Todos los nombres que soy: sororidad con la palabra

Todos los nombres que soy: sororidad con la palabra
El ejercicio de la palabra desde las mujeres
Contra el silencio todas las voces. Foto: Tzuara de Luna
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Entierra a tus muertas en mi vientre que yo les daré patria.
Svetlana Garza

Este no debería de ser un texto sobre la importancia de que las mujeres escriban, sean leídas y escuchadas; pues no deberíamos de tener que exigir ni dar explicaciones sobre nuestro derecho a hacerlo. Sin embargo, el contexto actual parece indicarnos todo lo contrario. Quiero iniciar esta reflexión con la pregunta “¿Por qué me siento tan obligada a escribir?” propuesta por Gloria Anzaldúa (1980). A lo que ella contesta:

Porque la escritura me salva (…) Porque el mundo que creo en la escritura me compensa por lo que el mundo real no me da. (…) Escribo para grabar lo que los otros borran cuando hablo, para escribir nuevamente los cuentos mal escritos acerca de mí, de ti” (p. 4).

Leer los textos redactados por mujeres es conocer nuestra historia de otra manera; es reconstruir nuestro pasado para pensar un porvenir mejor, un porvenir habitable. Angela Davis (1983), señala que hay que cuestionarnos e investigar en dónde comienza la historia de las mujeres, ya que nuestros nombres han sido ocultados bajo el anonimato y las hegemonías culturales se han apropiado de nuestras ideas, descubrimientos e invenciones. Además, como también menciona Gloria Anzaldúa (1980), escribir desde nuestra voz, es reivindicarnos y reconciliarnos con nuestros cuerpos, nombres y existencias. A propósito de ello, Andrea Dworkin (1976), plantea al cuerpo como territorio, un espacio del cual nos tenemos que apropiar, porque el contexto nos ha dicho que ni siquiera nuestros cuerpos y las decisiones sobre ellos, nos pertenecen. Tomando en cuenta lo anterior, la palabra es una gran puerta para comenzar a conocernos, para empezar a habitarnos; porque la palabra y su performatividad nos permiten encarnar lo que enunciamos y hacerlo real a través de nuestras acciones. De esta manera, el escribirnos como mujeres unidas, sororas y que alzan su voz ante las injusticias, puede hacer que ello pase de ser palabra a realidad, sino es que ya lo es. 

Entonces, el ejercicio de leer los textos escritos por mujeres es reconocer que lo que se ha dicho sobre nosotras, no nos representa. Porque hay que señalar algo, es verdad que muchas mujeres han sido protagonistas de las historias que hoy en las escuelas nos enseñan como clásicos, pero ¿cuántas de esas historias fueron escritas por mujeres? ¿Cuántos de esos personajes verdaderamente nos representan? Escribir desde nuestras vivencias es confrontar todos los arquetipos que en la literatura y otras expresiones culturales se han reproducido y fortalecido. Lydia Cacho (2005), cita a Florence Thomas para hablar de la necesidad de romper con los estereotipos que el heteropatriarcado fomenta sobre las mujeres, retomando la siguiente frase: 

El lenguaje es el fundamento de la reproducción del sexismo; (…) En ese sentido, no habrá ni devenir femenino, ni nuevos sujetos, si dejamos el trabajo sobre lo simbólico y sobre el lenguaje, todo ese sistema de representaciones del mundo que conforman los pilares de nuestras identidades (p. 169-170). 

De modo que, resulta crucial cuestionar si los libros que nos enseñaron como clásicos, reproducían los estereotipos sobre rivalidad entre las mujeres, estigmas sobre nuestras dinámicas sociales, comportamientos, cuerpos y nuestra existencia misma. Por lo tanto, para detener esos arquetipos que nos plagan y que han regido nuestras vivencias por tantas generaciones, además de escribir desde nuestra voz y desmentir dichos esquemas, es importante empezar a sanar nuestras relaciones con otras mujeres. Y con ello, apoyarnos, crear espacios, redes seguras, leernos y escribir. Porque es a través del proceso de lectoescritura que podemos ir develenado en colectivo, lo que Anzaldúa (1980) señala como “algo que hemos reprimido o fingido no saber” (p. 5). Conocernos a través de la palabra permite generar lazos de empatía y saber que otras mujeres comparten o se sensibilizan con nuestras realidades.

Cuando he tenido la oportunidad de trabajar con mujeres y niñas que están empezando su proceso de escritura, muchas se han sentido nerviosas de leer en voz alta, de hablar en público, de ser escuchadas. Y las entiendo, puesto que reconozco que hemos crecido en un entorno social que nos pide guardar silencio. De hecho, menciona Vivian Abenshushan (2018), que el mundo de la creación literaria ha fomentado “la perpetuación del régimen de género vigente, donde las voces de las mujeres y otras disidencias sexuales se inician con un silenciamiento” (p.18).  En donde también, como menciona Chimamanda Ngozi Adichie (2017), a las mujeres nos enseñan a ser pasivas, mientras que a los hombres los educan para “hacer”. Nos dicen “no toques eso, o quieta, sé buena”, mientras que a los niños se les anima a explorar, a alzar su voz (p. 34). De tal manera que, si queremos empezar a deconstruir no ya sólo nuestras propias existencias, sino las dinámicas del mundo literario, tenemos que confrontar el miedo a hablar en voz alta. Dice Kathy Kendell (1980), con palabras de Audre Lorde, que “necesitamos elevar la voz. Hablar recio, decir cosas que trastornan (…) y que todos oigan, quieran o no” (p. 25). 

Nos han enseñado a estar en silencio y hacernos creer que lo que decimos no importa, pero estoy segura de que todo lo que las mujeres tienen que decir, todas aquellas experiencias y vivencias que escriben importan y deben de ser escuchadas. Expresa Yásnaya Aguilar (2018), que “todo acto lingüístico se convierte en un acto político” (p. 74). Bajo dicho esquema y retomando lo que muchas personas ya han dicho, alzar la voz y hablar, en una realidad que nos busca silentes, es un acto de resistencia.

Inicié con una pregunta, y deseo concluir con otras. En muchas ocasiones he sido testigo de las interrogantes: “Pero ¿por qué la antología es solo de mujeres?”, “¿Por qué el taller, la presentación o el espacio de diálogo son exclusivamente de, por y para mujeres?”, “¿Por qué tenemos que hablar de literatura de mujeres?” Pues, en pocas palabras, porque el campo, no ya solo de la literatura, sino también de muchas otras áreas del conocimiento, se ha esforzado, durante generaciones, por mantener a las mujeres alejadas, invisibles y en silencio. De ahí que el esfuerzo de hacer antologías, talleres, lecturas, presentaciones y demás, exclusivamente de, por y para mujeres, sea dejar una huella en los pabellones de los que hemos sido borradas. Leernos es hacer espacios para nuestros nombres en las calles de personas ilustres en donde no nos incluyeron. Y aunque, no debería de haber necesidad de justificar la importancia de escribir, ser leídas y ser escuchadas, insisto: hacer y difundir literatura escrita por mujeres, es encarnar nuestra voz y decir que escribimos porque existimos y que seguiremos existiendo pese a todos los esfuerzos por desaparecernos.

Referencias
Abenshushan, V. (2018). “Disolutas (A Ante Cabe Con Contra) Las pedagogías de la crueldad”. Tsunami. Sexto Piso. 18. 
Aguilar, Y. (2018). Lo lingüístico es lo político. México: OnA Ediciones. 70-73.
Anzaldúa, G. (1980). Hablar en lenguas: Una carta a escritoras del tercer mundo. En Steiner, R. (1985), Palabras en nuestros bolsillos. San Francisco: Bootlegger Press. 4-5.
Cacho, L. (2005). Los demonios del Edén. Editorial Debolsillo. 169-170.
Davis, A. (1983). Women, Race, and Class. Vintage Books. Division of Random House. 31-35. 
Dworkin, A. (1976). Our Blood: Prophecies and Discourses on Sexual Politics. G. P. Putnam’s Sons. 22-30. 
Kendell, K. (1980). Carta. Del taller dado por Audre Lorde y Meridel Leseur. 25.
Ngozi, C. (2017). Querida Ijeawele: Cómo educar en el feminismo. Literatura Random House. 32-34.

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