Casa huerto Madre Luna: semilla en Tala
Proyecto de autocultivo que se comparte
Sol y René son Madre Luna. Foto: Sol Rodríguez
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No se seca la raíz de quien tiene semillas dispersas para brotar en la tierra. No se apagan las ricas memorias de nuestros abuelos. No se recortan las anchas alas porque el cielo es libertad y la fe es encontrar a ‘Ãgglẽnẽ’.
Nanblá Gakran

Desde hace algunos años he recorrido en bicicleta la carretera de Guadalajara a Tala, acá en Jalisco. Es una ruta sencilla que me divierte mucho y que siempre agradezco. Los paisajes que rodean al volcán de Tequila son un amor al amanecer y una nostalgia completa al atardecer. Son fines de semana los que me abrazan para llegar al corazón de Casa huerto Madre Luna, que es la viva creación de un par de amigos, que desde su juventud han coincidido para hoy día compartir las labores de la tierra. Ellos me han enseñado un poco de lo que sé sobre el autocultivo, sobre la forma de vivir la tierra, y sobre todo, de compartir con los demás. Y hace poco los visitamos Tiago Testa y yo en nuestras bicicletas.

Productos sustentables. Foto: Metzin Rodríguez

Tala se encuentra a hora y media de Guadalajara en dos ruedas. El clima es propicio para la caña, el cacahuate y otros. Ahí se encuentra Casa huerto Madre Luna, donde Sol Rodríguez y René Velazquez han creado lazos con su entorno, su familia y sus amigos, “es nuestra casa, ahí vivimos y creamos un espacio para compartir, crear, sembrar ideas y cosechar con la comunidad a través de la agroecología”, así lo describen.

En Madre Luna se ha cosechado maíz y cacahuate principalmente, sin embargo, para el consumo de ellos han sembrado distintas hortalizas como lechuga, jitomate, rábano, pepino, entre otros. Por su parte, dentro de los productos que ofrecen tienen salsa de cacahuate, mole, galletas de cacahuate, miel, café, tela encerada, bolsas reutilizables, bálsamo de cacao para los labios, desodorante de cacao y polvo para matizar de maíz rosa

Galletas caseras. Foto: Sol Rodríguez

Esta idea de ambos, y que al día de hoy poco a poco ha cobrado más impacto, surgió “de nuestra búsqueda por regresar el amor a la tierra y por compartir experiencias que nos acercaran a un equilibrio, entre una vida moderna y a la vez sostenible, para el medio ambiente. Los dos siempre vamos en el mismo camino y con ese sentir en sincronía. Dejamos la vida de rutina de las ocho horas de oficina en la ciudad: dormir y al día siguiente lo mismo. Eso lo cambiamos por regresar a nuestra raíz, a una vida de disfrute, sana y llena de comida fresca directa de la tierra”, precisan.

Así ha crecido la producción día a día, a tal grado de hacer pequeños grupos de aprendizaje, apoyar a diferentes agricultores de la región y de otras partes, estudiantes, visitantes y demás quienes acuden con algún fin en común. Yo lo viví cuando René nos dio un breve paseo por el huerto. Ahí nos platicó sobre los procesos, lo que hacen, el tiempo que conlleva, el esfuerzo que representa trabajar la tierra sin maquinaria, la unidad de dos que se entrega a cuatro, diez, quince por igual. Comimos una guayaba de por ahí, nos enlodamos y disfrutamos de la tarde de domingo. Así mismo, Sol nos compartió de sus salsas con unas tortillas del maíz que ellos producen, y vaya que fue toda una aventura de sabor. No podría faltar el taquito de guacamole con el aguacate de su trabajo, íntima amistad la que ahí se arma.

Esto ha sido lugar para que el conocimiento se afiance en la oportunidad de sabernos una vez. Es una forma de vivir para conocer las posibilidades que tenemos con la tierra, pues generar Madre Luna para ellos ha sido “una gran alegría, cada día es diferente, lleno de historias y buenos momentos entre plantas y semillas. También, un gran aprendizaje de los ritmos de la naturaleza y a fluir con ellos.

Del huerto a la mesa. Foto: Sol Rodríguez

En palabras de ellos en Madre Luna “siempre hay cosecha, ya sea de alimento o de aprendizaje. Desde que nuestro lugar era un terreno baldío de arena, hasta que salió el primer maíz, recibimos al primer grupo y organizamos a más de 20 productores para crear un mercado local. Ahora el fruto que estamos por cosechar, es este mismo mercado pero adaptado a la nueva realidad, porque el campo no se detiene”, pues el impacto que han logrado en la comunidad “ha sido la participación y organización de los productores, la eliminación del uso de pesticidas en sus cultivos y el acceso a alimentos de calidad, por lo tanto una mejora de la salud.”

Maíz Madre Luna. Foto: Sol Rodríguez

Yo trato, por lo menos, de visitarlos una vez cada bimestre, pues siempre hay cosas nuevas en ese proyecto de pareja que se muestra ante todos abierto y con la solidaridad de una pequeña familia de Jalisco. Ellos tienen opciones para todos y es posible siempre compartir, esto es lo más hermoso de acudir, por eso “vengan a visitarnos, a tomar alguno de nuestros talleres o comprar los productos que ofrecemos. Cada que adquieres un producto, una parte es destinada a financiar capacitaciones para que nuevos productores se sumen a los cultivos libres de pesticidas. También tenemos experiencias de fin de semana para acampar y vivir y probar un poco de la vida en el campo.” Para saber más sobre Madre Luna es posible consultar su página de Facebook e Instagram.

Colecta de aguacates. Foto: Metzin Rodríguez

Para regresar aquella tarde, lo hicimos por el bosque de La Primavera. Nos cayó la noche sobre los lomos y nos perdimos un tramo. Fue una fortuna haber comido con ellos para aguantar el regreso de más de cuatro horas. Salimos afortunadamente a carretera y valió la pena. Llegué a casa, pensé y descubrí que pronto viviré en el campo. Por cierto, no olvidé traer mi salsita con cacahuate, esa me fascina

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