,
por ejemplo el paraguas, ese,
o el paisaje de niebla.
Es un engaño para mitigar el dolor
de la despedida que somos.

Fragmento de “La palabra”
Obra negra (Editorial Arlequín, 2006)

Zurcido invisible

a mi hija Mariana
que reclamó tu nombre

¿Quién fuiste, Luisa Jordana?
Yo te he negado tantas veces
como todos los otros.
Tomé de ti las manchas de mi piel
y no sé si también ciertas constelaciones
que habitan en mi sangre.
Pero también te expulsé, Luisa Jordana,
como mi bisabuelo.
Lo hicimos todos: tus padres y tus nietos,
cinco generaciones te olvidamos.
Todos pagamos para que te fueras,
“costurera del pueblo”, lo más lejos posible.
Porque eras pobre, por indigna, por puta,
por eso te pagamos, te corrimos, tachamos
y te quitamos a tu primera hija
que, ya vieja y enferma, te buscó en sus delirios.
No cubriste a tu niña con tus telas,
no cubriste a tu niña con tus manos,
suaves, sedosas manos de mamá.
No le hiciste un ropón, ni un vestidito.
Ni mediste su talle cuando fue señorita.
Ni bordaste de encajes su vestido de novia.
“Costurera del pueblo”, eternamente.
No tu nombre tan bello, tan fuerte, tan entero:
Luisa Jordana,
preñada, herida, lastimada.
¿Recordabas la espalda de aquel hombre
que en pespuntes y pulgadas recorriste?
¿Su brazo firme que apretó tu cintura hasta el abismo?
¿Su mano fuerte ciñendo tu cadera?
¿Pensarías en tu hija algunas veces

cuando tuviste otros, ya lejos de tu tierra?
¿Pudiste separarte de ser tierra?

Yo seguí la consigna de no saber tu nombre.
Es por eso que escribo este poema
con vergüenza,
para decirlo a voces y así zurcir el hoyo
heredado a mis hijos.
Y reparar el miedo, si se puede.
Y coser, costurera de mi alma y de mis huesos,
tanto odio.

Zurcido invisible (Hechuras por encargo) (Mantis Editores, 2023)

No me lo digas todo, no me cuentas
No quiero entre plegarias tu garganta
ni entre quijadas
el hígado enraizado de sus ruegos
 
No los quiero
 
No me traigas la luz que me enceguece
No me hagas ese tajo
No me hables de la espalda hasta sacarme el mal
No me tragues la vida
No me dejes la espada entre la voz.
 
Yo te suplico a ti
No me desvastes
 
Liquidámbar (Mantis Editores, 2017)