Alzar la voz es nombrarnos: de poesía y manifestaciones

Alzar la voz es nombrarnos: de poesía y manifestaciones
El ejercicio de la palabra desde las mujeres
Mujer Á(r)mate. Foto: Tzuara de Luna
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Entenderás entonces que de tu boca brotaba el fuego.
Nydia Pando

El acto violento, dice Rita Segato (2013), se comporta como una lengua que funciona de manera efectiva en nuestro contexto. Por ello, “cuando un sistema de comunicación con un alfabeto violento se instala,” resulta muy complicado revertir el proceso. Sin embargo, el arte y las artistas detrás del mismo han encontrado en la poesía la posibilidad para hacer frente a la violencia. Valeria Rodríguez y Carolina Repetto señalan, a propósito de ello, que “entretejido con los orígenes del lenguaje y la capacidad del ser humano para simbolizar, surge el gesto de poetizar como un modo de decir y de entender el universo” y, por lo tanto, como un medio para manifestar resistencia frente a las diferentes injusticias que plagan el devenir mujer. De hecho, en relación con lo anterior, Rodríguez y Repetto (2019) retoman a Lanseros (2016) para sugerir que no hay ninguna civilización en donde la poesía no haya existido como el origen de la transmisión de la información, del conocimiento y de la cultura. De manera que, esa palabra de origen, es la que, al erguirse frente a las injusticias, señala también el porvenir.

Antes de comenzar a deambular el vericueto del tema que hoy nos congrega, me gustaría señalar un aspecto crucial para el entendimiento de este texto: la poesía no solo es escrita. En realidad, la poesía tiene múltiples manifestaciones que no solo se abordan desde la palabra. A ello, Nadia López (2019) comenta que la cara escrita de la literatura es tan solo una de las diferentes posibilidades que existen dentro de la poesía. Esta puede ajustarse a diferentes manifestaciones artísticas como lo son el baile, el canto, la pintura, entre muchas otras. De dicho modo, cuando en este texto se haga referencia a poesía, podemos encontrar en esa palabra la posibilidad del crecimiento de otras. Dicho lo anterior, vale la pena mencionar que en este texto se tomarán dos tangentes. Por un lado, se hablará del arte como una propuesta de manifestación y, por otro lado, se reflexionará sobre la poesía que crece en las manifestaciones feministas. 

En primer lugar, la poesía como posibilidad de manifestar la herida y hacer frente a la violencia se remonta a varios siglos en el pasado. Vivian Abenshushan (2018) aterriza a Mary Beard (2014) para mencionar que, en una de las historias de Las metamorfosis, la violación de Filomena es narrada. En el texto, el violador le corta la lengua con la intención de silenciarla. Sin embargo, Mary Beard menciona que dicho acto sugiere: 

que la comunicación trascendía la voz humana y que las mujeres no podían ser silenciadas tan fácilmente. Filomena perdió su lengua, pero aun así encontró la forma de denunciar a su violador al tejer su nombre en un tapiz.

Lo anterior permite encontrar el puente entre el arte como manifestación y la manifestación como manera de exponer la herida y, por lo tanto, generar tierra fértil para que la poesía pueda brotar. 

En la mayoría de los casos, lo complicado es rastrear todo el arte que se ha creado bajo la mano de una mujer, pues dos factores lo dificultan. El primero es que muchos nombres de mujeres y los trabajos realizados por ellas fueron borrados de la historia o simplemente no incluidos. Y, en segunda instancia, muchas mujeres tuvieron que ocultar su nombre debajo de un seudónimo masculino o detrás del anonimato. En cuanto a ello, María Jesús Martínez (2017) señala que, en los textos sobre historia del arte, difícilmente se menciona el trabajo realizado por mujeres. Para ejemplificar, menciona que la artista María Gimeno intervino uno de los libros más conocidos sobre historia del arte, La historia del arte de Gombrich, en donde la aparición de mujeres era sumamente escasa. La artista contemporánea realizó páginas de investigaciones sobre mujeres artistas con el mismo diseño que el texto original. Al final, tras incluir a muchas de las mujeres que hacían falta, el libro resultó ser el doble de ancho que el original. Lo anterior nos demuestra que son muchas las mujeres cuyo nombre y trabajo se desconoce, no por inexistente, sino por la poca visibilidad que han tenido.

En segundo lugar, aterrizando la manifestación como un espacio en donde crece la poesía, me gustaría señalar que lo considero como una de las formas más puras de la poesía. Pues no hay nada más poético que las mujeres alzando la voz y acuerpándose poema en contra de las injusticias, de la violencia y de un contexto que las busca silentes. No obstante, tal como lo menciona Magui González (2019), la cobertura mediática genera un sesgo en cuanto a la construcción de la opinión publica y la percepción que se tiene no solo sobre las manifestaciones feministas, sino también sobre el propio movimiento feminista. No obstante, en círculas feministas y grupos de mujeres, he podido comprobar que no soy la única que ha percibido a la expresión artística como una constante, lo cual, además de visibilizar el trabajo y el dolor, permite reivindicar el nombre de todas las mujeres (artistas o no) cuyo nombre fue borrado de la historia.

En cuanto a lo anterior, Andre Giunta (2019) menciona que el arte de las mujeres empezó a habitar las calles porque las galerías e instituciones del arte no las incluían dentro de sus exhibiciones. De manera que, brotar en las calles era necesario para visibilizar el arte creado por mujeres, ya que, en muchas ocasiones, ni siquiera las propias mujeres conocían el trabajo de otras. Además, señala que el sistema de consagración del arte occidental fue estableciendo dos únicas líneas: la masculina y la privada (ligada al entretenimiento). Basado en ese contexto, diferentes colectivos feministas encontraron la posibilidad de compartir y difundir su trabajo, así como también de conocer el de otras mujeres artistas, a través de manifestaciones, mítines y grupos de conciencias.

Es así que la poesía crece en las manifestaciones feministas y permite que todas pronunciemos lo que nos une, lo que se forma frente a la indiferencia, frente a la falta de respeto, frente a la muerte. La tierra fértil es precisamente esa en donde las mujeres alzan la voz, se apoyan y exigen los derechos sobre su propio cuerpo y el de otras mujeres. Entonces, desafiar al heteropatriarcado con arte, habitar la herida, exponerla y compartirla, no solo es un acto de valentía y rebeldía en donde las mujeres hacen frente a un sistema que las violenta, sino que también se convierte en un acto poético que visibiliza a las que estamos, a las que se llevaron y a las que fueron borradas.

Referencias
Abenshushan, V. (2018). “Disolutas (A Ante Cabe Con Contra) Las pedagogías de la crueldad”. Tsunami. Sexto Piso. 18.
Beard, M. (2014). La voz pública de las mujeres. Letras Libres. 
González, M. (2019). Fotografías de las manifestaciones artísticas de la marcha feminista. Yaconic. 
Giunta, A. (2019). Feminismo y arte latinoamericano: Historias de artistas que emanciparon el cuerpo. Siglo XXI Editores.
Martínez, M. (2017). Las mujeres artistas: Arte y Venganza. España TEDx Plaza de la Merced.   
Lanseros, R. (2016). Función del poeta en el siglo XXI. Círculo de Poesía
López, N. (2019). La tradición de la literatura oral. Literatura en lenguas originarias de México. Colegio de San Ildefonso.
Rodríguez, V., Repetto, C. (2019). Poesía y resistencia. Notas para pensar la poesía en la época de las plataformas sociales
Segato, R. (2013). La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez. Territorio, soberanía y crímenes de segundo estado. Tinta Limón.

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Todos los nombres que soy: sororidad con la palabra

Todos los nombres que soy: sororidad con la palabra
El ejercicio de la palabra desde las mujeres
Contra el silencio todas las voces. Foto: Tzuara de Luna
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Entierra a tus muertas en mi vientre que yo les daré patria.
Svetlana Garza

Este no debería de ser un texto sobre la importancia de que las mujeres escriban, sean leídas y escuchadas; pues no deberíamos de tener que exigir ni dar explicaciones sobre nuestro derecho a hacerlo. Sin embargo, el contexto actual parece indicarnos todo lo contrario. Quiero iniciar esta reflexión con la pregunta “¿Por qué me siento tan obligada a escribir?” propuesta por Gloria Anzaldúa (1980). A lo que ella contesta:

Porque la escritura me salva (…) Porque el mundo que creo en la escritura me compensa por lo que el mundo real no me da. (…) Escribo para grabar lo que los otros borran cuando hablo, para escribir nuevamente los cuentos mal escritos acerca de mí, de ti” (p. 4).

Leer los textos redactados por mujeres es conocer nuestra historia de otra manera; es reconstruir nuestro pasado para pensar un porvenir mejor, un porvenir habitable. Angela Davis (1983), señala que hay que cuestionarnos e investigar en dónde comienza la historia de las mujeres, ya que nuestros nombres han sido ocultados bajo el anonimato y las hegemonías culturales se han apropiado de nuestras ideas, descubrimientos e invenciones. Además, como también menciona Gloria Anzaldúa (1980), escribir desde nuestra voz, es reivindicarnos y reconciliarnos con nuestros cuerpos, nombres y existencias. A propósito de ello, Andrea Dworkin (1976), plantea al cuerpo como territorio, un espacio del cual nos tenemos que apropiar, porque el contexto nos ha dicho que ni siquiera nuestros cuerpos y las decisiones sobre ellos, nos pertenecen. Tomando en cuenta lo anterior, la palabra es una gran puerta para comenzar a conocernos, para empezar a habitarnos; porque la palabra y su performatividad nos permiten encarnar lo que enunciamos y hacerlo real a través de nuestras acciones. De esta manera, el escribirnos como mujeres unidas, sororas y que alzan su voz ante las injusticias, puede hacer que ello pase de ser palabra a realidad, sino es que ya lo es. 

Entonces, el ejercicio de leer los textos escritos por mujeres es reconocer que lo que se ha dicho sobre nosotras, no nos representa. Porque hay que señalar algo, es verdad que muchas mujeres han sido protagonistas de las historias que hoy en las escuelas nos enseñan como clásicos, pero ¿cuántas de esas historias fueron escritas por mujeres? ¿Cuántos de esos personajes verdaderamente nos representan? Escribir desde nuestras vivencias es confrontar todos los arquetipos que en la literatura y otras expresiones culturales se han reproducido y fortalecido. Lydia Cacho (2005), cita a Florence Thomas para hablar de la necesidad de romper con los estereotipos que el heteropatriarcado fomenta sobre las mujeres, retomando la siguiente frase: 

El lenguaje es el fundamento de la reproducción del sexismo; (…) En ese sentido, no habrá ni devenir femenino, ni nuevos sujetos, si dejamos el trabajo sobre lo simbólico y sobre el lenguaje, todo ese sistema de representaciones del mundo que conforman los pilares de nuestras identidades (p. 169-170). 

De modo que, resulta crucial cuestionar si los libros que nos enseñaron como clásicos, reproducían los estereotipos sobre rivalidad entre las mujeres, estigmas sobre nuestras dinámicas sociales, comportamientos, cuerpos y nuestra existencia misma. Por lo tanto, para detener esos arquetipos que nos plagan y que han regido nuestras vivencias por tantas generaciones, además de escribir desde nuestra voz y desmentir dichos esquemas, es importante empezar a sanar nuestras relaciones con otras mujeres. Y con ello, apoyarnos, crear espacios, redes seguras, leernos y escribir. Porque es a través del proceso de lectoescritura que podemos ir develenado en colectivo, lo que Anzaldúa (1980) señala como “algo que hemos reprimido o fingido no saber” (p. 5). Conocernos a través de la palabra permite generar lazos de empatía y saber que otras mujeres comparten o se sensibilizan con nuestras realidades.

Cuando he tenido la oportunidad de trabajar con mujeres y niñas que están empezando su proceso de escritura, muchas se han sentido nerviosas de leer en voz alta, de hablar en público, de ser escuchadas. Y las entiendo, puesto que reconozco que hemos crecido en un entorno social que nos pide guardar silencio. De hecho, menciona Vivian Abenshushan (2018), que el mundo de la creación literaria ha fomentado “la perpetuación del régimen de género vigente, donde las voces de las mujeres y otras disidencias sexuales se inician con un silenciamiento” (p.18).  En donde también, como menciona Chimamanda Ngozi Adichie (2017), a las mujeres nos enseñan a ser pasivas, mientras que a los hombres los educan para “hacer”. Nos dicen “no toques eso, o quieta, sé buena”, mientras que a los niños se les anima a explorar, a alzar su voz (p. 34). De tal manera que, si queremos empezar a deconstruir no ya sólo nuestras propias existencias, sino las dinámicas del mundo literario, tenemos que confrontar el miedo a hablar en voz alta. Dice Kathy Kendell (1980), con palabras de Audre Lorde, que “necesitamos elevar la voz. Hablar recio, decir cosas que trastornan (…) y que todos oigan, quieran o no” (p. 25). 

Nos han enseñado a estar en silencio y hacernos creer que lo que decimos no importa, pero estoy segura de que todo lo que las mujeres tienen que decir, todas aquellas experiencias y vivencias que escriben importan y deben de ser escuchadas. Expresa Yásnaya Aguilar (2018), que “todo acto lingüístico se convierte en un acto político” (p. 74). Bajo dicho esquema y retomando lo que muchas personas ya han dicho, alzar la voz y hablar, en una realidad que nos busca silentes, es un acto de resistencia.

Inicié con una pregunta, y deseo concluir con otras. En muchas ocasiones he sido testigo de las interrogantes: “Pero ¿por qué la antología es solo de mujeres?”, “¿Por qué el taller, la presentación o el espacio de diálogo son exclusivamente de, por y para mujeres?”, “¿Por qué tenemos que hablar de literatura de mujeres?” Pues, en pocas palabras, porque el campo, no ya solo de la literatura, sino también de muchas otras áreas del conocimiento, se ha esforzado, durante generaciones, por mantener a las mujeres alejadas, invisibles y en silencio. De ahí que el esfuerzo de hacer antologías, talleres, lecturas, presentaciones y demás, exclusivamente de, por y para mujeres, sea dejar una huella en los pabellones de los que hemos sido borradas. Leernos es hacer espacios para nuestros nombres en las calles de personas ilustres en donde no nos incluyeron. Y aunque, no debería de haber necesidad de justificar la importancia de escribir, ser leídas y ser escuchadas, insisto: hacer y difundir literatura escrita por mujeres, es encarnar nuestra voz y decir que escribimos porque existimos y que seguiremos existiendo pese a todos los esfuerzos por desaparecernos.

Referencias
Abenshushan, V. (2018). “Disolutas (A Ante Cabe Con Contra) Las pedagogías de la crueldad”. Tsunami. Sexto Piso. 18. 
Aguilar, Y. (2018). Lo lingüístico es lo político. México: OnA Ediciones. 70-73.
Anzaldúa, G. (1980). Hablar en lenguas: Una carta a escritoras del tercer mundo. En Steiner, R. (1985), Palabras en nuestros bolsillos. San Francisco: Bootlegger Press. 4-5.
Cacho, L. (2005). Los demonios del Edén. Editorial Debolsillo. 169-170.
Davis, A. (1983). Women, Race, and Class. Vintage Books. Division of Random House. 31-35. 
Dworkin, A. (1976). Our Blood: Prophecies and Discourses on Sexual Politics. G. P. Putnam’s Sons. 22-30. 
Kendell, K. (1980). Carta. Del taller dado por Audre Lorde y Meridel Leseur. 25.
Ngozi, C. (2017). Querida Ijeawele: Cómo educar en el feminismo. Literatura Random House. 32-34.

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