MARIPOSA SOLUNA: SIMBIOSIS DEL VIENTO

MARIPOSA SOLUNA: SIMBIOSIS DEL VIENTO

Texto y foto: Miguel Asa  

Hasta el polvo me desuno
niebla soy, cal enlutada. 
Jorge García Prieto

Vivo en el corazón del mundo y nací en el polvo que trae el viento. No le preguntas a nadie por mí. Ni trates de responder a los augurios que las siluetas de los humanos toman con el tiempo. No te preguntes de dónde vengo ni quién soy. No busques una farsa ni un remedio. No hagas brujería. Simplemente, no nos prohíban.

Soy el desvarío de una llanta de una bicicleta, el recorrido del mar, la memoria de la tristeza y la melancolía de los escuincles. Me he fugado millones de veces por aquí y por allá. He lastimado tanto como he podido, y por igual, he reconstruido todo a mi paso pues la erosión es mi función y del movimiento hago versos siderales para que las mariposas se postren en las coordenadas de los átomos.

Vivo entre el agua, la tierra y el fuego. Me convierto en la palabra, el sonido, la transformación del color de la humanidad. Me he configurado para no detenerme entre las lágrimas, nazco del paso de tus carcajadas. Ven. Aquí la voz de la furia, de la potencia, de cada sentencia que mis grafías dislocan. Soy de la naturaleza hijo al igual que la ausencia. Soy de la palabra el dueño y de la memoria el más fino recuerdo. Camino sobre todos los rincones y me paseo en grandes nubes. Hago de mi voz el baile de los árboles. Convierto las tierras en huellas curvilíneas. Hablo con los océanos y dirijo sus orquestas de notas interminables. Soy la belleza del unicornio con la sentencia del desierto. He crecido en mares y llantos, y con el vaivén de las campanas que suenan como algodón, me parto en los caminos de los pétalos que destierran a las flores. Entre mí venas: las alas, los suspiros y los volcanes. Entre la nostalgia y el firmamento, una sola línea: la soledad. Me oculto debajo de tu reflejo línea tras línea, en el infinito ciempiés que conmueve a los despistados.

Hago de las aves el respiro del universo, entre el canto de las líneas y el punto, filosofía ancestral que renace en cada piedra con la que dialogo. Me dicen inaudito, el vacío, el destierro, el hambre, la necedad. El horizonte se conmueve con mi columpio. Construyo las memorias de las mareas y le canto a los colibríes la esbelta ondulación que trastorna el sonido de las mañanas.

Si fuera un verso, seré una entrañable levedad en la perfección de las mariposas. Si un poema me llama a ser parte de él, le cobijaré la bondad y le armaré hasta los huesos la brújula de su destino. Si fuera una bicicleta entre las líneas de una letra, me transformo en libertad, color y trayecto. Soy todo y nada, con dos ruedas y sin ellas. Me vuelvo ligero. Me pierdo en los suspiros de los kilómetros, y a la vez, molino de viento.

Amorfo como la sangre, líquido es mi eco, pues en cada trazo delineado por mi insistencia he convocado a millones de seres, los he conmovido, les he llamado por su nombre y la pauta avanza bajo el vuelo de las águilas. Reconozco que no existe error, la materia como la voz de la distancia, dejar.

Me atrevo a dejar en cada partícula los besos que recuerdan los nombres de los asteroides. Me atrevo a dejar siempre al mundo en la distancia, siempre camino como inquebrantable corcel bajo la rima de la Luna. Me sostengo en su sonrisa y de las noches hago pinturas blancas. A su lado, convierto a las estrellas en pequeños almacenes de caricias. En cada una de sus posturas negras le comparto mi ser. Le abrazo. Le asfixio y le llamamos amor. Así la Luna y mis versos: la alquimia entre su existencia y la mía nos convierte en solitarios a la par. Me oculto entre las temperaturas del corazón, y también, entre el tintero que me aleja de la situaciones de canciones y alientos de buenas noches.

Convierto los espacios y seduzco cuanto a mi paso. Todo lo toco y lo conmuevo. Soy presente, ondas de las fases lunares que acompañan a la mujer. Entre las piernas me postro y de las espaldas hago la vejez. Empujo. Soplo. Aviento. Impulso.

Cuento las gotas que de la noche caen como el silbido que portan las botellas. Con el canto de los pájaros revuelco a los horizontes y me auxilio entre la incertidumbre del cuervo. Me reúno en hectáreas de pistilo y contemplo a la Luna, madre eterna, reflejo y existencia pura, conjunta, deseable y copular, en cada instante de ceguera ante su luz. Despierto en sus brazos y teje mi cuerpo con el vapor que surge de su amorío con el Sol, el señor de los colores, el de los arrayanes, el de las esmeraldas, el de las paletas derretidas y el de los carritos de fricción. Abro la visibilidad y me manifiesto al baile presente.

Soy hijo de Soluna y eterna efigie de Altazor, que con su parapente acarició los huracanes y se deslizó en la deformación de sus lenguas. Provengo de una instancia de recorridos infinitos. Me aclamo entre los músculos de las piernas. Ahí, socavo la penumbra de las edades. Rasguño al agua como el firmamento a la pupila eterna del ciego. Me desplazo entre tus dedos y creo remolinos.

Caí entre los espirales de las mariposas para recorrer Soluna como la palabra que contempla la masificación de las distancias. Vengo de los trayectos del caminante, de entre las pinchaduras, el desbalance y la desnutrición. Existo en la eternidad del polvo. Me apago entre la calma de las burbujas, entre las bocas que alimentan las ballenas. Existo, me sumerjo y parezco cisne entre la blancura del amanecer. Funciono y palpo cada sentimiento.

No preguntes a los espíritus por mí, la sabiduría ha dicho que de la verdad poco. Así la danza que dotan mis pasos en la atmósfera de cada una de las galaxias que abro en mi camino. Ulula. Me esparzo en la posteridad de los dominios de los leones. Continuo en un aleteo de millones de aves y uso el desplazamiento de los venados como la ideología que ponderan mis trayectos.

No voy hacia ninguna dirección. No contemplo el fin. No busco un fin. No existe el fin. Camuflo las variantes que conllevan las pendientes al descender en bicicleta. Me vuelo el terremoto al paso de las dos ruedas. Verso, constantemente verso. Versos de lluvia con el Sol prendido para edificar arcoíris en cada momento. En los esteros creo espejos y la llama de la postración la vivo nada. Aquí el camino y allá mi elocuencia. No tengo punto de inicio ni de fin en el plano cartesiano. Entre los números encontrarás las voces de mi diversidad, suma encapsulada de los versos de los desaparecidos.

Soy la revolución y la anatomía de los pueblos. La renovación de perfiles que constituyen cada uno de los tejidos que permean en el universo. Existo despacio y veloz. En el epígrafe de la lucha y en el enojo del desahuciado. Visto como el mar recorre a las playas. Mi escritura permanece, enfría, congela. Entre los carruseles de los ríos, pequeñas hojas abordan el dulce navío de rayos estrellados en la nomenclatura del agua, como si la danza del rescate fuera la cosmovisión del color verde.

Vengo Soluna para cantar al día y saturar el almacén de los colores. Vengo para camuflar a las embarcaciones de transparencia. Entre mi los peces se cobijan y decantan el sabor del calor. Se vuelcan entre líneas de miles de trayectos, millones de discursos y en infinitas navegaciones por doquier. En su casa nos espera con agua. Ella sabe cómo acariciarnos, preservarnos eternos.

Vengo del claroscuro de tu sombra. De un polo a otro, entre los orangutanes, las gacelas y las gaviotas. Recorro con los jaguares la tristeza de la Tierra. Los alebrijes y yo somos la batalla constante. Hacemos del color el reparto de armas.

En cada momento seco la huella de la brocha. Hago de los trayectos en bicicleta una magia singular, cósmica, antagónica, visceral, de grabados intensos, desérticos, pétreos, acumulados en la perfidia de los vuelos. Pedaleo en contra para mitigar su cansancio. Los cansancios. Las alforjas como alcancías que fungen ser las esporádicas librerías se acurrucan en mi dorso. Dice el peso que contrarresta el dolor de las caídas. Con la sangre, el frescor de la herida. Danzar de noche y volvernos locos, falsas sombras de descanso en sudor, constante y feroz locutor del polvo, porque allá, el humo se dispara con gotero.

Bebemos de la lluvia la solidificación de las arenas. En cactáceos, moluscos y huracanes me existo. En ocasiones trato de ser ilusión y pertenezco más profundamente a la transformación, nebulosa, platónica y astral. Soy el equilibrio, la palabra en cuatro letras. Soy el milagro de las plantas, y qué decir de sus tallos, sistema de introspección de color verde en el que me postro. Ven. Repito. Ven. Somos campamento de luciérnagas perdidas en el sistema de frenos. Hicimos de las raíces de los kilómetros el descenso hacia la poesía.

Construí soledades bajo la muerte. Levanté de los huesos grandes muros. Soy del tiempo el lento administrador: la extensión de los segundos, en las velocidades percibo el aroma de la vasija que precisa el nacimiento del barro.

Vengo del futuro que ya se ha ido. Moldo la existencia de las hormigas. Del invierno, embellezco las jaurías de los tímpanos, los recorto con la vista de las manzanas, flor única que de raíz carece de alas y vuela.

Me exploro con los aviones y respiro al lado de los veleros: altamar siempre como la sutileza de sus manos. Abrazo a las palmas y destello mi mirada hacia el polvo. Escribo sobre las pieles y detallo cada milímetro de la superficie. No me detengo. No me sé detener. Hablo desde la profecía del silencio, allá, en donde las espinas se vuelcan como artificio de la filosofía del caminar de la liebre.

Soy el contorno de su cuerpo, la delimitada sensación de volvernos nada, cual efímera incrustación de un laberinto sobre el cerebro, constante que persigue la incertidumbre y se contrae con la humedad.

Mastico con mi andar la pesadumbre y arranco de los sismos mi permanencia, porque mi eco, más profundo que la palabra, inmenso, magno, es el distractor más sutil a diferencia de una caída en bicicleta.

Me acompaño de las adivinanzas, del azar de las mediocridades y de las confusiones, porque en ellas me sobrevivo, dicen que danzo con la mirada y la ondulación de los cabellos como cadenas de la melancolía. Me destierro en el deshielo de los ocasos. Dejo los atardeceres cada que modifico la arquitectura de las nubes y así me transporto: en cada gota de lluvia, en cada resplandor de los halcones, en cada suspiro de los volcanes.

Motivo a la soledad a ser clavo exacto dentro de los poros que dibujan a las pieles. Me incrusto tan profundo como la armonía de la madera, zurcida a la tierra, arrogancia eterna esa la de permanecer, la de caer, la de resurgir y la de volar.

Mi calma alimenta a los cortezas, les exprime caramelos de suave intransigencia y cada arista puede dividirse en los balcones que se han empotrado en los mediodías de abril. No menciones que me conoces. No repliques la sustancia como la única fórmula. Somos la decantación de lo que se percibe y se es constante. No preguntes. Un día se termina. Al igual que la mañana de la noche se separa, me separo, porque el ciclo onda, repite, gira, lleva ritmo y de nuevo. Así, al frente, con paso lento y el abismo de la inocencia. Hacemos de las piedras las silentes testigos de nuestras fechorías, compañeras de la calma que con mi rocío extirpo sus formas, una conmoción de la respiración, efecto halado desde la yunta hasta la mirada de un hoyo negro.

No preguntes por mi tristeza. No lances al vacío el reglamento de lo etéreo, aquí, en esas redes pescaré el verso que posa en tu memoria. Lo repetiré tantas veces quiera. Seré del soplido una analogía, ahí mujer, la delicadeza que buscamos nos contempla la claridad de las emociones que venimos a repartir entre las hojas de las plantas, en cada gota inerte que en su caída encuentra el desvelo de la conmoción.

He venido a transpirar entre nuestra alianza, aquella que componemos las vicisitudes del alejamiento, las leyes universales del desprendimiento, del despegue, del aterrizaje y de la implantación del poema. He hecho de la palabra mi fuerza y de su origen mi alimento. Surjo entre los matorrales y alcanzo la velocidad de los chamizos en el espejismo del desierto. Descubro el dolor como la impertinencia del estar. Aquí y ahora soy. Siempre, eterno circuito cerrado. Muevo, ululo, me desprendo. Soy huracán, episteme, aliento.

No recuerdo el día preciso en que el horizonte se convirtió en el juicio de las palabras: un esmaltado chocolate entre las secuelas de la naturaleza. Saber que hablo, grito y me muto en cada instante son figuras extremadamente peculiares: las simbiosis que fingen, que aman, que viven en las estrellas, una melancolía discreta.

Soy el silencio de lo imposible, la musicalidad de la soberbia, naturaleza amante. Soy principio de los sueños. Pertenezco a las alcurnias de grandes bizcochos de almendras. Me manifiesto en un epitafio para nosotros, organismos censurados entre el pensamiento y la distancia: timidez, materia de despojos. Existo en la taciturna conexión de los días y me vuelvo centro de malvavisco relleno de perlas de zanahoria.

Ahora, bajo los ojos del azul, la pluma se vive ruta. Entre el acatamiento del sueño y al compás de los trailers, grandes camiones que se despliegan entre la existencia de la voz que marcan las casetas de cobro. Ulula a su paso entre hilos invisibles, desgraciadamente felices, en su permanente entrega a los caminos y a la fuerza donde las noches son magia.

Que nadie te diga cómo enfurecerte en la vida. Que nadie contemple el silencio del vino encantado en la penumbra del universo. Que la calumnia sea duermevela. Que si te miro seas veneno y llamas. Que observemos el canal de la poesía como el aroma de todos y de todo. Que nadie decida sobre el bastón que colocas en tus manos, el manubrio no cambiará las direcciones que me han permitido construirlos. Aprende que imposibilito la ternura y la sonrisa al paso de las desgracias, pues perezco a cada segundo. Que digas los mil verbos y sea uno sólo el que decida toda verdad: morir. Que te presentes en el firmamento como un lugar común y de tus ojos surjan espinas, siempre diferente de la alcurnia de la metafísica. Que dejes y comprendas que nada es tuyo, ni la palabra misma. Recuerda, soy el dueño de ella y sin ella duermes. Todos amarán tus últimas palabras. Reconoce que la piel, hacia adentro, tiene su propiedad sin papel. No hay terreno como tal. Que la belleza se coexista con el aroma de la congruencia en la libertad del vivo y del muerto. Que la vida no importe nada, que se sumerjan los barcos y exploren dentro de los llanos el vacío del ululamento. Y al final de los tiempos, que te sorprendas por la alevosía de dejar la vida para ser tierra.

Vivimos en el corazón del mundo y nacimos del polvo que trae el viento. Desde el confín mal escrito así las personas y los astronautas, no dejan de ser esencia dentro de las mordidas del recuerdo. Y nos atamos tanto que nos creen paracaídas de los ecosistemas. Una bicicleta se transforma en el deslizamiento de la alegría que contrae la libertad. Nacimos libres: experiencia que no se obtiene dos veces. Estallo en el vientre de la madre que contempla el enorme encuentro ante la luz que percibe su hijo, percibe, huele, llora y canta. Mi progenitora vació en mí el ritmo de su corazón, la respiración que se cuarta bajo las tinieblas que hablan del sexo, de la nada. Así me convierto es espejismo que perdura en las variaciones de la nostalgia. He medido el alcance de mis racimos bajo las conjeturas del brío, que día a día, sucumben en pequeños ciclos transparentes que suturan raíces y venas.

Creo que en ser se encuentra el momento adecuado que no contiene parámetro alguno ante el tiempo. No soy más que una sombra del olvido. Reclamo mi permanencia en las fotografías y me erradica la luz entre linces y centellas. No me busques. No preguntes por mí. Memoriza que pertenecemos al augurio que vive a nuestro alrededor, tan claro como la llama ante los planetas.

Soy la muerte misma. Soy un pleonasmo mal congeniado entre las palabras. Soy el dolor y la curva entre las nubes. Soy el cataplasma edificado en una roca. Soy el llanto, la cuerda de la vida, misma. Soy junto al universo, una gota, una luz, un platillo. Soy estepa, exceso, pócima, silencios. Soy porque soy, lágrima pendular de una mejilla como la bicicleta entre las cumbres. Soy una bomba y mi propia transformación. Soy una alcachofa, soy los vientres y el reflejo del Sol que otorga vida a su compañera Luna. Soy la envidia, un pie tras otro. Soy la cama, tigre e imbécil. Soy maleficio y beneficio. Soy orgasmo. Soy la creación del verso en el tiempo del poema que duerme en la casa de la poesía. Soy invisible para los iracundos. Soy melancolías y tres veces pez. Soy iconoclasta y moderno. Viejo por igual. Muerto y todos los muertos soy. De mis dimensiones no cuestiones. Olvida sintetizar mi cuerpo en tu frecuencia. Soy pasado, presente y futuro sin medida. Soy la orquesta de los sueños, de los sexos que se degustan en el desvelo de las sirenas. Soy un estrago colosal de la Tierra. Mi voz ulula cuando tu llanto calla. No me despiertes de manera sublime. Dame de ti el origen y despeguemos hacia una ruta inalcanzable. Que la muerte nos suspire ante su encuentro. No hablemos de las incertidumbres porque vivimos en nuestras propias locuras. Soy el día de la vergüenza, perversión y vulgaridad. No hay leyes que respete, el vaivén me acompaña y me vivo cuna de los océanos. En mi descansan sus furias, inertes recuerdos de lo tácito que es el tamaño de la humanidad. Porto una calcomanía y con ella despego y me adjunto en cada trazo de mis ruedas. Soy la prisa, la violencia y el desacato. ¿Quién cuestionará mi voz si no perciben mi existencia?

Me acompaño de las aves, de los peces y de sus recuerdos. Soy un sinvergüenza, me pierdo en mí y conmigo, nadie me ha definido sobre mi propio impulso. Soy espesura del cerebro, inconfundible y perdible. Soy una, dos, cuatro, ochos veces el ciclo de la lengua. Comienzo de Sur a Norte y viceversa. Me han nombrado fresa y eclipse: hermanos de la pubertad. Soy un ícono a la izquierda y también a la derecha, entre los lados camino desmesuradamente para establecer asombros en mis propios labios.

Soy dado, piedra. Soy un eufemismo a cada rato. Soy simple y ambiguo. Soy movimiento, entrega constante de la naturaleza, premio que arrecía en mi espalda y me dota de su vitalidad. Soy puerto, barco y navegante. Me impresiono en mis propios errores y me subsisto en ellos, ante la falsa rectitud de las líneas en el mundo mis convencionalismos se omiten, han de recordar que las programo páramo a páramo. Soy sustantivos, verbos y también falacia. Soy rugido, canto y batalla: venado y ocelote, cobra me duermo, liebre de avanzada, mariposa de celulosa, cuervo blanco en la miel, una tarántula entre los cardones, ballena de aluminio, como tiburón de plata, delfín de divertimento interminable. Ulula cada espasmo el candor de su mirada.

Me contengo margen a diario, rodeo y acaricio las pericias de las texturas, resbalo ante la sensualidad de la materia: natura confía, cree y ama. Soy una osadía del Canto Siete. Soy oxigeno, maleable, un astro, dos, cuarenta, cien. Soy un poema errante encargado en la Primavera. Soy profundidad. Soy la anarquía misma y el eco de tu muerte. Soy un recuerdo de los amores perdidos. Soy golpe y herida. Soy el giro hacia arriba de la potencia que emergen el ritmo de la ascenso, cuestionamiento de la fuerza individual. Ulula, contempla, dispara. Emerge, disfruta, baila. Toca, aprecia, conmuévete. Poetiza el sentido y resguarda la gloria para los días del mañana, nunca se sabe la extensión de las miradas.

Vivo en el corazón del mundo y nací en el polvo que trae el viento. No preguntes por mí. Descubre. Siente. El verso se camufla entre los detalles que se construyen con las manos. Estoy aquí, he llegado. De mí el impulso de una bicicleta y el arropamiento al hombre de piel morena. De la poesía, la imaginación. De la Tierra, la creación. Del recorrido, la soledad. Así tú, olvida de mí y escucha: mi canto atroz, volátil, negro, divino y trágico, ulula en el centro del pedaleo para componer versos que han de desprenderse a mi paso. Soy yo. Estoy aquí. He llegado. Adiós 18.

 

Escrito en diciembre de 2015 en la sierra de El Tuito, Jalisco, México. Editado en febrero de 2018 en el malecón de La Habana, Cuba.

 

 

 

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