MARIPOSA SOLUNA: SIMBIOSIS DEL VIENTO

MARIPOSA SOLUNA: SIMBIOSIS DEL VIENTO

VIAJE
Texto y foto: Miguel Asa  

Hasta el polvo me desuno
niebla soy, cal enlutada. 
Jorge García Prieto

Vivo en el corazón del mundo y nací en el polvo que trae el viento. No le preguntas a nadie por mí. Ni trates de responder a los augurios que las siluetas de los humanos toman con el tiempo. No te preguntes de dónde vengo ni quién soy. No busques una farsa ni un remedio. No hagas brujería. Simplemente, no nos prohíban.

Soy el desvarío de una llanta de una bicicleta, el recorrido del mar, la memoria de la tristeza y la melancolía de los escuincles. Me he fugado millones de veces por aquí y por allá. He lastimado tanto como he podido, y por igual, he reconstruido todo a mi paso pues la erosión es mi función y del movimiento hago versos siderales para que las mariposas se postren en las coordenadas de los átomos.

Vivo entre el agua, la tierra y el fuego. Me convierto en la palabra, el sonido, la transformación del color de la humanidad. Me he configurado para no detenerme entre las lágrimas, nazco del paso de tus carcajadas. Ven. Aquí la voz de la furia, de la potencia, de cada sentencia que mis grafías dislocan. Soy de la naturaleza hijo al igual que la ausencia. Soy de la palabra el dueño y de la memoria el más fino recuerdo. Camino sobre todos los rincones y me paseo en grandes nubes. Hago de mi voz el baile de los árboles. Convierto las tierras en huellas curvilíneas. Hablo con los océanos y dirijo sus orquestas de notas interminables. Soy la belleza del unicornio con la sentencia del desierto. He crecido en mares y llantos, y con el vaivén de las campanas que suenan como algodón, me parto en los caminos de los pétalos que destierran a las flores. Entre mí venas: las alas, los suspiros y los volcanes. Entre la nostalgia y el firmamento, una sola línea: la soledad. Me oculto debajo de tu reflejo línea tras línea, en el infinito ciempiés que conmueve a los despistados.

Hago de las aves el respiro del universo, entre el canto de las líneas y el punto, filosofía ancestral que renace en cada piedra con la que dialogo. Me dicen inaudito, el vacío, el destierro, el hambre, la necedad. El horizonte se conmueve con mi columpio. Construyo las memorias de las mareas y le canto a los colibríes la esbelta ondulación que trastorna el sonido de las mañanas.

Si fuera un verso, seré una entrañable levedad en la perfección de las mariposas. Si un poema me llama a ser parte de él, le cobijaré la bondad y le armaré hasta los huesos la brújula de su destino. Si fuera una bicicleta entre las líneas de una letra, me transformo en libertad, color y trayecto. Soy todo y nada, con dos ruedas y sin ellas. Me vuelvo ligero. Me pierdo en los suspiros de los kilómetros, y a la vez, molino de viento.

Amorfo como la sangre, líquido es mi eco, pues en cada trazo delineado por mi insistencia he convocado a millones de seres, los he conmovido, les he llamado por su nombre y la pauta avanza bajo el vuelo de las águilas. Reconozco que no existe error, la materia como la voz de la distancia, dejar.

Me atrevo a dejar en cada partícula los besos que recuerdan los nombres de los asteroides. Me atrevo a dejar siempre al mundo en la distancia, siempre camino como inquebrantable corcel bajo la rima de la Luna. Me sostengo en su sonrisa y de las noches hago pinturas blancas. A su lado, convierto a las estrellas en pequeños almacenes de caricias. En cada una de sus posturas negras le comparto mi ser. Le abrazo. Le asfixio y le llamamos amor. Así la Luna y mis versos: la alquimia entre su existencia y la mía nos convierte en solitarios a la par. Me oculto entre las temperaturas del corazón, y también, entre el tintero que me aleja de la situaciones de canciones y alientos de buenas noches.

Convierto los espacios y seduzco cuanto a mi paso. Todo lo toco y lo conmuevo. Soy presente, ondas de las fases lunares que acompañan a la mujer. Entre las piernas me postro y de las espaldas hago la vejez. Empujo. Soplo. Aviento. Impulso.

Cuento las gotas que de la noche caen como el silbido que portan las botellas. Con el canto de los pájaros revuelco a los horizontes y me auxilio entre la incertidumbre del cuervo. Me reúno en hectáreas de pistilo y contemplo a la Luna, madre eterna, reflejo y existencia pura, conjunta, deseable y copular, en cada instante de ceguera ante su luz. Despierto en sus brazos y teje mi cuerpo con el vapor que surge de su amorío con el Sol, el señor de los colores, el de los arrayanes, el de las esmeraldas, el de las paletas derretidas y el de los carritos de fricción. Abro la visibilidad y me manifiesto al baile presente.

Soy hijo de Soluna y eterna efigie de Altazor, que con su parapente acarició los huracanes y se deslizó en la deformación de sus lenguas. Provengo de una instancia de recorridos infinitos. Me aclamo entre los músculos de las piernas. Ahí, socavo la penumbra de las edades. Rasguño al agua como el firmamento a la pupila eterna del ciego. Me desplazo entre tus dedos y creo remolinos.

Caí entre los espirales de las mariposas para recorrer Soluna como la palabra que contempla la masificación de las distancias. Vengo de los trayectos del caminante, de entre las pinchaduras, el desbalance y la desnutrición. Existo en la eternidad del polvo. Me apago entre la calma de las burbujas, entre las bocas que alimentan las ballenas. Existo, me sumerjo y parezco cisne entre la blancura del amanecer. Funciono y palpo cada sentimiento.

No preguntes a los espíritus por mí, la sabiduría ha dicho que de la verdad poco. Así la danza que dotan mis pasos en la atmósfera de cada una de las galaxias que abro en mi camino. Ulula. Me esparzo en la posteridad de los dominios de los leones. Continuo en un aleteo de millones de aves y uso el desplazamiento de los venados como la ideología que ponderan mis trayectos.

No voy hacia ninguna dirección. No contemplo el fin. No busco un fin. No existe el fin. Camuflo las variantes que conllevan las pendientes al descender en bicicleta. Me vuelo el terremoto al paso de las dos ruedas. Verso, constantemente verso. Versos de lluvia con el Sol prendido para edificar arcoíris en cada momento. En los esteros creo espejos y la llama de la postración la vivo nada. Aquí el camino y allá mi elocuencia. No tengo punto de inicio ni de fin en el plano cartesiano. Entre los números encontrarás las voces de mi diversidad, suma encapsulada de los versos de los desaparecidos.

Soy la revolución y la anatomía de los pueblos. La renovación de perfiles que constituyen cada uno de los tejidos que permean en el universo. Existo despacio y veloz. En el epígrafe de la lucha y en el enojo del desahuciado. Visto como el mar recorre a las playas. Mi escritura permanece, enfría, congela. Entre los carruseles de los ríos, pequeñas hojas abordan el dulce navío de rayos estrellados en la nomenclatura del agua, como si la danza del rescate fuera la cosmovisión del color verde.

Vengo Soluna para cantar al día y saturar el almacén de los colores. Vengo para camuflar a las embarcaciones de transparencia. Entre mi los peces se cobijan y decantan el sabor del calor. Se vuelcan entre líneas de miles de trayectos, millones de discursos y en infinitas navegaciones por doquier. En su casa nos espera con agua. Ella sabe cómo acariciarnos, preservarnos eternos.

Vengo del claroscuro de tu sombra. De un polo a otro, entre los orangutanes, las gacelas y las gaviotas. Recorro con los jaguares la tristeza de la Tierra. Los alebrijes y yo somos la batalla constante. Hacemos del color el reparto de armas.

En cada momento seco la huella de la brocha. Hago de los trayectos en bicicleta una magia singular, cósmica, antagónica, visceral, de grabados intensos, desérticos, pétreos, acumulados en la perfidia de los vuelos. Pedaleo en contra para mitigar su cansancio. Los cansancios. Las alforjas como alcancías que fungen ser las esporádicas librerías se acurrucan en mi dorso. Dice el peso que contrarresta el dolor de las caídas. Con la sangre, el frescor de la herida. Danzar de noche y volvernos locos, falsas sombras de descanso en sudor, constante y feroz locutor del polvo, porque allá, el humo se dispara con gotero.

Bebemos de la lluvia la solidificación de las arenas. En cactáceos, moluscos y huracanes me existo. En ocasiones trato de ser ilusión y pertenezco más profundamente a la transformación, nebulosa, platónica y astral. Soy el equilibrio, la palabra en cuatro letras. Soy el milagro de las plantas, y qué decir de sus tallos, sistema de introspección de color verde en el que me postro. Ven. Repito. Ven. Somos campamento de luciérnagas perdidas en el sistema de frenos. Hicimos de las raíces de los kilómetros el descenso hacia la poesía.

Construí soledades bajo la muerte. Levanté de los huesos grandes muros. Soy del tiempo el lento administrador: la extensión de los segundos, en las velocidades percibo el aroma de la vasija que precisa el nacimiento del barro.

Vengo del futuro que ya se ha ido. Moldo la existencia de las hormigas. Del invierno, embellezco las jaurías de los tímpanos, los recorto con la vista de las manzanas, flor única que de raíz carece de alas y vuela.

Me exploro con los aviones y respiro al lado de los veleros: altamar siempre como la sutileza de sus manos. Abrazo a las palmas y destello mi mirada hacia el polvo. Escribo sobre las pieles y detallo cada milímetro de la superficie. No me detengo. No me sé detener. Hablo desde la profecía del silencio, allá, en donde las espinas se vuelcan como artificio de la filosofía del caminar de la liebre.

Soy el contorno de su cuerpo, la delimitada sensación de volvernos nada, cual efímera incrustación de un laberinto sobre el cerebro, constante que persigue la incertidumbre y se contrae con la humedad.

Mastico con mi andar la pesadumbre y arranco de los sismos mi permanencia, porque mi eco, más profundo que la palabra, inmenso, magno, es el distractor más sutil a diferencia de una caída en bicicleta.

Me acompaño de las adivinanzas, del azar de las mediocridades y de las confusiones, porque en ellas me sobrevivo, dicen que danzo con la mirada y la ondulación de los cabellos como cadenas de la melancolía. Me destierro en el deshielo de los ocasos. Dejo los atardeceres cada que modifico la arquitectura de las nubes y así me transporto: en cada gota de lluvia, en cada resplandor de los halcones, en cada suspiro de los volcanes.

Motivo a la soledad a ser clavo exacto dentro de los poros que dibujan a las pieles. Me incrusto tan profundo como la armonía de la madera, zurcida a la tierra, arrogancia eterna esa la de permanecer, la de caer, la de resurgir y la de volar.

Mi calma alimenta a los cortezas, les exprime caramelos de suave intransigencia y cada arista puede dividirse en los balcones que se han empotrado en los mediodías de abril. No menciones que me conoces. No repliques la sustancia como la única fórmula. Somos la decantación de lo que se percibe y se es constante. No preguntes. Un día se termina. Al igual que la mañana de la noche se separa, me separo, porque el ciclo onda, repite, gira, lleva ritmo y de nuevo. Así, al frente, con paso lento y el abismo de la inocencia. Hacemos de las piedras las silentes testigos de nuestras fechorías, compañeras de la calma que con mi rocío extirpo sus formas, una conmoción de la respiración, efecto halado desde la yunta hasta la mirada de un hoyo negro.

No preguntes por mi tristeza. No lances al vacío el reglamento de lo etéreo, aquí, en esas redes pescaré el verso que posa en tu memoria. Lo repetiré tantas veces quiera. Seré del soplido una analogía, ahí mujer, la delicadeza que buscamos nos contempla la claridad de las emociones que venimos a repartir entre las hojas de las plantas, en cada gota inerte que en su caída encuentra el desvelo de la conmoción.

He venido a transpirar entre nuestra alianza, aquella que componemos las vicisitudes del alejamiento, las leyes universales del desprendimiento, del despegue, del aterrizaje y de la implantación del poema. He hecho de la palabra mi fuerza y de su origen mi alimento. Surjo entre los matorrales y alcanzo la velocidad de los chamizos en el espejismo del desierto. Descubro el dolor como la impertinencia del estar. Aquí y ahora soy. Siempre, eterno circuito cerrado. Muevo, ululo, me desprendo. Soy huracán, episteme, aliento.

No recuerdo el día preciso en que el horizonte se convirtió en el juicio de las palabras: un esmaltado chocolate entre las secuelas de la naturaleza. Saber que hablo, grito y me muto en cada instante son figuras extremadamente peculiares: las simbiosis que fingen, que aman, que viven en las estrellas, una melancolía discreta.

Soy el silencio de lo imposible, la musicalidad de la soberbia, naturaleza amante. Soy principio de los sueños. Pertenezco a las alcurnias de grandes bizcochos de almendras. Me manifiesto en un epitafio para nosotros, organismos censurados entre el pensamiento y la distancia: timidez, materia de despojos. Existo en la taciturna conexión de los días y me vuelvo centro de malvavisco relleno de perlas de zanahoria.

Ahora, bajo los ojos del azul, la pluma se vive ruta. Entre el acatamiento del sueño y al compás de los trailers, grandes camiones que se despliegan entre la existencia de la voz que marcan las casetas de cobro. Ulula a su paso entre hilos invisibles, desgraciadamente felices, en su permanente entrega a los caminos y a la fuerza donde las noches son magia.

Que nadie te diga cómo enfurecerte en la vida. Que nadie contemple el silencio del vino encantado en la penumbra del universo. Que la calumnia sea duermevela. Que si te miro seas veneno y llamas. Que observemos el canal de la poesía como el aroma de todos y de todo. Que nadie decida sobre el bastón que colocas en tus manos, el manubrio no cambiará las direcciones que me han permitido construirlos. Aprende que imposibilito la ternura y la sonrisa al paso de las desgracias, pues perezco a cada segundo. Que digas los mil verbos y sea uno sólo el que decida toda verdad: morir. Que te presentes en el firmamento como un lugar común y de tus ojos surjan espinas, siempre diferente de la alcurnia de la metafísica. Que dejes y comprendas que nada es tuyo, ni la palabra misma. Recuerda, soy el dueño de ella y sin ella duermes. Todos amarán tus últimas palabras. Reconoce que la piel, hacia adentro, tiene su propiedad sin papel. No hay terreno como tal. Que la belleza se coexista con el aroma de la congruencia en la libertad del vivo y del muerto. Que la vida no importe nada, que se sumerjan los barcos y exploren dentro de los llanos el vacío del ululamento. Y al final de los tiempos, que te sorprendas por la alevosía de dejar la vida para ser tierra.

Vivimos en el corazón del mundo y nacimos del polvo que trae el viento. Desde el confín mal escrito así las personas y los astronautas, no dejan de ser esencia dentro de las mordidas del recuerdo. Y nos atamos tanto que nos creen paracaídas de los ecosistemas. Una bicicleta se transforma en el deslizamiento de la alegría que contrae la libertad. Nacimos libres: experiencia que no se obtiene dos veces. Estallo en el vientre de la madre que contempla el enorme encuentro ante la luz que percibe su hijo, percibe, huele, llora y canta. Mi progenitora vació en mí el ritmo de su corazón, la respiración que se cuarta bajo las tinieblas que hablan del sexo, de la nada. Así me convierto es espejismo que perdura en las variaciones de la nostalgia. He medido el alcance de mis racimos bajo las conjeturas del brío, que día a día, sucumben en pequeños ciclos transparentes que suturan raíces y venas.

Creo que en ser se encuentra el momento adecuado que no contiene parámetro alguno ante el tiempo. No soy más que una sombra del olvido. Reclamo mi permanencia en las fotografías y me erradica la luz entre linces y centellas. No me busques. No preguntes por mí. Memoriza que pertenecemos al augurio que vive a nuestro alrededor, tan claro como la llama ante los planetas.

Soy la muerte misma. Soy un pleonasmo mal congeniado entre las palabras. Soy el dolor y la curva entre las nubes. Soy el cataplasma edificado en una roca. Soy el llanto, la cuerda de la vida, misma. Soy junto al universo, una gota, una luz, un platillo. Soy estepa, exceso, pócima, silencios. Soy porque soy, lágrima pendular de una mejilla como la bicicleta entre las cumbres. Soy una bomba y mi propia transformación. Soy una alcachofa, soy los vientres y el reflejo del Sol que otorga vida a su compañera Luna. Soy la envidia, un pie tras otro. Soy la cama, tigre e imbécil. Soy maleficio y beneficio. Soy orgasmo. Soy la creación del verso en el tiempo del poema que duerme en la casa de la poesía. Soy invisible para los iracundos. Soy melancolías y tres veces pez. Soy iconoclasta y moderno. Viejo por igual. Muerto y todos los muertos soy. De mis dimensiones no cuestiones. Olvida sintetizar mi cuerpo en tu frecuencia. Soy pasado, presente y futuro sin medida. Soy la orquesta de los sueños, de los sexos que se degustan en el desvelo de las sirenas. Soy un estrago colosal de la Tierra. Mi voz ulula cuando tu llanto calla. No me despiertes de manera sublime. Dame de ti el origen y despeguemos hacia una ruta inalcanzable. Que la muerte nos suspire ante su encuentro. No hablemos de las incertidumbres porque vivimos en nuestras propias locuras. Soy el día de la vergüenza, perversión y vulgaridad. No hay leyes que respete, el vaivén me acompaña y me vivo cuna de los océanos. En mi descansan sus furias, inertes recuerdos de lo tácito que es el tamaño de la humanidad. Porto una calcomanía y con ella despego y me adjunto en cada trazo de mis ruedas. Soy la prisa, la violencia y el desacato. ¿Quién cuestionará mi voz si no perciben mi existencia?

Me acompaño de las aves, de los peces y de sus recuerdos. Soy un sinvergüenza, me pierdo en mí y conmigo, nadie me ha definido sobre mi propio impulso. Soy espesura del cerebro, inconfundible y perdible. Soy una, dos, cuatro, ochos veces el ciclo de la lengua. Comienzo de Sur a Norte y viceversa. Me han nombrado fresa y eclipse: hermanos de la pubertad. Soy un ícono a la izquierda y también a la derecha, entre los lados camino desmesuradamente para establecer asombros en mis propios labios.

Soy dado, piedra. Soy un eufemismo a cada rato. Soy simple y ambiguo. Soy movimiento, entrega constante de la naturaleza, premio que arrecía en mi espalda y me dota de su vitalidad. Soy puerto, barco y navegante. Me impresiono en mis propios errores y me subsisto en ellos, ante la falsa rectitud de las líneas en el mundo mis convencionalismos se omiten, han de recordar que las programo páramo a páramo. Soy sustantivos, verbos y también falacia. Soy rugido, canto y batalla: venado y ocelote, cobra me duermo, liebre de avanzada, mariposa de celulosa, cuervo blanco en la miel, una tarántula entre los cardones, ballena de aluminio, como tiburón de plata, delfín de divertimento interminable. Ulula cada espasmo el candor de su mirada.

Me contengo margen a diario, rodeo y acaricio las pericias de las texturas, resbalo ante la sensualidad de la materia: natura confía, cree y ama. Soy una osadía del Canto Siete. Soy oxigeno, maleable, un astro, dos, cuarenta, cien. Soy un poema errante encargado en la Primavera. Soy profundidad. Soy la anarquía misma y el eco de tu muerte. Soy un recuerdo de los amores perdidos. Soy golpe y herida. Soy el giro hacia arriba de la potencia que emergen el ritmo de la ascenso, cuestionamiento de la fuerza individual. Ulula, contempla, dispara. Emerge, disfruta, baila. Toca, aprecia, conmuévete. Poetiza el sentido y resguarda la gloria para los días del mañana, nunca se sabe la extensión de las miradas.

Vivo en el corazón del mundo y nací en el polvo que trae el viento. No preguntes por mí. Descubre. Siente. El verso se camufla entre los detalles que se construyen con las manos. Estoy aquí, he llegado. De mí el impulso de una bicicleta y el arropamiento al hombre de piel morena. De la poesía, la imaginación. De la Tierra, la creación. Del recorrido, la soledad. Así tú, olvida de mí y escucha: mi canto atroz, volátil, negro, divino y trágico, ulula en el centro del pedaleo para componer versos que han de desprenderse a mi paso. Soy yo. Estoy aquí. He llegado. Adiós 18.

 

Escrito en diciembre de 2015 en la sierra de El Tuito, Jalisco, México. Editado en febrero de 2018 en el malecón de La Habana, Cuba.

 

 

 

PRÓLOGO PARA NADIE DESDE LA NADA

PRÓLOGO PARA NADIE DESDE LA NADA

VIAJE
Texto: Miguel Asa | Foto: Eymi Rosado

que eres todo un ejército
en un solo hombre
y que no has parado
Estefanía Najar

No somos el recuerdo del asfalto que arde,
de manos que piden hambrientas
ni de charlas sin sentido sobre la poesía que no se escribe.
No somos ni el instante de la noche
en que la luna es más grande que la casa.
Nancy Cedillo

Se siente como si fueras una hoja en los bordes del viento. Se siente una ligereza extraña desde el primer instante. Se siente el eco de la lluvia en la piel. Se siente un alejamiento sin retorno, la sangre se vuelca en los suspiros y la incertidumbre es constante, parece nunca acabar, y en medio de todo, te vuelves infinito.

Quisiera saber hacia dónde has partido, hacia dónde has virado. Quisiera saber qué es lo que tus aros reflejan en este momento, qué brilla en ellos, qué ocultan. Quisiera contemplar las texturas que rodean a tus ruedas ahora mismo. Quisiera observar, detenidamente, cómo tu silueta se forma en el lente de mi cámara, añejo vitral de colores que he perdido. Quisiera degustar los aromas que tu cuadro emana en aquellos cielos, nuestros cielos de sueño, alegorías que descarnan el nacimiento de las memorias de juventud. Quisiera volver a tu pedaleo y envolverme ahí, platicarte hasta el alba, hasta dejarte de querer. Quisiera las caricias que dibujabas como veredas en el universo, ocasos divinos detrás de nuestra ventana. A pesar de todo, presiento que estás en algún lugar del planeta frente a la luna, y me sabes bien, nos sabes bien, nos creemos bien.

Se siente la vejez al correr en el firmamento. Se sienten los años en cada espasmo. Se sienten los suspiros a manera de llanto y de redescubrimiento. Se siente el día como se siente la noche, tiempo indeterminado de mentiras y verdades. Se siente la pausa de la vida en medio de la nada y a través de todo. Se siente el orgasmo oculto en los labios oxidados. Se siente el camino y se sienten los pueblos: los colores como alimento del vestigio en que me he convertido.

Hice amistad con el polvo, una eterna amistad, amable, voraz, devorante, pues recorrió conmigo cada una de nuestras respiraciones mientras desaparecimos en aquella coyuntura del camino. El polvo vino a suplirte: fue la caricia del amanecer, el cansancio de la tarde y la fortaleza del anochecer. El polvo, aquello que alejamos a diario, fue conmigo el suplicio del prisma que actuó bajo tus destellos.

Me alimenté de mi sudor a diario, pues a cada pedaleo, se quedaba rezagado sobre mis ojos, corría por mi frente y en todo mi cuerpo se volvió camino firme con su humedad; fue sal en momentos de sed, huella blanca sobre mis ropas, el resquicio de mi continuo desgaste. Mi sudor fue la evidencia del sol, de las horas, de los días y los meses, y sobre todo, de la presencia de ti. Fue el líquido que te invadió en cada subida y que se perdió en cada bajada. Mi sudor fue la voz de mi silencio, de los horizontes, de las texturas y del tiempo, reflexión de nuestro pasado. Fue la voz que me acompañó y que dejó huella en todo aquello que rodeó a mis pupilas, a mis manos, a mis pies, por igual a tus llantas, a tus frenos, a tu ligereza; voz de interminable augurio y de largos trayectos, voz de poema, voz de tierra y de agua.

La fuerza de mi cuerpo delató a mi mente y a mi espíritu para transformarlos en elementos de traslación y de continuo aprendizaje sobre ti. No te imaginas lo que se puede contemplar en la soledad diaria, parecía ser un séquito de emociones que dislocaba cada parte de mi cuerpo y las armaba con sonrisas ajenas sobre ti, en constante pedaleo. Sin embargo, estoy agradecido de que estés ahí oculta, quizás, bajo la luz del sitio en donde solíamos acurrucarnos de manera efusiva bajo las noches en medio de la nada.

Siempre estuviste a mi lado, en cada nacimiento del sol, en cada vibración del mar, en cada grano de arena que mis pies tocaron. Aún te recuerdo y lo haré eternamente. Espero que un día comprendas todo lo que sucedió y el por qué te dejé ir. No sé si escapé o cambié de destino, no sé si le llamarás éxodo o viaje, realmente no sé si quepa todo lo que piensas en lo que aquí determino, no estuve a cargo de la decisión de nuestros destinos y eso no lo podremos cambiar. Te digo, las respuestas están ausentes, sólo existo, existimos, y creo que eso me basta, quizás a ti no, pero ya está hecho. Podrás decir que estoy loco, y quizás sea verdad; pero dime, qué humano no ha cometido locura alguna en su vida con una bicicleta; quién no ha construido condominios sobre la punta de un mondadientes; quién no ha deseado, firmemente, ser mariposa, duermevela, papel, gafas, tormenta, delirio, camino, volcán o anhelo; quién no se ha fijado en la cordura de su pensamiento la inmediatez de sus deseos. Dime quién.

Sí, me puedes nombrar loco, pero qué más da si lo único que tengo en vida es este cuerpo rasgado por la infancia y reconstruido en distintas etapas de suspiros para crecer con el silencio de mis versos, aquellos que de manera fugaz escribí tantas noches sobre nuestro viaje. Como extraño esos momentos en que fuimos pluma y llanto, conversación y alegría. ¡Demonios, cómo pudiste irte así, tan silente, tan línea, tan punto, tan infinita, tan bicicleta, tan tú!

Sé que ahora estás muy lejos y que todo lo que fuimos se ha convertido en una llana memoria de nuestros días, mas qué le vamos a hacer si tan sólo recorrimos una mísera distancia del revuelo de un sueño efímero que alguna vez tuvimos. Qué te digo, en serio, qué te digo. Pareciera ser que el llanto no cubrirá la tela con la que guardaré tu aliento.

En este momento tan sólo quiero relatar, sin amor y sin consuelo, todo, o casi todo lo que aconteció a mi alrededor para llegar contigo a miles de células, a lo llantos, a las comunidades, al corazón, con todo mi pesar y bajo tu ausencia. Aquí hay historias de emoción y de pesadumbre, y lo sabes bien, hechos que hicieron desvivirme dentro de la complejidad del ser humano y en la sencillez de la naturaleza. Aunque desearía contarte todo, algunas partes las guardo, me las quedo, las oculto y las revivo, contigo allá, a lo lejos, mientras, posiblemente, estés en talleres de otro mundo, de otras paredes, de otras geografías. Sé que creerás que algunas son mentira y para ello no tengo solución, estuviste ahí. Una vez dijiste que escribiría nuestra historia y aquí está. Esto es un vil intento de lo que fragua mi memoria. Tómalo como desees; quise hacerlo de la manera más honesta posible pese a todo argumento: de nada sirve construir caminos con materiales que desconocemos, pues bien es cierto que los puentes tienden a caer cuando no se han fortalecido desde su parte baja.

Lo aquí expuesto son los vestigios de lo que fuimos en alcobas diferentes y en traspatios de otras gentes, son las carcajadas de todos aquellos que conocimos en un sinfín de aulas y auditorios de escuelas, siempre, bajo poemas que alimenté con tu presencia, con las voces de aquellos que nos impulsaron y de todo lo que tanto amé al frente de mi cámara fotográfica. Escribí esta crónica sobre ti que me dejaste solo, ante el universo y ante la poesía. Hoy soy melodía de distintas casas, el caminante sin destino, hombre que con desatino pretende ser viajero y horizonte.

Pero qué te digo si estás lejos, estamos lejos, enamorados de lo que fuimos y de lo que somos: estrellas de la ternura de nuestros recuerdos. Ahora me pregunto dónde ruedas, qué bailas, qué percibes, qué imaginas, qué contemplas, qué transmites, qué sientes, qué amas. Y los días pasarán y no habrá voz que responda. Te digo, la incertidumbre es constante, muy constante. Sin embargo, que sé yo de todo ello si sólo sentí, vibré, fluí, compartí, anhelé, construí a tu lado, y por igual, te olvidé. Y qué sé yo de mí si me configuré en todo camino para escribirme en medio de la nada con tu fortaleza, querida bicicleta, el aliento de mis letras y una supuesta coartada. Una vez, el polvo fue mi compañero, y el sudor, la escritura sobre mi almohada.

 

Para Emma Cleta, la bicicleta Orbea MX30 aportada por Zero Bikes que viajó conmigo por el Pacífico mexicano y que me abandonó en septiembre de 2016 en la calle Primera, ahí, en la zona Norte del Centro de Tijuana, Baja California, México, en manos de los hombres grises. 

LECTURA DEL PASAJERO NÚMERO UNO

LECTURA DEL PASAJERO NÚMERO UNO

VIAJE

Lograrás la inmortalidad
En la etiqueta de tu féretro
Giselle Ruiz

Ella volaba porque nació pájaro
Andaba por los cielos y los mares de su llanto
Emmanuel Rocha

Por principio, leer. Siguiente, crear. Después, pedalear. Y así, un año después y varios miles de kilómetros, las letras se manifiestan, se generan, son entidad y memoria. Es tiempo para una pausa, para ellas mis amigas, las grafías, que después de una travesía de emociones y perspectivas, se construyan a sí mismas.

Hace dos años, en el brío de un sábado de junio, decidí navegar por carretera. Quise conocer el olor de los horizontes y la magia de las mariposas. Me fui, sin sentido ni dirección, desde el comienzo, desde la idea, a viajar en bicicleta en compañía de letras e imágenes. Desde una casa llena de historias emprendí mi viaje dentro de un sueño que me despertó para susurrarlo a media madrugada. Lo percibí, era mío.

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Después del inicio Birula Radio

Durante un año de gestión, entre apoyo por aquí, solicitudes por acá, talleres más allá y diversas actividades de manera constante, el viaje ya había comenzado, y al igual, un montón de calcomanías se alistaban para ser parte del equipaje. Entre pedaleos urbanos, actividades literarias, concursos y no sé qué más, la incertidumbre en mi persona fue un pensamiento constante, el color estaba en los poros. La aventura, el trayecto, la constante emoción de encontrarme en cualquier sitio, en cualquier espacio; la duda de no saber qué seguiría cada día, me perseguía.

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En Letras Hispánicas de la Universidad de Guadalajara

Lo anterior fue el resultado de mi infancia, pues la bicicleta ha sido mi compañera desde mis primeros años gracias a mi Viejo, mi padre, quien en las tardes después del trabajo, recuerdo, levantaba con fuerza y sostenía mi bicicleta mientras yo trataba de encontrar el equilibrio en el vuelo sobre aquellas lomas en las que se postraba mi barrio. Muchas caídas como el tiempo de aprendizaje. Dar vuelta, eso de girar el manubrio era el universo, el imposible movimiento de un chamaco de cuatro años con los brazos diminutos. Años después, aquellas tardes con mi padre desatarían otro pedaleo más extenso, este viaje, esta aventura: aprehender en todo instante.

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PX-Taller en Acapulco, Guerrero

Por su parte, hace tiempo, cuando fui editor de Apócrifa Art Magazine, descubrí una acción que me dejaría atónito años más tarde y que sería parte de mi vida. Durante aquellos días, en la realización de un especial sobre bicicletas, me sumergí en el mar de las dos ruedas en su confección con el arte y otros movimientos sociales. En aquella investigación de contenidos encontré a quienes inspiraron parte de este proyecto, Tasting Travels, Annika Wachter y Roberto Gallegos, un par de jóvenes intrépidos, una alemana y un mexicano quienes viajaban en bicicleta desde Alemania para intentar dar la vuelta al globo. Con ellos, tras una entrevista que les realicé, tuve la oportunidad de observar perspectivas diferentes: que viajar en bicicleta era posible y que las miles de opciones que tenemos delante nuestro suceden sólo una vez. Después de aquel momento nada sería igual. No era algo concreto el que yo fuera a realizar un viaje, sin embargo, cuanto más tiempo pasaba y más cicloviajeros conocía al paso por mi ciudad o de manera virtual, la idea no estaba lejos de mí.

Así fue con Natalia Gama y Christian Wortley que se dirigían hacia Argentina desde California, Estados Unidos; con Cristina Spinola y su fuerza por el diálogo de la mujer en cualquier comunidad a la que llegaba; con Salva Rodríguez quien llevaba más de doce años sobre la bicicleta; con Lorenzo Rojo que a sus casi dieciocho años pedaleando aún quería cruzar las Filipinas; con Dani Ku que recién comenzaba su aventura por América; con Álvaro Neil quien busca hacer sonreír a cualquiera con su Biciclown desde hace más de diez años; con Coco que buscaba la libertad en el viaje; y así por igual un sin número de ciclistas y proyectos que conocí cuanto más indagaba. Gracias a Paulo, a Luciano, a Elías, a Nic, también por compartir su tiempo y sus enseñanzas. Gracias a todos ellos supe que tenía la capacidad para realizar mi propio viaje, pero, qué formato tendría -me preguntaba-, cuál sería la ruta que habría de realizar, qué implicaría gestionar todo lo venidero, simplemente, cómo sería todo esa galaxia.

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La máquina que ha entregado su corazón
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En el proceso de corte

Después de aquel junio todo fue diferente, pues la calcomanía que he impulsado desde hace ocho años, Por favor, lea poesía., se encontraba en su segunda edición de largo tiraje. Ese pequeño artefacto adherible me permitió vincular todos mis proyectos creativos, desde mi formación profesional, Letras Hispánicas, hasta aquella formación autodidacta en diseño, fotografía, gestión y otros, que había emprendido a la par como universitario. En ese momento, las actividades para fomentar la poesía de diversas maneras estaban a la orden del día.

 

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En la segunda edición en Palíndromo

Con un tiraje de 21,000 calcomanías, comenzaba la despedida. Entre el décimo octavo aniversario de Mantis editores, la edición cartonera de espresso con ediciones El Viaje y De lo Imposible ediciones, las lecturas en cafecitos, la entrada al aire de Birula Radio, los paseos ciclistas, los talleres, la instauración de Vía Literaria en el tren ligero de Guadalajara, las invitaciones a escuelas, intervenciones públicas, las reuniones con escritores y artistas, entre otros hechos, sucedió lo que había imaginado: Proyecto Ululayu emergía.

 

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Los poetas en el 18 aniversario de Mantis editores
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Los poetas Mantis en Chapultepec

Inspirada en el Canto VII de Altazor o el viaje en paracaídas de Vicente Huidobro, la figura amorfa de este proyecto la concebí para compartir, para imaginar, para sentir: Ululayu como onomatopeya del verbo ulular; Ululayu como el pasajero número uno en un viaje en bicicleta; Ululayu como el sustantivo del ente que me acompañaría en el trayecto; Ululayu como el sonido que ocurre en los oídos al pedalear; Ululayu como la voz del viento; Ululayu como el movimiento eterno de la Tierra; Ululayu como cuerpo fantasma en los versos y las fotografías; Ululayu como cuerpo motriz de la gestión y la creatividad; Ululayu encontrado en el cuerpo de un huracán; Ululayu, el ululamento de las dos ruedas en el rompimiento del silencio, simplemente, el confidente.

 

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En la tercera edición, antes de partir, en la Rambla Cataluña

Así pues, durante ese tiempo, principios de 2015, la vinculación entre mi bicicleta, las literatura y las artes, se había convertido en la mezcla adecuada para un proyecto de vida en constante movimiento: gestión y creatividad en dos ruedas, un experimento que no había contemplado ocurrió así, inmediatamente.

Después de algunos sucesos, entre ellos dos asaltos en los que me despojaron de dos bicicletas con las que había pensado partir en algún momento y parte de mi equipo fotográfico con el que haría el registro, el despegué se había postergado por más de tres meses, pues bien, había contemplado arrancar “en el Equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos de calor” de aquel 2015.

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En Haz la lucha días antes de la partida

A lo largo de esos meses que sirvieron para realizar los preparativos, la gestión y las diversas actividades que realizaba habían suscitado el principio del cuerpo del proyecto. Ante ello, había llegado el momento de vaciar la casa, vender algunas cosas, obsequiar otras, intercambiarlas a manera de trueque… en poco tiempo, todo se fue, todo aquello que había sido útil en una vida citadina se convirtió en una vana evidencia de un instante de mi vida. Y ahí estaba, al borde de la mayor aventura que habría de sucederme. Mucha gente comenzó a colaborar, fueron parte muchas personas, no sabría el número con exactitud, pero cada uno sabe de qué manera han estado presentes. El apoyo de diversas instancias y pequeñas empresas funcionó como parte del primer impulso, además de las personas que fondearon, de las que ofrecieron apoyo de otras maneras y de las que con una sonrisa brindaron fuerza, todas me permitieron realizar una nueva vida. Así igual, gracias a Cultura UdeG, a Caravanas Culturales por la Paz, a Radio Universidad de Guadalajara, a Zero Bike, a Bicicletas Vazher, a Ok Hosting, a DeporteHabitat, a Siteur, a Boneshaker, a Rey del Pedal y a todos aquellos que de una u otra manera fueron parte del despegue.

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En la despedida con Mila Tesla

En menos de un mes la fiebre del viaje comenzó a latir. Ya había dado el primer paso, viví en casas de algunos amigos los últimos días de mi estadía, y finalmente, con mi madre, quien durante algunos años rehabilitó mi cuerpo después de varios accidentes que tuve, todo, para tener la voluntad de viajar de esta manera.

Escrito el 19 y 20 de octubre en Guadalajara, Jalisco, frente a una ventana con las lunas del mes.

 

CUATRO LETRAS SOBRE DOS RUEDAS

CUATRO LETRAS SOBRE DOS RUEDAS

VIAJE

 

¿Quién podrá detenerme con ensueños inútiles
cuando mi alma comience a cumplir su tarea,
haciendo de mis sueños un amasijo fértil
para el frágil gusano que tocará a mi puerta?

Julia de Burgos

Leer un descenso en paracaídas. Leer el reto de la propia estética, la de otros, la no existente y la olvidada. Leer el universo y su propia infinidad. Leer una memoria, una obra, una palabra indeterminada. Leer el nacimiento y su propia muerte. Leer con adjetivos y sin ellos. Leer la sincopa que delimita cada verso en cada página. Leer el imaginario imperdible de su esencia. Leer con nubes de malvavisco, con carreteras de chocolate. Leer los horizontes, las velas, los insectos, los pinchazos, los cansancios, las nubes, las subidas y las bajadas. Leer en dos o tres tiempos bajo balcones blancos, una palapa o una casa de campaña. Leer la radio, la bicicleta, el sol y la luna. Leer descalzo y sin espíritu. Leer en la laguna, en el campo, en el pueblo, en el camino. Leer en el cerro y bajo túneles verdes. Leer lento, rápido también. Leer para discutir, para gozar, para brindar, para bailar y yo qué sé. Leer, por el simple pretexto de leer.

Leer la mirada. Leer, incansablemente, el agua, la vida y los suspiros. Leer a Alfonsina Storni a la orilla del Océano Pacífico y traer su cuerpo a la existencia. Leer 1984 en un cuerpo modificado. Leer con tono de libertad y sin tiempos. Leer lo deseable. Leer los países y el continente. Leer las lunadas. Leer los lugares comunes y las nuevas adquisiciones. Leer Demasiado amor y recordar la universidad. Leer el prefacio no incrustado. Leer a capela y sin micrófono: volumen alto el de nuestra lectura. Leer bajo su falda. Todo cabe en leer.

Leer para contestar a Gabriel Zaid. Leer kilómetros como veredas, eje universal del único paseo en vida. Leer fragmentos de días y noches, leer a Roberto Maldonado Espejo en La Manzanilla, leer a Pablo Paniagua y sus historias en otros pueblos, abrir las palabras de Cecilia Magaña bajo la sombra de una parota para leer a un costado de un río.

Leer el polvo y la magia. Leer los egos y las envidias, también, sin prejuicio y sin remordimientos. Leer el recuerdo y la ciudad. Leer la penumbra, la sensibilidad, el ruido de las olas. Leer los poemas y cambiarlos por cenas decorosas. Leer el viento entre la lluvia. Leer como vagabundo a la orilla de cualquier carretera. Leer en el fin del punto. Leer siempre bajo ninguna regla.

Leer la lejanía de uno mismo. Leer bajo cualquier costado. Leer en dos ruedas para escribir un viaje. Recobrar el avance del pedaleo y ponderar las millones de naturalezas que rigen a la humanidad. Y si es posible, cuestionar a los átomos de cada textura, como si emprendieras el despegue hacia el olvido.

Leer en cuatro letras y en ninguna. Bajo la noche y la marea, leer el firmamento, cada estrella como el verso no escrito. Leer entre la pesadez y la absurda gana de existir. Leer sin nadie y sin nada. Leer desprovisto de espacio. Leer sin la coalición de los poetas vivos, siempre enfurecidos y antagónicos, bajo los peldaños de la distancia. Leer fuera de foco y lejos de ahí.

Leer como justa precaución antes de irnos a otro lado. Leer como presagio de cada sismo que sacude la panza. Leer para emprender la caída. Leer el verbo hasta hartar la conciencia. Leer para derrocar a la peste. Leer para construir un epitafio incoherente. Leer cualquier ente para compartir el cobijo. Leer bajo la premisa de los pedales eternamente. Leer el error, revolcarse, caer, resurgir y de nuevo aprender. Leer como método de la desintoxicación. Leer de Tonalá hasta Tijuana, desde la alfarería a la decadencia. Leer el sol y el fin de la playa. Sólo leer.

Cuatro letras para un sueño y dejarlo todo. Por última vez, leer el recuerdo de los amantes. Leer las palabras puestas en aquella casa. Leer el futuro sin destino. Leer entre papeles y la caricia medular de una tarde. Leer el mundo como jardín sin estructura. Leer el amanecer sin cielo. Leer para observar y escuchar. Leer el infinitivo hasta crearlo posesivo. Leer la muerte y su presencia. Leer la soledad y en ella, escribir la persistencia del silencio. Escribir como reflejar y sucumbir. Crear para irse. Sepultar la lectura de la experiencia. Modificar el tiempo a capa y espada sin remedios ni curaciones.

Que se vuelva flanco de libertad la pasión de la nada, un distractor mordaz: mi lectura. Y que frente a este mar que observo, se vuelva perenne la mañana ante los libros que buscan el fuego y resuciten a la bicicleta que trajo versos con el viento, desfigurados y huracanes.

Sólo compartimos la palabra, dimensión de la evasión. Sólo pedaleamos por la costa y nos aferramos al hambre, a los muros y a los estudiantes. Sólo no creíamos en llegar, en gestionar, en leer. Sólo fuimos una primera etapa de esta lectura, veneno del mar, interpolación del desierto. Sólo fue ella, la bicicleta que me protegió de la mentira y me dio el impulso de aproximarme más rápido a la muerte. Leer esto no como una declaratoria ni un testimonio. Leerle amor a Emma Cleta. Leerle después en el vacío, en el todo, en la galaxia.

Un año ha pasado y se ha ido, se la llevaron. Un año en el que la distancia se ha construido entre versos, apasionantes atardeceres y una bienaventurada esencia. Hoy leer el primer texto que incrusto en estas líneas virtuales, en lo efímero de nuestro pensamiento, es el comienzo de la siguiente etapa. Este viaje apenas comienza y entre el exceso de errores se encuentra la pequeñez de mis aciertos.

Acá en Tijuana, donde termina mi lengua, leo con gusto la evolución del recorrido y encuentro en ello la amalgama de corazones que se postran como unidad de fortaleza. Ante ello, leer cada kilómetro como la perpetuidad del no saber que seré mañana, si rinoceronte, piedra, norte, ola o frío. Ahora es leer, sólo leer, porque en el destino no hay retorno y todo queda en la lectura del dulce cuerpo de la nada que está al final del camino. Siempre leer en la presencia de la ausencia. Escribo que viajo solo cuando leo que todos están conmigo.

Escrito entre el 18 de octubre de 2015, en La Manzanilla, La Huerta, Jalisco, al 19 de septiembre de 2016, en Playas, Tijuana, Baja California, México.

miguel(así,sinapellidos)