EN TALA HABITA LA MAGIA DE LAS FLORES

EN TALA HABITA LA MAGIA DE LAS FLORES

Texto: Isabel Rosales | Foto: Edwin González / Prepa Tala
Estudiantes de la Escuela Preparatoria Regional de Tala, Jalisco, de la Universidad de Guadalajara

Octubre 2017

Gracias al director Ernesto Cervantes y a la profesora Andrea Madrigal por toda la logística realizada para que nuestra visita fuera posible. Y a todos los que nos asistieron, nos brindaron su fraternidad y nos acompañaron con su amistad: Ululayu. 

El eco del auditorio

Un día antes habíamos sido interrumpidos por el director de la escuela en clase. —Mañana vendrá un artista que pretende hacer un mural en la escuela, los que deseen participar traigan un cambio de ropa vieja —nos dijo. En realidad no sabíamos qué, por qué o quién, pero qué más daba. Al día siguiente, la mañana era fresca y con cielo despejado. Se sentía el viento entre el tejido del suéter y los dedos entumecidos. Las gradas de la cancha de básquetbol donde mis amigas y yo tomamos el desayuno estaban frías. Nos apresuramos a llegar al auditorio porque queríamos reservar buenos asientos. En el lugar esperamos la charla con el artista; la profesora Andrea nos indicó que comenzaría a las diez de la mañana. Sin embargo, ya era la hora indicada y la puerta del auditorio permanecía cerrada. Yo iba acompañada por seis amigas, otros, permanecían solos.

—¿Alguien sabe quién es? —preguntó Montse, mi amiga. —Quién sabe. Ernesto me contó que ha hecho un viaje en bicicleta por varios estados de México —le respondí. Entre la comunidad estudiantil el artista no tenía rostro: ¿quién era? ¿cómo se veía? ¿de dónde venía? ¿qué hacía? ¿a qué se dedicaba? ¿por qué viene aquí? Sabíamos que era invitado del director y conocido de la maestra Andrea, nada más.

Edwin, el prefecto, llegó para abrir la puerta, una chica me empujó para poder pasar primero; mis amigas y yo elegimos una fila completa para nosotras a la mitad del auditorio. Las ventanas del lugar eran pequeñas, en consecuencia, muy poca luz natural podía entrar, por lo que preferían encender las lámparas para ver con mayor claridad.

En el grupo se mantenía una conversación trivial, y de pronto, llegó el hombre por el que esperábamos. Era alto, moreno. Llevaba una mochila al hombro, usaba una pashmina en la que predominaba el color rosa, una camiseta con letras rosas, pantalón de mezclilla y tenis. Su corte de cabello era asimétrico con rizos largos en la cima de su cabeza y corto de las sienes a la nuca, barba tupida y de personalidad extrovertida.

—Perdonen la tardanza, recién llegué de Puebla —confesó. El auditorio susurraba una sola pregunta, “¿es él?”. Los asistentes guardaban silencio en espera de que el hombre de barba larga comenzara a hablar por el micrófono, sin embargo, luchaba con los cables de su computadora. Tomó el micrófono y de este surgió una voz ronca parecida a la de un locutor de radio. Explicó que le dolía un poco la garganta. La charla arrancó con un proyector que no encendía, algunas butacas vacías al frente y —¡a quien le gusta la literatura levante la mano! —exclamó. Yo lo hice, a mi alrededor varios lo hicieron; mis amigas también. Conocía a la mayoría del público sentado en ese auditorio de butacas color azul. Sabía que muchos de los que habían levantado la mano no mentían.

Foto: Edwin González

No había visto tal interés en mis compañeros, incluso lo noté en el chico que llegó tarde y en la chica a la que no le interesaba estar ahí. Veía los ojos verdes de Fátima fijos en el emisor, a su lado, con las piernas cruzadas y la mano en la barbilla, estaba Priscila; veía el entrecejo fruncido de Martha y los hombros caídos de Areli.

Los rostros que al principio eran serios se convirtieron en sonrientes. Vivazmente aquél artista presentado como, Miguel Asa (así, sin apellidos), sensibilizó a los asistentes con una calca roja que portaba como lema: Por favor, lea poesía. El diálogo se incentivó y las respuestas eran profundas. Abrió una ventana para pensar en una sencilla pregunta, “¿y por qué no?”. Nos obsequió la oportunidad de creer que nuestros deseos se pueden volver realidad. Sus palabras se adherían a un sueño y liberaron un espíritu.

En ese momento pensé en irme en bicicleta a Vallarta y regresar al día siguiente, después di cuenta que no tenía una tal cual. El sitio fue escenario de Irazú, la que comía paleta y no se sentaba derecha en la butaca; de Joel, con su gorro color naranja; de Luis, con sus lentes de pasta; de Montse, mi amiga, la que dudó al responder cuando le preguntaron cómo se llamaba; el chico de la sudadera gris, que no dejaba de reír; la maestra Ángeles y el maestro Chava, que admitieron ser un desastre en su juventud. También fue de aquellos que fingían que lo que escuchaban no importaba. La charla terminó con un proyector que sí encendió, con una lista de palabras que escribimos para un poema según todos como asistentes y con la grabación de un video para el que todos gritamos “¡por favor, lea poesía!”.

 

La magia de un mural

Afuera del auditorio nos reunimos los “artistas”, un pequeño grupo de jóvenes de la escuela que pretendíamos pintar un mural, “qué loco”, pensé. Eran las doce y treinta, cerca del medio día, y la primera instrucción fue crear un poema con las palabras que habíamos escrito en el auditorio: un poema con palabras que significaban poesía, que expresaban poesía, llamadas a ser poesía.

Fui yo la chica que tomó la iniciativa de comenzar con aquel poema, a mi alrededor tenía un equipo y en mi mente un revoltijo. Veíamos tantas palabras en el piso que no encontrábamos un inicio o un final. Se tomó una palabra al azar e inmediatamente surgió una frase entera. Perla continuó, Fernanda ayudó, Mary lo completó: todos lo formamos, todos lo creamos.

Las sonrisas aparecieron cuando entregamos el poema para su visto bueno. Al aire libre y bajo la sombra de un árbol nos sentamos. Se escuchaban los martillazos de los albañiles que trabajan en el edificio en construcción al lado de la pared donde pintábamos nuestro mural. Se escuchaba la plática y las carcajadas de  los grupos de jóvenes que tenían curiosidad en saber qué hacíamos ahí, y por igual, permanecían a nuestras espaldas. Sentíamos los rayos de sol que traspasaban delicadamente las ramas del árbol. Volaban dos mariposas blancas sobre nuestras cabezas y surgió un espontáneo cariño a nuestra tierra. “¿Qué es para ustedes Tala?”, preguntó el artista.

Un chico propuso la caña de azúcar, otra chica propuso un chacuaco, de esos que escuchamos en la época de zafra; alguien más propuso una tumba antigua protegida por un ocelote, famosa entre las demás tumbas del panteón. Agregamos unas tuercas en representación del ingenio azucarero; una pirámide, como las que tenemos en Guachimontones; y un sol, como el que brillaba ese día. Al aire libre y en diez minutos aprendimos la regla de los tres tercios de fotografía, qué es una retícula y cómo se hace un boceto. Al aire libre pintamos un mural de colores rosas, verdes, morados, azules, amarillos, naranjas.

Cinco horas sin bloqueador solar fueron suficientes para broncearnos como cuando vamos a la playa, manchar la ropa que llevamos especialmente para pintar, conocer nuevos nombres, cantar canciones que nuestras madres escuchaban en algún momento de sus vidas, pensar que, por haber mezclado los colores incorrectos arruinaríamos toda una creación: esa creación que es nuestra, la creación que es para nosotros, la creación que vamos a dejar al graduarnos y ya.

Foto: Edwin González
Foto: Edwin González
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