LOS DEDOS INVISIBLES DE LA POESÍA

LOS DEDOS INVISIBLES DE LA POESÍA

LABOR
Texto: Andrea Avelar, Diego Illescas y Miguel Asa.
Foto: Miguel Asa 
Lento en mi sombra, con la mano exploro
mis invisibles rasgos. Un destello 
me alcanza. He vislumbrado tu cabello
que es de ceniza o es aún de oro.
Jorge Luis Borges

 

A propósito del Día internacional del Invidente que se celebra el 13 de diciembre, la Organización de Invidentes Unidos de Jalisco preparó una semana cultural con varias actividades, entre ellas el concurso de declamación de poesía al que asistió Proyecto Ululayu como invitado.

Alejandra Ballesteros, quien coordina dicha actividad, nos contactó para colaborar como jurado y a su vez, disfrutar de una tarde con la comunidad, todo, con el fin de compartir poesía en su estado más primigenio y natural: la lengua hablada. Las voces de los diez participantes nos deleitaron con obras de su propia autoría así como de algunos clásicos, Pablo Neruda, Octavio Paz y Amado Nervo, y por igual, del caló mexicano con un par estrofas de Chava Flores que surgieron al recordarnos “La taquiza”.

El concurso inició sin complicaciones alrededor de las 16:00 horas y con palabras de Alejandra que agradeció la asistencia de los participantes así como la de los escuchas. Continuó con la explicación de lo que calificariamos nosotros, los jueces: Cinthya Lomelí, Andrea Avelar, Lú García y Diego Illescas. Fueron diversos los puntos que tomamos en cuenta, desde la dicción y entonación de la voz, hasta la memorización y el dominio del poema. Mientras esto sucedía y para hacer más ameno el ambiente, vasos de refresco y fritangas fueron ofrecidos a los asistentes.

Sentados alrededor de un patio central en el interior de una casa rosa pastel, ubicada en el número 457 de la calle Belén, en el Centro Histórico de Guadalajara, tomó lugar un concurso de declamación muy peculiar, en el que nosotros fuimos los extraños. En ese concurso, indicó Alejandra, que hasta ese momento había sido el más concurrido de todas las actividades culturales que habían tenido. Con una asistencia de más de quince personas, un martes frío se reunieron a buscar el calor de la poesía.

Los participantes pasaron de uno en uno, conforme los nombraron. Cada uno tomaba el micrófono y encuadrados por unos arcos de piedra, perfumaban el ambiente con distintos poemas: la palabra lo fue todo. A pesar de los nervios que les bullían en la cabeza y aún cuando los aplausos sonaban antes de comenzar, la sazón con que declamaron dejó en silencio durante varios momentos a los escuchas, de ello, la palabra como viento cálido, pues por unos instantes hizo que algunos de los cuerpos presentes olvidaran el frió, y de igual manera, se perdieran en la dimensión de los sentidos, de las voces que nos guiaron a otros mundos paralelos.


Esa tarde nos dejamos abrazar por los dedos invisibles de la poesía que nos recordaba más como un grupo alrededor de una fogata, con la única intención de saborear la máxima expresión de la lengua. El concurso gozó de su propios momentos pues los variados talentos construyeron su originalidad, resultado por el que se realizó una ronda extra para librar el empate de los finalistas y conocer al ganador. Cada uno de ellos dejó su aliento en la arena y sólo fueron tres los ganadores, Gustavo Villanueva, Humberto Rivas y Alán Flores, primer, segundo y tercer lugar respectivamente.

A manera de un reinvención de la experiencia poética, los vellos erizados de la piel nos mostraron la certeza de que la poesía va mucho más allá de los sentidos y que su disfrute no se subyuga bajo ningún límite porque se saborea con el espíritu y se palpita al son del pulso. Con esto comprobamos que la poesía está en todo lugar y que en realidad, se trata de una especimen que se encuentra en todo tipo de espacios, es decir, en cualquier otro inimaginable alejado de las páginas de un libro: tema que debemos considerar en todo tipo de acción, pues como sociedad, es nuestro deber compartir, convivir y colaborar en el mismo sitio, desde la literatura, las artes y la movilidad de la ciudad, por una naturaleza en su reequilibrio.

 

CICLOVERSO, MADRID, 10 MIL Y FIL 31

LABOR
Texto: Perla Zamora, Génesis Díaz, Cinthya Lomelí, Lú García y Miguel Asa
Foto: Nabil Quintero  
Gracias a todos los que asistieron a nuestro Cicloverso dentro de la 31 edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, que tuvo como invitada de honor a la capital española, Madrid. Gracias a cada uno de los que conocimos, a cada persona que coincidió con nosotros, a la vida, a la fortaleza de todos los que hicieron vinculación con nuestro proyecto y se enamoraron de ello, al reencuentro, a la fraternidad, a la magia que todo tiempo permite al vernos los ojos. Gracias al equipo que fortaleció este pedaleo, su esencia es básica: Ululayu. 

 

¿Quien dice que la casualidad no existe como hecho? Nos encontramos preciso, en tiempo de coincidir. En el marco de la 31 edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el equipo Ululayu, cristalizó la solidaridad como el “hecho mágico”. La participación del equipo, a través de la exhibición de nuestro Cicloverso, simbolizó la construcción de un tejido fuerte, el cual, fue percibido por el público asistente, y el invitado de honor: Madrid.

Un pasillo, lugar de paso, de emergencia… el sistema circulatorio concebido como residual se convirtió durante nueve días en el lugar. Avenida Poetas, entre la calle E y F, albergó un papalote de colores, inventó la posibilidad, rompió horizontes, al ser propio, manifestándose libre, alto, ligero, siempre de todos.

La instalación de Cicloverso, proyecto logrado por 39 poetas y 65 artistas, originarios de distintas ciudades de México y del mundo, permitió ser la escenografía transitoria favorita, lugar de lectura, de atención, de siempre curiosidad, así como el marco ideal para la imagen del recuerdo, y de la misma forma nicho de oportunidad, para expresar por parte del equipo Ululayu, sobre los proyectos logrados, así como demás planes de intervención futura mediante la literatura, las artes y la bicicleta.

La dinámica del equipo se respiró solidaria, llena de compromiso. El mensaje a los visitantes fue la sensibilización a través del cuidado de la casa de todos, el mundo, la ciudad, esto, desde el fomento al uso de bicicleta, a la lectura, a la creatividad, a desarrollarnos desde lo humano. A la participación individual, desde la educación propia, heredada, desde el ejemplo, desde la consciencia misma. Invitamos al baile, a la sonrisa, al cuestionamiento, a generar siempre una reflexión, un criterio propio.

Fue una enorme celebración a la bicicleta, pues a 200 años de su invención no deja de sorprendernos, y que hoy día, en la ciudad, es parte de la celebración que conlleva la movilidad no motorizada. Fue la celebración de sabernos inmersos dentro de este espacio colmado de letras; nos dejó sonrisas, satisfacción y presencia. Nos dejó, saborearnos gustosamente libres, al ser lengua, al ser vehículo, al ser color.

Cicloverso fue más allá de lo tangible y lo visible. Fue esa sorpresa que evocó el espectador al leer los versos plasmados en aquella pared, fue una ilustración que atrajo al niño a través del color, el recuerdo emergente de rodadas imparables y a destiempo por calles, carreteras y montañas de aquel muchacho estático en la esquina de avenida Poetas.

Esta exhibición fue símbolo de identidad y pertenencia, de historias y raspones compartidos por nuestros visitantes. El encuentro perfecto para siempre abrazar el camino, aunque el recorrido sea largo. Acercar al ciclista  a la poesía y viceversa, que el lector y el poeta se reconozcan, que el artista acompañe al poeta en bicicleta; que ese fue el mejor pretexto para reconocerse humanos y parte de la urbe. Cicloverso dejó alegría, añoranza, tristeza, y su recuerdo permite emoción e incertidumbre, crecimiento y respeto, sonrisas y agradecimiento, asombro y voluntad para continuar en esta rodada.

Con Cicloverso dejamos ir más de 7 mil calcomanías, de igual manera hicimos vinculación y gestionamos, generamos apropiación y responsabilidad con nuestro proyecto y avanzamos hacia otros horizontes: no cambiamos, sólo nos expandimos. Mérito que se reconoce en cada acción que realizamos. Dejamos claro y nos quedó claro que reconocer al otro es lo primordial que logramos como comunidad. Nos queda un pedaleo que seguir y agradecer a todos los que formaron parte de este momento. Gracias a las coordenadas en las que nos conocimos, en las que la vida nos encontró, en las que nos compartimos el saludo, el abrazo, el gesto, el apapacho.

En avenida Poetas todos fuimos espectadores, a todos nos atrapó un Cicloverso. Y por igual, la Tierra nos obsequió la promesa de seguir avante con la unión de la literatura y la bicicleta como testimonio de arte; la esperanza de la creación, que tocó fibras sensibles en cada uno de los ojos que miraron Cicloverso, de saber que el arte sigue vivo dentro de la vía pública y así, dentro de todos los viandantes.

Somos equipo, y más que eso, somos una familia que como el viento, ulula fuerte en la cara. Somos la poesía que se inserta, que permea, y busca habitar hondo en el espacio. Simplemente somos: nosotros en la creación. Ahí dejamos recuerdos y la brecha de un nuevo camino, nadie se fue sin nada. Todos, somos todo.

 

EN TALA HABITA LA MAGIA DE LAS FLORES

EN TALA HABITA LA MAGIA DE LAS FLORES

LABOR
Texto: Isabel Rosales | Foto: Edwin González / Prepa Tala
Estudiantes de la Escuela Preparatoria Regional de Tala, Jalisco, de la Universidad de Guadalajara

Octubre 2017

Gracias al director Ernesto Cervantes y a la profesora Andrea Madrigal por toda la logística realizada para que nuestra visita fuera posible. Y a todos los que nos asistieron, nos brindaron su fraternidad y nos acompañaron con su amistad: Ululayu. 

El eco del auditorio

Un día antes habíamos sido interrumpidos por el director de la escuela en clase. —Mañana vendrá un artista que pretende hacer un mural en la escuela, los que deseen participar traigan un cambio de ropa vieja —nos dijo. En realidad no sabíamos qué, por qué o quién, pero qué más daba. Al día siguiente, la mañana era fresca y con cielo despejado. Se sentía el viento entre el tejido del suéter y los dedos entumecidos. Las gradas de la cancha de básquetbol donde mis amigas y yo tomamos el desayuno estaban frías. Nos apresuramos a llegar al auditorio porque queríamos reservar buenos asientos. En el lugar esperamos la charla con el artista; la profesora Andrea nos indicó que comenzaría a las diez de la mañana. Sin embargo, ya era la hora indicada y la puerta del auditorio permanecía cerrada. Yo iba acompañada por seis amigas, otros, permanecían solos.

—¿Alguien sabe quién es? —preguntó Montse, mi amiga. —Quién sabe. Ernesto me contó que ha hecho un viaje en bicicleta por varios estados de México —le respondí. Entre la comunidad estudiantil el artista no tenía rostro: ¿quién era? ¿cómo se veía? ¿de dónde venía? ¿qué hacía? ¿a qué se dedicaba? ¿por qué viene aquí? Sabíamos que era invitado del director y conocido de la maestra Andrea, nada más.

Edwin, el prefecto, llegó para abrir la puerta, una chica me empujó para poder pasar primero; mis amigas y yo elegimos una fila completa para nosotras a la mitad del auditorio. Las ventanas del lugar eran pequeñas, en consecuencia, muy poca luz natural podía entrar, por lo que preferían encender las lámparas para ver con mayor claridad.

En el grupo se mantenía una conversación trivial, y de pronto, llegó el hombre por el que esperábamos. Era alto, moreno. Llevaba una mochila al hombro, usaba una pashmina en la que predominaba el color rosa, una camiseta con letras rosas, pantalón de mezclilla y tenis. Su corte de cabello era asimétrico con rizos largos en la cima de su cabeza y corto de las sienes a la nuca, barba tupida y de personalidad extrovertida.

—Perdonen la tardanza, recién llegué de Puebla —confesó. El auditorio susurraba una sola pregunta, “¿es él?”. Los asistentes guardaban silencio en espera de que el hombre de barba larga comenzara a hablar por el micrófono, sin embargo, luchaba con los cables de su computadora. Tomó el micrófono y de este surgió una voz ronca parecida a la de un locutor de radio. Explicó que le dolía un poco la garganta. La charla arrancó con un proyector que no encendía, algunas butacas vacías al frente y —¡a quien le gusta la literatura levante la mano! —exclamó. Yo lo hice, a mi alrededor varios lo hicieron; mis amigas también. Conocía a la mayoría del público sentado en ese auditorio de butacas color azul. Sabía que muchos de los que habían levantado la mano no mentían.

Foto: Edwin González

No había visto tal interés en mis compañeros, incluso lo noté en el chico que llegó tarde y en la chica a la que no le interesaba estar ahí. Veía los ojos verdes de Fátima fijos en el emisor, a su lado, con las piernas cruzadas y la mano en la barbilla, estaba Priscila; veía el entrecejo fruncido de Martha y los hombros caídos de Areli.

Los rostros que al principio eran serios se convirtieron en sonrientes. Vivazmente aquél artista presentado como, Miguel Asa (así, sin apellidos), sensibilizó a los asistentes con una calca roja que portaba como lema: Por favor, lea poesía. El diálogo se incentivó y las respuestas eran profundas. Abrió una ventana para pensar en una sencilla pregunta, “¿y por qué no?”. Nos obsequió la oportunidad de creer que nuestros deseos se pueden volver realidad. Sus palabras se adherían a un sueño y liberaron un espíritu.

En ese momento pensé en irme en bicicleta a Vallarta y regresar al día siguiente, después di cuenta que no tenía una tal cual. El sitio fue escenario de Irazú, la que comía paleta y no se sentaba derecha en la butaca; de Joel, con su gorro color naranja; de Luis, con sus lentes de pasta; de Montse, mi amiga, la que dudó al responder cuando le preguntaron cómo se llamaba; el chico de la sudadera gris, que no dejaba de reír; la maestra Ángeles y el maestro Chava, que admitieron ser un desastre en su juventud. También fue de aquellos que fingían que lo que escuchaban no importaba. La charla terminó con un proyector que sí encendió, con una lista de palabras que escribimos para un poema según todos como asistentes y con la grabación de un video para el que todos gritamos “¡por favor, lea poesía!”.

 

La magia de un mural

Afuera del auditorio nos reunimos los “artistas”, un pequeño grupo de jóvenes de la escuela que pretendíamos pintar un mural, “qué loco”, pensé. Eran las doce y treinta, cerca del medio día, y la primera instrucción fue crear un poema con las palabras que habíamos escrito en el auditorio: un poema con palabras que significaban poesía, que expresaban poesía, llamadas a ser poesía.

Fui yo la chica que tomó la iniciativa de comenzar con aquel poema, a mi alrededor tenía un equipo y en mi mente un revoltijo. Veíamos tantas palabras en el piso que no encontrábamos un inicio o un final. Se tomó una palabra al azar e inmediatamente surgió una frase entera. Perla continuó, Fernanda ayudó, Mary lo completó: todos lo formamos, todos lo creamos.

Las sonrisas aparecieron cuando entregamos el poema para su visto bueno. Al aire libre y bajo la sombra de un árbol nos sentamos. Se escuchaban los martillazos de los albañiles que trabajan en el edificio en construcción al lado de la pared donde pintábamos nuestro mural. Se escuchaba la plática y las carcajadas de  los grupos de jóvenes que tenían curiosidad en saber qué hacíamos ahí, y por igual, permanecían a nuestras espaldas. Sentíamos los rayos de sol que traspasaban delicadamente las ramas del árbol. Volaban dos mariposas blancas sobre nuestras cabezas y surgió un espontáneo cariño a nuestra tierra. “¿Qué es para ustedes Tala?”, preguntó el artista.

Un chico propuso la caña de azúcar, otra chica propuso un chacuaco, de esos que escuchamos en la época de zafra; alguien más propuso una tumba antigua protegida por un ocelote, famosa entre las demás tumbas del panteón. Agregamos unas tuercas en representación del ingenio azucarero; una pirámide, como las que tenemos en Guachimontones; y un sol, como el que brillaba ese día. Al aire libre y en diez minutos aprendimos la regla de los tres tercios de fotografía, qué es una retícula y cómo se hace un boceto. Al aire libre pintamos un mural de colores rosas, verdes, morados, azules, amarillos, naranjas.

Cinco horas sin bloqueador solar fueron suficientes para broncearnos como cuando vamos a la playa, manchar la ropa que llevamos especialmente para pintar, conocer nuevos nombres, cantar canciones que nuestras madres escuchaban en algún momento de sus vidas, pensar que, por haber mezclado los colores incorrectos arruinaríamos toda una creación: esa creación que es nuestra, la creación que es para nosotros, la creación que vamos a dejar al graduarnos y ya.

Foto: Edwin González
Foto: Edwin González