PRÓLOGO PARA NADIE DESDE LA NADA

PRÓLOGO PARA NADIE DESDE LA NADA

 

Foto de Eymi Rosado

que eres todo un ejército
en un solo hombre
y que no has parado
Estefanía Najar

No somos el recuerdo del asfalto que arde,
de manos que piden hambrientas
ni de charlas sin sentido sobre la poesía que no se escribe.
No somos ni el instante de la noche
en que la luna es más grande que la casa.
Nancy Cedillo

Se siente como si fueras una hoja en los bordes del viento. Se siente una ligereza extraña desde el primer instante. Se siente el eco de la lluvia en la piel. Se siente un alejamiento sin retorno, la sangre se vuelca en los suspiros y la incertidumbre es constante, parece nunca acabar, y en medio de todo, te vuelves infinito.

Quisiera saber hacia dónde has partido, hacia dónde has virado. Quisiera saber qué es lo que tus aros reflejan en este momento, qué brilla en ellos, qué ocultan. Quisiera contemplar las texturas que rodean a tus ruedas ahora mismo. Quisiera observar, detenidamente, cómo tu silueta se forma en el lente de mi cámara, añejo vitral de colores que he perdido. Quisiera degustar los aromas que tu cuadro emana en aquellos cielos, nuestros cielos de sueño, alegorías que descarnan el nacimiento de las memorias de juventud. Quisiera volver a tu pedaleo y envolverme ahí, platicarte hasta el alba, hasta dejarte de querer. Quisiera las caricias que dibujabas como veredas en el universo, ocasos divinos detrás de nuestra ventana. A pesar de todo, presiento que estás en algún lugar del planeta frente a la luna, y me sabes bien, nos sabes bien, nos creemos bien.

Se siente la vejez al correr en el firmamento. Se sienten los años en cada espasmo. Se sienten los suspiros a manera de llanto y de redescubrimiento. Se siente el día como se siente la noche, tiempo indeterminado de mentiras y verdades. Se siente la pausa de la vida en medio de la nada y a través de todo. Se siente el orgasmo oculto en los labios oxidados. Se siente el camino y se sienten los pueblos: los colores como alimento del vestigio en que me he convertido.

Hice amistad con el polvo, una eterna amistad, amable, voraz, devorante, pues recorrió conmigo cada una de nuestras respiraciones mientras desaparecimos en aquella coyuntura del camino. El polvo vino a suplirte: fue la caricia del amanecer, el cansancio de la tarde y la fortaleza del anochecer. El polvo, aquello que alejamos a diario, fue conmigo el suplicio del prisma que actuó bajo tus destellos.

Me alimenté de mi sudor a diario, pues a cada pedaleo, se quedaba rezagado sobre mis ojos, corría por mi frente y en todo mi cuerpo se volvió camino firme con su humedad; fue sal en momentos de sed, huella blanca sobre mis ropas, el resquicio de mi continuo desgaste. Mi sudor fue la evidencia del sol, de las horas, de los días y los meses, y sobre todo, de la presencia de ti. Fue el líquido que te invadió en cada subida y que se perdió en cada bajada. Mi sudor fue la voz de mi silencio, de los horizontes, de las texturas y del tiempo, reflexión de nuestro pasado. Fue la voz que me acompañó y que dejó huella en todo aquello que rodeó a mis pupilas, a mis manos, a mis pies, por igual a tus llantas, a tus frenos, a tu ligereza; voz de interminable augurio y de largos trayectos, voz de poema, voz de tierra y de agua.

La fuerza de mi cuerpo delató a mi mente y a mi espíritu para transformarlos en elementos de traslación y de continuo aprendizaje sobre ti. No te imaginas lo que se puede contemplar en la soledad diaria, parecía ser un séquito de emociones que dislocaba cada parte de mi cuerpo y las armaba con sonrisas ajenas sobre ti, en constante pedaleo. Sin embargo, estoy agradecido de que estés ahí oculta, quizás, bajo la luz del sitio en donde solíamos acurrucarnos de manera efusiva bajo las noches en medio de la nada.

Siempre estuviste a mi lado, en cada nacimiento del sol, en cada vibración del mar, en cada grano de arena que mis pies tocaron. Aún te recuerdo y lo haré eternamente. Espero que un día comprendas todo lo que sucedió y el por qué te dejé ir. No sé si escapé o cambié de destino, no sé si le llamarás éxodo o viaje, realmente no sé si quepa todo lo que piensas en lo que aquí determino, no estuve a cargo de la decisión de nuestros destinos y eso no lo podremos cambiar. Te digo, las respuestas están ausentes, sólo existo, existimos, y creo que eso me basta, quizás a ti no, pero ya está hecho. Podrás decir que estoy loco, y quizás sea verdad; pero dime, qué humano no ha cometido locura alguna en su vida con una bicicleta; quién no ha construido condominios sobre la punta de un mondadientes; quién no ha deseado, firmemente, ser mariposa, duermevela, papel, gafas, tormenta, delirio, camino, volcán o anhelo; quién no se ha fijado en la cordura de su pensamiento la inmediatez de sus deseos. Dime quién.

Sí, me puedes nombrar loco, pero qué más da si lo único que tengo en vida es este cuerpo rasgado por la infancia y reconstruido en distintas etapas de suspiros para crecer con el silencio de mis versos, aquellos que de manera fugaz escribí tantas noches sobre nuestro viaje. Como extraño esos momentos en que fuimos pluma y llanto, conversación y alegría. ¡Demonios, cómo pudiste irte así, tan silente, tan línea, tan punto, tan infinita, tan bicicleta, tan tú!

Sé que ahora estás muy lejos y que todo lo que fuimos se ha convertido en una llana memoria de nuestros días, mas qué le vamos a hacer si tan sólo recorrimos una mísera distancia del revuelo de un sueño efímero que alguna vez tuvimos. Qué te digo, en serio, qué te digo. Pareciera ser que el llanto no cubrirá la tela con la que guardaré tu aliento.

En este momento tan sólo quiero relatar, sin amor y sin consuelo, todo, o casi todo lo que aconteció a mi alrededor para llegar contigo a miles de células, a lo llantos, a las comunidades, al corazón, con todo mi pesar y bajo tu ausencia. Aquí hay historias de emoción y de pesadumbre, y lo sabes bien, hechos que hicieron desvivirme dentro de la complejidad del ser humano y en la sencillez de la naturaleza. Aunque desearía contarte todo, algunas partes las guardo, me las quedo, las oculto y las revivo, contigo allá, a lo lejos, mientras, posiblemente, estés en talleres de otro mundo, de otras paredes, de otras geografías. Sé que creerás que algunas son mentira y para ello no tengo solución, estuviste ahí. Una vez dijiste que escribiría nuestra historia y aquí está. Esto es un vil intento de lo que fragua mi memoria. Tómalo como desees; quise hacerlo de la manera más honesta posible pese a todo argumento: de nada sirve construir caminos con materiales que desconocemos, pues bien es cierto que los puentes tienden a caer cuando no se han fortalecido desde su parte baja.

Lo aquí expuesto son los vestigios de lo que fuimos en alcobas diferentes y en traspatios de otras gentes, son las carcajadas de todos aquellos que conocimos en un sinfín de aulas y auditorios de escuelas, siempre, bajo poemas que alimenté con tu presencia, con las voces de aquellos que nos impulsaron y de todo lo que tanto amé al frente de mi cámara fotográfica. Escribí esta crónica sobre ti que me dejaste solo, ante el universo y ante la poesía. Hoy soy melodía de distintas casas, el caminante sin destino, hombre que con desatino pretende ser viajero y horizonte.

Pero qué te digo si estás lejos, estamos lejos, enamorados de lo que fuimos y de lo que somos: estrellas de la ternura de nuestros recuerdos. Ahora me pregunto dónde ruedas, qué bailas, qué percibes, qué imaginas, qué contemplas, qué transmites, qué sientes, qué amas. Y los días pasarán y no habrá voz que responda. Te digo, la incertidumbre es constante, muy constante. Sin embargo, que sé yo de todo ello si sólo sentí, vibré, fluí, compartí, anhelé, construí a tu lado, y por igual, te olvidé. Y qué sé yo de mí si me configuré en todo camino para escribirme en medio de la nada con tu fortaleza, querida bicicleta, el aliento de mis letras y una supuesta coartada. Una vez, el polvo fue mi compañero, y el sudor, la escritura sobre mi almohada.

 

Para Emma Cleta, la bicicleta Orbea MX30 aportada por Zero Bikes que viajó conmigo por el Pacífico mexicano y que me abandonó en septiembre de 2016 en la calle Primera, ahí, en la zona Norte del Centro de Tijuana, Baja California, México, en manos de los hombres grises. 

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